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De Aitor Labrador (el 26/01/2010 a las 20:40:02, en All Stars)
Sus detractores dicen de él que es el símbolo del fin de este deporte. De todo en lo que no debe convertirse el baloncesto. Su físico superlativo representa la antítesis de la pizarra, anulando cualquier sistema y  relegando al técnico de turno al rol de figurante. Por no hablar de su poder mediático desde que era apenas un imberbe jugador de instituto y que le llevó a ser el primer negro y el primer deportista en ser portada de ‘Vogue’. O de sus campañas de publicidad y proyectos cinematográficos que incluso, hasta podrían impedirle disputar el próximo Mundobasket (lo dudo)... Pero sigue siendo el Rey.



LeBron James ha demostrado en apenas una semana que, a pesar de todos los argumentos que puedan enarbolar los románticos de este deporte, él sostiene el de mayor peso: su amor por el Juego, tal y como demostró con su sano pique (17-20) con Dwyane Wade en el segundo cuarto del Miami-Cleveland de este lunes. Sus guiños al rival, sus palmaditas y empujones... Son los mejores y, al margen de la presión de la competición, se lo pasan bien jugando a esto. Y LeBron, encima, es el que suele llevarse la victoria.

En apenas cinco días, la estrella de los Cavaliers se ha medido (y derrotado) a Los Ángeles Lakers, Oklahoma City Thunder y Miami Heat. Tres equipos que cuentan con  Kobe Bryant, Kevin Durant y Dwyane Wade, los únicos capaces de discutirle el trono en algún momento.

El primero, por todo lo que representa: sus cuatro anillos y su condición de único jugador que de momento puede presumir de que haberse acercado al legado del idolatrado Michael Jordan. Pues bien, en sus dos esperados enfrentamientos de esta temporada –que muchos vaticinan de finales anticipadas- no hubo color. Y si el día de Navidad, los Cavs asaltaron el Staples Center (87-102), con 26 puntos, 4 rebotes y 9 asistencias de Lebron que hicieron inútiles los 35 de un Kobe demasiado sólo, el pasado jueves, y ante unos Lakers más entonados, James se despachó con 37 puntos (13/25), 5 rebotes y 9 asistencias por los 31 de Bryant.

LeBron James vs Kobe Bryant (2-0)
1º partido (25/12/2009): LAL, 87 – CLE, 102
Kobe Bryant: 35 puntos (11/33 en tiros de campo), 10 rebotes, 8 asistencias.
LeBron James: 26 puntos (9/19), 4 rebotes, 9 asistencias.
2º partido (21/01/2010): CLE, 93 – LAL, 87
Kobe Bryant: 31 puntos (12/31 en tiros de campo), 2 rebotes, 4 asistencias.
LeBron James: 37 puntos (13/25), 5 rebotes, 9 asistencias.

El segundo, por todo lo bueno mostrado en dos temporadas y media en la liga ha confirmado los mejores presagios cuando fue elegido por el número dos por los Sonics.  Desde entonces, ha sobrevivido a un traslado a Oklahoma City y al resurgir de una franquicia que, hoy por hoy, es de las más agradecidas de ver por su juventud, desparpajo y calidad, con el ex de Texas A&M como máximo referente. En su debe, su  inmadurez en ciertas decisiones clave en los partidos ‘escaparate’, como el del pasado sábdo en Cleveland, donde un tapón de LeBron a un precipitado Durant acabó decantando la balanza a favor de los Cavs (100-99).


LeBron James vs Kevin Durant (2-0)
1º partido (13/12/2009): OKC, 89 – CLE, 102
Kevin Durant: 29 puntos (9/19 en tiros de campo), 5 rebotes, 2 asistencias, 4 robos.
LeBron James: 44 puntos (16/29), 7 rebotes, 6 asistencias, 4 robos.
2º partido (23/01/2010): CLE, 100 – OKC, 99
Kevin Durant: 34 puntos (10/25 en tiros de campo), 10 rebotes, 3 asistencias.
LeBron James: 37 puntos (9/19), 9 rebotes, 12 asistencias.

Y el tercero, porque a pesar de sus problemas de espalda, es el único de aquella inigualable promoción de 2003 (LeBron, Carmelo, Chris Bosh…) que ha sido capaz de enfundarse un anillo. Por eso, y por demostraciones como la de este lunes en las que a pesar de errores absurdos como el pase por la espalda que provoca el decisivo robo de balón de James (91-92) también es capaz de abanderar campañas nacionales de publicidad y de festejar un in your face a un rival cerrando el puño y mirándose el bíceps. Aún así, y a pesar de su calidad, este año, sus Heat tampoco han sido capaces de doblegar a los Cavs en sus dos choques disputados, en los que ambas estrellas se fueron más allá de la treintena.

