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De Aitor Labrador (el 26/10/2010 a las 13:43:50, en Regular Season 2011)

El verano de 2010 es historia. Y la temporada que sigue al parón más ansiado ya está aquí. Pero, ¿ha sido para tanto? Seguramente no. Porque tal y como suele ocurrir en las  ocasiones más esperadas, resulta casi imposible que el resultado final o sus consecuencias puedan llenar el vacío provocado por la expectación previa.

 

Muchos llegaron a pensar que ‘otra liga podía ser posible’ tras el presunto baile de agentes libres de este verano; que los fans de los Knicks podrían volver a soñar con el anillo después de cuatro décadas de decepciones; o que la NBA podía ser ese maná que hiciese ver que hay vida más allá del bipartidismo. Sigan jugando, damas y caballeros.

 

 

Puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, y por obra y gracia del conservadurismo -para unos-, cobardía -para otros-, o “incapacidad-para-ganar-un-anillo-por-sí-mismos” de LeBron James y Chris Bosh, la temporada que hoy arranca parece haberse convertido ya en un nuevo cara a cara, esta vez entre el defensor del título (Los Angeles Lakers) y la franquicia que, gracias a los encantos de South Beach, acaparará mayor número de titulares, partidos televisados y ‘highlights’ de la liga (Miami Heat).

 

Por si todo ello no bastase, la capacidad de síntesis de la mayor parte de medios y analistas ha provocado que, a pocas horas de producirse el salto inicial de una nueva campaña, la práctica totalidad el pescado esté vendido. ¿Tanto verano de 2010 para esto?

 

De los 25 expertos consultados por la cadena ESPN, 17 dan por campeón de la Conferencia Este a Miami, 6 a los Celtics y 2 a Orlando Magic. Mientras, en el Oeste, la unanimidad es total y los 25 apuestan por los Lakers como finalistas.

 

Al mismo tiempo, en la web oficial de la NBA, 7 de sus once entendidos apuestan por los Heat como campeones del Este, mientras que Boston (dos) y Orlando (dos) se reparten las migas. Y en el Oeste, nuevamente Lakers se lo vuelve a llevar de calle por unanimidad. Servidor, si fuese Phil Jackson no estaría tranquilo.

 

 

Es en la lucha por el anillo, donde los pronósticos se igualan ligeramente. Especialmente en ESPN, donde se produce un empate a 12 entre Lakers y Heat, con Boston Celtics con un solitario voto. Mientras que, según las previsiones de nba.com, Los Angeles Lakers revalidaría su título para ocho de sus entrevistados, muy por encima de los dos votos que recibiría Miami y del solitario apoyo de John Schuhmann por Orlando Magic.

 

Vayámonos para casa entonces. Apaguemos el televisor y dediquemos nuestras madrugadas a que nuestros biorritmos nos dejen tranquilos, y podamos recuperar los hábitos de los millones de ciudadanos de a pie que disfrutan de los beneficios del café matutino. Pero, ¿y si los analistas se equivocan? O, ¿y si los medios se han pasado con tanta capacidad de síntesis?

 

 

“Eso habrá que preguntárselo a los Celtics”, me comenta Lamar Odom en la previa del partido que enfrentó a sus Lakers frente al Barça hace unas semanas en el Sant Jordi. ¿Los Celtics?  Sí, sí, los Celtics. El equipo que la pasada temporada, y sin avisar, comenzó por apear contra pronóstico al ‘megaproyecto’ que, entonces sí, había de conducir LeBron James hacia el anillo para, acto seguido, deshacerse sin contemplaciones del finalista de la campaña anterior.

 

El bloque que, además del auténtico ‘Big Three’ de entre los que están en activo –Wade, James y Bosh deberían ser rebautizados como ‘The New Big Three’-, volverá a contar con uno de los mejores bases de la liga (Rajon Rondo), con un Glen Davis en clara progresión, y con un Nate Robinson y un Marquis Daniels capaces de revolucionar cualquier partido (y/o vestuario).

 


Además de todo este arsenal, Boston ha incorporado a un viejo conocido como Delonte West, a un francotirador rebotado de Europa como Von Wafer, y lo que es más importante a dos de los mejores pívots de las pasadas décadas como son O’Neal & O’Neal. Shaquille y Jermaine, el yin y el yan de estos Celtics, a los que todavía escuece la derrota en la pasada final ante los Lakers. “Básicamente, fue el 1-1 en nuestra rivalidad. Pero a todo el mundo en este vestuario le encantaría disponer de un desempate”, ha reconocido ‘Doc’ Rivers, quien además dispondrá del ex técnico de los Nets, Lawrence Frank, como escudero de lujo con la pizarra.

 

Esta madrugada, Heat y Celtics, protagonizarán el plato fuerte del Tip Off 2010. Un duelo por todo lo alto del que apenas se podrán extraer conclusiones, básicamente porque queda mucho, y porque Miami (con Wade, recién recuperado después de la lesión que le ha dejado sin pretemporada), ni Boston (tal y como demostraron en los pasados playoffs) tendrán poco o nada que ver con las actualizaciones que presentarán en escena cuando la cosa se ponga seria. Mientras tanto, será mejor que hagamos caso del consejo de Odom y rechacemos la idea que la NBA, tal y como ocurre en la Liga BBVA, en las elecciones generales y en otras tantas facetas de la vida, también es sólo cosa de dos.

 

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De Aitor Labrador (el 02/06/2010 a las 01:43:08, en Playoffs 2010)


Seguir los playoffs desde Nigeria no resulta fácil. En un país donde el fútbol lo acapara todo (¿les suena de algo?), las portadas y los sueños de una población -que en su inmensa mayoría se desvive por conseguir unos cuantos dólares al día para subsistir- se centran única y exclusivamente en el inicio de ‘su’ Mundial, el primero en la historia en suelo africano, y en el estreno de las Super Eagles contra la Argentina de Leo Messi. Por eso, la NBA se reduce a un entretenimiento reservado a unos cuantos privilegiados.

Gracias a un decodificador con el que sintonizar la ESPN y con una modesta conexión a Internet, uno puede intentar estar al día de lo que ocurre en la tierra donde compatriotas como Akeem (aquí le siguen llamando así) Olajuwon, Michael Olowokandi, Ime Udoka o Kenena Azubuike, consiguieron arrancar algún que otro titular. Pero nunca desbancar al Deporte Rey.

Eso siempre y cuando, los cortes de luz nuestros de cada día (y más todavía por la noche y en plena temporada de lluvias) no precipiten la cita con Morfeo y le dejen a uno con la miel en los labios. Sin saber qué narices ha podido ocurrir en ese partido que estabas viendo tan a gusto y con la sensación de haber hipotecado unas horas maravillosas de sueño para nada.



