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\\ Inicio : Histórico : IX. TIERGARTEN, PARAJES Y LEGACIONES (Invertir orden)
Artículos de esta sección en orden cronológico.
 
 

 

 

 

El Tiergartenviertel (Barrio del Tiergarten), al sur del gran parque central de Berlín, ha tenido siempre un uso distinguido. La Tiergartenstraße es hoy una sucesión de representaciones diplomáticas, como en su día lo fue de mansiones de las clases adineradas. Éstas fueron desplazándose hacia el oeste a medida que crecía la ciudad: de los palacetes intramuros, las familias pudientes pasaron a colonizar la ribera inferior del parque, para luego plantar sus ricas villas en Charlottenburg y Wilmersdorf, huyendo de los apretujones de la multitud que giraba alrededor de la Potsdamer Platz. En este elegante Tiergarteviertel Hitler hizo espacio a las embajadas de las potencias del Eje. La de Italia se terminó en los primeros años de la guerra y aún hubo tiempo para que en ella se hospedara el conde Ciano y ofreciera alguna recepción. Las dimensiones de esta legación de líneas y colores romanos responden a la especial vinculación entre la Alemania hitleriana y la Italia de Mussolini. A poca distancia hay una reconstrucción de la antigua Embajada de Japón, utilizada como centro cultural germano-nipón. También el industrial Krupp levantó entonces en este rincón privilegiado del nazismo la casa central de su empresa en Berlín y la residencia familiar. El edificio se salvó de los bombardeos porque los aliados suponían que guardaba planos de armas secretas, que esperaban recuperar cuando llegara la victoria. Poco antes de finalizar la guerra, los Krupp regalaron las instalaciones al Papa y la bandera del Vaticano ondeó cuando los soviéticos entraron en la ciudad. En la actualidad es el Canisius-Kolleg, colegio de los jesuitas.

 

Favorecida del mismo modo por el nazismo fue España, a la que en una permuta se le facilitó el terreno sobre el que se levanta su Embajada. Es la última en la sucesión de legaciones de un área igualmente conocida como Diplomatenviertel (Barrio de Diplomáticos), donde se concentran un buen número de representaciones nacionales. Toda ellas, al margen de las tres históricas ya mencionadas, exhiben modernas tarjetas de presentación arquitectónicas: Austria, India, Sudáfrica, Turquía, países nórdicos (aglutinados en un mismo recinto), México, Luxemburgo, Emiratos Árabes, Estonia, Grecia, Egipto...

 

La Embajada de España (1), situada al final de la línea recta que marca la Tiergartenstraße y dibuja después la Thomas-Dehler-Straße, está incrustada como una cuña dentro del Tiergarten, a las puertas del popular Café am Neuen See. Fue construida entre 1938 y 1943 y sobre su pórtico principal mantuvo, hasta la obras de renovación realizadas tras la capitalidad recobrada de Berlín, el águila imperial del escudo franquista. Hacerlo desaparecer de la piedra donde estaba esculpido resultó especialmente costoso, pero los titulares de la prensa española apremiaban. El águila ya había volado cuando celebramos la Richtenfest, la fiesta que se lleva a cabo en toda construcción en Alemania cuando se cubren aguas de un edificio. Los albañiles ocupados del tejado, toda una especialidad en Alemania y un notorio gremio que cuida sus tradiciones, se subieron a un andamio vestidos con sus petos de trabajo y comenzaron a recitar, entre trago y trago, sus versos de rigor. Pero no pudieron concluir su recitación, porque el embajador les había proporcionado orujo español, que ellos imaginaban algo más ligero. Aunque también hay aguardiantes alemanes (Schnaps) bastante peleones, los albañiles no se esperaban la contundencia del licor.

 

Cambio de destino

 

El Tiergartenviertel está ceñido por debajo por el Landwehrkanal. Para mí estas orillas del canal, a las puertas del Archivo de la Bauhaus, tienen un carácter digamos que vocacional. Paseando una noche por ellas, el entonces corresponsal de mi periódico me desveló que se encontraba a punto de dejar Berlín y me animó a procurar la plaza. Yo había acudido a la ciudad sólo por unos días, invitado por la fundación de la Unión Cristiano Demócrata, la Konrad Adenauer Stiftung (la CDU tiene su sede en este rincón y su fundación está en las inmediaciones), precisamente como preparación de un deseado futuro salto a Berlín, pero no contaba con un cambio profesional tan inmediato. En dos semanas el nombramiento estaba decidido. Años después, mi destino volvió a dar un cambio repentino cuando, también junto a la Bauhaus, recibí una llamada del director del periódico ofreciendo otro atractivo puesto.

 

Entré entonces en el Bauhaus-Archiv (2) y, aunque ya lo conocía, hice una nueva visita a conciencia, con sabor de despedida. Este movimiento de artes constructivas nació en 1919 en Weimar impulsado por Walter Gropius; en su escuela, trasladada en 1925 a Dessau, participaron Mies van der Rohe, Paul Klee, Wassily Kandinsky y Lászlö Moholy-Nagy, entre otros destacados artistas y arquitectos. Ante las presiones nazis en provincias, la Bauhaus intentó en 1932 continuar su actividad en Berlín, pero fue cerrada un año después cuando se produjo el ascenso de Hitler al poder. Para guardar el archivo se construyó a finales de la década de 1970 este edificio, obra de Alexander Cvijanovic. En la tienda del museo pueden adquirirse algunos de los más clásicos diseños de la Bauhaus. Es lo que yo hice con ánimo de comenzar a acumular todo aquello que deseaba llevarme de Berlín.

 

Una de las pocas villas que han quedado del antiguo barrio residencial es la que se hizo levantar en 1861 el ministro prusiano August von der Heydt. Conlindante con la Bauhaus, esta mansión neoclásica es la residencia del presidente de la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, poderosa entidad a la que pertenecen la mayor parte de los bienes culturales de Berlín.

