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De Emili J. Blasco (el 09/11/2009 a las 23:40:00, en XV. EPÍLOGO)

 

 

Berlín es puro devenir, una capital en construcción que probablemente hasta medidados de siglo no alcanzará de modo pleno lo que vaya a ser. Cien años habrán hecho falta para que vuelva al lugar desde el que se desplomó en el precipicio. Fue tan catastrófico el derrumbe que la ciudad habrá necesitado todo ese tiempo para superar la hecatombe a la que le arrojó el nazismo. Éste la quiso centro del mundo y la acabó convirtiendo en foso de la historia. El Berlín mítico de principios del siglo XX ambicionó ser una Weltstadt y ése es el rango al que se ha ido encaramando todos estos últimos años. Una capital mundial y no simplemente una Großstadt, una gran ciudad. Quiere recuperar su posición de capital de Europa, con la idea de haber superado ya a París y la creencia de tal vez estar disputándole la plaza a Londres. En plena efervescencia, sueña con competir con Nueva York, a la que pasó el testigo vanguardista cuando el nazismo acalló aquel trajín de Berlín Alexanderplatz relatado por Aldred Döblin.

 

 

Ahí están las cartas –Berlín, sin duda, las tiene–, y según cómo las juegue podrá culminar su ascensión. Como muy pocas otras ciudades, cuenta con el futuro en sus propias manos. Depende de la clarividencia de los mismos berlineses, de la apuesta que hagan el resto de alemanes y de la atracción que ejerza sobre el conjunto de los europeos. Para ser la capital de la Europa del siglo XXI carece de momento de suficiente fuerza económica y sus 3,5 millones de habitantes son escaso potencial humano. No obstante, su excelente ubicación geográfica en la Unión Europea ampliada le erige en referencia central, de la que sin duda se beneficiará. Si tras la Segunda Guerra Mundial hubo un “milagro alemán”, el milagro de la reunificación debe tener en Berlín, donde se juntan este y oeste, el símbolo de su triunfo.

 

Berlín ha perdido cien años, y cuando recupera el paso, la situación es bien distinta de la que conoció. “París es de ayer, Nueva York de hoy, Berlín del mañana”, escribió Lion Feuchtwanger en 1931. A la capital alemana se le escatimó ese mañana, y el hoy es más que nunca de Nueva York, con un Shangai que despunta. Incluso en su propio país, la red de fuertes plazas, ideada como reparto federal que vacunara frente a nuevas tentaciones nacionalistas, se resiste a ceder protagonismo. Fráncfort es el poder financiero, Hamburgo y Múnich concentran buena parte de la riqueza, Colonia y Düsseldorf ostentan la elegancia. Ni siquiera Berlín está ya en el centro geográfico de Alemania. Como reinstaurada capital, ha recobrado el poder político y cada día crece como sede mediática, pero los cuarteles generales de bancos y consorcios industriales se muestran más reacios a una relocalización. El tiempo, en cualquier caso, juega a favor de Berlín.

 

Si el mundo es bien distinto al de la preguerra, a Berlín le queda recobrar el perfil único que Joseph Roth describía en 1927: “Esta ciudad está fuera de Alemania, fuera de Europa. Es la capital de sí misma”. Es esa singularidad la que la hace especialmente atractiva para gentes de todo el mundo. Será su cosmopolitismo, si se entrega a él con convicción, el que la volverá a consagrar como Weltstadt. En su desventaja juega que el alemán ya no es la lingua franca de Mitteleuropa, aunque el aprendizaje de este idioma se está abriendo paso entre las nuevas generaciones de los países vecinos, una vez que el inglés es de obligatoriedad universal. “Me atrevo a profetizar”, apuntaba en cualquier caso Mario Vargas Llosa tras una larga estancia en la reunificada ciudad, “que Berlín sucederá a París probablemente en los años venideros como la capital espiritual de Europa. No hay razón alguna para levantar las cejas: ese Berlín será, sin duda, más europeo que prusiano, cosmopolita, multicultural, y –pese a lo que digan los apocalípticos agoreros– democrático”. Berlín fue la Babel de principios del siglo XX y en Babel va camino de convertirse de nuevo cien años después.

 

© Emili J. Blasco

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De Emili J. Blasco (el 08/11/2009 a las 23:00:00, en XIV. HACIA EL ESTE)

 

 

 

Berlín tiene más puentes que Venecia y sin embargo, por su formidable extensión, no da la sensación de ser una ciudad entretejida por canales. Está atravesada por un río de buen caudal, pero su presencia no es tan notoria en la vida ciudadana como la del Támesis y el Sena en el caso de Londres y París. Quizás esto último se deba a que el cauce del Spree, aún siendo navegable, es comedido y sus orillas están poco separadas entre sí durante su recorrido por el centro de Berlín. Sólo se distancian de verdad a partir del Elsenbrücke, en el paso de Friedrichshain a Treptow. Ahí se yerguen las Treptowers (1), presididas por el rascacielos de Allianz. A su alrededor se ha creado un nuevo distrito de oficinas y sedes corporativas cuya estampa, bañada esta vez por un ancho río, sí que evoca, por ejemplo, la fuerza del Támesis a su paso por la City. En la orilla de las Treptowers, como señalizando esta salida hacia el sureste de la ciudad, emergen del agua las tres grandes figuras humanas agujereadas del Molecule Man, una escultura de Jonathan Borfskys.

 

Desde la última planta de la torre de Allianz se puede apreciar la progresiva modernización de toda una zona que antaño tuvo carácter portuario y fabril, donde estuvo el distrito industrial de Berlín-Este. Es la ventaja de ser periodista: uno puede acceder a lugares restringidos con motivo de conferencias de prensa o alguna entrevista. Pero no se es un ser privilegiado en todo. El día que me acerqué a las Treptowers para cubrir una noticia económica fui tan vulnerable como otro cualquiera a la manía denunciatoria que tienen ciertas generaciones de alemanes. Obedientes a la ley y sus reglamentos, no admiten fácilmente que otros conculquen las más mínimas disposiciones. Diríase que les mueve la envidia; les reconforta que los demás se somentan también a la norma y que se castigue al infractor. Cuando ya me marchaba y retiraba el coche mal aparcado, un traseúnte corrió hasta un guardia que se hallaba cerca multando otros automóviles para que no me fuera sin la correspondiente sanción. En otras latitudes, el conciudadano me hubiera animado a alejarme rápidamente al descubrir la proximidad de un policía. No era la primera vez que me ocurría algo semejante. En un ocasión perdí la llave del candado de la bicicleta y cuando quise proceder a romperlo alguien que pasaba por la calle me denunció y no se separó de mí hasta que llegó el personal uniformado. Éste me dejó marchar sin excesivos problemas. Otros colegas tuvieron la desdicha de contar con algún vecino delator, que dio parte del inocente alboroto que los niños hacían en casa.

