
Si
Álvaro de Laiglesia y
Enrique Jardiel Poncela se hubiesen reunido una tarde de 1945 en el Café Gijón y entre chascarrillos y humo de tabaco de liar hubiesen urdido una novela, ésta habría sido una tragicomedia épica. Habrían discutido el soporte a utilizar, servilletas o papel de estraza, habrían pleiteado por el número de páginas, ciento ochenta y dos o ciento ochenta y tres, habrían acordado cuál de los dos pondría la pluma los jueves... y así habrían estado dos años, discutiendo detalles al tiempo que daban buena cuenta de dos barricas de aguardiente de Cazalla. No habrían tenido ninguna duda, en cambio, en la fisionomía y el nombre del protagonista, que sería flacucho, espigado, con desgarbo elegante de posguerra y habría de llamarse, por mandato humano y divino, Gumersindo Lafuente.
Laiglesia y Poncela habrían conducido a Gumersindo por funestos callejones, le habrían sometido a los más duros embates, le habrían colmado de bienes terrenales para después arrebatárselos sin pudor y obligarlo así a levantarse una y otra vez para regocijo del lector que, en la cama, cerraría los ojos esbozando una sonrisa y barruntando una esperanza. Gumersindo Lafuente, periodista, soportaría los devenires de su sino sin mover una ceja o destorcer su media sonrisa, asumiría su papel sin un ápice de victimismo y sortearía la adversidad una vez y otra, con el aplomo del que se sabe en posición ventajosa, la que sólo da la certeza de estar siendo honesto con uno mismo, fiel al guión como los relojes suizos ensamblados en China. ...
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Era un adolescente cuando aquel profesor de matemáticas al que apodábamos "el Boda" me despojó del segundo volumen de las obras completas de Edgar Allan Poe. Tendría yo unos quince años y un profesor que decía "boda la pizada" en lugar de "borra la pizarra" me cazó, en plena apoteosis neperiana, atrincherado al fondo de la clase leyendo
El gato negro, un relato firmado por uno de los primeros escritores profesionales norteamericanos, huérfano, desheredado, pobre, viudo, alcohólico y supersticioso. En un colegio católico, esto suponía la inmediata expulsión de clase y, aún peor, el requisamiento del tomo, que quedaría custodiado por el jefe de estudios en su despacho hasta que mis padres fuesen a hablar con él.
Tras varios días de exhaustivas inspecciones en los que comprobé que el despacho, con su puerta y sus ventanas enrejadas, era inexpugnable, y varias largas noches observando el vacío que aquel gran volumen había dejado en la biblioteca familiar, decidí reemplazar el ejemplar con dos obras de Baudelaire y Lovecraft -lo más parecido que encontré, inocente, creyendo que la similitud de los autores contribuiría al engaño- y aguardar a que escampase. Para el Boda yo había pasado de ser héroe a villano; de ser el llamado a la palestra cuando el resto de alumnos no lograba resolver una ecuación a ser un olvidado casi buñueliano, la verg�enza de una estirpe de empresarios, gente de bien, el ejemplo vivo de la displicencia. Su ego nunca superó mi afrenta; mis calificaciones tampoco. ...
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