

Toda gran ciudad suele tener su gran arquitecto. El de Berlín es Karl Friedrich Schinkel (1781-1841). Ningún otro ha impregnado tanto el aspecto del viejo Berlín, mediante sus propias obras y la influencia que ejerció su estilo en otros contemporáneos y discípulos. Su talento le llevó a la cima de un clasicismo que, más que inspirarse en las formas de la Antigüedad, revivía su mismo espíritu: la aspiración de la belleza a través de las proporciones. Con bastante razón, Schinkel ha sido considerado en el mundo germánico como “el último gran arquitecto”, al menos como el último que aunó diversas artes con maestría. Se dedicó a la pintura, diseñó mobiliario, compuso decorados de óperas y participó del rico ambiente intelectual de la “edad de oro” de la cultura alemana. Fue contemporáneo de Beethoven, Goethe, Fichte, de los hermanos von Humboldt... y miembro de las academias artísticas de media Europa. Su primer encargo real llegó en 1810 con el proyecto de mausoleo para la reina Luisa en el jardín del Palacio de Charlottenburg. En 1815 entró a formar parte del consejo de obras de Prusia, que más tarde dirigió, y los encargos en la capital se sucederían: la Konzerthaus, el llamado Schinkel-Pavillon del Schloss Charlottenburg, los palacios de Glienecke, de Babelsberg y de Tegel, entre otros. En este tramo de Unter den Linden donde nos encontramos es donde hay una mayor concentración de sus obras: en el mismo paseo están la Neue Wache y el Schlossbrücke; desde éste se tiene a la vista el Altes Museum, la Bauakademie y la Friedrichswerdersche Kirche.
De todos esos edificios, para mí el más bello es la Neue Wache (1) (Nueva Guardia). Sus delicadas proporciones, su tranquilo clasicismo, la sencillez de su concepción y la agradable dimensión de su pórtico, con unas columnas dóricas nada pretenciosas y la miniatura de las figuras de su frontispicio, lo convierten cuando menos en una de las más sublimes obras de Schinkel. “Se alcanza el ideal en arquitectura cuando el edificio cumple con su fin en todas y cada una de sus partes y, como conjunto, se acopla al medio físico y espiritual en el que se levanta”, había formulado el arquitecto a la hora de resumir sus principios artísticos. Se la denomina Nueva Guardia porque sustituye al viejo puesto que ahí controlaba las entradas y salidas de la ciudad a través de la antigua fortificación (Festungsanlage), en el acceso más próximo al Palacio Real. Parte del foso de aquella vieja muralla puede verse enfrente, al otro lado de Unter den Linden. La consagración a la seguridad de este enclave explica la presencia igualmente de la Zeughaus y de la Kommandantur. Cuando la muralla se derribó, el espacio dejado libre fue cubierto con nuevos palacios.
La excelencia de la arquitectura de la Neue Wache se corresponde con la función que se le ha dado a este templete. Desde la reunificación es el Memorial de la República Federal de Alemania para las Víctimas de la Guerra y la Tiranía. Lo que en otros países se conoce asépticamente como “tumba del soldado desconocido”, donde los mandatarios depositan sus coronas de flores, aquí adquiere unos tintes de meaculpismo que, más mitigados, tampoco harían mal en incorporar como norma los otros actores internacionales, aunque sólo fuera por aquello de que toda guerra es un fracaso. Claro está que los crímenes cometidos en nombre de Alemania fueron enormes.
Recordamos...

Siempre me emocioné al leer en voz alta, para traducir a quienes acompañaba en su visita a Berlín, el texto que figura en una placa situada junto a la entrada de la Neue Wache. “Recordamos a los pueblos que han sufrido por la guerra. Recordamos a los millones de judíos asesinados. Recordamos a los gitanos asesinados”… La cadencia de las frases, comenzadas con un Wir (nosotros) que refuerza su carácter colectivo, otorga un especial dramatismo al repaso de la barbarie nazi contra quienes pensaban de otra manera, padecían enfermedades, sufrían la debilidad o eran homosexuales, según enumera la inscripción. Tampoco se olvida a las víctimas de la dictadura comunista, ampliando el carácter que el monumento tuvo durante la RDA, limitado entonces “a las víctimas del fascismo y del militarismo”.
El régimen comunista siempre presentó el nazismo como algo con el que nada habían tenido que ver los habitantes de la RDA: los fascistas, después de la guerra, eran los que estaban en la otra parte de Alemania. Al identificar fascismo con capitalismo, en las simplificaciones ideológicas de la Guerra Fría, los comunistas traspasaron a la RFA toda la responsabilidad de la guerra, toda la herencia nazi y, por ende, toda necesidad de desnazificación. Aunque es cierto que muchos dirigentes comprometidos con Hitler buscaron la parte occidental ante el avance del Ejército Rojo y que los líderes socialistas y comunistas (por más que la URSS fue aliada temporal del Tercer Reich, para mayor escarnio de los camaradas alemanes) sufrieron la cruda persecución hitleriana, tan culpable o inocente era el pueblo alemán que quedó a uno como al otro lado de la frontera interalemana. La RDA siempre criticó que la desnazificación en la República de Bonn topara con los intereses de la oligarquía política y del capital, pero al negarse a asumir herencia alguna, nunca se sumó al saludable ejercicio que en la RFA llevó la conciencia de la culpabilidad histórica. Ni hubo reparación económica, por ejemplo, a los supervivientes del Holocausto, ni se hizo nada por extirpar el germen del totalitarismo en las nuevas generaciones, que crecieron en una sociedad militarizada y habituada a los uniformes de todo tipo. Así, cuando cayó el telón de acero, los jóvenes orientales se encontraron con menos recursos morales que sus compatriotas occidentales ante la parafernalia de los neonazis.
El examen de conciencia que supone el “nosotros” que hoy puede leerse en la Neue Wache también se encuentra en los campos de concentración que quedaron en la antigua RFA, mientras que en los más próximos a Berlín (Sachsenhausen, Ravensbrück) la RDA no instaló más que paneles que señalaban al fascismo como único responsable. Además, sin ningún tipo de rubor, la República Democrática retomó el simbolismo militarista que el Tercer Reich había dispuesto para el templete de Schinkel, vigilado permanentemente por soldados y testigo de un cambio de guardia caracterizado por el paso de oca. Con ello, de todos modos, no hacía más que volverse a la tradición prusiana, que sólo fue rota durante la República de Weimar, cuando el edificio dejó de acoger la guardia real y pasó a ser “Memorial por los caídos en la Guerra Mundial”.
Madre con hijo muerto
La Nueva Guardia sustituyó a la vieja en 1817. El retén de cuarenta hombres apenas servía ya más que para formar en dos filas delante del edificio cada vez que pasaba algún carruaje oficial. Mientras estaban en el interior, los piquetes para sostener los fusiles quedaban plantados fuera, marcando el lugar donde debía situarse luego cada soldado, ataviado con los colores de Prusia. “Tan pronto como aparece un coche real, ya reconocible de lejos por los tirantes y el sombrero del cochero, y por la posición del látigo el cochero señala que el coche no va vacío, el centinela se dirige al pórtico, se pone la mano a la altura de la boca y grita: ¡Fuera!”, cuenta Jules Laforgue, el lector de francés de la emperatriz Augusta. Maestro de la ironía lírica, el poeta añade a renglón seguido: “El coche pasa por delante. La guardia presenta armas, el tamborilero hace redobles. ¿Y quién se sienta en el coche? Dos gobernantas con niños reales en su regazo. Los tambores sólo suenan para la familia imperial. Para hacerle los honores a un general sólo sale media guardia”. Desde luego, no era un lugar de mucho trabajo, como testifica Fontane, que pasó un año de voluntario en este cuerpo. Allí no hizo más que jugar a cartas, fumar y beber Weissbier.
Desaparecida la Monarquía, estas ceremonias perdieron sentido. Las ventanas de la parte trasera de la Neue Wache se tapiaron, se eliminó una habitación de arrestos que había y se abrió una claraboya en el techo para que entrara la luz desde arriba dándole un aspecto de lugar sacro. Luego cada régimen ha ido poniendo dentro su particular mobiliario simbólico. La RDA, por ejemplo, alimentó ahí una llama perenne. Después, el templete adquirió un marcado carácter antibélico. Por decisión del canciller Helmut Kohl, su interior lo preside una copia agrandada de la escultura Madre con hijo muerto, de Käthe Kollwitz, que representa el dolor de la propia artista por su hijo de 18 años fallecido en la Gran Guerra. Los herederos de Kollwitz, escultora y dibujante comprometida con el movimiento obrero entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, exigieron para ceder la obra tras la reunificación que no se restituyeran a ambos lados de la Neue Wache las estatuas de los generales Bülow y Scharnhorst. Estas dos obras de Rauch fueron finalmente emplazadas enfrente, al otro lado del paseo.
Bosquecillo de Castaños
La plazoleta en la que se halla la Neue Wache es conocida como Kastanienwäldchen (Bosquecillo de Castaños). Desde la parte posterior, una estatua de Heinrich Heine observa la tranquila vida de este rincón de Unter den Linden. El lugar es merecido, pues Heine nos ha dejado, como ya se ha visto en páginas anteriores, un completo retrato del ambiente del paseo en el primer cuarto del siglo XIX. Para conmemorar el centenario de su muerte, ocurrida en 1856 durante su emigración en París, el Gobierno de la RDA decidió tributar un homenaje al escritor en el Kastanienwäldchen con una escultura encargada a Waldemar Grzimek. Éste modeló la imagen de un Heine joven y con aire autosuficiente, que las autoridades consideraron poco apropiado para quien querían ver representado como un clásico de la literatura socialista. De manera que la estatua fue finalmente destinada al Volkspark am Weinbergsweg, también en Mitte, pero en un enclave menos céntrico. Sólo a comienzos del presente siglo, una copia de la figura se colocó en este lugar.
Detrás de la Neue Wache, y de iguales exquisitas proporciones, pues no en vano fue también diseñada primero por Schinkel, aunque la acabó construyendo un discípulo debido a los elevados honorarios del maestro, aparece la antigua Singakademie (2) (Academia de Canto), hoy sede del Maxim-Gorki-Theater. La institución de la Singakademie había sido fundada en 1791 y su mayor impulsor, Carl Friedrich Zelter, amigo de Goethe, le consiguió dar aquí su domicilio definitivo a partir de 1827. Con el fin de promover la constitución de coros, el tesorero de la entidad logró al comienzo que, con un aumento de contribución a la caja, las mujeres de la compañía fueran recogidas de su casa y luego devueltas en coche, lo que fue consignado como noticioso por los cronistas de la ciudad. A la Singakademie, escribirá Hessel un siglo después, está ligado “un fragmento de la vida de la mejor sociedad berlinesa que hasta ahora ha habido: la de aquellos burgueses de los primeros decenios del siglo XIX con una vida relativamente limitada, en cuyos álbumes los mejores pintores dibujaban paisajes y los mejores poetas, con la escritura límpida y graciosa que caracterizaba la época, dejaban sus poemas”. Una época en la que “ser un aficionado a todas las artes, ser un ‘diletante’ en el buen sentido del término, era una costumbre social, natural y apasionada”. En esos años, tan aplaudido fue entre sus paredes el ciclo de conferencias sobre el Cosmos pronunciado por Alexander von Humboldt, como las interpretaciones de Niccolò Paganini, Franz Liszt, Clara Schumann y Anton Rubinstein. Centro de la vida burguesa, la Singakademie reunió entre mayo y septiembre de 1848 la Asamblea Nacional Prusiana, que más tarde, por razones de espacio, se trasladó a la Konzerthaus hasta que triunfó la contrarrevolución. Tras la Segunda Guerra Mundial, pasó a ser el Maxim-Gorki-Theater.