 

Operación Valquiria

 

 

Siguiendo hacia el este por el canal se llega al Bendlerblock (3), sede del Ministerio de Defensa. Nada más apropiado para la democrática Alemania, necesitada de una legitimación para su Ejército, que situar ese Ministerio en lo que fue el centro desde el que se dirigió el golpe contra el Führer del 20 de julio de 1944. Esa conspiración ha salvado muchos honores –unas veces con justicia, otras no tanto- y también ha redimido un edificio en el que, nada más llegar a canciller, Hitler reunió al generalato para anunciar la “conquista de nuevo espacio vital en el oeste y su germanización sin contemplaciones”. El complejo militar se creó en 1911 con acceso desde la entonces Bendlerstraße (hoy Stauffenbergstraße); luego se amplió hasta el Landwehrkanal. Sede del alto mando del Ejército y de la Marina, en sus oficinas fue gestándose alrededor de algunos oficiales un plan opositor al régimen nazi. El de mayor graduación era el general Ludwig Beck, que en 1938 había dimitido como jefe del Estado Mayor del Ejército ante los planes belicistas de Hitler. Otros mandos implicados eran el general Friedrich Olbricht y Claus von Stauffenberg. Junto a la trama militar fueron convergiendo en el complot diversos círculos civiles, como el liderado por el dimitido alcalde de Leipzig, Carl Friedrich Goerdeler, quien debía convertirse en el nuevo canciller, y el organizado por el conde Von Moltke.

 

A las siete de la mañana del 20 de julio de 1944, Stauffenberg partió de Berlín en avión para trasladarse a la “guarida del lobo”, el puesto de mando de Hitler en Prusia oriental. Su presencia allí estaba justificada, pues acudía como enlace del Estado Mayor. Después de atravesar los diversos cercos de seguridad, el oficial entró en las instalaciones y preparó los explosivos, aunque sólo consiguió activar una de las dos cargas previstas. A las 12.37 horas penetró en la sala de conferencias, donde Hitler departía de pie con otras veintitrés personas alrededor de una gran mesa sobre la que se habían extendido mapas. Stauffenberg depositó un maletín con la bomba junto al Führer e inmediatamente abandonó la sala. Al atravesar de nuevo las guardias, a las 12.50 escuchó detrás de sí la detonación y regresó a Berlín convencido de que el régimen había quedado decapitado. Stauffenberg no sabía que después de haber colocado el maletín, un ayudante de Hitler lo había apartado porque molestaba, de forma que cuando explotó murieron cuatro personas pero el Führer sólo quedó herido en un brazo. La mala fortuna hizo que fuera el coronel Heinz Brandt, quien aunque no se encontraba entre los conspiradores simpatizaba con ellos, el que moviera de sitio el explosivo y acabara entre los muertos en el atentado.

 

A las 15.50 el general Olbricht, aprovechando sus responsabilidades oficiales, puso en marcha en Berlín la Operación Valquiria, un plan de emergencia previsto en el Tercer Reich en caso de desórdenes interiores y que los conspiradores utilizaron con la excusa de prevenir una posible revuelta ante la noticia del atentado. Pero la demora en la aplicación del plan por la falta de confirmación de la muerte del dictador y la rápida actuación de Goebbels, en comunicación con Hitler, determinó el fracaso de la tentativa. A las 17.00 Goebbels anunció en la radio que el Führer había sobrevivido; dos horas después las escasas tropas salidas a la calle ya habían sido neutralizadas. A las 22.30 los protagonistas del golpe fueron detenidos en el Bendlerblock. Beck se suicidó en su despacho, mientras que Olbricht, Stauffenberg y los también oficiales Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim y Werner von Haeften acabaron fusilados en el patio de entrada tras aplicárseles sobre la marcha un juicio sumarísimo. Fue un dramático final para un frenético día, relatado en la película Valquiria (2008), con Tom Cruise como Stauffenberg, que pudo haber cambiado la historia. Sus cuerpos fueron enterrados por unas horas en el cementerio de la Monumentenstraße; luegon resultaron exhumados y quemados en un lugar desconocido, donde se esparcieron las cenizas.

 

¿Liberación o derrota?

 

El patio del Bendlerblock se convirtió en 1952 en Memorial de la Resitencia Alemana, aunque entonces parte de la población de la RFA seguía considerando interiormente como traidores a quienes habían roto su juramento de sumisión a la autoridad. La educación de las nuevas generaciones y el discurso público han forzado el cambio de esa mentalidad, pero con motivo de la ofrenda floral que anualmente se realiza ante la escultura de Richard Scheibe –un hombre con las manos atadas– siempre aparecen voces que cuestionan la glorificación de Stauffenberg y sus colaboradores. Es el eterno debate en el que se incluyen temas como el grado de honestidad de la Wehrmacht o la catalogación del fin de la guerra (¿liberación de la tiranía o derrota?).

 

 

Aunque sólo sea para revivir aquellas horas dramáticas del 20 de julio de 1944 conviene entrar en el patio del Bendleblock. Los interesados en la historia del Tercer Reich tampoco deben perderse la exposición “Resistencia contra el Nacionalsocialismo”, habilitada en varias dependencias del edificio, entre ellas los despachos utilizados por los militares conjurados. La muestra está concebida como un completo centro de documentación sobre todos los círculos y personas que se opusieron al nazismo, desde las actividades clandestinas del grupo estudiantil muniqués Weiße Rose y del comunista Rote Kapelle, a las posiciones públicas de personalidades católicas y protestantes, como el cardenal Von Galen y el pastor Dietrich Bonhoefer. También recoge se ocupa de las miles de víctimas de las redadas y ajusticiamientos que siguieron al golpe del 20 de julio. Su cifra sigue siendo objeto de controversia, pero según fuentes oficiales nazis, los arrestados inmeditamente después del golpe llegaron a siete mil y en los meses que siguieron hasta la caída del régimen fueron ejecutadas unas once mil personas que se vieron relacionadas con la conspiración, aunque de ellas sólo aproximadamente doscientas habían estado implicadas directamente.

