No ha defraudado a los suyos Alfredo Pérez Rubalcaba en su debut como portavoz del Gobierno en el Congreso de los Diputados. Ojo por ojo y ataque por ataque. El ministro está bien entrenado en el cuerpo a cuerpo, aunque no siempre haya podido levantar los combates: en los estertores del felipismo, su esgrima dialética no fue suficiente para evitar la derrota electoral de 1996.
Pero lanzó Rubalcaba contra el PP una acusación sorprendente: que es el "partido de lo antisocial". Sorprendente porque lo dice el portavoz de un Gobierno que acaba de congelar las pensiones, rebajar el sueldo a los funcionarios y abaratar el despido, y que ha sufrido un huelga general de sus ex aliados sindicales por ello. Ningún otro gobierno de la democracia había llegado nunca a tanto en políticas "antisociales", por utilizar la misma terminología que él empleó. Y no vale argumentar que no había más remedio, que si los famosos mercados, que no haberlo hecho nos habría condenado a la ruina, etcétera. Lo que le advirtieron los otros gobiernos de la UE, Obama y los prestamistas internacionales es que, si España quería seguir financiándose a precios razonables, tenía que reducir un déficit insoportable. Pero nadie le indicó al Gobierno español de dónde había que recortar gastos. Esa fue una decisión política soberana que el Gobierno adoptó sabiendo las consecuencias a las que le exponía tomar el atajo de las reducciones fáciles e inmediatas en lugar de meter la tijera en paños más sensibles y difíciles de negociar. El resto de partidos, a derecha e izquierda, incluidos los que ahora le van ayudar a aprobar los presupuestos, ya le dijeron que ese no era el camino y le indicaron de donde se podía recortar. ¿Estaba todos, absolutamente todos, equivocados?
Está en su derecho el Gobierno de defender sus medidas, para lo cual debería esforzarse en ofrecer a la sociedad argumentos más convincentes que denigrar a los demás. Ya sospechaban algunos que el esfuerzo de comunicación y explicación que justificó la remodelación del Gobierno iba a consistir en realidad en activar el ventilador contra la oposición. La primera intervención parlamentaria de Rubalcaba abona esa interpretación. El nuevo portavoz no explicó nada sobre la congelación de las pensiones y su única comunicación en ese terreno fue la expresión de un manido cliché que él mismo sabe que no responde a la realidad. Alguna vez hablaremos de quién inició las políticias sociales en Europa y quienes ayudaron a consolidar y extender el modelo social europeo en los años de posguerra. Rubalcaba, que es hombre leído e instruido lo sabe perfectamente. Pero veremos mucho más de lo mismo.

El significado de la ascensión de Rubalcaba de "pacificador" y gestor de la trastienda a una situación que alguien ha definido muy bien como de copresidente, divide a los analistas.
En un lado se sitúan opiniones habitualmente tan dispares como las de la cúpula del PP y del director de informativos y analista político de la cadena SER, Rodolfo Irago. Para ellos, el nombramiento de Rubalcaba es un indicativo de la voluntad de Zapatero de volver a presentarse con un gobierno y un partido renovados que planteará una batalla que muchos, incluido casi un 40 por ciento de los votantes socialistas de 2008, daban por perdida. "Hay partido", dicen ahora en el PP, y probablemente ni ellos mismos sepan aún en qué medida.
Enfrente se encuentra la opinión, minoritaria por ahora, de que lo que significa realmente el ascenso de Rubalcaba y los cambios en gobierno y partido es una preparación para la sucesión antes de las elecciones de 2012. Que la decisión de Zapatero de no presentarse de nuevo ya estaba tomada y que lo único que le paralizaba era la deriva imparable hacia lo que el presidente castellano-manchego, José María Barreda (por cierto, otro de los triunfadores de esta crisis), calificaba de "catástrofe electoral". Con una alineación dispuesta a disputar al PP el final del partido con el cuchillo entre los dientes, Zapatero podría cumplir su deseo íntimo. Sobre todo si las encuestas le siguieran señalando como un lastre para las expectativas electorales de su partido.