El Gorki, dedicado tanto a nuevas creaciones teatrales como a revisitaciones de la obra gorkiana, es una extensión de la Sociedad para la Amistad Germano-Rusa, con sede en el edificio contiguo, el Palais am Festungsgraben (3) (Palacio junto al foso de fortificación). Entre las actividades patrocinadas por esta sociedad están las llevadas a cabo por Die Möve, el club de artistas que en los primeros años de posguerra vimos reunirse en la Luisenstraße. Visité los salones en un par de ocasiones. Una para cenar en su restaurante, un tanto altmodisch –gráfica palabra alemana para anticuado- pero revelador de lo que era la rehabilitación de un interior palaciego obrada por la RDA, y otra con motivo de un encuentro de la Asociación de la Prensa Extranjera con Angela Merkel. Las dificultades para escuchar con claridad las preguntas que se hacían a la dirigente democristiana, pues el calor del mediodía nos obligaba a tener las ventanas abiertas al ruido de la ciudad, hicieron que el compañero que tenía al lado se entretuviera contándome la historia del Palacio. Aunque yo intentaba seguir las explicaciones de Frau Merkel, tampoco podía dejar de atender a mi colega, que, como buen polaco, estaba bien dotado para determinada memoria histórica. Yo ya había leído algunas características artísticas del edificio, como que, construido a mediados del XVIII, había transitado después del barroco al neoclásico. Desconocía, sin embargo, que entre 1933 y 1944 había sido lugar de trabajo –y de conspiración– de Johannes Popitz, ministro de Hacienda prusiano, el único ministro prusiano que al mismo tiempo no lo era del Reich. Fue detenido tras el atentado a Hitler del 20 de julio de 1944 por figurar como ministro de Hacienda y de Cultura en la lista del Gobierno que pensaba formarse. Fue ejecutado al año siguiente en la cárcel de Plötzensee.
Espiral de vidrio de Pei
Mayor relación con los intentos de acabar con Hitler tiene la Zeughaus (4) (Arsenal) que, de planta cuadrada y fachadas de tono rosáceo, cierra por el oeste el Kastanienwäldchen. El 21 de marzo de 1943 se celebró el llamado Día de Recuerdo de los Héroes en el patio de la Zeughaus. De acuerdo con el programa, después de pronunciar un breve discurso, Hitler iba a recorrer durante media hora una exposición sobre armamento requisado a los soviéticos. El barón Rudolf Christoph von Gersdorff, coronel del Ejército, logró ser incluido en la comitiva y, dispuesto al propio sacrificio, se adosó al cuerpo una carga explosiva. Cuando Hitler terminó de hablar y comenzó a visitar la muestra, Von Gersdorff programó para diez minutos el temporizador de la dinamita. Pero como en todas las demás tentativas de atentado, la suerte estaba con el Führer, y éste abandonó de inmediato el edificio por la puerta lateral atraído por un tanque expuesto en el Bosquecillo de Castaños. El barón tuvo tiempo de correr al lavabo y desactivar la carga. Implicado igualmente en la trama del 20 de julio de 1944, fue uno de los pocos conspiradores principales que lograría sobrevivir.

Pero esto sólo es un episodio de la historia de la Zeughaus y corremos el peligro, como tantas veces en Berlín, de que las horas más dramáticas acaben tiñendo del mismo color todos los cristales, cuando la ciudad es caleidoscópica. El Arsenal es sobre todo una joya del barroco alemán, del que tan poco queda en Berlín. Poco tiempo después de terminarse, el editor y publicista Nicolai lo consideraba como “el más bello edificio de Europa”. Cuando con la reunificación se decidió utilizarlo como Deutsches Historiches Museum (DHM), su singularidad requería una cuidadosa ampliación. La obra trasera del arquitecto I. M. Pei,
con una estructura espiral de vidrio, preserva la integridad del edificio histórico y al mismo tiempo aporta la modernidad y el contraste requeridos. El encargo a Pei, autor de la pirámide de cristal de acceso al Louvre parisino, fue empeño de Helmut Kohl, que en su interés por los grandes museos seguía los pasos de François Mitterrand.
El Arsenal es el edificio más antiguo de Unter den Linden. Encargado por el Gran Elector, en 1695 colocó la primera piedra su hijo, futuro primer rey prusiano con el título de Federico I. Los planos correspondían a Johann Arnold Nering, aunque su prematura muerte hizo que las obras las dirigieran otros arquitectos. Uno de ellos fue Andreas Schlüter, a quien se debe, además de la mayor parte de las esculturas de la fachada, el elemento más apreciado de la Zeughaus: un total de veintidós bajorrelieves que representan las caras de distintos soldados moribundos, situados sobre las ventanas de la planta baja que dan al patio interior. Sobre la puerta principal está el escudo de armas de Federico I y una inscripción que asegura que el Arsenal se erigía para lograr “la Justicia a través de las armas, para la disuasión del enemigo, para la protección del propio pueblo y de los aliados”. El pueblo, por tanto, no desobedecía en exceso cuando en la revolución de 1848 irrumpió en sus dependencias con el fin de hacerse con las armas allí depositadas. Abierto al pueblo, en cualquier caso, quedó a finales del XIX cuando el Arsenal fue transformado en museo dedicado a la milicia. La RDA lo elevó a Museo de la Historia Alemana y en 2006 fue reabierto como Museo Histórico Alemán.

Generales y mariscales
Si tanta historia se hace pesada, nada como cruzar la calle y sentarse a una mesa del jardín que hay enfrente de la Neue Wache. No es uno de los Biergarten más pintorescos de la ciudad, pero en una tarde de verano siempre supone un aliciente tomar cerveza en lugar tan señalado de Unter den Linden. Los berlineses, desde luego, prestan más atención a este Biergarten que a las esculturas que se encuentran esparcidas por la reducida zona verde de las inmediaciones. Junto a la acera del paseo están las estatuas de mármol de los generales prusianos Bülow y Scharnhorst, aquellos que fueron vetados de regresar a los lados de la Neue Wache. Detrás de ellos, tras los restos que quedan del foso de la antigua fortificación, aparecen otros tres mariscales, éstos en bronce: Gneisenau, Blücher y York. Los cinco tienen en común haber sido inmortalizados por Rauch, haber batallado en las Guerras de Liberación contra Napoleón y haberse movido varias veces, hacia atrás y hacia delante, en función del criterio imperante en las discusiones sobre cuánto militarismo puede asumirse por razones de estética y respeto al patrimonio histórico.
Si el frío del invierno impide sentarse en la terraza, entonces hay que entrar en el Operncafé (5). El Café de la Ópera no tiene una tradición centenaria, a pesar de que el nombre puede evocar un denso clima de aromas y legajos musicales. Está bien tomarse un café a media tarde, pero el lugar dista de conseguir el aire de café vienés que pretende. El negocio de restauración se instaló aquí en la década de 1960, cuando quedó reconstruido el palacete; en la República de Weimar llegó a ser un museo dedicado a Schinkel, y previamente, con la monarquía, fue el Prinzessinnenpalais (Palacio de las Princesas). Este último título le viene de haber sido residencia de las tres hijas de la venerada reina Luisa, esposa de Federico Guillermo III.
Tratado para la unidad alemana
Siendo príncipe heredero, el futuro Federico Guillermo III habitó el edificio de al lado, que por eso adquirió el nombre de Kronprinzenpalais (6), por más que seguiría viviendo en él tras su coronación y hasta su muerte. El Kronprinzenpalais fue inaugurado en 1733 y en 1810 quedó unido con un puente al domicilio de las princesas. Lo que hoy se ve es una copia de su fachada neoclásica, realizada por la RDA para hospedar a invitados de Estado. Este Palacio del Príncipe Heredero fue el escenario íntimo de los felices años matrimoniales de Federico Guillermo III y la reina Luisa. La temprana muerte de Luisa, a los 34 años, contribuyó a mitificarla entre los berlineses, que siempre admiraron su belleza y su digno comportamiento durante la ocupación napoleónica. La famosa escultura de Schadow en la que aparece con su hermana Federica, que disgustó al rey porque los vestidos, más que ocultar, remarcan sus bellezas corporales, terminó por inmortalizar su fama. Su tumba en un mausoleo en el parque del Palacio de Charlottenburg fue durante mucho tiempo lugar de peregrinación y aún hoy pueden encontrarse allí de vez en cuando flores frescas que deja algún trasnochado admirador.
Con el Kronprinzenpalais tienen que ver otros retazos de la historia alemana. El nazismo eliminó, por considerarla una muestra de arte degenerado, la exposición de pintura y escultura contemporáneas que se había instalado allí como extensión de la Nationalgalerie. Casi sesenta años después, lo que se eliminaba era la República Democrática con la firma el 31 de agosto de 1990 del tratado para la unidad alemana, que fijaba la reunificación para el 3 de octubre de ese año. Como vía más rápida para conseguirla, la República Democrática pedía la integración en la RFA, cuya Constitución, en uno de sus primeros artículos, había mantenido siempre la puerta abierta a la incorporación del resto de Alemania.
Número 1 de Unter den Linden
Cuando la ciudad recobró su unidad, las autoridades comenzaron a volcarse en la recomposición del tejido urbano histórico. Un destacado ejemplo es esta orilla del brazo izquierdo del Spree. En 2003 se recuperó la desparecida Kommandantur (7) (Comandancia); detrás de ella se proyectó construir en los años siguientes el grupo de viviendas que tradicionalmente había bordeado la Schinkelplatz y que la RDA sustituyó con su Ministerio de Asuntos Exteriores, demolido tras el Cambio. Con un gobierno municipal en bancarrota, la reaparición de la Kommandantur fue posible por el auxilio de la iniciativa privada: el Senado de la ciudad permitía que el grupo editorial y mediático Bertelsmann construyera aquí su sede berlinesa, a condición de que su aspecto externo reprodujera la fachada que tuvo el edificio hasta su incendio en la Segunda Guerra Mundial. La sede tiene el número 1 de Unter den Linden y aquí estuvo la primera vivienda edificada en el paseo, en 1653. A partir de 1792 fue el lugar de residencia del comandante de la ciudad.
Uno de sus últimos moradores de la Comandancia fue el general Paul von Hase, quien, como jefe militar de la capital y en cómplice aplicación de la Operación Valquiria, en la tarde del 20 de julio de 1944 mandó sacar las tropas a la calle. A las puertas del palacete se libraría uno de los forjeceos más decisivos de aquella jornada, cuando el capitán Otto Remer depuso a Von Hase después de haberse convencido de que Hitler no había muerto en el atentado llevado a cabo en el puesto conocido como la Guarida del Lobo, en Prusia Oriental. Por órdenes de Von Hase, Remer había marchado con sus soldados sobre Berlín, pero Goebbels, responsable de la seguridad en la capital del Reich, logró atraer a Remer para pasarle el auricular del teléfono con el que estaba conversando con el Führer. El general fue ejecutado días después en la prisión de Plötzensee y su casa la ocupó durante un tiempo Heinrich Himmler y su familia.