Pero en fin, un Lakers-Celtics y el mensaje de Emilio desde Nueva York pidiendo un último ‘meneo’ al blog (desde aquí mis disculpas a todos por la falta de actualización) bien merecen un sobreesfuerzo. A oscuras, y con la única compañía de la batería de mi portátil, me lanzo. Porque esta rivalidad de más de medio siglo de existencia es el motivo por el que muchos de los amantes a la mejor liga del planeta nos hemos enganchado a ella para siempre.

La culpa la tienen aquellas series tan interminables (en el buen sentido de la palabra) como eternas en la memoria, que nos animaron además a buscar en los libros de dónde venía todo eso. Se habla mucho de los duelos Magic vs Bird, de los enganchones de McHale y Rambis, de la pelea en la pintura de dos iconos de la época como Kareem (con sus ‘googles’) y Parish (el hombre que nos enseñó que un deportista también podía lucir ya no un cero sino dos en su camiseta). Pero esta historia de odios infundados en el parqué, viene de mucho más atrás. Desde que los angelinos hacían honor en su nombre a los lagos de Minnesota. Cuando los Celtics iniciaron una serie interminable de triunfos que les convirtieron en orgullosos.

Muchos de ellos, siete entre 1959 y 1969, se forjaron ante unos Lakers malditos, a los que no bastó la presencia de Elgin Baylor (quizás el mejor jugador de la historia sin un anillo con permiso de Barkley, Malone o Stockton), de Jerry West o el fichaje de un fondón Wilt Chamberlain para hacer que los últimos Celtics de Bill Russell doblasen la rodilla en aquel memorable séptimo partido de las series del 69 en el Forum de Inglewood, donde un tal Don Nelson arruinó la fiesta angelina con un recital en el tercer cuarto y una canasta definitiva tan sutil como afortunada. Una afrenta comparable al Maracanazo de Brasil, o al Centenariazo del Bernabéu. Una demostración más de que para ganar un título hay que bajarse del autobús y no levantar los brazos hasta el final.



Ya en los ochenta, y después del primer cara a cara en el que los Celtics se cebaron una vez más en la desgracia de los californianos, llegó el momento en el que el ‘showtime’ de los de Pat Riley se impuso a la cohesión de los de K.C. Jones, poniendo un punto y aparte a décadas de frustración. A pesar de los deseos de muchos por enterrar antes de tiempo a Jabbar. Craso error. Otro ejercicio de amnesia. De falta de respeto por aquel jugador que vistiendo aquella maravillosa camiseta verde de los Bucks había sido el único capaz de silenciar el viejo Garden con un sky hook lateral que aún provoca escalofríos al verlo repetido.





En esta ocasión, la historia se repite por partida doble. Por una parte, los Celtics ya han tenido su oportunidad para revivir glorias pasadas como en el 84 y volver a disputar una final que parece una recompensa más que justa para un proyecto que todos daban por muertos (como aquél del 69). Y los Lakers buscarán sacarse la espina de las Finales de 2008. Porque qué mejor cancha para celebrar un ‘back to back’ que en el Garden (aunque no sea el viejo). Eso sí, si este modesto plumilla formase parte del staff de Phil Jackson reemplazaría algún video de su rival actual, por el de aquel séptimo partido en el Forum de 1969. O contrataría a Don Nelson (o a Mike Brown y LeBron James) por un día para que les explique a sus jugadores que a los Celtics jamás se les puede dar por muertos. Por muy viejos que sean…


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De Aitor Labrador (el 18/04/2010 a las 14:52:41, en Playoffs 2010)

De Kinshasa a Brazzaville. Y de Seattle a Oklahoma City, donde el Thunder afronta sin complejos su eliminatoria ante unos Lakers de capa caída. Los Kevin Durant, Jeff Green, Serge Ibaka y compañía esperan seguir los pasos de aquellos Denver Nuggets de Dikembe Mutombo, que hace 16 años enseñaron al mundo cómo un octavo clasificado puede tumbar a un cabeza de serie en una primera ronda de ‘playoffs’. Fue ante los desaparecidos Seattle SuperSonics, que precisamente podrían ver ‘vengada’ aquella afrenta por la franquicia nacida de sus cenizas y ni más ni menos que ante unos Lakers que no conocen la derrota en sus diez apariciones como mejor equipo del Oeste. La historia se construye a base de retos. 


16 de mayo de 1994. Bajo uno de los aros del Key Arena de Seattle, Dikembe Mutombo captura un rebote y se abraza al balón. Suena la bocina. Y el congoleño se lanza boca arriba sobre el parqué sin soltar la bola. Agarrándola por ambos extremos y levantándola desde el suelo como si de un trofeo se tratase. Dando gracias a la divinidad que le ha ayudado a conquistar un hito histórico y a protagonizar una de las imágenes de la década en la liga. Los Nuggets acaban de convertirse en el primer equipo clasificado en octavo lugar que derrota a un cabeza de serie en la primera ronda de los ‘playoffs’, desde que diez años antes la NBA adoptase el formato actual de emparejamientos.




Su víctima: los añorados Sonics de Seattle, que después de protagonizar su mejor récord en temporada regular (63-19) eran firmes candidatos a iniciar una nueva hegemonía después de la primera retirada de Jordan. Aquel equipo entrenado por George Karl –curiosamente hoy técnico de Denver-, contaba con Gary Payton, Kendall Gill y Shawn Kemp como principales referencias, y aspiraba a emular al que (liderado por Dennis Johnson, Gus Williams y Jack Sikma) había logrado 15 años antes el primer y único anillo de la franquicia. Pero eran otros tiempos. Las series de primera ronda se disputaban a cinco partidos y Denver no se dio por vencido a pesar del 2-0 que campeaba en el global de la eliminatoria tras el primer doble enfrentamiento en Seattle. Fue precisamente en ese momento cuando el entonces técnico de los Nuggets, Dan Issel, dio un vuelco a la moral de sus jugadores. “No tenéis nada que perder”, les alentó en la previa del tercer partido, ya en su pista del McNichols Arena: “El objetivo de jugar una serie de playoffs ya está cumplido”.


Jugadores, técnicos y afición se conjuraron pasando en cuestión de horas de la resignación a la fe más absoluta en su equipo, que logró devolver la serie a Seattle, después de una emocionante prórroga en el cuarto encuentro. El descaro –eran el equipo más joven de la liga- de Robert Pack y de Mahmoud Abdur-Rauf ante toda una estrella como Gary Payton y el poderío interior de Mutombo y sus guardaespaldas LaPhonso Ellis y Brian Williams hicieron el resto y los Nuggets conquistaron el inexpugnable Key Arena.


