Perezas privadas por Eduardo San Martín

Perezas privadas por Eduardo San Martín

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De Eduardo San Martín (el 25/01/2010 a las 22:43:39, en Política)

Respecto de la energía nuclear, las direcciones de los grandes partidos se comportan como si dieran por supuesto que se trata de un asunto que les puede quitar votos. Ya es mucho suponer. Hay un cierto atavismo en el miedo a la energía nuclear, alimentado por décadas de un activismo propagandístico incansable que se sustenta, todo que hay que decirlo, en el horror de Hiroshima y Nagasaki y en los graves accidentes en las centrales de Three Mile Island y Chernobyl. Pero el votante es menos gregario lo que imaginan sus representantes, sobre todo si disponen de la información correcta.

Sin restar importancia al efecto que el asunto que pueda tener en la conciencia electoral de no pocos ciudadanos, me atrevo a afirmar que existen al menos otras dos actitudes que pueden determinar el sentido del voto de muchos electores en este mismo terreno:

 --la primera, condenar a un futuro incierto a los habitantes de una comarca que no tienen otros recursos que la inversión millonaria que supondría albergar en su territorio el futuro cementerio nuclear. Es lo que está ocurriendo en Yebra (Guadalajara).

--y, segundo, defender a nivel nacional una política de mayores instalaciones nucleares a condición de que no se levanten en la propia jurisdicción, como está haciendo la secretaria nacional del PP, María de Cospedal en Yebra, y la dirección del CiU respecto de Ascó. En este, como en estos aspectos, los principios generales se diluyen en beneficio de los (supuestos) resultados a corto plazo. Y así anda la política española, en el tercer lugar en las preocupaciones de los ciudadanos.

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De Eduardo San Martín (el 20/01/2010 a las 13:55:50, en Política)

En el debate sobre la emigración hay mucha corrección política y bastante hipocresía. La ley dice, y dice bien, que los ayuntamientos deben empadronar a los emigrantes, aunque se encuentren en situación irregular, porque esa es la condición necesaria para que puedan recibir educación y asistencia sanitaria, dos derechos que les reconoce una ley de Extranjería cuyos principios básicos no discute ningún partido. Pero no basta con proclamar y defender unos principios para quedar bien. Hay que hacer además dos cosas.

La primera, evitar que el empadronamiento que se autoriza por razones humanitarias se convierta en una apariencia de legalidad que convierta en papel mojado las exigencias requeridas en la misma ley para que esa estancia pueda considerarse regular; si los trámites de empadronamiento son demasiado sencillos, se elimina un elemento de disuasión contra las entradas ilegales. Eso no es xenofobia, sino tratar de hacer compatibles dos objetivos que figuran en la misma ley: atención humanitaria a todo inmigrante y lucha contra la emigración ilegal. Y en España parece que resulta extremadamente sencillo obtener ese empadronamiento.

La segunda es que los ayuntamientos deberían disponer de los medios necesarios para cumplir con las exigencias de la ley. Claro que aquí hay no poca hipocresía: cuando las cosas iban bien dadas, los ayuntamientos empadronaban a destajo porque el padrón es básico para fijar el nivel de recursos que reciben del Estado; pero cuando el nivel de inscripciones llega a un punto de saturación que no se puede resolver con los recursos recibidos, entonces adoptan medidas como las de Vic o Torrejón.

El fenómeno de la emigración es demasiado complejo como para resolverlo sólo en las leyes. En muchos casos apela a las vísceras, y entonces podemos encontrarnos con problemas como los que han experimentado países europeos tan civilizados como Holanda, Suiza o Austria. Pero precisamente por esa razón, porque entran en juego factores irracionales, no es posible despacharlo sólo con corrección política y buenismo. Y si el debate se produce en periodo electoral, pues qué le vamos a hacer. Lo extraño es que, tratándose de un fenómeno de tal envergadura, no se produjera.

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De Eduardo San Martín (el 18/01/2010 a las 14:21:49, en Política)

Hemos adquirido el hábito en España de mirarnos en el espejo de la prensa extranjera para saber lo que ya deberíamos saber por nosotros mismos, o para confirmar opiniones que no necesitarían de esas muletas. ¿Narcisismo o complejo de inferioridad? La costumbre viene del franquismo y la transición. Así que probablemente nació como lo segundo y ha ido derivando en lo primero. Puede que haya también un cierto regusto morboso/masoquista por ver cómo nos ponen a caer de un burro por esos mundos de Dios, sobre todo si quien gobierna en esos momentos no es de los nuestros. O por indignarnos airadamente contra la intromisión, si es de los nuestros y atraviesa graves dificultades internas.

