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Sobre eventuales alianzas con empresas rusas del petróleo, extraigo este aviso a navegantes de Josef Joffe, director de Die Zeit:, para que no se diga que en España nos la estamos cogiendo con papel de fumar a la hora en enjuiciar la eventual entrada de Lukoil en Repsol. “En cuanto a Rusia --afirma Joffe-- sigue siendo verdad la ocurrencia de Helmut Schmidt sobre la Unión Soviética: un Alto Volta con armas nucleares. De acuerdo, hoy ya no son solo los misiles. El poder del Kremlin proviene también (y de hecho de una forma más efectiva) de esos oleoductos que han enganchado a Europa al petróleo y el gas ruso. A pesar de todas sus fabulosas riquezas, Rusia sigue siendo una especie de país tercermundista cuyo bienestar e influencia fluctúan con el precio del petróleo”. Para Putin, Medvedev y compañía, los productos energéticos no son unas commodities cualquiera; son una palanca de poder. Y un 30 por ciento en la más importante compañía energética española no es una participación irrelevante en lo que se refiere a posibles futuras intenciones del Kremlin.
No hay que arrugarse. Y menos ahora que un grupo talibán ha difundido la amenaza más directa que nunca se había proferido contra las tropas españolas en Afganistán. Para volver a ensalzar la labor que nuestros soldados realizan allí y en otros lugares del extranjero me remito a mi post del pasado día 15 (“Gracias a ti, que vas a Afganistán”), el que he escrito con más emoción desde que me metí en esto. Y debo elogiar también en estos momentos la sinceridad y franqueza con que la ministra Carme Chacón y su equipo en el ministerio de Defensa han asumido sin complejos el papel que España juega, y debe seguir jugando, en el mantenimiento de la seguridad en el mundo. Ahora que ya es semipúblico, voy a revelar algunos términos de una conversación reciente que mantuvimos un compañero y yo con el jefe de estado mayor de la Defensa (Jemad), teniente general José Julio Rodríguez, sobre la cuantía del contingente español en el exterior, que está limitado por acuerdo parlamentario en 3.000 efectivos. Decía el general que tal límite no tiene sentido porque el número de soldados debe estar determinado por la naturaleza y extensión de las distintas misiones. Porque si, llegado el caso, sólo quedaran cien soldados para llegar al cupo fijado, no podríamos participar en nuevas misiones que requirieran mayor número de soldados, o tendríamos que detraerlos de algún otro lugar arriesgando el cumplimiento de los objetivos y la seguridad de sus compañeros. Es lo que estaba sucediendo con el proyectado envío de una fuerza al mar Índico para proteger de los piratas a los barcos que navegan frente a las costas de Somalia. El JEMAD afirmaba también, en aquella entrevista, que no haría falta un nuevo acuerdo parlamentario para sobrepasar el límite de 3.000 hombres porque, dado que toda misión nueva tiene que ser aprobada por el Congreso, se entendía que si la aprobaba estaba autorizando implícitamente el aumento del cupo. Ayer, la ministra anunciaba finalmente el envío de una fragata y un buque de apoyo, con unos 200 hombres, a Somalia, con lo que se rebasa el límite tantas veces mencionado. Nadie (nadie que importe, se entiende) ha objetado nada. Así debe ser. El número de soldados españoles que operan en el extranjero debe estar determinado por naturaleza de las misiones, no por acuerdos parlamentarios previos adoptados en su día más para tranquilizar algunas conciencias (y a muchos votantes) que por razones de índole político y militar relacionadas con nuestros objetivos como país en política exterior y de seguridad.