Desde entonces, sólo dos equipos, los Knicks finalistas en la temporada del ‘lockout’ y los Warriors del ‘We Believe’ en 2007 (estos últimos ya a siete partidos) han sido capaces de seguir el ejemplo de aquellos Nuggets de Mutombo y compañía. Atlanta, en 2008, se quedó a las puertas (4-3) ante los a la postre campeones Celtics. ¿Serán ahora capaces Chicago u Oklahoma City de repetir aquella gesta? Visto lo visto en el primer choque entre Bulls y Cavaliers, a los de Michigan les falta todavía una marcha en ataque para tumbar a LeBron y compañía.


Pero, ¿y ‘el Thunder’? No es por hacer leña del árbol caído. Pero a estos Lakers parece haberles llegado su hora. Malacostumbrados a sobrevivir a costa de las genialidades Kobe y de las tareas de intendencia de un Pau Gasol que volverá a tener que multiplicarse en la pintura ante la enésima ausencia por lesión de Bynum (que ya se entrena), los de Phil Jackson tendrán que vérselas ante un equipo que por juventud y descaro recuerda mucho a aquellos Nuggets del 94.


Con una estrella en ciernes de la liga como Kevin Durant, el jugador más joven en hacerse con el título de máximo anotador de la NBA, y una plantilla nacida a partir del legado de los últimos Sonics (Jeff Green aterrizó en Seattle como número cinco del mismo draft de Durantula en la operación que dio con los huesos de Ray Allen en Boston), en la ruidosa cancha del Ford Center ya se frotan las manos.

Porque a pesar de su teórica bisoñez, los de Scott Brooks han sido durante toda la temporada uno de los equipos con mayor porcentaje de tiros libres (2º por detrás de Dallas con un 80,5%), uno de los más reboteadores (3º, con 43,5 rechaces por partido) y el más taponador de la liga (5,86 ‘gorros’ por partido). Y es que, aunque no lo parezca, la intimidación de hombres como Krstic, Ibaka, Collison o incluso Green, Durant y Sefolosha genera uno de los porcentajes de tiro más pobres en sus rivales (6º, con 44,8%, y sólo por detrás de favoritos otros al anillo como Orlando, Cleveland o los mismos Lakers).


Si a todo esto se le suma el menor acierto de los lanzadores angelinos (del 36,1% en triples de la pasada temporada al 34,1 % de ésta) o la pérdida de mordiente en defensa (de 15,5 robos a apenas 15), por no hablar del ‘roto’ que pueden provocar dos bases como Westbrook y Maynor ante Fisher y Farmar, la imagen de esta serie bien la podría protagonizar otro congoleño –éste de Brazzaville y no de Kinshasa- como Serge Ibaka sobre el parqué del Staples agarrando el balón como si de un trofeo se tratase. ¿Les suena de algo?

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De Aitor Labrador (el 24/02/2010 a las 19:26:57, en All Stars)


A lo largo historia del cine son pocos los temas que han podido dar más juego a los guionistas que los robos. Asaltos a bancos, casinos, joyerías y reservas federales. De Stanley Kubrick a Sam Peckinpah, pasando por un amante del baloncesto como Spike Lee o por ‘nuestro’ José María Forqué. Muchos han sido los maestros del celuloide que han caído en la tentación de filmar cómo sus protagonistas desvalijan cajas, cavan túneles, amordazan agentes de seguridad… Pues bien, como si de Hollywood se tratase, la NBA también se está especializando en los últimos años en ser el escenario de atracos de todo tipo. Pero no en la concepción que tenemos a este lado del Atlántico de un atraco en un terreno de juego. 

Allí en América se respeta la labor de los árbitros, aunque se encaren a los jugadores, realicen apuestas deportivas o tengan línea directa con la mafia.  Allí, los robos –que al igual que aquí también dan muchísimo de qué hablar- se producen en los despachos, dónde los mánagers pueden dar un vuelco a la liga con una operación casi a coste cero.

Ya sea con elecciones escandalosamente rentables en segunda ronda del draft como Gilbert Arenas, Manu Ginobili, Carlos Boozer o Rashard Lewis. O, sin ir más lejos, con certeras decisiones lejos del codiciado ‘top five’ como Darren Collison (elegido en el puesto 21º por New Orleans) o DeJuan Blair (San Antonio, 37º). Jugadores que, con sus prestaciones, acaban convirtiendo una decisión de la que no se espera mucho en un pelotazo con todas las de la ley.

Aunque, sin lugar a dudas, los robos que más ríos de tinta están haciendo correr en los últimos años son los que tienen o han tenido lugar una vez iniciada la competición. Cuando ya  superada la frontera imaginaria del All Star, los equipos sin opciones de playoff tiran la temporada y se desprenden de sus principales activos, pensando en un futuro cercano, en una elección alta en el próximo draft, en vaciar su masa salarial para hacerse con alguna de las frutas más apetecibles en el mercado de los agentes libres.

Son los casos de adquisiciones como las de Pau Gasol (Lakers en 2008) o Antawn Jamison (Cleveland), hace apenas unos días. Auténticos All Stars al 99% de descuento. ¡Que me los quitan de las manos, oiga!

A pesar del 0/12 de su debut, la llegada de Jamison a cambio de un Zydrunas Ilgauskas –que podría ser despedido en los próximos días y regresar de rositas dentro de un mes al Quicken Loans Arena- y de los derechos sobre el escolta esloveno del Fenerbahçe Emir Preldzic,  no sólo convierte a la franquicia de Ohio en el gran ‘coco’ del Este y seria candidata al anillo, sino que puede condicionar y mucho el mercadeo en el que amenaza en convertirse la liga este próximo verano.

El fichaje del ex ala pívot de Wizards, Mavericks y Warriors supone un órdago en toda regla por parte de los propietarios de los Cavs (entre los que se encuentra la estrella del R’n’B, Usher) para que LeBron se quede en casa. A pocas millas de su Akron natal, de su familia, y con un equipo de garantías –desde ya mismo- como para iniciar una larga saga de triunfos.



De esta forma, Cleveland se ha anticipado a aquellas franquicias que llevan un par de temporadas hipotecando su presente para hacerse con los servicios de The Chosen One. Es el caso de unos Knicks que, con las incorporaciones de Tracy McGrady, Eddie House y Sergio Rodríguez, se han vuelto a quedar a medias. Ni garantías de presente, ni futuro (a pesar del hueco salarial con el que contarán en el mes de junio). O de los Nets de su amigo Jay-Z, en eterna reconstrucción a la espera del ansiado traslado a Brooklyn y de un posible favor personal de James a su propietario.

