
Ayer, a eso del cuarto toro (la hora de la merienda, cuando el crítico de Telemadrid se transforma en un Heliogábalo), unos forasteros en la Andanada pidieron a grandes voces al mozo de las coca-colas tres fantas de limón.
Florito, el boyero laureado por la Comunidad, andaba con sus bueyes por el ruedo, él con su medalla, ellos con su esquilón, porque el presidente había devuelto, por inválido manifiesto, el becerro titular de Aparicio, y tenían que sacar en su lugar a un “graciliano” que sesteaba como sobrero.
–¿Me da una factura, por favor?
Eso dijeron al mozo de las coca-colas los forasteros de las fantas de limón, y el run-run de la andanada, la expectación ante la impredecible reacción del pobre Aparicio a los malos modales de ese “graciliano” que no venía en el guion, calló como callan los grillos a poco que la vibración del airecillo les avise de algo extraordinario.
Tres tíos con su corbata y su crudillo exigían factura por tres fantas al mozo de la lima y el limón.
–¿Factura? ¿De las fantas?
–¡O un tique!
–¡Si es que no llevo papel!
Los forasteros eran administradores de fincas provinciales y venían de un almuerzo en la capital a base de rodaballo y rabo de toro. Nuevos españoles, partidarios de las cosas bien hechas. Gritones en los toros y estrictos con los gastos. Es decir, febriles… y manufactureros (de los de factura en la mano).
Desde que una madrugada asistí a la acometida de un recaudador de la Sgae que, bajito y enchancletado, interrumpió la conquista de una reina de la barra que llevaba a cabo un epígono de Pablo Abraira para abrirse paso hasta el encargado que debía pagarle el diezmo por las notas de “Je t’aime… moi non plus”, no había visto tamaña perplejidad a mi alrededor. Y quise pensar que en el incendio del Windsor, en los archivos de las firmas auditoras que allí fueron pavesas, bien pudo estar la factura del mozo de las coca-colas por tres fantas de limón que unos forasteros se tomaron en la Andanada del 9 la tarde que Julio Aparicio se cortó la coleta.

Petia Petrov es un ruso que se ha ganado el título de Zar en Vallecas, donde ha adquirido ese casticismo barrial que lo lleva a saludar en el ring con gorra de manolo. A pesar de su frialdad, que seguramente le venga bien para su arte de cirujano en su oficio, Petrov es un boxeador maravilloso, por su esgrima.
A mí me lo descubrió el torero Rafael Perea, El Boni, que recibía clases de boxeo de Petrov, y desde entonces no me he perdido una velada. El sábado, Petrov venció al campeón georgiano en el Sage 2000 de Aluche (en la imagen), tras diez asaltos de una belleza ya inalcanzable para cualquier otro espectáculo, incluido el triste, solitario y final de los toros, corrompido por los taurinos.
La belleza del boxeo sigue siendo primordial como la de aquel latigazo de Luis Folledo a Ullán en presencia de El Fary:
–Lo único importante en esta p… vida es saber dónde está el hormiguero para meterla.
Frente a la España cursi y demócrata de la sombra en Las Ventas, la España bizarra y demófila del neón en el boxeo, donde hasta el tongo, de darse el caso, es auténtico.
Hombres que son hombres, mujeres que son mujeres y literatura (nada de Mailer ni de Carol Oates) exclusivamente al servicio de las idas y venidas al hormiguero del salmo de Folledo.
En los toros, el día de Manzanares, perdí la vuelta de diez euros por una almohadilla. Ayer, en el boxeo, un muchacho de esos que en la literatura moral aparecen descritos como “golfillos” me entregó un billete de cincuenta enrollado como un canuto:
–Se le ha caído.
Luego, con Aluche en fiestas, cené en una terraza rumana (con pantalla de Eurovisión a la calle) alitas de pollo y un plato de oreja. Y pensé que Madrid, en mayo (y con menos dinero del que presumía el marqués de la Valdavia), Baden Baden.
Viva Petrov.

