Una vieja Fender, una melodía, un estribillo y ya tenemos una canción, el auténtico meollo del rock and roll. Canciones para todos los gustos, canciones sin fronteras y canciones para corazones hambrientos. Y, sobre todo, "no retreat, baby, no surrender": "No retroceder, no darnos por vencidos, nena".
Nadie puede poner a estas alturas en duda que corren nuevos y fresquísimos aires por la escena pop y rockanrrolera española. Nombres muy propios por todas partes. Gente con ideas estimulantes y también con estimulantes formas de llevarla a un pentagrama, a un directo, a un cedé. ...
Sin duda forman una extraña pareja. Les separa alguna que otra generación, pero les une su pasión y su entrega a la causa de la buena música y la buena letra....
No son nuevos, pero suenan y cantan como si acabaran de nacer. Proceden de Valencia, se llaman Una Sonrisa Terrible y su último disco es Mientras la orquesta siga tocando, título que han tomado prestado de una canción de sus buenos amigos Doctor Divago. Hartos del menudeo del negocio discográfico, su álbum se puede conseguir a través de la revista digital www.efeeme.com. Y desde aquí se recomienda que lo hagan. Canciones inteligentes, canciones con rica trufa dentro, canciones en bastantes casos excepcionales. Mucha personalidad, una vocalista con un delicioso carisma, poderío power-pop en líneas generales, aunque no es cuestión de sermonearles aquí con la retahíla de posibles influencias y demás. Lo que importa es lo que cantan y cómo lo cantan, con guitarras valientes, hermosas armonías, este puñado de canciones te pone un nudo en la garganta. No se lo pierdan. (sonrisaterrible.blogspot.com)
Es un tipo curtido en los esquinazos de la vida y de la música. Un vaquero rojeras (cuando le vi en Madrid, su batería llevaba una hoz y un martillo impreso en el bombo) que ha convertido el country, el folk y el rock and roll americano de los últimos años en una olla a presión. ...
(Por fin se editan en castellano -Editorial Global Rhythm Press- sus memorias: “Bound for glory”) Fue un tipo de leyenda, uno de esos hombres que forjaron el impresionante edificio de la cultura popular norteamericana. Fue un cantor que no entendía la vida ni la música sin compromiso. Sin Woody, sin Woody Guthrie (1912-1967), tal vez Dylan, su más aventajado discípulo, nunca habría existido. O, por lo menos, no habría existido tal como lo conocemos. Folk y country y todo el cancionero tradicional fueron su herramienta. Las letras de sus canciones se las inspiraban los perdedores de América: los pobres, los vagabundos, los sindicalistas, los emigrantes, los desheredados. El pasado día 18 de enero, la historia de su país se reconcilió con él cuando Bruce Springsteen y su amigo Pete Seeger cantaron en el Lincoln Memorial de Washington durante la fiesta de procalmación de Obama su canción más popular y también más trascendental y significativa: “This land is your land”: (“Esta tierra es tu tierra”). La vida de Woody no fue fácil, pero fue intensa. Y de ella deja constancia en sus memorias, tituladas “Bound for glory” (“Rumbo a la gloria”), que por primera vez se editan en castellano por Global Rhythm Press, una editorial que se ha convertido en un ineludible punto de referencia en cuanto a publicaciones relacionadas con la música y los músicos se refiere. Tipos de una pieza, como Woody, le dieron voz a los parias de la tierra. Su canción, su vida, su verso combativo y su corazón sencillo pusieron los cimientos de lo que en los últimos cincuenta años ha sido la gigantesca casa de la música popular. Que no calle el cantor.
