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Las Finales empezarán el 4 de Junio con un invitado sorpresa: Orlando Magic. Todos los analistas, los fans, este bloguero e incluso los publicistas de la NBA (qué pena que
estos anuncios con las marionetas de Kobe y LeBron hayan quedado obsoletos) daban por sentada una final entre Cleveland Cavaliers y L.A Lakers. No sólo era la opción más lógica y atractiva deportivamente hablando, también lo era a efectos económicos. La NBA necesita un chorro de dinero (empieza a comentarse un cierre temporal dentro de dos o tres temporadas si la situación empeora aún más) y esa Final habría supuesto un desahogo importante.
Dejemos por el momento el vil metal y centrémos en el baloncesto. A estas alturas de la post-temporada, si Cleveland se hubiese impuesto a Orlando, medio título era suyo. Contaban con ventaja de campo y una fórmula ganadora. Lebron James, la megaestrella más dominante de los últimos años (y lo que nos rondará) rodeado de jugadores de equipo y muchísimo tonelaje bajo tableros. Pocos equipos pueden presumir de una rotación de pívots tan grande y con tanta experiencia como los de Mike Brown. Cleveland no se complicaba la vida en ataque y defendían como perros. No eran brillantes, pero eran regulares y constantes. Un emparejamiento con los Lakers podría haber acabado en una carnicería de cinco o seis partidos.
En cambio, un equipo atípico en lo que se estila en la élite (jugando habitualmente sin base, sin un ala-pívot legítimo y corto de banquillo) ha aguado el sueño a los aficionados de Ohio. Dos
swingmen (Hedo Turkoglu y Mickael Pietrus) un falso cuatro con tiro asesino (Rashard Lewis) un cinco tan enorme como Dwight Howard único dueño de la pintura y una miríada de gregarios en el perímetro no parecen la receta más apropiada para llevar a un equipo a las Finales. Sí para conseguir «el aplauso de la crítica», no competir por el título. Y también, un equipo que parece diseñado para rejuvenecer las opciones de los Lakers.

Los de púrpura y oro cuentan con ventaja de campo, una extensa rotación de pívots para hacer personales a Dwight Howard y al perro de presa Ariza, que se las iba a ver bastante difíciles para frenar a LeBron y ahora lo tendrá bastante más fácil con Turkoglu. Lo mismo Lamar Odom, que por sus cualidades es el revulsivo perfecto contra Rashard Lewis.
Dejando aparte a Bryant, que anotará defienda quién le defienda, Orlando no tiene a quien emparejar con Gasol (o demasiado lentos o demasiado frágiles) ni algún especialista defensivo en su
frontcourt que controle a Vujacic y/o Walton cuando entren en racha. Por supuesto, los que están y se les espera pero no suelen aparecer como Bynum o Farmar, también podrán ayudar.
El 0-2 a favor de Orlando en la temporada regular es sumamente engañoso. En ambos partidos el máximo anotador de los de Florida fue Jameer Nelson (ahora lesionado). En las 11 ocasiones en las que un recién llegado se ha enfrentado a un equipo que peleó por el título en la temporada anterior, sólo se ha impuesto en 2. Y ya conocemos el 43-0 de Phil Jackson cuando gana el primer partido. Los Lakers tienen una oportunidad de oro para hacerse con el anillo. El cruce les beneficia enormemente y a poco que controlen sus idas y venidas y se pongan las pilas en defensa, las Finales serán suyas.