 

En el paseo por el Landwehrkanal se impone una última parada antes de llegar al Kulturforum. La Shell-Haus es uno de los monumentos arquitectónicos del Berlín de entreguerras. El zigzagueante bloque de oficinas, cuya altura asciende progresivamente de cinco a diez plantas, fue diseñado por Emil Fahrenkamp y construido en 1931 mediante una estructura de acero, algo innovador en esa época.

 

Foro para la cultura

 

El Kulturforum, al igual que la vecina Potsdamer Platz, es otra gran área del centro devastado de la ciudad que fue urbanizada en bloque, aunque con un intervalo de construcción de más de veinte años. Lo que fue un denso conglomerado de viviendas alrededor de la Matthäikirche, aparece como una espaciosa oferta de equipamentos culturales. El proyecto de Foro de la Cultura fue elaborado tras la guerra por el arquitecto Hans Scharoun con el fin de completar un corredor que uniera los templos culturales de Unten der Linden, en el este, y los museos de Charlottenburg, en el oeste. Sin embargo, la partición definitiva de la ciudad con la construcción del Muro impregnó el Kulturforum de un afán de rivalidad respecto a la Isla de los Museos y su entorno.

 

 

 

Del propio Scharoun y su colaborador Edgar Wisniewski son la Philharmonie (4) y la Staatsbibliothek (5), comenzadas a construir en 1960 y 1967, respectivamente. La Filarmónica, que sustituía a la de menores proporciones que había existido en la Bernburger Straße, supuso un hito en la arquitectura de posguerra y aportaba la innovación de situar el escenario en medio de un aforo distribuido en terrazas de fracturados niveles. Famosa por su buena acústica, la dirección de Herbert von Karajan la encumbró entre las primeras salas de conciertos del mundo. Junto al irregular volumen de la Filarmónica se agrupan la Sala de Música de Cámara y el Museo de Instrumentos Musicales. Por su parte la Stabi, como los berlineses occidentales han llamado a la Staatsbibliothek, ha unificado sus fondos con la Biblioteca Estatal del Este, formando una de las colecciones más extensas de libros y manuscritos del mundo.

 

Otra singularidad arquitectónica del Kulturforum es la Neue Nationalgalerie (6), de Ludwig Mies van der Rohe, en la que se expone una importante colección de arte del siglo XX. Se trata de un pabellón con una gran cubierta cuadrada de acero, sostenida sólo por ocho columnas exteriores y cerrada por paredes de cristal. Desde esta plataforma se desciende a un piso inferior dedicado a exposiciones. Se terminó de construir en 1968 y es una de las últimas grandes realizaciones del conocido arquitecto: la ciudad no quiso que quien tuvo que dejar de dirigir la Bauhaus en 1933 muriera sin establecer una obra mayor en Berlín. En las salas de la Nueva Galería Nacional cuelgan cuadros de los principales artistas de la modernidad clásica, desde Eduard Munch y Oskar Kokoschka hasta Giorgio de Chirico y Salvador Dalí, pasando por una amplia representación de las escuelas alemanas (Ernst Ludwig Kirchner, Karl Schmidt-Rottluff, Otto Dix y George Grosz, entre otros). El Kulturforum, articulado alrededor de la Iglesia de San Mateo, obra de Friedrich August Stüler de mediados del XIX, comprende también la excelente Gemäldegalerie (6), con pinturas europeas de la Edad Media hasta el siglo XVIII, el Museo de Artes Aplicadas, el Gabinete de Grabados y la Biblioteca de Arte.

 

 

Aktion T4

 

A la hora de dejar el Kulturforum hay que situarse frente a la puerta de entrada de la Philharmonie. No es un lugar más de la cultura, sino de la barbarie. Sobre la acera de la Tiergartenstraße una placa y una instalación del artista Eduard Serra hacen memoria de las doscientas mil víctimas a las que el Tercer Reich aplicó la eutanasia. “En este lugar, en la Tiergartenstraße 4, se organizó desde 1940 el primer asesinato en masa nacionalsocialista, denominado según esta dirección: Aktion T4”, dice la inscripción. Primero fue una ley para la forzada esterilización de sordos, mudos, esquizofrénicos, epilépticos, sifilíticos y otros supuestos portadores de enfermedades hereditarias, que afectó a unas cuatrocientas mil personas. Luego llegó la orden de aniquilar, en razón de la eugenesia y la higiene racial, aquellas existencias humanas juzgadas como inferiores e improductivas, desde quienes padecían de minusvalías físicas y psíquicas a quienes simplemente llevaban en la cárcel más de cinco años. Inicialmente, los “enfermos” eran introducidos en autobuses cuyos tubos de escape se habían desviado hacia el interior de la cabina; luego se desarrolló la cámara de gas en presuntos sanatorios. Esta Aktion T4 la llevaron a cabo cuatrocientos funcionarios desde una elegante villa, de aquellas que hacían apacible la vida en este Tiergartenviertel y preconizaban la elegante vida que con el tiempo se había extendido por los barrios de Charlottenburg y Wilmersdorf.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Embajada española y escudo de su fachada (Sargoth) / Bauhaus-Archiv / Portada de Spiegel, escultura en el patio del Bendlerblock y corona de flores / Fachada del Bendlerblock en el Landwehrkanal (J. Cornelius) / Patio del Bendlerblock a la mañana siguiente del fracasado golpe (Bundesarchiv) / Entrada al patio del Bendlerblock (Michael Klemm) / Philharmonie y Kammermusiksaal (De-okin) y Neue National Gallerie / Mapa Google]

 

 

 