Friedrichswerder a la luz de Gaertner
No había mejor lugar en Berlín para honrar a Schinkel que esta Schinkelplatz, en medio del círculo en el que se concentran algunas de sus principales construcciones. La estatua del arquitecto, modelada en 1869 por Johann Friedrich Drake, es como el centro de ese foco de irradiación. Además de la ya visitada Neue Wache y también del Schlossbrücke, el puente por el que más adelante pasaremos a la isla de la ciudad, al fondo de la plaza se encuentra la Bauakademie y a un lado despunta la Friedrichswerdersche Kirche. La decisión de levantar de nuevo la Bauakademie (8) (Academia de la Construcción), de la que sólo se mantuvo en pie tras la Guerra una de las esquinas, fue una de las ambiciones de la ciudad reunificada.
Schinkel la construyó entre 1832 y 1836, con planta cuadrada y fachada de losas de terracota. También tienen su firma las trabajadas puertas de bronce de su entrada principal.
De pocos años antes data la Friedrichswerdersche Kirche (9) (Iglesia de Friedrichswerder). El templo adopta el nombre que designa la zona entre el brazo del Spree y la línea por la que pasaba la muralla de la fortificación del siglo XVII (calles Oberwall y Niederwall). Construida entre 1824 y 1830, fue la primera iglesia neogótica de Berlín y desde hace años su interior alberga un museo del clasicismo escultórico prusiano. Poco después de inaugurarse, el pintor Eduard Gaertner tomó desde el tejado sus conocidas vistas panorámicas del centro de Berlín, en un giro de trescientos sesenta grados compuesto por varios lienzos. Gaertner imprimió en esas composiciones las mismas tonalidades cálidas con las que pretendía captar el apacible aire de Berlín en la caída de la tarde y que son el pigmento característico de este pintor detallista, ilustrador por excelencia de la capital prusiana.
El oro nazi
Gran parte del Friedrichswerder lo ocupa el Auswärtiges Amt (10) (Ministerio de Asuntos Exteriores), que se extiende hacia el sur a partir de la Werderstraße. El primer edificio es una nueva construcción; tras él las oficinas del Ministerio utilizan lo que fue el Reichsbank, una inmensa edificación de largas fachadas de piedra aresnisca y diversas alas interiores realizada por el arquitecto Heinrich Wolf entre 1934 y 1938, en plena era nacionalsocialista. El Reichsbank se creó en 1876 como consecuencia de la unificación alemana, sustituyendo a 31 bancos centrales previos. Sus jornadas más convulsas tuvieron lugar en la gran crisis inflacionaria de 1922-1923, con una moneda en caída abismal, y al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando tuvieron lugar misteriosos episodios aún no aclarados. Con la guerra ya perdida, grandes cantidades de reserva de oro fueron trasladadas al castillo bávaro de Neuschwanstein; en los últimos días de la contienda el oro fue sacado de allí y llevado a un lugar desconocido. Hubo rumores de que los lingotes fueron arrojados al fondo del lago alemán de Alat, pero no han sido encontrados. Posteriormente, entre 1945 y 1947, el Reichsbank sufrió importantes saqueos atribuidos a antiguos dirigentes de la SS. Aunque se sucedieron a lo largo del tiempo y no fueron obra de una única banda, el libro Guinness de los récords lo cataloga como el mayor robo de la historia.
El Reichsbank dejó de existir en 1948 y el edificio fue ocupado a partir de 1959 por el Comité Central del SED. El secretario general del partido, primero Ulbricht y luego Honecker, así como los restantes miembros del Politburó, ocuparon los despachos de la primera planta. Allí estaban reunidos en la tarde noche del 9 de noviembre de 1989 sin percatarse de que el Muro estaba a punto de caer.
Siguiendo a Schinkel nos hemos ido apartando de Unter den Linden y de su mano podemos seguir por la Friedrichstadt. Del arquitecto es la Konzerthaus, en el centro del Gendarmenmarkt, que a su vez es el corazón de esa Ciudad de Federico.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Vista con la Nueva Guardia y el Arsenal / Panorámica de Neue Wache y Zeughaus de Eduard Gaertner (1828) / Nueva Guardia/ Interior de la Neue Wache (Daniel Schwen) / Soldados de la RDA (1987) / Madre con hijo muerto / Mapa Google / Hitler en la Zeughaus el Día de Recuerdo de los Héroes de 1940 (Bundesarchiv) / Espiral de Pei, DHM / Zeughaus y una de las máscaras decorativas / Vieja Comandancia / Bauakademie, con iglesia de Friedrichsweder detrás, de Eduard Gaertner (1868)]

La estatua de Federico II el Grande marca el final de las hileras de tilos y el comienzo del llamado Forum Fridericianum, el espacio ideado por este monarca para embellecer el centro histórico de Berlín. Es el principal legado arquitectónico del gran Federico para una ciudad en la que no gustó vivir: prefirió residir en Potsdam. El foro se abre a la derecha entre la Alte Bibliothek y la Staatsoper, con la redonda St-Hedwigs-Kathedrale al fondo; se prolonga a la izquierda en el patio de entrada a la Humboldt-Universität. Todo entorno estético tiene alguien que lo pondere como sublime. El ilustrado Friedrich Nicolai catalogó el lugar como “una de las plazas más bonitas del mundo” en su descripción de Berlín y Potsdam de 1786, el año de la muerte del Viejo Fritz, como el pueblo acabó denominando a Federico II. Lo que a Nicolai más contentaba era la variedad de líneas de los edificios y sus armónicas proporciones. A Nicolai también le satisfacía que el reinado de Federico el Grande no se hubiera limitado a sumar Prusia al concierto de las grandes potencias por su peso político y militar, sino que, con la belleza del Forum Fridericianum, también se hubiese unido al liderazgo en las artes.
La perspectiva del corredor central de Unter den Linden con la estatua de Federico II (1) a caballo, ataviado con su típico sombrero de tres picos, es una de las estampas clásicas de la ciudad. La primera piedra del monumento fue colocada en 1840, cuando se cumplían cien años del ascenso al trono del Viejo Fritz. Hasta 1851 no quedaría terminada la obra de Christian Daniel Rauch, ya que el conjunto escultórico lo componen ciento cincuenta figuras. La base incorpora el relieve y los nombres de personalidades de la época federica: hasta el filósofo Immanuel Kant tiene su sitio, debajo de la cola del caballo. La escultura superó la Segunda Guerra Mundial, gracias a que fue tapiada con un grueso muro para que los bombardeos no la dañaran, pero no la desafección con que los comunistas en su primera hora acogieron la herencia monárquica. Al menos la estatua no fue destruida como ocurriría con el Palacio Real, sino trasladada en 1951 al parque de Sanssouci, en Potsdam. Cuando el en cierto modo prusiano Estado de la RDA acabó reconociéndose a sí mismo, inconfesadamente, en el pasado de los Hohenzollern, el jinete volvió a Unter den Linden en 1980. La operación coronaba un último tiempo en el que Berlín Oriental se volcó en restaurar lo que había quedado de la saga de Federicos, Guillermos y Federico-Guillermos. Incluso rellenó con trasplantes algunos huecos provocados por su desidia anterior. Así, casi enfrente de la estatua, en el número 11 de Unter den Linden, recolocó la Gouverneurshaus, emplazada originalmente en 1721 junto al Ayuntamiento, y que hoy sirve de extensión de la Humboldt-Universität.
La estatua ecuestre ocupa el exacto punto en el que primero fue erigida, debido al rigorismo historicista con que la reunificación ha afrontado toda restitución del pasado. La RDA la había desplazado unos metros hacia el este, para dejar despejado al tráfico el cruce con la Universitätstraße. Tras hacerla retroceder, el purismo llevó también a rodearla de una baja verja, cuyos listones verticales acabados en punta provocaron en su día un debate entre los que exigían una fiel réplica y los que advertían de que alguien podría dañarse.
Un año, tres emperadores
En la esquina de entrada a la Bebelplatz, al lado de la citada Gouverneurshaus, se encuentra el Altes Palais (2). Este Antiguo Palacio fue siempre lugar de residencia de Guillermo I, primero como príncipe, luego como rey y después como emperador. Fontane le llamaba el “Káiser Barbablanca” por sus peculiares patillas-barba de color cano que le caían a ambos lados de la cara. Sucedió en el trono a su
hermano en 1861. El hecho de que bajo su reinado Prusia consiguiera la unificación alemana le hizo tremendamente popular. El público se apostaba con frecuencia ante el Altes Palais a las doce del mediodía, con el fin de ver cómo el emperador se acercaba a la ventana más oriental de la planta y contemplaba el cambio de guardia que se realizaba frente a la Neue Wache. “Sí, allí estaba realmente el despacho de trabajo con la ventana de la esquina por la que el emperador se asomaba cuando la guardia pasaba por delante. Siempre que oía la música, en medio de una conversación solía ponerse el abrigo abotonado encima del chaleco blanco, llevando preceptivamente prendida entre las charreteras del uniforme la Orden pour le Mérite”, escribiría Hessel después de haber entrado de visita, con pantuflas en los pies para no dañar el parqué, cuando en la República de Weimar el palacio resultó abierto al público.
La proclamación del Imperio tras la derrota de Francia en 1871 –el Segundo Reich, que obraba la unificación alemana y cuyo ordinal recogía la herencia del Sacro Imperio Romano Germánico (800-1806)–, cambió en popularidad la inquina que el pueblo había mostrado hacia Guillermo I en los desórdenes de 1848. El entonces príncipe hubo de huir a Inglaterra por la puerta de atrás vestido de lacayo y el Altes Palais fue proclamado efímeramente propiedad popular por los revolucionarios. Pudo regresar poco después y fue nombrado regente cuando su hermano sufrió en 1861 un ataque de apoplejía. El palacio ya conocía, pues, rápidas huidas cuando de aquí, esta vez por la puerta de delante, marchó al exilio en 1918 Guillermo II, el último emperador alemán. Guillermo II había llegado al trono en 1888, el año conocido como Dreikönigejahr (Año de los Tres Reyes), ya que en él coincidieron el fallecimiento de Guillermo I, la sucesión y prematura muerte de su hijo, Federico III, y el advenimiento del primogénito de éste.
Nada queda de realeza tras la fachada reconstruida del edificio que Carl Ferdinand Langhans terminó en 1837. Entrar hoy a lo que son despachos y aulas de la Facultad de Derecho de la Humboldt-Universität tiene poco que ver con la descripción que del interior del Altes Palais hizo el poeta Jules Laforgue, quien entre 1881 y 1886 fue contratado como lector de francés para la Kaiserina Augusta. Cuando Laforgue acudía diariamente al palacio para leer en voz alta a la esposa de Guillermo I, era tal la quietud del lugar que podía oír el tic tac de los relojes y la caída de las gotas de agua en el invernadero, como anotó en su Berlín. Villa y Corte. Una estatua de mármol blanco de la Kaiserina Augusta presidió durante un tiempo la entrada a la contigua plaza, entonces denominada Opernplatz. Ese gran espacio central del Forum Fridericianum fue renombrado en 1947 como Bebelplatz, en honor de August Bebel, uno de los fundadores de socialismo alemán.