Yo milito en esta segunda tesis, aunque debo admitir que sin una confianza excesiva. Zapatero, lo ha demostrado una vez más, se complace deshaciendo las expectativas que el mismo fomenta. Podéis apostar. Yo ya lo he hecho: una cena.
Zapatero vuelve a negarse a sí mismo para intentar perpetuarse. Su capacidad de transmutación, sin soluciones de continuidad, dice bastante poco de la solidez de sus convicciones, pero habla mucho de su instinto de luchador, una cualidad (veremos si es virtud en este caso) que sus adversarios no deberían menospreciar, como han venido haciendo con frecuencia de los últimos tiempos.
La remodelación del Gobierno anunciada esta mañana supone una rectificación de la misma envergadura que el cambio de política económica de mayo pasado. Significa, como aquella, una enmienda a la casi totalidad de lo que el propio presidente del Gobierno había practicado hasta ahora; lo que le había reclamado del presidente de Castilla-La Mancha hace una par de semanas y por lo cual casi le despellejan algunos de sus compañeros que hoy seguro que se suben al carro de ese cambio de rumbo. Hay entre ambas, sin embargo, una diferencia importante: la de mayo le enajenó el apoyo de muchos de sus electores; la de hoy esta destinada a recuperarlo.
Se trata de una rectificación en toda regla porque hasta ahora Zapatero no había querido un gobierno, sino, como lo definió un compañero de partido, "un grupo de secretarios de despacho" que le riesen las ocurrencias. La promoción de Rubalcaba a la primera vicepresidencia y portavocía del Ejecutivo y la entrada de Jaúregui y Rosa Aguilar van en la dirección contraria. También la desaparición de esos dos "ministerios florero" (Igualdad y Vivienda) a los que Zapatero había prestado una importancia símbolica; como fenecieron en mayo las tan cacareadas "políticas sociales", así se van ahora al basurero de las extravagancias inútiles algunos de los signos de identidad que hasta ayer el presidente defendía como irrenunciables. Y sin pestañear, como entonces.
Pero Zapatero dejaría de ser quien es sino no hubiera introducido en esta remodelación algún nuevo capricho personal. El nombramiento, por ejemplo, de Trinidad Jiménez para Exteriores. Sigue así la misma pauta de recompensas que concede a sus candidatos fracasados, como en el caso de Miguel Sebastián. Y el desenlace puede ser el mismo. El ministerio de Exteriores es la cara externa del país, no sólo del Gobierno y, sinceramente y con todos mis respetos a la ministra, no parece, al menos por ahora, que esté a la altura de ese papel. O la recompensa a Leire Pajín con un ministerio por una gestión en la organización del PSOE que era contestada por un gran número de compañeros de partido y cuyas comparecencias públicas les ponía al borde del ataque de nervios. Pero uno no puede negarse a sí mismo, aunque sea dos veces, hasta ese punto.
El cambio contiene, por lo demás, una advertencia para Mariano Rajoy y el PP: Zapatero no va arrojar la toalla y un presidente de Gobierno, por demediado que se encuentre, dispone siempre de recursos inestimables para recuperar parte de la iniciativa perdida. Que se desengañe Rajoy: este partido no lo va a ganar por abandono del equipo contrario. Y puede que la fruta no esté lo suficientemente madura como para que caiga por sí sola en sus manos, como le aconseja Pedero Arriola. Al igual que Zapatero, también el presidente del PP se deja convencer por los hacedores de encuestas. Pero a las encuestas muchas veces se les dobla el pulso. Que le pregunte a Tomás Gómez. O el PP se pone pronto las pilas, o el partido no está aún acabado, aunque la oposición aún disponga de una ventaja de varios goles.
Varias ideas muy sucintas, para el debate, sobre los abucheos ayer al presidente del Gobierno en la conmemoración de la fiesta nacional.
1.- Hasta los más exaltados tienen derecho a la libertad de expresión. Aunque lamentemos lo que digan. Esa es la grandeza de la democracia. Y el escándalo que muestran ahora algunosde sería más sincero si las vestiduras se rasgasen tambien en otras ocasiones en las que los exaltados son del polo opuesto.
2.- Dicho esto, hay ocasiones menos inoportunas para que abuchear al presidente del Gobierno. Hay lugares y momentos de sobra. La celebración de la fiesta de todos y el homenaje a los militares españoles caídos al servicio del país no es una buena oportunidad para hacerlo. Una falta de respeto lamentable por parte de aquellos a quien habitualmente se les llena la boca con invocaciones a la patria y la nación.
3.- El PP no puede pasar de puntillas sobre ese tipo de manifestaciones. Debe desmarcarse claramente, aunque se sólo para evitar que se les identifique con el partido, que es lo que ya se han apresurado a hacer desde la trincheras opuestas. Su batalla principal sigue estando en la consolidación del voto moderado. Y la complacencia con los extremistas de la derecha no es un arma recomendable.
4.- Finalmente, todos haríamos mejor en ocuparnos de lo importante y dar a estos incidentes la importancia que tienen, que es casi ninguna.

No sé si Tomás Gómez "es el mejor", como dice ahora Zapatero después de haber intentado defenestrarlo por candidata interpuesta, pero sí que es el propio Zapatero quien lo ha hecho mejor de lo que podía llegar a haber sido. Luego lo explicaré.
Disipadas a medias las vaharadas de incienso que se han echado mutuamente los dos contendientes de las primarias socialistas de Madrid, y los ecos de las protestas de unidad hasta que la muerte les separe después de haberse tirado de los pelos durante las últimas semanas, algunas conclusiones provisionales se pueden extraer de esas elecciones. Me atrevo con dos.
--El proceso de primarias, tal como se ha desarrollado, va a dejar heridas más profundas de lo que se quiere admitir. Después de tres años en los que Gómez, por mandato de Zapatero, intentó acabar con las viejas querellas de grupúsculos que nunca acababan de desaparecer, el intento de Zapatero de apartar a Gómez despertó el nuevo al gallinero. Y de paso, convirtió a Gómez en bandera de los viejos agraviados, que han sacado la cabeza para tomarse el desquite. Guerra, por ejemplo. Será difícil que ese antizapaterismo, que ha dejado de ser latente, desaparezca sólo al conjuro de las buenas palabras.
Por otra parte, los partidarios de Trini se ponen la venda antes de la herida y acusan ya a Gómez de que les va a dejar fuera en las listas futuras. ¿Y qué esperaban? Medio comité ejecutivo del PSM, medio grupo parlamentario en la Asamblea y otro medio del Ayuntamiento le dejaron con el culo al aire cuando Gómez esperaba concluir su travesía en el desierto del anonimato con su candidatura a la presidencia de la Comunidad. ¿Pretenden ahora que les recompense? Si Gómez finalmente gana en Madrid, lo que ahora parece improbable, las heridas irán restañando poco a poco. El triunfo electoral es un bálsamo poderosísimo. Pero si pierde, será la guerra civil.
--Segunda, mucho más breve. Las primarias pueden haber tenido un efecto parádojico. Fatal para ZP; no tan malo para las posibilidades electorales del PSM. En cuanto a Zapatero, si se hubiera tratadode un incidente aislado, pase. Pero su derrota en Madrid se inscribe en un via crucis que empezó con la Gran Rectificación de mayo, siguió con la huelga general y que continuará con las estaciones penitenciales de las elecciones catalanas, las autonómicas y municipales, y de unas pesismistas previsiones de crecimiento y de empleo, antes de las elecciones de 2012. Casi nulo margen para la tomar aliento y recuperarse.
Sin embargo, las perspectivas del PSM pueden mejorar con Gómez, a pesar de las encuestas de Ferraz que han provocado todo este lío. El problema más grave del PSOE a nivel nacional es la pérdida de su propio electorado: quince puntos desde las elecciones de 2008, es decir casi el 40 por ciento de los que le votaron entonces. Pues bien, tengo el convecimiento de que ahora, y después de todo lo que ha pasado, Gómez está en mejor disposición que Jiménez de recuperar esos electores, muchos de los cuales abandonaron precisamente por rechazo a Zapatero.