El presidente del Gobierno, y casi todo su equipo como si se tratase de un coro griego, utilizan un argumento para defenderse de las críticas de la oposición que, en sí mismo, es perfectamente correcto pero cuyo mal uso puede constituir una mala interpretación del sistema de controles y equilibrios (checks and balances) que constituye la esencia misma de la democracia. Hoy mismo, en la sesión de control del Congreso, Rodríguez Zapatero, ha vuelto a echar mano del argumento: “Sólo he escuchado descalificaciones. A ver si, por una vez, realizan propuestas y arriman el hombro”.
Paso por alto el hecho de que las “descalificaciones” las constituían un recordatorio, por parte de Rajoy, de los incumplimientos presupuestarios del año en curso y la sospecha de que vaya ocurrir lo mismo con el proyecto de presupuestos que se presentó el martes, al que calificó de “castástrofe”; un término duro, desde luego, pero que coincide con el tenor de las críticas formuladas desde otras bancadas. Y dejo también aparte el hecho de que el PP, y el resto de partidos, ya han formulado sus propuestas en el pasado y lo volverán hacer en la discusión parlamentaria del proyecto, que es el lugar donde toca.
Me detengo en lo que “arrimar el hombro”, que se ha convertido ya en una muletilla para todo uso. Por arrimar el hombro, el Gobierno debe entender que se apoyen sus proyectos y se respalden sus iniciativas. Yo entiendo sin embargo, y conmigo supongo que algunos más, que también es “arrimar el hombro”, por la salud del estado democrático y su sistema de equilibrios, ejercer la crítica política del ejecutivo y ofrecerse como alternativa. La oposición y la alternativa son esenciales en una democracia liberal y no hay otra forma de plasmarla que ejerciendo la indispensable crítica del Gobierno. Y se podrá reprochar un exceso en las formas o un abuso de la descalificación, pero no que no se esté arrimando el hombro. La oposición lo hace cumpliendo la función que le han asignado los ciudadanos.
País de porteras. Regreso de un breve viaje y encuentro a las fuerzas vivas de este patio de vecinos que llamamos España enredadas en una discusión de comadres sobre la fotografía retocada, o censurada, (pixelada, dice quien se abandona por pereza a barbarismos pretendidamente cultos), de unas adolescentes. Cómo si tuviéramos todo el tiempo del mundo, y nada más de qué preocuparnos, la escalada de ocurrencias, ingeniosidades y metáforas nauseabundas ha alcanzado proporciones esperpénticas. En cuanto a mí, creo que el suceso sólo merece un comentario: sobre la cándida estupidez de unos padres que pretenden preservar la intimidad de sus hijos y, para conseguirlo, las llevan a que las retraten al lugar más fotografiado del mundo en ese momento y junto al hombre más poderoso del planeta. Allá ellos y el daño que ellos mismos, y no los medios, les hayan podido hacer a sus hijas, que tampoco creo que sea una cosa del otro mundo. Al contrario, cualquier adolescente normal de esa edad, y en esa situación, se descojonaría de la risa ante tanta gilipollez. Y no le quedaría más trauma que la mandíbula desencajada. Como dirían mi paisano el ex presidente del Congreso Manuel Marí, ¡vaya desparrame! (al parecer, la expresión es del alcalde de Valdepeñas, a quien conviene restituirle el crédito). Y punto.
Bueno, me voy a estudiar la subida de impuestos propuesta ayer por el Gobierno para calcular cuánto me va a tocar apoquinar. Que esa sí que es cosa de pocas risas.
Pero, ¿habrá finalmente esa subida de impuestos repetidamente anunciada por el presidente del Gobierno? Zapatero sigue sin desvelar qué impuestos piensa subir para recaudar los 15.000 millones de euros más que anunciados en el Congreso. La razón más probable es que aún no sepa por donde empezar. ¿Por qué? Porque la concreción de la subida fiscal se va a fijar en las negociaciones presupuestarias y los posibles aliados del PSOE para obtener la mayoría necesaria discrepan de algunas de las intenciones filtradas por el Gobierno. Así Gaspar Llamazares, portavoz de IU, advertía contra la tentación de subir los impuestos indirectos y el IVA, que penaliza a todos por igual, e insistía en la subida de los impuestos directos, lo que contradice la promesa de Zapatero de no tocar las rentas del trabajo (el IRPF es el más importante impuesto directo). Pero los votos de IU pueden ser decisivos para la aprobación de los presupuestos.
