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<title>Blog - perdomo  - Blog ABC.es</title><link>http://www.abc.es/blogs/perdomo/</link>
<description>Blog - perdomo  - Blog ABC.es</description><language>es</language>
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	<title><![CDATA[Gumersindo Lafuente, periodista]]></title>
	<description><![CDATA[<img align="left" alt="e-book" src="http://n4abc10.abc.es/blogs/perdomo/public/abc_lanceta.png" style="margin-right: 15px; margin-bottom: 10px;" />Si <a href="http://www.ciberniz.com/alvaro.htm"><strong>Álvaro de Laiglesia</strong></a> y <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Jardiel_Poncela"><strong>Enrique Jardiel Poncela</strong></a> se hubiesen reunido una tarde de 1945 en el Caf&eacute; Gijón y entre chascarrillos y humo de tabaco de liar hubiesen urdido una novela, &eacute;sta habría sido una tragicomedia &eacute;pica. Habrían discutido el soporte a utilizar, servilletas o papel de estraza, habrían pleiteado por el número de páginas, ciento ochenta y dos o ciento ochenta y tres, habrían acordado cuál de los dos pondría la pluma los jueves... y así habrían estado dos años, discutiendo detalles al tiempo que daban buena cuenta de dos barricas de aguardiente de Cazalla. No habrían tenido ninguna duda, en cambio, en la fisionomía y el nombre del protagonista, que sería flacucho, espigado, con desgarbo elegante de posguerra y habría de llamarse, por mandato humano y divino, Gumersindo Lafuente. <br /><br />

Laiglesia y Poncela habrían conducido a Gumersindo por funestos callejones, le habrían sometido a los más duros embates, le habrían colmado de bienes terrenales para despu&eacute;s arrebatárselos sin pudor y obligarlo así a levantarse una y otra vez para regocijo del lector que, en la cama, cerraría los ojos esbozando una sonrisa y barruntando una esperanza. Gumersindo Lafuente, periodista, soportaría los devenires de su sino sin mover una ceja o destorcer su media sonrisa, asumiría su papel sin un ápice de victimismo y sortearía la adversidad una vez y otra, con el aplomo del que se sabe en  posición ventajosa, la que sólo da la certeza de estar siendo honesto con uno mismo, fiel al guión como los relojes suizos ensamblados en China. <br /><br />

Nunca aspiraría a ser un personaje secundario, de &eacute;sos de traje gris y semblante circunspecto que cruzan una esquina en el sexto capítulo para perderse en una espesa neblina en el diez. Todos los necios del mundo, como escribió Johnathan Swift, se conjurarían contra &eacute;l. La tragedia estaría servida en papel o ebook; pero Gumersindo saldría victorioso de cada contienda, con semblante sereno y la dignidad intacta. Porque cuando no te mides con iguales, no hay &eacute;xito como el fracaso aunque el fracaso, no obstante, no sea un &eacute;xito en sí mismo.<br /><br />

Ayer le vi. Vi a Gumersindo Lafuente. No sabría decir si yo estaba en su novela o &eacute;l se había colado en la realidad con un salvoconducto firmado por el mismísimo <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Luigi_Pirandello"><strong>Pirandello</strong></a>. Le vi y le estrech&eacute; la mano; apenas cruzamos unas palabras. Esperaba un taxi secuestrado por sus pensamientos al tiempo que guardaba unos papeles en su maletín -siempre tuvo vocación de personaje complejo, de los que hacen tres cosas a la vez-. Yo me gir&eacute; y fingí hablar por tel&eacute;fono para eludir un incómodo silencio. Luego le vi alejarse hacia el coche y observ&eacute; su silueta de otro tiempo, su caminar quijotesco y su aire desgarbado, su disfraz de personaje perfecto. Y entonces le dese&eacute; suerte como el aficionado que sabe que su equipo se juega la final a los penaltis, con los puños del estómago apretados y diciendo “¡vamos, fuerte y ajustado!”. Porque de la suerte de Gumersindo Lafuente depende, en gran medida, el <a href="http://www.abc.es/hemeroteca/historico-27-10-2009/abc/Medios_Redes/sindo-yo-tambien-soy-tu_113987913840.html">futuro del periodismo</a>.<br /><br />