 

Donde el Spree se convierte en recreo

 

 

El Spree atraviesa demasiado hacendoso por en medio de la capital. En sus extremos, cuando confluye con el Dahme (este) y el Havel (oeste), los bañistas y las embarcaciones, las playas y los merenderos componen el principal paisaje vacacional de Berlín. Pero por el centro de la ciudad el río fluye como no dejando tiempo para un excesivo deleite, y eso que no muestra prisas, pues resulta difícil determinar qué dirección lleva la corriente. Aunque algunas orillas del Berlín central han ido ganando en terrazas y paseos, sólo a la altura de Treptow es cuando el Spree se convierte en recreo. Es en Treptow donde sus aguas se abren, entre pequeñas islas, para el remanso del fin de semana. La Isla del Amor, la Isla de la Juventud... Son elocuentes nombres de la devoción que desde el siglo XIX los berlineses profesan a estas riberas. “Hombre, si quieres ver hombres, / hombre, entonces deberías ir a Treptow; / hombre, allí puedes ver a hombres, / a hombres sobre hombres”, decía una tonadilla decimonónica sobre la multitud que se amontonaba a estas veras del Spree. La traducción suena mal, pero se trata de un juego de palabras entre el vocativo Mensch, muy usado coloquialmente (como en castellano puede ser “tío”), y el plural Menschen, que incluye a hombres y mujeres.

 

De esta tradición participó el Spreepark (2), un parque de atracciones creado en 1969 junto al río y que fue lugar de entretenimiento favorito de las familias de Berlín-Este. Bajo su noria se rodó una serie de televisión muy popular en la RDA y esa añoranza ha hecho que, después de que el parque cerrara por problemas económicos y de gestión, de vez en cuando se organicen visitas a sus oxidadas atracciones mecánicas. Ahí seguirán mientras se concreta con nuevos inversores una posible renovación y reapertura. Pero estos rincones no parece agobiarse con prisas para el cambio, visitados sobre todo por generaciones criadas en Alemania Oriental, a las que gusta recalar en la cercana Haus Zenner (3) (Alt-Treptow 14-17), un amplio restaurante con terrazas que llegan hasta el borde del agua. El merendero conserva el formato de distracción que ofrecían los domingos de buen tiempo para los berlineses del este: paseos matutinos por la ribera del Spree, combinados con salidas en bote de remos; almuerzo de los Butterbrot (el sándwich alemán) preparados en casa, acompañados de cervezas y café de filtro a las mesas del Zenner, y baile popular al aire libre hasta la hora de reemprender el regreso a casa.

 

 

Casi enfrente de la Haus Zenner se encuentra la Insel der Jugend (4) (Isla de la Juventud), a la que se pasa por el Abteibrücke, un decorativo puente contruido en 1916 por prisioneros de guerra franceses. Antiguamente la isla se llamaba Abteiinsel porque en ella había una abadía. El silencio de antaño se ha cambiado por el cine al aire libre y por conciertos de música pop. Al otro lado del río se ve la punta de la península de Stralau (5), que a principios del siglo XX estuvo unida a este otro lado mediante un túnel para el tranvía. En esa orilla sobresale la figura de la iglesia medieval de lo que fue un asentamiento de pescadores. De acuerdo con ese origen, cada 24 de agosto, día de San Bartolomé, estas veras del Spree se llenan de barcas que llegan en procesión desde otras partes de Berlín para celebrar la fiesta mayor de Stralau. A mediados del XIX la fiesta se prohibió durante más de veinte años debido a los desórdenes que provocaban los ebrios pescadores, que incluso llevaban la juerga al interior del cementerio.

 

Faraónico túmulo soviético

 

Si dejamos el río y nos volvemos hacia el Treptower Park, a corta distancia encontramos el Archenhold-Sternwarte (6). Este observatorio astronómico contiene un telescopio reflector de veintiún metros, un pequeño planetario, un cine en el que se proyectan viejas películas de ciencia-ficción y un museo de instrumentos y documentos relacionados con el descubrimiento del universo. Algunos de ellos versan sobre la teoría de la relatividad, acerca de la cual el propio Albert Einstein impartió aquí una conferencia en 1915. Friedrich Simon Archenhold fue un autodidacta que, como judío, fue expulsado de su centro de investigación del cosmos cuando el astro hitleriano comenzó a elevarse en su órbita. El observatorio nació como parte de una especie de “Disneyland guillermino” que en 1896 ocupó todo el Treptower Park. Guillermo II encargó una exposición internacional con los principales avances industriales y científicos de Alemania, enmarcados en paisajes extraídos del imperialismo colonial. Era una kitsch visión de la Alejandría que el Segundo Reich imaginaba ser.

 

Allí donde se transplantaron verdaderas palmeras, se reprodujo la pirámide de Keobs, adornada con momias originales, y se creó un lago con góndolas venecianas, fueron enterrados al final de la Segunda Guerra Mundial cinco mil soldados del Ejército Rojo muertos en la toma de Berlín. Al lugar, en cualquier caso, no le faltaba tradición comunista, pues en 1919 Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg congregaron en el parque a 150.000 trabajadores en huelga. El Sowjetisches Ehrenmal (7) (Memorial Soviético), en honor de los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial, sobre de todo de los ochenta mil fallecidos en la toma de Berlín, es un faraónico mausoleo realizado entre 1946 y 1948 por trabajadores forzosos alemanes, sobre todo mujeres. Al impresionante recinto se entra tanto desde la Puschkinallee como desde Am Treptower Park. En ambos casos se penetra hacia el interior del parque a través de sendos arcos conmemorativos y se llega a la gran escultura de una matrona. Esta madre patria, acongojada por la suerte de sus hijos, preside un paseo de álamos que termina en un portal formado en cada flanco por una inmensa bandera inclinada y un soldado genuflexo. Ambas banderas rojas están elaboradas con el mármol granate extraído de la Cancillería de Hitler. Cuando se llega allí pensando que termina el colosal memorial se descubre aún una mayor monumentalidad. Una escalinata desciende a una pradera decorada a los lados con mármoles labrados con textos de Stalin; al fondo, un inmenso túmulo sirve de peana a un soldado de once metros. El guerrero sostiene con una mano a un niño y con la otra remacha con la espada una esvástica destrozada. Unos empinados escalones suben hasta la base de la escultura, constituida por una capilla redonda cuya pared interior está decorada con un mosaico funerario alegórico. En el Treptower Park tuvo lugar la ceremonia de despedida de las unidades rusas una vez Alemania consumó su reunificación. Boris Yeltsin y Helmut Kohl pasaron revista a los tropas, poniendo fin a casi medio siglo de presencia militar.

 

Una avenida y una operación doradas

 

Los soviéticos primero, y los guardas fronterizos de la RDA después, habían vigilado especialmente este sector de Treptow, ya que como meta popular de planes de fin de semana la concentración de excursionistas podía disimular algún intento de fuga, pues el Muro discurría por las inmediaciones. Algo más al sur, la línea fronteriza partía la Sonnenallee; triste y gris destino, como la prensa occidental objetó en su momento, para una avenida de resplandeciente resonancia: Avenida de los Soles. En este paso entre los dos Berlines transcurre el filme Sonnenallee (1999), basado en la novela del mismo nombre de Thomas Brussig. Libro y película fueron un gran éxito en los Länder de la ex RDA, cuya Ostalgie comenzaba entonces a desinhibirse. Sonnenallee es una simpática historia de una pandilla de adolescentes, locos por la estética y los ritmos yeyés de los sesenta y setenta, cuya occidentalización escandaliza el paternalismo familiar y policial.

