Muy pronto, el debate sobre la muerte de Osama Bin Laden ha girado, en las opiniones públicas europeas, en torno a las circunstancias de lo que algunos calificaron sin vacilar como “asesinato de Estado”, incluso antes de que se conocieran todos los detalles de la operación que acabó con la vida del terrorista más sanguinario de la historia. En las opiniones públicas de Europa; no en estados Unidos.
Algunos datos posteriores, los que no esperaron los savonarolas del primer minuto, confirmaron en efecto que lo más probable es que el comando recibiera la orden de no capturar vivo a Bin Laden. Algo reprochable desde el punto de vista moral y en términos jurídicos; y, según los expertos en inteligencia, un despilfarro de información susceptible de ser obtenida del capturado.
En la supuesta orden habrían prevalecido criterios de orden práctico: evitar una explosión de manifestaciones en favor del detenido en países islámicos y las dificultades técnicas que habría supuesto su procesamiento en Estados Unidos, como ha podido comprobarse con los presos de Guantánamo. Ninguno de tales criterios modifica la reprobación que el hecho merece moral y jurídicamente. ¿Tantocomo para calificarlos de "asesinato de Estado"?
Si se aborda la cuestión desde el punto de vista político habrá que manejar otras consideraciones. Políticamente, Obama y su gabinete son responsables, ante todo, frente la sociedad y la opinión públicas norteamericanas. La primera no le va a exigir ninguna responsabilidad al respecto; al contrario se ha ganado la mayoría de sus corazones. Y en la segunda se debatirá el asunto sin mayores consecuencias. ¿Significa eso que el americano es un pueblo desalmado incapaz de valorar los aspectos morales de tales conductas? Como ocurre con la pena de muerte y con la libre venta de armas de fuego, a los europeos nos cuesta entender algunos de los elementos constitutivos del ser nacional norteamericano. Ojo, digo entender, no justificar.
Para nosotros, ni la pena de muerte, ni la venta de armas ni la ley del Talión tienen cabida en una sociedad civilizada. Los americanos no lo consideran así: el principio sagrado de la vida puede ceder ante otros fines en situaciones excepcionales. Y los presidentes americanos, de todos los colores, jamás serán juzgados políticamente por ello por una mayoría de sus conciudadanos.
En esto, los americanos son menos hipócritas que nosotros. Ellos lo proclaman abiertamente. En nuestras sociedades, todos nuestros escrúpulos morales no nos impiden mirar para otro lado cuando, en determinadas ocasiones, el Estado traspasa ciertos límites en la consecución de objetivos ampliamente compartidos. Y no hace falta que señale con el dedo.
Por lo demás, me sumo a mucho de los argumentos que mi compañero Ignacio Camacho hoy expone sobre el asunto en su columna de ABC.
Cada día resulta más evidente que las fuerzas coaligadas están realizando una interpretación muy generosa del mandato que la ONU aprobó para intervenir en Libia. Las últimas acciones de la aviación aliada sobrepasan claramente los dos objetivos aprobados en la resolución 1973: la imposición de una zona de exclusión aérea y la adopción de las “acciones necesarias” para proteger a la población libia de la acción de su ejército. Los aviones de la coalición están atacando ahora a unas fuerzas en retirada y ejercen de vanguardia aérea del avance de los rebeldes. Y eso es otra cosa muy distinta.
No diré yo nada en contra, a pesar de todo. Por dos razones:
--La primera es que los aliados parecen haber comprendido que nada “protegerá” mejor a la población libia que la derrota o la claudicación de Gadafi. Y a ese fin, y lo más pronto posible, parece dirigirse en estos momentos la intervención militar exterior. Aunque la resolución de la ONU no diga explícitamente nada de eso.
--La legitimidad y la legalidad de una intervención son muy importantes, pero, en mi opinión, el factor decisivo para su aceptación en términos de opinión pública es la eficacia. Por ejemplo:
• La guerra de Afganistán cuenta con la legalidad ONU y la legitimidad originaria de derrocar a un régimen medieval y cruel que daba amparo a grupos terroristas. Después de diez años, la eficacia está por ver y las opiniones públicas increpan a sus gobiernos.