La corrida del Arte en Madrid, atestada de público que no pisa una plaza de toros en todo el año, fue una becerrada que los peperos que regentan Las Ventas le echaron en la arena a Morante de la Puebla como en los terrarios echan hamsters a la pitón, cuyas sensuales curvas, por cierto, ha adquirido el artista sevillano.
Porque Morante no es torero: es artista. (La diferencia se la sabe explicar Lili a los recalcitrantes).
Como Picasso.
Cuando la Gestapo se llevó a su amigo Max Jacob, a quien tanto debía, Picasso se negó a firmar la carta que Cocteau y otras buenas gentes dirigieron a las autoridades alemanas.
–No vale la pena hacer nada –se justificó el artista–. Max es un ángel. No necesita nuestra ayuda para echar a volar y fugarse de la prisión.
Y el público le reía la gracia.
Como ayer el público venteño, cuando el artista de La Puebla, que ya va teniendo una edad, después de haberse negado a hacer nada con su yunta de becerros, se fue por el becerro del jovenzuelo mexicano que confirmaba alternativa y le pegó cuatro mantazos como el de la imagen, en plan quite del perdón, que dejaron exánime al animalejo. Hombre, Morante: puestos a quitar, hay más virilidad en quitarle a un niño la merienda en el parque.
Mas lo dicho: el público le rió la gracia, y al son de los culteros Dragó (augusto) y Arrabal (clown) de esta pingüe tauromaquia a la carpa de Manolita Chen.
Nadie supo lo que el Cristo dibujó una vez en la arena.
En la arena de la plaza aparece cada tarde una cruz trazada a pie. Al descubrirlo, sospechamos del homenaje que un monosabio, llevado de su amor a los caballos, rendía a un penco muerto por asta de toro.
El autor de la señal es el hondero, Luis, hijo del inolvidable Tino, arenero y aficionado grande en la Andanada del 9, que cada tarde, al disolverse el paseíllo, en ese rompan filas y que Dios reparta suerte, traza concienzudamente la cruz…
–Y nada he dicho –escribe Borges, que cito de memoria– del más alto de todos los maestros orales, que hablaba por parábolas y que, una vez, como si no supiera que la gente quería lapidar a una mujer, escribió unas palabras en la tierra, que no ha leído nadie.

Ayer, al saltar el último torrestrella al ruedo de San Isidro, de nombre “Malbajito”, exclamó una buena señora en la andanada del 9:
–¡Anda, una vaca!
–No, señora –repuso un aficionado–, es un toro, y se llama sardo, porque en su capa reúne pelos negros, blancos y rojos.
Y pensé que esa buena señora podría ser aquella chiquilla que en Sevilla contaba así la corrida delante de Cocteau:
–Han matado a la vaca porque quería comerse el vestido de la dama.
Lo recogió Cocteau en “La corrida del 1 de mayo”, traducida en 2009 para España por Demipage, con prólogo de Antonio D. Olano.
Y refiere Cocteau que, del mismo modo que la fiera cornuda representaba para la chiquilla una vaca, el torero, con su montera, sus lentejuelas, sus satenes, sus medias rosas, su capa, representaba una bella dama: “No es ninguna tontería… ¿El gesto de Luis Miguel Dominguín apoyando su codo en la frente del animal no es acaso una prueba de la dominación casi femenina que ejerce el matador?”
Para Cocteau no era verdad que España fuera un país pintoresco: “España es un pintor”. Y tampoco que fuera un país poético: “Es un poeta”.
–El público francés es casi insoportable, porque ante un cuadro se cree que entiende más que el pintor; ante un poeta, que sabe más que él de poesía; ante un actor, que conoce mejor el teatro. ¿Sabe usted lo único que el público francés respeta? Al que toca la flauta, por ejemplo, porque él no sabe tocar la flauta.
De ahí que haya hoy tanto francés detrás de Boix, el flautista de José Tomás.

