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Todo queda en familia
De Aitor Labrador (el 01/02/2010 a las 23:10:48, en Around the league)
![]() Nos hemos acostumbrado a que los Memphis-Lakers de cada temporada resulten especiales. Desde las primeras visitas con los Grizzlies de un imberbe Pau Gasol al Staples, pasando por el reencuentro entre el hoy ‘16’ de los Lakers y un Juan Carlos Navarro que apretaba los dientes para superar el vacío dejado por su amigo en la franquicia de Tennessee, o el duelo fratricida entre dos hermanos, que durante algo más de dos horas aparcarán su parentesco tras el abrazo previo para retroceder en el tiempo y revivir sus primeros ‘uno contra uno’. Será el primero de sus dos enfrentamientos en cuestión de un mes (el próximo 23-F, los Lakers volverán a pisar el FedEx Forum). Y Marc y Pau Gasol vuelven a verse las caras en un choque en el que no faltará de nada, puesto que sentimentalismos al margen, la espectacular trayectoria de los Grizzlies les puede llevar a reencontrarse en la primera ronda de los playoffs. Crucemos los dedos. Pero volvamos al tema que nos incumbe: los lazos de sangre. La espectacular temporada de Marc en su segundo año en la mejor liga del mundo ha desempolvado una pregunta universal: ¿Realmente es hereditario el talento? Y más concretamente en este caso, ¿existe una relación directa entre genética y baloncesto? A pesar de los muchos jugadores que no han podido seguir los pasos de su progenitor (Luke Walton o Pat Ewing Jr., por poner un par de ejemplos), o de casos a la inversa como el de Kobe Bryant (quien ha superado con creces el legado en la liga de su padre Joe), en las seis décadas de historia de la NBA han sido muchas las sagas con dos o más miembros de una familia en la liga. De hecho, apellidos como Van Arsdale, Paxson o Barry (Rick y sus hijos Brent, Joe y Drew) ya son considerados como auténticas dinastías. Padres e hijos (y abuelos en algunos casos), sobrinos y tíos, hermanos, primos y hasta primos segundos... Como si de un torneo de aficionados se tratase, cualquier parentesco puede ser posible, dando pie muchas veces al más que discutible hábito de la comparación. Sin ir más lejos, en las últimas décadas, jugadores como Gerald Wilkins (y su hijo Damián), Wesley Person, Brent Price, Harvey Grant, Shandon Anderson o Jim Paxson han intentado, con mayor o menor éxito, sobreponerse durante sus años en activo a la cruz de compartir linaje con primeros espadas de la talla de Dominique Wilkins, Chuck Person, Mark Price, Horace Grant, Willie Anderson o John Paxson, respectivamente. Otros, como Sebastian Telfair, base de Los Ángeles Clippers y primo del ex jugador de Knicks y Celtics, Stephon Marbury, prefieren tomarse su parentesco como ejemplo y plus de motivación. “Stephon nos abrió los ojos en Coney Island. Y nos dijimos: podemos conseguirlo”, llegó a reconocer en una entrevista concedida al Boston Globe en 2006. Aún así, resulta difícil pensar que sólo con trabajo y motivación, Tracy McGrady haya podido seguir los pasos de su primo mayor Vince Carter, por muchos consejos que éste le diese en sus primeros años en los Raptors. En casos así, como también puede ocurrir con los hermanos Gasol, queda claro que el baloncesto (y por extensión, cualquier actividad física que se precie) puede ser cuestión de genética. Ahora bien, las comparaciones entre ambos resultan más odiosas que nunca. Porque a pesar de que a primera vista puedan parecerse (especialmente para el público oriental, tal y como les ocurrió en Pekín durante los pasados Juegos Olímpicos), son totalmente diferentes. Y también, porque los dos son muy buenos. Existe también el caso contrario, más habitual por norma general, en el que tampoco hay lugar para la discusión. Porque lo realmente inexplicable es justificar cómo franquicias como Phoenix Suns o Atlanta Hawks pueden seguir confiando y asegurando un salario a los gemelos Jarron y Jason Collins, después de siete años de discretas estadísticas. Casualidades de la vida, el lugar de este último en el juego interior de New Jersey Nets lo ocupó el año pasado otro jugador, procedente de su misma universidad (Stanford), que también cuenta con un gemelo en la NBA, concretamente en Phoenix Suns. Se trata de los hermanos López, Brook y Robin, dos de los universitarios más cotizados en el draft de 2008, gracias a sus más de siete pies de altura, su aceptable juego de pies y su tremenda envergadura. Precisamente, en Arizona, Robin López comparte vestuario con Taylor Griffin, el “hermano malo” del número uno del pasado draft, el de momento inédito Blake Griffin. Otra de las carambolas familiares recientes en la NBA, fue la protagonizada un año antes por el escolta Brandon Rush. Elegido en el draft de 2008 en 13º lugar por Indiana Pacers -después de ocupar un papel relevante en la consecución del título de la NCAA por parte de la Universidad de Kansas-, Rush relevó en su puesto a su propio hermano mayor Kareem, quien desde entonces no ha terminado de encontrar un sitio en la liga, primero en Philadelphia y después en los Clippers, de donde fue ‘cortado’ recientemente sin poder emular sus años dorados en aquellos Lakers tricampeones de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal. El ciclo de parentescos en el parqué se cierra con los hermanos Graham. Stephen, otro de los gemelos trotamundos de la liga, y su hermano Joey, escolta de Denver Nuggets, que tampoco ha cumplido las expectativas creadas a raíz de su notable papel en la Universidad de Oklahoma State en 2004. El tiempo determinará si su caso puede llegar a compararse al de los hermanos O’Bannon (Ed y Charles), estrellas universitarias durante su periplo en UCLA y dos de los fracasos más sonados en la historia del draft. Mientras tanto, los Gasol seguirán dejando abierta la puerta a la posibilidad de que el baloncesto también puede ser cuestión de genética. Claro, como su padre era ATS y su madre médico… |
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