
Cuando quedan unos pocos días para que el año estire la pata se instala en uno la sensación de estar escribiendo, cual Ceniciento, para una audiencia fiestera, sumida en brindis, celebraciones, compras o en una interminable ingesta de proteínas que va desde el mantecado de Estepa al langostino de Sanlúcar. Con semejante platea -que además olvidó invitarte-, y más que nada por no malgastar energías ni marcarse un soliloquio teatral, pesado como párpados en una peli de Garci, uno tira de listas, consejos y propósitos de enmienda y encomienda, sobre el año que termina o el año que comienza y así solventa, vía
tie break, el artículo de los martes.
Otros compañeros se suman a esta fiesta sin música y publican sus propias
listas, lo que de paso nos quita la sensación de no estar cumpliendo con el deber. A los jefes, que deben estar brindando con cava, celebrando, comprando o ingiriendo, parece no molestarles esta temporal rebelión en la granja, o hacen la vista gorda, o se les cayeron los párpados pesados como soliloquios viendo una peli de Garci... Sea como fuere, y ya llevo doce líneas como doce soles -y está a punto de sonar el timbre del recreo-, uno va rellenando la planilla del martes como aquellos cuadernillos Rubio de la infancia, inconfesables, vergonzantes, pintando árboles en los márgenes y pensando que el señor Rubio debe ser el peor padre desde Abraham -espero que esto no lo lea De Prada-.
Y entre palabro y palabro regado en cava -porque había una botella bajo el escritorio y no va a ser uno el único tonto que no brinde-, va acabando el artículo; y con cava brindando y cavando y brindando y cavando y cavando... ¡se topa con Lorca! Y entonces se lía la de Nicea y los jefes dejan de brindar y se vuelven desde el otro lado de la pantalla, como Matías Prats, y al unísono repiten “
¿¡Pero esto qué es!?”. Y el que escribe tiene la mala suerte de que es veintinueve de diciembre y ya no cuela lo del día de los inocentes y claro, ¿cómo se convoca a Abraham y a Lorca en un texto para Medios & Redes?; pero entonces se acuerda de las listas y los consejos y en un
match ball decisivo, con aire circunspecto, pijama de franela y botella de cava circuncidada en mano, se dirige a la platea: “Señores, ninguno de los doscientos cincuenta consejos presentes en listas para salvar el periodismo será de ayuda si, en estos tiempos revueltos de cierre de medios, no comenzamos por lo más elemental y determinante: Amar Internet”. Cae el telón y suena el timbre del recreo. (Sólo aplauden tres
hikikomoris pero el autor se siente recompensado).

¡Ay Ceniciento! Al leer el artículo ha sido inevitable tener un déjà vu como la copa de un pino, pero me temo que es algo irremediable cuando conoces a fondo una persona.
Una persona a la que, con claro interés por mi parte, deseo muchos éxitos para el veintediez que está a punto de comenzar, aunque para eso haga falta escribir muchos cuadernos Rubio y no sólo hacerlo a tiempo y con la suerte que otorga un tie break.
A veces no basta con hacer sólo lo suficiente. Leía en un libro en la universidad que la mediocridad es lo mejor de lo peor y lo peor de lo mejor.
Por eso, mientras las malvadas hermanas descorchan champagne en la fiesta del príncipe, quizás es más recomendable llevar a la práctica el "ora et labora" que resumen la fábula de la cigarra y la hormiga para que Ceniciento pronto vista de realeza. En los cuentos, ya se sabe, siempre ganan los buenos.
De
Jasp
(Enviando 31/12/2009 @ 03:17:34)