Ayer, en la corrida de la Prensa, un monosabio trazó en la arena una cruz, la cruz de Tàpies, en el lugar donde el martes, día del Santo, fue muerto un caballo.
Y me acordé del caballo regio (el caballo a cuya grupa había hecho su entrada en Madrid el rey Alfonso XII) que Mariano de Cavia rescató de un corral de picadores donde aguardaba su turno para morir en la plaza, con esa muerte que es la muerte total, el cadáver por antonomasia, que decía Gautier que era un caballo muerto.
Pero el caballo sagrado del derrotado emperador del Japón acabó dando vueltas por la pista de un circo americano, por lo que, siendo caballo, casi trae más gloria morir en un ruedo acribillado por un toro y rezado por un monosabio, que es lo que mueve a asombro.
Lo que en Tàpies a Ullán le movía a asombro era la poligrafía de pisadas, la libertad de giros, la ausencia de traspiés inexpresivos, la fijeza abisal de cada huella…
–Ahí se camina al borde de la gran vacuidad, por un puente colgante (¿de qué?), donde todo –ceniza, arena o aire– es pintura.
La cruz vacía del monosobio que amaba a los caballos, o el monosabio que por amor a los caballos pintó una crucifixión-conjuro. Esto fue. Esto es.
Esto no es el aldabonazo (“Un aldabonazo”) de Ortega en “Crisol” para advertir a los republicanos de que la República no lo era: “¡No es esto, no es esto!”
Esto es mi forma de ver (o de no ver) a una mujer en los ruedos, aun tratándose de una mujer tan extraordinaria como Conchi Ríos, que ayer (en la imagen) se presentó en la Feria de San Isidro.
Lo que uno no ve lo veía con sutileza femenina y culta Conchita Cintrón.
Yo sé que los tiempos…
Los tiempos han cambiado. En “La masculinidad robada” ha estudiado María Calvo el proceso de imposición cultural del estilo femenino de actuación. Más de una vez he llegado en la plaza a decir para mí que, para la delicadeza comercial de que hacen gala algunos toreros ante el torete de moda, cuánto mejor una mujer.
Pero la tauromaquia es anacronismo y el anacronismo es la ley de toda creación popular.

Cuando reparas en la fascinación de Mourinho fuera del rebaño socialdemócrata llegas a la conclusión de que su secreto consiste en no ser (ni siquiera parecer) político, con todo lo que eso significa.
–Ni tan siquiera Jesucristo le caía bien a todo el mundo –dijo un día para explicar la repulsión que suscita en los espíritus gregarios.
Mourinho es lo opuesto al “zoon politikon” que se estila en la sociedad contemporánea, y hasta puede presumir de que nadie sepa de qué color son sus ideas. ¿Derechas? ¿Izquierdas? ¿Centro? ¿Media pensión?
Ayer (festividad de la Virgen de Fátima, que todo ayuda), Mourinho celebró en el Bernabéu la Liga de los Cien Puntos con una bandera portuguesa al cuello, porque en el fondo de tanta pasión hay un sentimental de cuidado, sentimentalismo que a su edad empieza por la tierra de uno (¡ah, el orgullo portugués!) y ese prometerse a sí mismo en los momentos de mayor éxito en el extranjero hacerse cargo un día del banquillo de Portugal.
De momento, en una grada del Bernabéu le tienen puesto un altar, en pleno corazón del piperío y su machadiano gay trinar.

Ayer, en Las Ventas, para agasajar a Eduardo Gallo, muy venido a pollo en sus últimas actuaciones en Madrid, su claque en la grada del 5 le arrojó al ruedo un galló encastado con el que luego los toreros hubieron de bregar muy a su pesar.
Dos claques de Salamanca se trajo Gallo a Madrid: la de la barrera del 7, muy rafaelfarinada (de Rafael Farina), y la de la grada del 5, gallista hasta el sacrificio de ese hermoso gallo de Sócrates en la arena venteña.
–Debéis sacrificar un gallo a Esculapio (Asclepio), el dios de la medicina, que me ha curado de la enfermedad de la vida –dijo Sócrates a sus llorosos discípulos cuando se disponía a empinar de la cicuta.
Entonces Clarín (Leopoldo Alas) se inventa que al día siguiente de la muerte de Sócrates, Critón, discípulo tonto e “idealista de segunda mano”, andaba detrás de un gallo que trepaba las bardas para escapársele y le decía:
–¿No comprendes que tu maestro hablaba en parábolas? ¿Que eso de sacrificar un gallo no era más que un modo pintoresco de hablar?
Critón no quiso entender de razones y alcanzó al gallo de una pedrada. El gallo, al morir, exlamó:
–¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino. Hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Hablan de una postal enviada en 1958 por una madre de Chicago a su hijo, que la ha recibido ahora en un buzón equivocado.
Siempre me intrigaron los misterios de la comunicación humana, a pesar de los jarros de agua fría que en el Cou, con el libro de Lengua de García de la Concha, y en la Universidad, con la cátedra de Martín Serrano, arrojaron sobre mi curiosidad.
De niño me pasaba las horas muertas sentado ante cualquier poste de telégrafos jugando a adivinar, ensimismado, las conversaciones entre las gentes más extrañas, el circular de las palabras por aquellos cables pelados, los sombrajos de la muerte, las ruinas del amor, la voz de pito de los niños, lloros de mujer, riñas de familia, el SOS del suicida que no se quiere largar.
El otro día, en el campo de Coculina, Burgos, camino del páramo de Masa, di con ese poste de telégrafo asesinado, con su melena de hilos cortados (la faena de cortarle a uno el hilo), y reviví durante un buen rato aquellos días felices de cotilla en el campo, tirando del hilo de la imaginación que me servía para inventármelo todo, llegando a la conclusión, que hoy veo confirmada en la noticia de un periódico, de que todos somos esa postal de 1958 depositada, cincuenta y cuatro años después, en el buzón equivocado.
Lío de cruces en el barrio sevillano de Santa Cruz, donde “todo el barrio es una niña, / con un beso a flor de labio / que no lo acaba de dar”.
Cruz de cruces, cruce de ortografías y de prosodias.
Y los futboleros de Madrid quejándose de los cruces europeos porque sus cruces son peores que los de Barcelona.
A dos pasos de las cruces de mayo.

En el Día del Libro me acuerdo de aquel amigo de Camba cuyo libro preferido era el catálogo de las galerías Lafayette, que traía pijamas y calcetines para todos.
Pijamas de verano y calcetines, ofertan los chinos de mi calle, que son los modistas de esta socialdemocracia triste, solitaria y final.
No me gustan los pijamas.
Como tampoco me gustan las batas.
–Tras quemarse su casa en Oporto, empezando por el armario, mi prima Beatriz me dio un consejo que recuerdo en las noches de invierno: “Mónica, deshazte de las batas” –escribió Mónica Fernández Aceytuno en uno de sus “Artículos sentimentales”.
A su prima se le quemó toda la ropa menos su peor bata, con la que se encontró de pronto en la calle, y más tarde declarando en la comisaría.
Pero luego Mónica fue al cine a ver “Mistyc River”, encontrándose con que la única testigo del crimen de la película resultó ser una señora mayorcísima que sólo había oído lo que pasaba esa noche en la calle, y cuando los policías le preguntaron, extrañados, por qué no se asomó a la ventana, ella respondió: “Yo nunca me asomo en bata”.
–Quizá habría que pensar seriamente en quemar todas las batas de invierno… Porque la bata representa el despacho, que es la tabla de la plancha, y las horas sin arreglar, mientras se arregla todo. Y, sin embargo, la alternativa que se nos ofrece en las modernísimas tiendas de lencería son unos pijamas de invierno que recuerdan peligrosamente a un chándal, lo cual parece condenar a la mujer a ir siempre corriendo a todas partes, incluso dormida.
Me gustaría poder hablar (seriamente) de este asunto con los chinos.

Toreras en la calle de don Pedro de Lagasca, el frailón del Perú. Toreras para las niñas toreras de la calle de Serrano, convertida por el urbanismo posmoderno de Gallardón en un hangar con encrucijadas de velódromos y circuitos donde las niñas de Serrano chapiscan aceite de motor.
Las niñas de Serrano son altas y las toreras son pequeñas, como si fueran toreras chinas para pies de porcelana Ming.
–Tienen unos pies inmensos –anotan los chinos de los holandeses en los “Anales del Imperio de Macao”.
Y lo dicen con asco.
Así que, después de siglos de decir como quien no dice nada que los chinos tienen los pies pequeños, ¿no seremos nosotros los que los tendremos grandes?
–¿Estaremos considerando –era la pregunta de Pemán– las cosas con la visión corta y raquítica de aquellos chicharitos verdes del cuento de Andersen que, porque vivían en su vaina, verde también, se creían que todo el mundo era verde?
En el escaparate de las toreras hay una lechuza que profiere enigmas que, bajo pena de muerte, el héroe debe resolver.
Y entonces me figuro que por Serrano en toreras viene Edipo, que es aquél que conoce la respuesta del enigma de los pies, y lo atropella de muerte un mandril en bicicleta.

Se conduce por la calle de Lista con una cortesía conmovedora mientras carga con todos los pecados del mundo (financiero): otro caracol de la crisis sacando los cuernos al sol de la indigencia, cuyas espirales ya no tienen que ver con Chirino, herrero de Mircea Eliade, sino con Diógenes, filósofo de Émile M. Cioran.
Herreros de Eliade y filósofos de Cioran.
Eliade es rumano, y Cioran, también.
En París, durante años, Cioran recibió la visita de un mendigo que no era Savater y que le planteaba preguntas sobre Dios, el mal y la materia.
–Un día, en un momento de desaliento, me confesó que merecía su condición, que sólo era un mendigo y nada más, y que tanto su modo de existencia como sus obsesiones le parecían igualmente despreciables. Para levantarle el ánimo, le dije: “Para mí eres el mayor filósofo de París en este momento”. Me miró atónito y creyó que me burlaba de él. Después, desapareció. Desaparecer sin dejar huellas es el privilegio del mendigo.
Pensaba en abordar al mendigo de Lista para hablarle de Cioran, pero me acordé de Bonifacio, el pintor, que era amigo de Ibarrola, el escultor. Ibarrola andaba dándole vueltas al lío de acercar el arte al proletariado, y en Bilbao, muy en serio, propuso a Bonifacio acudir a la salida de los Altos Hornos y entregar grabados suyos a los obreros.
–¡J…, Agustín, que nos van a tomar por m…!
Y se terminó la historia.

Fundi apareció en los 80 en Las Ventas, con Pepito Arroyo y Bote, que era el bueno. Salían de la escuela madrileña, antes de que las escuelas se echaran a perder echando a perder a su alumnado.
El Fundi lucía estampa de torero de “La Lidia”. Venía de Fuenlabrada, donde hoy tiene estatua. A su chulería castiza atribuye la leyenda la “sinjusticia” de España (“¡ese torero no tiene cuello!”, le gritaba en Sevilla un asistente de San Blas, patrón de las afecciones de garganta) con El Fundi, que en Francia merece consideración de príncipe del toreo.
Yo he seguido al Fundi, mas no porque El Fundi sea un conductor de hombres, sino porque donde va Fundi siempre hay toros. Entre mis tardes queridas de toros guardo la del Fundi en Casarrubios del Monte, Toledo, con un Conde de la Corte, en cartel con Julián Maestro.
Y vengo de ver la oreja del Fundi en Madrid, buena oreja, oreja de Domingo de Resurrección, con faena con cosa de paso de Semana Santa, faena de costalero antiguo, oreja de Malco bajo la espada de San Pedro, esa espada fundisca que a tantos toros (de los de verdad) ha partido. Me alegré con su vuelta de oreja, vuelta a las andadas sobre la calva (en primer plano) del tiempo.