Allí donde se queman libros
Con ser la bella explanada del Foro de Federico, la Bebelplatz (3) siempre estará vinculada a lo que ocurrió en ella la noche del 10 de mayo de 1933. “Allí donde se queman libros, se acaba quemando también hombres”, había advertido premonitoriamente Heinrich Heine en 1820. Estas palabras están reproducidas en dos placas de bronce clavadas en el suelo en el centro de la plaza, junto a la boca del monumento subterráneo Habitación del Silencio. Heine añadiría dos años después: “Amo Alemania y a los alemanes, pero no amo menos a los habitantes de las demás partes de la Tierra, cuya cifra es cuarenta veces mayor que la de los alemanes. El amor da a los hombres su valor. ¡Alabado sea Dios!, soy pues cuarenta veces más valioso que los que no pueden revolverse contra el pantano del egoísmo nacional y que sólo aman Alemania y a los alemanes”.
En la Bebelplatz culminó la “acción contra el espíritu antialemán”, inspirada por Goebbels y llevada a cabo por la Unión de los Estudiantes Nacional Socialistas en todas las Universidades de Alemania. La campaña para la “superación en la vida alemana del espíritu del intelectualismo judío y de los síntomas liberales de decadencia unidos a él” elaboró una lista negra de 12.400 títulos. Entre los autores proscritos, unos por judíos, otros por comunistas o por escasamente nacionalistas, o por todo eso a la vez, estaban Bertold Brecht, Lion Feuchtwanger, Maxim Gorki, Heinrich Heine, Erich Kästner, Heinrich y Thomas Mann, Karl Marx, Robert Musil, Carl von Ossietzky, Erich Maria Remarque, Kurt Tucholsky y Stefan Zweig, entre otros. Reunidos miles de libros, extraídos de las bibliotecas universitarias, los estudiantes camisas pardas protagonizaron una caravana que atravesó la Puerta de Brandemburgo, recorrió Unter den Linden y terminó en esta plaza, en cuyo centro se formó una gran pira. En el último momento de la orgía de fuego que debía “purificar la lengua y la escritura” apareció Goebbels para cerrar el acto con sus diatribas. “¡Contra la traición literaria a los soldados de la Guerra Mundial! ¡Por la formación del pueblo en el espíritu de capacidad de autodefensa! Entrego a las llamas los libros de Erich Maria Remarque”, proclamaba la desgañitada voz oficiante. “¡Contra la decadencia y la depravación moral! ¡Por la disciplina y las costumbres en la familia y el Estado! Entrego a las llamas los escritos de Heinrich Mann, Ernst Glaeser y Erich Kästner”.
Kästner asistía al espectáculo medio escondido entre la multitud hasta que fue descubierto, como relataría después: “Estaba de pie delante de la Universidad, insertado entre estudiantes en uniforme de las SA, la flor de la nación; vi nuestros libros volar a las palpitantes llamas y oí las sentimentales parrafadas del pequeño y astuto mentiroso. Aires de entierro se suspendían sobre la ciudad... Era repugnante. De pronto, una estridente voz femenina gritó: ‘¡Pero si ahí está Kästner!’”. El escritor de libros infantiles y de versos para cabarés logró zafarse entre los asistentes y alejarse del tumulto. La suya sería una de las descripciones de aquella noche; otra, igualmente vívida, son las escenas recogidas en la película En busca del arca perdida (1981), de Steven Spielberg.
Estanterías vacías, purgadas por los nacionalsocialistas, es lo que representa la Habitación del Silencio, el sótano pintado de blanco que puede verse bajo la plancha transparente del centro de la plaza, creación realizada en 1995 por el escultor israelí Micha Ullmann, y que en la oscuridad de la noche despide un tenue fulgor. La construcción posterior de un aparcamiento subterráneo generó un intenso debate sobre el subsuelo de la Bebelplatz: se mantuvo el monumento, pero se eliminó el túnel del tranvía, en desuso desde 1951, que para no interceptar el tráfico de Unter den Linden iba del lado oriental de la Universidad hasta la Behrenstraße.
Conversión a las tesis de Lutero
En uno de los extremos de la Bebelplatz está la redonda catedral católica, la St. Hedwigs-Katedrale (4), levantada sobre uno de los bastiones de la primitiva fortificación de la ciudad. Su moderado tamaño, para ser una catedral, y su arrinconada ubicación lo dicen todo acerca del carácter oficialmente protestante de la vieja capital prusiana. La gran catedral de Berlín, evangélica, es la monumental Berliner Dom, situada frente a lo que fue el Palacio Real. La conversión de la Marca de Brandemburgo a las tesis de Lutero tiene fecha del 11 de noviembre de 1539, cuando el príncipe elector Joaquín II y su esposa comulgaron bajo las dos especies sacramentales en una ceremonia luterana celebrada en la iglesia de San Nicolás de Spandau. Esa misma tarde, la nueva liturgia fue utilizada en la capilla del Palacio de Berlín, germen de la futura catedral evangélica. Desde entonces, la fecha del 11 de noviembre es una fiesta protestante. El cambio de obediencia religiosa trajo consecuencias urbanísticas trascendentales. Los conventos fueron abolidos y las posesiones que varias comunidades de monjas tenían entre Berlín y Spandau quedaron libres para la aparición de nuevos pueblos: Charlottenburg, Wilmersdorf, Zehlendorf... El catolicismo quedó relegado a una confesión de segunda clase. Los grandes templos de la ciudad, levantados la mayoría de ellos en el momento de gran expansión urbana de finales del XIX, con su inconfundible ladrillo rojo y puntiagudas torres, son casi todos protestantes, mientras que los católicos tuvieron que conformarse con lugares menos preferentes, en ocasiones en patios interiores de manzanas.
Estas dos principales confesiones, sin embargo, no reúnen hoy a la mayoría de los berlineses, que en un cuarenta por ciento aseguran no pertenecer a ninguna religión. Según estadísticas del cambio de siglo, en Berlín sólo hay un veinticinco por ciento de protestantes y un nueve por ciento de católicos, aunque la cifra de éstos ha ido aumentando con la emigración de alemanes occidentales. El catolicismo era mayoritario en la antigua RFA; tras la reunificación, la Iglesia Católica y la Iglesia Evangélica se reparten al cincuenta por ciento el número de fieles cristianos del país. Los bajos porcentajes referidos a Berlín (a los que hay que sumar un seis por ciento de musulmanes y un 0,3 por ciento de judíos) se deben al ateísmo cultivado durante décadas en Berlín-Este, y también a una peculiar apostasía derivada del sistema de impuestos. Todo creyente debe pagar a su iglesia alrededor del ocho por ciento de su declaración de la renta, por lo que el bautizado que no se siente vinculado a su credo puede darse de baja oficialmente de su confesión para no seguir aportando esa contribución.
Esa financiación explica que las iglesias gocen de una desahogada situación económica, que inviertan en modernos objetos de culto y que empleen a un buen número de laicos para prestar los servicios sociales que desarrollan. Esto último dota de suficiente personal a las parroquias. Todas tienen, por ejemplo, un retribuido puesto de organista –y de suplente de organista–, que asegura una alta calidad musical en los servicios religiosos más comunes. Pero esa amplia nónima también genera un cuerpo funcionarial que, por intereses de poder, a veces resulta refractario a la propia jeraquía. No obstante, si se entra en la St. Hedwigs-Katedrale, lo primero que sorprende es que el supuesto catolicismo contestatario alemán no se corresponde en absoluto con la realidad de estricta piedad en los actos litúrgicos: los fieles se pasan buena parte de la misa de rodillas y juntan devotamente las manos cuando están de pie o acuden a comulgar; por su parte, el celebrante se atiene con una complaciente solemnidad a las rúbricas previstas por el canon.

Una taza al revés
La conquista de Silesia, territorio que Federico el Grande arañó al Imperio Austro-Húngaro en tres guerras, entre 1741 y 1763, llevó al monarca a querer congraciarse con sus nuevos súbditos católicos y les regaló un rincón de su Foro para que pudieran edificar una iglesia, que llevaría el nombre de Santa Eduvigis, una devota reina polaca. Con esta acción, Federico II ampliaba a los cristianos de credo romano su liberal lema “cada cual en mis reinos puede salvarse a su manera”, del que ya se habían beneficiado los hugonotes franceses. Una liberalidad que en realidad no afectaba al bolsillo del monarca, pues la iglesia de Santa Eduvigis tuvo que ser sufragada con colectas, lo que hizo que las obras se prolongaran de 1747 a 1773. Eso sí, el rey permitió que los planos fueran diseñados por su arquitecto oficial, Hans Georg Wenzeslaus von Knobelsdorff. La leyenda sitúa el origen de la forma panteónica del templo en la visita que una comisión de los católicos de Berlín hizo al Viejo Fritz. El rey estaba tomando el desayuno y no se le ocurrió otra cosa que volver hacia abajo su taza de café (o de chocolate, según las versiones) y proclamar: “Éste debe ser su aspecto”.
La iglesia pasó a ser catedral en 1930 con la creación del obispado de Berlín, a resultas del primer concordato firmado entre Prusia y la Santa Sede. El templo, con una destacable cúpula de cobre enverdecido, sufrió grandes daños en 1945. Fue acabada de reconstruir en 1963 con una nueva distribución interior y gran pobreza de materiales. En esa época de la existencia del Muro, el arzobispado de Berlín era una de las pocas entidades territoriales que se matuvo indiviso, aunque con serias dificultades para desarrollar su actividad pastoral. En la cripta está enterrado Bernhard Lichtenberg, deán de la catedral, víctima en 1943 del terror nazi debido a sus oraciones, diarias y públicas, por los perseguidos y deportados. Fue beatificado en 1996 por Juan Pablo II en el Estadio Olímpico y goza de la devoción de los católicos berlineses.
Lenin y Marx entre libros
Los berlineses suelen acoger con chiste las formas de algunos edificios, y el que cierra el lado oriental de la Bebelplatz se conoce como la “cómoda”, por su apariencia de mueble abombado. Es la Alte Bibliothek (5) (Antigua Biblioteca), ahora ocupada por la Facultad de Derecho de la Humboldt-Universität. Al ya no haber espacio en el Palacio Real para la colección de libros comenzada por su bisabuelo, el Gran Elector, Federico II ordenó la erección de una gran biblioteca. Su construcción en 1775 siguió los planos que se habían concebido para una ampliación del conjunto del Hofburg de Viena, que luego no se llevó a cabo. Con el tiempo, también estas instalaciones quedaron pequeñas y los tomos fueron a parar a principios del siglo XX a una nueva biblioteca, que con el tiempo acabaría llamándose Staatsbibliothek. Pero antes de ese traslado, aquí aún tuvo tiempo de hacer consultas bibliográficas Lenin, quien realizó parte de sus estudios en Berlín. ¿Quién le iba a decir al joven revolucionario que en la vidriera de la gran sala de lectura un día estaría él inmortalizado, junto a Marx y Engels? Se puede echar una ojeada a esa aula central si el visitante intruso pone cara de estudiante o profesor y se adentra escaleras arriba.
