Tiendas y calles abarrotadas de gente en busca de las últimas compras, la pista de hielo y el árbol gigante del Rockefeller Center y Central Park (por favor, políticos, no intenten hacer esto en sus casas), madres preparando el clásico pollo con berzas en Hollis, Queens… Ya es Navidad en la Gran Manzana, donde el estrés y el “vive tu vida” de cada día dan paso a los buenos deseos y los actos de caridad. El espíritu navideño invade la ciudad y se extiende por todos y cada uno de sus rincones. Y el Madison Square Garden no podía ser menos…
Tras el parón obligado de la Nochebuena, la NBA se prepara para vivir un nuevo Christmas Day. Un copioso menú con cinco partidos de postín. Desde un Boston-Orlando para abrir boca en el Este… a un Lakers-Cavs, con el duelo Kobe-LeBron, como plato principal. Todo está listo para el empacho. Para una jornada en la que, con los regalos recién abiertos, el baloncesto ejerce como complemento de lujo o vía de escape perfecta al clásico cuñado de turno al que no soportas.
En Nueva York sin embargo, ya están acostumbrados a ello desde hace 25 años. Exactamente desde un 25 de diciembre de 1984, cuando por obra y gracia de Bernard King, el baloncesto y los Knicks se convirtieron en el acontecimiento del día de Navidad. El poso de sus 60 puntos en el ‘derby’ local ante los Nets permanece aún en el recuerdo de los aficionados, que se resisten a olvidar semejante exhibición de talento, tan sólo superada y de milagro el pasado año por un tal Kobe Bryant.
“Hacer esto en el Madison, para los Knicks, el equipo al que seguía de niño, fue especial”, recordaba hace unos meses el cuatro veces All Star al Daily News. “Aquel partido –a pesar de la derrota (114-120) fue la cima de mi carrera”.
Y lo dice un individuo capaz de firmar 50 puntos en dos partidos consecutivos (el primero en la liga desde 1964), de promediar 22,5 puntos por partido en sus 15 temporadas como profesional, o incluso hasta protagonizar un cameo en Miami Vice, donde aparece como hijo de Bill Russell.
Sólo tres meses después de tocar el cielo con los dedos, de haberse ganado la admiración y veneración de una de las pistas más emblemáticas de la liga, King se destrozó la rodilla. Estaba en lo más alto. Era el jugador del momento. Pero no desistió.
Tras dos campañas en blanco, reapareció y pese a promediar más de 22 puntos en sus seis primeros partidos (los últimos de la temporada 86/87), los Knicks le cerraron la puerta para asombro de una parroquia que le seguía idolatrando a pesar de la incorporación de un joven Pat Ewing.
King seguía siendo la gran estrella del Garden. Un anotador incansable, que a pesar de sus problemas físicos –su lesión se reprodujo en dos ocasiones más- y de haber perdido toda su explosividad, supo reconducir su carrera como nadie. Eso sí, lejos ya de su Brooklyn natal. “Siempre di todo lo que tenía. Si has de hacer algo en la vida, debes luchar por ser el número uno”. Es el mensaje del Rey.
Ya en los Bullets, vivió su segunda juventud en un atractivo equipo que contaba en sus filas con ‘Muggsy’ Bogues, Jeff y ‘Mo’ Malone o Manute Bol. Incluso, se ganó con 35 años un puesto en el quinteto titular del Este en el All Star de 1991, temporada en la que promedió 28,4 puntos (tercero de la liga, por detrás de Michael Jordan y Karl Malone). ‘B-King’ había vuelto. Hasta que una nueva lesión de rodilla anticipó su retirada.
Olvidados sus problemas con la justicia a causa de su tormentosa relación con su ex mujer, King reside en Atlanta con Amina, su hija de 11 años, y regenta un negocio de ahorro energético para empresas.
Mientras, los Knicks buscan la redención brindando la oportunidad que en su día negaron a King a otro gran jugador con rodillas ‘de cristal de Bohemia’, Jonathan Bender. Aunque éste, a pesar de su tremenda calidad, difícilmente podrá anotar algún día 60 puntos en el Garden. Y menos, en un día tan señalado. Feliz Navidad.