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De José Luis Perdomo (el 24/11/2009 a las 11:09:04, en Vida digital)
Franz KafkaPoco antes de morir, Kafka pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus escritos; la mayor parte de su obra, inédita hasta entonces. Kafka llevó una existencia anodina como agente de seguros en Praga y apenas publicó en vida la décima parte de lo que llegó a escribir. No buscó la fama y nunca la encontró. Logró, en cambio, ser uno más entre sus vecinos y ésa fue su gran victoria, no ser excluido por diferente. Su obra es un tratado sobre la libertad y es considerada una de las más influyentes del siglo XX. ¿Max Brod? No cumplió el encargo de su amigo.

“Una mañana Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un monstruoso insecto”. Desde este inicio fulgurante hasta el final, a Kafka no le interesan las razones que han llevado a Samsa a transformarse en un insecto sino las consecuencias, la reacción de su familia y la forma en que ocultarán a los vecinos la metamorfosis. ¿Cómo comienza la novela Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez? “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana”. Sí, ahí está el agente de seguros praguense soplando al oído del Nobel de Literatura casi cien años después.

El destino es caprichoso. Puedes ser escritor de moda, incisivo articulista o Premio-Nobel-bufanda-pitón-en-ristre y la Historia recompensarte con una escuálida nota a pie de página. La eternidad rara vez retiene el eco de los aplausos. Dostoyevski hablaría de “felicidad vulgar o sufrimiento elevado” en aquella novela que Kafka conoció bien y que a Unamuno casi vuelve loco. Porque la buena literatura tiene el poder mágico y funesto de enloquecer a los lectores; la mala sólo los vuelve estúpidos.

Kafka no escribió para obtener notoriedad pública sino movido por la necesidad de dejar constancia de su paso por el mundo, de trascender y lograr a la vez la hazaña de reconocerse a sí mismo. Construyó un espejo. Son las mismas razones que empujan a miles de personas cada día a crear blogs personales, huellas de manos en la pared de la caverna; marcas que nos permiten ser otros y ser nosotros mismos cuando no estamos en la agencia de seguros, conduciendo un taxi o tras la ventanilla del banco.

El acomodado escritor y el mordaz columnista de turno podrán denostar los blogs como aquella puta que denunció a los novios que se besaban, por intrusismo y competencia desleal. La gente seguirá besándose en público y escribiendo diarios personales, guardándolos bajo la cama o colgándolos en la red, lo mismo da. No es el progreso, señor Marías. No es la tecnología, señor Goytisolo. Lo haremos para construir puentes, para abrazar la libertad o quizá sólo para cumplir aquella promesa infantil casi olvidada. El deseo de ser piel roja.

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De José Luis Perdomo (el 16/11/2009 a las 23:05:40, en Personajes)
e-bookSi Álvaro de Laiglesia y Enrique Jardiel Poncela se hubiesen reunido una tarde de 1945 en el Café Gijón y entre chascarrillos y humo de tabaco de liar hubiesen urdido una novela, ésta habría sido una tragicomedia épica. Habrían discutido el soporte a utilizar, servilletas o papel de estraza, habrían pleiteado por el número de páginas, ciento ochenta y dos o ciento ochenta y tres, habrían acordado cuál de los dos pondría la pluma los jueves... y así habrían estado dos años, discutiendo detalles al tiempo que daban buena cuenta de dos barricas de aguardiente de Cazalla. No habrían tenido ninguna duda, en cambio, en la fisionomía y el nombre del protagonista, que sería flacucho, espigado, con desgarbo elegante de posguerra y habría de llamarse, por mandato humano y divino, Gumersindo Lafuente.

Laiglesia y Poncela habrían conducido a Gumersindo por funestos callejones, le habrían sometido a los más duros embates, le habrían colmado de bienes terrenales para después arrebatárselos sin pudor y obligarlo así a levantarse una y otra vez para regocijo del lector que, en la cama, cerraría los ojos esbozando una sonrisa y barruntando una esperanza. Gumersindo Lafuente, periodista, soportaría los devenires de su sino sin mover una ceja o destorcer su media sonrisa, asumiría su papel sin un ápice de victimismo y sortearía la adversidad una vez y otra, con el aplomo del que se sabe en posición ventajosa, la que sólo da la certeza de estar siendo honesto con uno mismo, fiel al guión como los relojes suizos ensamblados en China.