 

La frontera entre Neukölln y Treptow llegó a ser oradada por norteamericanos y británicos con un túnel para espionaje. La llamada Operation Gold fue una de los hitos de la Guerra Fría. El túnel, excavado a cuatro metros de profundidad, iba del barrio de Rudow (Berlín-Oeste), al de Altglienicke (Berlín-Este). Partía de una estación de radar del Ejército estadounidense y pasaba por debajo de la línea fronteriza (el Muro aún no había sido construido) en las proximidades de un cementerio. Desde ahí avanzaba cuatrocientos cincuenta metros en Berlín-Oriental, atravesando la Schönefelder Chaussee, hasta una central telefónica. Ésta era utilizada por los soviéticos para comunicaciones internas, conexiones con los mandos en la URSS e intercambio informativo con la RDA. El túnel, lleno de cables y clavijas para la interceptación de las conversaciones telefónicas, entró en funcionamiento en 1955. Durante once meses y once días, los aliados grabaron cincuenta mil cintas con casi medio millón de conversaciones. La instalación fue descubierta en 1956 por el enemigo. “Mensch!, ¡esto es fantástico!”, exclamó el ingeniero germanoriental que inspeccionó la boca del túnel. Durante años se especuló sobre la valiosa información conseguida, pero mucho después se conoció que los soviéticos supieron desde el primer momento los detalles de la Operation Gold, pues un doble agente británico dio el aviso. Para poner a salvo a su fuente, optaron por no desinformar con mensajes falsos y se limitaron a dejar de trasmitir contenidos especialmente sensibles. Sólo cuando fue seguro proceder al “decubrimiento”, Nikita Kruschev utilizó el hallazgo en una lógica campaña propagandística contra las potencias occidentales. El túnel, una sección del cual se halla reproducida en el Museo de los Aliados, fue destapado en 1997, pero no quedó reparado ni abierto al público.

 

Torre vigía frente al bazar y la Arena

 

El único elemento del Muro visitable en esta parte de Berlín se encuentra al norte del parque de Treptow, en el punto en el que se juntan la Puschkinallee y Am Treptower Park. La desembocadura del Landwehrkanal en el Spree marcaba el trazo fronterizo con el barrio occidental de Kreuzberg. Del complejo de seguridad se ha dejado una Grenzwachturm (8) (torre vigía de la frontera); sin saber muy bien qué destino darle, se ha venido empleando como Museo del Arte Prohibido (Museum der Verbotenen Kunst), título pretencioso para una habitación con unas pocas obras de artistas que fueron censurados en la RDA, aunque también ha dado lugar a otras muestras artísticas. Ese aire alternativo propio del limítrofe Kreuzberg también existe en los bares que dan al canal en un tramo de la orilla de este pequeño parte, Schlesischer Busch.

 

Como muchos otros cul de sac del Muro, este enclave está en reconversión. Enfrente, en unas viejas naves del Osthafen, no tardó en abrir los fines de semana un interesante mercadillo cubierto cuyos puestos están en muchos casos regentados por turcos. Al atravesar la puerta del Hallentrödelmarkt de la Eichenstraße se entra de golpe en otro mundo; es como hallarse de pronto en un bazar oriental. Lo que se ofrece es difícil encontrarlo en otro lugar: televisores viejos, electrodomésticos de segunda mano (por emplear un ordinal), tuberías y grifería de deshecho, ropa usada, accesorios extraídos de automóviles, cortinaje barato y un sinfín de objetos inimaginables. Es posible que no dure mucho más tiempo ahí, pero comprobarlo no supone ningún desvío, pues la siguiente mención en este recorrido es la Arena (9), el mayor pabellón para conciertos musicales de Berlín. Ubicada en la misma antigua zona portuaria, la Arena se aloja bajo una gran cubierta restaurada, forjada en 1927 para un depósito de omnibuses que fue el mayor pabellón sin columnas de la época. La instalación queda junto a las Treptowers, con lo que volvemos al punto del que partíamos al comienzo del capítulo. La siguiente etapa, la antigua población de Köpenick y sus alrededores, queda bastante río arriba, tanto que a veces es difícil incluirla en los mapas.

 

El robo del capitán y el encierro de Fritz

 

El 16 de octubre de 1906 tuvo lugar en Köpenick un espectacular robo que hizo reír al mundo. Fue tan sonado, que al comienzo de cada verano se conmemora con una fiesta popular, la Köpenickiade. En el Ayuntamiento de esta ciudad, incorporada a Berlín en 1920, se presentó ese día el zapatero Wilhelm Voigt disfrazado con el uniforme de capitán del Ejército prusiano y acompañado de doce supuestos soldados del Garderegiment. Voigt detuvo al alcalde, simuló enviarle con escolta militar a la Neue Wache de Unter den Linden y se apoderó de la caja de caudales. La mascarada, narrada en 1909 por el propio protagonista en un exitoso relato, fue argumento en 1930 de una novela de Wilhelm Schäfer y en 1931 de una celebrada obra de teatro de Carl Zuckmayer, que aún sigue representándose. El capitán de Köpenick llegaría al cine en 1956, dirigida por Helmut Käutner. El escenario del robo, la habitación donde se guardaban las arcas municipales, continúa prácticamente inalterada y puede visitarse en el Rathaus de Köpenick, un inmenso ayuntamiento neogótico de ladrillo visto inaugurado el año antes del robo. A su puerta se ha colocado un bronce del capitán de Köpenick, con sus mostachos de la época.

 

El centro histórico de Köpenick (10) ocupa una isla donde confluyen el Spree y el Dahme. Anterior al propio Berlín, la población tiene su origen en el siglo IX y su primera municipalidad data de 1209. Al sur de la isla hay un palacio del siglo XVII, convertido en museo de artesanía, en el que tuvo lugar el más conocido episodio de la tempestuosa relación entre Federico Guillermo I y su hijo, el futuro Federico II. El Rey Soldado amargaba tanto con su disciplina castrense al joven Fritz, que en 1730 éste decidió escapar a Inglaterra en compañía de su amigo el teniente Hans Hermann Katte. El acto de deserción fue juzgado por un tribunal de guerra en la sala de armas del palacio de Köpenick. Katte fue condenado a cadena perpetua, pero como el heredero no pareció enmendar, el Soldatenkönig hizo ejecutar a Katte en presencia de Fritz y a éste le mandó encerrar.

 

 

De esa época son algunas casas del Kietz, un enclave de pescadores. Igualmente pintorescos son el Alter Markt, la Laurentiuskirche y la Schüsslerplatz, con mercado un par de días a la semana. Pero Köpenick no sólo es historia. También cuenta con un área para la gran industria, la más importante de Berlín-Este en tiempos de la RDA, y con un vasto espacio natural que ocupa las tres cuartas partes del distrito. “En kilómetros a la redonda sólo agua y bosque (...) Aquí es como siempre fue”, sentenciaba Fontane en el siglo XIX. Lo mismo podría escribirse ahora.

 

El mayor lago de Berlín

 

Las orillas del Großer Müggelsee (11) no han variado demasiado en mucho tiempo. La rudimentaria industria turística de la RDA apenas inmutó su entorno, menos explotado que el del Wannsee, en el otro extremo de la ciudad. Al norte del lago está Friedrichshagen (12), la colonia vacacional más antigua de la zona. Desde ella zarpan embarcaciones que cruzan el Großer Müggelsee, unas para continuar la ruta por el Spree y dar la vuelta por la sucesión de lagos que permiten llegar de nuevo al núcleo histórico de Köpenick; otras para alcanzar Rübezahl y Müggelseeperle, dos lugares con cafés y restaurantes en el margen sur del gran lago. Desde la colonia también parte un túnel que pasa a unos ocho metros por debajo del lecho del lago y empalma con la orilla occidental. El túnel entró en servicio en 1927, tiene ciento veinte metros de largo y cinco de ancho, y es para uso de peatones y ciclistas.

