A lo largo historia del cine son pocos los temas que han podido dar más juego a los guionistas que los robos. Asaltos a bancos, casinos, joyerías y reservas federales. De Stanley Kubrick a Sam Peckinpah, pasando por un amante del baloncesto como Spike Lee o por ‘nuestro’ José María Forqué. Muchos han sido los maestros del celuloide que han caído en la tentación de filmar cómo sus protagonistas desvalijan cajas, cavan túneles, amordazan agentes de seguridad… Pues bien, como si de Hollywood se tratase, la NBA también se está especializando en los últimos años en ser el escenario de atracos de todo tipo. Pero no en la concepción que tenemos a este lado del Atlántico de un atraco en un terreno de juego.
Allí en América se respeta la labor de los árbitros, aunque se encaren a los jugadores, realicen apuestas deportivas o tengan línea directa con la mafia. Allí, los robos –que al igual que aquí también dan muchísimo de qué hablar- se producen en los despachos, dónde los mánagers pueden dar un vuelco a la liga con una operación casi a coste cero.
Ya sea con elecciones escandalosamente rentables en segunda ronda del draft como Gilbert Arenas, Manu Ginobili, Carlos Boozer o Rashard Lewis. O, sin ir más lejos, con certeras decisiones lejos del codiciado ‘top five’ como Darren Collison (elegido en el puesto 21º por New Orleans) o DeJuan Blair (San Antonio, 37º). Jugadores que, con sus prestaciones, acaban convirtiendo una decisión de la que no se espera mucho en un pelotazo con todas las de la ley.
Aunque, sin lugar a dudas, los robos que más ríos de tinta están haciendo correr en los últimos años son los que tienen o han tenido lugar una vez iniciada la competición. Cuando ya superada la frontera imaginaria del All Star, los equipos sin opciones de playoff tiran la temporada y se desprenden de sus principales activos, pensando en un futuro cercano, en una elección alta en el próximo draft, en vaciar su masa salarial para hacerse con alguna de las frutas más apetecibles en el mercado de los agentes libres.
Son los casos de adquisiciones como las de Pau Gasol (Lakers en 2008) o Antawn Jamison (Cleveland), hace apenas unos días. Auténticos All Stars al 99% de descuento. ¡Que me los quitan de las manos, oiga!
A pesar del 0/12 de su debut, la llegada de Jamison a cambio de un Zydrunas Ilgauskas –que podría ser despedido en los próximos días y regresar de rositas dentro de un mes al Quicken Loans Arena- y de los derechos sobre el escolta esloveno del Fenerbahçe Emir Preldzic, no sólo convierte a la franquicia de Ohio en el gran ‘coco’ del Este y seria candidata al anillo, sino que puede condicionar y mucho el mercadeo en el que amenaza en convertirse la liga este próximo verano.
El fichaje del ex ala pívot de Wizards, Mavericks y Warriors supone un órdago en toda regla por parte de los propietarios de los Cavs (entre los que se encuentra la estrella del R’n’B, Usher) para que LeBron se quede en casa. A pocas millas de su Akron natal, de su familia, y con un equipo de garantías –desde ya mismo- como para iniciar una larga saga de triunfos.
De esta forma, Cleveland se ha anticipado a aquellas franquicias que llevan un par de temporadas hipotecando su presente para hacerse con los servicios de The Chosen One. Es el caso de unos Knicks que, con las incorporaciones de Tracy McGrady, Eddie House y Sergio Rodríguez, se han vuelto a quedar a medias. Ni garantías de presente, ni futuro (a pesar del hueco salarial con el que contarán en el mes de junio). O de los Nets de su amigo Jay-Z, en eterna reconstrucción a la espera del ansiado traslado a Brooklyn y de un posible favor personal de James a su propietario.
A día de hoy, ninguno de ellos parece ser la primera opción de un LeBron que, con estos mimbres, ya puede pensar únicamente en su anillo. En sus Cavs. Por tanto, más allá de las consecuencias deportivas a corto plazo, la adquisición de Jamison puede convertirse en el ‘atraco del siglo’, que logre que uno de los diamantes en bruto de la liga viva su retiro dorado lejos de las luces de Broadway y también de la frontera mexicana.
En la Gran Manzana ya pueden ir despidiéndose del sueño. Aunque, a buen seguro, sus dirigentes ya lo habrán hecho. Y ahora estén apuntando ya a otros objetivos como Joe Johnson (ex pupilo de D’Antoni en Phoenix), Dwyane Wade o Chris Bosh. Preciados botines, sin duda, pero atracos de menor escala al cometido por Cleveland Cavaliers.
Se puede dar por bueno que David West repitiese en un All Star Game más allá del celebrado en ‘su’ Nueva Orleáns en 2008. O pasar por alto las presencias de Caron Butler -¿cuál habría sido su rol en los Lakers de haberse quedado?- y hasta Shawn Marion (a pesar lo antiestético de su mecánica de tiro) en Las Vegas 2007.
Incluso hasta alegrarse de que Mookie Blaylock, el ídolo reconocido de una banda como Pearl Jam, gozase de tal reconocimiento en la edición que visitó Minneapolis en 1994. De que un ‘madrileño’ como Wally Szczerbiak fuese el primer español de nacimiento en pisar el parqué en un Partido de las Estrellas (Philadelphia 2002). O de recordar con cariño cómo James Donaldson -aquel pívot con pasaporte británico, que llegó a aspirar a la alcaldía de Seattle, y dio los últimos coletazos de su carrera rondando ya los cuarenta en Caja San Fernando y Breogán- no desentonaba en el indolvidable All Star Weekend de Chicago 1988, gracias al buen hacer de aquellos Mavericks de Mark Aguirre, Rolando Blackman (que no Renaldo Balkman) y cía.
También es de ley que las virtudes de Ben Wallace tuviesen su reconocimiento hasta en cuatro ocasiones (las mismas en que fue escogido como Mejor Defensor de la Liga). Más discutibles, sin embargo, pueden ser los méritos de Antonio o Dale Davis Oakland 2000 y Washington 2001, respectivamente), del malogrado Kevin Duckworth (Houston 1989 y Charlotte 1991). Hasta morderse uno la lengua porque el mejor Brad Miller de los Kings privase de tal privilegio a un Pau Gasol demasiado solo en Memphis.
Cierto es que este hecho, unido a las ‘precauciones’ para no exceder un cupo ‘equis’ de foráneos en el All Star, hayan podido perjudicar en su momento al de Sant Boi, teniendo en cuenta que jugadores como Nowitzki, Yao, Parker, Stojakovic o Ilgauskas eran fijos en las convocatorias, y que además andaban rondando por ahí ‘súperclases’ como Kirilenko y Ginobili (Los Ángeles 2004), Okur (Las Vegas 2007).
Pero sinceramente, el hecho de que los técnicos de la NBA se hayan decantado por Al Horford como ‘center’ suplente en la Conferencia Este sigue sin entrarme en la cabeza. Una sensación sólo comparable a la que uno puede sentir al recordar a Jamaal Magloire (Los Ángeles 2004), Chris Gatling (Cleveland 1997) o BJ Armstrong (Minneapolis 1994) en un Partido de las Estrellas.
Sus números (13,4 puntos-9’8 rebotes-1,2 rebotes) son más que correctos, aunque pueden parecer del montón en una Conferencia Este en la que, cada vez más, abundan los hombres altos con clase. De esta forma, Antawn Jameson (20,6-8,9), David Lee (19,9-11,5), Brook López (19-9), Andrea Bargnani (17,7-6,2), Andrew Bogut (15,8-10,1) o hasta Joakim Noah (11,2-12) también podría haberse ‘colado’ en el banquillo de Stan Van Gundy.
Dicen las malas lenguas que el pasaporte dominicano de Horford también puede haber influido lo suyo. Que, según lo visto, el cupo de foráneos este año no alcanzaba los mínimos establecidos para que la expansión global de la Liga siguiese gozando de buena salud (aquella cifra con la que nos bombardean cada año de “broadcasted in ‘x’ countries, translated into ‘y’ languages” ). ¿Acaso no es la Australia de Bogut un mercado interesante para explotar, aprovechando la baja de Yao?
Pero no, parece ser que la elección del hijo de Tito Horford (otra saga más en la Liga) ha podido deberse básicamente al buen papel de Atlanta. Me alegro por los de Mike Woodson. Pero, ¿no habría sido más justo haber optado por compañeros de equipo como Josh Smith (15,1 puntos-8,5 rebotes, 3,9 asistencias-1,5 robos) o Jamal Crawford (17,6-2,4-2,9-0,8 saliendo desde el banquillo)? Aunque en este último caso, Derrick Rose habría salido perjudicado. Así que, mejor esperar a ver si todos los que parten como duda por problemas físicos o porque atraviesan problemas familiares (Iverson) llegan en perfectas condiciones a la fiesta del fin de semana.
Nos hemos acostumbrado a que los Memphis-Lakers de cada temporada resulten especiales. Desde las primeras visitas con los Grizzlies de un imberbe Pau Gasol al Staples, pasando por el reencuentro entre el hoy ‘16’ de los Lakers y un Juan Carlos Navarro que apretaba los dientes para superar el vacío dejado por su amigo en la franquicia de Tennessee, o el duelo fratricida entre dos hermanos, que durante algo más de dos horas aparcarán su parentesco tras el abrazo previo para retroceder en el tiempo y revivir sus primeros ‘uno contra uno’.
Será el primero de sus dos enfrentamientos en cuestión de un mes (el próximo 23-F, los Lakers volverán a pisar el FedEx Forum). Y Marc y Pau Gasol vuelven a verse las caras en un choque en el que no faltará de nada, puesto que sentimentalismos al margen, la espectacular trayectoria de los Grizzlies les puede llevar a reencontrarse en la primera ronda de los playoffs. Crucemos los dedos.
Pero volvamos al tema que nos incumbe: los lazos de sangre. La espectacular temporada de Marc en su segundo año en la mejor liga del mundo ha desempolvado una pregunta universal: ¿Realmente es hereditario el talento? Y más concretamente en este caso, ¿existe una relación directa entre genética y baloncesto?
A pesar de los muchos jugadores que no han podido seguir los pasos de su progenitor (Luke Walton o Pat Ewing Jr., por poner un par de ejemplos), o de casos a la inversa como el de Kobe Bryant (quien ha superado con creces el legado en la liga de su padre Joe), en las seis décadas de historia de la NBA han sido muchas las sagas con dos o más miembros de una familia en la liga.
De hecho, apellidos como Van Arsdale, Paxson o Barry (Rick y sus hijos Brent, Joe y Drew) ya son considerados como auténticas dinastías. Padres e hijos (y abuelos en algunos casos), sobrinos y tíos, hermanos, primos y hasta primos segundos... Como si de un torneo de aficionados se tratase, cualquier parentesco puede ser posible, dando pie muchas veces al más que discutible hábito de la comparación.
Sin ir más lejos, en las últimas décadas, jugadores como Gerald Wilkins (y su hijo Damián), Wesley Person, Brent Price, Harvey Grant, Shandon Anderson o Jim Paxson han intentado, con mayor o menor éxito, sobreponerse durante sus años en activo a la cruz de compartir linaje con primeros espadas de la talla de Dominique Wilkins, Chuck Person, Mark Price, Horace Grant, Willie Anderson o John Paxson, respectivamente.
Otros, como Sebastian Telfair, base de Los Ángeles Clippers y primo del ex jugador de Knicks y Celtics, Stephon Marbury, prefieren tomarse su parentesco como ejemplo y plus de motivación. “Stephon nos abrió los ojos en Coney Island. Y nos dijimos: podemos conseguirlo”, llegó a reconocer en una entrevista concedida al Boston Globe en 2006. Aún así, resulta difícil pensar que sólo con trabajo y motivación, Tracy McGrady haya podido seguir los pasos de su primo mayor Vince Carter, por muchos consejos que éste le diese en sus primeros años en los Raptors.
En casos así, como también puede ocurrir con los hermanos Gasol, queda claro que el baloncesto (y por extensión, cualquier actividad física que se precie) puede ser cuestión de genética. Ahora bien, las comparaciones entre ambos resultan más odiosas que nunca. Porque a pesar de que a primera vista puedan parecerse (especialmente para el público oriental, tal y como les ocurrió en Pekín durante los pasados Juegos Olímpicos), son totalmente diferentes. Y también, porque los dos son muy buenos.
Existe también el caso contrario, más habitual por norma general, en el que tampoco hay lugar para la discusión. Porque lo realmente inexplicable es justificar cómo franquicias como Phoenix Suns o Atlanta Hawks pueden seguir confiando y asegurando un salario a los gemelos Jarron y Jason Collins, después de siete años de discretas estadísticas.
Casualidades de la vida, el lugar de este último en el juego interior de New Jersey Nets lo ocupó el año pasado otro jugador, procedente de su misma universidad (Stanford), que también cuenta con un gemelo en la NBA, concretamente en Phoenix Suns. Se trata de los hermanos López, Brook y Robin, dos de los universitarios más cotizados en el draft de 2008, gracias a sus más de siete pies de altura, su aceptable juego de pies y su tremenda envergadura.
Precisamente, en Arizona, Robin López comparte vestuario con Taylor Griffin, el “hermano malo” del número uno del pasado draft, el de momento inédito Blake Griffin.
Otra de las carambolas familiares recientes en la NBA, fue la protagonizada un año antes por el escolta Brandon Rush. Elegido en el draft de 2008 en 13º lugar por Indiana Pacers -después de ocupar un papel relevante en la consecución del título de la NCAA por parte de la Universidad de Kansas-, Rush relevó en su puesto a su propio hermano mayor Kareem, quien desde entonces no ha terminado de encontrar un sitio en la liga, primero en Philadelphia y después en los Clippers, de donde fue ‘cortado’ recientemente sin poder emular sus años dorados en aquellos Lakers tricampeones de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal.
El ciclo de parentescos en el parqué se cierra con los hermanos Graham. Stephen, otro de los gemelos trotamundos de la liga, y su hermano Joey, escolta de Denver Nuggets, que tampoco ha cumplido las expectativas creadas a raíz de su notable papel en la Universidad de Oklahoma State en 2004.
El tiempo determinará si su caso puede llegar a compararse al de los hermanos O’Bannon (Ed y Charles), estrellas universitarias durante su periplo en UCLA y dos de los fracasos más sonados en la historia del draft. Mientras tanto, los Gasol seguirán dejando abierta la puerta a la posibilidad de que el baloncesto también puede ser cuestión de genética. Claro, como su padre era ATS y su madre médico…