A día de hoy, ninguno de ellos parece ser la primera opción de un LeBron que, con estos mimbres, ya puede pensar únicamente en su anillo. En sus Cavs. Por tanto, más allá de las consecuencias deportivas a corto plazo, la adquisición de Jamison puede convertirse en el ‘atraco del siglo’, que logre que uno de los diamantes en bruto de la liga viva su retiro dorado lejos de las luces de Broadway y también de la frontera mexicana.

En la Gran Manzana ya pueden ir despidiéndose del sueño. Aunque, a buen seguro, sus dirigentes ya lo habrán hecho. Y ahora estén apuntando ya a otros objetivos como Joe Johnson (ex pupilo de D’Antoni en Phoenix), Dwyane Wade o Chris Bosh. Preciados botines, sin duda, pero atracos de menor escala al cometido por Cleveland Cavaliers.

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De Aitor Labrador (el 09/02/2010 a las 19:40:59, en All Stars)


Se puede dar por bueno que David West repitiese en un All Star Game más allá del celebrado en ‘su’ Nueva Orleáns en 2008. O pasar por alto las presencias de Caron Butler  -¿cuál habría sido su rol en los Lakers de haberse quedado?- y hasta Shawn Marion (a pesar lo antiestético de su mecánica de tiro) en Las Vegas 2007.

Incluso hasta alegrarse de que Mookie Blaylock, el ídolo reconocido de una banda como Pearl Jam, gozase de tal reconocimiento en la edición que visitó Minneapolis en 1994. De que un ‘madrileño’ como Wally Szczerbiak fuese el primer español de nacimiento en pisar el parqué en un Partido de las Estrellas (Philadelphia 2002). O de recordar con cariño cómo James Donaldson -aquel pívot con pasaporte británico, que llegó a aspirar a la alcaldía de Seattle, y dio los últimos coletazos de su carrera rondando ya los cuarenta en Caja San Fernando y Breogán- no desentonaba en el indolvidable All Star Weekend de Chicago 1988, gracias al buen hacer de aquellos Mavericks de Mark Aguirre, Rolando Blackman (que no Renaldo Balkman) y cía.

También es de ley que las virtudes de Ben Wallace tuviesen su reconocimiento hasta en cuatro ocasiones (las mismas en que fue escogido como Mejor  Defensor de la Liga). Más discutibles, sin embargo, pueden ser los méritos de Antonio o Dale Davis Oakland 2000 y Washington 2001, respectivamente), del malogrado Kevin Duckworth (Houston 1989 y Charlotte 1991). Hasta morderse uno la lengua porque el mejor Brad Miller de los Kings privase de tal privilegio a un Pau Gasol demasiado solo en Memphis.

Cierto es que este hecho, unido a las ‘precauciones’ para no exceder un cupo ‘equis’ de foráneos en el All Star, hayan podido perjudicar en su momento al de Sant Boi, teniendo en cuenta que jugadores como Nowitzki, Yao, Parker, Stojakovic o Ilgauskas eran fijos en las convocatorias, y que además andaban rondando por ahí ‘súperclases’ como Kirilenko y Ginobili (Los Ángeles 2004), Okur (Las Vegas 2007).

Pero sinceramente, el hecho de que los técnicos de la NBA se hayan decantado por Al Horford como ‘center’ suplente en la Conferencia Este sigue sin entrarme en la cabeza. Una sensación sólo comparable a la que uno puede sentir al recordar a Jamaal Magloire (Los Ángeles 2004), Chris Gatling (Cleveland 1997) o BJ Armstrong (Minneapolis 1994) en un Partido de las Estrellas.

Sus números (13,4 puntos-9’8 rebotes-1,2 rebotes) son más que correctos, aunque pueden parecer del montón en una Conferencia Este en la que, cada vez más, abundan los hombres altos con clase. De esta forma, Antawn Jameson (20,6-8,9), David Lee (19,9-11,5), Brook López (19-9), Andrea Bargnani (17,7-6,2), Andrew Bogut (15,8-10,1) o hasta Joakim Noah (11,2-12) también podría haberse ‘colado’ en el banquillo de Stan Van Gundy.

Dicen las malas lenguas que el pasaporte dominicano de Horford también puede haber influido lo suyo. Que, según lo visto, el cupo de foráneos este año no alcanzaba los mínimos establecidos para que la expansión global de la Liga siguiese gozando de buena salud (aquella cifra con la que nos bombardean cada año de “broadcasted in ‘x’ countries, translated into ‘y’ languages” ). ¿Acaso no es la Australia de Bogut un mercado interesante para explotar, aprovechando la baja de Yao? 

Pero no,  parece ser que la elección del hijo de Tito Horford (otra saga más en la Liga) ha podido deberse básicamente al buen papel de Atlanta. Me alegro por los de Mike Woodson. Pero, ¿no habría sido más justo haber optado por compañeros de equipo como Josh Smith (15,1 puntos-8,5 rebotes, 3,9 asistencias-1,5 robos) o Jamal Crawford (17,6-2,4-2,9-0,8 saliendo desde el banquillo)? Aunque en este último caso, Derrick Rose habría salido perjudicado. Así que, mejor esperar a ver si todos los que parten como duda por problemas físicos o porque atraviesan problemas familiares (Iverson) llegan en perfectas condiciones a la fiesta del fin de semana.

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De Aitor Labrador (el 01/02/2010 a las 23:10:48, en Around the league)


Nos hemos acostumbrado a que los Memphis-Lakers de cada temporada resulten especiales. Desde las primeras visitas con los Grizzlies de un imberbe Pau Gasol al Staples, pasando por el reencuentro entre el hoy ‘16’ de los Lakers y un Juan Carlos Navarro que apretaba los dientes para superar el vacío dejado por su amigo en la franquicia de Tennessee, o el duelo fratricida entre dos hermanos, que durante algo más de dos horas aparcarán su parentesco tras el abrazo previo para retroceder en el tiempo y revivir sus primeros ‘uno contra uno’.

Será el primero de sus dos enfrentamientos en cuestión de un mes (el próximo 23-F, los Lakers volverán a pisar el FedEx Forum). Y Marc y Pau Gasol vuelven a verse las caras en un choque en el que no faltará de nada, puesto que sentimentalismos al margen, la espectacular trayectoria de los Grizzlies les puede llevar a reencontrarse en la primera ronda de los playoffs. Crucemos los dedos.



Pero volvamos al tema que nos incumbe: los lazos de sangre. La espectacular temporada de Marc en su segundo año en la mejor liga del mundo ha desempolvado una pregunta universal: ¿Realmente es hereditario el talento? Y más concretamente en este caso, ¿existe una relación directa entre genética y baloncesto?