 

 

En Friedrichshagen está la playa del Großer Müggelsee. Fue habilitada en 1912 y sus instalaciones datan de comienzos de la década de 1930, cuando a estas orillas se las conocía como “la Riviera” del este de Berlín. Un amigo mío disponía allí de unos botes, de forma que un par de domingos soleados los pasamos nadando y remando en el lago. ¡Qué distinta la experiencia comparada con un plan semejante en el Wannsee! De entrada, el viaje en S-Bahn había sido menos concurrido, y desde el tren no se había divisado ningún chalet de notoriedad. Luego, en los amarres sólo encontramos embarcaciones de poco lustre. Hasta los escasos chiringuitos de la playa parecían desinteresados en levantar necesidades de consumo entre los bañistas. Supongo que algo de eso añora la Ostalgie. Los botes pertenecían en realidad a una Burschenschaft. Las Burschenschaft son asociaciones universitarias que tienen su origen en las corporaciones estudiantiles medievales, revitalizadas a partir de la Ilustración. Aunque conservan sus ritos de iniciación y grados de antigüedad, estas hermandades han perdido mucho de su carácter de cuerpo. La pervivencia de uniformes y desfiles ha permitido que algunas organizaciones marginales cultiven ideologías neonazis, pero la mayoría han devenido en meras sociedades de festejos. Éste último era el caso de la Burschenschaft de mi amigo, que durante sus años de estudiante de posgrado en Berlín se benefició de la estupenda residencia que tenía la entidad: una amplia casa, con generoso jardín para barbacoas y un espacio reservado para los barriles de cerveza que se abrían con la excusa de determinadas fechas, de una viciosa frecuencia.

 

Los bosques que rodean el Großer Müggelsee permiten entretenidas excursiones a pie o en bicicleta. De los muchos senderos que pueden tomarse, uno lleva a la Müggelturm (13), una torre de treinta metros que se remonta a 1889, aunque fue reconstruida en 1961. Siguiendo hacia el sur se alcanza el Langer See (14). Este lago, cerca de Grünau, fue la patria de los deportes acuáticos en Berlín. A finales del siglo XIX se disputaban aquí las Kaiserregatten, que congregaban a más de cincuenta mil personas en las orillas. Esa tradición hizo que las competiciones de remo de los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraran en esta aguas. Aún hoy hay una zona reservada para regatas.

 

 

Otra ciudad desde el agua

 

El regreso al centro de Berlín puede hacerse en barco. Es posible que el visitante lo haya tomado ya por su cuenta en cualquiera de los momentos en que se ha movido por Berlín. Si no, haría mal en despedirse de la capital alemana sin haberla contemplado desde el agua. Es otra forma de flanear por la ciudad, la única que permite hacerse una verdadera idea del entorno acuoso en el que se asienta. No es sólo que un paseo por sus ríos, canales y lagos resulte siempre placentero, especialmente en tiempo soleado, sino que además las rutas que surcan el Spree por el interior de Berlín ofrecen una imagen distinta y complementaria de los sitios que se han conocido a pie. Se aprecian entonces los detalles de sus puentes, se valora el carácter estratégico de sus esclusas, se mide mejor la monumentalidad de ciertos edificios. Desde el mismo origen de la ciudad, que estuvo en el agua, van pasando a los lados todas las caras que a lo largo de la historia ha mostrado Berlín. No ya como ropajes apisonados en capas superpuestas, como en las catas que sobre el terreno hemos realizado, sino desplegados en una panorámica que dispone las distintas épocas de la fascinante biografía de Berlín en un collage multiforme y desordenado en su simultaneidad.

 

A medida que la embarcación se desliza río abajo por el Spree, ante los ojos desfila el Berlín medieval de pescadores (Fischerinsel) y de comerciantes (Nicoaliviertel); el Berlín de la ilusión comunista (Marx-Engels-Forum, con la Fersehturm al fondo); el Berlín prusiano de la gloria imperial (Berliner Schloss), con su canto al espíritu (Berliner Dom) y a las artes (Museumsinsel); el Berlín efervescente de principios del siglo XX, en el trajín de sus calles (Friedrichstraße) y de sus escenarios (Berliner Ensemble); el Berlín del sueño democrático de la República de Weimar y de la pesadilla nacionalsocialista (Reichstag); el Berlín de la tragedia del Muro (Parlamento de los Árboles); el nuevo Berlín de la nación reunificada (Budeskanzleramt y Lehrter Hauptbahnhof); el Berlín de parques (Tiergarten) y de palacios (Schloss Charlottenburg); el Berlín, en fin, de la tradición obrera e industrial (Siemensstadt).

 

“Ningún amanecer en los montes, ningún atardecer en el mar puede hacer olvidar al que vivió de niño en Berlín el alba y la aurora sobre las hojas primaverales y otoñales de los árboles del canal”, escribió Franz Hessel sobre sus recuerdos junto al Landwehrkanal. Este canal, aunque su ruta en barco avista menos monumentos, es también un buen mercurio para tomar la temperatura de los distintos Berlines, que en el fondo son sólo uno, el que acapara la vista cuando el avión se eleva sobre la ciudad para abandonarla. No hay que dejar de observarla desde arriba hasta que los ángeles de la ciudad de El cielo sobre Berlín la cubran con nubes, como guardándola para nuestra próxima visita. Bajo ese manto, Berlín seguirá transformándose con rapidez, ávida en recuperar el tiempo perdido.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Treptowers (Georg Slickers) / Haus Zenner, en la actualidad (Hobbyuo.de) y hacia 1900 (Stefan Richter) / Insel der Jugend (Hobbyuo.de) / Memorial Soviético (Andreas Steinhoff) / Túnel de la Operation Gold: oficial sovético tras su descubrimiento, 1956 (PH Junge, Bundesarchiv) y reproducción en el Museo de los Aliados / El capitán de Köpenick (Lienhard Schulz) / Köpenick (Hobbyuo.de) / Mapa Google / Müggelturm, hacia 1900 / Müggelsee (Lienhard Schulz) / Langer See, visto desde la Müggelturm (Andreas Steinhoff)]

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El “este profundo” es el mejor retrato de lo que fue la vida cotidiana de la RDA. Junto a zonas de casas unifamiliares, más pobres que las que se observan en el oeste de la capital, se levantan colmenas de pisos propias de las ciudades dormitorio que el comunismo construyó en los arrabales de las grandes poblaciones. El crecimiento de Berlín-Este se llevó a cabo a partir de la década de 1970 con la nutrida inmigración que llegaba del campo. El distrito de Lichtenberg se extendía entonces hasta los confines orientales de la ciudad, con amplios espacios por urbanizar. Cientos de miles de personas se fueron instalando en viviendas construidas a toda velocidad y los nuevos suburbios, primero Marzhan y luego Hellersdorf, se fueron segregando de Lichtenberg. También al norte de este barrio se desgajó el de Hohenschönhausen. Un viaje por algunas de estas áreas es necesario para auscultar mejor la compleja realidad de Berlín. En la medida en que este extrarradio con altos índices de paro mejore sus condiciones de vida y sus habitantes se incorporen plenamente al desarrollo vital de la ciudad, Berlín ganará la partida a los lastres que pueden condicionar su triunfo como gran capital de Europa.