• La de Irak no contaba con la aprobación de la ONU y su legitimidad era muy discutible porque el motivo alegado (las armas de destrucción masiva) se reveló como falso, aunque se podían haber invocado otras razones para intervenir. El sangriento desarrollo de la posguerra fue la puntilla.
• En Kosovo, la OTAN no contaba con mandato de la ONU, aunque resultaba legítima ante las barbaridades cometidas por Serbia. Pero fue su eficacia la que la absolvió ante la opinión internacional.
• En cuanto a la de Libia, cuenta con legitimidad y legalidad, pero será también el resultado el que determine su aprobación pública. Aunque, como parecen estar haciendo los aliados, haya que leer muy entre líneas la resolución 1973.
Ya sé que se trata de una visión muy utilitarista del derecho de injerencia, pero así son las cosas. O así me lo parecen.
La misión contra Libia aprobada por la ONU menciona de forma expresa el establecimiento de una zona de exclusión aérea, pero incluye también un mandato más genérico: la adopción de “todas la acciones necesarias” para evitar que Gadafi ataque a la población civil. Los términos de la resolución plantean, pues, interrogantes que la coalición debería despejar cuanto antes para que sepamos a lo que hay que atenerse:
--Cuáles sería esas “acciones necesarias” teniendo en cuenta que la contraofensiva de Gadafi la llevan a cabo acorazados y artillería, si la exclusión aérea no fuera suficiente para pararlos. La resolución excluye expresamente el envío de fuerzas terrestres. En Afganistán, la fuerza aérea americana no fue capaz de completar el trabajo y, diez años después, hay más de 200.000 soldados sobre el terreno.
--Cuándo se entiende que la misión habrá acabado. ¿Un alto el fuego con Gadafi aún en el poder? ¿Concluirá de esa manera la violencia de éste contra su pueblo, aunque no se produzca con tanques y cañones?
--El mandato es de la ONU, pero el liderazgo militar inicial está siendo, de manera inevitable, de Estados Unidos, que dirige las operaciones desde sus bases en Frankfort. Urge un mando conjunto, que en estos momentos sólo proporciona la OTAN, pero Alemania, Turquía y la propia Francia son reticentes. Con el paso del tiempo, este vacío se irá haciendo más ostensible.
--La solución al problema anterior es capital para evitar que se desmarquen los países árabes y africanos, que ya han mostrado sus distancias.
--De la rapidez y eficacia de la operación depende que no se produzca a medio plazo la movilización en contra de las opiniones públicas internas, que suele ser un factor determinante en el desenlace de las guerras lejanas (Vietnam, Irak, Afganistán…). Cuanto más tiempo se prolongue la misión, más importante será este último factor, a unos cuantos meses de elecciones importantes en España, Francia y Alemania.
--Gadafi va a resistir, porque no tiene otra salida. Nos enfrentamos, pues, a la probabilidad de un escenario bélico prolongado. ¿Resistirá la coalición el esfuerzo sin resquebrajarse?
--Lo cual conduce a la conclusión final de que si esta resolución se hubiera adoptado hace unas semanas, cuando Gadafi se encontraba acorralado en Trípoli, el desenlace habría sido más fácil y más rápido
Tendremos todavía, me temo, muchas ocasiones se seguir comentando el asunto.
Anoche cuando, estando en la tele, se aprobó finalmente la resolución de la ONU sobre Libia, pensé en el momento que se trataba de una decisión cosmética para que las potencias internacionales salvaran la cara ante lo que ya parecía irremediable. ¿Por qué, si no, no se adoptó antes? También pensé que el cambio de actitud, desde el obstruccionismo a la abstención, de Rusia y China obedecía a un ejercicio de cinismo: ahora que ya casi nada se puede hacer, nos permitimos el lujo de quedar bien ante la opinión internacional.
