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De José Luis Perdomo (el 18/03/2010 a las 12:58:46, en Vida digital)
Troll Los expertos en analítica web, que son como forenses digitales, llevan años preguntándose en congresos y asambleas cuáles son los parámetros que determinan la salud de un sitio en Internet. Así, unos hablan de páginas vistas -la cantidad de veces que una página es consultada-, otros se fijan en el tiempo de permanencia -cuántos minutos invertimos en el sitio-, hay quien cree que la clave está en el porcentaje de rebote -el número de usuarios que nos abandonan a las primeras de cambio- y los que defienden que la llave la tienen los usuarios únicos -la cantidad de personas que nos visita-.

En la red, a diferencia de otros medios como la TV o la radio, se puede escrutar casi todo. Cuando visitamos una página, los forenses pueden saber la hora de entrada y salida, el navegador que usamos, el tamaño de nuestro monitor, el lugar de procedencia, en qué vínculos hicimos click, cuántas veces hemos accedido en el último mes o si remamos en horas de trabajo o padecemos insomnio. Medir la calidad ya es otra cosa; los parámetros mencionados anteriormente nos dan una idea del éxito de audiencia del producto, pero nadie habla de la relevancia de los contenidos. Harina de otro costal.

Google, nuestro oráculo miope, tiene su propia fórmula mágica, el PageRank; tras examinar la cantidad de enlaces que recibe nuestra página desde otras páginas y, en función de la cantidad de enlaces que a su vez reciben los que nos enlazaron, nos asigna un numerito de 1 a 10. Cuanto más cerca de 10 estamos, más importantes somos para Google y más posibilidades tenemos de aparecer en las primeras posiciones de los resultados de búsqueda. Wikipedia, por ejemplo, es una web que recibe millones de enlaces, por lo que casi siempre que buscamos información en Google aparece en las primeras posiciones. ...

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De José Luis Perdomo (el 17/03/2010 a las 10:44:40, en Vida digital)
El sobre blanco Hace quince años se presentó en casa mi amigo Lolo Tenorio con un gran sobre marrón bajo el brazo. “¿Has leído en el periódico la noticia sobre el pirómano que anda suelto? -me preguntó-”. Silencio. “Pues soy yo”. En ese momento, supongo, dejé lo que estaba haciendo y le presté atención -no se obtienen confesiones así a menudo si no has sido antes seminarista-. “Todos los lunes desde hace un mes me levanto temprano, busco un buzón y meto dentro un sobre marrón como éste. Luego me marcho y ahí comienza el suplicio. Sobre las siete de la tarde, cuando anochece y no hay testigos, regreso al buzón con una lata de gasolina y le prendo fuego antes de que pasen a recoger las cartas. Ya son cuatro los que he quemado con el de hace un rato...”

Fui hasta la ventana y descorrí la cortina esperando encontrar media docena de coches de policía en la calle. “¿Qué has hecho, insensato?, ¿qué hay en ese sobre?, ¿por qué no lo quemas antes de echarlo al buzón y nos ahorramos el numerito de los geos?”. Dentro del sobre marrón -me contó solemne- estaba el relato que ganaría el Zalamea, un certamen anual de narrativa del que me había hablado meses atrás. “Verás -me explicó-, no soporto la idea de ganar. Me aterra tener que subir al estrado a recoger el premio y pronunciar un discurso ridículo ante desconocidos. Por eso necesito que seas tú el que escoja un buzón al azar y meta dentro el sobre. Yo no seré capaz y en dos días vence el plazo para el envío.”

Nos quedamos un rato largo en silencio y entonces le propuse un trato: Yo me encargaría del sobre si íbamos juntos al día siguiente a Zalamea de la Serena a inspeccionar el auditorio en el que tendría que pronunciar su discurso. Él podría, cumplido aquel trámite, aliviar sus miedos; yo me libraría de ser su gregario los siguientes treinta años. Perder no era una posibilidad. Él aceptó. A la mañana siguiente ya estábamos en aquel pueblo extremeño convenciendo a un funcionario del ayuntamiento para que nos dejase analizar el estado de la madera en el auditorio, pues aquello formaba parte de nuestra tesina sobre la carcoma mutante. ...

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De José Luis Perdomo (el 09/03/2010 a las 09:05:00, en Vida digital)
El apagón digital Los que llevamos años gastando muchas horas del día conectados a la red y recibiendo estímulos constantes, correos electrónicos, mensajes en Twitter o Facebook, el descubrimiento de un post en un blog, una noticia en un medio o un nuevo servicio que probar, empezamos a notar cómo la rutina analógica, en ocasiones, no logra captar toda nuestra atención. A veces nos resulta difícil concentrarnos en la lectura de un libro o disfrutar de una película en la que no suceden cosas a cada momento.

La llegada de la Internet móvil, lejos de permitirnos trabajar con mayor comodidad -tumbados en una hamaca como soñábamos-, agravó nuestra esclavitud. A buen seguro ya hay un grupo de investigadores en alguna remota universidad norteamericana que bautizó esta dependencia y encontró la relación existente entre la loca secreción de sustancias químicas que se produce cuando pulsamos “Compartir” y las series de TV como “Lost”, con tramas minadas de sorpresas. Puede que incluso ya se esté estudiando el modo en que nuestros hábitos digitales acabarán en el futuro con las novelas de seiscientas páginas.

Además de adictos somos cobayas; los primeros en la cola de un futuro que se presenta lleno de incógnitas que hasta hace poco me parecían maravillosas. Con nosotros se descubrirá si tener más de mil amigos virtuales es síntoma de liderazgo o prueba de que nadie nos invita a una caña en la tasca del barrio; o si la ingesta prolongada de galletas de la suerte aumenta los niveles de colesterol en sangre. Hay quien se frota las manos pensando que los inviernos serán cada vez más largos y así gastaremos más horas navegando... Pero nosotros, marineros en tierra, nunca sabremos la diferencia entre una lazada de pescador y un as de guía. ...

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De José Luis Perdomo (el 03/03/2010 a las 09:22:00, en Vida digital)
El efecto Streisand Quisieron las musas de la polisemia que hubiera payasos sin gracia y cuentistas sin obra. El hombre, que ya era un lobo para los suyos en aquel entonces, se encargó de que también campasen a sus anchas, en el jardín de las presunciones, falsos neurólogos sin título como José Manuel López Pérez, ”Coté” para los muertos. Las autoridades estaban muy ocupadas, cuentan, persiguiendo piratas sin sable.

En este loco mundo de los payasos sin gracia que entre todos hemos inventado, los delitos contra la ficción se resuelven en cuatro días; los delitos contra la realidad, con víctimas de carne y hueso, difuntos en el tanatorio, viudos, huérfanos y futuros truncados, tardan años. Y un falso médico como Coté puede quedar en libertad una y otra vez e incluso convocar ruedas de prensa mientras los muertos siguen cayendo del lado de los sin voz.

José Manuel López Pérez, ”Coté” para los muertos, es el doctor de ficción que nos ocupa; no es más médico que George Clooney en la serie Urgencias y está imputado por delitos contra la salud pública, blanqueo de capital, estafa, falsedad documental e intrusismo. Se encuentra en libertad condicional. Esther Fontán es la presidenta de la Asociación de Víctimas de Coté y autora del blog Radiografía de una pesadilla. Una víctima real. ...

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De José Luis Perdomo (el 23/02/2010 a las 11:35:00, en Vida digital)
Punto y coma Internet ya tiene su primer gran damnificado, el punto y coma. Amortizado en un guiñapo sin gracia, mueca burlona o mohín ramplón que igual sirve para negar que afirmar, y en claro desuso, este signo milenario aguarda su hora en el corredor de la muerte -de riguroso naranja- y de momento sólo lo salva en los teclados su disfraz carnavalesco. Él, que siempre fue tan emoticonoclasta...

Hace quince años encendías la caja tonta y sabías que lo que se emitía, interesante o no, estaba contado de forma correcta; podías comprar un diario y de paso aprender ortografía, o escuchar la radio a cualquier hora y enriquecer tu léxico. Ahora una retransmisión deportiva es un costillar de faltas, un debate es un asedio al diccionario y el presentador de moda puede tener las mismas miserias gramaticales que el común de los espectadores. Raro es que un adjetivo no suplante a un pronombre en los subtítulos. ...

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De José Luis Perdomo (el 18/02/2010 a las 17:40:27, en Vida digital)
Copyright Imagina que eres un periodista que lleva años trabajando para una revista que acaba de desaparecer; como tienes un blog, decides publicar en él algunos de los artículos que firmaste para la revista, antes de que desaparezcan con ella. Los editores entonces amenazan con llevarte a los tribunales si utilizas esos textos; sí, los que tú escribiste para una publicación que ya no se vende. ¿Más detalles?

Ahora imagina que recibes una invitación para participar en un programa de TV, dando tu opinión sobre un tema determinado -el tema es lo de menos-. Como quieres compartir el fragmento correspondiente a tu intervención con las personas que no pudieron ver el programa en directo, cuelgas en YouTube esa pieza -apenas unos segundos-. Entonces recibes una notificación de YouTube indicando que el vídeo ha sido retirado debido a una reclamación de la cadena de TV. ¿Más detalles? ...

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De José Luis Perdomo (el 16/02/2010 a las 16:25:00, en Vida digital)
Fotógrafos aficionados Nunca antes la Fotografía había despertado tanto interés ni generado tal volumen de negocio como en la era digital. El abaratamiento de los costes de producción, el fácil acceso a herramientas profesionales de edición y la exposición pública de las obras, antes limitada a unos pocos elegidos, ha hecho emerger de la clandestinidad a miles de artistas y ha revolucionado un arte que el vídeo había condenado al ostracismo en los años ochenta. Esta compleja reconversión industrial, obrada en apenas diez años, no ha acabado con la figura del fotógrafo profesional ni ha puesto en la calle a miles de empleados de la Industria-como se vaticinaba-; al contrario, la ha resucitado y dotado de un nuevo sentido. Ahora la Fotografía es de todos.

La red es un caleidoscopio en el que se mezclan, con desigual fortuna -hay mucha paja-, el profesional y el aficionado. Crear un blog, publicar fotos o compartir con la comunidad un corto casero, por amor al arte, es posible gracias a servicios como Wordpress, Flickr o YouTube. Actualmente hay en Flickr más de cuatro mil millones de imágenes y, en el tiempo que tardarás en leer este texto, se habrán subido a YouTube más de cien horas de vídeo. Esta abundancia plantea nuevos retos; si vivimos en una «Economía de la atención» -expresión acuñada por Herbert Simon-, ¿qué es relevante y qué es mera intoxicación? El futuro de la red pasa por el orden en este caos aparente. ...

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De José Luis Perdomo (el 09/02/2010 a las 09:40:00, en Vida digital)
Llamando a Gúguel Sobre las recientes declaraciones de César Alierta, presidente de Telefónica.

Ring, ring...

— Hola, señorita. ¿Es ahí la fiesta?
— ...
— ¿Cómo que no hay fiesta? Si tienen el yutub ése a toda pastilla...
— ...
— Verá, yo quería hablar con el señor Gúguel, ¿está por ahí? Dígale que se ponga, que quiere hablar con él Alierta, el de los teléfonos de España. ¡Se va a enterar éste! (mirando al público)
— ...
— ¿Cómo que no está?, ¿que no le han encontrado?, ¿y qué clase de buscador es ése que no encuentra al jefe? (guiñando un ojo)
— ...
— Ah, que no se llama Gúguel, pues da igual, póngame con el mandamás. Dése prisa, que tengo ahora una reunión con unos de los esemeses (mirando el reloj) ...

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De José Luis Perdomo (el 02/02/2010 a las 11:45:41, en Vida digital)
Trilero Los derechos de autor son como esa bolita esquiva que se oculta bajo uno de los tres tapones que un señor maneja con destreza segundos antes de que el billete de veinte euros pase de nuestra mano a su cartera. Sin comas, claro está. El birlibirloque es posible porque mientras tratamos de adivinar adonde fue la bolita, el trilero no para de farfullar, no hace pausas, y el discurso es tan estresante como el trajín de sus manos.

Uno pasea por Gran Vía, entra en la Casa del Libro y adquiere un ejemplar de «Historia del periodismo gaditano 1800-1850» por 28 euros. Mientras desanda la Gran Vía va pensando que una parte de ese importe costea el alquiler del local y otra sufraga los gastos del personal que le atendió; que parte del dinero se destina a pagar a la empresa que llevó el ejemplar del almacén a la librería y a la que lo trasladó de la imprenta al almacén; que también hay que descontar la tarea de los impresores, la de los que proporcionaron a aquéllos la materia prima -papel y tinta- y, por supuesto, la del editor que arriesgó su dinero para que el libro viese la luz y el autor que concibió la obra, que se embolsa aproximadamente un euro y medio. ...

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De José Luis Perdomo (el 26/01/2010 a las 16:55:00, en Vida digital)
1984 Para qué vamos a negarlo, para qué andarnos con zarandajas, pamplinas y excusas paganas cuando la verdad es que la noche bailaba sola hasta que el reloj señaló la taza del desayuno y aquel Gin Tonic enrielado que no dejaba de bufar porque el limón se hundía como el Titanic junto a un hielo a la deriva dijo «Vámonos ya, que seguro hay cola en la ventanilla y va siendo la hora de despachar».

A la estación de Metro llegó, como cada mañana, a contar ovejas cruzando un torno y a vender abonos mensuales, simples y combinados. Y una oveja por aquí y otra oveja por allá, se fue reclinando en aquella silla que ya le aguantaba por treinta años -cinco más que su mujer-, y dormido y durmiendo se fue soñando que un muchacho que pasaba le retrataba con su móvil y subía al instante la foto a Twitpic, donde más de cuarenta mil personas la veían; y que su jefa le llamaba envilecida porque su jeta abigotada aparecía en portada del periódico local, el famoso Toronto Star. ...

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De José Luis Perdomo (el 22/01/2010 a las 14:07:00, en Vida digital)
Google News Los editores han encontrado en Google News un nuevo chivo expiatorio, una excusa recurrente para camuflar temporalmente su inadaptación al medio y la asfixiante sequía de resultados. Si Google News no existiese, estarían reclamando al gigante de las búsquedas su creación; pero existe, así que hay que eliminarlo para recuperar una falsa sensación de control que se añora sobre un medio digital tan salvaje y rebelde como desconocido.

Hubo una vez un tirano que sometía a sus esclavos con especial virulencia al castigo del látigo; y así los esclavos, que jamás habían llegado a conocer al hombre que les golpeaba por la espalda, obedecían sin discusión cualquier orden recibida ante el temor de verse fustigados nuevamente. Un día, uno de los esclavos se giró y arrebató el látigo al tirano, pero lejos de emplearlo contra aquél o hacerlo trizas, comenzó a azotarse a sí mismo con fuerza para asombro de los presentes. El esclavo había llegado a la convicción de que el látigo representaba el poder y se castigaba a sí mismo con fuerza para tener la falsa sensación de ser el dueño de sus acciones y su destino. ...

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De José Luis Perdomo (el 19/01/2010 a las 17:45:00, en Vida digital)
Lo que el viento devolvió Cuando Rhett Butler presta su pañuelo a Scarlett O'Hara y se dirige a la puerta, y ésta le preguntá qué será ahora de su vida y él responde con la célebre «Frankly my dear, I don't give a damn», antes de perderse en un jardín brumoso al tiempo que se cala el sombrero, una banda de dudas forajidas nos asalta: ¿Qué será de la ambiciosa Scarlett?, ¿regresará a Tara?, ¿logrará reconquistar a Rhett? Esas preguntas, setenta años después, continúan sin respuesta. La película tiene múltiples finales que son el principio de otras tantas historias que nunca se rodaron. La magia perdura porque la tentación de un nuevo taquillazo no se impuso al fin puramente artístico.

Veintiocho de las treinta películas más taquilleras de los últimos diez años pertenecen a sagas -El Señor de los anillos, Batman, Piratas del Caribe...-. El niño mago continúa volando en su escoba hasta la adolescencia y más allá, hasta que la escoba se vuelve un día y le espeta «Harry, bájate ya, que pesas un quintal, ¿por qué no vas a besar a las chicas?». En la era de la secuelitis replicante, ni la televisión se libra de sus perversiones. Los Alcántara encenderán un día el aparato y verán cómo Imanol Arias se besa con Ana Diosdado en «Anillos de oro». Los productores de «Lost» sucumbirán a la tentación de la precuela facilona, «Los 101 dhármatas»; y así, dólar a dólar, se nos irán negando las historias verdaderas y seguiremos yendo al cine con la sensación de que tarde o temprano, si la peli nos gusta, alguien querrá ordeñarnos. Por un puñado de dólares, el escritor y el guionista venden a sus personajes. Más madera para la locomotora del celuloide, que aplaude en Wall Street las réplicas del seísmo en taquilla. ...

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De José Luis Perdomo (el 15/01/2010 a las 12:49:38, en Vida digital)
Soledad Cuenta Yoani Sánchez, una disidente cubana con un blog muy popular, que una de las características de los jóvenes de su generación -nacidos en los años 70 y 80- es que muchos gastan nombres que comienzan por «Y» como Yoandri, Yusimí, Yuniesky o Yanisleidi. En España, donde proliferaron en su día los roberto-carlos, las karinas o recientemente las leticias, no podíamos ser menos y también tenemos nuestra propia generación Y, la de Jennifer, Jonathan, Johan o Judith. Son jóvenes nacidos en los 90 que, a causa de la incapacidad de nuestros gobernantes para ponerse de acuerdo en materia educativa, fueron condenados a la desnutrición intelectual y hoy posan enjutos frente al ordenador. Una lástima que la «hortografia» y la «gramatika» hayan servido para tender varios campos de fútbol más entre su «jenerasion» y la nuestra.

Perdón por generalizar y gracias de antebrazo.
 
De José Luis Perdomo (el 12/01/2010 a las 17:11:47, en Vida digital)
Olivetti Pepe Cervera y José María Álvarez Monzonillo son tocayos y profesores en la Universidad Rey Juan Carlos. El primero es un amante de la red y firme defensor de los blogs, un proselitista del byte; el segundo opina que los blogs son meros monólogos sin capacidad de influencia y que la red es un territorio plagado de incertidumbres en el que rara vez se hace caja. Ambos recorren los mismos pasillos a diario e instruyen al mismo alumnado, pero sus posturas respecto a la red están claramente enfrentadas. A Pepe, por estos lares digitales, se le conoce y se le tutea tiempo ha -gracias a sus blogs, Perogrullo y Retiario-; a Álvarez Monzonillo no podemos tutearlo, ni se le conoce ni se le esperaba -quizá porque no tiene blog-, aunque seguro es muy influyente en el seno de la URJC, intramuros. Pepe y José María representan a la perfección la comedia berlanguiana en que se ha convertido el desplazamiento de lo analógico por lo digital en nuestro país, que nosotros escenificamos con una bipolaridad digna de estudio.

En el seno de las redacciones la cosa no es muy diferente. Un periodista colabora vía Google Wave en la redacción de un «Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet» y, sólo tres mesas más allá, otro prepara un editorial en apoyo a un Gobierno que amenaza con rescatar la Ley de Prensa de 1966 y que permite a una comisión ministerial el secuestro de publicaciones en la red, sólo para satisfacer la avidez desenfrenada de una Industria Cultural -percíbase el abismo inasible entre los términos “industria” y “cultura”- enrabietada por un pasado que agoniza. Cuando el lobby aprieta, dice el manual, se tira de Marx -Groucho, claro-: «Ésta es mi Justicia. Si no le gusta, tengo otra». Vamos, que con la nueva ley en la mano, grabada sobre las tablas del Prestige -es lo que tienen las leyes monocasco-, si en este artículo de ABC.es introduzco un enlace a un vídeo en YouTube cuyos derechos pertenecen a RTVE, una comisión ministerial puede apercibir a los responsables de ABC.es e incluso ordenar su cierre cautelar. El funcionario hace de juez y el juez de notario, sólo firma. ...

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De José Luis Perdomo (el 07/01/2010 a las 20:45:00, en Vida digital)
Propiedad intelectual Las descargas no reguladas son un problema para la industria -de la música, el cine o editorial-, no porque se nos quiera proporcionar un sistema legal de descargas con un precio ajustado a la nueva realidad de Internet, sino porque frenan la venta de algo que cada día menos usuarios quieren adquirir: plástico, metal y papel. Si no se detiene la sangría en la red, no se podrá continuar dando salida a estos productos y alimentando la cadena de intermediarios que subsiste gracias a ellos. El problema no es la ausencia de sistemas alternativos a las descargas -ahí están iTunes o Spotify, legales- sino que los márgenes de beneficios en la era digital dejan poco o nulo espacio para intermediarios y claro, al final del cuento de los nuevos formatos, las cuentas nunca salen y los malos -los consumidores- siempre ganan.

No tengo ninguna duda de que si la Industria Musical hubiese tenido ocasión de patentar el MP3 hace diez años, no habríamos conocido este formato hasta 2030. A ninguna industria, por definición, puede interesarle un avance tecnológico que de la noche a la mañana convierte en obsoleto su producto; es tan de cajón, que todas las patentes para la elaboración de biocarburantes durmieron en el cajón de las petroleras durante décadas. Cuando compramos un CD, un DVD o un libro en una tienda, la cadena de intermediarios que lo hace posible es infinitamente mayor a la que interviene cuando realizamos una descarga en la red, donde desaparecen casi todos estos actores. Si como empresario no estás dispuesto a aceptar el nuevo entorno y a cobrar veinte céntimos de euro por la misma obra por la que antes reclamabas veinte euros, probablemente reunirás a todos los integrantes de la cadena para exigir a los dirigentes que te defiendan de los malvados compradores, que se niegan a continuar pagando veinte euros por servicios indirectos que ya no necesitan. ...

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