Berlín tiene algo de indómito; no tanto por rebeldía como por un congénito desinterés en domesticar cada palmo cuadrado de su territorio. Otras ciudades alemanas ordenan hasta los más pequeños elementos de su paisaje urbano. En ellas todo está en su sitio: no hay zona verde que no esté convenientemente cuidada, ni camino que regularmente no se repare, incluso el carril-bici tiene un pavimento de otro color para que todo se inserte en el conjunto armónico que tanto place a los centroeuropeos. Podría pensarse que Berlín debiera ser el máximo exponente de ese orden, pero es que Berlín ha sido siempre la menos prusiana de las ciudades de la antigua Prusia. Los casi novecientos kilómetros cuadrados de la capital, que incluyen bosques y lagos, suponen un vasto territorio y facilitan esa desidia frente a querer encajonarlo todo en una cuidada y racional disposición. Pero incluso los distritos céntricos de Berlín ofrecen el aspecto de dejadez tan peculiar de la urbe. Y un claro ejemplo de ello es el Tiergarten, más agreste y menos pulido que los parques centrales de otras grandes capitales. “El berlinés no ha conseguido implantar en su parque cierto lujo y bienestar. ¡Qué hubiera hecho París con lugares tan bien situados!”, se quejaba Hessel. Su lamento, sin embargo, no podía ocultar la satisfacción de que el Tiergarten hubiera sido, en su silvestre descuido, el lugar perfecto para sus aventuras de infancia. También el escritor Walter Benjamin, en sus relatos sobre Berlín radiados en 1929-1930 para un público infantil, evocaba la fantasía desplegada en el Tiergarten por anteriores generaciones de niños, que se habían dedicado a construir cabañas para ambientar sus juegos. “Tan lejos como puede alcanzar mi memoria, me veo en verano en el verde del Tiergarten (...) Ha quedado como el más bonito lugar de juegos de mis más lejanos y aún posteriores recuerdos”, confesaba Benjamin.

 

El Tiergarten (Jardín de Animales) nació como lugar de caza y esparcimiento de la realeza. La extensión había pertenecido a la comunidad de Cölln, que en 1527 se la regaló al príncipe elector Joaquín el Joven. En esa época el bosque llegaba hasta lo que después fue el Gendarmenmarkt, aunque ya en el siglo XVII quedó delimitado prácticamente a su actual perímetro: aproximadamente tres kilómetros de largo por uno de ancho, que suponen una superficie de 225 hectáreas. Su definitiva transformación vino entre 1832 y 1839 de la mano de Peter Joseph Lenné, que convirtió el coto en parque de estilo inglés abierto al público. En su extremo nororiental, lo que había sido un campo de ejercicios militares se urbanizó en 1865 como Königsplatz, donde poco después se construiría el Reichstag. La vida natural del Tiergarten sufrió enormemente durante la Segunda Guerra Mundial, y sólo unos setecientos árboles de una masa forestal de doscientos mil se mantuvieron con vida. Pero aún habría de venir el primer invierno de posguerra, cuando para calentarse en sus casas, sin suministros de carbón, los berlineses esquilmaron lo que quedaba de parque.

 

La Parada del Amor...

 

Para abarcar con la mirada el Tiergarten habría que ser un ángel y sentarse sobre el hombro de la dorada Victoria (o también Borussia, alegórica figura de Prusia), la diosa alada que corona la Siegessäule (1)(Columna de la Victoria), como ocurre en la película El cielo sobre Berlín. Los que sólo somos humanos tenemos que conformarnos con quedarnos un poco más abajo: después de ascender 285 escalones por el interior de la Columna (también hay ascensor) se alcanza una plataforma situada a casi cincuenta metros de altura; la vista que ofrece tampoco está nada mal. A los pies de la estatua de ocho metros y cuarenta toneladas esculpida por Friedrich Drake queda la alfombra verde del parque, dividida en dos por el grueso trazo de la avenida del 17 de Junio. Desde esa altura habría sido la mejor manera de seguir la Love Parade las veces que este desfile tecno ha congregado a más de un millón de jóvenes, apretujados a los lados de la avenida para dejar pasar al circuito de camiones con los distintos DJ’s y su música a un desorbitado volumen. Pero en esa habitual jornada de julio la Columna estaba cerrada y las veces que acudí a presenciar la Love Parade me tuve que quedar en el perímetro exterior de la plaza.

 

Pude estar al pie de la Siegesäule, en cambio, la última noche de 1999, en la supuesta entrada al nuevo milenio. Mike Oldfield presentaba en directo su Millennium y un juego de chorros de luz, polémico por su similitud con los utilizados por Speer para las fiestas del partido nazi en Núremberg, convirtió la Columna de la Victoria en centro de la celebración. En todo aquello había un gran simbolismo; se expresaba el deseo de un nuevo siglo en el que quedara definitivamente enterrado el odio entre naciones vecinas. El monumento, en el que están incrustados cañones procedentes de la fundición del botín ganado al final de las guerras napoleónicas, se había erigido para conmemorar conjuntamente los triunfos prusianos sobre Dinamarca (1864), Austria (1866) y Francia (1871). Aún en 1938 Hitler había hecho añadir a los tres segmentos de la torre un cuarto (¿pensaba ya en una victoria, cuando aseguraba que ni siquiera desaba una nueva guerra?). La plasmación de todo ese triunfalismo había sido acogido por la irreverencia berlinesa con motes como “la chimenea de la victoria” o “la dorada Else, la mujer más respetable de Berlín porque no tiene amantes”. Pero el sarcasmo no menoscabó su propósito oficial y, como revancha, tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la bandera francesa se izó sobre la Columna y las tropas de De Gaulle se llevaron a París, a título de trofeo, los bajorelieves de bronce de la base del monumento. Más difíciles de extraer, los franceses respetaron los mosaicos de Anton von Wermer, pintor del Káiser, que había decorado la baulastrada de columnas con pequeñas piezas de colores cantando las glorias militares prusinas. Sólo en 1986, como regalo por el 750 aniversario de la ciudad, todos los bajorelieves pudieron volver a su sitio.