Me vais a perdonar que hoy me extienda un poco más de lo habitual, pero creo que la cuestión lo merece. La percepción de los españoles sobre su situación económica empeora, y también el estado real de la economía, como atestiguan las previsiones cada vez más pesimistas sobre la duración y profundidad de esa crisis que sólo existía en la imaginación de los agoreros; la percepción de la situación política no es mejor y la valoración del Gobierno (4,5) es la peor desde 2005, como consecuencia de lo cual el PP adelanta al PSOE en intención de votos (aunque sólo sea en 3 décimas) por primera vez desde las últimas elecciones. Son datos del barómetro de otoño de ABC, publicado el domingo y hoy lunes. Y, sin embargo, Zapatero aguanta. Disminuye en valoración aunque mantiene el aprobado (5,1), pero, sobre todo, le sigue sacando más de un punto de ventaja a Mariano Rajoy (4,0). Lo del presidente del PP tiene una explicación estadística: esa nota refleja la media de todos los encuestados y sucede que los votantes que no son del PP ni del PSOE valoran a Rajoy mucho peor que al presidente, de ahí la diferencia. Aún así, cuesta trabajo creer que en el momento de mayor desgaste de un gobierno con la credibilidad por los suelos, la oposición sólo le saque tres décimas en intención de voto y su líder siga sin suscitar el menor atractivo entre los no votantes del PSOE. La respuesta está en las tesis de George Lakoff (“No pienses en un elefante”) y sus marcos de referencia. Si uno consigue situar el debate público en sus propios marcos de referencia tiene gran parte del trabajo hecho. Así ha ocurrido con la derecha americana durante las tres últimas décadas; hasta que apareció Obama y cambió las reglas del discurso. Zapatero pasará probablemente a la historia como el presidente menos consistente y con menor sentido de Estado desde la restauración democrática (al menos en mi opinión), pero frente a un oposición cainita y desorientada, ha sabido imponer sus marcos de referencia: en la negociación con ETA, camuflada como “proceso de paz” ; en el desbarajuste territorial , disfrazado como "la construcción de la España plural”; y ahora en la crisis económica, que es "culpa de Bush y del capitalismo codicioso". Zapatero ha conseguido convencer a los españoles, frente a la evanescencia del PP, de que la crisis financiera en Estados Unidos y la falta de regulación internacional tiene más responsabilidad en la gravedad de la crisis española que factores internos o la falta de previsión de su propio Gobierno (datos de la misma encuesta), cuando parece cada vez más evidente que la crisis internacional ha acelerado, pero no provocado, los peores males de la economía española. Y ocurre así que, aunque los encuestados consideran que las medidas adoptadas por el Gobierno favorecen más a los bancos que a las familias, sin embargo aprueban más que rechazan esas mismas medidas. Cuando estalló la crisis, Zapatero estuvo un mes casi desaparecido y su gabinete resistía contra las cuerdas. Los confusión intencionada mantenida por el Gobierno durante la campaña electoral sobre las previsiones reales de la economía española pesaban entonces como una losa a la luz del gravísimo deterioro que se estaba produciendo. El PP desperdició ese momento con un discurso negativo y nada ilusionante y permitió que Zapatero recuperara la iniciativa. Y no os extrañe que, al paso que van las cosas, una mayoría de españoles empiece a pensar dentro de pocos meses que los principales responsables de las consecuencias de la crisis en España sean Mariano Rajoy y el PP, como ya se ha dejado caer desde algunos despachos de Ferraz.. Al tiempo.
El fin de semana invita a la reflexión. Os invito a una sobre el valor que hay que conceder a las palabras de los que escribimos en los periódicos y en este medio electrónico, para que juzguéis en su justo valor lo que decimos. Cada cual tiene su propio breviario en la mesita de noche. El mío, desde hace ya varios meses, son los Ensayos de Michel de Montaigne, en la modesta pero rigurosa edición de Cátedra. No es esnobismo. Sucede que uno es lector lento y que ésa es una obra que sólo de puede digerir si se lee de a poquitos. En cualquier caso, es lectura que recomiendo en estos tiempos ayunos de saberes sencillos y directos y de sentido común. Y justo en estos días en los que preparaba una nueva columna en el suplemento dominical D 7de mi periódico, mis ojos dieron con las siguientes frases: “Plasmo aquí mis ideas, mediante las cuales no pretendo dar a conocer las cosas, sino a mí mismo.... Digo libremente mi parecer sobre todas las cosas, incluso sobre aquellas que se salen de mi inteligencia y que en modo alguno considero pertenecientes a mi jurisdicción. Lo que opino de ellas revela la medida de mi vista y no la medida de las cosas" (Ensayos. Libro segundo. Capítulo X “De los libros”). La medida de mi vista, y no de las cosas de las que escribo. Idónea declaración de principios para quien piensa que el escepticismo bien entendido comienza por uno mismo.