La cuenta es complicada: si sumamos unos 5.000 millones por la desaparición de los 400 euros del IRPF y otros mil y pico por la subida de las rentas del capital, quedarían otros ocho o nueve mil para llegar a la cifra anunciada, y sólo podrían salir del IVA y los especiales (alcohol, tabaco, gasolina), lo que penalizaría el consumo seriamente en un momento en que lo que más se necesita para salir de la crisis es reavivar la demanda interna, que ha caído por los suelos. Un amigo periodista y economista, y no precisamente simpatizante de la oposición, me aseguraba que él estaba de acuerdo con una subida de impuestos para ir restableciendo el equilibrio fiscal, pero en ningún caso antes de que se produzca una recuperación de la actividad. Por otro lado, según las cuentas realizadas por El País, la retirada de los 400 euros del IRPF y la subida de los impuestos sobre el ahorro castigaría sobre todo a los contribuyentes entre 12.000 y 30.000 euros, es decir a los “mileuristas” y “dosmileuristas”.
Probables daños colaterales, pues, en las bancadas amigas del Congreso, en los consumidores o entre los posibles votantes. No me extraña que ZP esté hecho un mar de dudas. En estas condiciones, hay quien sospecha que tal vez esa subida de impuestos finalmente no tenga lugar. Conociendo a Zapatero cualquier hipótesis es posible: en un caso sería una vuelta a tras más; y en el otro, otra muestra de empecinamiento en el error.
Para los irreductibles del zapaterismo a machamartillo (ojo, no de la socialdemocracia o de la izquierda en general) que se asoman de vez en cuando por este blog para ponerme como chupa de dómine y acusarme de sectario (¡ellos!) por no pensar como su jefe, o me invitan a tranquilizarme (¿aún más?), voy a tranquilizarles yo a ellos con fragmentos de una información que hoy publica un diario, y luego revelaré de qué periódico se trata.
Dice así: “La gestión de la crisis económica por parte del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, en ocasiones con mensajes contradictorios o medidas poco explicadas, está originando desconcierto en el PSOE y distorsiones en el propio Gobierno. Así lo reconocen diversos dirigentes socialistas, que se muestran preocupados por el desgaste que sufre el partido en el poder”. Esos mismos dirigentes señalan que “Zapatero toma cada vez más decisiones en clave absolutamente personal” y destacan que “no hay debate interno ni en el Ejecutivo ni en el PSOE, donde nadie se atreve a levantar la voz. Ex ministros y dirigentes con voz propia, como Jordi Sevilla, Pedro Solbes o Ramón Jaúregui se han alejado del proyecto y otros se plantean hacerlo en breve”.
No, no se trata de ABC, ni de El Mundo, ni de La Razón. Es la información con la que abre hoy su portada el diario El País, supongo que nada sospechoso de incontinencia antigubernamental. ¿O se trata también de un sectario que necesita tranquilizarse? Por cierto, hay un dato en la información bastante indicativo de lo que es la clase política de hoy: a los dirigentes socialistas citados lo único que les preocupa es “el desgaste que sufre el partido en el poder”, no los daños que esa política pueda estar haciendo al país. Toda una declaración.
Con Antonio Brufau, presidente de Repsol, haciendo de escolta hasta al aeropuerto al histriónico presidente venezolano es difícil resistirse a la tentación de vincular la visita a España de Hugo Sánchez con la participación de la empresa española en la explotación de ese enorme depósito de gas recientemente descubierto en Venezuela, el mayor de América del sur y uno de los mayores del mundo. Y, puestos a cavilar, esa relación recuerda, salvada las distancias, al gran contrato negociado por la petrolera británica BP con el régimen libio, que estaría en el origen del polémico traslado a su país, desde una prisión escocesa, de Alí al Megrahi, el único inculpado en la matanza aérea de Lockerbie que cumplía condena.
Evidentemente no es lo mismo “comprar” una visita a un país respetable en un momento de popularidad decreciente que enviar a casa a un condenado por múltiple asesinato, pero ambos hechos ilustrarían lo vulnerable que resultan determinados gobiernos en horas bajas (el británico y el español) a ceder a las “insinuaciones” de sátrapas de cuyos caprichos depende la fortuna o el infortunio de las empresas extranjeras establecidas en sus países. Los gobiernos están obligados a defender los intereses de sus compañías en el exterior. Pero preferiría pensar que los acuerdos de Repsol con la petrolera venezolana no tienen nada que ver con la visita de Chávez a España.