 

... y paradas militares

 

La plaza en la que se encuentra la Siegessäule, la Großer Stern (Gran Estrella), tiene la forma dada por los nazis. En 1938, Speer ensanchó la rotonda, ampliándola de ochenta a doscientos metros de diámetro, y a su centro desplazó la Columna, hasta entonces situada en la explanada que hay frente al Reichstag. Igualmente tomó de allí el conjunto escultórico dedicado a Bismarck, obra de Reinhold Degas, y las estatuas de Von Moltke y Von Roon. De esa remodelación también datan los templetes laterales que dan acceso subterráneo al centro de la plaza. Lo de “grande” viene de que cerca había una Pequeña Estrella, en el cruce con la Bellevueallee, hoy desdibujada.

 

El tamaño de la Großer Stern y de la Siegessäule debía estar acorde con las proporciones y la perspectiva del nuevo eje este-oeste con el que Speer dotaba al Tercer Reich de una anhelada plataforma para las paradas militares. La avenida 17 de Junio (entonces Charlottenburger Chaussee) fue duplicada en anchura. La nueva calzada fue estrenada el 20 de enero de 1939, el quincuagésimo cumpleaños de Hitler, con una demostración de fuerza de la Wehrmacht en un desfile de cuatro horas. Para habilitar un paso adecuado a los tanques hubo que separar los pilares de la Charlottenburger Tor. Durante la guerra, fue necesario camuflar el trazo rectilíneo de la avenida con el fin de impedir que los bombarderos enemigos pudieran guiarse en sus incursiones. En los últimos días de la contienda, la gruesa recta sirvió para el forzado aterrizaje de aviones alemanes, que no tenían otra manera de abastecer el centro de Berlín. Con el fin de facilitar esa operación, se desmontaron las farolas laterales, diseñadas personalmente por Speer y que, restauradas, siguen hoy escoltando parte del paseo. Uno de esos arriesgados vuelos, auxiliados por unas luces instaladas en la Siegessäule, lo protagonizó el propio Speer, cuando en las últimas jornadas de la contienda acudió a despedirse del Führer, en una extraña entrevista que bien refleja la curiosa relación entre ambos.

 

“Señor Gorbachov, abra esa Puerta”

 

Para hacer una presentación ordenada del Tiergarten partamos de la Puerta de Brandemburgo. A pocos metros de distancia, en medio de la avenida 17 de Junio, se encuentra la escultura de El Voceador, instalada cuando la ciudad estaba divivida. La figura dirige sus voces hacia Berlín-Este, como intentando elevar su voz por encima del antiguo Muro. En su visita de 1963, John F. Kennedy se subió en este punto a un alto estrado para mirar al otro lado, aunque no vió más que una Puerta cuyas aberturas las autoridades comunistas taparon con enormes telas rojas. El democristiano Richard von Weizsäcker, que fue alcalde de Berlín y en 1984 se convirtió en presidente de la RFA, había escrito que “la cuestión alemana estará tanto tiempo abierta como cerrada esté la Brandenburger Tor”. Y a ello se refirió en 1987 Ronald Reagan desde este mismo sitio al proclamar su conocida frase: “Señor Gorbachov, abra esa Puerta”.

 

Algo más adelante se encuentra el Sowjetische Ehrenmal (2) (Memorial Soviético). Inaugurado en noviembre de 1945, fue el primero de este tipo en Berlín; más tarde se erigiría uno mayor en Treptow. El monumento recuerda a los 102.000 soldados del Ejército Rojo muertos en la batalla por la capital alemana, 2.500 de los cuales están enterrados en el campo que hay en la parte posterior del monumento. Para su construcción se utilizó granito de la Cancillería de Hitler. La instalación es una de las curiosidades de la Guerra Fría, pues se ubicó en sector británico y los soldados soviéticos que la custodiaban debían cruzar diariamente la frontera. Hasta 1990 hubo guardia soviética, en turnos de dos horas durante las cuales los soldados debían permanecer inmóviles, como la estatua de seis metros y medio que preside el conjunto. Por los acuerdos con la URSS que hicieron posible la reunificación, las autoridades alemanas se responsabilizan del cuidado del monumento, aunque poco pueden hacer por el envejecimiento de unos tanques, dos ejemplares de los T-34 que participaron en la batalla de Berlín, cada vez más anticuados.

 

Avenida de las muñecas

 

Moscú eligió ese lugar para el Sowjetische Ehrenmal por una cuestión de simbolismo. Justo enfrente, adentrándose en el Tiergarten, comenzaba la Siegesallee (Avenida de la Victoria). Guillermo II la había regalado en 1901 a sus “amados berlineses”. Éstos no se mostraron muy agradecidos y sin demasiado miramiento pronto comenzaron a llamarla “Puppenallee” (avenida de las muñecas). No era para menos: a lo largo del paseo se colocaron diecisiete grupos escultóricos de nobles y monarcas de Brandemburgo y Prusia, cada uno completado con un banco en semicírculo. Por más que fueron realizados por un escultor de la valía de Rheinhold Begas, su suntuoso gusto fue criticado por otros artistas del momento, como Max Liebermann, que acusó al Káiser de obligarle a llevar gafas oscuras el resto de su vida para no tener que ver tamaño espectáculo. En un cómic de la época se presentaba a dos hombres de provincias comentando: “¡Qué maravilloso es todo aquí. Hasta la cagada de pájaro está hecha de mármol”.

 

No menos sangriento sería Hessel: “No mires, por favor, a las balaustradas de mármol, bancos, saltos de agua y personalidades principescas que debemos a los arquitectos y maestros de obras guillerminos. ¡Considera este estridente blanco ante el encantador verde como un deslumbramiento y una agresión a los ojos”, aconsejaba a los lectores de Paseos por Berlín. Y añadía algo que tenía mucho de profético: “te prometemos que, con la ayuda de Dios, la próxima vez que vengas a Berlín se habrá quitado de en medio la malograda” exhibición de la “Puppenallee”. Y quitada de en medio está: la antigua Siegesallee es hoy un estrecho camino que no ofrece ningún vestigio de gloria imperial. Las estatuas que no fueron destruidas en la guerra se recogieron enun "lapidarium", donde en una ocasión me presenté para verlas. Dispuestas en dos filas, pasé revista entre ellas como había visto hacer a Guillermo II en un documental. Los berlineses hicieron bien en burlarse de aquello. Luego han sido restauradas y expuestas en la Zitadelle Spandau.