Mientras un grupo armado capturaba impunemente, frente a las costas de Somalía, a un petrolero con más de dos millones de barriles de petróleo, un pequeño pesquero murciano era detenido abruptamente en aguas de Malta por pescar gambas, y sus tripulantes –cinco españoles y seis extranjeros– tratados poco menos que como “piratas”. Hay que ver con qué diligencia se movilizan gobiernos supuestamente civilizados en defensa de una ración de camarones y qué inoperancia muestran la comunidad internacional y sus organismos para neutralizar a una auténtica piratería organizada que pone en riesgo la libertad de tránsito marítimo y los flujos comerciales internacionales, y la seguridad económica, no de un país, sino de todo el planeta. El gobierno español fue criticado en su día por haber cedido a las exigencias de los piratas en el caso del pesquero vasco “Playa de Baquio” mediante el pago de un rescate y de haber enviado luego apenas un avión de reconocimiento a la zona para “proteger” al resto de la flota, pero al menos hizo algo y encabezó una iniciativa para implicar al resto de la comunidad internacional en el asunto. Parecía como si quisiéramos compartir con el resto del mundo un problema que sólo era nuestro; una cuestión sólo tendría que ver con los países que tienen pesqueros faenando en la zona, en especial Francia y España. Ahora han sido atacados un inmenso petrolero saudí y un mercante chino. No hay que bien que por mal no venga: será más probable que el resto del mundo lo entienda como algo propio. Pero no lo demos por descontado. Mirar para otro lado y olvidar en un cuarto de hora es una especialidad del ”resto del mundo”, entendido por tal la parte de la comunidad internacional que no se ve directamente concernida por un problema concreto. Mientras, los marineros de nuestro pesquero, hayan cometido una equivocación o un desliz, quedarán sometidos a la magnanimidad del “halcón maltés” para no ser considerados unos piratas. Y todo, por un puñado de gambas.
No hace todavía una semana, el tripartito catalán bramaba contra The Economist. El semanario británico, el más respetado e influyente del mundo, es un insobornable defensor de la libertad de expresión y defiende el mercado y la democracia económica, pero no desde posiciones fundamentalistas. Y una cosa más: en 25 años jamás he visto a ninguna otra publicación realizar tantos ejercicios de autocrítica, a veces incluso despiadada. Su penúltimo número incluía un especial de 16 páginas sobre España titulado “La fiesta se acabó”. Los distintos artículos elogiaban sin ambages lo conseguido por España en las últimas décadas, un periodo que calificaba de extraordinario, pero señalaban las dificultades a las que vamos a tener que enfrentarnos, y no sólo en el terreno económico. Concretamente, denunciaba los excesos a los que estaba conduciendo el Estado de las Autonomías, como las políticas caciquiles y las imposiciones lingüísticas. El último artículo del especial, titulado significativamente “Los peligros del aldeanismo”, afirmaba que España podía perder muchas ventajas competitivas por no defender en el exterior “una idea de España” . Los nacionalistas catalanes (los de CiU y ERC, pero también los del PSC) se pudieron hechos una furia, y exigieron “una rectificación y una disculpa”. ¿Una rectificación de un juicio de valor? ¿Disculpas por la expresión libre de una opinión? La reacción evidenciaba con toda elocuencia el aldeanismo que denunciaba el semanario. En su último número, sin embargo, The Economist realiza, en su editorial principal, una cerrada defensa de la participación de España en la cumbre de Washington. Y propugna una reforma del famoso G-20 para incluir “una gran economía con un admirable sistema de regulación financiera”. No tardará en ser utilizada políticamente esta frase con una mención especial a la “gran autoridad" de la revista. Nada de lo que afirmaba The Economist en los dos números mencionados nos es desconocido. ¿Por qué entonces nos cabreamos o nos envanecemos tanto cuando lo vemos reflejado en un medio extranjero? Otra vez algo de aldeanismo, pero también mucho de manipulación partidaria. Si The Economist es fiable para lo bueno, también lo será para lo malo. Eso es lo que yo creo. Ellos, no.