Nunca aspiraría a ser un personaje secundario, de ésos de traje gris y semblante circunspecto que cruzan una esquina en el sexto capítulo para perderse en una espesa neblina en el diez. Todos los necios del mundo, como escribió Johnathan Swift, se conjurarían contra él. La tragedia estaría servida en papel o ebook; pero Gumersindo saldría victorioso de cada contienda, con semblante sereno y la dignidad intacta. Porque cuando no te mides con iguales, no hay éxito como el fracaso aunque el fracaso, no obstante, no sea un éxito en sí mismo.

Ayer le vi. Vi a Gumersindo Lafuente. No sabría decir si yo estaba en su novela o él se había colado en la realidad con un salvoconducto firmado por el mismísimo Pirandello. Le vi y le estreché la mano; apenas cruzamos unas palabras. Esperaba un taxi secuestrado por sus pensamientos al tiempo que guardaba unos papeles en su maletín -siempre tuvo vocación de personaje complejo, de los que hacen tres cosas a la vez-. Yo me giré y fingí hablar por teléfono para eludir un incómodo silencio. Luego le vi alejarse hacia el coche y observé su silueta de otro tiempo, su caminar quijotesco y su aire desgarbado, su disfraz de personaje perfecto. Y entonces le deseé suerte como el aficionado que sabe que su equipo se juega la final a los penaltis, con los puños del estómago apretados y diciendo “¡vamos, fuerte y ajustado!”. Porque de la suerte de Gumersindo Lafuente depende, en gran medida, el futuro del periodismo.

Nota: La imagen de esta semana es de Antonio Lanceta, un pintor que llegó de París pegado al cigüeñal de una bicicleta y malvive en Sevilla.
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De José Luis Perdomo (el 10/11/2009 a las 17:12:24, en Vida digital)
e-book Era un adolescente cuando aquel profesor de matemáticas al que apodábamos "el Boda" me despojó del segundo volumen de las obras completas de Edgar Allan Poe. Tendría yo unos quince años y un profesor que decía "boda la pizada" en lugar de "borra la pizarra" me cazó, en plena apoteosis neperiana, atrincherado al fondo de la clase leyendo El gato negro, un relato firmado por uno de los primeros escritores profesionales norteamericanos, huérfano, desheredado, pobre, viudo, alcohólico y supersticioso. En un colegio católico, esto suponía la inmediata expulsión de clase y, aún peor, el requisamiento del tomo, que quedaría custodiado por el jefe de estudios en su despacho hasta que mis padres fuesen a hablar con él.

Tras varios días de exhaustivas inspecciones en los que comprobé que el despacho, con su puerta y sus ventanas enrejadas, era inexpugnable, y varias largas noches observando el vacío que aquel gran volumen había dejado en la biblioteca familiar, decidí reemplazar el ejemplar con dos obras de Baudelaire y Lovecraft -lo más parecido que encontré, inocente, creyendo que la similitud de los autores contribuiría al engaño- y aguardar a que escampase. Para el Boda yo había pasado de ser héroe a villano; de ser el llamado a la palestra cuando el resto de alumnos no lograba resolver una ecuación a ser un olvidado casi buñueliano, la verg�enza de una estirpe de empresarios, gente de bien, el ejemplo vivo de la displicencia. Su ego nunca superó mi afrenta; mis calificaciones tampoco.