<i>Nota: La imagen de esta semana es de <a href="http://www.antoniolanceta.com/acerca.htm"><strong>Antonio Lanceta</strong></a>, un pintor que llegó de París pegado al cigüeñal de una bicicleta y malvive en Sevilla.</i>]]></description>
	<link><![CDATA[http://www.abc.es/blogs/perdomo/public/post/gumersindo-lafuente-periodista-2311.asp]]></link>
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	<dc:date>2009-11-16T23:05:40+01:00</dc:date>
	<dc:creator>José Luis Perdomo</dc:creator>
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	<title><![CDATA[A qué huele Virginia Woolf]]></title>
	<description><![CDATA[<img align="left" alt="e-book" src="http://n4abc10.abc.es/blogs/perdomo/public/img_ebook.jpg" style="margin-right: 15px; margin-bottom: 10px;" /> <span style="font-family: Arial;">Era un adolescente cuando aquel profesor de matemáticas al que apodábamos "el Boda" me despojó del segundo volumen de las obras completas de Edgar Allan Poe. Tendría yo unos quince años y un profesor que decía "boda la pizada" en lugar de "borra la pizarra" me cazó, en plena apoteosis neperiana, atrincherado al fondo de la clase leyendo </span><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_gato_negro" style="font-family: Arial;"><strong>El gato negro</strong></a><span style="font-family: Arial;">, un relato firmado por uno de los primeros escritores profesionales norteamericanos, hu&eacute;rfano, desheredado, pobre, viudo, alcohólico y supersticioso. En un colegio católico, esto suponía la inmediata expulsión de clase y, aún peor, el requisamiento del tomo, que quedaría custodiado por el jefe de estudios en su despacho hasta que mis padres fuesen a hablar con &eacute;l.<br /><br />

Tras varios días de exhaustivas inspecciones en los que comprob&eacute; que el despacho, con su puerta y sus ventanas enrejadas, era inexpugnable, y varias largas noches observando el vacío que aquel gran volumen había dejado en la biblioteca familiar, decidí reemplazar el ejemplar con dos obras de Baudelaire y Lovecraft -lo más parecido que encontr&eacute;, inocente, creyendo que la similitud de los autores contribuiría al engaño- y aguardar a que escampase. Para el Boda yo había pasado de ser h&eacute;roe a villano; de ser el llamado a la palestra cuando el resto de alumnos no lograba resolver una ecuación a ser un olvidado casi buñueliano, la vergï¿½enza de una estirpe de empresarios, gente de bien, el ejemplo vivo de la displicencia. Su ego nunca superó mi afrenta; mis calificaciones tampoco.  <br /><br />

Gracias a los curas descubrí que había vida más allí de la colección familiar y empec&eacute; a frecuentar la biblioteca pública, de la que tom&eacute; prestado <i>El gato negro</i> y otras obras de Poe. Gracias a la biblioteca llegu&eacute; a los mares del sur de Jack London, ayud&eacute; a una golondrina a desguazar a un <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_pr%C3%ADncipe_feliz"><strong>príncipe</strong></a> tetrapl&eacute;jico y fui cómplice del </span><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Crimen_y_Castigo"><strong>asesinato</strong></a> de dos ancianas en San Petersburgo. Oscar Wilde, Dostoyevski, Proust, Whitman, Capote, Sartre, Hesse, Cela, Delibes... El tiempo me puso en el camino de grandes profesores como </span><a href="http://www.juaneslavagalan.com/" style="font-family: Arial;"><strong>Juan Eslava Galán</strong></a><span style="font-family: Arial;"> o </span><a href="http://www.soitu.es/soitu/2008/08/21/info/1219320440_136710.html"><strong>Miguel Florián</strong></a>, gente sencilla, sensible, inteligente, de la que aprendí el gusto por los clásicos. Llegaron las lecturas prohibidas, la búsqueda de material censurado, Lautreamont y otros proscritos, gente rara y deliciosa con la que pasar las mejores veladas invocando al insomnio.<br /><br />