 

10 de marzo, primavera

 

Más entusiasmo popular despertaron otras estatuas aún hoy repartidas por el Tiergarten. Es el caso de la Amazona –“la primera berlinesa que mantiene su espalda con una ligera curvatura no encorsetada”, destacaba un cronista-, cuyo original se encuentra en la Alte Nationalgalerie, y también de las esculturas de Wagner y Goethe. Pero probablemente las más queridas, porque eternizan un historia de amor, han sido siempre la de Federico Guillermo III y la de su esposa la reina Luisa. El rey, obra del mismo escultor que modeló la Victoria de la Siegessäule y que aquí reprodujo hasta los remiendos de las botas del ahorrador monarca, mira en dirección a su amada; ella le corresponde desde una diminuta isla que lleva su nombre, la Luiseninsel (3). La reina Luisa Augusta Guillermina Amalia fue siempre objeto de adoración entre el pueblo; inteligente y guapa, su temprana muerte en 1810 a los 34 años, después de haber alumbrado diez hijos, dio alas a la leyenda.

 

“Nosotros los berlineses –aseguraba Julius Rodenberg en 1885– datamos la primavera en el 10 de marzo, el cumpleaños de la reina Luisa, cuando su pequeña isla en el Tiergarten se cubre de flores y los dos monumentos, el de ella y el de su real esposo de enfrente, son descubiertos de su armazón de envoltura invernal de tablas. Entonces reluce por primera vez de nuevo el mármol blanquecino entre el germinante verde, y entonces comienza para nosotros la primavera, independientemente del calendario”. El entorno de la Luiseninsel, junto a la Tiergartenstraße, era el preferido de Walter Benjamin. Aquí “por primera vez, y para nunca más olvidarlo, adquirí el concepto, que sólo más tarde se expresó en palabra, del amor”, confesó el escritor en las memorias sobre su temprana edad en la capital, Infancia en Berlín hacia 1900.

 

In den Zelten

 

El lugar del Tiergarten más frecuentado, no obstante, ha sido tradicionalmente el que se encuentra alrededor de la Haus der Kulturen der Welt (4) (Casa de las Culturas del Mundo). Se trata de una zona que desde el siglo XVIII se había destinado a diversión. En 1745, Federico II autorizó a dos hugonotes franceses a que pusieran unas tiendas de campaña para la venta de refrigerios a los paseantes. Aunque luego los establecimientos dejaron de ser de lona y se multiplicaron en tabernas y mesones, el emplazamiento siguió siendo conocido como In den Zelten (En las Tiendas). E.T.A. Hoffmann era parroquiano habitual del lugar, que estaba “repleto de hombres de todo tipo y condición”; en él sitúa las largas conversaciones de los tres camaradas de su obra Fragment aus dem Leben dreier Freunde [Fragmento de la vida de tres amigos] (1817). En 1844, Joseph Kroll abrió el establecimiento más grande, con diversos restaurantes y salas de baile y un amplio Biergarten con música al aire libre. “Hombres en elegante uniforme civil o militar, berlineses, gente de provincias, extranjeros y toda clase de mujeres, de diferentes edades y de distinta moral” se sentaban a las mesas, bajo los árboles del Tiergarten, según describió en esa época Alfred Kerr. A esas instalaciones se unió a final de siglo un gran teatro de ópera, que adquirió carácter propio cuando en 1926 Otto Klemperer se hizo cargo de la dirección musical. Klemperer convirtió la Kroll-Oper en lugar de referencia para la música contemporánea, apostando por obras de Paul Hindemith, Igor Strawinsky y Arnold Schönberg. La Kroll-Oper, con fachada a la hoy Platz der Republik, estaba enfrente del Reichstag y tras la quema de éste acogió sus menguadas y títeres sesiones. En 1957 fueron retiradas sus ruinas.

 

El atractivo entorno de In den Zelten había llevado a algunos distinguidos berlineses a trasladar allí su residencia, como Bettina von Arnim, cuyos salones acogieron reuniones de intelectuales a mediados del siglo XIX. Junto a los pequeñoburgueses, el pueblo llano acudía también al enclave. La revolución de 1848 se fraguó alrededor de los quioscos de música, utilizados como estrado desde los que discutir sobre libertad de prensa y expresión; de aquí partieron las masas para atravesar la Puerta de Brandemburgo y dirigirse al Palacio Real con el fin de plantear sus demandas. También los revolucionarios de noviembre de 1918 recibieron aquí la consigna de comenzar el levantamiento. De todo este pasado no quedan más que algunos topónimos, como el de Bettina von Arnim. Con él se bautizó la apacible orilla del Spree que va por detrás de la Casa de las Culturas del Mundo y que sigue atrayendo a los paseantes, sobre todo en las tardes de verano. En esa orilla, cerca de la valla de la Cancillería, una placa indica que allí estuvo el Instituto de Sexología creado por Magnus Hirschfeld en 1919. Como judío, Hirschfeld tuvo que huir de Alemania después de que las SA destrozaran el centro en 1932.

 

Podría decirse que la forma de la Haus der Kulturen der Welt recuerda a las tiendas de campaña originarias, aunque los berlineses optaron por apodar el edificio como la “ostra embarazada”. Sufragado por los norteamericanos, se construyó en 1957 como palacio de congresos, en el marco del concurso internacional de arquitectura Interbau. El arriesgado diseño de Hugh Stubbins no encontró soluciones de ingeniería adecuadas, y tuvo que clausurarse en 1980 después de que una parte del techo cayera y enterrara a un periodista. Con un nuevo palacio de congresos en el distrito de Charlottenburg, el edificio se reabrió poco después como un espacio para el intercambio artístico con manifestaciones culturales de fuera de Europa. Frente a la entrada, en uno de los dos amplios estanques, reposa la escultura Gran Mariposa de Henry Moore.