Acabábamos en embarcar en el AVE de Zaragoza a Madrid. A mi lado, un lugar vacío fue ocupado por una joven de unos veintitantos años. Cabellos castaños, nada en su atuendo ni en su aspecto delataba rasgos muy diferentes de los de cualquier joven española de su edad. A mitad de viaje, otros tres muchachos, una chica y dos chicos, entablaron conversación desde el pasillo con mi compañera de asiento. Pronto deduje que los cuatro eran militares españoles. Tenían su base, o así me pareció entender, en Gando (Canarias). La charla discurría entre intrascendencias sobre los pasaportes colectivos y sus inconvenientes y los preparativos para ir de copas esa noche en Madrid. “En la zona de la Gran Vía nos viene bien a todos”. Hasta que el diálogo se centró en sus próximos destinos. “Afganistán”. La palabra me paralizó y tuve que dejar mi lectura. La joven de mi izquierda se disponía a viajar en futuro próximo a aquel infierno. “Yo tengo que ir al menos una vez todos los años”, dijo la otra joven. Sus dos compañeros varones conocían también la experiencia. Recordaron con tristeza, pero sin dramatismo, a sus compañeros muertos pocos días antes. “Mis padres no están muy preocupados, pero a mi abuela no le voy a decir nada, sobre todo después de lo del cabo y el brigada. Estoy pensando que cuando vuelva le diré: ‘Abuela, ¿a qué no adivinas dónde he estado?'"Quien hablaba era la joven de mi izquierda. Volví por primera vez la vista hacia ella. Había pronunciado sus últimas palabras sin alterar la compostura, mezclando la gravedad de la referencia a sus compañeros caídos con un cierto tono divertido al mencionar a su abuela. La mía sí se había alterado. Me embargó un sentimiento de afecto profundo por aquellos cuatro jóvenes españoles y de intenso orgullo por lo que estaban haciendo por todos nosotros. Me conmovió la sencilla naturalidad con la que hablaban de su misión, tal vez porque, en su desprendida sencillez, no eran capaces de percibir la importante labor a la que habían dedicado algunos de los mejores años de sus vidas. Finalizado el viaje, ayudé a mi joven compañera de viaje a alcanzar su chaquetón del compartimento superior. “Muchas gracias”. Fue ella quien me las dio. Todavía hoy, casi 24 horas después, me recrimino por no haber sido yo quien se las diera a ella. No sé su nombre, ni los de sus compañeros, pero no podré olvidarlos en mucho tiempo.
La crisis financiera internacional ha resucitado el término neocon, naturalmente para echar la culpa de todos los males a una supuesta ideología económica neoconservadora. No sé si quien así se expresa sabe mucho de economía, pero ignora desde luego lo que es el movimiento neoconservador norteamericano. Al hilo de los desastres de la administración Bush, se ha ido aplicando el término neoconservador a todos los aspectos de su gobierno, cuando el movimiento neocon es algo muy preciso que sólo tiene que ver con la política de Bush en algunos de sus aspectos, en especial en política exterior. El movimiento encuentra su expresión más precisa en la publicación, a finales de los noventa, del llamado “Manifiesto por un nuevo siglo americano”. Lo forman intelectuales formados en las universidades de la costa Este, proceden en gran parte de la izquierda intelectual o cultural y engarzan con la tradición wilsoniana del “destino manifiesto”, en virtud del cual la misión de Estados Unidos es propagar la democracia a todos los pueblos del mundo, aún a la fuerza. Su programa ha sustentado en gran medida la acción exterior de Bush, en especial las intervenciones en Afganistán e Irak, pero dejaron de tener influencia durante el segundo mandato del actual presidente. Los neocons han sido uno de los tres vértices de la mayoría conservadora que la dominado la política norteamericana no sólo durante la presidencia de Bush sino desde la llegada al poder de Ronald Reagan, en 1980. Los otros dos son la derecha ultraconservadora y religiosa del suroeste, que nada tiene que ver con la prestancia intelectual y cultural de los neocons, y los republicanos moderados de la costa oeste y el norte. En lo que se refiere a la política económica de la llamada “revolución conservadora”, está más bien inspirada en la doctrina de Milton Friedman y la denominada Escuela de Chicago que en una inexistente ideología económica neocon. Los neoconservadores son partidarios del libre mercado y de la no intervención del Estado, pero no más que el resto de la familia republicana y que bastantes demócratas estadounidenses. Así que llamemos a las cosas por su nombres y no culpemos a los neocons hasta de la muerte de Manolete.