Siendo un adolescente solï¿½a separar los libros que leía, anotaba reflexiones en ellos, los etiquetaba minuciosamente, los agrupaba en listas y finalmente los colocaba, como el cazador que exhibe sus trofeos, en la repisa de mi habitación como recuerdos disecados de mis correrías nocturnas. Poco a poco, tras el incidente en Los Salesianos, dej&eacute; de sentir afecto por los libros como objeto. Una vez usados los prestaba a algï¿½n amigo y los olvidaba, o los devolvía a su lugar de origen sin notas ni señales de su paso por mis manos. Aprendí a vivir sin libros, sin papel. Perdí el olfato.<br /><br />

De los libros que he vivido, que nunca serán demasiados, sólo conservo aqu&eacute;llos que sus autores me dedicaron.<br /><br />

Con los ojos vendados no sabría distinguir, lo confieso, una primera edición de <i>Madame Bovary</i> de un reciente Premio Planeta. Desconozco ese universo de olores y texturas del que muchos se presumen, seguramente con razón, grandes gourmets. No s&eacute; a qu&eacute; huele el papel tras cinco siglos y no he probado la celulosa. Las librerías de viejo me producen el mismo rechazo que las tiendas de animales, esos orfanatos impregnados de olor a miedo, pienso y excrementos. Sigo creyendo que la meca de cualquier libro es la memoria del lector, el lugar sacrosanto en el que los olores de Proust, los sabores de Hesse o las inquietudes de Thomas Mann germinan y conocen nuevas densidades con el paso de los años. El papel con que un día maniataron las ideas no me interesa, no es sino una suerte de mortaja tomada de prestado a una naturaleza exhausta por una industria que no narra la otra mitad, la mitad irredimible que levanta sus oficinas de cemento en el corazón de los bosques.<br /><br />

Por primera vez, tras la aparición de los copistas, el soporte no será un impedimento para llevar el conocimiento a todas las personas de una forma eficaz; el coste en t&eacute;rminos ecológicos será mínimo en comparación con los derivados del uso del papel. Por sí solo, &eacute;ste sería un argumento más que convincente para apostar por los nuevos formatos, como en el pasado el hombre apostara por la imprenta, pero los beneficios de su uso no terminan aquí. Podremos viajar en compañía de decenas de libros, mover bibliotecas enteras con un click, realizar complejas consultas en cuestión de segundos, documentarnos sobre los temas más singulares en cualquier momento y lugar -posibilidad que ya nos brinda la red- y, con la llegada de los lectores con energía solar, llevar con nosotros a una isla desierta nuestras obras favoritas, si aún quedan islas desiertas.<br /><br />

Esta revolución imparable sólo está encontrando el rechazo de algunos autoproclamados defensores de la ley y el orden cultural; una ley y un orden hechos a la medida de modelos anacrónicos de vida y negocio, con el amor a la celulosa como excusa y el conservadurismo de una industria caduca como cómplice necesario. Como si Lorca o Shakespeare no hubiesen hecho en vida otra cosa que decorar papeles con los que tender muros que los separasen de los lectores.<br /><br />

Yo no s&eacute; a qu&eacute; huele el papel. No soy perito en talas ni s&eacute; de las bondades cognitivas del pino. Asumo la beatificación de la fibra como la defensa del último bastión de un negocio cultural que permite convertir en panes las r&eacute;plicas de un contenido mediante su venta en soporte vegetal. No s&eacute; a qu&eacute; huele el papel, desconozco su aroma y me temo que ya nunca lo descubrir&eacute;. Tendr&eacute; que conformarme, qu&eacute; remedio, con saber a qu&eacute; huele Virginia Woolf una mañana de otoño sobre un lecho de f&eacute;rtil hojarasca.]]></description>
	<link><![CDATA[http://www.abc.es/blogs/perdomo/public/post/a-que-huele-virginia-woolf-2263.asp]]></link>
	<guid isPermaLink="true">http://www.abc.es/blogs/perdomo/articolo.asp?articolo=2263</guid>
	<dc:date>2009-11-10T17:12:24+01:00</dc:date>
	<dc:creator>José Luis Perdomo</dc:creator>
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