 

Acampada turca frente a la Presidencia federal

 

Desde ahí se oye perfectamente el gran Carillón (5) que en el 750 aniversario de Berlín fue plantado en el comienzo de la John-Foster-Dullas-Allee. Compuesto por 68 campanas de diferente tamaño, colocadas en lo alto de una torreta negra de granito, el carillón ofrece un breve concierto determinados días de la semana. Cuando sopla el viento, el sonido se expande por las proximidades y no es extraño que en ocasiones la melódica música quede como lejano trasfondo en las cintas que graban las ruedas de prensa en la vecina Cancillería.

 

Cuando los domingos soleados se circula por la John-Foster-Dullas-Allee en dirección a la Großer Stern, en el Tiergarten se observa un particular espectáculo. Una multitud de familias turcas se distribuye por el parque, entre las columnas de humo de sus barbacoas y las mantas que extienden sobre la hierba para organizar la comida y la larga sobremesa que se prolonga hasta la caída del sol. Esa presencia no hace más que revivir el destino que los antiguos berlineses habían dado a In den Zelten. La imagen más significativa, al menos la más sugerente desde el punto de vista político, es la que ofrece cualquiera de esas tardes la Bellevueallee, en una perspectiva que aúna la masa de ciudadanos turcos y el Palacio de la Presidencia de la República.

 

El Schloss Bellevue (6) es desde la reunificación alemana la sede que ocupa el presidente federal. Como las funciones constitucionales de éste son cortas –su máxima aspiración es convertirse en guía moral del país–, el mismo edificio es ajeno al ajetreo de la comandancia de un Estado. El blanco palacio, de un primitivo neoclasicismo, fue construido en 1786 para el príncipe Augusto Fernando de Prusia, hermano menor de Federico II, y hasta 1928 fue utilizado por miembros de la familia real. Desde entonces tuvo varios usos, como el de residencia para las visitas de Estado durante el nazismo (uno de los huéspedes, por ejemplo, fue Molotov). Para oficinas de la Presidencia se inauguró en 1998 un edificio próximo, de forma ovalada y, por contraste, revestido de piedra negra.

 

Orillas de diversión y tragedia

 

Si hubiera que escoger un rincón del Tiergarten, personalmente me inclinaría por las orillas del Neuer See (7) (Nuevo Lago). No me importaría nada quedarme eternamente sentado junto al agua en el Biergarten del Café am Neuen See, con la vista de las barcas que se mecen y los islotes que van perdiéndose en la penumbra con el anochecer. Este local al aire libre, en el que se sirven variedad de cervezas, salchichas de distintos tipos y Leberkuchen, el típico pastel de hígado bávaro, es visita casi inexcusable si se acude a Berlín durante el verano y no se tiene demasiada aprensión a la costumbre alemana de beber y comer en masa. La popularidad del lugar queda patente en las campañas electorales. En una de ellas, el alcalde de Berlín se acercó a la mesa en la que nos encontrábamos varios colegas con el objetivo de pedirnos el voto; lo único que le prometimos en aquel momento fue pagarle una cerveza, pero el candidato declinó el ofrecimiento, pues ya se había tomado unas cuantas y no era cuestión de acabar tambaleándose ante las cámaras de televisión que le seguían. La invitación sería bien acogida después por un diplomático de la Embajada de España, que se encuentra a las mismas puertas del Café am Neuen See.

 

Pero hay otras orillas del Neuer See con trasfondo trágico. En una de ellas, junto al Großer Weg, una placa señala el punto en el que fue asesinado el 15 de enero de 1919 Karl Liebknecht, promotor del levantamiento espartarquista y líder comunista. No muy lejos, y a la misma hora, los Freikorps terminaron igualmente con la vida de Rosa Luxemburg, cofundadora del KPD. Después de varios días de huida por separado, ambos dirigentes se habían refugiado en casa de un familiar de Liebknecht. La denuncia de un vecino llevó hasta allí a los paramilitares, que trasladaron a la pareja a un hotel próximo al Zoo convertido en cuartel general (antiguo Hotel Eden, en la esquina Budapester Straße-Kufürstenstraße). Las tropas también apresaron a un tercer fugitivo, Wilhelm Pieck, futuro primer presidente de la RDA; el hecho de que los soldados no le maltrataran y salvara su piel hizo suponer a algunos que Pieck había traicionado a sus compañeros, pero esa duda fue pasada por alto en la historiografía de la República Democrática. Después de varias horas de un brutal interrogotario, Liebknecht y Luxemburg fueron sacados del hotel por una puerta lateral e introducidos en dos coches diferentes. Supuestamente iban a ser trasladados a la prisión de Moabit, pero ninguno de los dos automóviles alcanzó ese destino. En la oscuridad de primeras horas de la madrugada, el primero penetró en el Tiergarten y los soldados que lo conducían sacaron a Liebknecht junto al camino; allí mismo le dispararon y luego entregaron el cadáver como si se tratara de alguien desconocido. Gravemente herida en la paliza recibida durante el interrogatorio, Luxemburg fue rematada de un disparo en la cabeza en el interior del coche que la transportaba; su cuerpo fue arrojado al Landwehrkanal en las proximidades del Lichtensteinbrücke. El cadáver fue encontrado tiempo después en la Lützowufer, junto al Corneliusbrücke, donde existe una escultura con el nombre de la líder comunista.

 

Más cerveza, porcelanas y mercadillo

 

Si la experiencia en el Café am Neuen See ha resultado satisfactoria, aún puede tomarse otro par de cervezas en el Biergarten abierto al lado de la Unterschleuse (8), una de las esclusas que permiten el tráfico de barcazas por el canal en este extremo oriental del Tiergarten. En la isla situada en medio del caudal, una llamativa estructura rosa a modo de inmensa tubería esconde un centro de pruebas sobre circulación acuática. Frente a la isla, en la Tiergartenufer, suele haber amarradas pequeñas embarcaciones, alguna de ellas convertida en bar.