Similar incursión puede hacerse en la sede de la Humboldt-Universität (6), cuya escalinata del vestíbulo de entrada asciende a una galería de retratos de los veintiocho Premios Nobel concedidos a investigadores de esta Universidad, sobre todo de la Facultad de Medicina instalada en la Charité. En un rellano de la escalera, sobre mármol granate procedente de la Cancillería de Hitler, hay una inscripción con la undécima tesis de Feuerbach que formuló Marx: “Los filósofos sólo han interpretado el mundo, pero se trata de transformarlo”. La Universidad se constituyó en 1810. Fitchte fue su primer rector, y el segundo fue Hegel. El centro académico fue iniciativa de Wilhelm von Humboldt, con cuyo hermano Alexander, conocido por sus viajes científicos, comparte el patio de entrada desde sendos pedestales de mármol. Los comunistas cambiaron en 1949 la denominación de la institución, que llevaba el nombre de su mecenas, el rey Federico Guillermo III, por la de Humboldt-Universität. El adoctrinamiento que ya habían impuesto en los primeros años hizo que un grupo de estudiantes exigiera un nuevo centro en Berlín-Oeste, que se erigió en 1947 significativamente como Freie Universität (Universidad Libre de Berlín), con campus en el barrio occidental de Dahlem.
No era la primera ruptura en la comunidad universitaria berlinesa: en 1933 fueron expulsados los profesores judíos y otros académicos contrarios al nacionalsocialismo. A los estudiantes opositores que fueron víctimas de los nazis se les recuerda en el jardín posterior de la Humboldt-Universität, un tranquilo lugar en medio de la ciudad para descansar entre clase y clase. Antes de quedar reservado a la docencia, el edificio fue el palacio del príncipe Enrique, hermano de Federico II. Éste lo hizo construir entre 1748 y 1765, según planos de Hans Georg Wenzeslaus von Knobelsdorff. Pero el príncipe Enrique, que se llevaba mal con su hermano, prefirió vivir la mayor parte del tiempo en Rheinsberg, al norte de Berlín, donde el propio Federico se había mantenido durante años apartado de su padre.
Bretzel en el entreacto
Ya en Rheinsberg, Federico había soñado con un reino gobernado por las artes. Nada más acceder al trono concibió su Foro y la primera piedra fue para un teatro de ópera, real primero, estatal después: la Staatsoper (7). De acuerdo con aquellos deseos fundacionales, en el frontispicio figura la inscripción Fridericus Rex Apollini et Musis. Von Knobelsdorff terminó en 1743 un teatro que cada cien años se ha venido parcialmente abajo: en 1843 fue pasto de las llamas (Carl Ferdinand Langhans recuperó entonces la fachada y reestructuró el interior) y en 1945 se vio dañado los bombardeos aliados. Después de algunas dudas sobre su uso por parte de las autoridades de la RDA, fue reconstruido por Richard Paulick entre 1952 y 1955. Tras la reunificación, a la Staatsoper el peligro le viene de la competencia con la Deutsche Oper, potenciada a partir de la Segunda Guerra Mundial como centro operístico de Berlín-Oeste. Las arcas públicas difícilmente dan para tres óperas (hay que sumar la Komische Oper), y la de los Tilos pretende basar su preeminencia en su legado histórico, sobre todo el de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. En ese tiempo, la planificación de Erich Kleiber y Otto Kemperer, las direcciones de Gasparo Spontini y Giacomo Meyerbeer, los estrenos de Nicolai, von Weber, Strauss, Janácek, Schillings y Weill, entre otros, supusieron un liderazgo que tras la caída del Muro retomó Daniel Barenboim al frente de la Staatskapelle.
La existencia de tres teatros líricos, en cualquier caso, es un lujo para quien está de corresponsal en Berlín, que igualmente debe ocuparse del programa de la prestigiosa Filarmónica. Además, como crítico de una revista de ópera con la que colaboraba, tenía ocasión de frecuentar todo tipo de estrenos, reposiciones y conciertos. El problema era encontrar el tiempo para todo eso y muchas veces había que hacer auténticas cabriolas. En alguna ocasión tuve que llevarme el ordenador al patio de butacas para seguir escribiendo la crónica que, sobre otro asunto, debía remitir al periódico. Apagadas las luces de la sala, la luminosidad de la pantalla de mi portátil levantaba las protestas de mis vecinos hasta que daba a la última tecla cuando aparecía el director de orquesta. Luego, en el entreacto, mientras el público se disparaba hacia la entrada para comprar las tortas y las Bretzel que con una campanilla ofrecían vendedores ambulantes, yo buscaba un rincón desde el que enviar mis textos al periódico. Adquirir una entrada de la Staatsoper sobre la marcha no suele ser difícil, a menos que se trate del rutilante Festival de Pascua o de algunas jornadas especiales, como las que entonces se dedicaban a Mozart. No hay que dejar de probar una de esas Bretzel, las típicas rosquillas bávaras de gusto salado, que se venden en muchos lugares.
Baile de máscaras
La Staatsoper, de proporciones medianas, tiene un interior coqueto. El anfiteatro está presidido por el palco real, en el que se sentaban los Hohenzollern para seguir algunas de las principales citas sociales. Ya con un lugar para escenificaciones y canto dentro del Palacio de Berlín, Federico II había levantado la ópera fuera del recinto real para que sus súbditos distinguidos pudieran gozar también de entretenimiento. El más celebrado era el baile de máscaras, como tiempo más tarde contaría Heine: “Todos deben aparecer con un disfraz y máscara, y a nadie le está permitido quitarse la máscara de la cara en la gran sala de baile. Sólo en los pasillos y en los palcos de la primera y segunda fila se puede quitar uno la careta. El pueblo de baja clase social paga una reducida entrada y puede ver toda esta magnificiencia desde la galería. En el gran palco real se ve a la corte, en su mayor parte sin máscara; de vez en cuando sus miembros bajan a la sala y se mezclan entre la multitud enmascarada. Ésta se compone de gente de todos los estamentos. Difícil aquí es decidir si el tipo es un conde o un oficial de sastre”.
El Forum Fridericianum, como se ha visto, lleva sobre todo la firma del arquitecto Von Knobelsdorff. Su relación con Federico II fue uno de esos estrechos entendimientos que la historia ha propiciado entre arquitectos y mandatarios, éstos deseosos de dejar una impronta imperecedera de su persona, y aquéllos felices de encontrar un mecenas que costeara sus concepciones arquitectónicas; ambos unidos por el ansia de gloria y el sueño de grandeza. Berlín ha conocido varios de esos matrimonios de interés entre arte y poder. Quizá porque el suyo fue un poder absoluto, la relación de Hitler con Albert Speer fue la más sólida en estos singulares apareamientos. Pero el centro de Berlín debe más a los encargos que Federico Guillermo III hizo a Karl Friedrich Schinkel, “el arquitecto” por excelencia de la capital.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Vista de Unter den Linden, de Eduard Gaertner (1852) / Guillermo I / Panorámica de la Bebelplatz / Mapa de Google / Quema de libros (1933) / Alte Bibliothek (Michael Schorsch) / Staatsoper]

“Bajo los Tilos siempre he paseado a gusto. Preferiblemente, tú lo sabes, sola. El otro día, después de que la hubiera evitado durante largo tiempo, se me apareció la calle en sueños. Ahora puedo finalmente informar de ello”. De esta misteriosa manera comienza Christa Wolf su relato Bajo los Tilos (1974). Me lo había llevado una soleada tarde de sábado para leerlo en una de las terrazas de ese paseo, con ánimo de ambientarme en el lugar mientras saboreaba un trozo de pastel y un largo café. Había escogido una Konditorei (el tipo de pastelería alemana, que suele tener espacio para tomar café) cercana al cruce con la Charlottenstraße, donde solía tomar una porción de tarta de cerezas acompañada con nata. Ese Kirschenkuchen, junto con el Apfelstrudel, una particular tarta de manzana, son lo más típico de la repostería alemana; lo del pastel acompañado de café a media tarde es un acto denominado Kaffee und Kuchen que, sin ser la insoslayable institución británica del té con pastas, constituye una encomiable costumbre.
En el relato de Christa Wolf, que había comprado en una recepción que la Academia de las Artes acababa de ofrecer a la escritora germanoriental, aparece un Unter den Linden camino de ninguna parte, pues durante la partición de la ciudad el paseo terminaba en una valla a la altura de la Pariser Platz. Unter den Linden languideció tanto en esos decenios que aún en los últimos años le ha costado trabajo retomar el enérgico pulso que tuvo en el siglo XVIII, cuando fue lugar de residencia de la alta sociedad, y en el XIX, tiempo en que atrajo a bancos, negocios, hoteles y restaurantes de lujo. En esa época Heinrich Heine juzgó que se trataba de “una de las calles más bonitas de Europa”. “Lo que los buvelares son a París, eso es Unter den Linden a Berlín”, aseguró otro de sus contemporáneos. Nada impide, menos ahora, que esto vuelva a ser realidad.
La vía tiene sus orígenes en el siglo XVI como paseo de caballo y camino de caza, que partía del Palacio Real a través de un puente levadizo y llevaba al Tiergarten. En 1647, el príncipe elector hizo trazar de nuevo el camino y plantar seis hileras de tilos y nogales. Llamada en un principio Erste Straße (Primera Calle), se rebautizó como Unter den Linden (Bajo los Tilos) en 1734, cuando adquirió su longitud actual de 1.470 metros. Desde 1820 el número de hileras de árboles quedó definitivamente reducido a cuatro y los plátanos y castaños, que también fueron plantados en su día, han dejado el sitio únicamente a tilos, aunque de diversa clase. Durante los Juegos Olímpicos de 1936, los árboles desaparecieron para ser reemplazados por unos pilares adornados con la esvástica. Restituidos después los tilos, la guerra los volvió a tratar de forma inmisericorde. En realidad, a pesar del pomposo nombre de la avenida, nunca ha habido mucha posibilidad de caminar bajo la sombra de los tilos, pues la especie no se ha adaptado completamente a las características del suelo de Berlín y se resiste a crecer con vigor, para quebraderos de cabeza de los jardineros municipales.
Panorama con dos costados
Uno de los grabados más singulares del antiguo Berlín es el Panorama de la calle Unter den Linden, de 1820. Se trata de un dibujo en color de varios metros de lontigud en el que se alinean todos los edificios de la época, con sus gentes y carruajes paseando entre los tilos; primero los del costado sur de la avenida, conocido antaño como Lado de los Palacios, después los de la acera de enfrente, denominada entonces como Lado de la Academia, por la presencia de la Academia de las Ciencias y las Artes en lo que después sería la Staatsbibliothek. El original se guarda en el Märkisches Museum; en el museo The History of Berlin de la Kurfürstendamm puede contemplarse una reproducción excelentemente presentada, con una simulación de ruidos de carros sobre el pavimento y voces en la calle. Esa viva atmósfera de Unter den Linden a comienzos del siglo XIX la describe E. T. A. Hoffmann en La casa desierta (1817): “Es punto de reunión del público elevado por el rango o la riqueza al opulento goce de la vida. En el piso inferior de los anchos palacios se ponen en venta la mayoría de las veces mercancías de lujo, mientras en las plantas de arriba habita la gente de la clase descrita”.
Hoy los pisos inferiores vuelven a tener ese fin comercial de lujo, con representaciones de marcas que desean emplazarse en una dirección de prestigio; pero en las plantas superiores, transformadas ahora en oficinas, ya no vive casi nadie. De hecho, apenas quedan palacios después de que sólo trece edificios de los 64 que tenía Unter den Linden sobrevivieran a la Segunda Guerra Mundial. Uno de las pocas casas que quedó en pie, para comenzar el recorrido por el paseo desde la Pariser Platz, es la que tiene el número 67. Su interés es que ahí, en una construcción anterior, vivió entre 1823 y 1836 Karl Friedrich Schinkel, el arquitecto que más impronta dejó en el Berlín histórico. De Schinkel luego encontraremos, en el mismo Unter den Linden, obras emblemáticas como la Neue Wache, el Schlossbrücke y el Altes Museum.