No es frecuente, pero tampoco una rareza, que, en determinados acontecimientos internacionales, haya jefes de Gobierno que incluyan en su delegación a representantes de la oposición, sobre todo si lo que están en juego son políticas de Estado a largo plazo susceptibles de comprometer la acción, no de uno, sino de sucesivos gobiernos durante un periodo prolongado de tiempo. Más allá de las diferencias, incluso de las profundas discrepancias, que gobierno y oposición han evidenciado sobre el diagnóstico de la crisis, sobre su alcance y profundidad y sobre los posibles remedios, la posición del Partido Popular a favor de la presencia de España en la cumbre del próximo sábado en Washington sobre la crisis financiera internacional ha sido inequívoca. Y, por si hubiera dudas, Mariano Rajoy lo ha hecho explícito sin reservas después de su encuentro de esta tarde con el presidente del Gobierno; dijo más: su partido trabajará, como ya lo hace el Gobierno, porque nuestra presencia en los foros internacionales donde puede decidirse el futuro del sistema financiero mundial sea permanente (tarea harto complicada, dicho sea de paso). Pues bien, si de lo que se trata es de comprometer a la oposición en una política de Estado que a todos nos conviene que salga bien; si la imagen de gobierno y oposición remando juntos en la misma dirección puede devolver algo de confianza a los mercados, que tanto la necesitan; si el interés del presidente del Gobierno en esa cumbre no se agota en la ambición personal de obtener una foto a mayor gloria propia, ¿por qué no incluir al jefe de la oposición entre los miembros de la delegación española que irá a Washington? ¡Alto, no se me alboroten antes de tiempo! He de confesar que, pasado este breve ratito divagando en la inopia, me he despertado y las ranas seguían siendo ranas y Alicia había regresado del otro lado del espejo. Así que todos tranquilos: el país no está para las extravagancias de un moralista decadente.
En Afganistán hay una guerra y los casi 800 soldados españoles desplegados allí están en una guerra. Más allá de los tecnicismos que definen la presencia de nuestro Ejército español en aquel país (misión pacificadora, de reconstrucción o humanitaria), la cruel realidad de las últimas horas, con la muerte de otros dos soldados españoles en un ataque suicida, viene a recordarnos que la verdad de las cosas prevalece siempre sobre los eufemismos. Por fortuna ya han pasado los tiempos en los que, para disfrazar esa realidad, incluso se negaba a los muertos la cruz con distintivo rojo que se concede a los “caídos en combate”. Se privaba a los muertos de ese honor póstumo con tal de no reconocer la realidad de que nuestras tropas estaban destinadas en un conflicto bélico. Como si los españoles fueran memos. El Gobierno se equivoca: estoy seguro de que la mayoría de nuestros ciudadanos aprobarían que nuestros soldados fueran a una guerra si se les explica abiertamente que es por una causa justa y se cuenta con la aprobación, como es el caso, de los organismos internacionales competentes. Ocultar la realidad revela tal vez un problema de mala conciencia y emite una señal inequívoca: si estos niegan la verdad es porque tienen algo que ocultar. Y estarían en lo cierto: el Gobierno oculta la cruda realidad de que la libertad y la democracia en el mundo no se defienden sólo con buenas palabras y alianzas de civilizaciones; a veces hay que empuñar las armas para preservar un modelo de civilización que nos gustaría legar a nuestros hijos y nietos. En muy poco tiempo, el nuevo presidente de Estados Unidos va a poner a prueba el alborozo con el que nuestro Gobierno y una gran mayoría de españoles hemos recibido su elección. ¿Estará dispuesto Zapatero a enviar más tropas a la guerra de Afganistán como nos a va pedir de inmediato Barak Obama? Si no lo hace, tendrá que explicar al presidente norteamericano los límites de sus efusiones; y si lo hace, tendrá que explicarnos a los españoles por qué ahora sí y hace unos meses, no. Es la misma guerra, los mismos contendientes e idénticos objetivos. ¿Nuestra adhesión a las causas internacionales depende que quien ejerza la presidencia de un determinado país? Mala cosa.
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