 

 

 

A este extremo oriental del parque se accede fácilmente desde la estación del S-Bahn de Tiergarten. A pocos metros, en la acera norte de la avenida 17 de Junio, se encuentra lo que fue el pabellón de entrada (Berlin-Pavillon) a la especial arquitectura de este rincón del Tiergarten. Luego ha tenido diversas vidas, como la de tienda de los objetos de porcelana elaborados por la histórica Königliche Porzellan-Manufaktur (9) (KPM), que ahora se venden en la propia sede, en la cercana  Wegelystraße, donde además las instalaciones pueden visitarse a horas convenidas.  Esta fábrica real de porcelana, fundada en 1763, es famosa por sus jarrones y fuentes neoclásicas decoradas con vistas de la ciudad. Según Hessel, las razones de la prosperidad del negocio radicaron en la especial estrategia de márketing desarrollada por Federico II: “Si los judíos querían asentarse, abrir un negocio o casarse, tenían que comprar porcelana real. Al filósofo Moses Mendelssohn, cuando ya tenía un gran renombre, le fueron endilgados veinte enormes monos de tamaño natural. Por medio de grandes regalos, que él hacía con ayuda de su fábrica de porcelana, el rey aumentó su fama”.

 

A lo largo de esa misma acera de la 17 de Junio, hasta la Charlottenburger Tor, se extiende cada sábado el mercadillo más grande de Berlín. Los puestos se colocan en varias filas frente a la Ernst-Reuter-Haus, sede de oficinas municipales. Este rastro de la Ernst-Reuter-Haus (10) es un buen lugar para comprar muebles de segunda mano y desde luego la primera dirección a la que acudir si se quiere decorar un piso a bajo precio; lo del gusto es otra cosa, pero es que en Berlín el gusto no tiene canon.

 

Barrio para la propaganda arquitectónica

 

El Hansaviertel (11) (Barrio Hansa) completa al noroeste el perímetro del Tiergarten, del que en realidad constituye un punto y aparte. Originariamente era un distrito acomodado ganado al parque, cuya promoción fue realizada en 1877 por la Hanseática Sociedad de Desarrollo, de ahí su nombre. Tras la Segunda Guerra Mundial, sólo un diez por ciento de las viviendas resultaban ya habitables y además buena parte de su población, en su mayoría judía, había emigrado o acabado en los campos de concentración. Así que el distrito presentaba condiciones óptimas para una reurbanización, y por eso fue escenario de la Exposición Internacional de Arquitectura (Interbau) de 1957. Con esta convocatoria, Berlín-Oeste pretendía erigirse en adalid de los nuevos conceptos urbanísticos y arquitectónicos, en abierta competición con similar objetivo emprendido por Berlín-Este en la Stalinallee (hoy Karl-Marx-Allee).

 

 

La Interbau propuso un proyecto de edificios separados y con amplias zonas verdes entre ellos, en una suerte de transición entre el parque del Tiergarten y la ciudad. A la llamada del concurso internacional acudieron, entre otros, Walter Gropius, fundador de la Bauhaus (a él se debe el bloque de Händelallee 3-9), Alvar Aalto (Klopstockstraße 30-32) y Oscar Niemeyer (Altonaer Straße 4-14). Mies van der Rohe rechazó la invitación y Le Corbusier aceptó levantar un edificio pero sin participar en el proyecto del Hansaviertel; su Unité d’Habitation se construyó cerca del Estadio Olímpico. Además de las viviendas, el plan incluyó una zona de servicios, estación de metro, cine, biblioteca y dos iglesias, una católica y otra protestante. El punto de partida de la muestra era el antes mencionado Berlin-Pavillon, donde se presentaba el proyecto, y al principio de la Klopstockstraße se conserva uno de los carteles que indicaban la ubicación de las distintas construcciones. Los equipamientos del Hansaviertel se completaron en 1960 con la occidental Akademie der Künste (Hanseatenweg 10). El centro sigue teniendo un uso cultural, a pesar de que la Academia de las Artes volvió a su antigua dirección de la Pariser Platz tras la unificación con la entidad homóloga de Berlín-Este. Frente al edificio yace la escultura Figura reclinada de Henry Moore.

 

Además de una aspiración vanguardista, que entroncara con la innovación arquitectónica que supuso la Bauhaus durante la República de Weimar, el Hansaviertel atendía también a un objetivo político, como se ha apuntado. Competía en ambición deslumbradora con la Stalinallee, presentada por la RDA como “la primera calle socialista en suelo alemán”. Cada uno de los dos planes urbanísticos quería reflejar la excelencia del propio sistema. En el caso comunista se trataba de un proyecto unitario, sin la contribución de firmas internacionales y con un acento colectivista; su afán era dotar de robustez a sus “palacios para trabajadores”. En el capitalista se primaba la individualidad de los diseños y se espaciaban los edificios para propiciar zonas verdes. El Hansaviertel recuperaba así, en este límite norte del Tiergarten, el carácter residencial que había tenido la zona antes de la Segunda Guerra Mundial. Al sur del parque, la reunificación aportaría otra operación urbanística para el Tiergartenviertel.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes:  Siegessäule (Stephan Karl) / Tiergarten (Laura Braun) / Kennedy, 1963, y Reagan, 1987 / Mapa Google, con Memorial Soviético (Aktron) / Desaparecida Siegesallee, primeros años del s. XX / Reina Luisa, Luiseninsel / Haus der Kulturen der Welt (Farbkontrast) / In den Zelten, hacia 1900 / Pintura de Jakob Philipp Hackert, 1761 / Neuer See / Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht / Landwehrkanal, cerca de la Unterschleuse (SirJames) / Mapa Google / Sello conmemorativo de la Interbau de 1957 y edificio de Gropius]

 
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Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.

Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.

Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma

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