Defiendo que nuestro país debe mantener buenas relaciones con Venezuela, pero para ello no son indispensables determinados gestos de empalagosa cortesía con los que el facundo presidente sudamericano sólo busca mejorar su imagen en el exterior y en su propio país. ¡El jugo que le puede sacar a esa fotografía con el rey, como ya hizo con la que consiguió el año pasado en Marivent después del incidente del “que te calles”! En los últimos cuatro años, el nivel de nuestras relaciones con Estados Unidos ha sido muy elevado y los gobernantes de ambos países apenas se vieron en encuentros ocasionales. Por no hablar de los muchos otros países en los cuales trabajan tantas empresas españolas y con cuyos gobernantes no se despliegan gestos innecesarios de fingida (¿o no?) complicidad. En fin, ya sé que no es fácil tratar con ciertos energúmenos pero dejo aquí constancia de mi desagrado. Por cierto, vaya racha: Berlusconi, Chávez y la semana que viene Netanyahu. A eso se le llama una buen a agenda internacional.
Mientras los líderes de los grupos parlamentarios afrontan el enésimo debate sobre la crisis, del que, vistos los antecedentes, pueden esperarse pocas cosas, salvo que vamos a pagar más dinero al Estado los de siempre, la OCDE ponía a España en evidencia a propósito de la educación, una lacra de nuestra sociedad que, en largo plazo, constituye uno de los principales lastres para cualquier proyecto económico de futuro. El capital humano, se sabe, es imprescindible para impulsar una economía competitiva y de alto valor añadido, la única que tendrá éxito, para España, en el escenario económico que se avecina. Y ahí estamos bastante mal.
El informe de la OCDE subraya ciertos esfuerzos en el terreno de la educación en España pero nos sitúa todavía en el furgón de cola de las sociedades avanzadas. Progresamos, pues, muy lentamente porque, cuando finalmente se salga de la crisis mundial, nadie nos va a esperar a que iniciemos el camino de una recuperación construida sobre bases más sólidas que la mano de obra extensiva y poco cualificada, el consumo desaforado y el endeudamiento exterior, y que es la única que nos puede asegurar un lugar al sol en el competitivo mundo de la economía globalizada. La OCDE confirma lo que vienen diciendo desde hace casi una década los sucesivos informes PISA: la educación española pierde puntos por una cadena suicida de cambios de planes de estudio, cada cual contradiciéndose con el anterior, que han roto toda continuidad en la formación de ese capital humano al que aludía y que ha desterrado de la escuela los viejos valores que atendían no sólo a la formación académica de los alumnos sino también a su crecimiento como persona y como ciudadanos. Las gamberradas de Pozuelo, y muchas otras que no salen en los medios, algo tienen que ver con ese fenómeno. Además, de la inhibición de los padres, por supuesto.
En los informes PISA, uno de los países mejor valorados es Finlandia. En aquél país, los planes de estudio “caben en dos folios”, según sus responsables. Y en lo que se trabaja es en la formación de los profesores, en su autonomía y la restauración de su autoridad. Ayer mismo, el presidente Obama destacaba, en la apertura del curso escolar de Estados Unidos, la necesidad de recuperar los valores perdidos del esfuerzo, la disciplina y el mérito. Ya que nuestro gobierno considera a Obama el oráculo de los nuevos tiempos, que le hagan caso también en esto.

Después del ataque sufrido esta semana por nuestras tropas en Afganistán, el gobierno español estudia, según la ministra de Defensa, el envío de refuerzos. Unos 200 soldados más que añadir a los 800 que ya se encuentran allí. En otras circunstancias, se trataría de una medida razonable, teniendo en cuenta que, con ese envío de tropas, de lo que se trata, antes de nada, es de aumentar la seguridad del destacamento español. En mi opinión, debe hacerse. En otros momentos, he abogado por un mayor compromiso de España con el esfuerzo militar que 42 países están llevando a cabo en Afganistán. Y sigo pensando que, al menos por el momento, la intervención internacional en aquél país sigue mereciendo la pena.