(Se cumplen cincuenta años de la muerte del genial rocker Buddy Holly, el Ruiseñor de Texas) Los inviernos en Iowa no son una broma. Frío, viento, nieve. Aquella noche del 2 de febrero de 1959 no fue una excepción. A la salida del Surf Ballroom de Clear Lake, la gélida temperatura y el cansancio hacían mella en un par de jóvenes promesas del casi recién nacido rock and roll: el rocker latino Ritchie Valens, el de La bamba, y el texano Buddy Holly, el rocker de las gafas y la mirada míope. Hace medio siglo, las giras de los artistas por la América profunda eran un laberinto. Malos autobuses, carreteras solitarias, mucho sueño. Aquella noche, después del bolo, Holly, de veintidós años, no estaba de humor para adormilarse malamente en el asiento de la furgoneta, camino de su próxima actuación en Moorhead, Minnessotta, y zamparse de paso cuatrocientas millas a paso de tortuga. Una avioneta sería la solución. Pero fue la solución final. Un piloto inexperto y una noche de perros hicieron el resto y grabaron a fuego, a triste fuego, la madrugada del 3 de febrero en la historia del rock. Big Bopper, otro amigo y colega, Valens y Buddy dejaron su vida sobre los campos de Iowa. Mucho tiempo después, en 1972, aquellas fatídicas horas fueron bautizadas por el cantautor Don McLean en su mítica canción “American pie” “como la noche en que la música murió”. Al año siguiente, Francis Ford Coppola y George Lucas retomaban el hilo de la historia y hacían decir a uno de los personajes de su película “American graffiti”: “El rock and roll murió con Buddy Holly”. Ahora sabemos que no murió, pero quizá ya nunca fue como en aquellos primeros tiempos. Y Buddy fue uno de los tipos que hicieron que aquella música de negros cantada por blancos, aquella música del diablo para la sociedad de su época, diera algunos de los pasos que la convertirían con el tiempo en la música popular de todo el planeta. Para empezar, Holly no era un rocker al uso. Ni patillas, ni chupas, ni ademanes macarras. Era sureño, como casi todos sus jóvenes colegas, pero prefería ir de tímido por la vida antes que de camionero bravucón. La música de Buddy era vibrante, personal e intransferible dentro de aquella genial generación que incluía a Elvis, Eddie Cochram, Bill Haley, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash. Fue el primero en usar (pero no abusar) generosamente la melodía en sus canciones, en incorporar los pintureros coros de su grupo, los Crickets, e introdujo también suculentas innovaciones guitarrísticas. De hecho, muchos músicos posteriores le reverenciaron, desde McCartney (dueño durante mucho tiempo de los derechos de sus canciones) hasta Joe Strummer de los Clash y Elvis Costello. En apenas cuatro años, el rocker de Lubbock, crecido en una familia tradicional y religiosa, pasó del country a volverse loco por el rock and roll después de ver en directo a Elvis dándole a la pelvis como un poseso. Primero fueron las grabaciones caseras en estudios de la zona, bolos por garitos de mala muerte y casi tan mala vida, decepciones, subidones, y un “tío” (parecido, demasiado parecido al coronel Parker de Presley) que vio una mina de oro en el muchacho. Se llamaba Norman Petty, y con el tiempo acabarían tarifando. Pero, de primeras, le allanó el camino para que Buddy grabara su primer gran éxito, That’ll Be The Day, una canción que tomaba su nombre de una frase que John Wayne pronunciaba como una letanía en “Centauros del desierto”, de John Ford, y sobre la que circula una hermosa leyenda: se cuenta que un locutor de una radio del estado de Nueva York la estuvo pinchando en su emisora más de doce horas seguidas hasta que llegó la Policía. Fue sólo la primera carta de una baraja de triunfos, porque Holly tenía un auténtico don para crear hits. Ahí van unos cuantos: I’m looking for someone to love, Maybe baby, Not fade away, Go boy, Peggy sue, Oh boy!… joyas que en muchos casos ni siquiera llegaban a los tres minutos de duración, casi un suspiro, pero de suspiros así se ha escrito la historia del pop. Con ellas, este veinteañero, Buddy Holly se ganó una reputación de primera en buena parte del país, y como casi todos sus colegas vivió su gran espaldarazo al actuar en el show televisivo de Ed Sullivan. Holly rozaba la gloria rockanrrolera con la yema de los dedos, pero era un tipo inquieto y poco acomadaticio. Rompió con Petty, se casó, tras un flechazo de película, con una hermosísima puertorriqueña, María Elena Santiago, y empezó a dar sus primeros pasos en solitario. Pero diversos problemas con los derechos de sus piezas y con algunos contratos discográficos impedían que hiciera caja como es debido. Por eso comenzó una larga gira por las entrañas de los territorios de la Unión. Lo demás, es historia, leyenda. Veintidós años de vida, y los sueños y promesas de un nombre escrito con letras de oro en la historia del rock and roll despanzurrados sobre los campos de Iowa. El día que la música murió, el día que Buddy Holly se fue a tocar rockabilly con los ángeles. (En la imagen, el memorial en recuerdo de Buddy, Big Hopper y Ritchie Valens, en Iowa. Foto: Efe/Steve Pope)
(El legendario grupo irlandés, de gira por España) Peinan canas y lucen alguna calva, pero eso no les impide posar para su página web (www.rareauldtimes.com) con una jarra de a medio litro de cerveza en la mano. Su nombre, The Dubliners, es una franquicia de la música irlandesa en todo el mundo, un sello indeleble en el que durante medio siglo se han ido sucediendo los componentes, unos caídos en combate sobre el escenario, otros desaparecidos para siempre en la vida de civil. Escogieron su nombre en honor al libro de James Joyce, Dublineses, y de hecho en su repertorio una de las piezas más señaladas lleva el nombre de “Finnegans wake”, otra de las obras del creador del “Ulisses”. ...