LeBron James vs Dwyane Wade (2-0)
1º partido (12/11/2009): MIA, 104 – CLE, 111
Dwyane Wade: 36 puntos (9/21 en tiros de campo), 4 rebotes, 5 asistencias.
LeBron James: 34 puntos (8/20), 4 rebotes, 7 asistencias.
2º partido (25/01/2010): MIA, 91 – CLE, 92
Dwyane Wade: 32 puntos (10/21 en tiros de campo), 10 rebotes, 5 asistencias.
LeBron James: 32 puntos (9/23), 9 rebotes, 4 asistencias.

A la espera de lo que pueda acontecer en el duelo con su compañero de draft y amigo ‘Melo’ Anthony (ausente en la victoria de Denver sobre Cleveland del pasado 8 de enero) al ego de LeBron sólo le restan dos objetivos a nivel individual, o mejor dicho, dos rivales capaces de elevar su grado de motivación al máximo. En primer lugar, sacarse la espina ante los Celtics, que en el partido inaugural de la temporada pillaron en frío a los Cavs en su pista de The Q (89-95). De momento, les restan tres partidos de temporada regular por disputar antes de un hipotético reencuentro en playoffs. Y en segundo, por increíble que parezca, imponerse de una vez por todas a los Bobcats, el único equipo que ha sido capaz de derrotar en dos ocasiones a los de Ohio. Pero bueno, de Charlotte ya tocará hablar otro día. Prometido.

 


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De Aitor Labrador (el 19/01/2010 a las 06:18:22, en Old School)

 

Un año más, Estados Unidos ha recordado la figura del Doctor Martin Luther King. Una conmemoración que en los últimos tiempos ha alcanzado cotas de festividad nacional, a la altura del cinematográfico Día de Acción de Gracias. Y como no podía ser de otra forma, la NBA también se ha unido a la fiesta cuando se está a punto de cumplir el 60º aniversario de sus primeros casos de integración racial.

 

Fue en el draft de 1950, cuando en una liga exclusiva para blancos, Walter Brown, dueño de los Boston Celtics, anunció la elección en segunda ronda de Charles Chuck Cooper. “Walter, ¿acaso no sabes que se trata de un jugador de color?”, le preguntaron. “No me importa si es a rayas, a cuadros o a lunares”, contestó. Acto seguido, Washington Capitols y New York Knicks siguieron su ejemplo y ficharon a Earl Big Cat Lloyd y a Nat Sweetwater Clifton. Este último, en medio de la perplejidad general, fue recibido con los brazos abiertos en el Madison por el técnico Joe Lapchick y el presidente Ned Irish, quien previamente había llegado a amenazar con abandonar la NBA si los equipos no aprobaban la integración de otras razas en la Liga.

 

 

Ese mismo verano, Harold Hunter (que posteriormente se convirtió en el primer seleccionador estadounidense de raza negra) firmó, pero no pasó el corte del training camp de los Tri-Cities Blackhawks, equipo que meses más tarde se hizo con los servicios del ex jugador de los Globetrotters, Hank DeZonie, quien apenas pudo disputar cinco partidos, discriminado por su técnico.

 

En los albores de la década de los cincuenta, la NBA daba sus primeros pasos tras la ‘OPA hostil’ de la BAA (Basketball Association of America) sobre una NBL (National Basketball League), que año tras año vio cómo sus mejores franquicias (Minneapolis Lakers, Rochester Royals, Fort Wayne Zollner Pistons, Syracuse Nationals, Tri-Cities Blackhawks …) cambiaban de bando y pasaban a formar parte de un campeonato que ya contaba con equipos como Boston Celtics, New York Knicks, Philadelphia Warriors o Baltimore Bullets.

 

Eran tiempos difíciles para los afroamericanos, que ante la irrupción de pioneros como Joe Louis en el boxeo o de Jackie Robinson en el béisbol comenzaban a vislumbrar la posibilidad de la integración en las grandes ligas profesionales. De hecho, dos franquicias de la NBL (Toledo JimWhite Chevrolets y Chicago StudebakerFlyers) tuvieron que recurrir a jugadores de los Harlem Globetrotters para completar sus plantillas durante la II Guerra Mundial.

 

Hoy, sin embargo, en las 30 franquicias de la NBA apenas se llega al centenar de jugadores blancos (91 de 360), y la mayor parte de ellos proceden de Europa, Asia, Sudamérica u Oceanía. La supremacía de la raza negra en la mejor liga del mundo es indiscutible. Al menos en lo que a jugadores se refiere. Los banquillos y los despachos ya son harina de otro costal. Mientras que el multimillonario Robert Johnson (Bobcats) sigue como único propietario negro en la Liga, 23 de los 30 entrenadores jefe son blancos. ¿Estamos pues ante un caso de integración selectiva?

 


 

Los pioneros

Desde principios de siglo, el baloncesto se había convertido en una de las actividades deportivas predilectas de iglesias evangelistas y asociaciones culturales para afroamericanos.

 

Todo comenzó un 2 de noviembre de 1902, con la participación, casi por casualidad de Harry ‘Bucky’ Lew, un joven negro de familia acomodada, en un partido en Marlborough (Massachussets). A escasos kilómetros del centro donde diez años antes, el Doctor Naismith había ideado las reglas de un nuevo deporte llamado “balón cesto”, Bucky, que acompañaba de sus compañeros del Lowell High School tuvo que saltar a la pista ante la lesión de uno de los jugadores de su equipo.

 

“El entrenador estaba dispuesto a jugar cuatro contra cinco, pero los aficionados se volvieron locos, gritando que me dejasen jugar. Eso fue lo que lo hizo posible”, recordó más tarde. Aquel partido fue el detonante para que en las principales ciudades del país comenzasen a proliferar equipos integrados única y exclusivamente por jugadores negros. El arranque de la Black Fives Era.

 

En 1907, el New York Age –el diario nacional más popular entre la comunidad negra- creó el Colored Basketball World’s Championship (CBWC), un título honorífico que premiaba al mejor equipo de la temporada en función de sus resultados y del criterio de sus cronistas. Pero la pasión por el basket no se reducía tan sólo al área de la Gran Manzana.

 

Mientras en Nueva York, clubes como el Smart Set Athletic Club, el Alpha Physical Culture Club o el St. Christopher’s Club, fundaron la Olympian Athletic League (de 1907 a 1909), en Washington DC los chicos de la YMCA de la calle 12 (que más tarde pasaron a integrar el equipo de la Universidad de Howard) lograron acabar en 1910 con la hegemonía neoyorquina en el CBWC, tras imponerse en el Casino de Manhattan y ante 3.000 espectadores a los bicampeones del Smart Set. La rivalidad y la expectación eran máximas.

 

Un año después, la Monticello Athletic Association de Pittsburgh colocó la primera piedra de lo que a inicios de la década de los veinte se convirtió en la primera gran hegemonía del baloncesto afroamericano, ya bajo el nombre de Loendi Big Five, encadenando cuatro títulos de la CBWC. En aquel emblemático equipo sobresalía un base anotador llamado Cumberland Posey, quien incluso llegó a falsificar su identidad, haciéndose llamar Charles Cumbert, para poder jugar para la Universidad de Duquesne.

 

New York ‘Rens’ y su rivalidad con los Original Celtics

Heridos en su orgullo, los cuatro principales equipos del área metropolitana de Nueva York se reunieron en 1920 en torno a la Metropolitan Basketball Association, que un año después sufrió la expulsión de uno de sus integrantes, los Spartan Braves, debido a que dos de sus jugadores Frank Forbes y Leon Monde habían participado el verano anterior en una liga de béisbol.

 

Esta circunstancia obligó a su propietario, entrenador y jugador, Bob Douglas a buscar financiación para el equipo. Finalmente, el Casino Renaissence de Harlem accedió a acoger los partidos de los Braves, y Douglas, con la tinta del contrato aún fresca, se dedicó a  fichar a los mejores jugadores del momento (Charles Tarzan Cooper, Clarence Fats Jenkins, John Isaacs…) para su nueva formación, los New York Renaissence.

 

 

En cuestión de meses, los Rens se convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. En 1924 se apuntaron la victoria en los Colored Basketball World Championships.  Sus jugadores, que cobraban salarios entre los 800 y los 1.000 dólares mensuales, llegaban a jugar dos o tres partidos al día en interminables giras por todo el país, donde para su desgracia volvían a darse de bruces con una realidad que les obligaba a comer y dormir en el autobús. La América profunda seguía siendo racista con un equipo, que era capaz de convocar a 15.000 espectadores en sus partidos de exhibición.

 

Fue en estas giras donde se forjó su sana e histórica rivalidad con otro de los equipos más emblemáticos de la ciudad, The Original Celtics, nacidos una década antes en el seno de la comunidad irlandesa de Nueva York. El morbo de sus duelos representaba la lucha entre razas, en la que por norma general los Rens solían salir victoriosos.

 

Mientras tanto, el baloncesto de raza blanca comenzó a disfrutar en 1925 de su primera liga nacional, de la American Basketball League (ABL), que negó la participación de los Rens. Como muestra de solidaridad, los Celtics, liderados por un joven Joe Lapchick, declinaron inicialmente la invitación de la ABL y se dedicaron a hacer caja en sus giras con los Rens hasta su posterior entrada en la Liga en 1926.

 

En años posteriores, el equipo de Harlem continuó con sus giras triunfales, como la de 1933 en la que logró 86 victorias en 88 partidos, o la de 1939, en la que se proclamaron campeones de un oficioso World Professional Basketball Tournament. En este tiempo, los ‘Rens’ lograron derrotar a los campeones de la ABL como los propios Celtics, Philadelphia SPHARS o los Indianápolis Kautskys. Ése fue su mensaje de integración, de dignidad para una raza: "Debemos jugar en vuestra liga porque somos iguales (o mejores) que vosotros".-

 

La II Guerra Mundial les obligó a trasladarse momentáneamente a Washington DC, donde bajo la denominación de Washington Bears lograron un nuevo World Professional Basketball Tournament en 1943. Tres años después, con el nacimiento de la BAA, Joe Lapchick -ahora como técnico de los recién nacidos New York Knicks- lanzó un nuevo guiño a su antiguo y respetado rival negro, solicitando a la nueva liga la inclusión del equipo de Harlem. Tampoco pudo ser. Y los Rens tuvieron que conformarse con pasar en 1948 a la devaluada NBL, en la que apenas aguantaron un año antes de su desaparición. Entonces, sólo faltaban unos meses para aquel verano de 1950, en el que Lapchick finalmente se salió con la suya y dio el paso definitivo para la integración (selectiva o no) de la raza negra en la liga profesional de baloncesto.

 

 

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De Aitor Labrador (el 12/01/2010 a las 04:53:27, en Spanish fly)
No está siendo ésta la mejor de las temporadas para los cinco representantes españoles en la NBA. Marc Gasol se postula como la excepción que confirma la regla, mientras Sergio intenta desprenderse del sambenito de jugador de fondo de armario. Y a la espera de que Pau y Rudy vuelvan a vestirse de corto para empezar a disfrutar de una ‘regular season interruptus’ a causa de las lesiones, el regreso del mejor José Calderón debe convertirse en el punto de inflexión que revierta la dinámica negativa que azota a una temporada, cuanto menos discreta de puertas para adentro si se compara con arranques anteriores.
Calderón vuelve a sonreír con los Raptors
Y que no se me malinterprete. Nos hemos acostumbrado al caviar. A enfundarnos el anillo. A participar en All Stars, concursos de mates y partidos de rookies. A pelear por  récords de tiros libres consecutivos y de triples convertidos por un jugador de primer año. Todo eso está muy bien. Es historia viva de nuestro basket. Y nos sentimos orgullosos de vivir en primera persona este salto de calidad que jamás hubiésemos soñado. Pero tampoco se ha de vivir de espaldas a la realidad y obviar que, al menos de momento (y por circunstancias especialmente físicas) no está siendo la mejor temporada española al otro lado del charco.

Si se trata de la factura a pagar por cuestiones de compromiso patrio (¿realmente estaban Rudy y Pau preparados para afrontar una temporada interminable con el Mundial de fondo?) o de una simple cuestión de metabolismo ya es harina de otro costal. Puesto que precisamente, uno de los jugadores que optó por reservarse y renunciar a sus obligaciones estivales con la selección, José Calderón, también ha tardado en arrancar. Así de implacable es la alta competición.

Lo más importante es que se trata de un simple bache. Porque el impacto del baloncesto español en un mercado tan chauvinista como el estadounidense ya está consumado. Sin ir más lejos, el blog especializado en NBA del New York Times dedicó este fin de semana un post a la reaparición del base extremeño de los Raptors.

Una gran noticia para los aficionados canadienses “no ya sólo por su regreso, sino porque sus sensaciones se asemejaron más a las del jugador que lideró a su equipo en la temporada 2007/08, que a la versión menos eficiente en la que se ha convertido”, suscribía su autor Benjamín Hoffmann.  “En 25 partidos esta temporada, su ‘ratio’ de 4.0 asistencias por balón perdido es el peor desde la temporada 2006/07”, añadía.



Sin embargo, y después de sus “ocho asistencias y una pérdida en 25 minutos saliendo desde el banquillo” frente a Orlando, José ha ido ganando en protagonismo. Continúa siendo suplente, pero ya se ha afianzado como sexto hombre, disputando los minutos decisivos, como en el partido de anoche en Indiana, donde el villanovense lideró los mejores minutos de los Raptors (7 puntos, 3/4 en tiros de campo, 1/1 en triples, 2 rebotes, 3 asistencias y 1 pérdida al descanso), pero no pudo evitar el descalabro canadiense, que permitió a los Pacers remontar una desventaja de 23 puntos hasta llevarse la victoria final (105-101). Calde se quedó finalmente en los 12 puntos y 6 asistencias (con dos pérdidas). Buenos números que, no obstante, deben ir mejorando paulatinamente para que el baloncesto español vaya recuperando las sensaciones agradables de antaño en la mejor liga del mundo.

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De Aitor Labrador (el 07/01/2010 a las 12:28:16, en Old School)


Utah Jazz-New Orleans Hornets, dos franquicias unidas por la historia, volvieron a medir sus fuerzas en el Energy Solutions Arena de Salt Lake City. A simple vista, un duelo más de los cuatro que disputan cada temporada (si es que, tal y como se aventura no se reencuentran más tarde en los play offs). Otro enfrentamiento entre dos jugadores, Chris Paul y Deron Williams, cuyos destinos parecen condenados a cruzarse a lo largo de sus respectivas carreras. Por su condición de bases, por su coetaneidad que les llevó a compartir también sendos puestos en el top five del draft de 2005. Por tantas y tantas cosas…

Pero esta vez, en lugar de entrar en las clásicas comparaciones, en que si el uno es mejor o más competo que el otro, el subconsciente se me va otra vez hacia atrás. Hacia los orígenes. Y sin querer, me vienen a la memoria aquellas imágenes del Municipal Auditorium, aquel peculiar pabellón en el que los Jazz disputaban sus partidos precisamente en Nueva Orleáns, allá por la década de los setenta.

Y sin tratar de no ensañarme demasiado con el ‘sacrilegio’ que para un servidor supone que un equipo en la liga lleve el nombre de Jazz sin jugar en el estado de Lousiana (sólo comparable al de una franquicia denominada Mormons que no jugase en Utah), un nombre vuelve a asomar por mi cabeza: Pete Maravich, para muchos el jugador más virtuoso en la historia de este deporte. Un profesional capaz de cambiar la concepción del juego en la posición de base, como en su día hicieron Bob Cousy o Magic Johnson; y de elevar la inventiva por encima del físico.

Este pasado martes se cumplieron 22 años de su fulminante desaparición, a los 41 años, mientras disputaba una pachanga con unos amigos. Y aunque los medios suelan tener por costumbre dedicar unas líneas a los que ya no están, única y exclusivamente cuando el aniversario de su fallecimiento coincide con un número redondo, esta modesta columna va por él.

Sus 44,2 puntos de media en la Universidad de Louisiana State (LSU) a las órdenes de su padre Press Maravich -y eso que por aquel entonces aún no había triples- permanecen como récord absoluto de la NCAA. Esa marca le convirtió en un héroe a nivel estatal y nacional, y le hizo ganarse un sobrenombre impreciso, si cabe. Puesto que además de un anotador incansable, 'Pistol' Maravich era un malabarista. Un virtuoso del balón.



Sus pases sin mirar sirvieron de inspiración a niños como Jason Williams, Sergio Rodríguez (o Ricky Rubio) por los que hoy en día sigue mereciendo la pena pagar una entrada. Y a muchos niños que soñaron (soñamos) con parecernos a él.

 

El aniversario de su fallecimiento ha coincidido con un episodio rocambolesco. El presunto duelo al más puro estilo OK Corral protagonizado por Gilbert Arenas y su compañero Javaris Crittenton en pleno vestuario de los Wizards. Afortunadamente, la sangre no llegó al río. Y a pesar de jurar y perjurar que lo ocurrido no fue más que “una broma”, la NBA le ha sancionado de manera indefinida. Desde aquí le recomendamos al ‘Agente Cero’ que en este tiempo repase la trayectoria de ‘Pistol’, que entregue las armas y se dedique a lo que mejor sabe hacer: jugar al baloncesto.
  
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