 

Una acertada manera de comenzar la incursión por el extremo oriental de Berlín es seguir los mojones dejados por la Stasi (Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), como se llamó a la Policía secreta y a los servicios de espionaje de la República Democrática. Si de lo que se trata es de conocer las profundidades del anterior Berlín-Este, nada mejor que hacerlo a través de lo que fue el principal instrumento de que dispuso el régimen comunista para preservarse a sí mismo y dominar todos los resortes sociales. La Stasi fue la esencia misma del Estado, un Estado dentro del Estado que tuvo su capital en la Normannenstraße (1), donde de encuentra el Stasimuseum (entrada por Ruschestraße 103). El Ministerium für Staatssicherheit se alojó en un complejo de edificios que acaparan toda una manzana de esa calle, cuyo nombre mismo era recibido con temor y sigilo cuando aparecía en las conversaciones. En esas ocho hectáreas trabajaban veinte mil personas para hacer realidad el lema “Estamos en todas partes”.

 

La Stasi fue “una increíble mezcla de arrogancia y neurosis”. Así nos lo resumió a varios corresponsales extranjeros quien desde la desaparición de la RDA dirigía el esfuerzo por recomponer los archivos secretos germanorientales. La misión de Joachim Gauck, ex pastor evangélico, consistía en rescatar y custodiar la máxima información posible sobre los datos que la Stasi había acumulado a lo largo de los años, con el fin de que los ciudadanos pudieran acceder a las fichas que escrutaban los recovecos de sus vidas y también cupiera determinar quiénes habían trabajado escondidamente para elaborarlas. Cerca de seis millones de personas, dentro y fuera de la RDA, llegaron a ser espiadas, en un meticuloso trabajo llevado a cabo por 91.000 empleados oficiales (uno por cada 180 habitantes del país) y 170.000 “colaboradores extraoficiales”. Estos últimos, conocidos como mi (Inoffiziell Mitarbeiter), constituían una vastísima red de informantes y delatores en empresas, escuelas, clubs deportivos, iglesias e instituciones de todo tipo. Los archivos de la Stasi -diecisiete millones de fichas que puestos en fila ocuparían 186 kilómetros- recogían información sobre los más insospechados detalles de la vida personal de un tercio de la población de la RDA, facilitada en ocasiones por estrechos vecinos, amigos íntimos e incluso el propio cónyuge, como relata en toda su complejidad psicológica La vida de los otros, el filme de Florian Henckel galardonado con un óscar en 2007. Un absoluto control social gracias al cual la RDA se vanaglorió de ser una dictadura comunista casi perfecta.

 

Entre laberintos de archivos

 

Gauk nos recibió en las dependencias de la Normannenstraße. La visita se desarrolló por laberínticos corredores y claustrofóbicas salas repletas de ficheros. Se nos permitía echar un vistazo general, pero no leer los expedientes, pues toda consulta debe cumplir una serie de requisitos oficiales. Los ciudadanos que lo deseen pueden leer las actas relativas a ellos, y los historiadores y periodistas que acrediten su interés pueden acceder a los contenidos sobre determinadas figuras públicas o acontecimientos. No obstante, los archivos no están completos. “Tras la caída del Muro, la Stasi se puso nerviosa y comenzó a triturar los materiales, pero la trituradora de papel se estropeó y hubo que rasgar los papeles a mano”, explicó Gauk. Parte del trabajo de su equipo era recomponer los diez mil sacos de trozos de papel hallados tras el colapso de la RDA. La documentación también se vio dañada por la irrupción de la multitud en la sede de la Stasi el 15 de enero de 1990. La turba abrió archivos y pateó expedientes, en una acción que en realidad pudo estar instigada por la propia Stasi para aprovechar el desconcierto y así poner a salvo o destruir determinado material. En cualquier caso, valiosos microfilmes fueron vendidos por un oficial de la Stasi o del KGB y fueron a parar a la CIA, que sólo ha entregado lenta y parcialmente la información a las autoridades alemanas.

 

La tupida red de “colaboradores extraoficiales” fue especialmente dañina para la salud moral de la sociedad germanoriental. Sospechar de cualquiera como posible delator engendró relaciones humanas basadas en la mentira. Pero quizá peor fue descubrir después que hasta las personas más próximas que se consideraban de plena confianza habían sido también mi. La neurosis en que se vivía en la RDA la retrata Christa Wolf en su novela Lo que queda (1990), en la que, con tono autobiográfico, describe la obsesión de sentirse espiada en su domicilio berlinés: “Me gustaría saber por qué anoche después de las doce aún estaban y esta mañana habían desaparecido. (...) Tuve que ir otra vez a la ventana, de prisa, otra vez sin resultado. Era un alivio, desde luego, me dije, ¿o acaso los esperaba? Quizá la noche antes hubiera hecho el ridículo; un día me avergonzaría recordar cómo a cada media hora cruzaba a tientas la habitación a oscuras para ir a la ventana y espiar por la rendija de las cortinas; vergonzoso, concedido. Pero qué hacían tres hombres jóvenes horas y horas sin moverse, en un Wartburg blanco frente a nuestra ventana?”. Lo chocante es que pocos años después de publicar ese libro, se supo que la propia Wolf, una de las firmas de más prestigio de la RDA, había sido durante un tiempo mi y había pasado información a la Stasi sobre otros colegas escritores.

 

El espía que vino del frío

 

En la Normannenstraße tuvo su despacho Markus Wolf, quien en 1963 inspiró a John Le Carré su novela El espía que surgió del frío. Wolf fue conocido como “el hombre sin rostro” porque los servicios de inteligencia occidentales no dispusieron de ninguna fotografía suya durante gran parte de los treinta años que dirigió el espionaje exterior de la RDA. Después de un tiempo en Moscú, donde ya había estado durante la guerra, en 1956 pasó a dirigir en Berlín la Hauptverwaltung Aufklärung (HVA), el departamento de espionaje en el extranjero de la Stasi. Estuvo en el puesto hasta 1986, cuando la perestroika soviética comenzaba a resquebrajar las alianzas internacionales del comunismo. “Gorbachov nos traicionó y vendió”, nos aseveró Wolf a un grupo de corresponsales durante una cena en la que hizo gala de sus dotes de seducción; no en vano se le considera el padrino de los “Romeos”, los agentes que intentaban obtener información actuando en las alcobas. Días antes de la caída del Muro, Wolf aún intentó recolocarse en el movimiento contestatario participando como uno de los oradores en la gran manifestación del 4 de noviembre de 1989 en la Alexanderplatz. Pero era demasiado tarde para reconocer que “el socialismo real nada tiene que ver con la democracia socialista”, como nos repitió esa noche. Estaba en libertad condicional después de que un tribunal de la Alemania reunificada le hubiera condenado por “alta traición”.

 

El hecho de que Wolf se hubiera ocupado del espionaje en el exterior de un Estado internacionalmente reconocido le salvó de cargos acerca de crímenes cometidos por la Stasi en la RDA. Si de algún modo rentabilizó su papel de héroe, el de villano le correspondió no sin razón a su jefe, Erich Mielke, máximo guardián del régimen comunista germanoriental durante tres decenios como ministro para la Seguridad del Estado. Fue la figura más siniestra de la República Democrática, de forma que provocó las carcajadas en la Volkskammer cuando, ya despojado de poder en los meses previos a la reunificación, accedió a la tribuna de la Cámara y afirmó en un senil discurso: “De verdad que yo amo a todo, todo el mundo”. La frase se hizo célebre.

