Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo. Claro que a San Agustín se le podía perdonar tamaña extravagancia sobre sí mismo porque había escrito muchas otras reflexiones notables sobre el mundo. No sobre las mujeres, como es sabido. Aún así. Pero, ¿qué obra han dejado tras de sí Trinidad Jiménez o Celestino Corbacho para que les disculpemos que pongan en práctica la definición agustiniana? En la afirmación del padre de la Iglesia, intérpretes posteriores han querido adivinar un síntoma de esquizofrenia. En nuestros dos ministros, ni eso. En realidad no son dos; están en dos lugares al mismo tiempo exclusivamente con el objetivo de obtener ventajas políticas.
Dicen que Corbacho está quemado como ministro de Trabajo. Y dicen también que es Zapatero quien le retiene hasta después de la huelga general de fin de mes para que el probable incendio no queme a nadie más en el Gobierno. Pero cuando uno se va, se va. Si Corbacho se queda es porque, a pesar de todo, la visibilidad mediática de un ministro es incomparablemente mayor, para lo malo y para lo bueno, que la del número tres de una lista electoral. Si no fuera así, y pensara que su hoja de servicios como ministro podría perjudicar sus posibilidades electorales, habría anunciado su candidatura justo en el momento en que cesara como miembro del ejecutivo. El caso de Jiménez es aún más claro. Ella sabe que sólo tiene posibilidades de ganar a su compañero de partido Tomás Goméz si explota hasta el último segundo la proyección pública que le procura su cargo ministerial. Además de la enormes ayuda que recibe de la dirección federal, desde la que se ha emprendido una guerra sucia contra el secretario general madrileño ("es el candidato de la derecha") que desnuda a quien la sostiene.
Al final, ni son dos, ni probablemente estarán en ninguno de los dos lugares al final del viaje que han emprendido. Pero habrán escrito otra ominosa página en la historia del oportunismo político.