A pesar de los muchos jugadores que no han podido seguir los pasos de su progenitor (Luke Walton o Pat Ewing Jr., por poner un par de ejemplos), o de casos a la inversa como el de Kobe Bryant (quien ha superado con creces el legado en la liga de su padre Joe), en las seis décadas de historia de la NBA han sido muchas las sagas con dos o más miembros de una familia en la liga.



De hecho, apellidos como Van Arsdale, Paxson o Barry (Rick y sus hijos Brent, Joe y Drew) ya son considerados como auténticas dinastías. Padres e hijos (y abuelos en algunos casos), sobrinos y tíos, hermanos, primos y hasta primos segundos... Como si de un torneo de aficionados se tratase, cualquier parentesco puede ser posible, dando pie muchas veces al más que discutible hábito de la comparación.




Sin ir más lejos, en las últimas décadas, jugadores como Gerald Wilkins (y su hijo Damián), Wesley Person, Brent Price, Harvey Grant, Shandon Anderson o Jim Paxson han intentado, con mayor o menor éxito, sobreponerse durante sus años en activo a la cruz de compartir linaje con primeros espadas de la talla de Dominique Wilkins, Chuck Person, Mark Price, Horace Grant, Willie Anderson o John Paxson, respectivamente.



Otros, como Sebastian Telfair, base de Los Ángeles Clippers y primo del ex jugador de Knicks y Celtics, Stephon Marbury, prefieren tomarse su parentesco como ejemplo y plus de motivación. “Stephon nos abrió los ojos en Coney Island. Y nos dijimos: podemos conseguirlo”, llegó a reconocer en una entrevista concedida al Boston Globe en 2006. Aún así, resulta difícil pensar que sólo con trabajo y motivación, Tracy McGrady haya podido seguir los pasos de su primo mayor Vince Carter, por muchos consejos que éste le diese en sus primeros años en los Raptors.



En casos así, como también puede ocurrir con los hermanos Gasol, queda claro que el baloncesto (y por extensión, cualquier actividad física que se precie) puede ser cuestión de genética. Ahora bien, las comparaciones entre ambos resultan más odiosas que nunca. Porque a pesar de que a primera vista puedan parecerse (especialmente para el público oriental, tal y como les ocurrió en Pekín durante los pasados Juegos Olímpicos), son totalmente diferentes. Y también, porque los dos son muy buenos.

Existe también el caso contrario, más habitual por norma general, en el que tampoco hay lugar para la discusión. Porque lo realmente inexplicable es justificar cómo franquicias como Phoenix Suns o Atlanta Hawks pueden seguir confiando y asegurando un salario a los gemelos Jarron y Jason Collins, después de siete años de discretas estadísticas.



Casualidades de la vida, el lugar de este último en el juego interior de New Jersey Nets lo ocupó el año pasado otro jugador, procedente de su misma universidad (Stanford), que también cuenta con un gemelo en la NBA, concretamente en Phoenix Suns. Se trata de los hermanos López, Brook y Robin, dos de los universitarios más cotizados en el draft de 2008, gracias a sus más de siete pies de altura, su aceptable juego de pies y su tremenda envergadura.



Precisamente, en Arizona, Robin López comparte vestuario con Taylor Griffin, el “hermano malo” del número uno del pasado draft, el de momento inédito Blake Griffin.



Otra de las carambolas familiares recientes en la NBA, fue la protagonizada un año antes por el escolta Brandon Rush. Elegido en el draft de 2008 en 13º lugar por Indiana Pacers -después de ocupar un  papel relevante en la consecución del título de la NCAA por parte de la Universidad de Kansas-, Rush relevó en su puesto a su propio hermano mayor Kareem, quien desde entonces no ha terminado de encontrar un sitio en la liga, primero en Philadelphia y después en los Clippers, de donde fue ‘cortado’ recientemente sin poder emular sus años dorados en aquellos Lakers tricampeones de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal.

El ciclo de parentescos en el parqué se cierra con los hermanos Graham. Stephen,  otro de los  gemelos trotamundos de la liga, y su hermano Joey, escolta de Denver Nuggets, que tampoco ha cumplido las expectativas creadas a raíz de su notable papel en la Universidad de Oklahoma State en 2004.

El tiempo determinará si su caso puede llegar a compararse al de los hermanos O’Bannon (Ed y Charles), estrellas universitarias durante su periplo en UCLA y dos de los fracasos más sonados en la historia del draft. Mientras tanto, los Gasol seguirán dejando abierta la puerta a la posibilidad de que el baloncesto también puede ser cuestión de genética. Claro, como su padre era ATS y su madre médico…
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De Aitor Labrador (el 26/01/2010 a las 20:40:02, en All Stars)
Sus detractores dicen de él que es el símbolo del fin de este deporte. De todo en lo que no debe convertirse el baloncesto. Su físico superlativo representa la antítesis de la pizarra, anulando cualquier sistema y  relegando al técnico de turno al rol de figurante. Por no hablar de su poder mediático desde que era apenas un imberbe jugador de instituto y que le llevó a ser el primer negro y el primer deportista en ser portada de ‘Vogue’. O de sus campañas de publicidad y proyectos cinematográficos que incluso, hasta podrían impedirle disputar el próximo Mundobasket (lo dudo)... Pero sigue siendo el Rey.



LeBron James ha demostrado en apenas una semana que, a pesar de todos los argumentos que puedan enarbolar los románticos de este deporte, él sostiene el de mayor peso: su amor por el Juego, tal y como demostró con su sano pique (17-20) con Dwyane Wade en el segundo cuarto del Miami-Cleveland de este lunes. Sus guiños al rival, sus palmaditas y empujones... Son los mejores y, al margen de la presión de la competición, se lo pasan bien jugando a esto. Y LeBron, encima, es el que suele llevarse la victoria.

En apenas cinco días, la estrella de los Cavaliers se ha medido (y derrotado) a Los Ángeles Lakers, Oklahoma City Thunder y Miami Heat. Tres equipos que cuentan con  Kobe Bryant, Kevin Durant y Dwyane Wade, los únicos capaces de discutirle el trono en algún momento.

El primero, por todo lo que representa: sus cuatro anillos y su condición de único jugador que de momento puede presumir de que haberse acercado al legado del idolatrado Michael Jordan. Pues bien, en sus dos esperados enfrentamientos de esta temporada –que muchos vaticinan de finales anticipadas- no hubo color. Y si el día de Navidad, los Cavs asaltaron el Staples Center (87-102), con 26 puntos, 4 rebotes y 9 asistencias de Lebron que hicieron inútiles los 35 de un Kobe demasiado sólo, el pasado jueves, y ante unos Lakers más entonados, James se despachó con 37 puntos (13/25), 5 rebotes y 9 asistencias por los 31 de Bryant.

