
Los editores españoles están a punto de causar un perjuicio irreparable a los autores a los que representan. En tres años los veremos pedir al gobierno que adopte medidas para mitigar el daño que ellos mismos ocasionarán a lo largo de 2010: quizá un nuevo canon digital, leyes más restrictivas, mayor dureza de los jueces y, por supuesto, ayudas a una industria en decadencia por la impericia de unos gestores más gutemberistas que Gutenberg. Tras las últimas declaraciones de algunos de los principales editores y libreros españoles sobre la irrupción del e-book en nuestro país, este desastre parece no tener marcha atrás. «Spain is different», no cabe duda.
Para Ignacio Latasa, director de
Leer-e, «en España no habrá boom del libro digital mientras no haya textos en español para alimentar los lectores de e-books». Ésa es la estrategia a adoptar por los editores españoles, ofrecer títulos con cuentagotas, privarnos de contenidos y someter la llegada del libro electrónico al arbitraje -inexperto en materia digital- del gremio de libreros, que liderará este proceso. Poniendo el futuro en manos de los libreros, la parte más interesada en que ese futuro sea lejano, pretenden dar por buena la reconversión de la industria; pero no lograrán ralentizar el proceso, como no logró la industria discográfica frenar el auge del MP3 y los nuevos reproductores musicales. ¿Qué ocurrirá? Los usuarios, al no poder acceder a un catálogo equiparable al del libro impreso, digitalizarán las obras -igual que se ripeaban los Cds hace diez años- y se acostumbrarán a disfrutar de la lectura al margen de una industria editorial que verá como año tras año desciende la facturación de las librerías. Las pérdidas, por supuesto, se atribuirán a la nueva piratería, la misma que surgirá ante la premeditada privación de oferta legal y el sobreprecio que suele imponer la ausencia de libre competencia.
A las editoriales españolas parece no importarles que
Amazon haya vendido estas navidades más libros electrónicos que impresos o que Dan Brown coloque 120 e-books de su Código da Vinci por cada 100 ejemplares en papel. En un mundo cada día más tecnificado, no quieren percibir el lector de e-books, con su pantalla y sus botones, como una forma de iniciar a los jóvenes a la lectura. Y los libreros, ¿qué opinan? «No nos parece fairplay que los editores se pongan a vender libros», sostiene Michèle Chevallier, directora de la Confederación Española de Gremios de Asociaciones de Libreros (
CEGAL). Imagino que Michèle Chevallier nunca ha reservado un vuelo a través de la web de Iberia o Air Europa; no sería fairplay que una compañía aérea vendiera billetes directamente, prescindiendo de las agencias de viaje, ¿verdad? Los editores y libreros españoles sólo ven temibles gigantes donde los nuevos molinos de viento, que aprovechan la energía eólica, airean el progreso y anticipan el futuro.
Surgirán, a lomos del e-book, nuevas hordas de «piratas» a ambas orillas del Tajo, auspiciados por los que dicen luchar contra la piratería. La racanería de una industria que quiere seguir controlando monopolística y monolíticamente la producción y venta de libros, que sabe que el margen de beneficios del papel es superior al de los bytes -igual que la industria discográfica quiso seguir vendiéndonos plástico en lugar de MP3- y que en la red pronto aumentaría la competencia, es mayor que su interés por hacer llegar la cultura, tan necesaria, a los ciudadanos. Seguirán fomentando la apertura de
nuevas bibliotecas locales al tiempo que se nos niega el acceso lícito a la biblioteca universal que Internet está llamada a ser. Y se equivocan por partida doble, porque una industria que vende mil ejemplares, cuando antes vendía cien, sería una industria más fuerte aunque la facturación fuese la misma -al ser más económico el producto, más accesible-. El tiempo, si no tengo la suerte de equivocarme, los pondrá en su lugar. Nosotros, malvados piratas, costearemos las subvenciones que el gobierno de turno habrá de concederles como premio a su ignorancia en materia digital.
Nota:
Javier Fernández Escribano y
Antonio Ortiz también abordan el asunto en sus blogs.

Son reflexiones interesantes, pero quizás muestren más un deseo de que las cosas cambien que otra cosa.
Estamos dando por hecho cual será la tendencia y como resultará este experimento en otros países que ya han dado el primer paso. En España prefieren llegar tarde a ser de los primeros en estamparse.
El inmovilismo no parece muy acertado, y el ser los primeros no deja de ser un arriesgado. Lo que si deberían hacer es experimentar con gaseosa. Es decir, con obras menores para ver que pasa.
Todo cambiará, pero quizás no en la forma que algunos creen.
El libro electrónico todavía puede dar más de un bandazo antes de encontrar la fórmula definitiva.
El tiempo dará y quitará razones.
De
Antonio Castro
(Enviando 05/01/2010 @ 18:50:00)

Muy buen artículo. Aunque me gustaría hacer alguna puntualización:
1. «Spain is different».
Cierto, pero en el sentido de la estrategia del avestruz. Taparnos los ojos para no ver la realidad.Esto se ha visto, por desgracia en la cultura del libro hablado. Estados Unidos, latinoamérica y algunos países de europa (Reino Unido, Francia y Alemania, por ejemplo) van en esa dirección. El hecho de que aquí no haya calado es por culpa de los editores. Por eso, y a pesar de que la música sí haya podido encontrar un acomodo al margen de ellos y de las discográficas lo evidente es que aquí el proceso será más lento porque no va a haber ayudas para progresar.
3. La cuestión de los piratas en lo relativo a los libros-e tampoco es algo que deba preocupar a los editores (si tuvieran cabeza) pues bastaría con colocar una clave a cada libro, por ejemplo. Los piratas (los verdaderos, esto es, los hackers) no pueden crackear todas las obras, de modo que los best seller serían realmente los perjudicados.
De
coyicabuto
(Enviando 06/01/2010 @ 22:12:03)