La grandiosidad del estalinismo y lo que sepultó

Pero antes de alcanzar ese colofón monumental de Unter den Linden, la obra más pretenciosa es la que corresponde a la Embajada de Rusia (1), como es normal en una potencia de ocupación cuando la URSS era la URSS y Berlín su botín de conquista. Justo después de la guerra, la administración soviética hizo recoger los escombros de Unter den Linden y plantar nuevamente tilos, pero dudó sobre el futuro que había que dar a lo que había sido el paseo de los desfiles de los Hohenzollern. Finalmente optó por apropiarse de su simbolismo de poder y erigir, con toda la grandiosidad del estalinismo, una arquitectura tan feudal como la que pretendía sustituir. La Embajada se construyó entre 1950 y 1952; fue el primer edificio levantado en la avenida, y se hizo a conciencia, con algunos bloques de piedra procedentes de la Cancillería de Hitler. Dueños y señores de su zona de ocupación, los soviéticos no sólo tomaron el solar en el que ya había estado el palacio de la Embajada zarista (soviética tras la Revolución de Octubre), sino que se apropiaron de todo el espacio hasta la esquina de la siguiente calle, donde situaron una representación de Aeroflot.
Bajo las losas de la Embajada de Rusia queda el recuerdo del histórico Café Fuchs, de frecuente visita de la clase acomodada durante gran parte del XIX. A él se refiere Heinrich Heine en sus Cartas desde Berlín (1922). “Contemple usted los bellos edificios que hay a uno y otro lado de los Tilos. Aquí vive el mundo más distinguido de Berlín (…) La gran casa de la izquierda es la pastelería de Fuchs. Todo está decorado maravillosamente, en todas partes hay espejos, flores, figuras de mazapán, dorados; en pocas palabras, la más excelente elegancia”, escribía a su refinada amiga. Después de esta presentación, viene el sarcasmo: “Todo de lo que aquí se goza es lo peor y más caro de Berlín. Entre los productos de pastelería hay poco surtido, y la mayor parte es viejo. Un par de viejas y enmohecidas revistas yacen sobre la mesa. Y la muchacha que lleva largo tiempo esperando no es nada guapa. No entremos en Fuchs. Yo no como ningún espejo ni cortinas de seda”. Para Heine, en realidad, lo bello de Unter den Linden no estaba en los escaparates, sino que paseaba por sus aceras. “Sí, amigo, aquí bajo los Tilos / puedes elevar tu corazón / aquí puedes encontrar juntas / a las más bellas mujeres”. Y concluyía el escritor: “Este lugar es un paraíso andante, un cielo andante, una andante felicidad”. Probablemente más justicia a Fuchs hace E. T. A. Hoffmann en La casa desierta, donde describe con agrado el olor a chocolate del establecimiento y el buen aspecto de su pastelería. Fuchs disponía de un obrador en el edificio de al lado, la casa que Hoffmann hizo famosa por el misterio de que la rodeó.
El coso lírico más bello
A caballo entre la Opéra Comique de París y la Volksoper de Viena, la Komische Oper (2) berlinesa sigue lo dispuesto por el legendario director teatral Walter Felsenstein: escenificación crítica, representación en alemán e interpretación por un plantel propio de cantantes. Ubicada entre las dos grandes óperas berlinesas, la Staatsoper y la Deutsche Oper, que ocupan los dos extremos de la interminable línea recta formada por las avenidas Unter den Linden, 17 de Junio y Bismarck, la Komische es el coso operístico más bello de la capital alemana, aunque no lo indique su apariencia exterior. El auditorio del teatro, declarado patrimonio artístico, mantiene su monumental decoración de finales del siglo XIX, con sus majestuosas figuras mitológicas aguantando el techo en la parte superior del semicírculo del patio de butacas. También se conserva su recargada escalera de barroco vienés.

En este lugar había existido desde 1764 el teatro en el que se estrenaron Götz von Berlichingen (1774), pieza dramática de Goethe, y Natán el Sabio (1779), de Lessing. El nuevo teatro fue inaugurado en 1892 con el nombre de Unter den Linden Theater. Aunque en esos primeros años ya se representaron óperas de Gluck, Grétry, Paisiello y Salieri, su carácter musical lo adquirió en 1898 al transformarse en escenario para operetas, primero como Teatro Metropol, con Paul Lincke como Kapellmeister, y luego, durante el nacionalsocialismo, como Teatro Estatal de Operetas. Apenas dañado el escenario y el aforo durante la guerra, el resto del edificio fue reconstruido y ampliado con las formas y los materiales propios de la RDA. El teatro fue reabierto en 1947 por Walter Felsenstein como Komische Oper. Esta institución está unida especialmente a los nombres de Felsenstein, que representa los orígenes, y Harry Kupfer, director artístico en el largo tramo final del siglo XX y cuyas puestas en escena se han trasladado a muchos teatros del mundo. Pero su pervivencia no se entendería sin Götz Friedrich, que sirvió de puente entre la era fundacional y las posteriores generaciones. Friedrich se incorporó al teatro en 1953 y siguió la obra emprendida por Felsenstein hasta que marchó a Berlín-Oeste, donde luego sería el alma de la Deutsche Oper.
La belleza del anfiteatro de la Komischer Oper y sus precios normalmente más populares que los de los dos otros cosos líricos berlineses invitan a asistir a alguna representación, aunque conviene examinar la cartelera para escoger una obra originalmente en alemán y no tener que escuchar a Verdi en esa lengua. El acceso principal se encuentra en la calle de abajo, la Behrenstraße; en las dependencias de Unter den Linden, dedicadas a administración, pueden adquirirse entradas. Esta parte superior fue una ampliación de las instalaciones, que se hizo sobre algunas ruinas con historia. Desde el primer piso de una de las casas desaparecidas, el ingeniero Nobiling disparó en 1878 contra el emperador Guillermo I cuando su coche pasaba por Unter den Linden, y le hirió gravemente. El suceso, el segundo atentado contra el Káiser, sirvió a Bismark para dictar una ley contra los socialistas. También aquí estuvo el Palais Raczynski, sede entre 1835 y 1844 del reputado salón literario de Bettina von Arnim, y un hotel que hospedó a Goethe en 1779. Sólo desde la acusada pleitesía que siempre y en todo lugar ha rendido Alemania al gran patriarca de sus letras –desmesuradamente por encima de la memoria tributada a Cervantes, Dante o Molière en sus respectivos países– cabe entender la minuciosidad con que Berlín anota en sus anales la visita de únicamente cinco días que en toda su vida hizo a la urbe el maestro de Weimar.

Por la acera norte
Antes de llegar al cruce entre Unter den Linden y Friedrichstraße conviene repasar lo que hemos ido dejando en el lado norte de la avenida. En el primer tramo se encuentra la Embajada de Hungría, en un edificio construido en el comienzo del nuevo milenio, con arquitectura que incorpora reminiscencias del estilo secesión austrohúngaro. La Embajada de Polonia está prácticamente al lado, sobre el solar en el que existió el Ministerio del Interior de Prusia y del Tercer Reich. El excelente emplazamiento de ambas representaciones diplomáticas data de la década de 1960 y se debe a las deferencias que tuvieron los comunistas germanorientales con los países hermanos del Pacto de Varsovia. Este trato de favor hacia legaciones de los países del mismo bando ya lo había ejercido Hitler, como se puede comprobar por la buena ubicación de las representaciones de Italia, Japón y España, en el barrio del Tiergarten.
En la esquina con la Schadowstraße una placa recuerda la presencia allí entre 1869 y 1910 del acuario de Berlín, entonces el mayor del mundo, por más que simplemente constaba de unas cuantas cuevas artificiales con balsas en las que malvivían los peces. El acuario se trasladaría después a su actual sede de la Budapester Straße, junto al Zoologischer Garten. La Schadowstraße lleva el nombre del escultor Johann Gottfried Schadow, que en el número 10-11 tuvo su vivienda y taller hasta su muerte en 1850. Anteriormente la calle era prolongación de la Mauerstraße (la continuidad la interrumpió la mole de la Embajada de la URSS), siguiendo la línea de la empalizada que un día marcó el límite de la ciudad. Schadow es autor de obras tan estimadas por los berlineses como la cuádriga de la Puerta de Brandemburgo y la doble figura de la futura reina Luisa y su hermana la princesa Federica de Prusia. Esta escultura es tenida por pieza maestra del clasicismo europeo; su original está en la Alte Nationalgalerie, y sus copias, en tamaño reducido, en muchas tiendas de recuerdos. En ese mismo museo, se halla el grupo escultórico de Shadow que adornaba la tumba del pequeño Alexander von Mark, hijo ilegítimo del rey Federico Guillermo II y una condesa. Fue creado para la iglesia de la Dorotheenstadt, hoy desaparecida, que da el nombre a la siguiente calle, la Neustädtische Kirchstraße.
Entre los siguientes edificios está el Zollernhof (3), ahora sede en Berlín del segundo canal de la televisión pública alemana, la ZDF (Zweites Deutsches Fernsehen). El Zollernhof adquirió este nombre en 1915 con motivo del quinto centenario de la llegada de los Hohenzollern a la marca de Brandemburgo procedentes de Franconia, al sur de Alemania. La antimonárquica RDA no tuvo inconveniente en alojar aquí el comité
central de la Freie Deutsche Jugend (FDJ), la organización juvenil del régimen, que retomó muchas poses de la juventud hitleriana, aunque cambiando la camisa parda por una azul. La FDJ, capitaneada durante muchos años por un crecidito Egon Krenz, breve sustituto de Honecker durante la crisis de 1989, fue el fácil recurso de las autoridades comunistas para llenar manifestaciones. Miles de jóvenes uniformados salieron con sus antorchas por Unter den Linden en octubre de 1989, durante la celebración ante Gorbachov de los cuarenta años de creación de la RDA, dando a entender un mensaje de perdurabilidad del régimen totalmente falseado: apenas un mes después, esos jóvenes llenaban los grandes almacenes del Berlín capitalista el primer fin de semana que el Muro estuvo abierto.
Un alto con Einstein en la Charlottenstraße
Me había puesto a leer a Christa Wolf y a comer mi trozo de pastel cerca de la intersección con la Charlottenstraße, sentado en una terraza con vistas al próximo Forum Fridericianum. Las cuatro esquinas de este lugar tienen su interés. Cruzando la Charlottenstraße se encuentra la Staatsbibliothek (4)
(Biblioteca Estatal). Al franquear su entrada se alcanza un patio tremendamente apacible. La hiedra cubre espesamente las paredes, y el espacio, con su agradable fuente y con sillas y mesas dispuestas en un rincón para tomar el almuerzo o un café, ofrece una sensación de gran tranquilidad en medio de Mitte. En el patio se pueden leer los versos de Brecht de su poesía Preguntas de un obrero que lee, grabados junto a una escultura de 1961. Pero el lugar no tiene ninguna especial relación con el poeta y dramaturgo, sino con otros personajes como Gottfried Wilhelm Leibniz y Albert Einstein, dos de las almas de la Academia de las Ciencias, que tiene sede en esta casa. Einstein, a quien se dedica una placa a la derecha de la puerta de entrada, llegó a Berlín en 1914, un año antes de que formulara su teoría de la relatividad. Durante su estancia berlinesa, Einstein sería galardonado con el Premio Nobel de Física en 1922. Director del Instituto de Física de la Kaiser-Wilhelm-Gesellshaft, fue destacado miembro de la Academia de las Ciencias y de la vida científica de la capital alemana hasta que el fanatismo nacionalsocialista forzó su emigración.