LeBron James vs Kobe Bryant (2-0)
1º partido (25/12/2009): LAL, 87 – CLE, 102
Kobe Bryant: 35 puntos (11/33 en tiros de campo), 10 rebotes, 8 asistencias.
LeBron James: 26 puntos (9/19), 4 rebotes, 9 asistencias.
2º partido (21/01/2010): CLE, 93 – LAL, 87
Kobe Bryant: 31 puntos (12/31 en tiros de campo), 2 rebotes, 4 asistencias.
LeBron James: 37 puntos (13/25), 5 rebotes, 9 asistencias.

El segundo, por todo lo bueno mostrado en dos temporadas y media en la liga ha confirmado los mejores presagios cuando fue elegido por el número dos por los Sonics.  Desde entonces, ha sobrevivido a un traslado a Oklahoma City y al resurgir de una franquicia que, hoy por hoy, es de las más agradecidas de ver por su juventud, desparpajo y calidad, con el ex de Texas A&M como máximo referente. En su debe, su  inmadurez en ciertas decisiones clave en los partidos ‘escaparate’, como el del pasado sábdo en Cleveland, donde un tapón de LeBron a un precipitado Durant acabó decantando la balanza a favor de los Cavs (100-99).


LeBron James vs Kevin Durant (2-0)
1º partido (13/12/2009): OKC, 89 – CLE, 102
Kevin Durant: 29 puntos (9/19 en tiros de campo), 5 rebotes, 2 asistencias, 4 robos.
LeBron James: 44 puntos (16/29), 7 rebotes, 6 asistencias, 4 robos.
2º partido (23/01/2010): CLE, 100 – OKC, 99
Kevin Durant: 34 puntos (10/25 en tiros de campo), 10 rebotes, 3 asistencias.
LeBron James: 37 puntos (9/19), 9 rebotes, 12 asistencias.

Y el tercero, porque a pesar de sus problemas de espalda, es el único de aquella inigualable promoción de 2003 (LeBron, Carmelo, Chris Bosh…) que ha sido capaz de enfundarse un anillo. Por eso, y por demostraciones como la de este lunes en las que a pesar de errores absurdos como el pase por la espalda que provoca el decisivo robo de balón de James (91-92) también es capaz de abanderar campañas nacionales de publicidad y de festejar un in your face a un rival cerrando el puño y mirándose el bíceps. Aún así, y a pesar de su calidad, este año, sus Heat tampoco han sido capaces de doblegar a los Cavs en sus dos choques disputados, en los que ambas estrellas se fueron más allá de la treintena.

LeBron James vs Dwyane Wade (2-0)
1º partido (12/11/2009): MIA, 104 – CLE, 111
Dwyane Wade: 36 puntos (9/21 en tiros de campo), 4 rebotes, 5 asistencias.
LeBron James: 34 puntos (8/20), 4 rebotes, 7 asistencias.
2º partido (25/01/2010): MIA, 91 – CLE, 92
Dwyane Wade: 32 puntos (10/21 en tiros de campo), 10 rebotes, 5 asistencias.
LeBron James: 32 puntos (9/23), 9 rebotes, 4 asistencias.

A la espera de lo que pueda acontecer en el duelo con su compañero de draft y amigo ‘Melo’ Anthony (ausente en la victoria de Denver sobre Cleveland del pasado 8 de enero) al ego de LeBron sólo le restan dos objetivos a nivel individual, o mejor dicho, dos rivales capaces de elevar su grado de motivación al máximo. En primer lugar, sacarse la espina ante los Celtics, que en el partido inaugural de la temporada pillaron en frío a los Cavs en su pista de The Q (89-95). De momento, les restan tres partidos de temporada regular por disputar antes de un hipotético reencuentro en playoffs. Y en segundo, por increíble que parezca, imponerse de una vez por todas a los Bobcats, el único equipo que ha sido capaz de derrotar en dos ocasiones a los de Ohio. Pero bueno, de Charlotte ya tocará hablar otro día. Prometido.

 


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De Aitor Labrador (el 19/01/2010 a las 06:18:22, en Old School)

 

Un año más, Estados Unidos ha recordado la figura del Doctor Martin Luther King. Una conmemoración que en los últimos tiempos ha alcanzado cotas de festividad nacional, a la altura del cinematográfico Día de Acción de Gracias. Y como no podía ser de otra forma, la NBA también se ha unido a la fiesta cuando se está a punto de cumplir el 60º aniversario de sus primeros casos de integración racial.

 

Fue en el draft de 1950, cuando en una liga exclusiva para blancos, Walter Brown, dueño de los Boston Celtics, anunció la elección en segunda ronda de Charles Chuck Cooper. “Walter, ¿acaso no sabes que se trata de un jugador de color?”, le preguntaron. “No me importa si es a rayas, a cuadros o a lunares”, contestó. Acto seguido, Washington Capitols y New York Knicks siguieron su ejemplo y ficharon a Earl Big Cat Lloyd y a Nat Sweetwater Clifton. Este último, en medio de la perplejidad general, fue recibido con los brazos abiertos en el Madison por el técnico Joe Lapchick y el presidente Ned Irish, quien previamente había llegado a amenazar con abandonar la NBA si los equipos no aprobaban la integración de otras razas en la Liga.

 

 

Ese mismo verano, Harold Hunter (que posteriormente se convirtió en el primer seleccionador estadounidense de raza negra) firmó, pero no pasó el corte del training camp de los Tri-Cities Blackhawks, equipo que meses más tarde se hizo con los servicios del ex jugador de los Globetrotters, Hank DeZonie, quien apenas pudo disputar cinco partidos, discriminado por su técnico.

 

En los albores de la década de los cincuenta, la NBA daba sus primeros pasos tras la ‘OPA hostil’ de la BAA (Basketball Association of America) sobre una NBL (National Basketball League), que año tras año vio cómo sus mejores franquicias (Minneapolis Lakers, Rochester Royals, Fort Wayne Zollner Pistons, Syracuse Nationals, Tri-Cities Blackhawks …) cambiaban de bando y pasaban a formar parte de un campeonato que ya contaba con equipos como Boston Celtics, New York Knicks, Philadelphia Warriors o Baltimore Bullets.

 

Eran tiempos difíciles para los afroamericanos, que ante la irrupción de pioneros como Joe Louis en el boxeo o de Jackie Robinson en el béisbol comenzaban a vislumbrar la posibilidad de la integración en las grandes ligas profesionales. De hecho, dos franquicias de la NBL (Toledo JimWhite Chevrolets y Chicago StudebakerFlyers) tuvieron que recurrir a jugadores de los Harlem Globetrotters para completar sus plantillas durante la II Guerra Mundial.