Gracias a los curas descubrí que había vida más allí de la colección familiar y empecé a frecuentar la biblioteca pública, de la que tomé prestado El gato negro y otras obras de Poe. Gracias a la biblioteca llegué a los mares del sur de Jack London, ayudé a una golondrina a desguazar a un príncipe tetrapléjico y fui cómplice del
asesinato de dos ancianas en San Petersburgo. Oscar Wilde, Dostoyevski, Proust, Whitman, Capote, Sartre, Hesse, Cela, Delibes... El tiempo me puso en el camino de grandes profesores como Juan Eslava Galán o Miguel Florián, gente sencilla, sensible, inteligente, de la que aprendí el gusto por los clásicos. Llegaron las lecturas prohibidas, la búsqueda de material censurado, Lautreamont y otros proscritos, gente rara y deliciosa con la que pasar las mejores veladas invocando al insomnio.

Siendo un adolescente sol�a separar los libros que leía, anotaba reflexiones en ellos, los etiquetaba minuciosamente, los agrupaba en listas y finalmente los colocaba, como el cazador que exhibe sus trofeos, en la repisa de mi habitación como recuerdos disecados de mis correrías nocturnas. Poco a poco, tras el incidente en Los Salesianos, dejé de sentir afecto por los libros como objeto. Una vez usados los prestaba a alg�n amigo y los olvidaba, o los devolvía a su lugar de origen sin notas ni señales de su paso por mis manos. Aprendí a vivir sin libros, sin papel. Perdí el olfato.

De los libros que he vivido, que nunca serán demasiados, sólo conservo aquéllos que sus autores me dedicaron.

Con los ojos vendados no sabría distinguir, lo confieso, una primera edición de Madame Bovary de un reciente Premio Planeta. Desconozco ese universo de olores y texturas del que muchos se presumen, seguramente con razón, grandes gourmets. No sé a qué huele el papel tras cinco siglos y no he probado la celulosa. Las librerías de viejo me producen el mismo rechazo que las tiendas de animales, esos orfanatos impregnados de olor a miedo, pienso y excrementos. Sigo creyendo que la meca de cualquier libro es la memoria del lector, el lugar sacrosanto en el que los olores de Proust, los sabores de Hesse o las inquietudes de Thomas Mann germinan y conocen nuevas densidades con el paso de los años. El papel con que un día maniataron las ideas no me interesa, no es sino una suerte de mortaja tomada de prestado a una naturaleza exhausta por una industria que no narra la otra mitad, la mitad irredimible que levanta sus oficinas de cemento en el corazón de los bosques.

Por primera vez, tras la aparición de los copistas, el soporte no será un impedimento para llevar el conocimiento a todas las personas de una forma eficaz; el coste en términos ecológicos será mínimo en comparación con los derivados del uso del papel. Por sí solo, éste sería un argumento más que convincente para apostar por los nuevos formatos, como en el pasado el hombre apostara por la imprenta, pero los beneficios de su uso no terminan aquí. Podremos viajar en compañía de decenas de libros, mover bibliotecas enteras con un click, realizar complejas consultas en cuestión de segundos, documentarnos sobre los temas más singulares en cualquier momento y lugar -posibilidad que ya nos brinda la red- y, con la llegada de los lectores con energía solar, llevar con nosotros a una isla desierta nuestras obras favoritas, si aún quedan islas desiertas.

Esta revolución imparable sólo está encontrando el rechazo de algunos autoproclamados defensores de la ley y el orden cultural; una ley y un orden hechos a la medida de modelos anacrónicos de vida y negocio, con el amor a la celulosa como excusa y el conservadurismo de una industria caduca como cómplice necesario. Como si Lorca o Shakespeare no hubiesen hecho en vida otra cosa que decorar papeles con los que tender muros que los separasen de los lectores.

Yo no sé a qué huele el papel. No soy perito en talas ni sé de las bondades cognitivas del pino. Asumo la beatificación de la fibra como la defensa del último bastión de un negocio cultural que permite convertir en panes las réplicas de un contenido mediante su venta en soporte vegetal. No sé a qué huele el papel, desconozco su aroma y me temo que ya nunca lo descubriré. Tendré que conformarme, qué remedio, con saber a qué huele Virginia Woolf una mañana de otoño sobre un lecho de fértil hojarasca.

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