Dos artículos de autores muy relevantes, situados a ambos lados del espectro ideológico, se han ocupado en estos días del fenómeno. Aconsejo la lectura de ambos. El primero, del columnista dominical de El País Santos Juliá, pertenece al ámbito de los que se indignan. Juliá repasa los últimos artículos de la prensa anglosajona contra el gobierno español, sobre todo uno de The Economist, que aprovecha unas críticas a Zapatero para , by the way, verter sobre nuestro país una serie de tópicos prejuiciados que no se corresponden con nuestra historia reciente. El articulista los atribuye a “esos viejos ejercicios de altanería” tan propios del viejo imperio británico. El segundo, de nuestro colaborador Álvaro Delgado-Gal, que se publica hoy mismo en la Tercera de ABC, relativiza también “la agudeza de la prensa extranjera en los asuntos tocantes a España”, pero expurga de entre los artículos publicados uno muy crítico del corresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung, del que afirma que es “mera crónica y no apreciaciones personales”.

Yo creo que a la prensa extranjera hay que hacerle el mismo caso cuando nos pone por la nubes (lo que era la pauta hasta hace poco más de un año) que cuando nos baja de esas mismas nubes. Es decir, lo indispensable para satisfacer la curiosidad intelectual de saber lo que se piensa de nosotros por ahí fuera. No mucho más. Pero sucede que algunos de los que hoy levantan su voz contra los intolerables juicios de la prensa extranjera, entre ellos el propio Gobierno, se solazaban con delectación con los a veces exagerados elogios con los que esos mismos periódicos nos regalaban los ojos hace bien poco tiempo. Me parece que, en todo este asunto, hay mucho de ese papanatismo aldeano tan nuestro.

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De Eduardo San Martín (el 13/01/2010 a las 13:58:33, en Economía)

No importa quién diga que una reforma del mercado laboral en España es indispensable para acabar con una lacra, la del paro, que para mayor oprobio golpea con mayor saña a la parte más débil de la fuerza laboral de España, que el Gobierno y sus portavoces repiten como un robot que no van de abaratar el despido. Se trata de escamotear el debate con el truco de reducir las propuestas del contrario a una caricatura para disparar luego sobre el engendro. Un viejo recurso de quien no tiene nada que decir.

Durante meses, el Gobierno y el PSOE reprocharon al PP no proponer nada concreto sobre esa reforma porque no se atrevían a confesar su propósito secreto: despedir a los trabajadores con más facilidad, como si esa fuera una tarea en la que alguien pudiera solazarse. El lunes, en la cadena SER, Rajoy concretó algunos puntos de esa posible reforma (extender la intermediación a otras instancias además de las oficiales, que no han funcionado; reestructurar los cursos de formación, que no han valido para gran cosa; y acabar con un mercado dual en el que unos cobran 45 días por año en caso de despido y otros muchos, ocho días o nada). Horas después, la maquinaria de propaganda del PSOE ya se había puesto en marcha con la misma aburrida cantinela de siempre: veis, teníamos razón, Rajoy lo que quiere es abaratar el despido. 

Esta mañana, Felipe González ha propuesto en TVE algo bastante parecido a lo que explicó Rajoy: es imprescindible una reforma porque España no soporta más tiempo un mercado laboral fragmentado en tres grandes colectivos: fijos, jóvenes e inmigrantes, en el que los primeros disfrutan de condiciones que los otros no tienen. Son ideas para un debate que economistas, organismos internacionales y expertos consideran inevitable. Pueden servir o no, pero ahí están. Estaría bien saber si, más allá de afirmar que no abaratará el despido (¡qué coñazo!), el Gobierno tiene alguna otra idea al respecto.

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De Eduardo San Martín (el 11/01/2010 a las 11:32:43, en Política)

            

En privado, José Bono le llama Ho Chi Minh. Por esa permanente sonrisa oriental y enigmática que dibujan sus ojos achinados y de la que nunca puedes decir si su dueño está de acuerdo con lo que dices o se está acordando de toda tu familia. Es José Montilla, y para muchos de sus compañeros de partido ha dejado de ser un enigma: ha arrumbado sus orígenes obreristas e igualitarios y ha sucumbido a los cantos de sirenas del catalanismo pequeñoburgués. Montilla, con Corbacho, Manuela de Madre y otros, venían de la sección catalana del PSOE que, en 1977, se fusionó con una pequeña formación socialista autóctona, formada por vástagos de la burguesía catalanista con aspiraciones de izquierda de salón, para formar el actual PSC. Los “coroneles” del antiguo PSOE lograron durante todos estos años mantener el equilibrio entre las dos almas del partido y, más importante, el control del aparato. Al final, le ganaron el pulso al mismísimo Maragall, egregio representante del sector catalanista (por no decir directamente nacionalista). Pero, llegados al poder, y obligados a mantener una alianza poco natural con el independentismo republicano, se han mudado de trinchera. Y ante el riesgo de que el TC recorte el estatuto en aspectos importantes, se ponen al frente de la manifestación nacionalista.

