
A cámara lenta, el cuerpo desnudo y musculoso del discóbolo flexiona sus piernas, gira poco a poco sobre ellas y luego estira con fuerza su brazo derecho hacia un cielo cubierto de nubes, en un decorado pretendidamente mitológico. Es imposible pasear por los alrededores del Olympiastadion y no evocar esas estéticas secuencias de Leni Riefenstahl. La que simplistamente se ha conocido como la cineasta de Hitler legó unas imágenes de los Juegos Olímpicos de 1936 incontestablemente bellas, en las que los torsos de los atletas, sus esfuerzos y sus movimientos, la composición de las figuras y su relación con los elementos arquitectónicos, aportaron un nuevo lenguaje fílmico y elevaron el deporte a la categoría de arte cinematográfico. Un arte, eso sí, mezclado con la progaganda y el deseo de resaltar la fortaleza de la raza aria. En las dos partes de Olympia (Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza, estrenadas en 1938) prima el tipo humano germánico, con siluetas generalmente recortadas en el cielo; se margina a los atletas alemanes de origen judío, autorizados a participar sólo para evitar un boicot norteamericano, y sobresale entre el público y los deportistas la persona de Hitler, ensalzada mediante la selección de planos. “El arte es libre, sin embargo debe habituarse a determinadas normas”, había proclamado Goebbels en su primera reunión con una prometedora industria cinematográfica alemana que pronto encarrilaría el exilio
hacia Hollywood.
Las dos cintas de Olympia se pueden adquirir en los grandes almacenes culturales de Berlín, en cambio no suelen estar a disposición del público Victoria de la fe (1933) ni Triunfo de la voluntad (1934), que Riefenstahl produjo sobre las multitudinarias concentraciones del partido nazi en Núremberg. No figuran en las estanterías por las mismas razones que tampoco está el Mein Kampf de Hitler, censurado por las leyes que combaten la apología del nazismo. Es de suponer que puedan encontrarse en alguna trastienda, aunque yo no me esforcé en conseguirlo, pues mi interés periodístico por Riefenstahl no tenía nada que ver ni con ese compromiso entre sensibilidad artística y nazismo, ni con el pionero tratamiento de la luz que la cineasta demostró ya en su primer gran éxito, La luz azul (1932). El objeto de mis pesquisas era otro de sus filmes, Tiefland [Tierra baja], que Riefenstahl rodó en los primeros años cuarenta y sólo pudo estrenar en 1954. La directora tomó la historia y la música de una ópera del mismo título de Eugen d’Albert, cuyo libreto a su vez se basaba en la pieza dramática Terra baixa (1897) del catalán Àngel Guimerà. Por ello la acción transcurre supuestamente en España y para recrear su ambiente rural Riefenstahl visitó varias provincias españolas. Por casualidad di con la persona que le había hecho de traductor en algunas entrevistas desarrolladas en Madrid. A final, la película reproduce indumentarias y decorados que mezclan lo charro y lo andaluz. Lo polémico es que con el fin de encontrar tipos humanos hispánicos, Riefenstahl utilizó gitanos de un campo de concentración, lo que lastraría para siempre la película. En los noventa, Riefenstahl pudo exponer en Berlín su posterior producción fotográfica, con sus series sobre la tribu africana de los Nuba y sobre paisajes submarinos, pero no se llegó a reconciliar con la ciudad, pues nunca renegó de su filmografía. Murió en 2003 a los 101 años.
Supremacía aria en el deporte
Berlín organizó los Juegos Olímpicos de 1936 después de haberse postulado cinco veces como sede. La Primera Guerra Mundial impidió que los albergara en 1916, y Alemania quedó excluida de la participación en las dos siguientes competiciones olímpicas. La organización de los Juegos de Verano de 1936 se vio
incluso en peligro ante la actitud hostil tanto de comunistas, que denunciaban el burgués orgullo nacional que fomentaban los JJ.OO., como sobre todo de los nacionalsocialistas, que rechazaban la mezcla de razas y la cultura individualista de la búsqueda de medallas personales. Los nazis cambiaron de opinión después de hacerse con el poder, pues vieron en los Juegos un triple beneficio: el reto de expresar la supremacía alemana también en el deporte, la ocasión de dar publicidad a los logros del Estado totalitario y la oportunidad de engañar a la comunidad internacional denegando la persecución de la oposición interna y de los judíos. Para ocultar sus fauces, el Tercer Reich suavizó el régimen policial durante los Juegos Olímpicos. Fueron los primeros en ser parcialmente televisados.
El objetivo de impresionar a los espectadores extranjeros lo cumplían ya las propias instalaciones. El centro del área olímpica lo acupa el Olympiastadion (1), con forma de óvalo. Delante del estadio dos altas pilastras actúan de portal y soportan entre ambas los aros olímpicos. Una torre aún más alta, con funciones de campanario, queda en la parte de atrás, separada por la explanada del Maifeld. Al este del estadio están las pistas para competiciones de tenis y hockey, al norte se encuentra la piscina olímpica y al suroeste el campo de equitación. La zona había sido conocida previamente como Reichssportfeld, pues desde tiempo atrás se dedicaba a la práctica deportiva. Un primer proyecto pensado
para los abortados Juegos de 1916 fue reemplazado entre 1934 y 1936 por el arquitecto Werner March. March ideó un estadio semienterrado, cuyo terreno central se sitúa a doce metros por debajo del nivel exterior. Aunque inspirado en algunas estructuras romanas, responde más bien a la estética del nazismo; no en vano, el elemento quizá más característico de todo el conjunto, la piedra caliza de pilares y revestimientos, fue propuesta de Albert Speer. A ese diseño original, presente en pasillos, baulastradas y apliques de luz, se unió el cubrimiento del campo en 2008, con motivo de la Eurocopa de fútbol. El Olympiastadion presenta un corte en su curva oriental; allí está la puerta del maratón y el pebetero para el fuego olímpico, cuya llama se trajo desde Grecia por primera vez en el olimpismo moderno. Es el decorado en el que transcurren las postreras escenas de Mefisto, el galardonado filme de István Szabó: en las primeras luces del alba, el estadio vacío ofrecía toda la potencialidad dramática que requería el final de la película.
88 hileras de escalones
La mejor perspectiva sobre el complejo olímpico se obtiene desde los 67 metros de altura de la Glockenturm (2) (Torre de la Campana). Este campanario corona la Langemarkhalle, una galería que honora los caídos en la Primera Guerra Mundial y en la que hay inscripciones de versos patrióticos, entre otros éstos de Höldelin: “Vive en las alturas, oh patria, / y no cuentes los muertos, / para ti, amada, / no ha caído ni uno de más”. Esta comunión entre patria, muerte y deporte, espiritualizada con el tañir de la campana de la torre, guarda relación con la adhesión de voluntades y cuerpos –en forma para la Vaterland, en forma para la guerra– que reclamaba el nazismo con su pretendido misticismo. En las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial, dos mil jóvenes, reclutados en muchos casos entre adolescentes y niños para la División de las Juventudes Hitlerianas, murieron aquí bajo el fuego soviético. Hoy la campana ya no lleva la esvástica, pues tras la contienda hubo que fundir una nueva, como también fue necesario reconstruir la propia torre.
A los pies de la Glockenturm queda el Maifeld, una enorme explanada que los fotogramas de Riefenstahl muestran llena de cientos de gimnastas, todos realizando al unísono los mismos movimientos, corporeizando la uniformidad tan cara a los sistemas totalitarios. Al no existir en Berlín ningún gran espacio para las manifestaciones de partido, Hitler pidió a March que aportara un lugar donde cupieran medio millón de personas en formación, aunque luego el tiralíneas del arquitecto sería algo más comedido.
A poca distancia del campanario, en una hondonada, está la Waldbühne (3) (Escenario del Bosque), un anfiteatro de inspiración clásica que Werner March realizó a petición esta vez de Goebbels. El escenario, al final nada menos que de 88 filas de escalones, sirvió para amenizar los Juegos con música
nacionalsocialista, alternada con las competiciones de gimnasia. No consta que esa cifra, que luego ha sido utilizada por los neonazis para evocar sibilinamente las iniciales del grito Heil Hitler (la letra h es la octava letra del alfabeto), fuera premeditada, pero ¿qué esperar de Goebbels, que a sus seis hijos les puso nombres que comenzaban por h, supuestamente para honrar al Führer? La Waldbühne fue recuperada como lugar de conciertos en 1966 con una actuación de los Rolling Stones y desde entonces su programación de verano ha sido muy apreciada por los berlineses. Singular momento es la cita anual de la Filarmónica de Berlín, que por un día abandona su auditorio del Kulturforum para pasar una jornada en el campo. Ése es el espíritu de la convocatoria, a la que todo el mundo acude con sus cestas de picnic repletas de cerveza y de Butterbrot, la variante alemana del sándwich, normalmente de pan moreno. Como última pieza del concierto es preceptivo que la Filarmónica toque la popular marcha del Berliner Luft, que es coreado y seguido con palmas por todo el público.
Hertha BSC
Aunque fui testigo de este recomendable espectáculo con Plácido Domingo a la batuta, que anduvo algo acartonado en lo de los compases finales del Berliner Luft, mi recuerdo más vivo de estas instalaciones es un partido de fútbol en el Olympiastadion entre el Hertha de Berlín y el Barça. Fue una noche de espesa niebla en la que como no se podía ver más que una mínima parte del terreno de juego me entretuve en inspeccionar el palco presidencial, que hoy se llama de honor pero que en su tiempo fue la Führerloge. Habiendo visto antes las fotos de época, no era difícil situarse en el mismo lugar desde el que Hitler doblaba su brazo como respuesta al saludo nazi de la multitud y desde el que el dictador siguió con ceño fruncido las incómodas victorias de Jesse Owen. El atleta norteamericano de raza negra ganó nada menos que cuatro medallas de oro: salto de longitud, relevos de cuatro por cien, los cien metros lisos y también los doscientos. Demasiado para el Führer, que abandonó su lugar antes de que finalizara esa última prueba. El palco fue ligeramente reformado en la remodelación realizada para acoger los mundiales de fútbol de 2006, en la que se procedió al cubrimiento de las gradas.
La noche del Hertha-Barça me sirvió, además, para comprobar que la reunificación de los dos Berlines, lenta en muchos aspectos, tiene una historia de relativo éxito en el Hertha BSC (Berliner-Sport-Club).
Relativo porque, aunque este equipo ha conseguido colarse alguna vez en las competiciones europeas, su juego es irregular y en la Bundesliga le cuesta superar posiciones modestas. Pero el éxito al que me refiero no es deportivo sino social, pues el Hertha es un factor de integración que suma aficiones a ambos lados del antiguo Muro. Eso lo constaté nada más coger el S-Bahn en la Friedrichstraße: el tren venía del este ya cargado de aficionados con camisetas y bufandas del Hertha, y a ellos se fueron sumando luego otros seguidores en las estaciones del oeste.
El equipo se fundó en 1892 en un barco de vapor que tenía por nombre Hertha y cuya chimenea estaba pintada de franjas blancas y azules, colores que pasaron a su camiseta. En 1930 y 1931 ganó la liga alemana. Después vino la excepcionalidad del nazismo, la destrucción de la ciudad y su decadencia. Berlín Occidental no dejó de ser un gueto y su equipo de fútbol cayó a tercera división. Casi simultáneamente con el traslado del Parlamento y del Gobierno a Berlín, el Hertha regresó a la primera liga. Dejó su pequeño campo (ahora ocupado por el Tennis Borussia Berlin, en bajas categorías, y objeto de transformación por parte del hijo de Albert Speer, también arquitecto) y se mudó al Estadio Olímpico. El equipo ha ganado hinchas en el este de la ciudad a falta de un conjunto propio que rivalice en la misma división. En eso el Hertha se beneficia de que el BFC Dynamo, que ganó diez veces la liga de la República Democrática, esté encuadrado en categorías regionales y tenga poco empuje para atraer la Ostalgie. El Dynamo fue conocido en sus buenos tiempos como el equipo de la Stasi; muchos de sus jugadores eran agentes, que aprovechan sus desplazamientos extranjeros para su doble juego; su presidente fue Mielke, ministro de la Seguridad de la RDA.
Villa Olímpica
Antes de tomar el S-Bahn de regreso puede uno acercarse hasta Le-Corbusier-Haus (4) (Flatowallee 16). El arquitecto francés proyectó su Unité d’Habitation para la Exposición Interbau de 1957, si bien no participó
en la ya referida reconstrucción del Hansaviertel del Tiergarten, sino que plantó aquí su contribución berlinesa. Ideado como un conjunto de módulos multifamiliares autosuficientes, el bloque de quinientos apartamentos de dos plantas tiene algunos servicios integrados, como tiendas, polideportivo y guardería. Le Corbusier se desentendió después de su “vivenda-máquina” porque la falta de presupuesto eliminó algunos servicios previstos y porque la altura de los pisos fue ligeramente elevada.
A quienes deseen revivir los escenarios de la Juegos Olímpicos de 1936 les compensará enormemente acudir al Olympisches Dorf (Villa Olímpica). El poblado se construyó en el término municipal de Elstal, fuera de la capital pero a no más de media hora en coche en dirección oeste. El estado de abandono en que se encuentran esas instalaciones las convierte en aún más interesantes, porque casi todo está como fue dejado después de que los equipos de atletas regresaron a sus países. Parte del terreno fue usado luego como cuartel, tanto por el nazismo, que ya ideó la villa olímpica pensando en esa reutilización, como por el comunismo, pero la mayoría de los edificios han permanecido invariados. Al menos así era cuando los visité, atendiendo al recorrido guiado que llevaba a cabo una asociación de entusiastas de las históricas instalaciones. Después han salido varios compradores interesados en hacerse con el complejo, que en cualquier caso debe respetarse al tratarse de un bien cultural protegido. Se ha rehabilitado el barracón adjudicado a Jesse Owen y sus compañeros de equipo.
El solitario Rudolf Hess
Más cerca del área del Olympiastadion, pero también al margen de nuestro mapa, queda el antiguo pueblo de Spandau, con su interesante ciudadela y sus vestigios medievales. Spandau nació en la confluencia entre los ríos Spree y Havel, de la misma manera que, en el otro extremo berlinés, Köpenick surgió en la conexión entre el Spree y el Dahme. Los asentamientos de Spandau y Köpenick datan de los siglos VIII y IX y precedieron a los de Berlín-Cölln, que aparecieron a mitad del curso del Spree entre ambas históricas poblaciones. Su antigüedad y tradición como entidades independientes no fue obstáculo para quedar anexionadas en 1920 a la capital alemana.
El viejo núcleo urbano de Spandau está rodeado de agua. En su interior, la retícula de calles medievales bordea la antigua plaza del mercado. Ahí se encuentra la St.-Nikolai-Kirche, cuna del protestantismo de la marca de Brandemburgo, pues en ese templo el príncipe elector Joaquín II abrazó la Reforma en 1539. Las casas más antiguas de Spandau se hallan en su punta norte, conocida como Kolk. Frente a ella se levanta
la Zitadelle, presidida por el magnífico mirador que es la almenada Juliusturm. La ciudadela comenzó a construirse en 1560 y algunas partes fueron añadidas en el siglo XIX. Aunque en ella había una antigua cárcel, el preso más famoso de Spandau, Rudolf Hess, no estuvo encarcelado en la Zitadelle sino en una cercana prisión militar. Hess, lugarteniente de Hitler en el partido nazi, que protagonizaría el extraño episodio de su caída en paracaídas sobre Inglaterra en plena guerra, fue condenado a cadena perpetua en los juicios de Núremberg de 1946. Compartió prisión con otros capitostes nazis, como Speer, condenado a veinte años. Desde 1966, Hess fue el único interno de la prisión. Terminó suicidándose el 17 de agosto de 1987, después de veinte años de vida en solitario. Tras su muerte, la cárcel fue derruida y sustituida por un centro comercial (Wilhelstraße 23, Berlin-Spandau). Hess es una de las figuras más veneradas por los neonazis, que organizan marchas cada 17 de agosto.
La presencia de la Zitadelle propició el desarrollo en Spandau de una temprana industria militar, que a finales del siglo XIX dio pie a la instalación también de industria civil. Al norte del municipio nació a partir de 1906 la Siemensstadt (Ciudad de Siemens), un combinado de grandes factorías de ladrillo y de viviendas para los obreros. Siemens había nacido en 1847 en un patio trasero de la Schöneberger Ufer, en el distrito de Kreuzberg, fundada por Werner Siemens. Su rápido éxito obligó a buscar nuevos terrenos para la expansión. La Siemensstadt fue sede principal del consorcio hasta que en 1957 las dificultades de un Berlín y un país divididos aconsejaron el traslado de la central de la compañía a Múnich.
Berlín tiene su torre Eiffel

La torre industrial enladrillada de la Siemensstadt es lo primero que se ve de la capital al entrar en la ciudad desde el aeropuerto de Tegel. Pero cuando se toma hacia el sur el Stadtring, la autopista interna de circunvalación (en realidad de media circunvalación, pues sólo recorre Belín-Oeste), otra esbelta estructura llama la atención. La primera vez que se contempla a distancia se produce un instante de confusión. ¿Estoy acaso en París? Desde lejos, la silueta de la Funkturm (5) (Torre de la Radio) parece indicarnos que pronto nos toparemos con el Sena. De cerca, las reducidas dimensiones de la torre, de 138 metros de altura, pronto nos resitúan, aunque es cierto que el espigado mecano de hierro y las plataformas que lo jalonan evocan irremisiblemente al símbolo de la capital francesa. Más que de una copia, las guías alemanas prefieren hablar de las posibilidades técnicas de una época, en la que las primeras torres de comunicaciones se parecían tanto entre sí como ocurre ahora. A pesar de encontrarse en medio de un perímetro de ferias y exposiciones, la Funkturm no nació como objeto de exhibición, que es el caso de su precedente parisino, sino como una necesidad tecnológica. El desarrollo de la radio reclamaba una altura desde la que difundir señales. La Torre de la Radio, diseñada por Heinrich Straumer, fue inagurada en 1926 y tres años después comenzó la emisión de primitivas imágenes de televisión. El día de su apertura, el pionero Alfred Braun proclamó: “Los años berlineses vienen y van, habrá tormentas, ¡pero la torre permanecerá en pie! Cuida en todo momento tus costillas férreas de indignas roturas y dí siempre al mundo con labios de hierro tu sentencia: ‘¡Atención, atención, aquí está Berlín!’”. La grandilocuencia del tono no resta razón a la profecía: ahí sigue la Funkturm, y aunque hoy ya no opera como antena sino como mero indicador para el tráfico aéreo, a su alrededor se celebra la Internationale Funkausstellung (IFA), una de las ferias de radiotelevisión más importantes de Europa.
Desde el restaurante de discreto menú de la plataforma intermedia de la Funkturm, a 55 metros de altura, y sobre todo desde los 125 metros del mirador superior, se alcanza a ver gran parte del oeste de la ciudad. Desde aquí se observa el comienzo del AVUS (6) (Automovil-Verkehrs- und Übungstraße), la primera autopista de Alemania. Se trata de una línea recta de diez kilómetros, trazada en 1921, que atraviesa el bosque de Grunewald y llega hasta orillas del Wannsee. El AVUS ocupa un lugar mítico en la historia del automovilismo; fue en su tiempo la más moderna pista de competiciones y permitió que aquellos primeros coches de carreras alcanzaran los ciento treinta kilómetros por hora. Las tribunas que congregaron a esas generaciones entusiasmadas con la máquina y la velocidad –el vértigo del futurismo– siguen dando testimonio de aquella pasión.
Feria de Muestras
Justo debajo de la Funkturm quedan los distintos edificios de la Messe (Feria de Muestras). La primera zona de exposiciones de Berlín había estado junto a la hoy Lehrter Hauptbahnhof. Con la expansión hacia el oeste, antes de la Primera Guerra Mundial se transformó en nueva Messe un campo de ejercicios militares situado en los confines de Charlottenburg. El nazismo rehizo y amplió las instalaciones. La Ehrenhalle (7) (Pabellón de Honor), construido en 1936 por Richard Ermisch en la principal entrada al recinto, queda en la Hammarskjöldplatz como una de las típicas construcciones del nacionalsocialismo.

El deseo de utilizar sedes de un monumentalismo deslumbrador para albergar acontecimientos internacionales es algo común a todos los sistemas. Es el caso de la Ehrenhalle, pero también del Internationales Congress Centrum (8) (ICC), un descomunal edificio con aspecto de enorme factoría cuyos ochocientos mil metros cuadrados se han convertido en ocasiones en un problema de excesos para el Senado berlinés, con voces que incluso planteaban su demolición. El ICC, el mayor palacio de congresos de Alemania, comenzó a construirse en 1973 y rivalizaba en intento de modernidad con el Palacio de la República que esos mismos años levantaba la RDA. Irónicamente, en los dos proyectos trabajó Ralf Schüler, que tras escapar a Berlín-Oeste fue el arquitecto del ICC.
Lucha por las ondas
El interior del ICC carece de interés y al visitante le bastará una ojeada desde fuera, quizá desde el Ecbatane, la escultura alegórica de Jean Ipousteguy de la entrada. Donde sí conviene franquear la puerta en esta excursión es en la Haus des Rundfunks (9) (Casa de la Radio), en la Masurenallee, frente a la Ehrenhalle. El edificio data de 1929-1931 y es la única significativa muestra que queda en pie de las espectaculares decoraciones expresionistas y Art déco creadas por Hans Poelzig. Tras una fachada interminable de buscada monotonía se esconde un patio de luces radiante, con dorados de líneas geométricas que constituyen el conjunto Art déco más notorio de Berlín. Parte de esa decoración original es una escultura de Georg Kolbes, cuyo interesante taller-museo no se halla lejos (Sensburger Allee 25).
La primera emisión radiofónica de Alemania se realizó el 20 de octubre de 1923 desde la Vox-Haus, junto a la Potsdamer Platz. Allí acudieron para leer sus composiciones ante el micrófono escritores como Erich Kästner, Alfred Döblin y Walter Benjamin, quien se prodigó en deliciosos relatos para la “hora juvenil”. El rápido desarrollo del nuevo medio hizo que esos estudios quedaran pequeños y pronto hubiera que organizar un traslado. La Haus des Rundfunks fue en su día la mayor y más moderna instalación de ese tipo en Europa. Y el nacionalsocialismo sacó provecho de sus posibilidades. Además de la programación
para los alemanes, desde la Masurenallee se emitió música de jazz, trufada de mensajes propagantísticos, para las Islas Británicas, cuando se trataba de una “música de negros” que estaba prohibida en Alemania. Tras la guerra, los soviéticos controlaron la Casa de la Radio hasta 1952, incluso a pesar de no estar en su sector. Por ello los norteamericanos pusieron en marcha cerca del Ayuntamiento de Schöneberg la estación RIAS (Rundfunk mi Amerikanischen Sektor), su principal arma en la batalla ideológica de las ondas. Después de que los soviéticos desmontaran las instalaciones y se las llevaran a Berlín-Este, en la Haus des Rundfunks arrancó para Berlín-Oeste una radiotelevisión propia, el SFB (Sender Freies Berlin), que tiene sus estudios principales en una sede adyacente. El SFB es la cadena regional pública de la capital alemana.
El AVUS es la manera más rápida de partir de la Feria de Muestras para entrar en el Grunewald, la gran masa forestal de Berlín-Oeste. Pero para perderse por sus tranquilas carreteras interiores es mejor tomar la Teufelsseechaussee, a medio camino entre la Messe y el área olímpica. Es la vía que enfilé una mañana para dirigirme a un congreso de espías.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Estadio Olímpico / Secuencia de Olympia y Leni Riefenstahl rodando la película (Museo del CIO) / Cartel de los JJ.OO. de Berlín / Estadio Olímpico y asistentes durante los Juegos de 1936 (Bundesarchiv) / Waldbühne / Escudo del Hertha / Le-Corbusier-Haus (David Pachali) / Ciudadela de Spandau (Robert Steffens) / Messegelände / Mapa Google / Patio de luces de la Haus des Rundfunks]

Imponente. El aeropuerto de Tempelhof (1) es imponente aunque esté sumido en un letargo del que diversas iniciativas para distinto uso público intentan rescatarlo. Quizás esa ausencia de ajetreo de viajeros, tras ser cerrado al tráfico aéreo en 2008, todavía realza más la enormidad de sus dimensiones y permite evocar con mayor facilidad, por contraste, tiempos pioneros en los que Tempelhof fue el templo, por jugar con su propio nombre, de la aviación. La pasión por la arquitectura y la admiración por los logros de la vieja aspiración de volar se unen en la contemplación de Tempelhof, “la madre de todos los aeropuertos”, según el arquitecto Norman Foster. En su proyecto de 1934, Ernst Sagebiel trató de aportar una forma para un uso entonces absolutamente nuevo. Como terminal, Sagebiel ideó un edificio semicircular de mil doscientos metros de largo, con torreones que le dan aspecto de fortificación. En su parte posterior, la que da al campo de aviación, lo que en su día fue la mayor cubierta suspendida del mundo, con cuatrocientos metros de largo y cincuenta de ancho, formaba un hangar hasta el que rodaban los aviones. En aquellos inicios de la aviación civil, con embarque y desembarque en la propia pista, sin las complicaciones de hoy, la terminal adaptaba la funcionalidad de las estaciones de autobuses y trenes. También llamativo es su amplio vestíbulo central, con una cubierta plana de veinte mil metros cuadrados. El complejo se completa con dos cuerpos de edificios frontales que encierran un patio de recibimiento, todo ello en la perfecta simetría propia del gusto de la época.
El aeropuerto se ideó para un espacio que a finales del XIX había conocido los primeros ensayos de artilugios de vuelo y que ya desde 1923 funcionaba como aedrónomo de la ciudad. Previamente había sido campo de entrenamiento y de desfile del Ejército prusiano, donde desde los tiempos de Federico el Grande se realizaban las últimas revistas antes de marchar al campo de batalla. Antes de que las nuevas
instalaciones entraran en funcionamiento en 1939, el Hindenburg y otros zepelines ya habían dado renombre internacional a Tempelhof. “Sí, allí está nuestro gran aeropuerto. Allá puede verse aterrizar a los zumbantes pájaros de acero sobre una superficie verde y llegando a la pista alquitranada. Y de nuevo vuelven a subir en un vuelo circular para tomar todas las direcciones posibles en el cielo”, escribió entonces Hessel. Luego llegó la catástrofe bélica, de la que el aeropuerto ya nunca se recuperó del todo. Por un año, no obstante, el Luftbrücke (Puente Aéreo) volvió a poner a Tempelhof en el mapa.
La epopeya del Luftbrücke
El 20 de junio de 1948, norteamericanos, británicos y franceses acordaron hacer circular una única moneda, el Deutschemark, en las zonas que ocupaban de Alemania, país en el que hasta entonces se seguía utilizando el antiguo Reichsmark. Ello suponía una suerte de unificación y el embrión de un Estado separado del territorio ocupado por los soviéticos. El DM no podía implantarse en los sectores occidentales de Berlín porque, para una medida de ese tipo, la plaza se regía aún por acuerdos a cuatro. El 23 de junio, los soviéticos anunciaron una moneda propia para su zona, que sería también de uso en todo Berlín, lo que equivalía a un intento encubierto de anexionarse Berlín-Oeste. Los aliados respondieron en cuestión de horas con la implantación del DM en sus distritos berlineses. Diez aviones llegarían de inmediato cargados con billetes a los que se había estampado la letra B, que significaba Berlín pero que los chistes preferían interpretar como “Bärenmark” (marco de osos, el animal emblema de la ciudad). Como los soviéticos aún no habían tenido tiempo de imprimir su moneda, siguieron distribuyendo el Reichsmark con un adhesivo pegado con almidón de patata, que rápidamente recibió los apodos de “cupón-Mark” y “papel pintado-Mark”. Pero la situación no estaba para bromas. Como medida de presión, el 24 de junio la autoridad soviética
cortó a los barrios occidentales los suministros eléctricos que se servían desde fuera de ellos y cerró las comunicaciones terrestres y fluviales. Comenzaba así el Berliner Blockade, que se prolongó durante once meses, hasta que el 12 de mayo de 1949 la URSS cedió en su pulso ante el éxito del Luftbrücke.
En los acuerdos de posguerra, Washington, Londres y París no vieron especial necesidad de asegurarse accesos a Berlín, de forma que sólo se reservaron una carretera, una línea férrea y un canal para unir la parte occidental de Alemania con Berlín-Oeste. Mejores condiciones establecieron para el espacio aéreo, con tres corredores de 32 kilómetros de ancho cada uno. Aunque estaban previstos para tráfico militar, nada impedía que fueran surcados con otros fines. Esa fue la puerta de atrás utilizada por Lucius D. Clay, gobernador militar norteamericano en Berlín, para organizar un puente aéreo que comenzó ante el escepticismo de todos. Atender por aire las necesidades de 2,4 millones de personas parecía algo imposible.
Tuvieron lugar 213.000 vuelos y se transportaron 1,8 millones de toneladas de alimentos, carbón y otros productos, así como una completa estación eléctrica. Cada noventa segundos aterrizaba un avión, que de regreso cargaba con manofacturas berlinesas (“made in blockaded Berlin” era un reclamo para la solidaridad). También se evacuaron a quince mil jóvenes y a mil quinientos pacientes tuberculosos. En la operación fallecieron 68 personas, casi todos pilotos. Es imposible saber cuántos miles de vidas se salvaron.
Golosinas y un final nada dulce
El aeropuerto de Tempelhof, controlado por los norteamericanos, fue la principal cabeza de puente. Los ingleses utilizaron el aeródromo de Gatow y las anchuras del Havel para hidroaviones. Pero como esos tres lugares de aterrizaje resultaban insuficientes, los estadounidenses habilitaron otra pista en Tegel, en zona francesa. Las fotografías más famosas del Luftbrücke muestran a grupos de personas, especialmente niños, subidos a un montículo o encaramados en una valla para contemplar la llegada y el despegue en Tempelhof de los “Rosinenbomber”, denominados popularmente así porque arrojaban
caramelos y chocolate para los pequeños. Una de las niñas expectantes incluso hizo llegar a las autoridades norteamericanas la situación exacta de su jardín para que los pilotos le echaran allí golosinas cuando sobrevolaban su casa. No tuvo esa suerte, pero casi cincuenta años después fue invitada a participar en uno de los últimos vuelos del único Dakota que quedaba en el aeropuerto, en unas instalaciones a punto de cierre.
A pesar de toda su carga histórica y de la nostalgia de tantos berlineses, en el momento de la capital recobrada de Berlín Tempelhof no reunía ya las condiciones para las nuevas necesidades del tráfico aéreo. Un aeropuerto en medio de la ciudad provocaba incomodidades a los vecinos y dificultades a la navegación, obligada a maniobras de aterrizaje y despegue en una pista limitada. Durante los años de la partición de Berlín, por el estatus especial de Berlín-Oeste, en Tempelhof sólo pudieron operar Pan Am, British Airways y Air France. Después de la unificación, el aeropuerto quedó reservado para vuelos internos y compañías secundarias, en un decreciente número de pasajeros que no aportaba la suficiente financiación. Sus operaciones fueron clausuradas el 30 de octubre de 2008, a pesar de que medio millón de berlineses votaron en un referéndum por su supervivencia, en una consulta no vinculante. El Senado de Berlín decidió que el único aeropuerto de la ciudad fuera el de Schönefeld, en el límite sur de su perímetro, ya en el Land de Brandemburgo. La decisión ponía también fin a Tegel, el principal aeropuerto de Berlín-Oeste, que era el de mayor tráfico de los tres. Schönefeld, creado por los comunistas al no poder disponer de Tempelhof, presentaba hasta hace no mucho unas instalaciones que no lograban sacudirse de encima la sordidez característica de los edificios oficiales del Bloque del Este. El nuevo empuje de la urbe debe convertir Schönefeld en un moderno competidor de Fráncfort y Múnich, un reto en el que el triunfo depende del propio éxito que tenga Berlín como gran capital.
La casa de la capitulación del Reich

Impresionante es la vista de los edificios de Tempelhof desde la Platz der Luftbrücke (2), en cuyo centro está el monumento conocido popurlamente como “rastrillo del hambre”: tres costillas de hormigón que simbolizan los tres corredores aéreos utilizados durante el Puente Aéreo. Varias esquinas de la plaza están adornadas con águilas, algo propio de un paraje relacionado con la aviación. La única vinculada directamente a símbolos nazis fue desmontada de la fachada principal y su gigantesca cabeza se colocó en los accesos de entrada al aeropuerto, dando lugar a una extraoficial Eagel Square.
Si el aeropuerto ocupó un antiguo campo de ejercicios militares, los cuarteles de los soldados, situados al otro lado de la Tempelhofer Damm, fueron demolidos para dar paso a un barrio de calles circulares. Se lo conoció como Fliegersiedlung (Colonia de Aviadores) y algunas de sus calles recibieron nombres de pilotos de la Primera Guerra Mundial, como Manfred von Richthofen. En una de las casas (Schulenburgring 2), el general soviético Zukov tuvo su cuartel general desde el 26 de abril de 1945, cuando el Ejército Rojo controló Tempelhof, hasta que se produjo la capitulación del Reich. Ésta fue presentada en esa vivienda el 2 de mayo por el último comandante de la guarnición de Berlín, el general Weidling.

Metrópolis
La Tempelhofer Damm sigue hacia el sur, por debajo del mapa. Nunca tuve motivos para tomar esa ruta hasta que me encontré a punto de abandonar Berlín y debía deshacerme del coche. Mi Volkswagen Polo era demasiado viejo como para encontrar un rápido comprador, así que decidí llevarlo al desguace. Había uno junto al canal de Teltow y allí me dirigí. La avenida atraviesa el núcleo del antiguo pueblo de Tempelhof, cuyo nombre procede de la época de los caballeros templarios. La localidad quedó anexionada a Berlín en 1920. Para entonces había conocido un rápido desarrollo, impulsado en parte por la inauguración en 1906 del canal de Teltow, que une por el sur el Spree y el Havel, al que encuentra a la altura de Potsdam. El chatarrero no sólo no me ofreció dinero por el auto, sino que fui yo el que tuvo que pagar por darle trabajo. Me quedé con la placas de la matrícula, que guardo en alguna parte por si vuelvo a vivir en Alemania, donde
uno puede conservar la misma combinación de números y letras aunque cambie de vehículo (también se puede pedir una nueva si se adquiere un coche de segunda mano). Así, pues, con las placas bajo el brazo y sin poder regresar a casa en coche tuve que buscar la boca de metro más próxima.
En realidad fue una suerte el poder caminar, porque pude tachar otros dos lugares de mi lista de visitas pendientes antes de decir adiós a la corresponsalía de Berlín. Justo antes de cruzar el canal está la comuna más antigua y grande de Alemania, la denominada Ufa-Fabrik (Viktoria 10-18), que en 1979 ocupó las instalaciones que habían pertenecido a la Universum Film Aktiengesellschaft (UFA) y las transformó en un complejo de actividades culturales. Mi interés no estaba tanto en pasear por el paraíso comunal como en conocer el emplazamiento de la mítica productora cinematográfica. Deseaba descubrir el edificio principal en el que se habían rodado películas como El Gabinete del Dr. Caligari (1920), de Felix Murnau, y Metrópolis (1927), de Fritz Lang.
Al otro lado del canal hay al borde de la orilla una vasta edificación, de ladrillo y alta torre con reloj, cuyo umbral, como periodista, quería traspasar. En la Ullstein-Haus (Mariendorfer Damm 1-3) estuvo la imprenta del imperio Ullstein, en su momento la mayor y más moderna de Europa. En 1927 trabajaban para Ullstein diez mil personas y uno de cada siete alemanes leía alguna de las publicaciones del grupo. Esta expansión obligó a que la imprenta abandonara el Zeitungsviertel, donde estaba la redacción de diarios y revistas, y buscara un lugar más amplio y de fácil comunicación (el canal aseguraba un rápido acceso y distribución de mercancías). La imprenta pasó a la propiedasd de Springer cuando éste se hizo en 1956 con el control de Ullstein, pero rápidamente la vendió. Durante años siguieron imprimiéndose libros, folletos y revistas, pero la continuidad de esta actividad no está asegurada.
Pradera de las liebres con parada previa
La historia del desguace del coche me ha llevado hacia el sur, pero en realidad querría acabar el capítulo al norte de Tempelhof, en el Hasenheide, el parque que colinda con el terreno del aeropuerto. De manera que desde la Platz der Luftbrücke puede tomarse la Columbiadamm. Antes de hablar de un bucólico tiempo de liebres y de brezales, que eso significa Hasenheide, el mismo camino obliga a volver la vista a los horrores
del nazismo. Una escultura llama al recuerdo de la Columbia-Haus (3), una antigua cárcel militar que el Tercer Reich utilizó como temprano campo de concentración hasta que fue construido el KZ Sachsenhausen, en las cercanías de Berlín. Cerca de diez mil prisioneros llegaron a pasar por sus celdas entre 1933 y 1936, entre ellos Erich Honecker, futuro líder de la RDA, y Leo Baeck, luego presidente de los judíos alemanes. “Pida ver la Columbia Haus y otras prisiones con sus cámaras de tortura”, invitaba en inglés un pasquín clandestino destinado a los turistas británicos y estadounidenses que llegaban a Berlín para los Juegos Olímpicos de 1936. Tenían a un paso, nada más bajar del avión en Tempelhof, la siniestra realidad que durante los JJ.OO. el nazismo consiguió esconder a los ojos internacionales.
En Hasenheide (4) ya no quedan liebres. Las únicas que se ven es el día de Pascua y son de chocolate, pero eso ocurre en toda Alemania, donde es tradición esconder huevos, cocidos o de cholocate, que supuestamente ponen las liebres de Pascua (Ostenhasen), para que los niños los encuentren. La referencia más antigua a la presencia de los roedores en el parque es de 1586, cuando un decreto del príncipe elector ordenó a los vecinos que hicieran orificios en las vallas de sus jardines para que las liebres pudieran entrar.
La cuna de la gimnasia
En ese rincón de la ciudad, libre de la vista de los curiosos, comenzó en 1811 el movimiento gimnástico alemán. Justo antes de las guerras napoleónicas, el pedagogo Friedrich Ludwig Jahn puso en marcha una nueva actividad destinada a la gente joven. La gimnasia nacía bajo un prisma militarista. Había que preparar ágiles cuerpos que pudieran batirse por la nación, jóvenes guerreros para los cuales la libertad, la patria y el ejercicio físico fueran un conjunto de ideas hermanadas. Una disciplina de cuatro efes –frish,
fromm, fröhlich, frei! (fresco, devoto, alegre, libre)– que luego las dictaduras parda y roja volverían a deletrear con el señuelo del heroísmo juvenil. Jahn sacaba a sus muchachos en columnas por la Hallescher Tor y los llevaba en formación hasta la Hasenheide, donde hacían sus tablas de gimnasia. Visto como un potencial líder de revuelta, Jahn fue detenido unos años y sólo más tarde le fue permitido continuar con su actividad, que rápidamente se extendería por otros lugares. En reconocimiento a su innovadora dedicación, fue erigido en 1872 el monumento que aún sigue en el parque, construido con piedras llegadas de agrupaciones gimnásticas de muchas partes del mundo. Sin embargo, el mayor tributo a los esfuerzos de Jahn por promocionar el ejercicio físico sería la organización de los Juegos Olímpicos de 1936.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Aeropuerto de Tempelhof (Berliner Lufthäfen Archiv) / Sala de espera de Lufthansa, 1930 (Bundesarchiv) / Primer billete para las zonas aliadas, 1948 / Mapa de los tres corredores aéreos aliados / Escenas del Luftbrücke (Bundesarchiv) / Monumento al Puente Aéreo y cabeza del águila que presidía el Tempelhof nazi / Mapa Google / Cartel de Metrópolis / Recuerdo de Columbia-Haus (Beek100) / Sello conmemorativo de Friedrich Ludwig Jahn, 1978]

Cuando llegué a Berlín para hacerme cargo de la corresponsalía de mi periódico me instalé provisionalmente en Kreuzberg. Del barrio no conocía nada, aunque había oído hablar bastante. Era un lugar mítico por su cultura alternativa, la de la izquierda radical y la de los turcos; ambos grupos habitaban, no muy revueltos, en un dominio donde durante años también habían buscado cobijo artistas, estudiantes y demás menesterosos. El hecho de que la antigua RFA declarara exentos del servicio militar a quienes se empadronaran en Berlín Occidental, con el fin de combatir su desplobación, hizo que muchos jóvenes marcharan allí en busca de una aventura en parte subvencionada por el Estado. En las décadas del Muro, Kreuzberg era un cul de sac, alejado del centro de Berlín-Oeste y en parte encajonado dentro de la otra ciudad. Por ello, muchas viviendas quedaron vacías y las que no fueron tomadas por los okupas bajaron tanto sus alquileres que resultaron accesibles a los inmigrantes turcos. Los primeros se asentaron bien pegados al Muro, entre la Oranienplatz y la Mariannenplatz, y los segundos a lo largo de la Kottbusser Damm.
Al desaparecer la RDA, saltaron los tabiques que protegían la especial biosfera de Kreuzberg y el distrito comenzó a experimentar transformaciones. Muchos artistas e intelectuales emigraron hacia Prenzlauer Berg. Los okupas, ya en período de extinción, buscaron las abundantes casas abandonadas del antiguo Berlín comunista, donde con el tiempo también serían perseguidos por la especulación inmobiliaria. Ésta, en cambio, no ha barrido a la población turca, que, con más poder adquisitivo a medida que han pasado las generaciones, también se ha extendido por otras zonas de la ciudad. La apertura del barrio, además, puso de moda agradables terrazas de bares, como las que se extienden por la Paul-Lincke-Ufer.
Pero de todo esto me enteré con el tiempo. Cuando llegué, mientras buscaba un domicilio definitivo, me alojé en casa de unos amigos justo al pie del Viktoriapark, una zona que no tiene nada que ver con todo lo anterior. De hecho, no hay un único Kreuzberg, sino varios, como también puede decirse que algunos Kreuzberg no tienen propiamente su espíritu, como es el caso de la parte inferior de la Friedrichstraße, que pertenece también al distrito, pero está más vinculada a Mitte, de la que es una prolongación.

El astrólogo se equivocó
Como mis anfitriones eran deportistas, en cuanto pudieron me llevaron a correr por el Viktoriapark (1). Poco dado al ejercicio físico, accedí a acompañarles porque la zona verde en cuestión quedaba al lado de casa; vista en el mapa, además, no me pareció excesivamente grande. No contaba con que allí está el Kreuzberg, la colina que da nombre al barrio y cuya denominación viene a su vez del monumento con base de cruz levantado en su cima. Aunque el promontorio mide sólo 66 metros de altura, era uno de los más altos de Berlín hasta que con los escombros de la guerra se fabricaron el Teufelsberg y otras colinas artificiales de la ciudad. Ni qué decir tiene que llegué arriba exhausto, pero la historia que allí me fue contada compensó el esfuerzo.
El 15 de julio de 1525, el príncipe elector Joaquín II huyó a esta colina, acompañado de su familia y parte de la corte, ante la advertencia del astrólogo de palacio de que una tremenda tormenta desbordaría las aguas del Spree y anegaría calles y casas. La jornada había amanecido sin ninguna nube y a mediodía hacía un notable calor. Pero de pronto el cielo comenzó a taparse y, cuando cayeron las primeras gotas, el príncipe elector y los suyos engancharon los caballos a los carruajes y se apresuraron a tomar altura, subiendo por los bancales de viñedos que entonces jalonaban la montaña. Desde aquí arriba, hoy como entonces, se domina el núcleo histórico de la ciudad. A la vista de la atemorizada población, la corte estuvo esperando a que llegara la catástrofe. Pero no hubo diluvio ni tampoco inundación. Sólo cuando el peligro parecía haber pasado, la esposa del príncipe convenció a éste de que volviera a palacio y compartiera el destino de sus súbditos. Al regresar, se comprobó que el único daño producido había sido la muerte de cuatro caballos.

Desde este cerro, tiempo después, suecos, austríacos y rusos asediaron en diferentes momentos la ciudad y la bombardearon con bolas de fuego y azufre. Los franceses, en cambio, no llegaron a amenazarla durante las llamadas guerras de Liberación, si bien el triunfo en Leipzig sobre las tropas napoleónicas quedaría ligada para siempre a la colina. En 1818 se puso en su cima la primera piedra del monumento de Schinkel para conmemorar esa victoria prusiana sobre Napoleón. La torreta de hierro colado integra diversas esculturas alegóricas de episodios y personajes de las guerras napoleónicas.
Desde el metro elevado
Las siguientes salidas por las cercanías de mi domicilio provisional fueron menos atléticas. Una de ellas fue al Deutsches Technikmuseum (2), en la esquina entre Möckernstraße y el Landwehrkanal, fácilmente reconocible cuando se pasa con el metro elevado porque hay un avión de los del Bloqueo de Berlín colgado en su fachada. Este museo de la técnica tiene secciones muy interesantes, pero me quedo con la dedicada al ferrocarril, por su colección de locomotoras y, sobre todo, por dos piezas realmente evocadoras: el reconstruido tren con el que viajaba el emperador Guillermo II y uno de los vagones de ganado utilizados en los transportes humanos a Auschwitz y otros campos de concentración. Si bien parte de las tablillas de éste último han sido reemplazadas, impresiona entrar en él y pensar que allí mismo se hacinaron personas destinadas a las cámaras de gas, obligadas a viajar durante días sin espacio para sentarse, respirando un aire nauseabundo.

Si desde la calle sorprende la aparente inestable posición del Bomber, que pende de unos cables y diríase que queda a merced del viento, también llama la atención que pocos metros más allá el metro parezca avalanzarse contra unos edificios y se abra camino tras horodarlos. En ese punto las vías elevadas atraviesan entre los cortados de fachadas de bloques de vecinos. Era una de las vistas que más interesaron a Joseph Roth. En un artículo de 1922, el autor de origen austríaco recomendaba un viaje en U-Bahn o S-Bahn en sus tramos alzados, pues los convoyes circulan en ocasiones muy cerca de las viviendas y las indiscretas ventanas dejan al descubierto la vida que sin tapujos se desarrolla detrás de ellas. “A veces una vuelta en S-Bahn es más instructiva que un viaje a lejanos países (...) Cuando navego así un poco por la ciudad me siento tan orgulloso como si hubiera circunnavegado el globo”, escribió. Y añadía: “Es curioso que muchas gentes que viven bordeando el S-Bahn se parecen unas a otras. Es como si fuera una única extensa familia, viviendo a lo largo de las líneas del S-Bahn y teniendo a la vista los viaductos”.
Éstos se entrecruzan en el próximo Gleis-Dreieck (Triángulo de Vías), un nuevo ferroviario que maravillaba a Roth por su febril activismo en aquellos años: “Es un emblema y un foco, un organismo vivo y un fantástico producto de una fuerza futurista. Es un centro. Todas las vitales energías comienzan y terminan aquí, de la misma manera que el corazón es tanto el punto de partida como el destino de la sangre cuando ésta fluye a través de las venas y arterias del cuerpo. Es el corazón de un mundo cuya vida es correa de transmisión y mecanismo, ritmo de pistones y chillidos de sirena. Es el corazón del mundo que gira sobre su eje miles de veces más rápido de lo que la alternancia de día y noche nos haría creer, un mundo cuya continua e inacabable rotación parece locura”.
Estambul en el Carnaval de las Culturas
Bajar del metro en la estación de Kottbusser Tor (3), donde un día estuvo la puerta de la muralla del XVIII desde la que partía el camino hacia la ciudad de Cottbus, es casi como aparecer de golpe en Estambul.
Tiendas con letreros en turco, abundantes puestos de frutas, mujeres arriba y abajo con la cabeza cubierta y túnica hasta los pies, corrillos de hombres en viva conversación… Esa vida callejera tiene su nervio en la Kottbusser Straße y en la Kottbusser Damm y se distribuye por los alrededores. Aquí se encuentran las academias más baratas para aprender alemán, las agencias de viaje con vuelos más económicos a Ancara y los bares en los que puede seguirse por televisión turca cualquier partido del Galatasaray. En el área también existe el único mercado en el que de verdad hay variedad de oferta en pescado fresco. El mercado de la Maybachufer (4), en la orilla sur del canal, tiene antigua tradición. Sobre él escribía Hessel en 1929: “Parece que, desde el sur, todo Neukölln ha venido aquí de compras. Hay de todo: pantuflas y lombarda, sebo de cabra y bramante, corbatas y arenques en vinagre”. Los productos han cambiado y la mayoría obedecen ahora a la cultura culinaria turca, pero se mantiene el poder de convocatoria de estos tenderetes, que ocupan la calle determinados días de la semana.
Al mercado acude la multicultural población de Kreuzberg, porque el barrio no sólo acoge inmigración turca, sino africana, asiática y sudamericana. De esa variedad racial nació ya en tiempos de la división de la ciudad el Karnaval der Kulturen, un popular pasacalles que se celebra a final de Pascua y que mueve a cientos de miles de personas con música, carrozas y una variada oferta gastronómica. En esa jornada pueden probarse productos típicos de distintas partes del mundo, pero lo propio del Kreuzberg turco son sus kebab. Aunque presentes en todo Berlín, algunos de los más sabrosos pueden encontrarse en los alrededores del Görlitzer Park, un parque creado sobre los terrenos que ocupó la antigua estación cuyos trenes iban en dirección a la ciudad de Görlitz.
Terrazas para el brunch
Muchas familias turcas viven como en un gueto, pero el barrio en realidad no lo es. Junto a tiendas en las que se atiende en su idioma a personas sin apenas conocimientos del alemán, que viven las 24 horas como si estuvieran en su país de procedencia, existe una serie de restaurantes de moda que atrae a un público proveniente de toda la ciudad. Se trata de los locales instalados en la Paul-Lincke-Ufer (5) y en el paseo que continúa, cruzando el Kottbusser Brücke, por la Planufer. Paul Lincke es el creador de Berliner Luft, una marcha dedicada al especial aire de Berlín –“Berliner Luft! Luft! Luft!”, repite el coro– que se popularizó a principios del siglo XX y pronto devino en himno oficioso de la ciudad. A ese aire resulta especialmente confortable sentarse en verano en estas terrazas, también abiertas al sol de los domingos para tomar a media mañana el brunch, término tomado del híbrido inglés de breakfast y lunch.

Paseando por esas orillas hacia el oeste se pasa por una de las muchas sinagogas berlinesas que fueron destruidas en el pogromo de 1938 (Fraenkelufer 10). Hoy se utiliza para el culto un templo auxiliar que existía junto a la nave mayor. La inmigración de judíos rusos ha revitalizado la actividad de la sinagoga. Desde el Admiralbrücke (6), especialmente en las puestas de sol, que en ocasiones congrega a jóvenes con ganas de hablar y de beber, se obtiene una buena vista del Urbanhafen (7). Este puerto fluvial, aunque no cuenta con el tráfico que tuvo en su momento, aún acoge embarcaciones, algunas de ellas habilitadas como restaurante. Frente al puerto, antiguamente se abría paso un canal que luego fue cegado y convertido en una larga lengua verde que atraviesa la Oranienplatz y termina en un gran estanque, cerca del complejo de edificios de Bethanien. Estamos en el corazón del movimiento alternativo de la década de 1970.
Revolucionario SO 36
Aún cada 1 de mayo los movimientos juveniles de la izquierda radical toman la Oranienplatz (8) y protagonizan carreras con la Policía por los alrededores. La convocatoria se ha convertido en una rutina, por más que muchos manifestantes, con media cara cubierta con un pañuelo negro, del mismo color que el resto de su atuendo, parecen feroces en su lucha contra el sistema. Igual conciencia del deber –estamos en Alemania– muestra la parafernalia antidisturbios de las fuerzas del orden. Pero las veces que me tocó merodear por la zona ese Primero de Mayo nunca tuve sensación de exponerme a una pedrada anarquista o un parrazo policial; mucha gente permanecía en el interior de los cafés de la Oranienplatz, ajena al conflicto, mientras que en el centro de la plaza se sucedían las cargas.
La zona adquirió carácter de mito con el nombre de SO 36, la antigua denominación del distrito postal de esta parte del sureste. El título tenía las connotaciones administrativas de una planificación, y los comandos radicales gustaban de verse como encuadrados en un épico enfrentamiento contra una sociedad a la que acusaban de no haberse desnazificado del todo. Desde luego que SO 36 resulta un término más revolucionario que Luisenstadt, como se conocía el barrio cuando se creó el ensanche comprendido entre Lindenstraße y el Spree, o que la revitalización del título de Oranien, que remite al siglo XVIII cuando los hugonotes llegados del Principado de Orange cultivaban aquí sus huertos.
En el complejo de edificios de Bethanien, junto a la Mariannenplatz (9), estuvo la Rauch-Haus, la primera casa okupa de Berlín. En diciembre de 1971, unos ciento cincuenta estudiantes, aprendices y jóvenes parados irrumpieron en uno de los edificios abandonados justo al lado del Muro. Se trataba de una ex residencia de monjas que tenía el seráfico apelativo de Martha-Maria-Haus y que sus nuevos inquilinos convirtieron en comuna, bautizándola con el nombre de George von Rauch, un simpatizante de la Rote-Armee-Fraktion (RAF) que había muerto por el disparo de la Policía criminal. Desde entonces la Rauch-Haus-Song, creada por el grupo rockero de agitación Ton, Steine, Scherben sirvió de himno de todos los okupas. Nótese que Rauch significa humo y que el título de la banda se traduce como “Barro, Piedras, Cascotes”: todo un canto a la acción.
También fue una llamada al levantamiento, pero esta vez con la razón de luchar contra una dictadura, la inscripción que en agosto de 1942 el jubilado Wilhelm Lehmann garabateó en el interior de unos urinarios de la Mariannenplatz: “Hitler, tú, asesino de masas, debes ser asesinado, entonces terminará la guerra”, como indica una placa del escultor Nikolaus Langhans en el borde norte de la plaza. El espontáneo opositor fue denunciado y pagó con la vida el atrevimiento de enfrentarse a un Tercer Reich que entonces estaba en su momento de mayor expansión territorial y parecía tan sólido como el monumental aeropuerto de Tempelhof.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Carnaval de las Culturas (karneval-berlin.de) / Mapa Google / Vista desde Kreuzberg, óleo de Johann Heinrich Hintze, 1829 / Museo de la Técnica (Georg Slickers) y mismo lugar hacia 1900 / Kottbusser Tor / Urbanhafen y Admiralbrücke / Manifestación del 1 de mayo (Georg HH)]

“Si a los berlineses se les pregunta dónde les gustaría vivir, todos responden que en Schöneberg”. Esta pretenciosa afirmación del anuncio de una academia de idiomas me convenció; así que, sin conocer previamente nada de Berlín, allí me apunté para estudiar alemán durante un verano, años antes de trabajar en la ciudad. Aunque luego Schöneberg no me pareció tan excelso como sugería esa publicidad, hay que convenir que su propio nombre es quizás su mejor descripción (schön significa bonito). Aquel verano descubrí que el barrio es un compendio bastante proporcionado de los diferentes Berlines. Es burgués, sin caer en la arrogancia de Charlottenburg; tiene ambientes alternativos, más elegantes que los de Kreuzberg, y comparte con Prenzlauer Berg ciertas aspiraciones artísticas. Dispone incluso de una “isla” proletaria, como tomada de Moabit o Wedding, y su pequeña herencia judía entronca con la de Mitte. No le falta tampoco poso literario ni vinculaciones con momentos históricos de la ciudad.
Un poco de esa mezcla se encuentra ya cuando se entra en Schöneberg por los alrededores de la Nollendorfplatz, la parte más viva del barrio. Cafés y restaurantes jalonan la marcha hasta la Winterfeldtplatz (2), donde algunos días a la semana hay un mercado en el que granjeros de los alrededores de Berlín venden sus propios productos. El mercado es frecuentado por público procedente incluso de puntos alejados de la ciudad y es ocasión de que el lector pruebe los variados tipos de embutidos, quizá la única riqueza de la gastronomía alemana. El rincón es también una reducida zona de libros de viejo y de anticuarios, que se extienden por la Motzstraße. Lo pequeñoburgués crece en intensidad cuando se camina por esta última calle hacia el jardín de la cercana Viktoria-Luise-Platz (3), en la que vivió el director de cine Billy Wilder hasta su emigración a América y que mantiene varias fachadas de ese anterior Schöneberg.
Bajo los raíles de hierro
La Nollendorfplatz (1) está cruzada por las vías del metro y su estación de estructura de hierro y pilastras de piedra se adueñan de la plaza. En relación a la vecina estación de Bülowstraße, de similares características, Alfred Kerr se había preguntado en 1900 si “técnica y estropicio no se pueden separar”. “Los franceses, que tienen un alto concepto de la belleza, son flojos en la técnica; los pueblos técnicos son débiles en la belleza”, constataba como algo irreconciliable, y añadía: “Qué desconcertante vista: el soporte de hierro de un tren elevado, lacado en rojo y pintado de gris, se eleva en burda atrocidad entre las casas, entre los árboles”. En cambio, Joseph Roth, menos preocupado por la estética, destacaba que “nadie se da cuenta de lo maravilloso que en el fondo es que por arriba los trenes corran a toda velocidad y debajo el mundo parezca como si no se hubieran inventado los trenes elevados”.

En el muro exterior de acceso a la estación de la Nollendorfplatz, un triángulo invertido de mármol rosa con la inscripción “Totgeschlagen-Totgeschwiegen” (asesinados, silenciados) recuerda a los homosexuales que fueron víctimas del nazismo. En el campo de concentración les correspondió el triángulo rosa como distintivo de su “anormalidad sexual”. Este monumento, el primero en evocar esa tragedia, se instaló en la plaza de Nollendorf porque la zona era en los años veinte y treinta del siglo pasado centro de atracción de homosexuales de medio mundo. El inglés Christopher Isherwood, por ejemplo, se hospedó en una pensión de la Nolledorfstraße, que le serviría de inspiración para su Adiós a Berlín. Hoy el área vuelve a estar impregnada por el movimiento gay, de un modo más notorio que entonces, con sus banderas arco iris en cafés y balcones y su anual fiesta callejera.
El gran Piscator, el pequeño Emil
En la Nollendorfplatz destaca la presencia de un edificio modernista que amolda una de las esquinas. Nacido como teatro en 1906, el llamado Theater am Nollendorfplatz (4) tuvo su momento de gloria, efímera
por la evolución de la situación política, cuando en 1927 el director teatral Erwin Piscator se hizo cargo de él. Piscator había logrado fama en la Volksbühne del este por sus ideas de vanguardia y su implicación revolucionaria, y en su nueva sede intentó ejecutar plenamente sus planteamientos. “Para Piscator el teatro era un parlamento, el público una corporación legislativa”, según Brecht, que si bien compartió el mismo compromiso político, discrepó de las formas teatrales. Brecht consideraba que no hay que acercar espectadores y público, sino alejarlos. El “teatro documental” de Piscator, en cambio, pretendía envolver al público con escenarios cambiantes y la proyección en pantallas de imágenes y lemas. Su objetivo se conseguía si el colectivo teatral y el público acababan entonando juntos la Internacional.
Piscator cosechó un gran éxito en su estreno en la Nollendorfplatz con Hoppla, wir leben [Ostras, vivimos] (1927), del dramaturgo expresionista Ernst Toller. Pero posteriores obras provocaron rechazo entre la crítica, como el Rasputin de Tolstoi, en cuya puesta en escena George Gosz utilizó la imagen de un Cristo crucificado ataviado con botas militares y máscara de gas. Las dificultades económicas obligaron a compartir el espacio con una sala de cine, que fue objeto de un ataque nacionalsocialista en 1930, con bombas fétidas y ratones, durante el estreno de la película antibelicista Nada nuevo en el frente, basada en la novela de Erich Maria Remarque y que ese año obtendría el óscar al mejor filme y al mejor director. Piscator emigró a la URSS y a Estados Unidos. A pesar de los requerimientos de Brecht de que regresara a la naciente RDA, sólo volvió del exilio en la década de 1970 y lo hizo a Berlín Occidental, donde nuevamente dirigió teatro, aunque no en la Nollendorfplatz. El teatro de esta plaza, que a lo largo de su historia ha tenido diversos nombres (de Neues Schauspielhaus a Metropol), lleva tiempo funcionando como sala de fiestas.
Erich Kästner ambientó en la Nollendorfplatz las últimas escenas de su novela infantil Emilio y los detectives (1929). En el libro, la banda de muchachos reunidos para ayudar a Emil se lanza a la calle desde el interior del patio del Metropol con el fin de atrapar al “hombre con el sombrero tieso”, el desconocido que
le ha robado en el tren cuando venía de provincias para visitar a su abuela. Se trata de la obra alemana de literatura juvenil más reeditada y sobre ella se han realizado varias versiones cinematográficas. Sus fans siguen el recorrido urbano detallado por Kästner, desde que Emil llega por error a la estación del Zoologischer Garten y se encuentra perdido en la gran ciudad. Es tal la familiaridad que los alemanes tienen con esta pequeña historia que muchos de mis interlocutores evocaban su título cuando me presentaba. “Ah, Emil y los detectives”, comentaban al oír mi nombre, que muchas veces germanizaba para evitar confusiones, pues el catalán Emili conduce al femenino Emilie, de forma que los recibos de Deutsche Telekom llegaban dirigidos a Frau Blasco y en más de un hotel encontré flores al entrar en la habitación. No tardé en adquirir un ejemplar de la obra, ilustrada con los originales dibujos de Walter Trier, y en rastrear con entusiasmo yo mismo la ruta seguida por mi pequeño tocayo en aquel efervescente Berlín.
Mítines en el Sportpalast
La esquina entre la Büllowstraße y la Potsdamer Straße es otra de las intesecciones viarias de la ciudad con un pasado de ajetreo. La Potsdamer Straße, que cambia de nombre en siguientes tramos, es la ruta hacia los barrios del sur y sigue el camino real que conducía a Potsdam. El movimiento que había en este punto a principios de siglo XX no se corresponde con la relativa tranquilidad del presente. El arco de las vías del metro elevado, el Bülowbogen, veía entonces pasar a las masas que se dirigían al Sportpalast. En este cruce, a la barra de un establecimiento Aschinger de comida rápida, sitúa Brecht una de sus historias, en la que un boxeador pierde luego la pelea en el Sportpalast porque antes ha perdido la batalla contra sí mismo y se ha tomado unas cuantas cervezas. También Aschinger, pionero en comidas baratas para las multitudes, perdió la guerra contra la competencia de las cadenas norteamericanas y debió cerrar el último de sus locales en el año 2000.
El desaparecido Sportpalast fue abierto en 1910 en lo que hoy es Potsdamer Straße 170-172, cerca de la esquina con la Pallasstraße. Fue lugar popular de competiciones deportivas, tales como boxeo, ciclismo y patinaje, y de mítines políticos para masas. Después de 1945 volvió a abrir su puertas como polideportivo y recinto para conciertos de música, pero treinta años después acabó siendo demolido. Hessel aconsejaba acudir al Palacio de Deportes a “aquel que quiera ver febril al pueblo de Berlín”, especialmente cuando se celebraban los “Seis días” de competición ciclista. También describió el enardecido y violento ambiente de las concentraciones políticas durante la República de Weimar: “Se anuncia un gran mitin de los nacionalsocialistas. Las salas se llenan. Ante las puertas patrulla la Policía, pues se cuenta con una contramanifestación de los rojos (...) De pronto, se escucha que los comunistas quieren irrumpir en el palacio. La Policía recibe refuerzos. Las porras de goma cimbrean. Es difícil constatar quién ha empezado”. A los mítines comunistas, como narraría Stephan Hermlin en la comprometida literatura germanoriental,
acudían los trabajadores de las fábricas del norte de la ciudad. En sus memorias, Begegnungen [Encuentros] (1960), dedicó un capítulo a rememorar la apoteósica entrada en el repleto recinto del líder del KPD: “La sala coreó: ‘¡Frente Rojo!, ¡Frente Rojo!, ¡Frente Rojo!’ Thälmann había entrado con ímpetu, cuatro o cinco hombres le acompañaban (...). Ernst Thälmann quiere hablar. Se hace el silencio. Comienza: ‘Camaradas...’”.
Pero el mitin más famoso celebrado en el Sportpalast no lo protagonizó Thälmann, sino Goebbels. Fue aquí donde el ministro de Propaganda nazi pronunció su discurso sobre la “totaler Krieg” (guerra total) que debía librar el pueblo alemán hasta su último aliento si fuera preciso. En una trabajada pieza de oratoria, Goebbels fue preguntando a los cada vez más enfervorizados asistentes si seguirían al Führer, si estaban dispuestos a proseguir la guerra con una absoluta decisión, si trabajarían quince o dieciséis horas al día en la producción de armamento, si estaban de acuerdo en que las mujeres emplearan toda su fuerza en la guerra y en que todo ocioso, holgazán y estraperlista fuera pasado de inmediato por las armas. A cada pregunta siguió un atronador “sííí” y el orador fue sacado a hombros de la sala. Goebbels aseguró haber perdido siete libras de peso en ese discurso, debido al enorme esfuerzo físico que puso en su escenificación hipnotizadora. De esa guerra total es recordatorio constante el búnker que permanece en la Pallasstraße, sobre el que se apoya el desproporcionado bloque de viviendas sociales que cruza la calle. Como esos pisos ocupan parte del espacio del antiguo Sportpalast se les dio el nombre de Sozialpalast (5), pero poco tienen de palacio y menos de social: el gigantismo de la construcción, con un laberinto de pasillos, ha generado problemas de criminalidad en la zona.
Historias del Kammergericht
El Heinrich-von-Kleist-Park (6) se asoma a la Potsdamer Straße a través de las Königskolonnaden, columnatas proyectadas a finales del siglo XVIII por Carl von Gontard para la entrada a la ciudad que había en la parte sur de la Alexanderplatz. Las necesidades del tráfico obligaron a retirarlas de allí y desde 1910 están en el Kleist Park. Este parque fue al principio un huerto de hierbas y verduras del Gran Elector. En 1801 se convirtió en el Jardín Botánico de Berlín, para el que se nombró al poeta romántico Adelbert von Chamisso como cuidador oficial. Chamisso atrajo al jardín a toda una corte de poetas, como el francés Chateaubriand, quien dedicó algún poema al lugar. Entre ellos también estaba Heinrich von Kleist, cuyo suicidio en 1811 en compañía de su amada le reservó un lugar de honor en la memoria sentimental de la ciudad, de forma que se bautizó este parque con su nombre. Con el crecimiento de la capital, el Jardín Botánico se trasladaría luego a su sede actual de Steglitz.

En el Kleist Park está el Kammergericht, un enorme palacio de justicia de principios del siglo XX que a lo largo de esa centuria pasaría por diversas vicisitudes. Comenzó como audiencia prusiana; luego el nazismo lo transformó en Volksgericht, en el que se dictaron sentencias de muerte contra opositores al régimen; a partir de 1945 fue sede del Consejo de Control de los Aliados, y con la reunificación volvió a las funciones judiciales garantes del Estado de Derecho. De éstas comenzó a apartarse el día en que los magistros judíos fueron expulsados del Kammergericht. Esa jornada está anotada en las memorias de Sebastian Haffner. En Historia de un alemán, Haffner recuerda que se encontraba en el silencio de la biblioteca del edificio consultando algunos libros la víspera de que el 1 de abril de 1933 entraran en vigor los primeros decretos antijudíos: “Fuera el ruido se hizo más fuerte. Alguien dijo en el contenido silencio de dentro: ‘SA’. Otro dijo con voz no especialmente elevada: ‘arrojan afuera a los judíos’, y dos o tres personas se rieron. Esa risa fue en ese momento más espantosa que el suceso mismo: permitía pensar rápidamente que también en esa estancia, cómo sorprenderse, se sentaban nazis”. Luego entró uno de los porteros “y gritó en la habitación, pero con voz circunspecta: ‘Las SA están en el edificio. Los señores judíos harán mejor que por hoy se marchen a casa’. Al mismo tiempo se oyó una voz desde fuera, como para ilustrar: ‘Judíos fuera’”.
Haffner cuenta después algo que forma parte del anecdotario de la historia prusiana. Un siglo y medio antes, el Kammergericht se negó a los deseos de Federico II de avalar el derribo de un molino de viento
que al monarca le estorbaba junto a su palacio de Sanssouci. Cuando el rey advirtió al molinero que cumpliría su propósito, éste respondió: “Sí, Majestad, si no hubiera en Berlín el Kammergericht”. Y el tosco molino aún sigue en Potsdam junto al bombón rococó de Sanssouci. Lo que no consiguió Federico II, utilizar la Justicia a su antojo, lo logró Hitler con el Volksgericht (Tribunal del Pueblo). En la sala principal del edificio, situada en el primer piso y cuya puerta da al amplio vestíbulo, tuvieron lugar las vistas más importantes de ese manipulado tribunal, presidido por el sectario juez Roland Freisler, entre ellas las seguidas contra los conspiradores del 20 de julio de 1944. De la época posterior de sede del Consejo de Control de los Aliados se conserva en el vestíbulo un armario para el reparto de correspondencia.
La “Suiza judía”
La manzana del Keist Park la completa un mastodóndico bloque de factura nazi, realizado en 1938/39 como sede de la Economía Alemana de la Leche y la Grasa, un menester un tanto discreto para semejante dispendio de espacio, pero es que en el Tercer Reich el centralismo y la burocracia eran desmedidos. Ahora lo llenan las oficinas de BVG, el transporte municipal de Berlín, y media docena de otras empresas.
Por la Grunewaldstraße se va hacia el barrio bávaro, cuyo centro es la Bayerischer Platz (7). Se llama así porque sus calles reciben nombres de lugares de Baviera, Austria y bajo Tirol. De pronto comienzan a verse letreros en algunas farolas: “Los judíos sólo pueden usar en la Bayerischer Platz los bancos marcados de amarillo”, “los funcionarios judíos serán despedidos del servicio del Estado”, “los niños judíos ya no pueden acudir a la escuela pública”, “el bautismo de judíos y el ingreso en el Cristianismo no significan nada en la cuestión racial", "los médicos judíos ya no pueden ejercer”... Se trata de ochenta carteles colocados en 1993 para mantener viva la memoria de un barrio al que se conocía también como la “Suiza judía”. En 1930 vivían en él unos dieciséis mil vecinos de origen judío.

“Ich bin ein Berliner”
El más conocido entrecomillado relacionado con Berlín se debe a John F. Kennedy. “Ich bin ein Berliner” (yo soy un berlinés) es una frase del discurso que el presidente estadounidense pronunció el 26 de junio de 1963 ante el Schöneberger Rathaus (8), que entonces era el Ayuntamiento de Berlín-Oeste. Cuando dos años antes se había levantado el Muro, Kennedy envió al vicepresidente Johnson a Berlín Occidental para expresar el apoyo de EE.UU. A la ciudad. Ahora acudía el propio presidente, con unas
palabras que resonaron en todo el mundo: “Hace dos mil años la frase que un hombre podía decir con más orgullo era: Soy ciudadano de Roma. Hoy la frase que cualquiera en el mundo libre puede decir con más orgullo es: soy berlinés”. Los miles de personas que llenaban la luego denominada Kennedy Platz prorrumpieron en un largo aplauso. El joven presidente se ganó la simpatía de los berlineses con su vibrante intervención: “Si hubiera personas que no entendieran, o no quisieran comprender, de qué van hoy las disputas entre el mundo libre y el comunismo, podríamos simplemente decirles que deberían venir a Berlín. Hay quien dice que el futuro es del comunismo. Deben venir a Berlín (...) Una vida en libertad no es fácil, y la democracia no es perfecta. Pero nosotros nunca hemos necesitado levantar un Muro para retener a nuestra gente e impedirles que se marchen a cualquier otro sitio”. Kennedy concluyó su histórico mensaje volviendo a su principal idea: “Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de esta ciudad de Berlín Occidental, y por eso como hombre libre estoy orgulloso de poder decir: ¡Yo soy un berlinés!”.
Las famosas cuatro palabras las pronunció en alemán. Para decirlas en ese idioma, Kennedy las llevaba
escritas tal como suenan, de acuerdo con la fonética inglesa, según consta en el original del discurso, que se expone en la Haus der Geschichte (Casa de la Historia) de Bonn. Una anécdota que se puede sumar a la que suele contarse respecto al doble significado de la frase, pues Berliner es también el pequeño bollo de repostería típico de la ciudad, en verdad un poco soso pues el original no va relleno de crema o mermelada.
De Willy Brandt a Helmut Kohl
En el Berlín dividido por la frontera de hormigón, la plaza ante el Ayuntamiento de Schöneberg era el lugar de las citas históricas de los ciudadanos de Berlín Occidental. Ya lo había sido en agosto de 1961, cuando el alcalde, Willy Brandt, convocó una concentración de protesta contra el levantamiento del Muro. “Nunca, jamás”, proclamó Brandt con fuerza en una tensa intervención propia de la gravedad de la hora, asegurando que los berlineses de esta parte de Berlín en ningún momento cederían a las presiones contra su libertad. Y lo volvió a ser el 10 de noviembre de 1989, la noche siguiente de la caída del Muro, que también contó con la presencia de Brandt. De ese momento es su conocida frase “jetzt wächst zusammen, was zusammengehört” (ahora crece junto, lo que es uno). Pero esa noche no fue Brandt el protagonista, sino Helmut Kohl.
Si veintiocho años antes, Brandt debió suspender una gira electoral por la República Federal de Alemania durante su candidatura a la Cancillería del país, para estar en su ciudad en el momento en que la alambrada comenzaba a tenderse en la frontera interberlinesa, ahora Kohl dejaba plantados a sus anfitriones de Varsovia, en una visita oficial a Polonia, para viajar a Berlín cuando se acababan de abrir los primeros boquetes en el Muro. Fue una manifestación multitudinaria, en la que por primera vez se unían en
una misma marcha ciudadanos de los dos Berlines. Kohl tuvo difícil suspender la estancia en la capital polaca (luego la retomaría), porque ello suponía un agravio a sus susceptibles futuros vecinos, pero el canciller no dudó de su olfato histórico. El “canciller de la unidad” miraba hacia delante, pero también hacia atrás: no podía repetir el grave error de Konrad Adenauer, que en agosto de 1961 no corrió en apoyo de los berlineses. “¿Dónde está el canciller? ¿Juega a la petanca?”, se leyó entonces en una pancarta, en referencia a la afición del viejo renano. Aquello supuso una ruptura definitiva entre Adenauer y los habitantes de Berlín, que posteriormente rechazaron dar el nombre del padre de la CDU a una gran calle de la ciudad. Sólo años más tarde uno de los cruces de la Kufürstendamm fue bautizado como Adenauerplatz, un gesto injustamente menor para una personalidad de la indiscutible importancia del político democristiano.
Esas masas sacudidas por los quiebros de la historia parecen no haber estado nunca en esta JFK-Platz, que hoy presenta un aspecto tan amplio como solitario. El Ayuntamiento, construido entre 1911 y 1914 para lo que entonces era una ciudad independiente, tuvo un tamaño adecuado para albergar la autoridad municipal de Berlín Occidental de 1948 a 1990, pero ahora resulta excesivo para el barrio. Para aprovechar sus estancias, en la planta baja está la Willy-Brandt-Stiftung, que incluye una exposición sobre la vida de Willy Brandt con fotos históricas de quien fue alcalde de Berlín Occidental (1957-1966), canciller de la RFA (1969-1974) y Premio Nobel de la Paz (1971) por su Ostpolitik de apertura al Este. A este recorrido fotográfico puede seguir otro después en lo alto de la torre del Ayuntamiento, con una muestra sobre las imágenes de la visita de Kennedy de 1963. A quien suba le aguarda una interminable periplo por los pasillos y escaleras del edificio. No hay que hacerlo a las 12 del mediodía, cuando suena el ensordecedor tañido de la gran Campana de la Libertad, de más de diez toneladas de peso, pagada por dieciséis millones de estadounidenses como regalo en 1950 a los berlineses occidentales, liberados del nazismo y de las garras del comunismo.
El Schöneberg de Marlene Dietrich
Brandt murió en 1992, siendo presidente de la Internacional Socialista y, a título honorífico, del SPD. Su funeral fue un acto de Estado. Ese mismo año, lejos de su ciudad natal y en cierta soledad, falleció Malene Dietrich. Maria Magdalena von Losch, ése era su nombre original, nació en 1901 en la Rotte Insel (9) (Isla Roja) de Schöneberg, un conjunto de casas proletarias encerradas en un triángulo formado por las vías del S-Bahn. En el número 65 de la Leberstraße, una placa indica la casa en la que pasó su niñez la que luego triunfó como Lola en El ángel azul (1929). El paso a esa parte de Schöneberg con orígenes obreros viene marcado por la estructura metálica del gasómetro de una vieja área industrial. Fue uno de los mayores de Europa cuando fue instalado en 1910.
Dietrich marchó de Alemania con el ascenso del nazismo y sólo volvió a cantar en Berlín en 1960, cuando aún había quien no perdonaba que hubiera actuado para los americanos durante la guerra contra los
alemanes. Fallecida en París, su cuerpo fue luego trasladado al cementerio de Fridenau(Stubenrauchstraße/Südwestkorso). Fridenau es un barrio dentro de Schöneberg, en su extremo suroeste, especialmente tranquilo y muy solicitado por artistas y literatos. Fue residencia del pintor expresionista Karl Schmidt-Rottluff, cuya casa luego fue ocupada por el escritor Uwe Johnson tras su abandono de la RDA. También el Premio Nobel Günter Grass habitó durante un tiempo en Fridenau, en la misma calle que lo hiciera Erich Kästner. Algo de ese ambiente de silencio creador se respira en el cementerio, mientras el visitante contempla la lápida de Marlene: “Aquí estoy yo en el límite de mis días”. El epitafio lo recuerdo bien, pues ante él estuve varias veces desde que lo descubrí nada más llegar a Berlín, cuando aún andaba tanteando la ciudad desde el vecino distrito de Kreuzberg.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Viktoria-Luise-Platz (Manfred Brückels) / Nollendorfplatz, postal de 1903 y en la actualidad (Lienhard Schulz) / Teatro de la Nollendorfplatz (Manfred Brückels) / Portada de Emil und die Detective, dibujo de Trier / Sportpalast, carrera ciclista de los Seis Días, 1932, y mitin de Goebbels, 1943 (Bundesarchiv) / Königskolonnaden (Manfred Brückels) / Roland Friesler y sello conmemorativo del Consejo de Control de los Aliados / letreros del "barrio bávaro" (Manfred Brückels) / Kennedy en el Schöneberger Rathaus, 1963 / Berliner / Schöneberger Rathaus (Axel Mauruszat) / Khol, alcalde Momper y Brandt / tumba de Malene Dietrich (Axel Mauruszat)]

El símbolo de Mercedes sigue coronando lo que fue el centro de Berlín-Oeste. Su misión ya no es pregonar el capitalismo a los vientos que surcaban la RDA, ni tan siquiera evoca el milagro económico alemán de la RFA en la década de 1950, pero la estrella de tres puntas y su aro continúan mostrando el orgullo con que esta parte acomodada de la ciudad siempre ha mirado hacia lo que queda más al este del mismo Zoologischer Garten. Con la reunificación y las importantes inversiones realizadas en otros lugares de la capital, la Kurfürstendamm temió perder su colección de elegantes tiendas y caer en una insalvable decadencia. Pero no tardaron en aparecer proyectos para nuevos centros comerciales, el emblemático Europa Center renovó su fachada y a la cima de sus veintidós pisos volvió restaurado el logotipo de Mercedes. La Kurfürstendamm, con todo, dista de ser una avenida exclusiva. Hasta hace bien poco Berlín no ha tenido ricos, porque las grandes fortunas emigraron a tierra firme de la otra Alemania al finalizar la guerra y su regreso ha sido lento. Es algo que probablemente cambiará, para mayor gloria quizás de la Kurfürstendamm. En Múnich o Hamburgo la riqueza salta a la vista; en Berlín, por el contrario, la suntuosidad sólo aparece de momento en algunas villas de Grunewald.
Precisamente al Grunewald, la zona de lagos y bosques del oeste, conduce la Kurfürstendamm (Dique del Príncipe Elector). Su mismo nombre, que los berlineses simplifican como Ku’damm, es un registro de su historia. Era el camino para llegar al Jagdschloss, la residencia de caza de Joaquín II erigida en el siglo XVI. Se trataba de una vía pantanosa en la que, para evitar que carros y caballos se atascaran en el barro, se construyeron diques y terraplenes con tablas de madera. La avenida se urbanizó en 1870 y por exigencia de Bismarck tuvo una amplitud ligeramente mayor que la de los Campos Elíseos parisinos. En pocos años, la Ku’damm marcaría el tránsito de la burguesía desde lo que un día fue el “oeste” (Potsdamer Platz y Tiergartenviertel) hasta este “nuevo oeste”. En ese cambio de siglo, Alfred Kerr escribió que sus pudientes habitantes eran arquitectos, ingenieros, artistas y escritores, frente a los tradicionales “ciudadanos de la Bolsa” del Tiergarten. Según apuntó en su dietario, el Tiergartenviertel “es bastante estático y perezoso; aquí, en cambio, florece todo tipo de deporte. Aquí en cada familia hay tres bicicletas de dos ruedas; aquí se practica tenis sobre hierba no simplemente de un modo aficionado sino con serio entrenamiento. Aquí se es miembro del club de remo”. Similar juicio era el de Franz Hessel, atendiendo por su parte a la moda: “Aparece un nuevo tipo de mujer que triunfa sobre aquellas cuyos sastre y modista viven junto al Tiergarten. Es la joven vanguardista, la joven berlinesa de la posguerra” (Primera Guerra Mundial). “Caminan muy bellas con sus vestidos ligeros –añadía el escritor–, su piel es magnífica con un ligero brillo que le da el maquillaje (…), da gusto percibir su seguridad en si mismas cuando pasan por el tumulto vespertino de la Tauentzienstraße y la Kurfürstendamm”.
Ecos de fiesta
Había voluntad de vivir la nueva era. Esa efervescencia de la Ku’damm y sus alrededores fue la quintaesencia del Berlín de los “locos años veinte”, en los que las multitudes buscaban aquí sobre todo diversión. Desde el comienzo de la Tauentzienstraße (Wittenbergplatz) hasta el Halensee (final de la Ku’damm), donde estaban las atracciones del mítico Luna Park, se sucedían tiendas, cafés y restaurantes,
cines y teatros, cabarets y salas de baile de diferente carácter y decoro. Era una diversión en masa sobre la que ironizó Joseph Roth en 1930: “En ocasiones, en un ataque de incurable melancolía, entro en uno de los típicos clubs nocturnos de Berlín, no para animarme a mí mismo, ya me entiendes, sino para obtener el malicioso placer de tan industrializadas risas”. Fue la zona industrial del divertimento y de los intelectuales, el lugar donde el cuplé berlinés marcaba su territorio con la tonadilla Bei uns um die Gedächtniskirche ‘rum... [Donde nosotros alrededor de la Gedächtniskirche...] (1927), del compositor Friedrich Hollaender. Un tiempo de orgía en el que “todos los valores cambiaron y Berlín se convirtió en la Babel del mundo”, como después recordaría Stefan Zweig en El mundo de ayer (1942), la autobiografía con la que puso final a su vida.
A la década de 1920 siguió otra no tan feliz, en la que la censura y las exigencias de la guerra fueron acallando progresivamente toda frívola distracción, y la Ku’damm perdió su reluciente atractivo. En los tiempos de la partición de la capital, el paseo recuperaría parte de su elegancia, pero no la extrema vitalidad de su pulso. Costaba dar valor axiomático a la aseveración de Roth, quien en 1929 aseguraba que el secreto de la Ku’damm era su “capacidad de permanecer ella misma a través de los repentinos cambios en su fisonomía, y ser aún más Kurfürstendamm. Es inmutable en su inmutablidad. Su impaciencia es heroica. Su inconsistencia es insistente”. Aunque aún hoy dista de su leyenda, el visitante puede captar sin mucho esfuerzo algunos destellos de aquellos “dorados veinte”.
“El cliente es un rey y el Rey es un cliente”
Recomiendo llegar a la zona en metro y bajar en la parada de la Wittenbergplatz, una de las estaciones más hermosas de Berlín. Se sale, en medio de la plaza, a un vestíbulo que tiene forma de templete con planta de cruz, inaugurado en 1913. La restauración de maderas y viejos mosaicos de anuncios comerciales reproducen la atmósfera del Berlín de entreguerras. Desde la salida oriental queda a la vista el KaDeWe (1) (Kaufhaus des Westens, Gran Almacén del Oeste), uno de los pocos edificios que aquí resistieron a los bombardeos.

Es el gran almacén más distinguido de Berlín. En su día el más grande del continente, fue emblema del progreso económico occidental cuando al otro lado de la ciudad el comunismo desabastecía las tiendas de artículos de lujo y aún de muchos de primera necesidad. Eso explica que nada más caer el Muro, muchos berlineses orientales acudieran al KaDeWe a gastar los cien marcos de regalo con que Berlín-Oeste les daba la bienvenida. El establecimiento fue abierto en 1907 por Adolf Jandorf y pronto tendría por lema “en nuestra tienda el cliente es un rey, y el Rey es un cliente”. El KaDeWe venía a competir con los grandes almacenes de la Leipziger Straße y con el recién abierto por Hermann Tietz en la Alexanderplatz. En esa dura competencia, Tietz acabaría adquiriendo este rival suyo del oeste en 1925. El KaDeWe es el único que queda en pie de aquella constelación histórica de centros comerciales.
En medio de la Tauentzienstraße está la escultura Berlín, de Brigitte y Martin Matschinsky-Denninghoff, colocada en 1987 con motivo del 750 aniversario de la ciudad. Desde entonces, la imagen de las cuatro estructuras tubulares con las ruinas de la Gedächtniskirche de fondo –modernidad y pasado, futuro y memoria– se encuentra reproducida en muchas postales de la capital. La calle, por lo demás, forma parte del llamado “desfile de los generales”: una sucesión de vías empalmadas, trazadas por Lenné en 1860 para unir Kreuzberg con Charlottenburg y bautizadas con nombres de generales de las guerras napoleónicas (Gneisenau, Yorck, Bülow y Tauentzien). Pero la Tauentzienstraße no tuvo nada de marcial, y en los “años veinte” aunó sus funciones comerciales con el entretenimiento desenfrenado. “¡Noche! ¡Tauentzien! ¡Cocaína! ¡Esto es Berlín!”, fue en 1924 la descriptiva frase del ruso Andrei Belyi.
Epicentro de Berlín-Oeste
La hoy marcamente comercial Tauentzienstraße se junta con la algo más señorial Kurfürstendamm en la Breitscheidplatz, la plaza que fue el epicentro del antiguo Berlín-Oeste. En ella se preservan los restos de la
Gedächtniskirche (2) (Iglesia del Recuerdo). El nombre es muy apropiado para un monumento que recuerda permanentemente las miserias de la guerra, aunque en realidad su nombre completo es Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche y se consagró en 1895 a la memoria del fallecido emperador Guillermo I. En 1963 el castigado templo neorománico, cuyo estilo pretendía una suerte de continuidad del viejo Sacro Imperio Romano Germánico, fue flanqueado por el arquitecto Egon Eiermann con una nueva nave y un campanario de plantas octogonales. El proyecto fue controvertido por el enorme contraste que representaba, si bien los octógonos copian la sección de la torre y de los pináculos de la Gedächtniskriche. Los vidrios que componen las paredes de la moderna iglesia arrojan en su interior una luz azulada que crea una conseguida atmósfera mística para la meditación.
La Breitscheidplatz, que adoptó el nombre de un diputado socialdemócrata muerto en el campo de concentración de Buchenwald, suele tener un gran ambiente de paseantes, músicos callejeros y terrazas de bares, y su creativa fuente da juego a los niños. El lado oriental de la plaza lo cierra el Europa Center (3), un conjunto de edificios en cuyas plantas más bajas hay tiendas, restaurantes, casino, cabaret y cines, así como una amplia oficina de información turística. El Europa Center supuso en 1965 una novedosa apuesta arquitectónica y comercial, exponente de la superioridad del modo de vida occidental en los tiempos de la Guerra Fría.
Memoria de los cafés de Charlottengrado

El Europa Center ocupa el lugar en el que estuvo el Romanisches Café, el templo de la intelectualidad en las primeras décadas del siglo XX. Clientes habituales fueron Alfred Döblin, Walter Benjamin, Oskar Kokoschka, Max Reinhardt y Bertolt Brecht, entre otros. El local, de la misma época que la Gedächtniskirche e igualmente de líneas neorománicas –de ahí su nombre–, también acogió a George Goscz, Hans Arp, Tristan Tzara y los demás miembros del movimiento Dadá. Muchos de ellos primero habían acudido al próximo Café des Westens y se dejaban ver por la media docena de cafés literarios de la zona, frecuentados por escritores, artistas, ensayistas, gente del teatro y cineastas. A sus mesas, el entonces joven director Billy Wilder preparó sus primeros proyectos cinematográficos, Otto Dix dibujó un sinfín de caricaturas en servilletas de papel, y Joseph Roth escribió sus novelas Hotel Savoy (1924) y La marcha de Radetzky (1932). Roth, precisamente, dedicó un artículo periodístico a la figura del camarero encargado de servir la prensa nacional y extranjera, todo un oficio en esos grandes cafés, con tertulianos de orígenes nacionales muy diversos y habituales columnistas de publicaciones. “Ha visto generaciones de escritores ir y venir. Les ha visto encerrados en prisión o en sillones ministeriales. Devenidos en revolucionarios o secretarios privados. Y todos han dejado debiéndole dinero”, contó de Richard der Rotte, el pelirrojo camarero jorobado del Café des Westens, a quien el dibujante Walter Trier también retrató.
Esa variedad de periódicos en diversas lenguas era una consecuencia de la “Babel del Spree” en que se había convertido Berlín. Una parte notable de esa internacionalidad la aportaba la inmigración rusa, que tras la revolución bolchevique llegó a estar compuesta de unas cincuenta mil personas, de manera que en ese tiempo el idioma ruso, según Ilya Ehrenberg, se podía oír por todas partes. “Berlín fue la primera y más importante estación de la diáspora rusa; París tomó sólo pocos años después el papel de segunda estación, pero nunca alcanzó el esplendor del Berlín ruso”, recordaría más tarde Nicolas Nabokov. Entre 1918 y 1924 ese Berlín ruso publicó unos 2.200, más que los producidos en Moscú o Petrogrado. La inteligencia de los rusos blancos se extendió por Charlottenburg. “La punta de esta iglesia”, anotó Ehrenberg en uno de sus poemas refiriéndose a la Gedächtniskirche, “es el punto desde el que, radio a radio, los rusos en Berlín se reparten por Charlottengrado”. Berlín fue caladero de rusos de diverso signo, desde la familia Nabokov, centro de la disidencia, al oficialista Sergei Eisenstein, que visitó la ciudad para conocer los avances cinematográficos de la UFA. Kandinsky, Chagall, Gorky, Mayakovsky y Pasternak fueron otros destacados nombres de una colonia que tenía sus principales restaurantes y cafés entre la Breitscheidplatz y la Nollendorfplatz.
De faisanería a zoológico
Parte del esparcimiento que ofrece el área de la Ku’damm es el Zoologischer Garten (4). Entre las muchas duplicidades del Berlín unificado está la existencia de dos parques zoológicos. Si se quiere sacar a las arcas municipales de su deplorable estado, lo lógico es que se acabe eliminando uno de ellos, pero es una decisión dificíl porque la desaparición probablemente le debiera corresponder al más antiguo, pues el Tierpark, creado por la RDA en Berlín-Este, dispone de más terreno y ofrece mejores posibilidades de modernización. El Zoologischer Garten ha quedado encorsetado por el desarrollo del extremo oriental de la Ku’damm y supondría una magnífica ampliación del Tiergarten, del que es su continuación natural. De hecho, antiguamente este terreno formaba una unidad con el parque. En este rincón de su reserva de caza, Federico el Grande hizo instalar en 1742 una faisanería. Cien años después, el naturalista Lichtenstein la transformó en el primer zoológico de Alemania, con el apoyo de Alexander von Humboldt y el diseño de Peter Joseph Lenné. Los primeros ejemplares fueron donación real, procedentes del fondo de animales de la Pfaueninsel. La entrada más ornamental corresponde a la Puerta de los Elefantes, junto a la que se
encuentra la hermosa casa del Acuario, ambas en la Budapester Straße.
El paseo entre los animales, además de acercar al medio natural, aporta también una escondida referencia histórica. Integrados en uno de los hábitats recreados, por el que hasta ahora ha venido deambulando un curioso tipo de jabalíes, hay restos de hormigón de lo que fue la Falkturm I, la primera de las tres torres de defensa antiaérea que Hitler mandó construir en 1940 en parques de la ciudad. Las otras, también derribadas con dificultad al concluir la guerra e igualmente semiocultas por los árboles y cubiertas de hierba, están en Humboldthain y en Friedrichshain. Este Zoobunker tenía 42 metros de alto y sus paredes medían dos metros y medio de grosor. En su parte superior se disponían las baterías antiaéreas y en sus pisos inferiores había espacio para resguardecer a varios miles de personas y apreciados tesoros de los museos berlineses, entre ellos el busto de la Nefertiti. Goebbels se hizo reservar aquí dos estancias por si su búnker del área de la Wilhelmstraße quedaba inservible. Las baterías antiaéreas atrajeron los ataques enemigos y a finales de 1943 la vida del Zoo se extinguió. “Una mina cayó en el acuario, matanto a todos los peces y reptiles. Por la mañana mataron a tiros a los animales salvajes, pues sus jaulas se habían deteriorado y se temía que pudieran escapar. Los cocodrilos intentaron saltar al río Spree, pero los pudieron sacar y matar a tiempo. ¡Vaya espectáculo que debió ser!”, anotó Missie Wassiltchikoff en Los diarios de Berlín.
Nacimiento de la UFA
La referencia geográfica del Zoo se incorpora al nombre de algunas de las instalaciones de los alrededores. Es el caso del cine Zoo-Palast (5), durante mucho tiempo una de las principales salas cinematográficas de Berlín. Fue creado como UFA-Palast para acoger estrenos de la Universum Film
Aktiengesellschaft. En plena Primera Guerra Mundial, con el fin de explotar la potencialidad propagandística del naciente cine, el generalato había impulsado en 1917 la constitución de la UFA a partir de varios pequeños estudios. Superada la contienda, la sociedad pasó a manos privadas y conoció un importante desarrollo. Sus primeros grandes éxitos fueron Das Kabinet des Dr. Caligari (1920), de Robert Wiene; Nosferatu (1922), de Friedrich Murnau, y los títulos de Fritz Lang Doktor Mabuse (1922) y Die Nibelungen (1924). Las producciones serían cada vez mayores, primero en las instalaciones de Tempelhof y luego en los amplios estudios de Babelsberg, en su día los más grandes de Europa. El nazismo estatalizó de facto la UFA, que en la RDA se transformó en DEFA y en la RFA acabó en manos del grupo Bertelsmann. El Zoo-Palast se construyó sobre las ruinas de la sala precedente para albergar la Berlinale. Fue la sede del festival de cine hasta que con la reunificación éste se trasladó a la recién terminada Potsdamer Platz.
La Zoologischer Garten Bahnhof (6) fue la Hauptbahnhof (estación central) de Berlín-Oeste, en el mismo centro comercial de la capital, algo que suele ser común en casi todas las grandes poblaciones alemanas, por lo que el transporte ferroviario es un modo muy apropiado para llegar al corazón mismo de la ciudad que se visita, sin problemas de acceso rodado ni de aparcamiento. La estación se construyó en 1882 al trazarse la línea elevada del S-Bahn; la estructura de su cubierta data de 1934. Al dividirse la ciudad, la del zoo era la estación final de los trenes que llegaban por el corredor ferroviario que atravesaba el territorio de la República Democrática. La estación central de Berlín-Este era la Ost-Bahnhof. La nueva Hauptbahnhof del Berlín unificado está en medio de ambas.
Fiesta de cumpleaños con los Comedian Harmonists
Algo de la vitalidad que en su día tuvo la Ku’damm aparece en el ambiente vespertino que ofrecen los restaurantes de los alrededores. Su aire de cabarets intenta ser recuperado por la Komödie am Kurfürstendamm (7), entre las calles Uhland y Knesebeck, donde Brecht y Weil estrenaron su ópera Mahagonny (1931). A este teatro fui invitado para la presentación de una réplica de los Comedian
Harmonists, un sexteto de voces masculinas fundado en 1927 y que pronto se haría famoso por sus cómicas canciones, con títulos como Veronika, der Lenz ist da [Verónica, Lenz está ahí] o Mein lieber Schatz, bist Du aus Spanien? [Mi querido tesoro, ¿eres de España?]. El grupo tuvo que disolverse bajo el nazismo, porque tres de sus integrantes eran judíos, pero su recuerdo ha sido tan perdurable que sus imitadores fueron acogidos con expectación. Es posible que aún sigan en cartel en la Komödie, en cuyo caso no hay que perder tiempo para comprar entradas: se garantiza una velada propia del mítico Berlín de entreguerras.
Poco después recibiría como regalo de cumpleados un CD con los grandes éxitos de los Comedian Harmonists. Fue bastante útil, porque sirvió para aguantar las últimas horas de una celebración excesivamente prolongada. Las fiestas de cumpleaños son en Alemania bastante de rigor, sobre todo cuando se llega a edades redondas y significativas. A los alemanes les gusta hablar y en ocasiones da la sensación de que se sienten en la obligación de mantener largas y serias conversaciones en momentos tan poco indicados como una fiesta. Uno recibía en casa visitantes que parecían no tener intención de marcharse nunca, secretamente esperando la reanudación por la mañana del servicio del S-Bahn o del U-Bahn. El Senado berlinés ha venido luego a rescatar a los sufridos anfitriones prolongando los horarios del metro durante el fin de semana.
Teléfonos de mesa y refugio nuclear
El hecho de que los berlineses pueden permanecer toda una noche hablando con alguien en un rincón, sin romper el hielo con otras personas presentes en una fiesta, lo atribuía Hessel a una falta de seguridad en sí mismos. Quizás sea una aventurada conclusión, pero el paseante de la República de Weimar lo explicaba con un ejemplo que encaja perfectamente en esta rememoración del ambiente nocturno que en su día tuvo la Ku’damm. En aquella época se pusieron de moda las salas de baile en las que había teléfonos distribuidos por todas las mesas que rodeaban la pista central. Quien se interesaba por alguien que estaba en otra mesa, tomaba el auricular y marcaba el número correspondía a aquel rincón. Según Hesse, “el descubrimiento de los teléfonos de mesa es psicológicamente muy sutil: el berlinés medio no está tan seguro de sí mismo, como a él le gusta aparentar. Sin embargo, al teféfono cobra ánimos. Y también le anima el verso de la dirección que encuentra en el siguiente programa: no te cohíbas y llama, ya sabrás si le gusta”.
La escena de esos teléfonos de mesa es una de las situaciones reproducidas en The Story of Berlin (8), un completo museo sobre la historia de la ciudad que se encuentra en la misma manzana que la Komödie am Kurfürstendamm. Se trata de un museo privado que aunque es algo caro resulta más atractivo, por la manera de ilustrar sus salas, que el museo municipal de historia de Berlín, el Märkisches Museum. Entre sus reclamos está la posibilidad de bajar a un sótano construido en la década de 1970 como refugio atómico, con gruesas paredes a prueba de radiaciones nucleares y espacio para más de tres mil personas.
Cerveza con jarabe
En cuanto a cafés, el único que presenta empaque de institución es el Kranzler (9), en la esquina de la Ku’damm con la Joachimsthalerstraße. Pero su momento de gloria ya ha pasado y las últimas reformas lo recluyeron a la parte superior del edificio que desde finales de los cincuenta ocupaba enteramente. A pesar de cubrir el solar en el que estuvo el Café des Westens, el Kranzler no tomó el nombre de éste, sino que heredó el del famoso local del cruce Unter den Linden-Friedrichstraße, que había sido sepultado por la guerra en el sector comunista de la ciudad. El nuevo Kranzler, con su peculiar estructura superior
redondeada y sus históricos toldos a rayas, fue otro de los símbolos de Berlín-Oeste. Hubo un tiempo en que la terraza del Kranzler era signo de distinción y sentarse en ella algo preceptivo de todo paseo por la Ku’damm.
Debido a ese carácter de emblema de otra época es el lugar más propicio para beber Berliner Weiße “mit Schuss”, una variedad de Weißbier (cerveza blanca) propia de Berlín; hecha a partir de trigo joven, su proceso de fermentación continúa en la botella. Por su sabor poco agradable se suele combinar con un chorro (Schuss) de jarabe de frambuesa o de hierbas, que le dan a la bebida un color rojo o verde. Se sirve en amplias copas de cristal y se toma fresca y con pajita. Las guías acostumbran a catalogarla como la cerveza más típica de Berlín, aunque en realidad los berlineses no suelen beberla, salvo algunas personas mayores; quien lo hace más bien se delata como un turista. Puede probarse, pero sabiendo que no deja de ser una excentricidad. Lo dicho sólo afecta a la Berliner Weiße; las demás variantes de cerveza de trigo (Weizenbier) son muy comunes y sabrosas. De hecho, la primera elección que debe hacer quien se sienta en un Kneipe es escoger entre una Pilsner, de cebada, o una Weizenbier; dentro de estos dos genéricos tipos luego deberá especificarse la marca y variante que se desea, pues no basta con solicitar “una cerveza”.
Por la Fasanenstraße
El componente literario que antaño tuvo el área que visitamos puede encontrarse en la Literaturhaus (10), en el tramo sur de la Fasanenstraße. En ella se organizan actos literarios y exposiciones y la casa ofrece un apacible entorno para tomar café o comer, entre estanterías de libros y mansiones del siglo XIX. Puede completarse la sobremesa con una visita al contiguo Käthe-Kollwitz-Museum (11), dedicado a la obra gráfica y las esculturas de una artista comprometida con las clases trabajadoras del convulso Berlín de principios del siglo XX, cuya miseria y sufrimiento retrató. En el museo se encuentran distintas versiones de su Madre con hijo muerto, escultura reproducida en la Neue Wache de Unter den Linden.

La Fasanenstraße atraviesa la Ku’damm. En esa esquina está el hotel Kempinski, todo un clásico de lujo del otrora Berlín-Oeste. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el Kempinski fue un restaurante, que los nazis confiscaron porque su propietario era judío. El establecimiento, en cualquier caso, corrió mejor suerte que la sinagoga que había prácticamente enfrente. Ahí está ahora la Jüdisches Gemeindehaus (12) (Casa de la Comunidad Judía), cuya fachada incorpora un arco del portal del antiguo templo mosaico, el primero levantado a este lado de Berlín, y destruido en la Reichskristallnacht. La sinagoga liberal de la Fasanenstraße era la más renombrada de Berlín, después de la de la Oranienburger Straße. “Oí muchos hombres que expresaban su espanto, pero también vi otros, con el cuello del abrigo levantado, que pasaban junto a la sinagoga en llamas sin decir ni una palabra”, escribiría Heinz Galinski, muchos años presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, a propósito del pogromo de la noche del 9 de noviembre de 1938.
Club de jazz
Ascendiendo por la Fasanenstraße se llega a la Kantstraße. En ese cruce se encuentra el Quasimodo (13), el primer club que conocí en Berlín. En una ciudad con tantos locales alternativos y aún ilegales, principalmente en el este, se diría que este sótano consagrado al jazz, con actuaciones en vivo, es casi
demasiado burgués. Pero es que la “escena” del distrito de Charlottenburg nada tiene que ver con la de Mitte, Kreuzberg o Prenzlauer Berg. En el Quasimodo me tocó cubrir un excepcional concierto de Daniel Barenboim en uno de sus incursiones fuera de la música sinfónica y de la ópera. Era la presentación en directo del disco Tribute to Ellington, que Barenboim había grabado con una banda de jazz en homenaje a Duke Ellington. El caso sirve para ilustrar el buen cartel que suele tener el lugar.
Junto al complejo del cine Delphi, en cuyo subterráneo se esconde el Quasimodo, está el Theater des Westens (14), con una pomposa fachada neorrenacentista, coronada por una representación en forma de diosa de la otrora ciudad independiente de Charlottenburg. Este teatro comenzó a finales del siglo XIX con operetas y vodebiles y hoy ofrece espectáculos musicales de moderna factura. En su sótano estuvo en los “dorados años veinte” la Wilde Bühne, un cabaret para el que escribieron textos Erich Kästner y Kurt Tucholski. Su curiosa parte posterior de labrillo tiene aspecto de fortaleza medieval, cuyas alturas quedan perfectamente a la vista cuando se utiliza el S-Bahn.
Fotos de altura
Siguiendo por ese lateral, casi enfrente de la estación del Zoo, abre el Museum für Fotografie (15)(Jebensstraße 2): un viejo edificio guillermino, antiguo casino del Ejército, para una de la más modernas y transgresoras expresiones artísticas. Una parte importante de sus fondos son el legado del fotógrafo Helmut Newton. Nacido en Berlín de padre judío, Newton abandonó la ciudad en 1938 y ya nunca volvería a trabajar de modo estable en Alemania. Con la ciudad se reencontraría al final de sus días, donde fue enterrado en 2003. Antes de su muerte, Berlín organizó en la Neue Nationalgalerie una gran exposición retrospectiva con sus conocidas obras de desnudos femeninos, con la que el canciller Schröder y el presidente de Gobierno español José María Aznar, acompañados de sus respectivas esposas, se toparon cuando entraban para visitar otra muestra. Los fotógrafos de prensa captaron la cara de circunstancias de ambos matrimonios.

Perspectiva para buenas fotos es la que ofrece desde 2010 la Great Berlin Wheel (16), la mayor noria de Europa, con 175 metros de altura. Es uno de los últimos grandes proyectos para revitalizar el viejo Berlín-Oeste. Cuenta con 36 cápsulas con capacidad para cuarenta personas cada una y tarda media hora en completar una vuelta entera. Activistas ecologistas y ciudadanos se movilizaron contra la idea de que una máquina gigante en continuo movimiento pudiera alterar el ritmo biológico de los animales del zoológico, pero el Zoo desestimó las objeciones contra una instalación que ocupa los terrenos liberados en la Hertzallee por la administración del propio Zoologischer Garten.
Lize Minnelli en Cabaret
Los mandarines de la cultura gustan de sentarse en el Paris-Bar, en la Kantstraße de camino a la Savignyplatz (17). El café-restaurante, cuyo nombre alude a la relación que tenían sus promotores con las tropas de ocupación francesa al término de la Segunda Guerra Mundial, retoma la tradición de los antiguos cafés de artistas e intelectuales de esta parte de la ciudad. De hecho, en los pisos superiores tuvo su última dirección la influyente revista de izquierdas Weltbühne, editada por Carl von Ossietzky, premio Nobel de la Paz de 1935. Ossietzky no pudo recoger el galardón porque se encontraba internado en un campo de concentración, donde moriría tres años después. Hoy críticos literarios, coleccionistas de arte y periodistas se dejan ver también por el Paris-Bar, aunque no se sabe por cuanto tiempo, pues varias veces se ha visto amenazado de cierre.
La gastronomía francesa es una opción más en medio de una amplia oferta. La Savignyplatz y las calles próximas, como la Schlüterstraße, están salpicadas de restaurantes de diverso tipo, cuyas terrazas crean en verano un atractivo ambiente nocturno. El tono de la diversión está bastante alejado del que se aprecia en la película Cabaret (1972), de Bob Fosse, en la que aparecen las arcadas del S-Bahn que cierran la Savignyplatz por el sur, allí donde Lize Minnelli gritaba al paso de los trenes.
Cabaret se basa en uno de los capítulos de la novela Adiós a Berlín (1939), la obra más famosa del inglés Christopher Isherwood, que también daría lugar a la película Soy una cámara (1951). Isherwood pasó cuatro años en la capital del Tercer Reich y con ecos autobiográficos dejaría tanto un melancólico retrato del libertinaje desenfrenado de los lugares frecuentados por su personaje Sally Bowles, como del clima de barbarie p
olítica en que todo aquello acontecía. El área de la Ku’damm aunaba ambos: ya se ha hecho referencia a sus antiguos clubs y cabarets, y resta por mencionar la no muy distante, aunque fuera de nuestro mapa, Fehrbelliner Platz. Rodeada por un conjunto de edificios concebidos por la megalomanía hitleriana. La plaza estuvo destinada a varias instituciones nacionalsocialistas, entre ellas el cuartel central del DAF (Deutsche Arbeitsfront, Frente Alemán del Trabajo), el sindicato vertical nazi. Para romper en algo esa herencia, en el centro de la amplio cruce se colocaría con el tiempo una llamativa entrada al metro y la escultura Los siete suavos.
Isherwood se había hospedado en realidad en una pensión del barrio de Schöneberg, y nada como recalar ahora en él para compendiar el Berlín, o los Berlines, que hemos ido viendo cuando nos disponemos a ir separándonos del doble centro de la ciudad para conocer también por dentro sus extremos.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Breitscheidplatz / Cubierta de un disco de Hollaender / Wittenbergplatz (Aazarus) / KaDeWe (Jochen Jansen) / Gedächtniskirche (Ralf Roletschek) / Europa Center y destruido Romanisches Cafe, hacia 1900 / Acuardio y Puerta de los Elefantes (Dieter Brügmann) / Baterías antiaéreas sobre el desaparecido búnker del Zoo, 1942 (Bundesarchiv) / Logo de la Ufa / Comedian Harmonists / Kranzler y Berliner Weiße / Mapa Google / Gran Noria, recreación / Fehrbelliner Platz]

Las vivencias personales relacionadas con determinados lugares de una ciudad acaban generando un imaginario que nuestra mente reproduce inmediatamente cuando nos referimos a esos sitios. Para muchos, Charlottenburg, nombre de elegantes resonancias, es sobre todo el Palacio que lleva ese nombre; para otros, son las fachadas blancas de sus cuidadas calles o el elevado estatus de sus vecinos. Para mí, Charlottenburg son los partidos de fútbol jugados los domingos al fondo del parque del Palacio. No es que me sumara muchas veces a la convocatoria, pero el frío pasado en invierno, con la nieve no derretida del todo entre la hierba, congela bastante el recuerdo en alguien que no es demasiado aficionado al deporte. Los compañeros de desgracia, que ciertamente se lo pasaban mejor que yo, eran los condiscípulos de un amigo mío, estudiantes todos de la Technische Universität Berlin (TUB). El grupo era especialmente bromista y entre las recurrentes risas estaba el recuerdo de la jugada gastada a una atractiva joven polaca que había llegado para hacer estudios de posgrado. A la muchacha le convencieron de que el mejor lugar para pasear por la noche en Berlín era el último tramo de la 17 de Junio. La primera vez que salió a dar una vuelta por allí se sorprendió de ver a otras chicas del este de Europa que también bordeaban la avenida y acabó por comprender la encerrona tan pronto como un coche paró a su lado.
Pero esas escenas sólo ocurren por la noche y la entrada histórica a Charlottenburg no deja de tener su excelencia. Cuando se deja atrás el Tiergarten, antes de cruzar el canal se encuentra la Charlottenburger Tor (1). En realidad es una puerta ficticia, pues aquí nunca hubo muralla, y además sólo data de 1908. La puerta muestra las figuras de Federico I y su esposa Sofía Carlota sosteniendo una maqueta del Schloss
Charlottenburg, el palacio que ambos patrocinaron. Sofía Carlota había elegido el asentamiento de Lützow, a cinco kilómetros del Palacio Real de Berlín y a mitad de camino entre esta ciudad y la de Spandau, para hacerse construir unas dependencias palaciegas destinadas al asueto estival. Aunque de alguna manera extemporánea, la puerta se ubica en una posición correcta, porque ahí se entra en el antiguo término municipal de lo que hasta 1920 fue una población independiente, y marca el punto por el que ya doscientos años antes pasaban los carruajes de los monarcas y de sus cortesanos que desde Berlín se dirigían a sus residencias de verano.
El camino que a través del Tiergarten conduce al Palacio de Charlottenburg sufre un giro en lo que desde 1953 se llama Ernst-Reuter-Platz (2). Ese acodamiento siempre se había conocido como “la rodilla” de Berlín, pero ya a finales del XIX había perdido su configuración originaria. “Su redondez es hoy en día carente de atractivos”, lamentó Fontane, y un cuarto de siglo después Hessel abundaría en lo mismo: “su forma desaparece en el gran batiburrillo de automóviles y tranvías que cruzan por la intersección de varias calles”. Después de 1945 se procedería a una nueva urbanización de la plaza, envuelta por el campus de la TUB, una de las tres universidades berlinesas, junto con la Humboldt y la Freie. Aunque la Universidad Técnica fue fundada en 1879, la mayoría de sus instalaciones son altos y funcionales edificios. Los amplios espacios abiertos y los grandes volúmenes de los alrededores de la Ernst-Reuter-Platz fueron toda una declaración ideológica sobre la modernidad que pretendía Berlín-Oeste. Si hasta entonces la mayor parte del tráfico derivaba hacia el Palacio de Charlottenburg, por la también rebautizada Otto-Suhr-Allee, pronto la Bismarckstraße se convirtió en la continuación natural de la 17 de Junio.
Pugna operística
En la Bismarckstraße está la Deutsche Oper (3). La división de Berlín consagró la existencia de una gran coso lírico a cada lado del Muro: esta Ópera Alemana y la Ópera Estatal de Unter den Linden. La rivalidad entre los dos Berlines llevó a que cada cual potenciara su teatro operístico, pero el nacimiento de la
Deutsche Oper no es una respuesta de la República Federal a la entonces República Democrática, sino fruto de la expansión de la metrópoli a comienzos del siglo XX. El desarrollo del oeste de Berlín permitió la construcción en 1912 de la Ópera Alemana. Del teatro original se conserva el edificio de servicios; el resto es una construcción funcional de 1961, del arquitecto Fritz Bornemann. Concebida desde sus orígenes como una ópera moderna, que debía contrarrestar el excesivo peso de la tradición en las representaciones de la Staatsoper, la Deutsche Oper ha mantenido siempre un interés por la innovación y la vanguardia, aún en los repertorios más clásicos.
La pugna entre los esos dos cosos, curiosamente, ha sido en realidad más enconada desde que desapareció el Muro, pues un único presupuesto debe repartirse entre las distintas instituciones culturales, muchas de ellas duplicadas. Los planes del Senado berlinés para la fusión de ambas óperas encontraron en el momento de ser anunciados a dos directores musicales dispuestos a batirse por la independencia de sus teatros. La fuerte pesonalidad de Christian Thielemann (Deutsche Oper) y Daniel Barenboim (Staatsoper) hizo que alrededor de ellos se galvanizaran los defensores de cada una de las dos sedes. Thielemann, a quien se le denomina el joven Karajan, atraía las simpatías de quienes por fin veían a un talentoso director alemán después del claro predomino de directores extranjeros, de manera que la confrontación adquirió en algunos un tinte ligeramente xenófobo: el teutón Thielemann frente al judío Barenboim. Thielemann finalmente arrojó la toalla.
Junto a la entrada de la estación de metro de la Deutsche Oper un bajorrelieve indica el lugar en que el estudiante Benno Ohnesorg cayó herido de muerte por los disparos de un policía durante la manifestación de 1967 contra la visita del Sha de Persia. El hecho radicalizó las protestas de los movimientos alternativos, que entraron en una espiral de lucha directa contra las fuerzas del orden y representantes del establishment de Berlín-Oeste, especialmente contra el grupo de prensa Springer.
La cultura del FKK y del Rathauskeller
Por detrás de la Deutsche Oper, en la Krummestraße, se halla una piscina municipal digna de ser disfrutada si el visitante pasa suficiente tiempo en la ciudad. En Berlín existe una larga tradición de baños públicos y esta piscina, construida en 1899 en estilo neorománico, es una de las más bellas tanto por su exterior como por sus interiores. Para bañarse no hace falta acreditar nada y basta con pagar una barata entrada. Conviene cerciorarse, en todo caso, de que en el horario elegido no figuran las siglas FKK, que corresponden a Freikörperkultur, la cultura del nudismo. La FKK tiene vieja raigambre entre los alemanes, que sin mucho reparo se desnudan en parques y lagos para tomar el sol o bañarse, sin que ningún letrero suela prevenir acerca de esta práctica.
Por la Krummerstraße se llega a la Otto-Suhr-Allee y se da con el Charlottenburger Rathaus (4). La grandiosidad de este Ayuntamiento, de los primeros años del siglo XX, tiene que ver con las ínfulas de un municipio que en esa época era uno de los más ricos de Alemania. Ello gracias a la nobleza que antiguamente se había instalado en las cercanías del Palacio de Charlottenburg y sobre todo a la burguesía que luego llegó de las residencias del Tiergarten. La torre de 89 metros se divisa desde cualquier otra altura de la ciudad y expresa un orgullo local que pronto se demostraría vano, pues en 1920 Charlottenburg pasó a formar parte de Berlín, por más que el aspecto medieval del Ayuntamiento y sus figuras alegóricas intentaran reivindicar su tradición independiente. El alcalde de entonces había propuesto que en lugar de sumarse el municipio al Gran Berlín fuera Berlín quien se integrara en el Gran Charlottenburg. Como en muchos otros ayuntamientos de Alemania, en los bajos de éste existe un Rathauskeller, una cantina abierta al público que viene a remarcar el carácter comunitario de la institución. Es recomendable parar allí para comer si se desea un entorno y un almuerzo teutónicos.
Pabellones gemelos
Llegados al Palacio, antes de atravesar su verja echemos siquiera un vistazo a los dos pabellones casi gemelos que hay enfrente, en el comienzo de la Schloßstraße, una avenida en tiempos bordeada de mansiones. Construidos a mediados del siglo XIX por Friedrich August Stüler como cuarteles de los oficiales de la guardia real, ambos palacetes han venido siendo utilizados como museos. El oriental, en el que estuvo el busto de Nefertiti durante su “exilio” en el Berlin dividido, acoge la colección Sharf-Gestenberg, con obras del romanticismo francés al surrealismo; a éstas siguen los clásicos de la modernidad de la impresionante colección Berggruen (5), en el edificio occidental. Heinz Berggruen donó los cuadros a su ciudad natal cuando regresó al Berlín reunificado después de toda una vida en Estados Unidos y París. Marchó con lo puesto de la capital alemana con el ascenso del nazismo y su actividad de marchante le llevó a reunir una importante colección de clásicos de la modernidad, con un buen grupo de obras de Picasso, Klee, Cézanne y Giacometti. Personalmente, como catalán, la figura del anciano Berggruen me resultó muy entrañable cuando un domingo por la tarde me lo encontré al frente de la máquina registradora de la tienda del museo, cuidando del negocio.
Esa tarde resultó realmente provechosa, pues además de poder hablar durante un rato con el coleccionista –lástima que no se prestara a grabar una entrevista–, descubrí el Bröhan-Museum, ubicado en el edificio de al lado. Este pequeño museo, dedicado a las artes decorativas, suele estar poco destacado en las guías, pero sus piezas en Jugendstil, término germánico para designar al modernismo, y Art déco son de gran interés para los seducidos por esas corrientes.
El Versalles berlinés

El Schloss Charlottenburg (6) es la única residencia real que pervive en Berlín. Para encontrar otros palacios de los Hohenzollern hay que ir a Potsdam. Berlín-Este no quiso salvar el Berliner Schloss ni se planteó recuperar el derruido palacete barroco de Monbijou. En cambio, Berlín-Oeste se embarcó en la restauración del Palacio de Charlottenburg, lo que le permitía entroncar con el antiguo legado de una ciudad cuyo casco histórico había quedado al otro lado del Muro. Sus ornamentadas salas fueron utilizadas para exposiciones desde el fin de la monarquía y forman parte del conjunto museístico de este enclave de Berlín. Ideado siguiendo el modelo de Versalles, el Palacio cuenta en su parte posterior con el único jardín francés de la ciudad. Los setos de arbustos y flores terminan sus perfectos dibujos en una escalinata que se introduce en el lago del parque. Más allá se extienden varias hectáreas de jardín inglés.
En el patio de entrada al Palacio se yergue la estatua ecuestre del Gran Elector. Como ya se ha explicado, originalmente la escultura estuvo sobre un puente adyacente al Berliner Schloss. Fue removida de allí en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y trasladada en barcaza a esta parte del Spree, en cuyos fondos descansó durante dos años tras hundirse accidentalmente. Federico Guillermo fue príncipe elector de Brandemburgo desde 1640. En 1660, concluida la guerra de los Treinta Años, se separó de la corona polaca, a la que temporalmente había pertenecido la demarcación, y sentó las bases para la expansión territorial que conformaría Prusia. Manifestación del creciente poder de este Estado fue la construcción del Schloss Lietzenburg, que el hijo del Gran Elector dedicó a su esposa Sofía Carlota poco antes de autocoronarse como rey en 1701. Cuando prematuramente murió la reina, el Palacio tomó su nombre. La obra de Arnold Nering –el cuerpo central, con su elegante cúpula barroca–, fue ampliada luego por los principales arquitectos de sucesivos monarcas. De Langhans es el extremo oeste, antiguo teatro de la corte, así como el alejado pabellón del Belvedere; a Von Knobelsdorff se debe el ala este. El entorno también tiene la mano de Schinkel, que compuso el delicado Neuer Pavillon, y la de Rauch, con sus típicos angelotes-Victoria.

Musas para Leibniz y Chateaubriand
El parque acogió los paseos de Sofía Carlota, una reina instruida, y Gottfried Wilhelm Leibniz, quien en 1700 llegó a Berlín para fundar y ser el primer presidente de la Academia de las Ciencias. Sus cultos diálogos sentaron las bases para la Teodicea (1710), tratado fundamental de Leibniz. “No crea que prefiero todo el esplendor y esta corona, por la que se hace tanto ruido, al placer que me dispensan nuestras conversaciones filosóficas en Lietzenburg”, escribió la reina al pensador. Después de ella, pocos Hohenzollern residieron en el Palacio de manera habitual. El lugar gustó a Federico Guillermo III y a su esposa, la reina Luisa; también a su hijo Federico Guillermo IV, el último en reinar parcialmente desde Charlottenburg.
Si bien Sofía Carlota da nombre al Palacio, es la figura de Luisa la que se adueña del lugar. Luisa tiene su isla en el Tiergarten, que ya hemos visto, y ahora encontramos su mausoleo en medio del parque de
Charlottenburg. Es la única reina por la que viejas generaciones de berlineses han lanzado algún suspiro, la única sobre cuya tumba algún trasnochado admirador deposita flores frescas muy de tarde en tarde. El Mausoleum fue levantado en 1810 para acoger los restos de la amada esposa de Federico Guillermo III. Su belleza y su temprana muerte la elevaron a musa que inspiraría a artistas y poetas: Rauch modelaría un sarcófago que es considerado como una de las obras maestras de la escultura alemana del siglo XIX, y el romántico francés François-René de Chateaubriand escribiría su sentido poema Charlottenbourg ou le tombeau de la reine de Prusse (1821). Tras la muerte del rey en 1840, el templete resultó agrandado por Schinkel para dar cabida también al sepulcro del monarca, igualmente esculpido por Rauch. Como tributo a esas historias de amor que tanto gustan a los pueblos, las estatuas de ambos se miran en la Luiseninsel del Tiergarten y casi se dan la mano eternamente en el mausoleo de este Schlosspark. Una final ampliación se llevó a cabo en 1890 para incluir las tumbas del Káiser Guillermo I y de su esposa Augusta. Los restos de los cuatro guardan un más que tranquilo reposo en este norte del barrio de Charlottenburg, que poco tiene que ver con la vitalidad su parte meridional, surcada por la Kurfürstendamm.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Schloss Charlotenburg / Charlottenburg Tor (Axel Mauruszat) / Deutsche Oper / Charlottenburger Rathaus (Andreas Praefcke) / Parte posterior del Schloss Charlottenburg / Mapa Google / Retrato de la reina Luisa, de Joseph M. Grassi, 1802 / Mausoleum (Manfred Brückels)]

El Tiergartenviertel (Barrio del Tiergarten), al sur del gran parque central de Berlín, ha tenido siempre un uso distinguido. La Tiergartenstraße es hoy una sucesión de representaciones diplomáticas, como en su día lo fue de mansiones de las clases adineradas. Éstas fueron desplazándose hacia el oeste a medida que crecía la ciudad: de los palacetes intramuros, las familias pudientes pasaron a colonizar la ribera inferior del parque, para luego plantar sus ricas villas en Charlottenburg y Wilmersdorf, huyendo de los apretujones de la multitud que giraba alrededor de la Potsdamer Platz. En este elegante Tiergarteviertel Hitler hizo espacio a las embajadas de las potencias del Eje. La de Italia se terminó en los primeros años de la guerra y aún hubo tiempo para que en ella se hospedara el conde Ciano y ofreciera alguna recepción. Las dimensiones de esta legación de líneas y colores romanos responden a la especial vinculación entre la Alemania hitleriana y la Italia de Mussolini. A poca distancia hay una reconstrucción de la antigua Embajada de Japón, utilizada como centro cultural germano-nipón. También el industrial Krupp levantó entonces en este rincón privilegiado del nazismo la casa central de su empresa en Berlín y la residencia familiar. El edificio se salvó de los bombardeos porque los aliados suponían que guardaba planos de armas secretas, que esperaban recuperar cuando llegara la victoria. Poco antes de finalizar la guerra, los Krupp regalaron las instalaciones al Papa y la bandera del Vaticano ondeó cuando los soviéticos entraron en la ciudad. En la actualidad es el Canisius-Kolleg, colegio de los jesuitas.
Favorecida del mismo modo por el nazismo fue España, a la que en una permuta se le facilitó el terreno sobre el que se levanta su Embajada. Es la última en la sucesión de legaciones de un área igualmente conocida como Diplomatenviertel (Barrio de Diplomáticos), donde se concentran un buen número de representaciones nacionales. Toda ellas, al margen de las tres históricas ya mencionadas, exhiben modernas tarjetas de presentación arquitectónicas: Austria, India, Sudáfrica, Turquía, países nórdicos (aglutinados en un mismo recinto), México, Luxemburgo, Emiratos Árabes, Estonia, Grecia, Egipto...
La Embajada de España (1), situada al final de la línea recta que marca la Tiergartenstraße y dibuja después la Thomas-Dehler-Straße, está incrustada como una cuña dentro del Tiergarten, a las puertas del popular Café am Neuen See. Fue construida entre 1938 y 1943 y sobre su pórtico principal mantuvo, hasta la obras de renovación realizadas tras la capitalidad recobrada de Berlín, el águila imperial del escudo
franquista. Hacerlo desaparecer de la piedra donde estaba esculpido resultó especialmente costoso, pero los titulares de la prensa española apremiaban. El águila ya había volado cuando celebramos la Richtenfest, la fiesta que se lleva a cabo en toda construcción en Alemania cuando se cubren aguas de un edificio. Los albañiles ocupados del tejado, toda una especialidad en Alemania y un notorio gremio que cuida sus tradiciones, se subieron a un andamio vestidos con sus petos de trabajo y comenzaron a recitar, entre trago y trago, sus versos de rigor. Pero no pudieron concluir su recitación, porque el embajador les había proporcionado orujo español, que ellos imaginaban algo más ligero. Aunque también hay aguardiantes alemanes (Schnaps) bastante peleones, los albañiles no se esperaban la contundencia del licor.
Cambio de destino
El Tiergartenviertel está ceñido por debajo por el Landwehrkanal. Para mí estas orillas del canal, a las puertas del Archivo de la Bauhaus, tienen un carácter digamos que vocacional. Paseando una noche por ellas, el entonces corresponsal de mi periódico me desveló que se encontraba a punto de dejar Berlín y me animó a procurar la plaza. Yo había acudido a la ciudad sólo por unos días, invitado por la fundación de la Unión Cristiano Demócrata, la Konrad Adenauer Stiftung (la CDU tiene su sede en este rincón y su fundación está en las inmediaciones), precisamente como preparación de un deseado futuro salto a Berlín, pero no contaba con un cambio profesional tan inmediato. En dos semanas el nombramiento estaba decidido. Años después, mi destino volvió a dar un cambio repentino cuando, también junto a la Bauhaus, recibí una llamada del director del periódico ofreciendo otro atractivo puesto.
Entré entonces en el Bauhaus-Archiv (2) y, aunque ya lo conocía, hice una nueva visita a conciencia, con sabor de despedida. Este movimiento de artes constructivas nació en 1919 en Weimar impulsado por
Walter Gropius; en su escuela, trasladada en 1925 a Dessau, participaron Mies van der Rohe, Paul Klee, Wassily Kandinsky y Lászlö Moholy-Nagy, entre otros destacados artistas y arquitectos. Ante las presiones nazis en provincias, la Bauhaus intentó en 1932 continuar su actividad en Berlín, pero fue cerrada un año después cuando se produjo el ascenso de Hitler al poder. Para guardar el archivo se construyó a finales de la década de 1970 este edificio, obra de Alexander Cvijanovic. En la tienda del museo pueden adquirirse algunos de los más clásicos diseños de la Bauhaus. Es lo que yo hice con ánimo de comenzar a acumular todo aquello que deseaba llevarme de Berlín.
Una de las pocas villas que han quedado del antiguo barrio residencial es la que se hizo levantar en 1861 el ministro prusiano August von der Heydt. Conlindante con la Bauhaus, esta mansión neoclásica es la residencia del presidente de la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, poderosa entidad a la que pertenecen la mayor parte de los bienes culturales de Berlín.
Operación Valquiria

Siguiendo hacia el este por el canal se llega al Bendlerblock (3), sede del Ministerio de Defensa. Nada más apropiado para la democrática Alemania, necesitada de una legitimación para su Ejército, que situar ese Ministerio en lo que fue el centro desde el que se dirigió el golpe contra el Führer del 20 de julio de 1944. Esa conspiración ha salvado muchos honores –unas veces con justicia, otras no tanto- y también ha redimido un edificio en el que, nada más llegar a canciller, Hitler reunió al generalato para anunciar la “conquista de nuevo espacio vital en el oeste y su germanización sin contemplaciones”. El complejo militar se creó en 1911 con acceso desde la entonces Bendlerstraße (hoy Stauffenbergstraße); luego se amplió
hasta el Landwehrkanal. Sede del alto mando del Ejército y de la Marina, en sus oficinas fue gestándose alrededor de algunos oficiales un plan opositor al régimen nazi. El de mayor graduación era el general Ludwig Beck, que en 1938 había dimitido como jefe del Estado Mayor del Ejército ante los planes belicistas de Hitler. Otros mandos implicados eran el general Friedrich Olbricht y Claus von Stauffenberg. Junto a la trama militar fueron convergiendo en el complot diversos círculos civiles, como el liderado por el dimitido alcalde de Leipzig, Carl Friedrich Goerdeler, quien debía convertirse en el nuevo canciller, y el organizado por el conde Von Moltke.
A las siete de la mañana del 20 de julio de 1944, Stauffenberg partió de Berlín en avión para trasladarse a la “guarida del lobo”, el puesto de mando de Hitler en Prusia oriental. Su presencia allí estaba justificada, pues acudía como enlace del Estado Mayor. Después de atravesar los diversos cercos de seguridad, el oficial entró en las instalaciones y preparó los explosivos, aunque sólo consiguió activar una de las dos cargas previstas. A las 12.37 horas penetró en la sala de conferencias, donde Hitler departía de pie con otras veintitrés personas alrededor de una gran mesa sobre la que se habían extendido mapas. Stauffenberg depositó un maletín con la bomba junto al Führer e inmediatamente abandonó la sala. Al atravesar de nuevo las guardias, a las 12.50 escuchó detrás de sí la detonación y regresó a Berlín convencido de que el régimen había quedado decapitado. Stauffenberg no sabía que después de haber colocado el maletín, un ayudante de Hitler lo había apartado porque molestaba, de forma que cuando explotó murieron cuatro personas pero el Führer sólo quedó herido en un brazo. La mala fortuna hizo que fuera el coronel Heinz Brandt, quien aunque no se encontraba entre los conspiradores simpatizaba con ellos, el que moviera de sitio el explosivo y acabara entre los muertos en el atentado.
A las 15.50 el general Olbricht, aprovechando sus responsabilidades oficiales, puso en marcha en Berlín la Operación Valquiria, un plan de emergencia previsto en el Tercer Reich en caso de desórdenes interiores y que los conspiradores utilizaron con la excusa de prevenir una posible revuelta ante la noticia del atentado. Pero la demora en la aplicación del plan por la falta de confirmación de la muerte del dictador y la rápida
actuación de Goebbels, en comunicación con Hitler, determinó el fracaso de la tentativa. A las 17.00 Goebbels anunció en la radio que el Führer había sobrevivido; dos horas después las escasas tropas salidas a la calle ya habían sido neutralizadas. A las 22.30 los protagonistas del golpe fueron detenidos en el Bendlerblock. Beck se suicidó en su despacho, mientras que Olbricht, Stauffenberg y los también oficiales Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim y Werner von Haeften acabaron fusilados en el patio de entrada tras aplicárseles sobre la marcha un juicio sumarísimo. Fue un dramático final para un frenético día, relatado en la película Valquiria (2008), con Tom Cruise como Stauffenberg, que pudo haber cambiado la historia. Sus cuerpos fueron enterrados por unas horas en el cementerio de la Monumentenstraße; luegon resultaron exhumados y quemados en un lugar desconocido, donde se esparcieron las cenizas.
¿Liberación o derrota?
El patio del Bendlerblock se convirtió en 1952 en Memorial de la Resitencia Alemana, aunque entonces parte de la población de la RFA seguía considerando interiormente como traidores a quienes habían roto su juramento de sumisión a la autoridad. La educación de las nuevas generaciones y el discurso público han forzado el cambio de esa mentalidad, pero con motivo de la ofrenda floral que anualmente se realiza ante la escultura de Richard Scheibe –un hombre con las manos atadas– siempre aparecen voces que cuestionan la glorificación de Stauffenberg y sus colaboradores. Es el eterno debate en el que se incluyen temas como el grado de honestidad de la Wehrmacht o la catalogación del fin de la guerra (¿liberación de la tiranía o derrota?).

Aunque sólo sea para revivir aquellas horas dramáticas del 20 de julio de 1944 conviene entrar en el patio del Bendleblock. Los interesados en la historia del Tercer Reich tampoco deben perderse la exposición “Resistencia contra el Nacionalsocialismo”, habilitada en varias dependencias del edificio, entre ellas los despachos utilizados por los militares conjurados. La muestra está concebida como un completo centro de documentación sobre todos los círculos y personas que se opusieron al nazismo, desde las actividades clandestinas del grupo estudiantil muniqués Weiße Rose y del comunista Rote Kapelle, a las posiciones públicas de personalidades católicas y protestantes, como el cardenal Von Galen y el pastor Dietrich Bonhoefer. También recoge se ocupa de las miles de víctimas de las redadas y ajusticiamientos que siguieron al golpe del 20 de julio. Su cifra sigue siendo objeto de controversia, pero según fuentes oficiales nazis, los arrestados inmeditamente después del golpe llegaron a siete mil y en los meses que siguieron hasta la caída del régimen fueron ejecutadas unas once mil personas que se vieron relacionadas con la conspiración, aunque de ellas sólo aproximadamente doscientas habían estado implicadas directamente.
En el paseo por el Landwehrkanal se impone una última parada antes de llegar al Kulturforum. La Shell-Haus es uno de los monumentos arquitectónicos del Berlín de entreguerras. El zigzagueante bloque de oficinas, cuya altura asciende progresivamente de cinco a diez plantas, fue diseñado por Emil Fahrenkamp y construido en 1931 mediante una estructura de acero, algo innovador en esa época.
Foro para la cultura
El Kulturforum, al igual que la vecina Potsdamer Platz, es otra gran área del centro devastado de la ciudad que fue urbanizada en bloque, aunque con un intervalo de construcción de más de veinte años. Lo que fue un denso conglomerado de viviendas alrededor de la Matthäikirche, aparece como una espaciosa oferta de equipamentos culturales. El proyecto de Foro de la Cultura fue elaborado tras la guerra por el arquitecto Hans Scharoun con el fin de completar un corredor que uniera los templos culturales de Unten der Linden, en el este, y los museos de Charlottenburg, en el oeste. Sin embargo, la partición definitiva de la ciudad con la construcción del Muro impregnó el Kulturforum de un afán de rivalidad respecto a la Isla de los Museos y su entorno.

Del propio Scharoun y su colaborador Edgar Wisniewski son la Philharmonie (4) y la Staatsbibliothek (5), comenzadas a construir en 1960 y 1967, respectivamente. La Filarmónica, que sustituía a la de menores proporciones que había existido en la Bernburger Straße, supuso un hito en la arquitectura de posguerra y aportaba la innovación de situar el escenario en medio de un aforo distribuido en terrazas de fracturados niveles. Famosa por su buena acústica, la dirección de Herbert von Karajan la encumbró entre las primeras salas de conciertos del mundo. Junto al irregular volumen de la Filarmónica se agrupan la Sala de Música de Cámara y el Museo de Instrumentos Musicales. Por su parte la Stabi, como los berlineses occidentales han llamado a la Staatsbibliothek, ha unificado sus fondos con la Biblioteca Estatal del Este, formando una de las colecciones más extensas de libros y manuscritos del mundo.
Otra singularidad arquitectónica del Kulturforum es la Neue Nationalgalerie (6), de Ludwig Mies van der Rohe, en la que se expone una importante colección de arte del siglo XX. Se trata de un pabellón con una gran cubierta cuadrada de acero, sostenida sólo por ocho columnas exteriores y cerrada por paredes de cristal. Desde esta plataforma se desciende a un piso inferior dedicado a exposiciones. Se terminó de construir en 1968 y es una de las últimas grandes realizaciones del conocido arquitecto: la ciudad no quiso que quien tuvo que dejar de dirigir la Bauhaus en 1933 muriera sin establecer una obra mayor en Berlín. En las salas de la Nueva Galería Nacional cuelgan cuadros de los principales artistas de la modernidad clásica, desde Eduard Munch y Oskar Kokoschka hasta Giorgio de Chirico y Salvador Dalí, pasando por una amplia representación de las escuelas alemanas (Ernst Ludwig Kirchner, Karl Schmidt-Rottluff, Otto Dix y George Grosz, entre otros). El Kulturforum, articulado alrededor de la Iglesia de San Mateo, obra de Friedrich August Stüler de mediados del XIX, comprende también la excelente Gemäldegalerie (6), con pinturas europeas de la Edad Media hasta el siglo XVIII, el Museo de Artes Aplicadas, el Gabinete de Grabados y la Biblioteca de Arte.

Aktion T4
A la hora de dejar el Kulturforum hay que situarse frente a la puerta de entrada de la Philharmonie. No es un lugar más de la cultura, sino de la barbarie. Sobre la acera de la Tiergartenstraße una placa y una instalación del artista Eduard Serra hacen memoria de las doscientas mil víctimas a las que el Tercer Reich aplicó la eutanasia. “En este lugar, en la Tiergartenstraße 4, se organizó desde 1940 el primer asesinato en masa nacionalsocialista, denominado según esta dirección: Aktion T4”, dice la inscripción. Primero fue una ley para la forzada esterilización de sordos, mudos, esquizofrénicos, epilépticos, sifilíticos y otros supuestos portadores de enfermedades hereditarias, que afectó a unas cuatrocientas mil personas. Luego llegó la orden de aniquilar, en razón de la eugenesia y la higiene racial, aquellas existencias humanas juzgadas como inferiores e improductivas, desde quienes padecían de minusvalías físicas y psíquicas a quienes simplemente llevaban en la cárcel más de cinco años. Inicialmente, los “enfermos” eran introducidos en autobuses cuyos tubos de escape se habían desviado hacia el interior de la cabina; luego se desarrolló la cámara de gas en presuntos sanatorios. Esta Aktion T4 la llevaron a cabo cuatrocientos funcionarios desde una elegante villa, de aquellas que hacían apacible la vida en este Tiergartenviertel y preconizaban la elegante vida que con el tiempo se había extendido por los barrios de Charlottenburg y Wilmersdorf.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Embajada española y escudo de su fachada (Sargoth) / Bauhaus-Archiv / Portada de Spiegel, escultura en el patio del Bendlerblock y corona de flores / Fachada del Bendlerblock en el Landwehrkanal (J. Cornelius) / Patio del Bendlerblock a la mañana siguiente del fracasado golpe (Bundesarchiv) / Entrada al patio del Bendlerblock (Michael Klemm) / Philharmonie y Kammermusiksaal (De-okin) y Neue National Gallerie / Mapa Google]

Berlín tiene algo de indómito; no tanto por rebeldía como por un congénito desinterés en domesticar cada palmo cuadrado de su territorio. Otras ciudades alemanas ordenan hasta los más pequeños elementos de su paisaje urbano. En ellas todo está en su sitio: no hay zona verde que no esté convenientemente cuidada, ni camino que regularmente no se repare, incluso el carril-bici tiene un pavimento de otro color para que todo se inserte en el conjunto armónico que tanto place a los centroeuropeos. Podría pensarse que Berlín debiera ser el máximo exponente de ese orden, pero es que Berlín ha sido siempre la menos prusiana de las ciudades de la antigua Prusia. Los casi novecientos kilómetros cuadrados de la capital, que incluyen bosques y lagos, suponen un vasto territorio y facilitan esa desidia frente a querer encajonarlo todo en una cuidada y racional disposición. Pero incluso los distritos céntricos de Berlín ofrecen el aspecto de dejadez tan peculiar de la urbe. Y un claro ejemplo de ello es el Tiergarten, más agreste y menos pulido que los parques centrales de otras grandes capitales. “El berlinés no ha conseguido implantar en su parque cierto lujo y bienestar. ¡Qué hubiera hecho París con lugares tan bien situados!”, se quejaba Hessel. Su lamento, sin embargo, no podía ocultar la satisfacción de que el Tiergarten hubiera sido, en su silvestre descuido, el lugar perfecto para sus aventuras de infancia. También el escritor Walter Benjamin, en sus relatos sobre Berlín radiados en 1929-1930 para un público infantil, evocaba la fantasía desplegada en el Tiergarten por anteriores generaciones de niños, que se habían dedicado a construir cabañas para ambientar sus juegos. “Tan lejos como puede alcanzar mi memoria, me veo en verano en el verde del Tiergarten (...) Ha quedado como el más bonito lugar de juegos de mis más lejanos y aún posteriores recuerdos”, confesaba Benjamin.
El Tiergarten (Jardín de Animales) nació como lugar de caza y esparcimiento de la realeza. La extensión había pertenecido a la comunidad de Cölln, que en 1527 se la regaló al príncipe elector Joaquín el Joven. En esa época el bosque llegaba hasta lo que después fue el Gendarmenmarkt, aunque ya en el siglo XVII quedó delimitado prácticamente a su actual perímetro: aproximadamente tres kilómetros de largo por uno de ancho, que suponen una superficie de 225 hectáreas. Su definitiva transformación vino entre 1832 y 1839 de la mano de Peter Joseph Lenné, que convirtió el coto en parque de estilo inglés abierto al público. En su extremo nororiental, lo que había sido un campo de ejercicios militares se urbanizó en 1865 como Königsplatz, donde poco después se construiría el Reichstag. La vida natural del Tiergarten sufrió enormemente durante la Segunda Guerra Mundial, y sólo unos setecientos árboles de una masa forestal de doscientos mil se mantuvieron con vida. Pero aún habría de venir el primer invierno de posguerra, cuando para calentarse en sus casas, sin suministros de carbón, los berlineses esquilmaron lo que quedaba de parque.
La Parada del Amor...
Para abarcar con la mirada el Tiergarten habría que ser un ángel y sentarse sobre el hombro de la dorada Victoria (o también Borussia, alegórica figura de Prusia), la diosa alada que corona la Siegessäule (1)(Columna de la Victoria), como ocurre en la película El cielo sobre Berlín. Los que sólo somos humanos tenemos que conformarnos con quedarnos un poco más abajo: después de ascender 285 escalones por el interior de la Columna (también hay ascensor) se alcanza una plataforma situada a casi cincuenta metros de altura; la vista que ofrece tampoco está nada mal. A los pies de la estatua de ocho metros y
cuarenta toneladas esculpida por Friedrich Drake queda la alfombra verde del parque, dividida en dos por el grueso trazo de la avenida del 17 de Junio. Desde esa altura habría sido la mejor manera de seguir la Love Parade las veces que este desfile tecno ha congregado a más de un millón de jóvenes, apretujados a los lados de la avenida para dejar pasar al circuito de camiones con los distintos DJ’s y su música a un desorbitado volumen. Pero en esa habitual jornada de julio la Columna estaba cerrada y las veces que acudí a presenciar la Love Parade me tuve que quedar en el perímetro exterior de la plaza.
Pude estar al pie de la Siegesäule, en cambio, la última noche de 1999, en la supuesta entrada al nuevo milenio. Mike Oldfield presentaba en directo su Millennium y un juego de chorros de luz, polémico por su similitud con los utilizados por Speer para las fiestas del partido nazi en Núremberg, convirtió la Columna de la Victoria en centro de la celebración. En todo aquello había un gran simbolismo; se expresaba el deseo de un nuevo siglo en el que quedara definitivamente enterrado el odio entre naciones vecinas. El monumento, en el que están incrustados cañones procedentes de la fundición del botín ganado al final de las guerras napoleónicas, se había erigido para conmemorar conjuntamente los triunfos prusianos sobre Dinamarca (1864), Austria (1866) y Francia (1871). Aún en 1938 Hitler había hecho añadir a los tres segmentos de la torre un cuarto (¿pensaba ya en una victoria, cuando aseguraba que ni siquiera desaba una nueva guerra?). La plasmación de todo ese triunfalismo había sido acogido por la irreverencia berlinesa con motes como “la chimenea de la victoria” o “la dorada Else, la mujer más respetable de Berlín porque no tiene amantes”. Pero el sarcasmo no menoscabó su propósito oficial y, como revancha, tras la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, la bandera francesa se izó sobre la Columna y las tropas de De Gaulle se llevaron a París, a título de trofeo, los bajorelieves de bronce de la base del monumento. Más difíciles de extraer, los franceses respetaron los mosaicos de Anton von Wermer, pintor del Káiser, que había decorado la baulastrada de columnas con pequeñas piezas de colores cantando las glorias militares prusinas. Sólo en 1986, como regalo por el 750 aniversario de la ciudad, todos los bajorelieves pudieron volver a su sitio.
... y paradas militares
La plaza en la que se encuentra la Siegessäule, la Großer Stern (Gran Estrella), tiene la forma dada por los nazis. En 1938, Speer ensanchó la rotonda, ampliándola de ochenta a doscientos metros de diámetro, y a su centro desplazó la Columna, hasta entonces situada en la explanada que hay frente al Reichstag. Igualmente tomó de allí el conjunto escultórico dedicado a Bismarck, obra de Reinhold Degas, y las estatuas de Von Moltke y Von Roon. De esa remodelación también datan los templetes laterales que dan acceso subterráneo al centro de la plaza. Lo de “grande” viene de que cerca había una Pequeña Estrella, en el cruce con la Bellevueallee, hoy desdibujada.
El tamaño de la Großer Stern y de la Siegessäule debía estar acorde con las proporciones y la perspectiva del nuevo eje este-oeste con el que Speer dotaba al Tercer Reich de una anhelada plataforma para las paradas militares. La avenida 17 de Junio (entonces Charlottenburger Chaussee) fue duplicada en anchura. La nueva calzada fue estrenada el 20 de enero de 1939, el quincuagésimo cumpleaños de Hitler, con una demostración de fuerza de la Wehrmacht en un desfile de cuatro horas. Para habilitar un paso adecuado a los tanques hubo que separar los pilares de la Charlottenburger Tor. Durante la guerra, fue necesario camuflar el trazo rectilíneo de la avenida con el fin de impedir que los bombarderos enemigos pudieran guiarse en sus incursiones. En los últimos días de la contienda, la gruesa recta sirvió para el forzado aterrizaje de aviones alemanes, que no tenían otra manera de abastecer el centro de Berlín. Con el fin de facilitar esa operación, se desmontaron las farolas laterales, diseñadas personalmente por Speer y que, restauradas, siguen hoy escoltando parte del paseo. Uno de esos arriesgados vuelos, auxiliados por unas luces instaladas en la Siegessäule, lo protagonizó el propio Speer, cuando en las últimas jornadas de la contienda acudió a despedirse del Führer, en una extraña entrevista que bien refleja la curiosa relación entre ambos.
“Señor Gorbachov, abra esa Puerta”
Para hacer una presentación ordenada del Tiergarten partamos de la Puerta de Brandemburgo. A pocos metros de distancia, en medio de la avenida 17 de Junio, se encuentra la escultura de El Voceador, instalada cuando la ciudad estaba divivida. La figura dirige sus voces hacia Berlín-Este, como intentando elevar su voz por encima del antiguo Muro. En su visita de 1963, John F. Kennedy se subió en este punto a un alto estrado para mirar al otro lado, aunque no vió más que una Puerta cuyas aberturas las autoridades comunistas taparon con enormes telas rojas. El democristiano Richard von Weizsäcker, que fue alcalde de Berlín y en 1984 se convirtió en presidente de la RFA, había escrito que “la cuestión alemana estará tanto tiempo abierta como cerrada esté la Brandenburger Tor”. Y a ello se refirió en 1987 Ronald Reagan desde este mismo sitio al proclamar su conocida frase: “Señor Gorbachov, abra esa Puerta”.
Algo más adelante se encuentra el Sowjetische Ehrenmal (2) (Memorial Soviético). Inaugurado en noviembre de 1945, fue el primero de este tipo en Berlín; más tarde se erigiría uno mayor en Treptow. El monumento recuerda a los 102.000 soldados del Ejército Rojo muertos en la batalla por la capital alemana, 2.500 de los cuales están enterrados en el campo que hay en la parte posterior del monumento. Para su construcción se utilizó granito de la Cancillería de Hitler. La instalación es una de las curiosidades de la Guerra Fría, pues se ubicó en sector británico y los soldados soviéticos que la custodiaban debían cruzar diariamente la frontera. Hasta 1990 hubo guardia soviética, en turnos de dos horas durante las cuales los soldados debían permanecer inmóviles, como la estatua de seis metros y medio que preside el conjunto. Por los acuerdos con la URSS que hicieron posible la reunificación, las autoridades alemanas se responsabilizan del cuidado del monumento, aunque poco pueden hacer por el envejecimiento de unos tanques, dos ejemplares de los T-34 que participaron en la batalla de Berlín, cada vez más anticuados.

Avenida de las muñecas
Moscú eligió ese lugar para el Sowjetische Ehrenmal por una cuestión de simbolismo. Justo enfrente, adentrándose en el Tiergarten, comenzaba la Siegesallee (Avenida de la Victoria). Guillermo II la había regalado en 1901 a sus “amados berlineses”. Éstos no se mostraron muy agradecidos y sin demasiado miramiento pronto comenzaron a llamarla “Puppenallee” (avenida de las muñecas). No era para menos: a lo largo del paseo se colocaron diecisiete grupos escultóricos de nobles y monarcas de Brandemburgo y Prusia, cada uno completado con un banco en semicírculo. Por más que fueron realizados por un escultor de la valía de Rheinhold Begas, su suntuoso gusto fue criticado por otros artistas del momento, como Max Liebermann, que acusó al Káiser de obligarle a llevar gafas oscuras el resto de su vida para no tener que ver tamaño espectáculo. En un cómic de la época se presentaba a dos hombres de provincias comentando: “¡Qué maravilloso es todo aquí. Hasta la cagada de pájaro está hecha de mármol”.
No menos sangriento sería Hessel: “No mires, por favor, a las balaustradas de mármol, bancos, saltos de agua y personalidades principescas que debemos a los arquitectos y maestros de obras guillerminos.
¡Considera este estridente blanco ante el encantador verde como un deslumbramiento y una agresión a los ojos”, aconsejaba a los lectores de Paseos por Berlín. Y añadía algo que tenía mucho de profético: “te prometemos que, con la ayuda de Dios, la próxima vez que vengas a Berlín se habrá quitado de en medio la malograda” exhibición de la “Puppenallee”. Y quitada de en medio está: la antigua Siegesallee es hoy un estrecho camino que no ofrece ningún vestigio de gloria imperial. Las estatuas que no fueron destruidas en la guerra se recogieron enun "lapidarium", donde en una ocasión me presenté para verlas. Dispuestas en dos filas, pasé revista entre ellas como había visto hacer a Guillermo II en un documental. Los berlineses hicieron bien en burlarse de aquello. Luego han sido restauradas y expuestas en la Zitadelle Spandau.
10 de marzo, primavera
Más entusiasmo popular despertaron otras estatuas aún hoy repartidas por el Tiergarten. Es el caso de la Amazona –“la primera berlinesa que mantiene su espalda con una ligera curvatura no encorsetada”,
destacaba un cronista-, cuyo original se encuentra en la Alte Nationalgalerie, y también de las esculturas de Wagner y Goethe. Pero probablemente las más queridas, porque eternizan un historia de amor, han sido siempre la de Federico Guillermo III y la de su esposa la reina Luisa. El rey, obra del mismo escultor que modeló la Victoria de la Siegessäule y que aquí reprodujo hasta los remiendos de las botas del ahorrador monarca, mira en dirección a su amada; ella le corresponde desde una diminuta isla que lleva su nombre, la Luiseninsel (3). La reina Luisa Augusta Guillermina Amalia fue siempre objeto de adoración entre el pueblo; inteligente y guapa, su temprana muerte en 1810 a los 34 años, después de haber alumbrado diez hijos, dio alas a la leyenda.
“Nosotros los berlineses –aseguraba Julius Rodenberg en 1885– datamos la primavera en el 10 de marzo, el cumpleaños de la reina Luisa, cuando su pequeña isla en el Tiergarten se cubre de flores y los dos monumentos, el de ella y el de su real esposo de enfrente, son descubiertos de su armazón de envoltura invernal de tablas. Entonces reluce por primera vez de nuevo el mármol blanquecino entre el germinante verde, y entonces comienza para nosotros la primavera, independientemente del calendario”. El entorno de la Luiseninsel, junto a la Tiergartenstraße, era el preferido de Walter Benjamin. Aquí “por primera vez, y para nunca más olvidarlo, adquirí el concepto, que sólo más tarde se expresó en palabra, del amor”, confesó el escritor en las memorias sobre su temprana edad en la capital, Infancia en Berlín hacia 1900.
In den Zelten
El lugar del Tiergarten más frecuentado, no obstante, ha sido tradicionalmente el que se encuentra alrededor de la Haus der Kulturen der Welt (4) (Casa de las Culturas del Mundo). Se trata de una zona que desde el siglo XVIII se había destinado a diversión. En 1745, Federico II autorizó a dos hugonotes franceses a que pusieran unas tiendas de campaña para la venta de refrigerios a los paseantes. Aunque luego los
establecimientos dejaron de ser de lona y se multiplicaron en tabernas y mesones, el emplazamiento siguió siendo conocido como In den Zelten (En las Tiendas). E.T.A. Hoffmann era parroquiano habitual del lugar, que estaba “repleto de hombres de todo tipo y condición”; en él sitúa las largas conversaciones de los tres camaradas de su obra Fragment aus dem Leben dreier Freunde [Fragmento de la vida de tres amigos] (1817). En 1844, Joseph Kroll abrió el establecimiento más grande, con diversos restaurantes y salas de baile y un amplio Biergarten con música al aire libre. “Hombres en elegante uniforme civil o militar, berlineses, gente de provincias, extranjeros y toda clase de mujeres, de diferentes edades y de distinta moral” se sentaban a las mesas, bajo los árboles del Tiergarten, según describió en esa época Alfred Kerr. A esas instalaciones se unió a final de siglo un gran teatro de ópera, que adquirió carácter propio cuando en 1926 Otto Klemperer se hizo cargo de la dirección musical. Klemperer convirtió la Kroll-Oper en lugar de referencia para la música contemporánea, apostando por obras de Paul Hindemith, Igor Strawinsky y Arnold Schönberg. La Kroll-Oper, con fachada a la hoy Platz der Republik, estaba enfrente del Reichstag y tras la quema de éste acogió sus menguadas y títeres sesiones. En 1957 fueron retiradas sus ruinas.
El atractivo entorno de In den Zelten había llevado a algunos distinguidos berlineses a trasladar allí su residencia, como Bettina von Arnim, cuyos salones acogieron reuniones de intelectuales a mediados del siglo XIX. Junto a los pequeñoburgueses, el pueblo llano acudía también al enclave. La revolución de 1848 se fraguó alrededor de los quioscos de música, utilizados como estrado desde los que discutir sobre libertad de prensa y expresión; de aquí partieron las masas para atravesar la Puerta de Brandemburgo y dirigirse al Palacio Real con el fin de plantear sus demandas. También los revolucionarios de noviembre de 1918 recibieron aquí la consigna de comenzar el levantamiento. De todo este pasado no quedan más que algunos topónimos, como el de Bettina von Arnim. Con él se bautizó la apacible orilla del Spree que va por detrás de la Casa de las Culturas del Mundo y que sigue atrayendo a los paseantes, sobre todo en las tardes de verano. En esa orilla, cerca de la valla de la Cancillería, una placa indica que allí estuvo el Instituto de Sexología creado por Magnus Hirschfeld en 1919. Como judío, Hirschfeld tuvo que huir de Alemania después de que las SA destrozaran el centro en 1932.
Podría decirse que la forma de la Haus der Kulturen der Welt recuerda a las tiendas de campaña originarias, aunque los berlineses optaron por apodar el edificio como la “ostra embarazada”. Sufragado por los norteamericanos, se construyó en 1957 como palacio de congresos, en el marco del concurso internacional de arquitectura Interbau. El arriesgado diseño de Hugh Stubbins no encontró soluciones de ingeniería adecuadas, y tuvo que clausurarse en 1980 después de que una parte del techo cayera y enterrara a un periodista. Con un nuevo palacio de congresos en el distrito de Charlottenburg, el edificio se reabrió poco después como un espacio para el intercambio artístico con manifestaciones culturales de fuera de Europa. Frente a la entrada, en uno de los dos amplios estanques, reposa la escultura Gran Mariposa de Henry Moore.
Acampada turca frente a la Presidencia federal
Desde ahí se oye perfectamente el gran Carillón (5) que en el 750 aniversario de Berlín fue plantado en el comienzo de la John-Foster-Dullas-Allee. Compuesto por 68 campanas de diferente tamaño, colocadas en lo alto de una torreta negra de granito, el carillón ofrece un breve concierto determinados días de la semana. Cuando sopla el viento, el sonido se expande por las proximidades y no es extraño que en ocasiones la melódica música quede como lejano trasfondo en las cintas que graban las ruedas de prensa en la vecina Cancillería.
Cuando los domingos soleados se circula por la John-Foster-Dullas-Allee en dirección a la Großer Stern, en el Tiergarten se observa un particular espectáculo. Una multitud de familias turcas se distribuye por el parque, entre las columnas de humo de sus barbacoas y las mantas que extienden sobre la hierba para organizar la comida y la larga sobremesa que se prolonga hasta la caída del sol. Esa presencia no hace más que revivir el destino que los antiguos berlineses habían dado a In den Zelten. La imagen más significativa, al menos la más sugerente desde el punto de vista político, es la que ofrece cualquiera de esas tardes la Bellevueallee, en una perspectiva que aúna la masa de ciudadanos turcos y el Palacio de la Presidencia de la República.
El Schloss Bellevue (6) es desde la reunificación alemana la sede que ocupa el presidente federal. Como las funciones constitucionales de éste son cortas –su máxima aspiración es convertirse en guía moral del país–, el mismo edificio es ajeno al ajetreo de la comandancia de un Estado. El blanco palacio, de un primitivo neoclasicismo, fue construido en 1786 para el príncipe Augusto Fernando de Prusia, hermano menor de Federico II, y hasta 1928 fue utilizado por miembros de la familia real. Desde entonces tuvo varios usos, como el de residencia para las visitas de Estado durante el nazismo (uno de los huéspedes, por ejemplo, fue Molotov). Para oficinas de la Presidencia se inauguró en 1998 un edificio próximo, de forma ovalada y, por contraste, revestido de piedra negra.
Orillas de diversión y tragedia
Si hubiera que escoger un rincón del Tiergarten, personalmente me inclinaría por las orillas del Neuer See (7) (Nuevo Lago). No me importaría nada quedarme eternamente sentado junto al agua en el Biergarten del Café am Neuen See, con la vista de las barcas que se mecen y los islotes que van perdiéndose en la penumbra con el anochecer. Este local al aire libre, en el que se sirven variedad de cervezas, salchichas de distintos tipos y Leberkuchen, el típico pastel de hígado bávaro, es visita casi inexcusable si se acude a Berlín durante el verano y no se tiene demasiada aprensión a la costumbre alemana de beber y comer en masa. La popularidad del lugar queda patente en las campañas electorales. En una de ellas, el alcalde de Berlín se acercó a la mesa en la que nos encontrábamos varios colegas con el objetivo de pedirnos el voto; lo único que le prometimos en aquel momento fue pagarle una cerveza, pero el candidato declinó el ofrecimiento, pues ya se había tomado unas cuantas y no era cuestión de acabar tambaleándose ante las cámaras de televisión que le seguían. La invitación sería bien acogida después por un diplomático de la Embajada de España, que se encuentra a las mismas puertas del Café am Neuen See.
Pero hay otras orillas del Neuer See con trasfondo trágico. En una de ellas, junto al Großer Weg, una placa señala el punto en el que fue asesinado el 15 de enero de 1919 Karl Liebknecht, promotor del levantamiento espartarquista y líder comunista. No muy lejos, y a la misma hora, los Freikorps terminaron igualmente con la vida de Rosa Luxemburg, cofundadora del KPD. Después de varios días de huida por
separado, ambos dirigentes se habían refugiado en casa de un familiar de Liebknecht. La denuncia de un vecino llevó hasta allí a los paramilitares, que trasladaron a la pareja a un hotel próximo al Zoo convertido en cuartel general (antiguo Hotel Eden, en la esquina Budapester Straße-Kufürstenstraße). Las tropas también apresaron a un tercer fugitivo, Wilhelm Pieck, futuro primer presidente de la RDA; el hecho de que los soldados no le maltrataran y salvara su piel hizo suponer a algunos que Pieck había traicionado a sus compañeros, pero esa duda fue pasada por alto en la historiografía de la República Democrática. Después de varias horas de un brutal interrogotario, Liebknecht y Luxemburg fueron sacados del hotel por una puerta lateral e introducidos en dos coches diferentes. Supuestamente iban a ser trasladados a la prisión de Moabit, pero ninguno de los dos automóviles alcanzó ese destino. En la oscuridad de primeras horas de la madrugada, el primero penetró en el Tiergarten y los soldados que lo conducían sacaron a Liebknecht junto al camino; allí mismo le dispararon y luego entregaron el cadáver como si se tratara de alguien desconocido. Gravemente herida en la paliza recibida durante el interrogatorio, Luxemburg fue rematada de un disparo en la cabeza en el interior del coche que la transportaba; su cuerpo fue arrojado al Landwehrkanal en las proximidades del Lichtensteinbrücke. El cadáver fue encontrado tiempo después en la Lützowufer, junto al Corneliusbrücke, donde existe una escultura con el nombre de la líder comunista.
Más cerveza, porcelanas y mercadillo
Si la experiencia en el Café am Neuen See ha resultado satisfactoria, aún puede tomarse otro par de cervezas en el Biergarten abierto al lado de la Unterschleuse (8), una de las esclusas que permiten el tráfico de barcazas por el canal en este extremo oriental del Tiergarten. En la isla situada en medio del caudal, una llamativa estructura rosa a modo de inmensa tubería esconde un centro de pruebas sobre circulación acuática. Frente a la isla, en la Tiergartenufer, suele haber amarradas pequeñas embarcaciones, alguna de ellas convertida en bar.

A este extremo oriental del parque se accede fácilmente desde la estación del S-Bahn de Tiergarten. A pocos metros, en la acera norte de la avenida 17 de Junio, se encuentra lo que fue el pabellón de entrada (Berlin-Pavillon) a la especial arquitectura de este rincón del Tiergarten. Luego ha tenido diversas vidas, como la de tienda de los objetos de porcelana elaborados por la histórica Königliche Porzellan-Manufaktur (9) (KPM), que ahora se venden en la propia sede, en la cercana Wegelystraße, donde además las instalaciones pueden visitarse a horas convenidas. Esta fábrica real de porcelana, fundada en 1763, es famosa por sus jarrones y fuentes neoclásicas decoradas con vistas de la ciudad. Según Hessel, las razones de la prosperidad del negocio radicaron en la especial estrategia de márketing desarrollada por Federico II: “Si los judíos querían asentarse, abrir un negocio o casarse, tenían que comprar porcelana real. Al filósofo Moses Mendelssohn, cuando ya tenía un gran renombre, le fueron endilgados veinte enormes monos de tamaño natural. Por medio de grandes regalos, que él hacía con ayuda de su fábrica de porcelana, el rey aumentó su fama”.
A lo largo de esa misma acera de la 17 de Junio, hasta la Charlottenburger Tor, se extiende cada sábado el mercadillo más grande de Berlín. Los puestos se colocan en varias filas frente a la Ernst-Reuter-Haus, sede de oficinas municipales. Este rastro de la Ernst-Reuter-Haus (10) es un buen lugar para comprar muebles de segunda mano y desde luego la primera dirección a la que acudir si se quiere decorar un piso a bajo precio; lo del gusto es otra cosa, pero es que en Berlín el gusto no tiene canon.
Barrio para la propaganda arquitectónica
El Hansaviertel (11) (Barrio Hansa) completa al noroeste el perímetro del Tiergarten, del que en realidad constituye un punto y aparte. Originariamente era un distrito acomodado ganado al parque, cuya promoción fue realizada en 1877 por la Hanseática Sociedad de Desarrollo, de ahí su nombre. Tras la Segunda Guerra Mundial, sólo un diez por ciento de las viviendas resultaban ya habitables y además buena parte de su población, en su mayoría judía, había emigrado o acabado en los campos de concentración. Así que el distrito presentaba condiciones óptimas para una reurbanización, y por eso fue escenario de la Exposición Internacional de Arquitectura (Interbau) de 1957. Con esta convocatoria, Berlín-Oeste pretendía erigirse en adalid de los nuevos conceptos urbanísticos y arquitectónicos, en abierta competición con similar objetivo emprendido por Berlín-Este en la Stalinallee (hoy Karl-Marx-Allee).

La Interbau propuso un proyecto de edificios separados y con amplias zonas verdes entre ellos, en una suerte de transición entre el parque del Tiergarten y la ciudad. A la llamada del concurso internacional acudieron, entre otros, Walter Gropius, fundador de la Bauhaus (a él se debe el bloque de Händelallee 3-9), Alvar Aalto (Klopstockstraße 30-32) y Oscar Niemeyer (Altonaer Straße 4-14). Mies van der Rohe rechazó la invitación y Le Corbusier aceptó levantar un edificio pero sin participar en el proyecto del Hansaviertel; su Unité d’Habitation se construyó cerca del Estadio Olímpico. Además de las viviendas, el plan incluyó una zona de servicios, estación de metro, cine, biblioteca y dos iglesias, una católica y otra protestante. El punto de partida de la muestra era el antes mencionado Berlin-Pavillon, donde se presentaba el proyecto, y al principio de la Klopstockstraße se conserva uno de los carteles que indicaban la ubicación de las distintas construcciones. Los equipamientos del Hansaviertel se completaron en 1960 con la occidental Akademie der Künste (Hanseatenweg 10). El centro sigue teniendo un uso cultural, a pesar de que la Academia de las Artes volvió a su antigua dirección de la Pariser Platz tras la unificación con la entidad homóloga de Berlín-Este. Frente al edificio yace la escultura Figura reclinada de Henry Moore.
Además de una aspiración vanguardista, que entroncara con la innovación arquitectónica que supuso la Bauhaus durante la República de Weimar, el Hansaviertel atendía también a un objetivo político, como se ha apuntado. Competía en ambición deslumbradora con la Stalinallee, presentada por la RDA como “la primera calle socialista en suelo alemán”. Cada uno de los dos planes urbanísticos quería reflejar la excelencia del propio sistema. En el caso comunista se trataba de un proyecto unitario, sin la contribución de firmas internacionales y con un acento colectivista; su afán era dotar de robustez a sus “palacios para trabajadores”. En el capitalista se primaba la individualidad de los diseños y se espaciaban los edificios para propiciar zonas verdes. El Hansaviertel recuperaba así, en este límite norte del Tiergarten, el carácter residencial que había tenido la zona antes de la Segunda Guerra Mundial. Al sur del parque, la reunificación aportaría otra operación urbanística para el Tiergartenviertel.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Siegessäule (Stephan Karl) / Tiergarten (Laura Braun) / Kennedy, 1963, y Reagan, 1987 / Mapa Google, con Memorial Soviético (Aktron) / Desaparecida Siegesallee, primeros años del s. XX / Reina Luisa, Luiseninsel / Haus der Kulturen der Welt (Farbkontrast) / In den Zelten, hacia 1900 / Pintura de Jakob Philipp Hackert, 1761 / Neuer See / Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht / Landwehrkanal, cerca de la Unterschleuse (SirJames) / Mapa Google / Sello conmemorativo de la Interbau de 1957 y edificio de Gropius]

La Novena Sinfonía de Beethoven había sonado en Berlín como preludio de la reunificación, horas antes de que ésta se consumara, y volvería a ser la significativa pieza elegida para inaugurar lo que se ha dado en llamar oficiosamente la República de Berlín. Era el 19 de abril de 1999 y el Reichstag (1) celebraba su primera sesión plenaria en 66 años. Asistí al acontecimiento desde la tribuna de prensa. Fue una suerte poder presenciar personalmente aquellas primeras sesiones de tanta carga histórica. La trágica historia alemana, que ha basculado entre el autoritarismo y los esfuerzos por consolidar un parlamentarismo democrático, otorga singular valor a los momentos solemnes que se viven en un edificio él mismo víctima de esos vaivenes. La cúpula acristalada de Norman Foster, por cuyas rampas pueden caminar los visitantes mientras justo debajo, en el hemiciclo, tienen lugar los debates, simboliza la transpariencia de la democracia y supone la culminación del anhelo expresado en la inscripción “Dem Deutschen Volke” (al pueblo alemán) del portal principal. Ese día de abril suponía la puesta de largo efectiva de la capitalidad de Berlín; el Gobierno haría la mudanza después del verano. El Bundestag alemán, la Cámara baja del Parlamento, se trasladaba de las orillas del Rin a las del Spree y ocupaba el edificio del antiguo Reichstag, recuperando las aspiraciones de la República de Weimar y aportando el poso parlamentario de la República de Bonn. La República de Berlín nacía tras una discusión acerca de la denominación de la nueva sede del Bundestag. Aunque el nombre de Reichstag (Dieta del Reino o Imperio) remite a la época imperial y recuerda el abuso que el nazismo hizo del término Reich, pesó el argumento de quienes recordaban que la denominación fue usada sin problemas por los partidos de Weimar y que en realidad los nazis no hicieron sino clausurar el inmueble. Además, los berlineses siempre han llamado Reichstag al edificio. La solución salomónica fue dejar a éste con ese nombre y utilizar el de Bundestag al referirse a la institución que tiene su sede en él.
Cuando el Reichstag fue inaugurado por primera vez en 1894, se convirtió en “la mayor sensación de la semana”. Así lo testificó en sus Berliner Briefen el crítico Alfred Kerr, quien tuvo que pagar cincuenta céntimos para entrar en él. Ahora, en cambio, habría que hablar de una sensación permanente, con continuas colas de turistas que, gratuitamente, acceden a los ascensores y suben a la cúpula. La espera vale la pena, aunque no se trate propiamente de una visita al Parlamento. Desde el vestíbulo se puede observar la sala de plenos, tras las puertas del sí, del no y de la abstención, que sólo se usan en determinadas votaciones, en lo que se llama “el salto del carnero”. El plenario se ve presidido por la
característica “gallina gorda”, como cómicamente se denomina el águila tomada, y luego cebada, del escudo nacional. Ya arriba, además de ascender por el interior de la cúpula para entretenerse contemplando el centro de Berlín y el Tiergarten, conviene pasear por la azotea. Desde allí se pueden leer unas grandes letras de neón –“Der Bevölkerung” (a la población)– instaladas en el suelo de uno de los patios interiores. Es el contra-lema de “al pueblo alemán” del frontispicio del Reichstag. La instalación del artista Hans Haacke se aprobó no sin polémica, y el canto al concepto de ciudadanía, por encima del derecho de sangre, se desvirtuó con la aportación de más de seiscientos saquitos de tierra, uno por diputado, procedentes de todos los rincones de Alemania, en un rito más bien propio del atavismo nacionalista. Algunos diputados verdes se mofaron del ceremonial incluyendo semillas de marihuana.
Del viva la república al muera el Reichstag
El Reichstag nació en 1871 con la unificación alemana y la creación del Segundo Reich. Tras reunirse provisionalmente en la Leipziger Straße, el Parlamento se trasladó en 1894 a la sede definitiva construida por el arquitecto Paul Wallot. Las obras habían tardado diez años, lo que muestra el reducido interés de los emperadores por unas prácticas parlamentarias a las que en realidad hacían poco caso. Las suspicacias de Guillermo II obligaron a que la cúpula de hierro y cristal no fuera más alta que la que coronaba el Palacio Real. Además, hasta que el decurso de la Primera Guerra Mundial no comenzó a hacer impopular al monarca, éste no autorizó –y luego aún tardaron en componerse- las letras de la inscripción “Dem Deutschen Volke”, diseñadas por Peter Behrens y fabricadas en bronce a partir del botín de la guerra contra Napoleón. A Guillermo II no le sirvió de mucho esa tardía concesión y, con la guerra perdida, tuvo que marchar al exilio. El 9 de noviembre de 1918 el presidente del grupo parlamentario socialista, Philipp Scheidemann, se encaramó a un balcón de la fachada oeste del Reichstag para proclamar la república. “Lo viejo y desvencijado, la monarquía, se ha derrumbado. ¡Viva lo nuevo! ¡Viva la república alemana!”, gritó, mientras la multitud expresaba su júbilo desde la calle. Ante la inestabilidad política y el desorden público de la llamada Revolución de Noviembre, los representantes de los partidos políticos buscaron la tranquilidad de la pequeña ciudad de Weimar para constituirse en Asamblea Nacional y aprobar la Constitución. A finales de 1919, los diputados regresaron al Reichstag para dar vida a un sistema político que sería liquidado sólo una docena de años después.
En la noche del 27 de febrero de 1933, cuando Hitler apenas llevaba un mes como canciller, el Reichstag fue destruido por las llamas. Nunca aparecieron pruebas definitivas sobre la autoría del incendio, pero los historiadores no dudan de que fueron los propios nazis los que prendieron el fuego con el fin de suprimir el parlamentarismo, eliminando el propio hemiciclo y creando una excusa para detener a líderes socialistas y comunistas. “Salgo corriendo hacia allá con Hitler. Todo el edificio está en llamas. Entramos. Goering viene detrás de nosotros. Papen llega también. Han cogido al culpable: un comunista holandés de 24 años”, anotó Goebbels en su diario. Los dirigentes nazis acudieron inmediatamente después a la redacción del Volkischer Beobachter, el principal periódico nacionalsocialista. “Hitler comienza a trabajar enseguida. Dicto una nueva notificación del partido y un largo texto... Durante la noche serán arrestados todos los funcionarios del Partido Comunista. Se prohíben todas las publicaciones comunistas y socialdemócratas. Un buen trabajo”, se autofelicitaba Goebbels. Al día siguiente de la quema del Reichstag, el presidente Hindenburg firmó el decreto preparado por Hitler “para la protección del pueblo y el Estado”, que suspendía los derechos fundamentales “hasta nuevo aviso” e instauraba la pena de muerte para el delito político de “alta traición”.

Ese siguiente día, Joachim Fest y su hermano Wolfgang fueron llevados por su padre a un misterioso viaje. “Vamos a la ciudad”, les dijo. A los muchachos, que jugaban a ping-pong en el jardín, en el edificio de vecinos del barrio de Karlhorst en el que residían, les sorprendió lo abrupto de la iniciativa. En el viaje en S-Bahn intentaron conocer el motivo del desplazamiento. “Al principio mi padre permaneció taciturno; cuando tomamos asiento en el vagón, nos habló de unas ruinas humeantes que íbamos a visitar. Le preguntamos si el fuego se había ya apagado, si habían llegado los bomberos, si veríamos muertos y otras cosas por el estilo. Mi padre no dijo nada. En lugar de eso, cuando otros viajeros se subieron al vagón, comenzó a hablar en rodeos menos llamativos. Más tarde comprendidos que durante el viaje había hablado de cosas de las que no habíamos entendido nada”. Sin poder ser muy explícito, el padre optó por pasear a sus hijos en S-Bahn entre las estaciones de Friedrichstraße y Bellevue, varias veces en ambos sentidos, con el Reichstag quemado a la vista, para que se les grabara la “gravedad de la hora”. “Observaba con entera atención el serio rostro de mi padre al mirar por la ventana. Le oí pronunciar varias veces la palabra 'guerra', sin que yo supiera encontrarle sentido”. Se trata de textos de Ich nicht (2006), las memorias del historiador y periodista Joachim Fest centradas en su padre, en homenaje a un profundo católico que desde la primera hora se opuso al nazismo. “Etiam si omnes -ego non!”, había dicho San Pedro, y ese “Yo no” (te abandonaré) se lo dictaba Johannes Fest a sus hijos en clases privadas de latín, en su ejercicio de inculcarles la resistencia interior necesaria en un tiempo de radical confrontación moral, de la que este libro da cuenta con sobrecogedora elocuencia.
Parlamento títere
En ese ambiente de coacción tuvieron lugar el 5 de marzo de 1933 las últimas elecciones al Reichstag. A pesar de las limitaciones impuestas al libre ejercicio del voto, el NSDAP no logró la ansiada mayoría absoluta, aunque alcanzó el 43 por ciento de los votos. Berlín siguió siendo una plaza hostil para los nacionalsocialistas, donde sólo obtuvieron un 34,6 por ciento del escrutinio. El 23 de marzo de 1933, los nazis aprobaron en el Parlamento una nueva ley que otorgaba facultades dictatoriales al Führer. Al cabo de pocos meses se prohibieron todos los partidos políticos, a excepción del NSDAP. Desde la quema del Reichstag, la Cámara se reunió en contadas ocasiones y lo hizo en la desaparecida Kroll-Oper, un edificio situado al otro lado de la hoy Platz der Republik. Con sólo diputados nazis y bajo la presidencia de Göring, el Parlamento quedó como pomposo decorado para algunas ceremonias a las que Hitler quiso revestir de la supuesta legimitidad parlamentaria. Así, en la Kroll-Oper se escenificó el 1 de septiembre de 1939 la declaración de guerra contra Polonia. “Esta noche, mediante soldados regulares, Polonia ha disparado por primera vez en nuestro territorio. Desde las 5.45 horas se responde a los disparos. A partir de ahora, las bombas se pagarán con bombas”, proclamó Hitler, utilizando la mentira de la provocación, como ya había ocurrido con la quema del Reichstag.
El Reichstag, reparado sólo a medias, tuvo durante los años del nazismo algunos usos alternativos, principalmente como sala de exposiciones propagandísticas. En la Segunda Guerra Mundial sus sótanos fueron utilizados como salas de parto del departamento de ginecología de la vecina Charité, hasta que ante el avance del Ejército Rojo quedó como último bastión de la defensa de Berlín. Con Hitler muerto y su Cancillería ya ocupada, francotiradores nazis se hicieron fuertes en el antiguo Parlamento; algunos de ellos resistirían aún allí un par de días después de que la bandera soviética ondeara sobre el edificio.
Caracteres cirílicos en las paredes
La imagen del soldado subido con la bandera roja a una pilastra de la azotea del Reichstag, tomada por el fotógrafo Eugueni Jaldei para la agencia de noticias TASS, simbolizó el triunfo de la URSS sobre la Alemania nazi. Fue sacada el 2 de mayo de 1945 y “tratada” como material de propaganda. La enseña en realidad no era de ninguna unidad del Ejército Rojo, sino que la confeccionó Jaldei a partir de un mantel de reuniones del Partido. La escena no respondía a una acción real, sino que el fotógrafo había decidido con antelación el emplazamiento de sus deseadas tomas e hizo subir con él a tres soldados al tejado del edificio. Luego trabajó la censura: al soldado que sostiene al compañero encaramado se le borró uno de los dos relojes que llevaba para evitar acusaciones de saqueo; además, la identidad de ambos fue cambiada, de forma que el abanderado pasó a ser un georgiano, en honor de Stalin. En las semanas siguientes muchos soldados soviéticos se acercaron hasta el Reichstag y dejaron inscripciones en las paredes de sus pasillos. Esos caracteres cirílicos siguieron allí durante años y algunos de ellos fueron
luego conservados en la remodelación realizada por Norman Foster, no sin polémica. Está claro el valor histórico que aportan, pero ¿es necesario un continuo recordatorio que probablemente ningún otro país mantendría, especialmente si contienen alguna que otra sandez y más de una apreciación despectiva hacia los alemanes?
El Reichstag quedó en zona occidental, justo al lado de la frontera. En 1955 el Parlamento de la RFA, que desde el principio se reunió en Bonn, decidió reparar la vieja sede. A partir de la década de 1970 tuvieron lugar en ella ciertas sesiones de grupos parlamentarios y comisiones, pero nunca se celebró un plenario por expresa prohibición de las fuerzas de ocupación aliadas. Caído el Muro y aprobado el traslado de la capital, el arquitecto británico Norman Foster ganó el concurso para la restauración del Reichstag. Aún hubo tiempo para que en el verano de 1995 los artistas Christo y Jeanne-Claude “empaquetaran” el edificio con lonas blancas, en una de sus típicas instalaciones artísticas. Este cubrimiento era una manera de purificar años de complicada historia, dejando al Reichstag listo para una nueva era. El proyecto de Foster conoció varias modificaciones, como la inclusión de una cúpula que el británico no había previsto y que sí constaba en la propuesta del español Santiago Calatrava, lo que llevó a éste a protestar por lo que consideraba una apropiación. En cualquier caso, la cúpula de Foster, bien diferente de la original –motejada como “tapa de bombonera” por su forma, no se restituyó al finalizar la guerra–, ha devenido en uno de los elementos más característicos del skyline del nuevo Berlín. Desde su interior, un cono invertido revestido de espejos penetra en el techo del hemiciclo parlamentario y un gigante parasol impide que los rayos del sol den directamente sobre los diputados. Junto a la cúpula, un restaurante ofrece la posibilidad de degustar una buena carta mientras se tiene a los pies parte del centro de Berlín.
Barrio gubernamental
Como el Reichstag es pequeño para las necesidades del nuevo parlamentarismo, dependencias del Bundestag se han alojado en varios complejos de oficinas próximos. En el viejo edificio apenas hay lugar para el hemiciclo, un par de comedores, un lugar de recepciones y las sedes de los grupos parlamentarios, ubicadas en los torreones de sus cuatro esquinas. Frente a la fachada este, que es la utilizada como entrada por diputados y autoridades, está la Jakob-Kaiser-Haus (2), destinada a la administración del Parlamento y a despachos de diputados. El conjunto engarza algunas edificaciones precedentes, como la antigua residencia del presidente del Reichstag, cuyos distinguidos salones la RDA transformó en Instituto de Estudios Marxistas-Leninistas y ahora sirven de Sociedad Parlamentaria, un club de vida social y de debate. Este palacete tiene una conexión subterránea con la Cámara; probablemente fue el pasadizo utilizado por quienes quemaron el Reichstag en 1933, en connivencia con Hermann Göring, entonces presidente del Parlamento y titular de la residencia.
Al norte del Reichstag se encuentra la Paul-Löbe-Haus (3). Este bloque cuenta con unos mil despachos y salas destinados a oficinas de los diputados y reuniones de las distintas comisiones parlamentarias. Las dependencias se abren a un alargado y amplio vestíbulo central que recorre todo el edificio. Al otro lado del Spree queda la Marie-Elisabeth-Lüders-Haus (4), en la que se ha instalado la biblioteca del Bundestag. Estas “casas del Parlamento” fueron bautizadas con nombres de respetados políticos de la República de Weimar. Jakob Kaiser fue un destacado diputado del Zentrum y luego cofundador de la CDU; el socialdemócrata Paul Löbe presidió el Reichstag de 1920 a 1932, cuando fue sustituido por Göring; Marie Elisabeth Lüders abanderó la defensa de los derechos de las mujeres.
El Parlamento, junto con la Cancillería y otros organismos oficiales e instituciones como la Pressehaus componen en esta zona de Berlín lo que se considera el Regierungsviertel (Barrio del Gobierno). El barrio gubernamental existía en Bonn, que a las afueras del originariamente pequeño núcleo urbano dedicó hectáreas de terreno para el Bundestag y los distintos ministerios. La comodidad del sistema hizo que éste también se aplicara en gran medida a Berlín con el traslado de capital. La existencia de un centro destrozado permitió aglutinar buena parte de las sedes institucionales de la república.
Monumentos para las víctimas
Frente a la fachada sur del Reichstag existen tres memoriales dedicados a víctimas del nacionalsocialismo y del Muro. En la esquina con la Ebertstraße hay dispuestas varias cruces con los nombres de personas que fueron disparadas cuando huían de Berlín-Este. Se trata de una instalación no oficial, promovida por entidades que velan por el recuerdo de esas vidas truncadas en su intento de ganar la libertad. La última de las cruces es quizá la más impresionante. Corresponde al joven Chris Gueffroy, muerto en la noche del 5 al 6 de febrero de 1989. Si Chris hubiera esperado unos pocos meses, habría podido pasar a Berlín-Oeste andando, a plena luz del día. Pero su impaciencia por abandonar la RDA le llevaron a una frustrada fuga que pagó con la vida. Confiaba en que el régimen no podía ya comprometer su adhesión a los tratados internacionales sobre derechos humanos manteniendo su política de tirar a matar. Se equivocó.
Entre el verde del Tiergarten se ha consagrado un espacio para recordar los aproximadamente quinientos mil gitanos que resultaron muertos a consecuencia del odio racial nazi. En un principio, el monumento erigido en memoria de los judíos aniquilados por el Tercer Reich debía rememorar también a los demás grupos étnicos o sociales que fueron objeto de persecución, pero la exclusividad que acabó adquiriendo el proyecto llevó a la dedicación de otro memorial a los Sinti und Roma (5), como se designa en alemán a los gitanos. De otra forma, el holocausto judío habría seguido tapando, en la enormidad de sus cifras, el no menos holocausto gitano. A los gitanos les afectaron igualmente las raciales Leyes de Núremberg, aunque su escasa integración en la sociedad alemana y su nula relevancia económica hicieron menos perceptible su desaparición, primero encerrados en campos de internamiento en las afueras de las ciudades y luego exterminados en los campos de concentración. Materializar la memoria le ha correspondido al artista israelí Dani Karavan: una fuente de aguas opacas.
El tercer monumento se encuentra próximo al arranque de la rampa del portal principal del Reichstag. Se trata de una escultura con lápidas recortadas en diferentes formas, con los nombres, filiación política y lugar de fallecimiento de los 96 diputados del Parlamento que murieron bajo persecución nazi. La mayoría pertenecían al KPD y al SPD; cuatro al católico Zentrum. Entre los más conocidos está Ernst Thälmann, líder del KPD, que tras años de internamiento murió en Buchenwald en 1944. También aparece el nombre de Julius Leber, quien después de ser puesto en libertad fue ejecutado en enero de 1945 por haber formado parte de la conspiración del 20 de julio de 1944. Leber iba a ser ministro del Interior en el planeado Gobierno de Carl Friedrich Goerdeler.
Más información sobre estos memoriales, así como postales y recuerdos relacionados con el Reichstag y este barrio gubernamental, se encuentran en el Berlin-Pavillon, un amplio kiosko instalado en este borde del Tiergarten. Funciona como punto de información turística y oficiosa tienda del Parlamento. Su gran aportación son veinticinco WC, algo tremendamente útil para quienes tienen que guardar cola en la entrada del Reichstag. Por ello ha sido denominado "Palacio-Váter". También ofrece un Biergarten al que sentarse, aunque descansar con buena vista pero sin pagar consumición puede hacerse en las escalinatas que, en la esquina noreste del Reichstag, descienden hasta el Spree.
“Mirad esta ciudad”
Delante de la fachada principal del Reichstag un gran mástil con la bandera tricolor celebra la reunificación alemana. La noche del 2 al 3 de octubre de 1990 la RDA dejó de existir y sus cinco Länder se unieron a los once que conformaban la RFA. Esa noche hubo una gran fiesta en la explanada que se extiende ante el Reichstag. En sus rampas y escalinata, la ceremonia fue seguida con emoción por Helmut Kohl, Lothar de Maizière, Hans-Dietrich Genscher, Richard Weizäcker y Willy Brandt. Se elevó la bandera, sonó el himno y los fuegos artificiales iluminaron las caras de una multitud que brindaba por un futuro cuyos sacrificios probablemente desconocía.
Un futuro, en cualquier caso, abierto a una libertad que le era arrebatada a otra multitud reunida en el mismo lugar en 1948. El 9 de septiembre de ese año, una impresionante manifestación de trescientos mil berlineses protestó contra el bloqueo de los sectores occidentales impuesto por la URSS. El entonces alcalde, el socialdemócrata Ernst Reuter, pronunció un enérgico discurso. “¡Pueblos del mundo, mirad esta
ciudad!”, gritó con el telón de fondo de un Reichstag desgarrado por la guerra. Esas palabras –“mirad esta ciudad”– devendrían en un frecuente lema de Berlín. “El pueblo de Berlín ha hablado. Hemos cumplido con nuestro deber, y lo volveremos a hacer. ¡Pueblos del mundo! Cumplid también vosotros vuestro deber y ayudadnos en esta hora”, añadiría Reuter. Sólo tres semanas antes los tanques soviéticos habían terminado con la Primavera de Praga. Manifestantes de Berlín-Este que quisieron unirse a la multitudinaria concentración frente al Reichstag fueron retenidos en la Puerta de Brandemburgo por la Policía armada soviética. En el enfrentamiento resultó muerto un joven de 16 años, Wolfgang Scheunemann, la primera víctima en la frontera interberlinesa.
Antiguamente, la hoy Platz der Republik se había llamado Königsplatz, y en ella se levantaban la Siegessäule y la estatua de Bismarck que el nazismo trasladaría al centro del Tiergarten. En la posguerra, la explanada devino en pasto para las ovejas y en improvisados huertos de alimentos de primera necesidad, entre esparcidos restos de tanques. Luego se convertiría en un campo de hierba al que los berlineses acudieron a jugar a fútbol hasta que el lugar se ajardinó con la recobrada capitalidad.
Una lavadora de Cancillería
“La lavadora”. Así llaman los berlineses a la Bundeskanzleramt (6) (Oficina del Canciller Federal) porque su gran cuerpo central tiene la apariencia de tambor giratorio. El mote es una manera de reírse del gigantesco tamaño del edificio, que en el momento de su inauguración en 2001 también fue llamado “Kohloso”, pues las dimensiones de la Cancillería habían sido determinadas por Helmut Kohl, a su imagen y semejanza. Las bromas eran una vía de escape del serio debate con que Alemania siguió la construcción de la jefatura del Gobierno. La controversia radicaba en que, dado que la anterior Cancillería de la RFA había estado en Bonn, la obra en Berlín venía a suceder en sus funciones a la sede que Albert Speer construyó para Hitler a lo largo de la Voßstraße. Además, en esta zona donde el río dibuja un semicírculo, conocido como Spreebogen (Arco del Spree), es donde Hitler había ideado situar su Führerpalast y un inmenso capitolio. Como reacción a esas escalas del nazismo, en Bonn se había optado por una Cancillería de bajas alturas que, según el canciller Helmut Schmidt, más bien parecía la oficina de una caja de ahorros. Pero Alemania está perdiendo el miedo a que su incuestionable poder sea evidente y la nueva Cancillería es el mejor símbolo de ello: sus dimensiones parecen aspirar a albergar el centro del poder en la Europa ampliada.

En realidad, el proyecto de Axel Schultes y Charlotte Frank, responsables también de la urbanización de todo el entorno, es un expreso contrapunto al eje norte-sur concebido por Speer y Hitler para su Germania. En un eje oeste-este, a la Cancillería le siguen los despachos y comités parlamenarios de la Paul-Löbe-Haus y la biblioteca de la Marie-Elisabeth-Lüders-Haus, dibujando una planta alargada de kilómetro y medio definida por sus autores, en un juego de palabras, como “Band des Bundes” (Cinta de la Federación). Esa estructura en forma de puro enlaza mediante dos puentes sobre el río las dos partes de la ciudad que un día separó el Muro. Su democrática significación debía completarse con un fórum entre la Cancillería y la Paul-Löbe-Haus que iba a dotarse de tiendas, cines y bares con el fin de que poder y pueblo fueran de la mano, pero Kohl requirió que su futuro lugar de trabajo quedara aislado y ganara en volumen. Quien inauguró la sede, sin embargo, fue Gerhard Schröder.
Las dependencias más importantes de la Cancillería se ubican en su gran cubo central. En la esquina izquierda, según se mira, de la sexta planta está la sala del Consejo de Ministros; justo encima, en el séptimo piso y tras un cristal de ocho centímetros de grosor, se encuentra el despacho ocupado por el/la canciller, con privilegiadas vistas sobre el Reichstag, la Puerta de Brandemburgo, el Tiergarten y los altos edificios de la Potsdamer Platz; en la octava planta hay un apartamento de doscientos metros cuadrados para uso particular del jefe del Gobierno. En el patio de entrada, formado por las dos alas de oficinas, la escultura Berlín de Eduardo Chillida sugiere dos manos que se entrelazan como símbolo de la reunificación de la ciudad. Detrás del edificio, la Cancillería se prolonga al otro lado del río en un parque y en un helipuerto. La urbanización del Spreebogen ha permitido abrir al público un agradable y largo paseo junto al río.
El delirio de Germania

Todo el área sería bastante distinta si Hitler hubiera llevado a cabo sus planes arquitectónicos para convertir Berlín en Germania. “La capital debe adoptar el tamaño de su misión”, había asegurado el megalómano Führer. Con el cambio de nombre quería indicar el nuevo rango de capital mundial que debía adquirir la urbe. El principal proyecto consistía en derruir parte del centro de la ciudad y construir un amplio paseo de cinco kilómetros de largo, entre el Spreebogen y las proximidades del aeropuerto de Tempelhof, bordeado por edificios representativos del Estado. Este eje norte-sur, dos veces y media la longitud de los Campos Elíseos parisinos y de mayor amplitud, debía partir de un inmenso capitolio de trescientos veinte metros de alto, de un volumen diecisiete veces mayor que la basílica de San Pedro; iba a tratarse de la mayor edificación del mundo, con cabida bajo su desmesurada cúpula para 150.000 personas. “La coronación de este gran edificio debe ser el águila sobre la bola del mundo. ¡El águila ya no debe estar sobre la cruz gamada, aquí dominará la bola del mundo!”, hizo saber Hitler a su arquitecto en 1939.
Para esos trabajos, el dictador había dado a Speer bocetos que había dibujado tiempo atrás, llevado por su vocación frustrada de artista. Directamente tomado de Hitler era un arco de triunfo en honor de los alemanes caídos en la Primera Guerra Mundial (no parecía pensar que sus próximas agresiones bélicas iban a generar una cifra de muertos abrumadoramente superior a la de la Gran Guerra). Ese arco estaba previsto para la parte final del paseo y debía tener 122 metros de altura, el doble de tamaño que el de París. “Estos dibujos los hice hace diez años. Siempre los he conservado pues nunca dudé de que un día serían construidos”, comentó a Speer. Y realidad fueron, pero sólo en maqueta, a la que Hitler dedicó horas de contemplación para observar absorto la grandeza de una Germania que nunca dejó de ser una miniatura. Las fotografías le muestran inclinado sobre los volúmenes de yeso, comprobando perspectivas, más interesado en el futuro cemento que en la masa verde del Tiergarten que iba a arañar.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Reichstag / Cúpula del Reichstag / Incendio del Reichstag, 1933 (Bundesarchiv) / Bandera roja sobre el Reichstag, 2 de mayo de 1945 (Eugeni Jaldei) / Cubrimiento por Christo, 1995 (Wolfgang Volz) / Mapa Google / Monumento a los diputados asesinados durante el nazismo / Discurso del alcalde Reuter, 1948 (Bundestag.de) / Cancillería (Martin Künzel) / Germania, 1939 (Bundesarchiv)]

La moderna arquitectura de la Potsdamer Platz encaja perfectamente con el alma de esta Plaza de Potsdam. Toda ella de nueva planta –un completo distrito levantado de la nada–, la novedad de sus edificios tiene que ver con el espíritu de vanguardia que la Potsdamer Platz encarnó en el mítico Berlín de finales del siglo XIX y principios del XX. Como puerta del oeste, fue entonces el catalizador de una vitalidad que se extendía hacia los nuevos extremos occidentales de la ciudad. Hoy también es la membrana que debe calibrar el pulso vital de la urbe reconstituida. Equidistante entre los antiguos centros urbanos de Berlín-Este y Berlín-Oeste, el complejo de construcciones de la Potsdamer Platz emerge sobre la misma cicatriz de la partición de la ciudad. Si bien la consolidación del nuevo barrio depende en parte del éxito del concepto urbanístico escogido –oficinas, centro comercial, cines, hoteles y pocas viviendas (el veinte por ciento de lo edificado)–, su triunfo está sobre todo vinculado al grado de cohesión interna que con el tiempo alcance Berlín. En la medida en que los dos viejos polos de la capital se interrelacionen y converjan, la plaza podrá volver a ser el centro neurálgico que fue de la metrópolis.
La transformación de toda la zona es tanto más llamativa cuanto la masa de edificios surgió de la nada, del amplio descampado en que durante cuatro décadas quedó convertida la Potsdamer Platz, sepultada por el trazado del Muro. Los trabajos de construcción de todo el entorno recibieron el calificativo de “la mayor obra
de Europa” y su inspección desde una atalaya, luego desmontada y subastada, fue incluso destino turístico. En ese período en que se pusieron tantos ladrillos, el logo de Berlín fue una silueta de la ciudad llena de grúas. Las grúas desaparecieron y lo que quedó en el skyline de Berlín fueron los rascacielos y la carpa gigante del Sony-Center, cuyas innocadoras líneas aportan una curiosa forma a la serie de significativas cúpulas de la ciudad.
La Potsdamer Platz no es propiamente una plaza. Nunca lo fue, porque sobre todo ejerció de horma que ajustaba un cruce de avenidas, y aún menos lo es ahora que el apelativo se utiliza para todo el conjunto reurbanizado. Éste se compone de tres áreas: la Daimler City (1998), en la parte sur; el Sony-Center (2000), en su zona intermedia, y el Beisheim-Center (2004), en el triángulo norte. En la primera de ellas domina el tono ocre y las estrías horizontales de los edificios del italiano Renzo Piano; en la segunda, concebida por el arquitecto norteamericano Helmut Jahn, se impone el cristal, y en la tercera sobresale el hormigón blanco del alemán Hans Kollhof.
Bajo la gran carpa
Sin duda lo más espectacular es la carpa del Sony-Center (1). Bajo sus velas blancas, que se tiñen de color por la noche, una gran plaza es el encuentro de diferentes ofertas, desde salas de cine a cervecerías y restaurantes. Este foro tiene en su centro una fuente con surtidores, y a él se abren oficinas y apartamentos. También a ese patio central da el Film Museum de Berlín, que exhibe parte del legado de Marlene Dietrich y dedica su atención a la contribución alemana a los comienzos del cine, cuando títulos como El gabinete el doctor Caligari, las dos entregas de Doctor Marbuse o Metrópolis eran la vanguardia cinematográfica. Integrados en tan moderna apuesta están los restos del hotel Esplanade. Había sido uno de los hoteles de mayor lujo de Berlín, adonde solía acudir el Káiser Guillermo II para tener sus tertulias. Cuando la Potsdamer Platz quedó escombrada y tragada por el Muro, pocos edificios permanecieron en su sitio. Uno de ellos fue la Weinhaus Huth, en la Alte Potsdamer Straße, donde se siguen despachando vinos. Otro fue el Esplanade, aunque sólo quedaron en pie algunas de sus paredes y salones. Para adecuarlas al proyecto del Sony-Center, las neobarrocas estancias del viejo hotel, entre ellas la recargada Kaisersaal, fueron desplazadas setenta metros desde su lugar original y abiertas como restaurante y lugar de copas.
Del famoso Café Josty, tan celebrado por paseantes, escritores y artistas de anteriores generaciones, únicamente resta el nombre. Se ha recuperado para un aséptico local abierto bajo la carpa de Sony y no en la propia plaza de Potsdam, en la esquina de la Bellevuestraße, donde había estado. Ese punto, según evocaba Fontane a finales del siglo XIX, era precisamente el que ofrecía la ideal bellevue del cruce de calles: “Josty, con su mirador de cristal, donde la gente se sienta desde temprano y lee periódicos, y se acercan los coches de caballos y omnibuses desde todas las direcciones (…) y por medio andan las
vendedoras de flores”. También el pintor George Grosz fue seducido por el Café Josty, a cuyas mesas solía sentarse antes de la Primera Guerra Mundial, para observar a la gente y tomar esbozos. Era el ambiente descrito por Paul Boldt en su soneto Auf der Terrasse des Café Josty (1912), en el que refiere una “Potsdamer Platz en eterno rugido” debido a las “retumbantes avalanchas” de tranvías, coches y muchedumbres. La realidad aún no vuelve a ser así del todo, pero menos lo era en el momento del rodaje de El Cielo sobre Berlín (1987), película de Win Wenders que presenta dos ángeles que vagan por la ciudad en la posguerra; invisibles a los seres humanos, intentan ayudar a todas las almas solitarias que encuentran, pero no pueden restituir el Café Josty para un anciano desconcertado que lo andaba buscando en el erial en que estaba convertida la Potsdamer Platz.
Alfombra roja de la Berlinale
La mayor parcela del conjunto corresponde a la Daimler City o DaimlerChrysler-Areal (2), que desde la Potsdamer Straße se prolonga hacia el sur hasta el Landwehrkanal. Contiene restaurantes, diversas salas de cines, una de ellas con pantalla esférica, centro comercial, teatro musical y un hotel de lujo (Hyatt). Sus rascacielos más altos son obra de Renzo Piano (la sede de Debis, al final del área) y de Hans Kollhof (la construcción de ladrillo visto que asoma a la plaza de Potsdam). En lo alto de este último existe un mirador abierto al público. En el DaimlerChrysler-Areal también hay realizaciones con la firma de Richard Rogers, Arata Isozaki y Rafael Moneo. Su centro es la Marlene-Dietrich-Platz, donde se desenrolla la alfombra roja de la Berlinale. El Festival Internacional de Cine de Berlín nació en 1951 con ánimo de evitar el aislamiento en que podía caer Berlín-Oeste, perdido en medio de una RDA que tenía en Berlín-Este la capital del Estado. La presencia de estrellas mundiales del cine en ese tiempo de la Guerra Fría supuso un auxilio propagantístico. Durante años, la Berlinale se celebró en las inmediaciones del Zoo, en el centro de Berlín Occidental, y para su quincuagésimo aniversario se trasladó a la recién terminada Potsdamer Platz.

Al noreste de Sony-Center existen varios bloques que albergan los hoteles Marriott y Ritz-Carlton, plantas de oficinas y apartamentos. El denominado Beisheim-Center (3) ocupa lo que tradicionalmente se conoció como Lenné-Dreieck (Triángulo Lenné), que tiene una interesante historia. El terreno quedó incluido en la zona de ocupación soviética, pero ese entrante en el sector británico entorpecía la linealidad del Muro, por lo que, cuando éste se trazó, el Lenné-Dreieck quedó en el lado occidental, sin dejar de pertenecer a la RDA. Sólo en 1988 se procedió a una permuta de solares. En 1931, Erich Mendelsohn construyó aquí su emblemática Columbus-Haus, que la RDA mantuvo en pie hasta que quedó seriamente dañada durante la revuelta del 17 de junio de 1953.
El octógono
Si la Potsdamer Platz renació sin tener en cuenta la antigua disposición de las calles –el tramo inicial de la Potsdamer Straße, por ejemplo, es nuevo; anteriormente la calle principal discurría por la ahora llamada Alte Potsdamer Straße–, la vecina Leipziger Platz (4) recuperó con la reunificación su tradicional perímetro octogonal. Esta forma combina con las otras dos plazas diseñadas frente a las puertas occidentales de la muralla del Rey Soldado: el Quarré de la Pariser Platz, el Oktogon de la Leipziger Platz y el Rondell de la Mehringplatz. Los edificios de la Plaza de Leipzig procuran una cierta unidad arquitectónica, aunque sin ajustarse a los límites de altura previos a la guerra.

En el octógono se han instalado las oficinas de distintos organismos y empresas, así como la Embajada de Canadá, y se han dedicado a viviendas parte de los pisos superiores de varios inmuebles. El Mosse Palais toma el nombre del magnate de la prensa Rudolf Mosse, que residía en esta parte de la plaza; es sede del Comité Judío Americano. Otro vecino histórico, que no ha regresado, fueron los grandes almacenes Wertheim, que el arquitecto Alfred Messel construyó en 1896 en la esquina nororiental. El césped interior de la Leipziger Platz cuenta con algunas planchas aisladas que formaban la línea del Muro, para indicar que la plaza fue devastada por la Guerra Fría. Otros restos más enteros de la frontera de hormigón interberlinesa se pueden encontrar en la esquina de la Stresemannstraße con la Erna-Berger-Straße, al final de la cual se yergue una torreta de observación.
Primer semáforo, primer tren
En lo que originariamente fue la Potsdamer Platz está la reproducción del primer semáforo de Alemania y que, según la prensa berlinesa del momento, fue también el primero de Europa. En 1892 se matriculó el primer automóvil en Berlín y diez años después apareció el primer guardia de tráfico. El semáforo se estrenó en 1924 en el centro de la plaza, cuando por ella circulaban cientos de tranvías cada hora y en los periódicos había “casi cada día reportajes sobre colisiones”, según anotaba Joseph Roth en uno de sus artículos berlineses. Roth acogió con escepticismo la inauguración del semáforo: “Hace dos semanas que se puso la torre de control de tráfico. Uno tenía expectación, quizás, de algo magnífico e increíble. Pero un día se erigió una pequeña torre gris de metal con grandes ojos en la cima. Esos ojos que reflejaban grandes rayos de color estaban pensados para regular el tráfico automáticamente, pero en lugar de esto el
regulador de tráfico es un policía rubio y gordo en su plataforma de madera”.
En la plaza de Potsdam hay dos grandes baldaquinos de acero y cristal que dan acceso a una estación subterránea de tren. Con la entrada en servicio de esa nueva infraestructura se recuperó el tráfico ferroviario que antiguamente llegaba a la Potsdamer Bahnhof (5), que fue la primera estación de Berlín. La primera línea férrea se inauguró en 1838 y cubría los 64 kilómetros que hay entre Berlín y la ciudad de Potsdam. La Potsdamer Bahnhof, en el sur de la plaza, fue otra víctima del Muro, como ocurrió con la estación del S-Bahn, cuyas entradas fueron tapiadas, y la del U-Bahn, que resultó clausurada. En sus memorias Lucha por Berlín, Goebbels presenta la Potsdamer Bahnhof como el lugar de partida del imparable empuje nazi que se adueñaría de la metrópoli. “Caía ya pesada y gris la tarde de noviembre sobre Berlín, cuando el tren entró jadeante en la Estación de Potsdam”. En esa tarde de 1926, del tren descendió cojeando un hombrecillo de 29 años, vestido con un traje gastado y un sombrero de fieltro. En su pequeña maleta llevaba sólo un poco de ropa y un ejemplar de Mein Kampf firmado por Hitler. Goebbels llegaba como Gauleiter de Berlín (jefe del partido en la capital), con el encargo de dar un vuelco a la lánguida vida del NSDAP en la refractaria ciudad. “Odio Berlín”, había escrito en su diario al principio de ese mismo año; “es una ciudad monstruosa de piedra y asfalto”, dominada por “los judíos internacionales”. El trabajo de Goebbels pronto se hizo notar. En 1924, sólo 137 berlineses habían votado a los nacionalsocialistas en las elecciones municipales. Cinco años después tenían ya trece concejales y en 1933 lograron 86. En realidad, esta última cifra no dejaba de ser un fracaso, pues, a pesar de que Hitler era ya canciller desde había casi dos meses, la izquierda consiguió la mayoría absoluta en una asamblea de 225 miembros. Sirvió de poco ese dominio democrático: a los comunistas se les quitaron las actas con ocasión de la quema del Reichstag y la asamblea quedó postergada. Goebbels tendría el mando sobre la ciudad.
El estúpito título de Herr Ober
El corredor de las vías de tren que llegaban hasta la vieja Potsdamer Bahnhof, demolida en 1958, está ahora cubierto con una amplia avenida ajardinada, a cuyos lados también han crecido metros cúbicos de viviendas y oficinas. Por debajo del bautizado como Tilla-Durieux-Park (6), en honor de una actriz de principios del siglo XX, pasa un túnel que atraviesa el Tiergarten y conecta con la Lehrter Hauptbahnhof, la estación central de Berlín, encauzando el tráfico ferroviario que antes de la guerra terminaba en las estaciones de Potsdam y Anhalt. Paralelo a éste existe otro túnel para el tráfico rodado, cuya boca norte está en las inmediaciones de la Lehrter Hauptbahnhof y la sur justo al final del complejo de la Potsdamer Platz.

En una de las esquinas donde arranca el Tilla-Durieux-Park existe un edificio redondeado. Su forma no es causal, sino que desea recordar la famosa Haus Vaterland, cuyos letreros luminosos eran bien conocidos en el Berlín nocturno del período de entreguerras. La Haus Vaterland adquirió ese nombre patriótico durante de la Gran Guerra, momento en que también su café Picadilly hubo de mudarse en Deutsches Caféhaus. Poco después fue transformada por el grupo Kempinski en el mayor restaurante del mundo. Ofrecía espacio para más de dos mil comensales, repartidos entre distintas salas, que recreaban una cervecería bávara, una bodega española, un café turco y un salón del oeste americano, entre otros ambientes. Las cenas terminaban en un gran salón de baile con una decoración de palmeras tan artificiosa como la de los restaurantes. Hessel llamaba a la Haus Vaterland la “Alemania monstruo”. En su opinión, el berlinés había caído siempre “en el peligro del adocenamiento, de la cantidad, de lo colosal”. “Sus cafés –lamentaba– son casas de huéspedes de pretenciosa distinción. En ningún lugar se ven los agradables y sencillos sofás de cuero, los rincones tranquilos que adora el parisino y el vienés. En lugar de decir ‘camarero’, se le llama por el estúpido título de Herr Ober”. Hessel estaría contento de saber que ya nadie se dirige así al personasl de un bar o restaurante –lo más extendido es exclamar Bitte (por favor)–, por más que el clásico método de aprendizaje de idiomas Assimil lo haya venido incluyendo en sus primeras lecciones de alemán.
En las últimas horas de la guerra
El Tilla-Durieux-Park termina en el Landwehrkanal y casi empalma con el Mendelssohn-Bartholdy-Park (7). Si el primer oarque tapa unos túneles, el segundo cubre el terreno cegado de un antiguo puerto fluvial. Este punto está relacionado con uno de los incidentes más conflictivos de los últimos días de la batalla de
Berlín, novelado con gran fuerza en la tercera parte de la triología sobre la Segunda Guerra Mundial realizada por Theodor Plievier. En Berlín (1954) se describe la desesperada situación vivida por los miles de civiles que se habían refugiado en las instalaciones subterráneas del metro, la mayoría mujeres, niños y soldados heridos acogidos en vagones-hospital. En las últimas horas de la contienda, un carga explosiva voló la galería del metro que en esta zona pasa por debajo del canal de Landwehr. La descarga provocó la inundación de veinticinco kilómetros de túneles del S-Bahn y del U-Bahn cuando el agua penetró en un pozo que los conectaba. En la inmediata posguerra se llegó a hablar de millares de víctimas y a acusar a los soviéticos de haber provocado una innecesaria tragedia en una guerra que ya tenían ganada. También se les atribuyó haber ocultado los cuerpos de los muertos en las inmediaciones del antiguo embarcadero. La historiografía ha dejado sentado que la acción fue obra de ingenieros de las SS que pretendían evitar que el Ejército Rojo avanzara directamente por el túnel del metro hasta la estación cercana a la Cancillería de Hitler. Las estimaciones que parecen más ajustadas establecen que sólo falleció un centenar de personas debido a que el nivel del agua subió progresivamente, lo que dio tiempo a un parcial desalojo.
El puerto perdió utilidad al agrandarse el Westhafen y fue cegado con los escombros de los edificios derruidos en las inmediaciones, entre ellos los procedentes de la Filarmónica. Ésta estaba situada en la próxima Bernburger Straße y más tarde sería reabierta en el Kulturforum. Al parque, y luego a la contigua estación del metro, se le dio el nombre del músico Felix Mendelssohn (1809-1847). También al fondo del puerto fueron a parar seguramente parte de las ruinas de la estación de Anhalt.
Partida al exilio
Los restos de la Anhalter Bahnhof (8) fueron las primeras ruinas de la guerra con las que me topé a mi llegada a Berlín. Como por allí pasaba a menudo, me suponían un constante recordatorio de los sucesos
de hacía medio siglo: a la acción bélica y también a la previa huida de muchos intelectuales judíos que, tal como entonces informaba allí un cartel, cruzaron ese pórtico para tomar el tren del exilio cuando esto aún era posible. Entre otros destinos, desde la estación de Anhalt se partía hacia Suiza; comenzadas las deportaciones nazis, la única meta fueron los campos de concentración. Hoy no se parte hacia ningún sitio; en el espacio de los antiguos andenes hay una zona deportiva y está el Tempodrom, un clásico de la escena musical berlinesa.
Enfrente del pórtico conservado de la Anhalter Bahnhof, un enorme bloque de pisos reemplaza lo que fue el Hotel Excelsior, que abrió sus puertas en 1908 y llegó a ser el mayor hotel de Europa, con más de seiscientas habitaciones. Entre sus lujos estaba el disponer de una biblioteca con siete mil volúmenes. Además, el establecimiento ofrecía a sus clientes un acceso subterráneo directo al vestíbulo de la estación. En el hotel trabajó de sirvienta durante cuatro meses Vicki Baum, la leyenda dice que con la intención de inspirarse para lo que luego fue su obra más conocida, Gran Hotel (1929). Baum negaría después que hubiera entrado a trabajar allí con esa pretensión, pero no hay duda de que la exquisita e internacional vida en el Excelsior le aportó experiencia para la novela. Gran Hotel alcanzaría un éxito internacional inmediato: al año siguiente Max Reinhardt la llevó al teatro y en 1932 Hollywood realizó una versión cinematográfica, con la actuación de Greta Garbo, que mereció un óscar a la mejor película. Con motivo del rodaje del filme, Baum emigró a Estados Unidos, un exilio a tiempo para quien tenía orígenes judíos.
A uno de los lados de la antigua estación se distingue el cubo de hormigón del búnker de la Schöneberger Straße (9). Es el único de Berlín habilitado como museo. En sus salas se explica, mediante objetos hallados allí al término de la guerra, cómo era la vida diaria bajo los constantes bombardeos de la aviación aliada y la última ofensiva rusa. Para llegar a esa exposición primero hay que pagar el precio de una peregrina muestra sobre torturas medievales (Berliner Gruselkabinett) que alguien tendrá que suprimir algún día por escaso ingenio.
Las estaciones de Anhalt y Potsdam fueron en su día las que dejaban a los viajeros más cerca del entonces barrio gubernamental, cuando la Wilhelmstraße, como ya vimos, reunía la Cancillería del Reich y la mayoría de los ministerios. Hoy, la nueva República de Berlín tiene su aposento simbólico en otra parte.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Potsdamer Platz / Potsdamer Platz durante el Muro / Sony-Center (Andreas Tille) / Café Josty a comienzos del s. XX / Potsdamer Platz (Michael J Zirbes) / Leipziger Platz en 1921 y ahora / Potsdamer Platz, década 1920 / Potsdamer Platz y Tilla-Durieux-Park / Mapa Google / Ruinas de la Anhalter Bahnhof]
Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.
Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.
Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma