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Malos tiempos para ser base
De Aitor Labrador (el 10/12/2009 a las 16:53:02, en Spanish Fly)

Permítanme una licencia. Sí, ya sé que aún es pronto, que apenas llevamos tres ‘post’ en este modesto blog… pero la reflexión bien lo merece. El siguiente artículo no se reduce únicamente a las fronteras de la NBA. Lo siento Señor Stern, pero el baloncesto sigue siendo mucho más que ‘su’ liga.

En una de estas madrugadas interminables que tanto me cautivan, mi atención volvió a desviarse hacia el Madison Square Garden. Aunque en esta ocasión no se trataba de un partido de los Knicks, ni de un concierto de Jay-Z o Kanye West. Qué va. Casualidades de la vida, los inescrutables caminos de la noche me llevaron a un torneo universitario, el SEC/Big East Invitational. A un duelo entre dos clásicos, Kentucky y Connecticut.

Se preguntarán, ¿a qué viene todo esto? Pues bien. Bastaron apenas unos minutos de la primera mitad –qué tiempos aquellos en los que el basket se jugaba en dos tiempos- para engancharme. El motivo, un base de primer año, John Wall. El número once de los Wildcats. A simple vista, otro base anotador más en esa inagotable lista que la NCAA parece empeñada en engordar año tras año.

¿De qué me suena este nombre? Navego y me caigo del árbol… ¡Pero si éste era el chaval llamado a ser el número uno del draft de 2010! Uno de los motivos que, según algunos analistas, empujaron a Ricky Rubio a presentarse (no diremos todavía que precipitadamente este año, ante la presunta ausencia de bases que le privasen de un puesto entre los tres primeros). Menos mal. Porque si llega a haberlos, no sé yo.



Dejemos de lado a Wall. Al margen de sus 25 puntazos (10/16 en tiros de campo), 6 robos y un arreón final que tumbó por sí solo a los Huskies. Tiempo habrá de hablar y escribir del chaval. Y centrémonos en lo que nos atañe. La NBA, Calderón, Sergio, Ricky…

Más allá del binomio Chris Paul-Deron Williams, de las recuperaciones de Devin Harris y Gilbert Arenas (por no hablar de la reaparición tras un año de retiro de Jason Williams), o de la consolidación de Derrick Rose, Russell Westbrook o Rodney Stuckey, la liga sufre un ‘overbooking’ de jóvenes talentos en la posición de 'play  maker’. Y no hablo de la explosión de Brandon Jennings, de la buena pinta que tiene Stephen Curry, del protagonismo de Tyreke Evans o de los destellos de Johnny Flynn, Ty Lawson, Eric Maynor o Darren Collison… Todos ellos jugadores de primer año, tras un draft en el que a priori ningún base debería haber privado a Ricky de un puesto entre las tres primeras elecciones. Menos mal, repito.

Al mismo tiempo, Steve Nash y Jason Kidd son un año más viejos (aunque en el caso del canadiense, parece haber firmado un pacto con el diablo) y en el subconsciente de los aficionados sigue rondando el temor a que su testigo acabe rodando por el tartán. Bienvenidos a la  era de los ‘combo guards’, de los bases anotadores que mandan, ordenan y se ‘chupan’ la última posesión.

Es aquí donde deberían entrar ‘los nuestros’. Ampliando las miras de la NBA en una posición que parece ir a peor, aunque los protagonistas de la interminable lista citada anteriormente nos puedan levantar del asiento. Algunos bien asesorados como Theo Papaloukas ni se la jugaron. Otros como Vassilios Spanoulis se dieron cuenta a tiempo y regresaron con el rabo entre las piernas. Y mientras Sergio continúa luchando por acercarse más a Calderón que a este último, Ricky aún está a tiempo de pensárselo y de seguir los pasos del primero. O al menos, de no volver a precipitarse como hizo este verano.