La sede había nacido en 1687 como Marstall, las caballerizas reales destinadas a la Garde du Corps. A comienzos del XVIII, el edificio sería ampliado para acoger la Academia de las Ciencias, creada en 1700 en una única entidad con la Academia de las Artes, que luego se independizaría. Su primer director fue Leibniz, que gozaba del favor de la reina Sofía Carlota, con cuyo nombre se rebautizó la calle lateral, pasando de Marstallstraße a Charlottenstraße. Esa conversión de establo en templo de las ciencias y las artes fue saludada por los inventivos berlineses con el apelativo de “musas y mulos”. El actual inmueble fue levantado entre 1904 y 1914 por el arquitecto Ernst Eberhard von Ihne para guardar la colección de libros que en 1661 había comenzado a reunir en el Palacio Real el Gran Elector, suegro de Sofía Carlota, y que ya no tenía espacio en la Alte Bibliothek. La Segunda Guerra Mundial provocó la dispersión de una de las colecciones de manuscritos y libros más extensa de Europa, con más de cuatro millones de volúmenes. Los fondos se encuentran repartidos entre las dos sedes de la Stabi, como los estudiantes llaman a la Staatsbibliothek: ésta de Unter den Linden y la que se levantó a finales de la década de 1970 en el Kulturforum para acoger los libros que habían quedado en Berlín-Oeste.
La bañera del Káiser
Enfrente, al otro lado del paseo, está el Deutsche Guggenheim (5). El renombre de la Salomon R. Guggenheim Foundation invita a imaginar un importante museo, sin embargo su delegación en Berlín apenas cuenta con un par de salas, destinadas a modestas exposiciones; ni siquiera ocupa un lugar propio, sino los bajos de la representación del Deutsche Bank en la capital alemana. Tampoco ésta, tratándose del mayor banco del país y uno de los más importantes de Europa, es especialmente vistosa si se atiende a los usos de las grandes corporaciones financieras. Esto es así porque, además de que las centrales bancarias alemanas están situadas en Fráncfort, el Deutsche Bank prefirió retomar la modesta sede que se le había confiscado después de 1945.
Para completar este cruce Unter den Linden/Charlottenstraße queda la mención de dos esquinas, la que es ahora sede de una oficinas y antes de la librería “El libro soviético”, uno de los pocos ejemplos de arquitectura neorrenacentista conservados en la ciudad, y la que me había ofrecido asiento para merender. El restaurado Römischer Hof (6) ha arrastrado durante más de doscientos años una relación nominal con la capital italiana. En este número de Unter den Linden estuvo de 1775 hasta 1910 el Hotel de Rome, el de más larga trayectoria del paseo. Sus avanzadas instalaciones permitieron que el Káiser Guillermo I dispusiera en él de una bañera para su uso exclusivo, cuando en su palacio aún no se había incorporado tamaño adelanto. El hotel, cuyo título ha sido recuperado para un establecimiento de lujo abierto al fondo de la cercana Bebelplatz, alcanzó fama literaria en 1888 cuando Fontane ambientó en él su novela Wohin? [¿A dónde?]. Los personajes James y Leontine discuten preguntándose a dónde ir para pasar las vacaciones, y el inspector de enseñanza Meddelhammer les dice que él marchará unos días a ese hotel de Unter den Linden, del cual partirá cada jornada para viajar por la ciudad. Meddelhammer va exponiendo a sus interlocutores todo lo que hay digno de ser visto y probado en Berlín. Hoy como entonces, la Charlottenstraße es un magnífico punto de arranque para visitar el corazón del centro histórico de la capital alemana.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Vista de Unter den Linden / Grabado de 1691 / Embajada de Rusia / Mapa de Google / Interior de la Komische Oper / Sello de la RDA de 1986 / Patio de la Staatsbibliothek]

A la Puerta de Brandemburgo habíamos acudido nada más llegar a Berlín. A ella volvemos después de instalarnos en la ciudad y de haber hecho una primera cata por la Friedrichstraße. Ahora toca entrar en el corazón de Berlín por su alfombra roja, Unter den Linden. En esta entrada, la Brandenburger Tor es la puerta, y la Pariser Platz el Empfangssalon (salón de recepción), como la designa la literatura costumbrista. Un salón de contrapeso burgués a la Plaza de Palacio del otro extremo de Unter den Linden, paseo que a medida que avanzaba hacia este final decaía en edificios relacionados con la monarquía para ganar en representaciones ambiciosas de la burguesía. Así fue históricamente, cuando en 1734 se creó este Quarré al desplazar hasta aquí el confín de la ciudad. Con el tiempo, el prestigio del emplazamiento atraería al cuerpo diplomático, con la apertura de la Embajada francesa y luego la de Estados Unidos, las recepciones en el Hotel Adlon y la presencia de la legación británica justo al doblar la esquina de la Wilhelmstraße. Todos estos vecinos han vuelto a esos mismos lugares, después de que la Segunda Guerra Mundial dejara desolada esta Plaza de París y la RDA la cerrara a los ciudadanos debido a la proximidad del Muro.
Hoy todos los edificios son nuevos, aunque la apariencia general de la Pariser Platz se ajusta bastante a la que tuvo con anterioridad. El Senado berlinés impuso drásticas condiciones para su reconstrucción, limitando las alturas a veintidós metros y exigiendo “fachadas perforadas”, es decir, edificios con agujeros de ventanas que recompusieran la retícula visual que antaño ofrecía el entorno. El carácter del conjunto importaba más que las creaciones individuales. Hubo un apasionado debate entre políticos, arquitectos y opinión pública, y se alcanzaron algunas soluciones de compromiso. Con sus excepciones, claro.
La principal de ellas, no tanto arquitectónica como urbanística, es la que afecta a la Embajada de Estados Unidos (1). La exigencia de Washington de un reforzado perímetro de seguridad, al final ganado retrasando la alineación de la fachada, aplazó el regreso de los norteamericanos al lugar que compraron en 1930. El emplazamiento lo habían utilizado sólo entre 1939, poco antes de que comenzara la guerra, y 1941, cuando entraron en ella. En ese período, las relaciones entre las autoridades nazis y la representación estadounidense sufrieron una escalada tensión. Fruto de la mutua desconfianza, la Gestapo (Geheime
Staatspolizei, Policía Secreta del Estado) se presentó en una ocasión a las puertas de la Embajada con intención de inspeccionarla, pues en unos papeles de calcar con planos para las reformas realizadas en el edificio se leía Powder Room. Los agentes exigieron registrar esa habitación, pensando que allí se escondía pólvora. Los norteamericanos no tuvieron reparos en conducir a los policías a lo que en realidad eran unos servicios de señoras. La Gestapo podía ser muy eficiente en su trabajo, pero desde luego desconocía inglés (powder, aunque significa polvo, también puede dar lugar a pólvora, pero con la palabra room forma una expresión inequívoca: lavabo de damas, en el que una mujer podía retocar su maquillaje con una polvera). La Embajada se salvó del enemigo, pero no del “fuego amigo”, y por más que durante los bombardeos ingleses tuvo escritas a gran tamaño las letras USA en su tejado, el edificio acabó en ruinas. La nueva legación diplomática fue el último vecino en incorporarse a la renacida Pariser Platz, donde la representación estadounidense también la ostenta un pequeño museo dedicado a John F. Kennedy y su familia.The Kennedys (2), en el número 4.a es una galería con fotografías y objetos relacionados con el presidente estadounidense, valedor de Berlín en sus horas difíciles.
Entre las maquetas de Speer
Contra mordazas estéticas, imaginación. Por imposiciones del Senado berlinés, el californiano Frank O. Gehry no pudo desarrollar una de sus grandiosas estructuras para la sede del DG Bank (3), así que reservó sus orgánicas planchas metalizadas para el interior del banco y para su cubierta. Hay que entrar en el vestíbulo del Deutsche Genossenschaftsbank para ver el gran molusco de redondeados volúmenes del patio de luces, en cuyo interior se aloja un pequeño auditorio. El tejado con forma de torso de pez se observa mejor desde alguna altura cercana, como desde la cúpula del Reichstag. El reto profesional de Gehry era aportar una obra singular para lo que habían sido las oficinas de Albert Speer como ministro de Armamento y Munición entre 1942 y 1945, en un pulso personal con el que fue brillante arquitecto de Hitler. En los cimientos de este banco-cooperativa se encontraba el búnker utilizado por Speer y los funcionarios de su Ministerio, sólo redescubierto en 1996 y dinamitado al año siguiente.
Antes de tener aquí su dirección, Speer trabajó en el edificio de al lado, que vuelve a ser la Akademie der Künste (4). La Academia de las Artes estaba desde su creación en 1696 en la Staatsbibliothek de Unter den Linden y se trasladó a esta Pariser Platz en 1902. A partir de 1937 sirvió de estudio para que Speer trazara las ensoñaciones arquitectónicas del Führer. En su taller, visitado con frecuencia por Hitler, fue expuesta la maqueta de Germania, la megalómana visión nazi para la capital del Reich de los Mil Años. Parte de esas salas, con artísticas pinturas anteriores al nazismo, son el único resto de la Plaza de París prebélica. En atención a esa reliquia a la nueva construcción se le permitió una fachada de cristal que facilita ver desde la calle las viejas paredes. Con su recobrada sede, la Akademie der Künste de Berlín y Brandemburgo recupera la unidad sacrificada en la Guerra Fría. En ese período, la Academia occidental estuvo cerca de la estación de Bellevue, en unas instalaciones que siguen funcionando como centro cultural; la oriental, en las inmediaciones de la Charité.
Berliner Sezession
Las casas de la Pariser Platz que más se ajustan a sus precedentes son las que están alineadas a ambos lados de la Brandenburger Tor; la principal diferencia es que ahora están separadas unos metros de los templetes de la Puerta. El arquitecto alemán Joseph Paul Kleihues procuró rememorar en parte el estilo previo de Friedrich August Stüler y no entrar en competencia visual con el monumento central. La casa que se observa a la derecha es la Max-Liebermann-Haus (5). En ese emplazamiento vivió entre 1892 hasta su muerte en 1935 el pintor impresionista Max Liebermann, padre de la Berliner Sezession, un movimiento que pretendía romper con el conservadurismo en el arte impuesto por los gustos imperiales. El Káiser había terciado en el debate artístico afirmando que “el arte que transgrede las leyes y los parámetros que he fijado deja de ser arte; el abuso de la palabra libertad lleva a la presunción y a lo licencioso. Para que el arte cumpla su papel, debe llegar profundamente a la gente, pero tiene que ser elevador y no degradante”. Guillermo II llamaba a las corrientes de la Modernidad “arte del arroyo”, porque representaban la vida diaria de las bajas clases sociales. Liebermann, en respuesta, se refería al emperador como “Guillermo el Último”, y ciertamente lo fue.
