
El 30 de diciembre de 1935, el aviador francés
Antoine de Saint-Exupéry tuvo que realizar, junto a su copiloto, un aterrizaje forzoso en el desierto del Sahara. Ambos competían tratando de superar el récord de tiempo en el trayecto París-Saigon, con una recompensa de 150.000 dólares. Tras varios días perdidos en el desierto, en los que sufrieron alucinaciones a consecuencia de la deshidratación, fueron finalmente descubiertos por un beduino que salvó sus vidas.
Años más tarde, en 1943, mientras se alojaba en un hotel de New York, Saint-Exupéry escribiría
El Principito, una obra mundialmente conocida que ha sido traducida a más de 180 lenguas y dialectos. En ella se cuenta la historia de un personaje llegado del espacio exterior que el narrador pudo conocer durante una estancia forzada en el desierto del Sahara, cuando su avión sufrió una avería.
El Principito procedía del asteroide B 612, un hogar minúsculo en el que los baobabs, unos árboles gigantes que crecían sin freno, amenazaban el hábitat de la roca y su supervivencia. Por eso el pequeño príncipe buscaba en nuestro planeta un cordero que se alimentase de las hojas de los baobabs. Sencillo.
A los 11.800 habitantes de
Tuvalu, uno de los estados más pequeños del mundo con sólo 26 Km2 de superficie -la décima parte de El Hierro, la isla canaria más pequeña-, les preocupa el calentamiento global y la posibilidad de que el aumento del nivel del mar haga desaparecer sus hogares bajo las aguas. Su problema no son los baobabs sino el dióxido de carbono; y aunque el Principito les habría propuesto colocar cien camellos en sus orillas a beber agua de mar, la solución se antoja más compleja.
En Tuvalu no crecen los baobabs, no hay petróleo, oro o diamantes, pero hay dominios virtuales. Cuando el
ICANN, el organismo encargado de gestionar los nombres de dominio en Internet, asignó una “matrícula” a cada estado -España tiene el .es y Francia el .fr-, a Tuvalu le tocó en suerte el
.tv, una extensión que rápidamente se asoció también a “television” y permitió a los tuvaluenses vender nombres de dominio como rosquillas, multiplicando en poco tiempo su PIB. De la noche a la mañana aquel pequeño pedazo de tierra en el Pacífico se transformó en un próspero estado.
Hace unos días, el delegado de Tuvalu ante la ONU, Ian Fry, pedía con lágrimas en los ojos que los gobernantes de los países industrializados se esfuercen en lograr un acuerdo para tratar de frenar el calentamiento global y evitar así que los hogares de los tuvaluenses queden anegados en unos pocos años. Cabría añadir que no sólo están en juego aquellos hogares y escuelas sino los cientos de miles de espacios virtuales que gozan de un dominio .tv y que el ICANN desconectaría si Tuvalu dejase de existir. Paradojas digitales.