 

Hoy, sin embargo, en las 30 franquicias de la NBA apenas se llega al centenar de jugadores blancos (91 de 360), y la mayor parte de ellos proceden de Europa, Asia, Sudamérica u Oceanía. La supremacía de la raza negra en la mejor liga del mundo es indiscutible. Al menos en lo que a jugadores se refiere. Los banquillos y los despachos ya son harina de otro costal. Mientras que el multimillonario Robert Johnson (Bobcats) sigue como único propietario negro en la Liga, 23 de los 30 entrenadores jefe son blancos. ¿Estamos pues ante un caso de integración selectiva?

 


 

Los pioneros

Desde principios de siglo, el baloncesto se había convertido en una de las actividades deportivas predilectas de iglesias evangelistas y asociaciones culturales para afroamericanos.

 

Todo comenzó un 2 de noviembre de 1902, con la participación, casi por casualidad de Harry ‘Bucky’ Lew, un joven negro de familia acomodada, en un partido en Marlborough (Massachussets). A escasos kilómetros del centro donde diez años antes, el Doctor Naismith había ideado las reglas de un nuevo deporte llamado “balón cesto”, Bucky, que acompañaba de sus compañeros del Lowell High School tuvo que saltar a la pista ante la lesión de uno de los jugadores de su equipo.

 

“El entrenador estaba dispuesto a jugar cuatro contra cinco, pero los aficionados se volvieron locos, gritando que me dejasen jugar. Eso fue lo que lo hizo posible”, recordó más tarde. Aquel partido fue el detonante para que en las principales ciudades del país comenzasen a proliferar equipos integrados única y exclusivamente por jugadores negros. El arranque de la Black Fives Era.

 

En 1907, el New York Age –el diario nacional más popular entre la comunidad negra- creó el Colored Basketball World’s Championship (CBWC), un título honorífico que premiaba al mejor equipo de la temporada en función de sus resultados y del criterio de sus cronistas. Pero la pasión por el basket no se reducía tan sólo al área de la Gran Manzana.

 

Mientras en Nueva York, clubes como el Smart Set Athletic Club, el Alpha Physical Culture Club o el St. Christopher’s Club, fundaron la Olympian Athletic League (de 1907 a 1909), en Washington DC los chicos de la YMCA de la calle 12 (que más tarde pasaron a integrar el equipo de la Universidad de Howard) lograron acabar en 1910 con la hegemonía neoyorquina en el CBWC, tras imponerse en el Casino de Manhattan y ante 3.000 espectadores a los bicampeones del Smart Set. La rivalidad y la expectación eran máximas.

 

Un año después, la Monticello Athletic Association de Pittsburgh colocó la primera piedra de lo que a inicios de la década de los veinte se convirtió en la primera gran hegemonía del baloncesto afroamericano, ya bajo el nombre de Loendi Big Five, encadenando cuatro títulos de la CBWC. En aquel emblemático equipo sobresalía un base anotador llamado Cumberland Posey, quien incluso llegó a falsificar su identidad, haciéndose llamar Charles Cumbert, para poder jugar para la Universidad de Duquesne.

 

New York ‘Rens’ y su rivalidad con los Original Celtics

Heridos en su orgullo, los cuatro principales equipos del área metropolitana de Nueva York se reunieron en 1920 en torno a la Metropolitan Basketball Association, que un año después sufrió la expulsión de uno de sus integrantes, los Spartan Braves, debido a que dos de sus jugadores Frank Forbes y Leon Monde habían participado el verano anterior en una liga de béisbol.

 

Esta circunstancia obligó a su propietario, entrenador y jugador, Bob Douglas a buscar financiación para el equipo. Finalmente, el Casino Renaissence de Harlem accedió a acoger los partidos de los Braves, y Douglas, con la tinta del contrato aún fresca, se dedicó a  fichar a los mejores jugadores del momento (Charles Tarzan Cooper, Clarence Fats Jenkins, John Isaacs…) para su nueva formación, los New York Renaissence.

 

 

En cuestión de meses, los Rens se convirtieron en un auténtico fenómeno de masas. En 1924 se apuntaron la victoria en los Colored Basketball World Championships.  Sus jugadores, que cobraban salarios entre los 800 y los 1.000 dólares mensuales, llegaban a jugar dos o tres partidos al día en interminables giras por todo el país, donde para su desgracia volvían a darse de bruces con una realidad que les obligaba a comer y dormir en el autobús. La América profunda seguía siendo racista con un equipo, que era capaz de convocar a 15.000 espectadores en sus partidos de exhibición.

 

Fue en estas giras donde se forjó su sana e histórica rivalidad con otro de los equipos más emblemáticos de la ciudad, The Original Celtics, nacidos una década antes en el seno de la comunidad irlandesa de Nueva York. El morbo de sus duelos representaba la lucha entre razas, en la que por norma general los Rens solían salir victoriosos.

 

Mientras tanto, el baloncesto de raza blanca comenzó a disfrutar en 1925 de su primera liga nacional, de la American Basketball League (ABL), que negó la participación de los Rens. Como muestra de solidaridad, los Celtics, liderados por un joven Joe Lapchick, declinaron inicialmente la invitación de la ABL y se dedicaron a hacer caja en sus giras con los Rens hasta su posterior entrada en la Liga en 1926.

 

En años posteriores, el equipo de Harlem continuó con sus giras triunfales, como la de 1933 en la que logró 86 victorias en 88 partidos, o la de 1939, en la que se proclamaron campeones de un oficioso World Professional Basketball Tournament. En este tiempo, los ‘Rens’ lograron derrotar a los campeones de la ABL como los propios Celtics, Philadelphia SPHARS o los Indianápolis Kautskys. Ése fue su mensaje de integración, de dignidad para una raza: "Debemos jugar en vuestra liga porque somos iguales (o mejores) que vosotros".-

 

La II Guerra Mundial les obligó a trasladarse momentáneamente a Washington DC, donde bajo la denominación de Washington Bears lograron un nuevo World Professional Basketball Tournament en 1943. Tres años después, con el nacimiento de la BAA, Joe Lapchick -ahora como técnico de los recién nacidos New York Knicks- lanzó un nuevo guiño a su antiguo y respetado rival negro, solicitando a la nueva liga la inclusión del equipo de Harlem. Tampoco pudo ser. Y los Rens tuvieron que conformarse con pasar en 1948 a la devaluada NBL, en la que apenas aguantaron un año antes de su desaparición. Entonces, sólo faltaban unos meses para aquel verano de 1950, en el que Lapchick finalmente se salió con la suya y dio el paso definitivo para la integración (selectiva o no) de la raza negra en la liga profesional de baloncesto.

