Alumbrado

He sido igual de aficionado a los libros de Marañón en Espasa Calpe que a los libros de Salgari en Editorial Molino. Con Salgari entretuve mi insomnio en los frailes y con Marañón entretuve mi aburrimiento en la Facultad de Periodismo, donde no sabían quién fue Marañón.
Pero el Conde-Duque de Marañón me parece imprescindible para pasear Madrid, donde ocurrieron los tres grandes sucesos románticos, según Marañón, del reinado de Felipe IV: los amores de la Reina Isabel con el Conde de Villasurge; los del Rey con la Calderona (de los que saldría Juan de Austria); y las aventuras del Rey con las monjas de San Plácido, donde la secta de los alumbrados, cuya doctrina, en esencia, era la siguiente: el alumbrado, “abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces no es pecado”.
Marañón refiere que el escalo del claustro y la fuga de la monja con el galán era entonces uno de los componentes del gran tema nacional del amor donjuanesco.
–Pero la grandeza de la humanidad está en su ética –añade el “trapero del tiempo”–; y ésta es hoy, con todos nuestros males, infinitamente superior a la de entonces.
No sé, no sé, a la vista de ese “alumbrado” municipal que iba por la calle de Lista.
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