Tanto ruido para, al final, parir una chapuza que no contenta a casi nadie, salvo al Gobierno de Zapatero, al que da gusto verle mentir con tanto desparpajo. No es que esté contento con el fallo del TC sobre el “Estatut” por los presuntos beneficios que la nueva norma traerá a los catalanes en su conjunto, que a la mayoría les trae al pairo, sino porque lo considera como una “derrota” del PP. Hombre, que el Alto Tribunal eche abajo 14 artículos e interprete otros 27 tampoco es que sea una gran victoria para Zapatero, después de que dijera que se aprobaría tal cual llegara de Cataluña y eso que antes de que llegara al TC se le había pasado el cepillo y la garlopa. Y contando con que expertos juristas, a la espera de conocer el texto final, estiman que, dado que toda norma lleva un recorrido coherente, si se modifican por inconstitucionales más de 40 artículos, es lógico pensar que el resto están más o menos “contaminados”.
Frente a la euforia “ganadora” del PSOE y el conformismo “ganador” del PP, que al menos ha conseguido demostrar que el “Estatut” tal y como venía de Cataluña no era constitucional, están los partidos nacionalistas y social-nacionalistas catalanes, que están que fuman en pipa. Y no precisamente la pipa de la paz. Anuncian movilizaciones y auguran un incremento de la radicalidad separatista. Nada nuevo. La sentencia les viene de perlas para su campaña electoral. Más victimismo con que alimentar lo que los profesores Balfour y Quiroga denominan “nacionalización masiva”. Lo veremos a partir de ahora y hasta que se celebren, este otoño, las autonómicas catalanas. Ya han dado el pistoletazo de salida. Han empezado a crujir al PP, al que tachan, incluso, de antiautonomista, o sea, de centralista acérrimo. No es que los populares sean entusiastas de las autonomías, pero no se puede negar que son constitucionalistas y por lo tanto asumen con total normalidad el Estado de las autonomías. Lo que no son es confederalistas, que es lo que les conviene a los partidos nacionalistas y social-nacionalistas periféricos. Es decir un pacto entre estaditos soberanos que se unen o desunen en función de las conveniencias e intereses de cada momento, cada partido nacionalista y cada generación. Un sistema, que en esta España de culo veo, culo quiero, sería inviable, sencillamente, porque sería ingobernable. Y es una apreciación en la que coincide buena parte de la intelectualidad del PSOE. De momento, el Gobierno valenciano ya ha anunciado que revisará con lupa el texto definitivo del “Estatut” para, en función de ello, reformar el suyo propio porque no van a permitir “privilegios” de ninguna comunidad.
Pulpo, como animal de compañía
Y ahí andamos. Los partidos nacionalistas catalanes, al margen de tratar de anular a los “españolazos” del PP en Cataluña, interpretan el fallo del TC como una agresión nada menos que a toda Cataluña. Es lógico, todos los partidos nacionalistas tienen tendencias totalitarias, es decir, tendencias a considerarse depositarios de los intereses del pueblo, como si los pueblos fueran rebaños de pensamiento único. Pero los pueblos, jurídicamente son una imprecisión; sentimentalmente, una identificación de usos y costumbres, y en lo político, simplemente, clientela. En pleno siglo XXI los derechos y deberes son del individuo, o sea, del ciudadano.
Aquí todo estriba en que el resto de las comunidades autónomas tienen que aceptar pulpo como animal de compañía para que los partidos nacionalistas catalanes quieran seguir jugando. Y como parece que no ha sido así, pues ¡ale! a romper la baraja. Si ya antes de conocer el fallo del TC, la coalición CiU, ERC e ICV apoyaban la iniciativa popular para celebrar un referéndum de autodeterminación, a sabiendas de que se pasan por el forro el derecho constitucional y el internacional, pues ahora en la campaña electoral el asunto va a ser de traca. Por cierto, ¿reconoce el “Estatut” el derecho a la autodeterminación de cualquiera de sus territorios respecto a Cataluña? En cualquier caso, los nacionalistas van a explotar a tope la nueva intolerable agresión histórica de España, o sea del resto de las autonomías que componen el Estado español, a Cataluña. Otra cosa es que los catalanes se lo crean, porque si bien los datos que argumentan los partidos nacionalistas y social-nacionalistas sobre el apoyo al “Estatut” son inapelables, desde el punto de vista partitocrático más que democrático, no es menos cierto que desde el punto de vista sociológico la cosa plantea bastantes dudas. Antes de abordar la reforma del “Estatut”, las encuestas nada dudosas de los propios medios catalanes indicaban que sólo les interesaba al 15 por ciento de la población o que tal reforma ocupaba el séptimo puesto entre las principales preocupaciones de los catalanes. Ni siquiera el par de centenares de referendos municipales de autodeterminación celebrados hasta ahora son para tirar cohetes. La bajísima participación parece dejar claro que una cosa son los interesados imaginarios de los partidos nacionalistas y otra, bien distinta, la realidad social y los intereses de Cataluña. Mucho ruido y pocas nueces. Por eso la campaña se atisba dura y divertida. Llena de victimismo y de unidades de destino en lo universal. El “palo” a la “nación” ha sido duro, pero tampoco es para tanto. El fallo del TC lo que viene a decir es que los partidos nacionalistas catalanes hacen muy bien en sentirse todo lo “nación” que quieran, pero que jurídicamente naciones no hay más que una y a ti te encontré en la calle. Otras comunidades se sienten “realidades nacionales” y otras pueden creerse “batman”, como en el anuncio de la tele. No pasa nada, cada cual puede verse el ombligo como le venga en gana, todo consiste en que los demás se crean que el ombligo de uno es el más bonito del mundo. Lo demás, picadillo “pa” los pollos.