 

 

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De Aitor Labrador (el 12/01/2010 a las 04:53:27, en Spanish fly)
No está siendo ésta la mejor de las temporadas para los cinco representantes españoles en la NBA. Marc Gasol se postula como la excepción que confirma la regla, mientras Sergio intenta desprenderse del sambenito de jugador de fondo de armario. Y a la espera de que Pau y Rudy vuelvan a vestirse de corto para empezar a disfrutar de una ‘regular season interruptus’ a causa de las lesiones, el regreso del mejor José Calderón debe convertirse en el punto de inflexión que revierta la dinámica negativa que azota a una temporada, cuanto menos discreta de puertas para adentro si se compara con arranques anteriores.
Calderón vuelve a sonreír con los Raptors
Y que no se me malinterprete. Nos hemos acostumbrado al caviar. A enfundarnos el anillo. A participar en All Stars, concursos de mates y partidos de rookies. A pelear por  récords de tiros libres consecutivos y de triples convertidos por un jugador de primer año. Todo eso está muy bien. Es historia viva de nuestro basket. Y nos sentimos orgullosos de vivir en primera persona este salto de calidad que jamás hubiésemos soñado. Pero tampoco se ha de vivir de espaldas a la realidad y obviar que, al menos de momento (y por circunstancias especialmente físicas) no está siendo la mejor temporada española al otro lado del charco.

Si se trata de la factura a pagar por cuestiones de compromiso patrio (¿realmente estaban Rudy y Pau preparados para afrontar una temporada interminable con el Mundial de fondo?) o de una simple cuestión de metabolismo ya es harina de otro costal. Puesto que precisamente, uno de los jugadores que optó por reservarse y renunciar a sus obligaciones estivales con la selección, José Calderón, también ha tardado en arrancar. Así de implacable es la alta competición.

Lo más importante es que se trata de un simple bache. Porque el impacto del baloncesto español en un mercado tan chauvinista como el estadounidense ya está consumado. Sin ir más lejos, el blog especializado en NBA del New York Times dedicó este fin de semana un post a la reaparición del base extremeño de los Raptors.

Una gran noticia para los aficionados canadienses “no ya sólo por su regreso, sino porque sus sensaciones se asemejaron más a las del jugador que lideró a su equipo en la temporada 2007/08, que a la versión menos eficiente en la que se ha convertido”, suscribía su autor Benjamín Hoffmann.  “En 25 partidos esta temporada, su ‘ratio’ de 4.0 asistencias por balón perdido es el peor desde la temporada 2006/07”, añadía.



Sin embargo, y después de sus “ocho asistencias y una pérdida en 25 minutos saliendo desde el banquillo” frente a Orlando, José ha ido ganando en protagonismo. Continúa siendo suplente, pero ya se ha afianzado como sexto hombre, disputando los minutos decisivos, como en el partido de anoche en Indiana, donde el villanovense lideró los mejores minutos de los Raptors (7 puntos, 3/4 en tiros de campo, 1/1 en triples, 2 rebotes, 3 asistencias y 1 pérdida al descanso), pero no pudo evitar el descalabro canadiense, que permitió a los Pacers remontar una desventaja de 23 puntos hasta llevarse la victoria final (105-101). Calde se quedó finalmente en los 12 puntos y 6 asistencias (con dos pérdidas). Buenos números que, no obstante, deben ir mejorando paulatinamente para que el baloncesto español vaya recuperando las sensaciones agradables de antaño en la mejor liga del mundo.

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De Aitor Labrador (el 07/01/2010 a las 12:28:16, en Old School)


Utah Jazz-New Orleans Hornets, dos franquicias unidas por la historia, volvieron a medir sus fuerzas en el Energy Solutions Arena de Salt Lake City. A simple vista, un duelo más de los cuatro que disputan cada temporada (si es que, tal y como se aventura no se reencuentran más tarde en los play offs). Otro enfrentamiento entre dos jugadores, Chris Paul y Deron Williams, cuyos destinos parecen condenados a cruzarse a lo largo de sus respectivas carreras. Por su condición de bases, por su coetaneidad que les llevó a compartir también sendos puestos en el top five del draft de 2005. Por tantas y tantas cosas…

Pero esta vez, en lugar de entrar en las clásicas comparaciones, en que si el uno es mejor o más competo que el otro, el subconsciente se me va otra vez hacia atrás. Hacia los orígenes. Y sin querer, me vienen a la memoria aquellas imágenes del Municipal Auditorium, aquel peculiar pabellón en el que los Jazz disputaban sus partidos precisamente en Nueva Orleáns, allá por la década de los setenta.

Y sin tratar de no ensañarme demasiado con el ‘sacrilegio’ que para un servidor supone que un equipo en la liga lleve el nombre de Jazz sin jugar en el estado de Lousiana (sólo comparable al de una franquicia denominada Mormons que no jugase en Utah), un nombre vuelve a asomar por mi cabeza: Pete Maravich, para muchos el jugador más virtuoso en la historia de este deporte. Un profesional capaz de cambiar la concepción del juego en la posición de base, como en su día hicieron Bob Cousy o Magic Johnson; y de elevar la inventiva por encima del físico.

Este pasado martes se cumplieron 22 años de su fulminante desaparición, a los 41 años, mientras disputaba una pachanga con unos amigos. Y aunque los medios suelan tener por costumbre dedicar unas líneas a los que ya no están, única y exclusivamente cuando el aniversario de su fallecimiento coincide con un número redondo, esta modesta columna va por él.

Sus 44,2 puntos de media en la Universidad de Louisiana State (LSU) a las órdenes de su padre Press Maravich -y eso que por aquel entonces aún no había triples- permanecen como récord absoluto de la NCAA. Esa marca le convirtió en un héroe a nivel estatal y nacional, y le hizo ganarse un sobrenombre impreciso, si cabe. Puesto que además de un anotador incansable, 'Pistol' Maravich era un malabarista. Un virtuoso del balón.



Sus pases sin mirar sirvieron de inspiración a niños como Jason Williams, Sergio Rodríguez (o Ricky Rubio) por los que hoy en día sigue mereciendo la pena pagar una entrada. Y a muchos niños que soñaron (soñamos) con parecernos a él.

 

El aniversario de su fallecimiento ha coincidido con un episodio rocambolesco. El presunto duelo al más puro estilo OK Corral protagonizado por Gilbert Arenas y su compañero Javaris Crittenton en pleno vestuario de los Wizards. Afortunadamente, la sangre no llegó al río. Y a pesar de jurar y perjurar que lo ocurrido no fue más que “una broma”, la NBA le ha sancionado de manera indefinida. Desde aquí le recomendamos al ‘Agente Cero’ que en este tiempo repase la trayectoria de ‘Pistol’, que entregue las armas y se dedique a lo que mejor sabe hacer: jugar al baloncesto.
  
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