 

Mielke, conocido por su mal carácter y por el despotismo con el que trataba a sus subordinados, fue el organizador de la Stasi y su timonel entre 1957 y 1989. Creó una poderosa organización que contaba con un hospital para su personal, una caja de ahorros y un equipo de fútbol de primera división, el FC Dynamo. El equipo estaba presidido por Mielke, un apasionado por este deporte, que no dudaba en amañar partidos y sobornar árbitros. Incluso se le implica en el asesinato, camuflado como accidente de tráfico, de un jugador del Dynamo que se pasó a un equipo occidental aprovechando un desplazamiento deportivo a la RFA. La residencia oficial de Mielke en el complejo de la Normannenstraße está abierta al público como Stasimuseum. Sobre el funcionamiento de la Stasi y el control del Estado que operaba existe una exposición en el centro de información y documentación del comisionado federal para los archivos del servicio de seguridad del Estado de la antigua RDA, en el centro de Berlín (Mauerstraße 38).

 

El temido “submarino”

 

 

El Dynamo tenía su campo en el Sportforum del barrio de Hohenschönhausen, entre las calles Weißenseer Weg y Konrad Wolf, ahora disponible para diversas entidades deportivas de la zona. Hohenschönhausen no sólo acogía el preferido momento de diversión de Mielke, sino también su “cámara de tortura”. El nombre del barrio ha quedado como sinónimo del tormento que la Stasi aplicó a los opositores del régimen en lo que fue la prisión preventiva central de los servicios de seguridad de la RDA. El Gedenkstätte Hohenschönhausen (2) es una conveniente meta para conocer la cara más oscura de la dictadura comunista. Cuando una mañana de sábado me desplacé hasta la Genslerstraße sabía que no iba a pasar unas horas placenteras, pero la visita guiada por el interior de la antigua prisión resultó más espeluznante de lo que imaginaba. Tras atravesar la alta tapia exterior, completada con torretas de vigilancia, el recorrido siguió por siniestros pasillos e incluyó un descenso a los sótanos, donde se encontraba el temido “submarino”, un ala de celdas sin ventanas para el castigo de los detenidos: habitáculos oscuros y húmedos, donde en ocasiones se embalsaba agua fría hasta la altura del tobillo y se derramaban persistentemente gotas sobre cuerpos que tiritaban sin descanso. Los largos interrogatorios se llevaban a cabo en dos habitaciones herméticas, recubiertas de superficies de caucho para ahogar cualquier grito. Todo estaba pensado para la desmoralización de los detenidos, que aislados y sin ver la luz del día perdían todo el sentido de la orientación y del tiempo. El “sistema Hohenschönhausen” fue una perversa cima de la evolución de la tortura en Europa.

 

La instalación comenzó como fábrica en 1910. El Tercer Reich la compró en 1938 para emplazar una cocina central desde la que abastecer comida a diversas instituciones. En 1945 los soviéticos la transformaron en centro de internamiento para criminales de guerra, y luego en prisión preventiva en la que encerraron a los enemigos políticos, no sólo antiguos nazis, sino también a militantes democráticos e incluso a comunistas y oficiales del Ejército Rojo “desviados”. Más de veinte mil personas pasaron por las manos de los carceleros soviéticos y se estima que el número de muertos pudo llegar hasta los tres mil. Se desconoce el total de disidentes que después fueron llevados a Hohenschönhausen desde que la cárcel pasó a depender de la RDA en 1950. El secretismo con que actuó la Stasi y el aislamiento de la prisión, rodeada de un perímetro de exclusión al que sólo tenía acceso personal autorizado –el centro era como el corazón de una cebolla de capas de controles y barreras–, dificultó cualquier cómputo.

 

La perversidad de Hohenschönhausen (Bonitas Casas de Arriba) está también en su bello significado. Incluso históricamente se había bromeado con un juego de palabras sobre la clase adinerada que había comenzado a asentarse en sus villas a comienzos del siglo XX (donde "die Hohen schön hausen", “los altos bien viven”). Parte de ese macabro contraste son los despachos a los que se entra después de haber descendido a las celdas: papeles pintados con flores decoran las paredes de las oficinas de los funcionarios, con su decente mobiliario funcional de formica clara. La burocracia fue en la segunda dictadura alemana tan aséptica en sus funciones criminales como lo había sido en la primera. Todo ofrece la apariencia de estar como fue dejado en 1989, incluso en algún lugar cuelga un calendario de ese año, como un reloj que marca el tiempo parado. No obstante, antes de abandonar Hohenschönhausen a comienzos de 1990, la Stasi aún tuvo tiempo de “humanizar” rápidamente su “camara de los horrores” y llegó a llenar de trastos las celdas de caucho de las torturas para hacerlas pasar por almacenes de muebles. No quedó rastro, por ejemplo, de un posible cañón de rayos X que sí fue hallado en otra prisión de la Stasi, camuflado tras la silla en la que los detenidos debían sentarse para ser fotografiados. Varios antiguos prisioneros murieron después de cáncer, entre ellos el escritor y psicólogo Jürgen Fuchs, que pasó una larga temporada en Hohenschönhausen.

 

Cementerio de comunistas

 

Escasas pruebas quedaron para poder culpar a Mielke, al que sólo se le pudo enviar a la cárcel por el asesinato de dos policías en Berlín ocurrido demasiado tiempo atrás, en 1931. Debido a su avanzada edad y su delicada salud, únicamente pasó dos años en prisión. Murió en 2000 y fue enterrado en el Gedenkstätte der Sozialisten, donde también fue conducido Markus Wolf en 2006 y donde reposan los restos de la plana mayor de los comunistas germanorientales. Se trata de un rincón del Zentralfriedhof Friedrichsfelde (3), donde anualmente acuden cientos de manifestantes con sus banderas rojas. El domingo más próximo al 15 de enero, en recuerdo de la fecha del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, ocurrido en 1919, tiene lugar el desfile “Zu Karl und Rosa”. En los tiempos de la RDA la convocatoria era obligatoria para los cuadros del partido y cuantos quisieran hacer carrera en el Estado comunista. La gerontocracia comenzaba la marcha a las nueve de la mañana en la estación de la Frankfurter Allee y cubría los casi dos kilómetros con canciones bien extemporáneas, viniendo además de personas que habían superado la edad de la jubilación. “Me parecía divertido que los setentones, juntos y desde el más profundo convencimiento, cantaran: Somos la joven guar-di-a del pro-le-ta-ri-a-do”, ironiza Klaus Taubert, ex directivo de la agencia de noticias de la RDA en sus memorias, Generation Fußnote (“generación pie de página” alude a una expresión luego muy repetida del escritor germanoriental Stefan Heym, quien en 1990 predijo que “de la RDA no quedará nada más que una nota a pie de página en la historia universal”). A la marcha acuden hoy sólo los nostálgicos y una representación de Die Linke, que presta cuidadosamente más tributo a los comunistas previos a la dictadura que a los difuntos líderes del SED.

 

 

El cementerio municipal se creó en 1881 para obreros y demás población sin recursos. Los cuerpos de Liebknecht y Luxemburg, cofundadores del KPD, fueron trasladados allí y como homenaje Mies van der Rohe erigió en 1924 su conocido Gedenkstätte der Sozialisten, un monumento de ladrillo oscuro compuesto en diferentes planos y decorado con la hoz y el martillo sobre una estrella de cinco puntas. El monumento resultó destruido en 1935 por los nazis y en 1951 la RDA levantó otro más sencillo en la entrada del cementerio. En esta parte del Zentralfriedhof Friedrichsfelde también se guarda la memoria de Ernst Thälmann y otros líderes de izquierda muertos en campos de concentración, y se agrupan las sepulturas de prominentes dirigentes del SED, como Wilhelm Pieck y Walter Ulbricht. Fuera de esta zona, una de las tumbas más artísticas, que presenta unas manos maternales abrazando a un niño, es la creada en 1936 por Käthe Kollwitz para su hermano; la propia artista también fue enterrada aquí en 1945.

