Dice Rubalcaba que su partido ha “perdido la capacidad de vertebrar una España plural” y que tienen “un problema de definición política”. Y añade que la falta de un discurso único en todas las comunidades y la pérdida de contacto con las clases medias, los jóvenes y los mayores han llevado al partido a la “situación difícil” en que se encuentra en estos momentos. Ha tardado en darse cuenta. La primera indefinición política que debía haber detectado fue cuando el propio Zapatero se refería a España con aquello de que el concepto de nación es “discutido y discutible”. Puede que lo sea, o no, pero desde luego, no puede serlo a conveniencia. O sea, para unas naciones sí y para otras no, según soplen los vientos. Parece evidente que el PSOE, y él mismo en su etapa zapaterista, se habían olvidado demasiado de la “E” de sus siglas, para jugarse la partida en terreno de los nacionalismos periféricos. Unas veces, para procurarse apoyos de gobernabilidad a cambio de concesiones, digamos que inadecuadas por no decir insensatas, y, otras, directamente, para intentar quitarles clientela electoral a esos nacionalismos. No se trata, dicen sus acólitos, de revisar el Estado de las autonomías, sino de que, como explica Elena Valenciano, “el partido diga lo mismo en todos los territorios y, sobre todo, que los ciudadanos lo perciban así; un partido nacional que vertebre España, que últimamente lo teníamos olvidado”. Y pone como muestra que “los distintos discursos sobre el agua” que han esgrimido durante estos años “son un ejemplo del problema”, que “empezaron a detectar en 2008” y que en estas elecciones se han traducido en los votos que se han ido, por “esas ausencias de discurso nacional”, hacia el PP y UPyD. Un poco tarde se dieron cuenta del problema, cuando era un clamor a voces. Y todavía algunos dirigentes socialistas, como Marcelino Iglesias, tres años después de ese 2008, en febrero de 2011, afirmaba sin recato que España “está ahora más cohesionada que nunca” y que la política hidráulica de Zapatero había “permitido que todo el mundo tenga agua y que no haya conflictos entre las distintas comunidades autónomas”, justo cuando en las dos últimas legislaturas, a raíz de la derogación del trasvase del Ebro, es cuando más se ha recrudecido la “guerra” del agua entre comunidades autónomas y entre partidos, dentro incluso de sus estructuras internas. Prácticamente todas las reformas estatutarias fueron recurridas por las autonomías vecinas por los insolidarios “blindajes” del agua que se procuraba cada comunidad y que tanta guerra han dado en el Tribunal Constitucional. Más que olvido, como dice Valenciano, ha sido miopía, pero nunca es tarde si la dicha es buena, de modo que bienvenidos a esa tarea de “vertebración”, que no es otra cosa, según el diccionario de la RAE, que “dar consistencia y estructura internas, dar organización y cohesión” a la España plural, antes de que otro iluso nos venga con que ya “está más cohesionada que nunca”. Parece evidente que, después de más de 30 años de democracia, no lo está tanto, por eso Rubalcaba en el capítulo de intenciones para su proyecto de partido parece que lleva la necesidad de “vertebrar”, o sea de dar cohesión, a España.
¿Convicciones o estrategia?
Bienvenido a la sensatez, siempre que este “discurso nacional” sobrevenido no sea más que una mera estrategia frente a la candidata catalana a la secretaría general, Carme Chacón, tras la deriva del PSC, su partido, a posiciones más próximas, en determinadas cuestiones, al nacionalismo secesionista de CiU que al propio PSOE. Sobre todo, ahora que a Chacón parece que le conviene más ejercer de andaluza que de catalana. Y aprovechando el tirón regeneracionista del partido como formación de ámbito nacional, no estaría de más que el PSOE que salga del próximo congreso se aviniera, junto al PP, a los grandes pactos de Estado que demanda buena parte de la sociedad en cuestiones vitales, como la reestructuración y coordinación de las distintas administraciones, la sanidad, la educación, la gestión del agua o la justicia. Fundamentalmente, porque aquí, con esto de las autonomías, hemos pasado de la descentralización a la dispersión, que es una cosa muy diferente. Lo primero, o sea la descentralización, responde al mandato constitucional de acercar la Administración al ciudadano para hacerla -al menos en teoría- más eficaz; lo segundo, la dispersión, obedece al negocio sociopolítico de los partidos nacionalistas. A estas alturas, parece que el PSOE ha comprendido que competir en “dispersión” no les ha resultado precisamente rentable. Las formaciones secesionistas, en general, están más fuertes que nunca en sus feudos respectivos y el PSOE, hecho unos zorros. Sin duda por su mala gestión de la crisis económica, pero también por una crisis de identidad, que ahora reconocen, les llevó a relegar al “olvido” su condición de partido de ámbito nacional.