Salvemos al lechazo

He aquí un detalle decorativo de la Casa que en Campaspero, Valladolid, sirve el mejor lechazo churro del mundo: barro, agua y sal.
Yo acostumbro comulgarlo anualmente con un grupo de amigos, entre ellos un cordobés que lleva veinticinco años de profesor de cultura española en Taiwán y que al primer bocado llora como lloraba Cocteau por nuestra civilización: físicamente, porque físicamente le duelen Castilla, el entusiasmo, el toreo de Antoñete o la liturgia católica.
Pero el lechazo churro verdadero es un manjar en trance de extinción: no hay pastores, las ovejas se rompen y la masificación y la ignorancia hacen el resto. ¿Cuánta vida le queda al divino lechazo campasperano? ¿Ocho? ¿Diez años? Sobran los dedos de una mano para contar los hornos donde se asan los corderos churros de esta Castilla “ayer dominadora”. Igual que muchos ajos de Las Pedroñeras vienen de China por el puerto de Valencia, muchos lechazos de Castilla vienen de Francia, de Italia y de Hungría.
Para completar el cuadro, los políticos de la Junta, con la vista puesta en la ganancia recaudatoria, acaban de ampliar el mapa del “Lechazo de Castilla y León” para multiplicar el número de sacrificios.
Del lechazo churro de Campaspero bien se puede decir ya lo que Rafael Guerra Guerrita decía de Belmonte:
–Dense prisa a verlo, que éste muere en la plaza.
Dense prisa a probarlo (al menos una vez en la vida), que con este lechazo acaban la ignorancia, la codicia y la política, y hablaremos de él por lo que Delibes nos contó en las terceras de ABC.
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Comentarios
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#1 Santiago - 16/02/2012 a las 13:35:44Soy castellano, de sangre y de nacimiento estoy completamente de acuerdo con su artículo. Los que hemos tenido la suerte de crecer y enseñar a comer auténtico lechazo, sabemos lo que es y lo que vale. Creo que deberiamos de defender el producto y darle el valor que tiene realmente para defenderlo como parte de nuestro patrimonio cultural.
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