 

Orgullo de los Ossies

 

El barrio de Friedrichsfelde pasaba por ser a finales del siglo XIX el “Charlottenburg del este”, a decir de Fontane, por el sosegado entorno de palacio y villas de uno de sus rincones. El Schloss Friedrichsfelde fue construido en 1695, y sus extensos jardines quedaron convertidos en 1954 en el Tierpark (4), el zoo que la RDA erigió en su capital porque el Zoologischer Garten había quedado en Berlín-Oeste. Con ciento sesenta hectáreas, el Tierpark es uno de los zoológicos más grandes del mundo, lo que para los Ossies supone uno de los poco motivos de orgullo al que aún pueden seguir entregándose sin ninguna mala conciencia, propia o impuesta. Debido a la trabajosa interacción entre las dos partes de la ciudad, el parque queda para disfrute casi exclusivo del antiguo Berlín-Este. Eso lo convierte en las jornadas de domingo en un idóneo observatorio de la progresión de la sociedad germanoriental, en aspectos como la evolución de su vestido, de sus gustos a la mesa, de sus relaciones interpersonales y de su poder adquisitivo.

 

Nada más acceder al Tierpark, los visitantes se topan con un grupo escultórico de diversos animales. Ya quedó dicho que parte del bronce procede de la estatua dedicada a Stalin que en su día desapareció de la Karl-Marx-Allee. No es la única reencarnación. Ante la Alfred-Brehm-Haus, en uno de los extremos del parque, dos leones dan nueva forma a lo que fue la imagen ecuestre del Káiser Guillermo I que había sido erigida frente al portal principal del Berliner Schloss.

 

Caballos al trote junto a la reserva soviética

 

 

A la tranquilidad de Friedrichsfelde le sucede al sur el viejo elitismo de Karlshorst. En tiempos fue el más exquisito emplazamiento del este de Berlín, donde la alta sociedad se encontraba para asistir a las carreras de caballos. La tradición ecuestre llevó a la creación en 1894 de un circuito de carreras con obstáculos. La afición generó en sus inmediaciones el Prinzenviertel, un conjunto de calles en las que las clases pudientes edificaron mansiones de campo con cuadras de caballos. Las fachadas más nobles se alinean en la Üderseestraße. Las carreras al trote del Trabrennbahn Karlshorst (5) se popularizaron especialmente en la década de 1930. De esa época es la tribuna que aún se mantiene en uso en el estadio. La extendida afición hizo que ya en julio de 1945 se reanudaran las carreras, por más que la ciudad aún se hallaba paralizada por el colapso de la guerra. La actividad se prolongó durante toda la era comunista y hoy los caballos siguen saliendo a la pista cada sábado a las dos de la tarde.

 

Los soviéticos, como toda fuerza de ocupación, supieron escoger para sí la mejor zona residencial y reservaron un área de Karlshorst para los cuarteles generales de su administración militar y para las viviendas de sus mandos. El 3 de mayo de 1945 los habitantes de la zona norte del barrio debieron dejar sus casas para que fueran ocupadas por los nuevos amos. Punto central de la colonia soviética fue el ahora Deutsch-Russisches-Museum (6), en la esquina entre la Rheinsteinstraße y la Zwieseler Straße, donde el 8 de mayo de 1945 se firmó la rendición incondicional de Alemania. La sala se ha dejado inalterada y el momento histórico de aquella firma puede seguirse en su escenario real mediante un documental cinematográfico. Desde la reunificación, el museo pretende destacar con diversas exposiciones el sufrimiento común de alemanes y soviéticos durante la guerra, aunque el esfuerzo de fraternidad no soslaya que unos fueron los vencidos y otros los vencedores. El centro tiene una fachada del estilo propio de la época nacionalsocialista, pues fue inaugurado en 1937 como escuela de formación para las Juventudes Hitlerianas. En la inmediata Zwieseler Straße, en un edificio gris que había sido el paraninfo de una escuela militar, estuvo la central de la KGB más grande fuera de la URSS. Por ella pasó Vladimir Putin cuando estuvo destinado en Alemania. El luego presidente ruso guardó de aquella época su dominio del alemán, entre otras habilidades.

 

Plattenbauten de once pisos, “paraíso” vietnamita

 

La reserva soviética de Karlshorst fue de acceso restringido; nunca los mandatarios de los países comunistas hermanos fueron conducidos allí. En sus visitas de Estado, los coches oficiales enfilaban otra ruta, no muy distante: rodaban por la Allee der Kosmonauten para un corto paseo de muestra por Marzahn. Este barrio y el de Hellersdorf, en el límite este de Berlín, eran la plasmación del socialismo real que tanto enorgullecía a Honecker. El crecimiento de la ciudad en la década de 1970 llevó a la rápida construcción de Plattenbauten, torres de pisos de planchas prefabricadas que normalmente alcanzaban las once plantas. En las zonas rurales de Marzahn vivían en 1945 apenas unas mil personas. A finales de 1977 se construyó el primer bloque de pisos, y medio año después Honecker entregaría ya la vivienda número mil a una “feliz familia de trabajadores”. En 1981 el cómputo del programa de planificación llegó a la cifra de veinte mil habitáculos. La dictadura comunista puso aquí todo su esfuerzo constructor en detrimento de las necesidades de alojamiento en otras ciudades, de forma que en el resto de la RDA el nombre de Marzahn fue maldito. La ciudad dormitorio fue extendiendo su mancha hacia el este y, si en 1979 se desgajó el distrito de Marzahn, de éste lo hizo en 1986 el de Hellersdorf. Ambos llegaron a sumar unos 250.000 habitantes.

 

Entre la crecida población de estas colmenas, aunque en reducida proporción pues la inmigración en el este de la ciudad ha sido mínima hasta hace poco, están quienes llegaron de Vietnam como mano de obra gracias a las especiales conexiones dentro del bloque comunista. Así, Berlín-Oeste tenía sus turcos, y Berlín-Este sus vietnamitas. Ninguno de los dos grupos tuvo una acogida placentera, pero al menos los turcos, por su mayor número y por la necesidad del discurso multiracial en la RFA, pudieron hacer oír su voz como comunidad; en cambio, los procedentes de Vietnam fueron en muchos sentidos unos parias a los que el fin del comunismo dejó sin salvaguardas oficiales.