En mi opinión, no hay en ese gesto ni un ápice de convicción y sí mucho oportunismo electoral. El tripartito se desmorona cuando comienza el año de las elecciones catalanas y las posibilidades de que el PSC siga presidiendo el gobierno de la Generalitat son muy escasas. Así que Montilla se pone la venda antes de la herida, en un intento desesperado por rentabilizar el victimismo resultante aún a costa de enfrentarse a las instituciones del Estado y, si llega el caso, al propio PSOE. ¿En qué vericueto mental se perdió ese Montilla que en el inicio de su mandato prometía dejar de lado las querellas indentitarias  para centrarse en solucionar los problemas de los ciudadanos? En la sociedad líquida que vivimos (Zygmunt Bauman), cada vez importan menos los principios y más el marketing electoral. Pero al menos ahora ya sabemos lo que significa la sonrisa de Montilla

 

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De Eduardo San Martín (el 06/01/2010 a las 14:02:03, en Política)

 

No dudo de la utilidad de reuniones como las que convocó Zapatero en la Moncloa en vísperas de Reyes, aunque algo tiene de carta a los Magos. Hablar siempre sirve. Pero, ¿era ese el formato que se espera de una reunión de trabajo operativa? Para hablar en serio de Europa con esos interlocutores, ¿necesita el presidente del Gobierno de tales puestas en escena? Puede hacerlo periódicamente y sin alharacas cuando le convenga, lo que, según parece, no había hecho hasta ahora a pesar de la que está cayendo.

Me temo que nos encontramos ante una nueva manifestación de política-espectáculo. Espero que, más allá del show, los expertos y altos funcionarios implicados en la preparación de la presidencia europea hayan hecho bien su trabajo. Eso sí es una garantía.

Por otra parte, hay algo de doblemente pretencioso en la convocatoria de Zapatero. En primer lugar, implica creer que la presidencia semestral de la UE puede modificar sustancialmente las políticas de los estados miembros. La agencia del semestre viene en gran parte predeterminada por la actividad corriente de la Comisión y, además, a partir del uno de enero existe un presidente efectivo de la UE, el belga Von Rompuy, cuyas atribuciones limitan la capacidad de la presidencia rotatoria. Y resulta pretencioso igualmente que, precisamente desde España, intentemos marcar al resto de Europa la vía de la recuperación, nosotros que viajamos en el furgón de cola de ese tren.

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De Eduardo San Martín (el 04/01/2010 a las 14:56:28, en Cosas de la vida)

Soy fumador. No compulsivo –apenas un par de puros medianos al día— pero fumador al fin y al cabo, por mucho que me empeñe en engañar a mi familia, a mi médico y a mí mismo. Ahora bien el humo no ciega mis ojos: no se nos debe permitir que nos convirtamos, además de en suicidas potenciales, en homicidas involuntarios. Por esa razón, el mayor reproche que se podía hacer a la legislación vigente es que se quedaba a medio camino, pecaba de ambigüedad y trasladaba a los restauradores, entre otros colectivos, la responsabilidad de equivocarse y de poner en riesgo sus negocios si no acertaban con la opción adecuada para su local. La revisión de la ley que ahora se propone el Gobierno viene, pues, a reparar esos fallos. Como la administración disuelve el dilema prohibiendo fumar en todos los lugares públicos cerrados, nadie podrá obtener ventaja, o asumir un riesgo, por permitir o no el fumeteo. A partir de ahora, elegiremos el restaurante por la calidad de su comida o de su servicio, y no por si nos dejan fumar un puro a los postres. Con lo cual, los restauradores pondrán más énfasis en lo primero, que es lo que se trata, y todos saldremos ganando. Eso sí, a muchos de ellos, que invirtieron sumas importantes para adaptar sus locales hace sólo unos meses, les han  provocado un daño irreparable. Tal vez debería estudiarse alguna forma de compesar esos gastos, hoy inútiles.

 Pero ojo con los excesos. Parece que se discute también la posibilidad de extender la prohibición a amplios espacios descubiertos, como estadios de fútbol y similares, donde el riesgo de fumar pasivamente me parece mínimo. De lo sublime a lo ridículo a veces sólo hay un paso. Ayer supe que en un campo de golf de la Comunidad Valenciana se ha prohibido fumar en todo el recorrido. ¿Porque se ensucian los greens con las colillas? Ustedes me dirán…

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