Con el paso de las horas, mi escepticismo inicial ha dado paso a una cierta esperanza. Todo dependerá de si la OTAN o una coalición de naciones resueltas (Francia, Reino Unido, Estados Unidos a la que se debería sumar, por qué no, España), está en condiciones, como asegura el gobierno francés, de poner en práctica, en cuestión de horas, un dispositivo que detenga el avance de Gadafi contra el último reducto rebelde. Y, a partir de ahí, esperar la posibilidad de una salida política decente para ese pueblo.
A este respecto, hay que subrayar que la resolución contiene una cláusula de la que no se había hablado en estos días. Autoriza, en efecto, a adoptar “todas las medidas posibles” (y ello incluye las militares, salvo una ocupación), para evitar que el dictador masacre a su pueblo.
A pesar de todo, siguen vigentes dos consideraciones sobre las negociaciones de estos días:
--Hay que revisar un orden de legalidad internacional contaminado que hace depender la defensa de la democracia para un pueblo del veto de dos potencias (China y Rusia) peleadas con la democracia misma. La proyectada reforma del Consejo de Seguridad y de su procedimiento de adopción de resoluciones duerme el sueño de los justos desde hace más de seis años. Carece de legitimidad moral una legalidad internacional que es producto de los intereses nacionales de cinco países, por muy grandes e importantes que sean.
--Resulta incomprensible el papel de Alemania, que se ha opuesto a la intervención y que, al final, ha votado con los rusos y los chinos. ¿Es ese el papel del líder natural de Europa? La reacción histérica y electorera a los accidentes nucleares de Japón y la pasividad, también por razones electorales, ante la situación de Libia confirma las opiniones de quienes cuestionan desde hace años la capacidad de liderazgo de Angela Merkel, enfrascada en una política aldeana que prima las exigencias a cortísimo plazo de grupos de interés de su país. Pobre Europa.
La nube tóxica de Japón contamina el debate político en Europa. A líderes como Merkel y Zapatero les ha pillado con el pie cambiado. La primera había prolongado la vida útil de las centrales alemanas y el segundo había aceptado discutir la cuestión en una cláusula introducida a última hora en la ley de Economía Sostenible. La primera ya ha dado marcha atrás; y al segundo se le ve notablemente incómodo teniendo que defender ahora la seguridad de las nucleares españolas.
En ambos casos, y en otros, la preocupación, como siempre, son las opiniones públicas domésticas en un año electoral. Y así, será difícil afrontar seriamente un debate a largo plazo sobre el futuro de las nucleares como fuentes de energía. Por no hablar de la irresponsabilidad de ese comisario europeo que ha calificado la situación de “apocalipsis” cuando aún desconocemos su desenlace.
Aunque será difícil que se puedan repetir las condiciones extremas que han provocado los accidentes nucleares de Japón, la amenaza de una catástrofe plantea preguntas muy legítimas. Dos en especial: en primer lugar, por qué se decidió emplazar centrales atómicas en zonas tan expuestas a terremotos; y en segundo, si las consecuencias de un accidente nuclear de esa naturaleza son las que son en un país rico y disciplinado como Japón, que no ocurriría en otros. Ambas cuestiones, sin embargo, atañen más a decisiones humanas que a la seguridad exigible en este tipo de instalaciones.
Pero esas preguntan nos conducen a otras interrogantes de mayor alcance: ¿Son subsanables los fallos de previsión y gestión que se ha producido en los accidentes de Japón; o por el contrario estos accidentes prueban que la nuclear nunca será una energía suficientemente segura (por sí misma o por acción de los hombres) y, por lo tanto, habría que descartarla? Quienes respondan afirmativamente a la segunda deberán contestar a una tercera: ¿Puede el mundo prescindir de la energía nuclear en un plazo previsible de tiempo? El “renacer nuclear” que denominan algunos se produjo cuando el petróleo se puso a 150 dólares el barril. La demanda mundial de energía seguirá subiendo por el crecimiento de los países emergentes y las nuevas energías sólo son capaces de satisfacer, por el momento, una parte de esa demanda.
En Europa en especial (salvo en el caso de Francia) nuestra dependencia energética del exterior nos coloca en una situación de extrema vulnerabilidad. Por esa razón, cualquier enmienda a la totalidad que se formule contra la energía nuclear en estos momentos debería ir acompañada de una alternativa seria fiable. Las nuevas energías renovables no lo son aún y no lo serán durante mucho tiempo.
En un debate tan emocional, y tan condicionado por prejuicios ideológicos, como es el nuclear, hay que dar paso a los expertos. Y como yo no lo soy, me remito a la explicación realizada esta mañana en Hoy por Hoy de la Cadena Ser por Eduardo Gallego, catedrático de la Politécnica de Madrid, sobre el comportamiento de las centrales tras el terremoto de Japón, la reacción de las autoridades y la magnitud real de los riesgos probables; y a lo que han escrito otros, como Manuel Fernández Ordóñez.
Mi conclusión provisional, a reserva de lo que ocurra en las próximas horas y días: los accidentes de Japón no prueban la inseguridad de las centrales nucleares, sino lo contrario; que en condiciones sumamente extremas (el peor terremoto sufrido en 150 años), las centrales pueden resistir; y que, a diferencia de lo que ocurrió en Chernobil, unos sistemas de actuación posterior y el comportamiento de las autoridades pueden minimizar los riesgos incluso en esas condiciones. A los miles de personas muertas en Chernobil las mató sobre todo la inepcia de las autoridades.
Decía esta mañana el citado Fernández Ordóñez que la fuerza sísmica liberada por el terremoto de Japón ha sido 30 veces superior a la máxima contemplada en la construcción de esas centrales, y aun así resistieron. Por otra parte, los problemas de refrigeración provocados por cortes en el suministro eléctrico se originaron por el tsunami posterior y no por el temblor en sí.
No hay ninguna fuente de energía totalmente segura. Es más, no hay ninguna actividad industrial segura al cien por cien. Pienso, por ejemplo, en las numerosas catástrofes ecológicas producidas por el transporte de crudo o en la tragedia de Ribadelagos de los años cincuenta por la rotura de una presa hidroeléctrica. ¿Habría que descartar esas fuentes energéticas por los problemas de seguridad que plantean la inepcia de algunos de sus técnicos o la irresponsabilidad de ciertos gobernantes?
El debate sobre las nucleares, si prescindimos de impulsos emotivos y de prejuicios, debería plantearse, pues, en los mismos términos que sobre otras energías e industrias: hasta donde se pueden minimizar esos riesgos que ya sabemos que existen; y si las ventajas que se obtienen compensan la asunción de esos riesgos. Como decía al principio, no soy un experto. Y estoy dispuesto a dejarme convencer por quién exhiba los mejores argumentos. Lo que reclamo hoy es, al menos, una igualdad de trato de la energía nuclear en relación con otras actividades peligrosas que no suscitan en nosotros la menor inquietud.
Permitidme que me ocupe de nuevo de Libia. Al fin y al cabo, Trípoli se encuentra sólo a unos 1.200 kilómetros de la península. Lo que ocurra allí en los próximos meses, como lo que está sucediendo, o pueda suceder, en otros países cercanos, es de vital importancia para nosotros. Y no sólo por el petróleo o el límite de los 110 kilómetros. Todo parece indicar que no encontramos en el comienzo de una guerra civil que puede ser larga. Pero una guerra civil desproporcionada: Gadafi tiene las armas pesadas y la aviación, y los rebeldes, fusiles de asaltos y lanzacohetes, muchos inservibles, sacados de arsenales abandonados. El algún momento, la comunidad internacional tendrá que plantearse qué hacer en serio para evitar un baño de sangre.
Esta reflexión nos lleva al dilema de la intervención militar. Las experiencias anteriores, incluso las avaladas por la ONU, no son buenas (Somalia, el Congo, Afganistán). Y una intervención directa reforzaría el argumento sobre el que el dictador que sustenta la represión: que se trata de una conspiración internacional. Se trataría, pues, de una recurso de última instancia para impedir una matanza.
Pero los rebeldes han sugerido al escritor francés Bernad Henry Levy una serie de opciones alternativas dirigidas a disminuir el poder de Gadafi: zona de exclusión aérea; inutilización del principal aeropuerto desde donde se dirigen los ataques interferencia de las comunicaciones del ejército libio leal a Gadafi; actuación coordinada de los países africanos y reconocimiento internacional del Consejo Nacional de Transición organizado en Bengasi.
El tiempo apremia y no deberíamos permitir que la rebelión libia fracase. ¿Por qué? No sólo por cuestiones de vecindad. El significado de las revoluciones que se están produciendo en el norte de África y Oriente Medio trasciende un ámbito geográfico o cultural concreto. Son un ejemplo para muchos otros países del mundo en situación similar. Los jóvenes claman sobre todo por un trabajo, una perspectiva de futuro y una vida digna; quieren vivir como los de los países civilizados. No podemos negarles esa esperanza. Si los cambios terminan cuajando, nos encontraríamos ante un acontecimiento histórico que puede cambiar las relaciones en el mundo a lo largo de este siglo.
A los europeos, y a los españoles en particular, deben traernos muy malos recuerdos las políticas de no intervención del siglo pasado. Sólo favorecen a los más fuertes y a los que no albergan ningún escrúpulo en el uso de la fuerzas contra pueblos indefensos. Por esa razón, a la hora de resolver el dilema sobre una intervención militar deberemos sopesar no sólo los riesgos (que los hay y muchos) sino las consecuencias para millones y millones de ciudadanos indefensos en caso de no hacerlo. Así que, intervención directa, de momento mejor no. Pero igual no hay más remedio.

Más vale tarde que nunca. El mundo occidental se mueve por fin para acelerar el cambio en Libia. Pero sólo lo ha hecho cuando la caída de Gadafi parece irreversible. Hasta entonces, es decir hasta hace apenas unos días, las solemnes declaraciones de nuestras cancillerías se alzaban contra el uso de la violencia, pero sin citar nunca por su nombre al responsable de la carnicería. No fuera a ser que…
Sólo cuando la caída a los infiernos de la familia Gadafi es ya un hecho se congelan sus fondos en el exterior; y sólo cuando parece garantizado el suministro de petróleo por una mayor producción de otros países de la OPEP, ya nadie se preocupa de reprimir actitudes que podrían suponer “una injerencia” en los asuntos internos de Libia, tal como lo expresó en su día nuestras ministra de Asuntos Exteriores. Como asegura el mordaz dicho sobre el ventajismo, nuestros gobiernos “han acudido presurosos en auxilio del vencedor”. Hasta entonces, pura salmodia.
Pero, como ha ocurrido en otras ocasiones, a pesar de la tardanza y las dudas iniciales, Estados Unidos le ha vuelto a tomar la delantera a Europa. En este caso existe una explicación plausible: Estados Unidos no se juega casi nada en este asunto; no consume petróleo libio y sus intereses económicos y estratégicos son muy menores. Todo lo contrario que algunos países europeos (Francia, Italia y España, entre otros). Ya veríamos cual sería la actitud de Estados Unidos si el régimen amenazado fuera, por ejemplo, Arabia Saudí.
Todo ello no excusa, sin embargo, la parálisis europea. Ahora todo son actos de contrición: condenamos a esos pueblos a la dictadura a cambio de nuestra seguridad y nuestra prosperidad, contradiciendo los principios en los que se asienta nuestro modelo político y que aseguran que es la democracia quien mejor garantiza la seguridad y la prosperidad de las naciones. En penitencia por los pecados del pasado, el compromiso de Europa y Estados Unidos debería ser ahora el de asegurarse de que eso mismo se pueda decir en el futuro de los pueblos que hoy luchan por su libertad. ¿Por qué no empezamos, por ejemplo, por eliminar las barreras arancelarias que penalizan las exportaciones de esos países en la Unión Europa y que constituye una de las causas de su dependencia económica? Será difícil. Los gobiernos europeos siguen temiendo más a sus votantes airados que a la inestabilidad en su patio trasero. Ojalá me equivoque.


No extrañan las dudas de los ministros de exteriores europeos sobre qué medidas a adoptar frente a feroz represión que el coronel Gadafi está utilizando contra su pueblo. Hasta ayer mismo, los jefes de Gobierno europeos hacían cola para visitar o para invitar a quien habían convertido –que irónico suena esto ahora– en “paladín de la lucha contra el terror”.
El origen de la redención de un dirigente que hasta entonces había sido incluido en todos los “ejes de mal” tiene origen en un hecho terrible: el atentado contra un avión de la Pan Am en Lockerbie (Escocia), en 1988, en el que murieron 270 personas (259 pasajeros y 11 en tierra al estrellarse al aparato). Desde el primer momento se sospechó de la implicación de los servicios secretos libios y la investigación reunió pruebas concluyentes. Después de negarlo durante años y de ser sometida a duras sanciones por la ONU, Libia entregó primero a los responsables y posteriormente indemnizó a las víctimas con una cantidad considerable, reconociendo de esta forma su responsabilidad en el asunto. Y en 2003, Gadafi ingresaba por la puerta grande, en la nómina de dirigentes respetables y en cooperador de Occidente. Es decir, un asesino confeso se convertía en un aliado preferente sólo por el hecho de haber admitido su culpa y de ofrecerse a colaborar a partir de entonces.
Este asunto ilustra bien la ceguera con la que Europa y Estados Unidos han administrado sus intereses en la región: apoyar a tiranos corruptos, a veces con las manos manchadas de sangre, a cambio de su cooperación en los problemas que nos obsesionaban: el islamismo violento y la emigración ilegal. El estado de los derechos humanos, la vulneración de las leyes y la corrupción eran, al parecer, asuntos menores.
Uno habría esperado que en la reunión de ayer de los ministros europeos se hubiera producido un vuelco en las prioridades a la vista de los errores del pasado. Nada de eso, al menos por el momento: tímidas condenas, dificultades para ahormar una posición común y obsesión por la emigración. ¿Sigue siendo Gadafi un aliado preferente de los estados libres?
No todo va a ser un camino de rosas en la transición de una dictadura a una democracia en Egipto. Lo que tenemos por ahora es un ejército, que colaboró estrechamente con la represión de Mubarak, pero que se constituye en el único garante de esa transición. Una esperanza, pero también un riesgo.
Como señalaba un cronista de los sucesos de las últimas semanas, en el Egipto actual sólo hay militares y ciudadanos, sin nada en medio. Por otra parte, el descontento social, lejos de apaciguarse, se dirige ahora hacia las condiciones laborales de los trabajadores egipcios, que la caída de la dictadura no va a solucionar de la noche a la mañana. Sobre estas cuestiones, os selecciono unas cuantas informaciones de las últimas horas para que os hagáis vuestra propia idea. Están en inglés pero se entienden fácilmente:
--La existencia de desaparecidos pone a prueba la voluntad real de cambio de las fuerzas armadas. Los grupos de defensa de los derechos humanos denuncian que se siguen produciendo desapariciones y torturas después de la caída de Mubarak.
--Además, los fuertes intereses económicos del Ejército generarán muchas resistencias dentro de sus filas.
--Finalmente, los trabajadores del canal de Suez (una de las principales fuentes de ingresos del país junto al turismo) vuelven hoy a la huelga, abriendo la posibilidad de que otros sectores se sumen a la protesta.
Tampoco la transición española fue fácil: superamos, no sin dificultades, una grave crisis económica y la resistencia de militares y de los sectores más duros del régimen. Ojalá que el pueblo egipcio encuentre los líderes políticos que les conduzcan a través del proceloso camino emprendido. Por ahora, desgraciadamente, no se ven muchos. Será cuestión de paciencia y tenacidad hasta que surjan.