Cuando los artistas berlineses invitaron en 1892 al expresionista Eduard Munch a exponer sus obras en la capital, el emperador bramó y su parecer fue seguido por la crítica, por lo que la exposición tuvo que cerrarse a los dos días. En medio de la disputa, Liebermann y otros artistas como Louis Corinth, Walter Lestikow, Lesser Uri y Käthe Kollwitz, consumaron una ruptura y bajo el nombre de Berliner Sezession abrieron una muestra en una sala de la Kurfürstendamm. Guillermo II no pudo cercenar el éxito de la iniciativa, a pesar de su campaña en contra, que obligaba a los oficiales del Ejército a vestir ropa de civil si acudían a la exposición, para no manchar el uniforme con un arte “decadente y antiprusiano”. Unos similares adjetivos –“arte degenerado” y “antialemán”– utilizaría después el nazismo, aunque lo haría con el poder omnímodo de una dictatura, sin posibilidad entonces de ninguna secesión.
Liebermann se convertiría en el pintor más afamado del Berlín de su época, sustituyendo en gloria a Alfred Menzel y postergando a Anton von Werner, el artista imperial por excelencia, autor del cuadro oficialista La proclamación del Káiser en Versalles y de los mosaicos de batallas que hay en la base de la Columna de la Victoria. En 1920, Liebermann reemplazó a Von Werner como presidente de la Akademie der Künste. El 20 de enero de 1933, día en que Hitler fue nombrado canciller, el pintor contempló desde su casa el Desfile de las Antorchas que atravesaba de la Puerta de Brandemburgo. “Lástima que uno no pueda comer tanto como le gustaría vomitar”, comentó a un amigo. Desde entonces decidió no abrir más esa ventana. Pocos meses después renunciaría a su cargo de presidente honorario de la Akademie; simplemente, como judío, se adelantó a la decisión nazi de “arianizar” la institución. Liebermann murió en 1935; tres años más tarde su mujer perdió el derecho a la vivienda y en 1943 fue ordenado su transporte a Auschwitz, adonde no llegó porque se suicidó antes de partir. Un museo sobre Max Liebermann se abrió en 2001 en su residencia de verano en el Wannsee (Am Großen Wannsee 42), el gran lago del oeste de Berlín.
De París
En alguno de los letreros del edificio que sobresale en ese vértice de la plaza, se puede leer el nombre de Giacomo Meyerbeer, un compositor que habitó en ese rincón entre 1848 y 1862, cuando no se encontraba ausente y alojado en hoteles parisinos. Meyerbeer es el introductor de la ópera francesa en Alemania. A pesar de ser berlinés, de una rica familia judía muy implantada en la ciudad, los cosos operísticos de la capital prestan escasa atención a Meyerbeer. Sólo en una ocasión pude asistir en la Staatsoper a una de sus obras, Robert le Diable (1831), un claro ejemplo del estilo de la ópera Grand. La pieza tuvo gran éxito cuando fue estrenada en París, pero no aprecié entre el público un gran entusiasmo por el momento culminante de la obra: su anticlerical ballet de monjas. Esta esquina de la Pariser Platz ofrece un ideal espacio para sentarse a la mesa en una terraza y asistir al merodeo de paseantes y turistas, a sólo unos metros de la Puerta de Brandemburgo.
Se diría que el afrancesado Meyerbeer no podía haber vivido más que en la Plaza de París, como no hay lugar más adecuado que éste para la Embajada de Francia (6). Como Liebermann, el embajador francés fue otro de los que presenció desde su ventana el desfile de las SA el día de la toma de poder de Hitler, tal como describió en el informe que envió a su Gobierno. Cuando las distintas bandas llegaban a la altura de la Embajada, cesaban su música y tras un redoble de tambores comenzaban a tocar una vieja canción de guerra: “Victoriosos, queremos derrotar a Francia”. De una victoria previa sobre París proviene precisamente el nombre de la plaza, que hasta 1814 se llamó simplemente Quarré, por su cuadrado perfecto (ciento veinte metros cada uno de los lados). La Embajada francesa volvió a abrir en el mismo sitio, adquirido en 1860 por Napoleón III, con un curioso diseño de Christian de Portzamparc.
Hotel de lujo
También regresó a su lugar, aunque ampliado, el Hotel Adlon (7). Debido a su envidiable ubicación y al empaque de sus habitaciones y salones, es el hotel donde recalan los máximos dirigentes políticos y empresariales, las estrellas de cine, los artistas afamados y toda fortuna que se precie. El establecimiento no ha tardado en homologar su era de esplendor, cuando en él se hospedaron personajes como Enrico Caruso, Marlene Dietrich, Thomas Edison, Henry Ford, Greta Garbo, Thomas Mann, John Rockefeller y Franklin D. Rossevelt, entre otros. También pernoctó Charles Chaplin, que casi perdió sus pantalones debido al ímpetu de sus admiradores congregados en la puerta, cuando acudió a Berlín para representar Luces en la ciudad (1931). Entonces, el Adlon ocupaba sólo la esquina de la Pariser Platz, donde Lorenz Adlon lo abrió en 1906. Cuando se construyó de nuevo con la reunificación, el hotel se extendió hasta la Wilhelmstraße.
El Adlon siempre ha tenido carácter internacional, incluso en los años duros de la Segunda Guerra Mundial, cuando los diplomáticos que aún restaban en la capital no tenían otro lugar en el que llevar una mínima vida social. Aquel ambiente está extraordinariamente retratado por Marie Wassiltchikoff en Los diarios de Berlín (1989), un interesante documento escrito en aquellos turbulentos años y publicado tras la muerte de su autora, una princesa rusa que se relacionó con los conspiradores del atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944. En abril de ese año, Missie Wassiltchikoff escribía: “El Adlon es una Torre de Babel donde converge hasta el último mohicano. Como ahora no están de moda los cócteles, todas las personas que he visto siempre en dichas fiestas y que han sobrevivido hasta ahora vienen a parar aquí por lo menos una vez al día”. En agosto, la situación había empeorado: “Ahora vivo en el Adlon (...) Esta noche ha habido otro ataque aéreo. Estábamos demasiado cansadas para bajar, pero de repente hemos oído dos grandes explosiones y, poniéndonos a toda prisa pantalones y suéters, hemos bajado al búnker. Todos los invitados del hotel parecían haberse vestido con precipitación. Karajan, siempre tan impecable, iba descalzo, con gabardina, y tenía los pelos de punta”.

En mayo de 1945, momentos antes de la entrada de las tropas soviéticas, el hotel se había incendiado casi completamente. En los primeros tiempos de posguerra, aún daría cobijo a algunos exiliados que retornaban, como los escritores Bertolt Brecht y Anna Seghers. “Veíamos más claras las grietas en las paredes, con las tiras de papel que tenían pegadas (…) La ciudad de las ruinas se fundía con el cielo de la noche, como si todavía humeara”, escribió Seghers recordando aquellas circunstancias. Poco después los restos del edificio fueron derribados; cuarenta años más tarde, tras la caída del Muro, fue el primer inmueble de la Pariser Platz en volverse a edificar.
Tócala otra vez, Putzi
Todo emblemático hotel tiene sus leyendas. Una de ellas lo vincula con el nazismo por el hecho de que hacia el final de la Segunda Guerra Mundial acogió a un buen número de mandos de las SS, cuando la capital comenzaba a quedarse sin grandes posibilidades de alojamiento. La cercanía del búnker de Hitler convertía al Adlon en aconsejable hospedaje para quienes debían acudir a alguna reunión con el Führer. Además, acabó funcionando como hospital militar. Todo eso es lo que han recordado ciertos sectores israelíes cada vez que algún mandatario del Estado de Israel busca acomodo en Berlín; de nada sirve que hoy el Adlon sea de la cadena Kempinski, de orígenes judíos.
Ésta no es su única historia negra. En los anales de la criminalidad de Berlín se recuerda el asesinato de un cartero que tuvo un gran eco en la sociedad alemana de entreguerras. Poco antes del levantamiento de los espartaquistas de 1919 se alojó en el hotel un desconocido personaje, que se hacía pasar por barón. Comenzaron entonces a llegar cartas a personas adineradas que residían allí advirtiendo de que los espartaquistas iban a derrocar el Gobierno y ocupar los bancos, con lo que era conveniente retirar de éstos los fondos. El día del estallido revolucionario, en el que durante sus enfrentamientos tanto espartaquistas como los Freikorps se atrincheraron sucesivamente en el hotel (sin olvidar inspeccionar ninguno de los dos bandos su famosa bodega), un cartero llamado Lage logró superar la línea de fuego y subir a las habitaciones para llevar su correo. Cuando cesaron los tiroteos y volvió la calma, Lage fue encontrado en el segundo piso, atado a una silla y estrangulado con el cordón de una cortina; su saco con 41 cartas que contenían un cuarto de millón de marcos estaba vacío y el falso barón al que acudía a entragarle un sobre había desaparecido. Éste fue detenido tres años después en Dresde por intentar matar a otro funcionario de Correos, luego de haber escrito una obra de teatro en la que se dramatizaba la muerte de un cartero en el Adlon.
Pero de los episodios pasados de este hotel, el que recuerdo con más frecuencia es el que lo relaciona con los corresponsales extranjeros de prensa. Como miembro de la Asociación de la Prensa Extranjera, una entidad con solera creada en 1901, solía acudir quincenalmente a uno de los bares del Adlon para tomar unas cervezas con los colegas, en un encuentro amistoso que en Alemania está institucionalizado como Stammtish, equiparable al concepto de tertulia. Invitábamos regularmente a algún personaje con el que cenábamos algo y conversábamos, siguiendo una tradición iniciada decenios atrás en el propio Adlon. Uno de los anfitriones de aquellas antiguas veladas había sido Ernst Hanfstaengl, jefe del negociado de prensa extranjera del Ministerio de Propaganda de Goebbels. Putzi, así se le conocía, era un bávaro formado en Estados Unidos entre cuyas exquisiteces estaba su maestría al piano. Había conocido a Hitler en Múnich en 1922 y al año siguiente su mujer impidió que el Führer se pegara un tiro cuando la Policía le detuvo en la casa de los Hanfstaengel, donde buscó refugio al fracasar su intentona golpista muniquesa. Desde entonces, Putzi era requerido con frecuencia por Hitler para que se sentara al piano y tocara para él. Esa habilidad, así como su experiencia norteamericana y su perfil de hombre de mundo, le convirtieron en el hombre ideal para amenizar las tertulias nocturnas con los periodistas. Putzi derivó hacia posiciones críticas y en 1937 el entorno nazi decidió desprenderse de él. Se le obligó a subir a un avión para llevar un mensaje a las autoridades franquistas de Salamanca. Una vez dentro del aparato y con un paracaídas, fue informado de que debería saltar en un punto entre Barcelona y Madrid, en plena zona “roja”. Putzi logró fugarse en una escala y escapó a Estados Unidos, como luego contaría en sus memorias, Zwischen weißen und braunen Haus [Entre la casa blanca y la parda], aparecidas en 1970, cuando la Pariser Platz ofrecía un desolado aspecto sin edificios y la única recuperación del pasado eran los tilos que habían sido plantados de nuevo en Unter den Linden.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Pariser Platz (Berliner Reise Dienst) / DG Bank / Max Liebermann, Autorretrato (1916) / Hotel Adlon / Pariser Platz y Unter den Linden desde la Puerta de Brandemburgo, 1950 (Bundesarchiv)]
Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.
Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.
Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma