
Cuando un seductor/seductora nos abruma a piropos y halaga nuestra vanidad hasta el empalago, una de dos: o está locamente enamorado de nosotros o aprovecha esa sesión de hipnosis amorosa para sacarnos algo a cambio de tanta lisonja y de predicar nuestras virtudes por el mundo. Nicholas Sarkozy es un gran seductor y nos ha colmado de halagos y piropos durante los dos días que ha durado y su visita (y la de Carla, pero a mí la de esta última, sinceramente, me interesa mucho menos, aunque se admiten comentarios). ¿Amor fou? Quiá. Los hechos posteriores avalan la segunda opción, y es bueno que así sea. De las declaraciones de amor desinteresado siempre hay que desconfiar.
Sarkozy defiende los intereses de su país, por encima de otra consideración. No hay que reprochárselo. Lo que único que debe hacer España es aprender la lección. En nuestra política europea, hemos tendido con frecuencia a poner todas las manzanas en el mismo cesto, o en muy pocos cestos. En el pasado fue la relación con la Europa atlántica y del este, ahora con el “corazón” de Europa, cualquiera que sea lo que eso signifique. Sarkozy apela al discurso del halago y la amistad con nosotros, pero también lo hace con los británicos, los alemanes o los polacos. La política exterior francesa viene determinada por la geografía: se trata del único país que tiene fronteras comunes con el resto de los grandes estados de Europa. Y necesita imperiosamente establecer un complejo equilibrio en sus relaciones con todos ellos. Nuestras relaciones con Francia son vitales, porque es nuestro camino hacia el resto de Europa, pero los franceses compiten con nosotros en muchos terrenos, sobre todo en el Mediterráneo y el Magreb, y no siempre nos han ayudado en el exterior. Así que, no volvamos a poner todas las manzanas en el mismo cesto.
Necesitamos tener una excelentes relaciones con los otros grandes de Europa para evitar cualquier francodependencia en nuestra acción exterior. Aunque nos prometan un asiento permanente en el G 20º. Ese es uno de los caramelos que nos ha puesto en la boca; el otro, acelerar los enlaces ferroviarios en los Pirineos, un asunto vital para España pero no prioritario para Francia. A cambio, Francia pide a nuestro gobierno una acción más enérgica para evitar que España se convierta en una plataforma del narcotráfico y el crimen organizado dirigido a Europa, un asunto que preocupa especialmente a nuestros vecinos. Y en la sombra acecha el interés del gigante eléctrico francés EDF por meter la cabeza en el mercado energético español. Pero que conozcamos el juego no significa que lo desaprobemos. Suelen ser mucho más duraderos los matrimonios basados en un interés compartido que en la pasión. Sarkozy no nos ofrece un amor desinteresado, y a mí no me parece mal.


Como todo el mundo anda en estas horas enfrascado en el asunto de la peste porcina y hay pocos asuntos nuevos que comentar, rescato de la semana pasada un tema sobre el que merece la pena detenerse después del ruido que provocó. Me refiero a la polémica suscitada por las predicciones del gobernador del Banco de España sobre la Seguridad Social y las pensiones. He tenido la oportunidad de hablar estos días con compañeros que han dialogado con Fernández Ordóñez. Vaya por delante, para que se vea que no oculto cartas debajo de la manga, que hago profesión pública de mi admiración y mi respeto por el gobernador. Me precio de haberle tratado con alguna frecuencia, he coincidido con él en tertulias en el pasado y puedo decir que siempre ha mantenido lo mismo, dentro o fuera del poder. Lo tengo por un economista serio y responsable y, sobre todo, honesto consigo mismo y con los demás.
Primera consideración: el gobernador no es un entrometido que se mete en camisa de once varas, tal como afirmó el ministro de Trabajo. Fernández Ordóñez fue llamado expresamente por la comisión del Pacto de Toledo y no expresó opiniones personales sino que leyó las conclusiones de un informe encargado a su institución.
Segunda: quien sacó de quicio las cosas fue el ministro, que entró como elefante en cacharrería. El gobernador nunca dijo que “este año” la SS entraría en déficit, sino que “podría” hacerlo “en el plazo de un año” a contar desde la fecha. Una predicción que venía avalada por un informe del propio ministerio de Economía publicado días más tarde, en el que se establecía para la SS un ridículo superavit del 0,2% para este mismo año, con lo que no parece aventurado augurar un déficit en las fechas sugeridas por Fernández Ordóñez.
Tercera: el gobernador nunca dijo que las pensiones estuvieran en peligro. Quien sacó los pies del tiesto fue nuevamente el ministro, quien afirmó que las declaraciones del gobernador habían provocado “la alarma de ocho millones de pensionistas”. Para empezar, el gobernador se refería a la SS en su conjunto, y no exclusivamente al sistema de pensiones, que son dos cosas distintas. El fondo de reserva de pensiones garantiza por ahora su pago. Pero es que, además, el Estado, con sus presupuestos, es el garante último de tal pago, como pasó durante gran parte de la década de los noventa, en la que la SS estaba prácticamente quebrada y todo el mundo siguió cobrando sus pensiones.
Por último, como dice el refrán chino, cuando alguien señala con el dedo a la luna, sólo el tonto se fija en el dedo. Lo que señalaba el dedo del gobernador era la insostenibilidad futura del sistema, dadas las circuntancias, si no se emprendían las reformas necesarias desde ya. Y el ministro se fijó en el dedo de un pronóstico probable para dentro de un año. La necesidad de una reforma del sistema de pensiones (ampliación del cálculo, retraso de la edad de jubilación o, el menos, un freno a las prejubilaciones, etc..) es un clamor entre expertos de toda condición. El gobierno también parece aceptarla por lo bajini pero continua aferrado a ese mantra de “no se recortarán los derechos sociales”, cuya sostenibilidad, por desgracia, no depende sólo del voluntarismo de un gobierno por muy de izquierdas que éste considere. No hay peor recorte de derechos sociales que el paro y la paralización de la actividad económica.

Barack Obama puede haber cometido su primer error de cálculo importante desde que asumió la presidencia. Autorizó la publicación de los memoranda en los que prestigiosos abogados requeridos por la administración Bush proporcionaron soporte legal a la práctica de determinados “interrogatorios duros” (eufemismo por torturas). Nada que objetar: ningún país decente puede proteger la tortura y menos quien pretende ejercer un liderazgo en el mundo. Sólo que el presidente americano no sabe ahora por dónde seguir un vez abierto el melón.
Millones de ciudadanos americanos, que no quieren entender de sutilezas legales sino de “eficacia” policial, están dispuestos a creer al ex vicepresidente Dick Cheney, a un puñado de ex agentes de la CIA que han salido a la palestras de los medios de comunicación y a muchos congresistas republicanos, que han acusado al presidente de “filtrar” esos documentos, pero no aquéllos en los que se registrarían los avances en la lucha contra el terrorismo que esos interrogatorios habrían producido. Que el fin no justifica los medios es un principio al que nos obligamos quienes conservamos algún tipo de escrúpulo moral, pero vaya usted explicarle a un granjero de Arkansas que no se puede meter la cabeza de un prisionero en un cubo de agua sin con ello se obtiene una información valiosa.
El presidente tendría que haber hecho pública toda la información para aclarar si efectivamente se produjeron esos efectos positivos y en cualquier caso, para explicar que ni siquiera en ese caso están justificada la tortura. Y debería haber señalado también contra quién exactamente se podría entablar una acción legal por esas prácticas. Obama exculpó desde un principio a los agentes que las utilizaron, lo cual es bastante discutible porque la obediencia debida como eximente de responsabilidad es una figura legal en extinción. Y ha sugerido que centrará el tiro contra los autores de los textos, porque si lo hace contra quienes los encargaron (los principales responsables políticos de la anterior administración) se abriría una guerra total entre partidos en la que los demócratas, por duro que sea reconocerlo, no tendrían todas las de ganar. Una cosa es lo que opinamos los europeos y los periódicos liberales americanos, y otra muy distinta la inclinación mayoritaria de un opinión pública que admite como absolutamente normal que un padre de familias dispare con su rifle contra un ratero que entre a robar en su casa.
Mi opinión es que Obama no debería haber filtrado esos papeles si no estaba dispuesto a llegar a las últimas consecuencias y no sabía qué estrategia seguir. De esta forma deja insatisfecho a todo el mundo: a los adversarios a los que ha puesto en evidencia, con su enorme cohorte de seguidores, y a los muchos demócratas partidarios de continuar hasta el final.

Vuestros comentarios me reconfortan, incluidos los del Pawlow, aunque ya estaba bastante reconfortado, como bien mostraba en la parte final de mi post anterior. Admito incluso los argumentos “ad personam” respecto de quienes realizamos nuestro trabajo ante el público. Lo que ocurre es que determinadas insinuaciones de carácter personal no vienen a cuento del objeto de la discusión y su carácter gratuito las convierte en más indigestas. Pero bueno, las acepto porque son parte del oficio.
Y a otra cosa. A las cajas de ahorro, por ejemplo. Sé de muy buena tinta que la principal preocupación del presidente del Gobierno en este momento, por encima de cualquier otro problema (y tiene que lidiar con unos cuantos) es la estabilidad de nuestro sistema financiero, y muy especialmente de las cajas. Las entidades de crédito españolas resistieron bien el embate inicial de la crisis gracias a nuestro sistema de regulación, pero la restricción de crédito global lo contamina todo y hoy es el día en el que nadie es capaz de predecir hasta qué punto nuestro sistema puede seguir resistiendo. Así que, con todo lo que tiene encima, la obsesión de Zapatero en estos momentos es llegar cuanto antes a un acuerdo con Rajoy y su partido para crear, de la manera más urgente posible, un fondo de rescate extraordinario con el que acudir en ayuda de las entidades, sobre todo cajas insisto, que puedan encontrarse en dificultades extremas. Porque la cosa no ha acabado con el caso de Caja Castilla la Mancha. Personas que conocen el sector aseguran que hay como mínimo seis o siete cajas con graves problemas, entre ellas alguna muy importante de Cataluña.
Pero, paradójicamente, el propio presidente sostiene que no es necesario reformas la ley de cajas, como aconseja el Banco de España. El propio ministerio de Economía disponía de un proyecto. Aparte de su especificidad en lo que se refiere a un mercado financiero abierto (las cajas pueden comprar bancos pero no pueden ser compradas, no tienen consejo de administración ni acciones, etc…) creo que parte de los problemas de muchas cajas es la de la asunción de riesgos importantes por criterios políticos. Para satisfacer los caprichos inversores de las Comunidades Autónomas, por decirlo más claramente. El presidente de la CECA (en la foto, a la derecha, con Zapatero, Medel y Blesa), además de urgir hoy mismo a la creación de ese fondo, viene reclamando desde hace tiempo la reducción del control político de las cajas, pero parece que el Gobierno, ahora que tiene abierto el frente de la financiación autonómica, no quiere meterse en un berenjenal que le enfrentaría seriamente al poder de los sátrapas autonómicos. Con lo cual, habremos aplicado una quimioterapia de urgencia para reducir los síntomas de la enfermedad, pero el cáncer seguirá vivo. Las crisis, con todas sus inclemencias, ofrecen a cambio la oportunidad de reformas sustanciales. No parece que ese vaya ser el caso de las cajas. Una pena.
He querido realizar una pausa este fin de semana para reflexionar sobre algunas intervenciones en este blog en los últimos días y, en general, sobre la utilidad de este medio para un debate libre y abierto sobre temas de actualidad. Porque debo admitir que me desalientan los argumentos “ad personam” de gentes que, aprovechando el anonimato, utilizan en sus razonamientos insinuaciones de carácter personal sobre quienes nos presentamos a pecho descubierto, con nuestro nombre y apellidos y nuestro curriculum por delante.
Ya tuve que aclarar en una ocasión que no percibo ni un euro por este trabajo. Lo hago porque quienes dirigen este portal me convencieron de que mis aportaciones podrían constituir un estímulo a esos debates. Despejé también algunas dudas sobre mi status en el periódico que ejerce de anfitrión de este blog: dejé de ser su director adjunto en septiembre del año pasado y desde el uno de enero de este año no mantengo ninguna relación laboral con el mismo. Y debo aclarar ahora en respuesta a una insinuación de escasa buena fe vertida en este espacio hace dos o tres días que, por todo lo explicado, no tengo miedo a ningún ERE y que, por supuesto, no participo de ningún cambio en la línea editorial del periódico, si es que existiera. ¿Mi pecado? En un artículo publicado en ABC sobre las listas electorales, no aludir a las del PP. Para el que sepa leer –y agradezco a algunos de los comentaristas que lo hayan visto así¬–, mi artículo no iba ni de PSOE, ni del PP, ni, por lo tanto, de críticas o exculpaciones de unos y otros (¿por qué esa puñetera manía de que en este país toda la política se tenga que ver a través del prisma de un partido u otro?). Muchas veces el sesgo está más en quien lee que en quien escribe. Mi artículo iba del menosprecio con que los partidos (y lo escribía así, en plural) elaboran sus listas para las elecciones europeas, y citaba las del PSOE porque eran de las que se hablaba en esos días. Como aludía también a “todos nosotros” en el post en el que me lamentaba de la importancia desmesurada habíamos dado al PNV durante todos estos años, lo que me valió otro reproche por no citar expresamente a Aznar y el PP. ¡Qué obsesión!
Me ha costado asimilarlo, pero lo hago gustoso. Acepto el precio de comentarios personales y la desventaja de dialogar con sombras. Creo que, a pesar de todo, merece la pena. Me siento a gusto en este medio y creo que disfruto de una compañía francamente muy agradable, incluidos quienes a veces se empeñan en leer más a través de juicios preestablecidos que con los ojos. Solo pido que quienes eligen el anonimato, y tienen todo el derecho a hacerlo, no abusen de sus ventajas. Creo que no es pedir demasiado.


Algunos amigos que conocen el paño me sacan de dudas: el reproche del fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, contra la Policía Nacional, el ministerio de Interior e, indirectamente, contra el juez Garzón, no fue un calentón del momento. En opinión de quienes le conocen, Conde-Pumpido debía estar muy hasta el gorro para despacharse con esas declaraciones ante una audiencia tan cualificada como la que le estaba escuchando en los salones del hotel Intercontinental de Madrid e hizo exactamente lo que hizo de forma deliberada. Aunque después algunas declaraciones conjuntas con el director general de la Policía y la Guardia Civil trataron de quitar hierro al asunto, de lo que se quejaba del fiscal general no era de un “asunto puntual”, como se trataron de hacer creer posteriormente, sino de una práctica habitual en lo referente a la información solicitada para ilegalizar listas electorales próximas a ETA, una actividad en la que no encontraría en la policía la colaboración que sí le presta sin reservas la Guardia Civil.
En el ánimo de Conde-Pumpido, mucho más discreto en esta legislatura que en la anterior, debe pesar también el “papelón” que el Gobierno le obligó a jugar sobre las candidaturas de ANV durante el llamado “proceso de paz”. Conde, un hombre que no oculta su ideología de izquierda pero que es considerado dentro de la carrera como un magistrado riguroso, debió de pasarlas canutas para justificar la impugnación por la fiscalía de sólo una parte de aquellas candidaturas. El Supremo, que ilegalizaría más tarde las listas impugnadas, reprocharía a la fiscalía que no le hubiera presentado más impugnaciones porque las habría atendido de igual manera. De aquellos polvos vendrían después los lodos de unas alcaldías asilvestradas muy difíciles de desbancar. El prurito profesional de Conde debió quedar resentido por aquel episodio. Con sus declaraciones pretendía probablemente resolver de un plumazo un problema enquistado, pero también, y más a largo plazo, colocar al Gobierno en la tesitura de que le releve de un puesto por el que ya no sentiría tanto aprecio. Siempre según quienes conocen ese paño.
El providencialismo casa mal con la democracia. En un sistema democrático, todo el mundo es necesario y nadie es indispensable. Digo esto porque vuelvo a escuchar a un político de izquierda (la alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, en este caso) ese viejo cliché según el cual es malo que el PNV se quede fuera del gobierno vasco porque en un partido sin el cual no es posible una solución en aquella comunidad. Para empezar, se confunden dos planos: no es necesario estar en el gobierno para contribuir a crear un nuevo marco político, en el País Vasco o en la Conchinchina. Desde la oposición se pueden pactar todos los marcos que se quiera; de hecho fue el propio Ibarretxe el que apeló en distintas ocasiones a la entonces oposición, sin que dejara de serlo, para que se uniera a su disparatado proyecto. Se trata de un problema de voluntad, no de ubicación política. Si el PNV quiere, puede contribuir todo lo que quiera, desde su nueva responsabilidad, a cualquier solución de futuro para el País Vasco.
Pero vayamos a la otra cuestión, la de la supuesta condición de imprescindible del PNV. Muchos hemos creído de buena fe en esa murga durante los últimos treinta años. Era la contraprestación que estábamos dispuestos a pagar a cambio de incardinar al nacionalismo en el nuevo sistema alumbrado en 1978. La misma intención que anidaba en el reconocimiento de un sistema fiscal propio profundamente inigualitario y la que llevó a los socialistas a ceder la presidencia del Gobierno vasco al PNV en 1985 a pesar de haber ganado más escaños en el Parlamento. La deslealtad de los nacionalistas para con el sistema institucional que les ha devuelto sus libertades, algunas bastante anacrónicas, nos ha hecho caer del guindo a muchos. Nos más concesiones. El PNV es un partido más, y vale lo que vale su representación política: seis diputados (los mismos que el PP de Murcia) en el Congreso y 30 escaños en el parlamento vasco. Ni más ni menos. Así son las reglas. Y si durante tanto tiempo lo hemos considerado de otra manera fue porque pecamos de pardillos.
Domingo de Pascua para el público en general, al que se le acaban estas cortísimas vacaciones primaverales. Y ¿Domingo de Resurrección para el Ejecutivo de Zapatero, después de este brevísimo paréntesis en el que se ha sometido a todo tipo de cábalas su nueva alineación de Gobierno? El escepticismo, en el mejor de los casos, ha sido la reacción dominante al golpe de efecto (que no lo fue tanto, por las filtraciones previas) diseñado por el taumaturgo de León para voltear los pronósticos y las encuestas. En lo que se refiere a los pronósticos, necesitaremos más tiempo. Pero por lo que respecta a los sondeos, el nuevo gabinete tendrá que escalar un auténtico Himalaya. El que hoy publica ABC del Instituto DYM es devastador para el Gobierno. Sólo dos datos concluyentes para quien no quiera o no pueda leerla completa: en sólo tres meses, la confianza en que el Gobierno nos saque de la crisis ha descendido del 4,72 al 3,12; mientras que dos de cada tres españoles creen que la situación económica empeorará durante los tres próximos meses, diez puntos más que en diciembre pasado.
El Domingo de Pascua es también el día en que se celebra el Aberri Eguna de los nacionalistas vascos. Sobre el significado y la evolución de esta fiesta de exaltación nacionalista, no os perdáis el artículo “Naufragios” que hoy publica Jon Juaristi en ABC. Yo aprovecho para subrayar dos declaraciones de las últimas horas del mundo nacionalista sobre el inminente nuevo gobierno vasco que son especialmente reveladoras. En primer lugar, una de ETA: “”El de (Patxi) López será el gobierno del fascismo y de la vulneración de derechos”. Tiene bemoles. Los asesinos achacando a sus víctimas los crímenes que ellos mismos cometen. Nada nuevo sin embargo. Hay muchos ejemplos a lo largo de la historia reciente del mundo. La segunda, la que hoy mismo pronunciaba Iñigo Urkullu durante la fiesta nacionalista en la que califica al nuevo Gobierno, el que les expulsa de Ajuria Enea después de una eternidad en el poder, de “zarzuela española escrita en Madrid y cocinada en Euskadi por López y Basagoiti”. Contiene los ingredientes más definitorios del nacionalismo antidemocrático: xenofobia y desprecio por las reglas cuando no le son favorables. Un retrato cabal.


Eliminemos la hojarasca levantada por la proclamación de los grandes objetivos y la restructuración de las grandes áreas del Gobierno, olvidemos la apelación a los fieles del núcleo duro para cerrar filas en tiempos de tribulación, dejemos a un lado los guiños de siempre a determinados colectivos sociales, y fijémonos en lo esencial. ¿No ha sido la crisis económica la que provocado esta amplia remodelación del Gobierno? ¿Y no ha sido la lucha contra la recesión galopante la que invoca el propio presidente para abordar un cambio tan drástico de su gabinete menos de un año después de la formación del primer ejecutivo de esta legislatura? Pues bien, en ese apartado las señales que emite el anuncio del nuevo Gobierno son bastante claras, y está por ver si tranquilizadoras.
Solbes estaba agotado y, de forma indirecta, había expresado su deseo de abandonar (“Lo que envidio de Fernández Bermejo es que ya es exministro”). Pero no es esa la única razón por la que sale. Solbes estaba ya en disposición de irse antes de las elecciones el año pasado. Una nueva escena de sofá, y probablemente su sentido de la responsabilidad frente al colapso económico que se avecinaba, le retuvieron en el Gobierno. Pero en los últimos tiempos, su ortodoxia económica lo convertía en una compañía incómoda para Zapatero. La suya, y la del gobernador del Banco de España, quien sigue cantando las verdades del barquero a pesar de los esfuerzos del presidente del Gobierno por la ver la salida del túnel donde quienes tienen argumentos más convincentes siguen viendo sólo oscuridad.
Zapatero prescinde de un pepito grillo y recurre a una buena gestora (así ha calificado él mismo a Elena Salgado) al frente de la política económica. La conclusión es obvia: quiere a alguien que ejecute sus directrices sin rechistar. Nadie puede objetar que sea el presidente del Gobierno quien diseñe las líneas maestras de la política económica, y menos en una situación como la que vivimos. Pero, cediendo al reflejo de los gobernantes que se pretenden omniscientes y providenciales, prefiere a su lado a colaboradores que jamás se atrevan a sugerir que el rey puede ir desnudo.

“Una legislatura presidida por el frentismo, la exclusión e imposición del rodillo sobre el diálogo, la pluralidad y la transversalidad que son las señas de identidad de la sociedad vasca”. ¿Una descripción de los dos últimos mandatos de Juan José Ibarretxe, sostenidos en un tripartito excluyente que gobernó en ocasiones decisivas (investiduras, aprobación del plan de autodeterminación, etc..) con el apoyo de los proetarras del PCTV y nunca buscó ni el diálogo que los no nacionalistas, ni la transversalidad, ni tuvo en cuenta, desde luego, la pluralidad de la sociedad vasca? No. Aguantad la carcajada: se trata de la definición que hace de la legislatura que ayer se puso en marcha en Vitoria el portavoz de Ezker Batua-Izquierda Unida en el Parlamento vasco, Mikel Arana, ese partido lacayuno y faldero supuestamente de izquierda que apoyó la política reaccionaria del binomio nacionalista (PNV-EA). Hay que tener cara.
La política seguidista de Izquierda Unida en el País Vasco, en contra de una alianza natural con otros grupos de izquierda, es una de las razones, si no la principal, del hundimiento de esa opción política en el resto de España. En las últimas elecciones, los votantes vascos han castigado la actitud subalterna de Ezker Batua y han premiado a Aralar, una opción inequívocamente independentista, pero que no ha jugado, ella no, al frentismo y se ha distanciado del aventurerismo político de Ibarretxe. Lo que sucede es que, con Ibarretxe, nunca una fuerza tan insignificante fue tan mimada con puestos en el gobierno que no habría alcanzado en ninguna otra circunstancia. Los principios y la defensa de la propia identidad, a cambio de un plato de lentejas. ¿A quién quiere engañar ahora EB? La elección ayer de Arantza Quiroga marca el comienzo de un cambio trascendental en el País Vasco y en España. Y de la legislatura menos frentista que ha conocido la sociedad vasca desde 2001. En eso sí que me fío de Patxi López. Mal que les pese a los renegados de ayer.