Pero entiendo que las opiniones públicas de los países que intervienen en la misión empiecen a estar hasta el moño, sobre todo después del fiasco de las últimas elecciones, que probablemente van a confirmar en el poder a un gobierno infectado por la corrupción, que ha perdido la batalla del control de una gran parte de la población en beneficio de grupos de insurgentes (hablar de talibanes en todos los casos no deja de ser una generalización engañosa) que se están ganado la obediencia de las poblaciones locales por las buenas (asistencia social, orden y trabajo) o por las malas (extorsión y amenazas). Según una encuesta reciente, sólo el 18 por ciento de los americanos creen que la guerra se está ganando, menos de una tercera parte es favorable al envío de más tropas y dos tercios de los consultados creen que Estados Unidos acabará retirándose sin ganar la guerra, frente a un 35 por ciento que piensa que la victoria aún es posible. Imagino que los resultados no serían muy diferentes si la encuesta se hubiera realizado en España.
Estados Unidos, España y el resto de los países presentes en Afganistán se ven atrapados en un dilema endiablado: no nos podemos retirar de Afganistán, al menos durante unos cuanto años porque la alternativa de un país dominado una vez más por el radicalismo islámico, y su posible extensión a Pakistán, es aterradora; pero, para vencer, se necesita de un cambio de estrategia que exige más dinero y más hombres sobre el terreno, y vara alta sobre un gobierno poco fiable para el que tampoco disponemos del alternativa. Obligados a elegir entre lo peor y lo pésimo, los gobiernos implicados no van a encontrar siquiera el consuelo del apoyo en sus propios países. No me gustaría encontrarme en su pellejo.
Vuelvo sobre el tema de la eventual subida de impuestos, porque me parece que este va a ser, si el gobierno finalmente se atreve a llevarla adelante (cosa que empiezo a dudar), uno de los temas del otoño político. En el blog anterior expresaba sobre todo opiniones. Ahora voy a dar algunos datos para que todos sepamos de lo que estamos hablando.
--El Gobierno justifica su propósito en el hecho, incontrovertible, de que nuestra fiscalidad es inferior en siete puntos a la media de la UE. Se trata, sin embargo, de una verdad a medias. Los impuestos sobre la Renta (el primero sobre el que José Blanco sugirió que se actuaría, aunque luego diera marcha atrás) y Sociedades se sitúan claramente por encima de esa media. El tipo máximo del IRPF es en España del 43%, mientras que la media europea es el 37,8%. En Sociedades, nos encontramos en el 25 y el 30%, según qué empresas, y el tipo medio europeo es del 23,5%. En Portugal, que nos hace un claro dumping fiscal en este terreno, es del 13%.
--Donde si existiría un posible recorrido al alza es en el IVA e impuestos especiales (hidrocarburos, tabaco y alcohol), netamente más bajos que el resto de Europa. Pero cualquier alza en ese terreno penalizaría el consumo, que se encuentra en estado catatónico, y agravaría aún más la crisis.
--El impuesto sobre el capital (el 18% sobre intereses bancarios, dividendos y plusvalías, entre otros) es también más alto que la media europea. En 2006 se cometió el error de hacer tributar todos esos conceptos con el mismo tipo, con independencia de si esas rentas procedían de un pelotazo bursátil o de la venta de una casa. El Gobierno quiere actuar ahora sobre él pero no sabe muy bien cómo hacerlo. Tendría que dar marcha atrás en la reforma de hace tres años (lo que requeriría una ley en el Congreso) para evitar que pagasen por igual los grandes especuladores y los pequeños ahorradores que tiene depositados sus dinerillos en planes de pensiones o fondos de inversión.
--Una última cuestión que recordaba el martes mi compañero Fernando Fernández en su columna: el capital no es sino una renta acumulada que ya pagó impuestos cuando se generó y que vuelve a hacerlo en tanto que inversión. Ya está suficientemente gravado. Se corre el riesgo de desincentivar el ahorro y espantar las inversiones extranjeras. Mala receta para salir de la crisis.
Concluyo como en mi post anterior. El Gobierno está metido en un buen lío. Ha caído en la cuenta de la enorme cantidad de ingresos que necesita para volver a un 3% de déficit en 2012, como le exige la UE, pero no sabe muy bien por dónde empezar (¿qué tal un plan integral de austeridad en la Administración, como sugiere uno de nuestros lectores?). Y, entretanto, se ve obligado a gastar más y más para que la crisis no derive en contestación social. Ayer, se vio obligado a retrotraer al uno de enero el plazo para cobrar los 420 euros de ayuda especial a parados. Y seguirán muchas otras concesiones, al menos hasta que tenga negociados los presupuestos.