 

Para mejorar las condiciones de vivienda de estos distritos, el Senado berlinés procedió a reducir la altura de los Plattenbauten desmontando las estructuras prefabricadas de los pisos superiores. Y eso que para el eminente arquitecto Daniel Libeskind, uno de sus lugares preferidos de Berlín era precisamente Hellersdorf. “Me gusta la luz y la vida que laten allí. Si se viaja allí sin prejuicios se descubre algo del alma contemporánea”, declaró en una entrevista. Un canon estético tan singular como alejado de quienes en su día ponderaron Berlín como la “Venecia de Prusia”.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Complejo de la Normannenstraße / Archivos de la Stasi y cámara-botón para espías / Sacos con archivos / Wolf en el mitin de Alexanderplatz (Hubert Link, Bundesarchiv) / Mielke / Muro y torreta de la cárcel de Hohenschöenhausen, celdas (zenzi.org) / Mapa Google / Cementerio de Friedrichsfelde: acto comunista ante el monumento de Mies van der Rohe, 1926 (Bundesarchiv); tumba de Thälmann y otros dirigentes (Jörg Simon) / Trabrennbahn Karlshorst / Sala de la capitulación; 8 de mayo de 1945, con Keitel y Zukov (Bundesarchiv) / Marzahn, 1987 (Hubert Link, Bundesarchiv)

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Circular por la Karl-Marx-Allee (1) es entrar en la era estanilista. Por el clasicismo soviético de sus catorce bloques de viviendas, y por la estrecha relación que el dictador georgiano guarda con la avenida, denominada Stalinallee hasta 1961. La “primera calle socialista de Alemania”, como fue presentada al mundo, fue trazada bajo la estricta supervisión de Moscú. El Ejército Rojo destrozó los edificios de la hasta entonces Frankfurter Allee durante su dificultoso avance hacia el centro de Berlín –era la vía directa desde la ciudad de Fráncfort del Oder, desde donde se lanzó el grueso de la última ofensiva–, y los mismos soviéticos se encargaron después de propiciar su reconstrucción. Como primer plan urbanístico del Berlín de posguerra, la ampliada avenida, con noventa metros de separación entre ambas hileras de fachadas, se convirtió en ocasión de propaganda sobre el bienestar que el comunismo iba a procurar a sus ciudadanos. Entre 1952 y 1953, la RDA creó aquí más de tres mil pisos, pomposamente publicitados como “viviendas-palacio para obreros”. Un recuerdo de la primera piedra puesta por el Ministerpräsident Otto Grotewohl el 3 de febrero de 1952 queda en la entrada a los números 114-116.

 

Pensada como un regalo a Stalin y bautizada ya en 1949 con su nombre, la avenida debía recibir sus primeros inquilinos el 21 de diciembre de 1952, fecha del cumpleaños del morador del Kremlin. Para entonces ya estaba en su pedestal la estatua de bronce del líder del PCUS que adornaba una de las aceras. La figura fue el centro de las multitudinarias ceremonias de duelo que se produjeron un año después con la muerte del gran camarada, y aunque el canon político cambió muy pronto en la URSS, la RDA se permitió prolongar aún durante un tiempo sus reliquias estalinistas. Un día de noviembre de 1961, pocos meses después de haberse levantado el Muro, el bronce desapareció y los letreros de la avenida fueron sustituidos: la denominación de Karl-Marx-Allee, que se había puesto al tramo entre la Alexanderplatz y el comienzo de la Stalinallee en la Strausberger Platz, se extendió hasta la Frankfurter Tor, y a partir de ahí se recuperó el antiguo nombre de Frankfurter Allee.

 

No pude contener la carcajada cuando leí el destino que se había dado a la otrora venerada imagen de Stalin. La estatua se fundió y de ella salió el conjunto escultórico que saluda a los visitantes que llegan al Tierpark, el zoológico de Berlín-Este. Hacía poco que había estado allí y apenas había reparado en el grupo de animales de bronce de la entrada. ¡Cómo podía haber imaginado que aquello era la encarnación del todopoderoso Stalin! ¡Y cómo iban a imaginarse los berlineses que en eso acabaría el “Stalin, amigo, camarada” al que habían loado con una canción del partido durante sus desfiles por la Stalinallee!

 

 

Arquitectura proletaria

 

El culto a la personalidad del líder soviético se convirtió en oficial tan pronto se fundó la RDA en octubre de 1949. Apenas dos meses después, con motivo del septuagésimo cumpleaños de Stalin, éste era saludado por la dirección del SED como “genial maestro y guía” y “estandarte en la lucha por la paz del mundo”. El temor reverencial hacia su persona y gustos hizo que el estilo arquitectónico previsto inicialmente para la Stalinallee cambiara de modo radical, y que el funcionalismo heredero de la Bauhaus con el que ya se habían construido los dos primeros edificios dejara paso al monumentalismo moscovita que caracteriza el paseo.

 

La arquitectura alemana de inmediata posguerra pretendía entroncar con el espíritu innovador que veinte años antes había supuesto el movimiento de la Bauhaus y que el nazismo había segado de cuajo cuando estaba en su momento de floración. Encargados de un proyecto colectivo, Hans Scharoun y Ludmilla Herzenstein habían ideado una moderna ciudad jardín y llevaron a cabo sus dos primeros edificios, situados junto a la Frankfurter Tor (números 102-104 y 126-128 de la Karl-Marx-Allee). Rápidamente condenado ese estilo, los capataces soviéticos los hicieron tapar con una pantalla de álamos (aún hoy siguen tras unos árboles) y forzaron un revisionismo que sería aplaudido por Bertolt Brecht: “la última palabra de la arquitectura burguesa no puede ser la última palabra de la proletaria”. De nada sirvió la consideración de que la mayoría de los maestros de la Bauhaus habían sido de izquierda cuando no directamente vinculados al KPD.

 

Primer rascacielos de posguerra

 

Hermann Henselmann se encargaría de reorientar el proyecto, con la colaboración de Richard Paulick, y sería el autor de los edificios más singulares. Henselmann dio la razón a Brecht y asumió, en una autocrítica propia de las purgas estalinistas, que la actividad de “construir para millones de hombres debe partir de las representaciones estéticas, emocionales y de gusto de esos millones de hombres sencillos, y no de que yo acaso les infiera cultura”. Y como que la construcción para la “nueva dirigente clase trabajadora” debía comenzar “no con tres millones de casas unifamiliares, sino con la construcción de viviendas-palacio”, Henselmann levantó el rascacielos de la Weberwiese (2) (Marchlewskistraße 25), el primero de Berlín tras la guerra. Hoy su altura de 35 metros pasa desapercibida en un entorno poco atractivo. Lo único que realmente remite a aquellos años en los que la disposición de los ladrillos se convertía en ideología misma es la placa que se colocó a su entrada, con una estrofa del poema Canción de la Paz de Brecht, elegida por el propio dramaturgo: “¡Paz en nuestro país! / ¡Paz en nuestra ciudad! / que bien albergue / a los que la han construido!”.

 

El edificio fue dotado de lujos propagandísticos: calefacción central, ascensor, bañeras y una amplia terraza-jardín comunitaria. “¿Podríamos saber cómo son los pisos?”, pregunta la protagonista de la novela Lena in Berlin (1963), de Helmut Meyer. “La sobrina se ríe, abre la puerta de las habitaciones contiguas, enseña el horno eléctrico en la cocina, el baño con azulejos, la habitación de los niños”. Lena y su acompañante se interesan después por el jardín: “La sobrina sube con las mujeres a la terraza superior. Altas paredes acristaladas ofrecen una vista libre sobre todas partes. Anchas bandejas con geranios colgantes, cubos con verdes plantas, cómodos sillones llenan el espacio. ‘Esto nunca lo habría imaginado’, dice Lena realmente maravillada”.

 

En ese nivel de comodidad iban a vivir los trabajadores del socialismo, prometía el Partido: las viviendas-cuartel pertenecían al pasado capitalista. Para reforzar la campaña, que presentaba a toda la clase trabajadora volcada en la reconstrucción nacional, el régimen garantizó una vivienda en la Stalinallee a cuantos voluntariamente invirtieran su tiempo en las tareas de albañilería. Ése fue el caso del vecino que abordé en un portal con ánimo de que me invitara a ver por dentro una de las casas. Mil horas de duro empeño le valieron el título de “activista del trabajo socialista” y el derecho a un piso de 87,5 metros cuadrados con balcón, según me explicó con orgullo. El octogenario, convencido comunista a pesar de los avatares de la historia, mostraba dificultades por su debilidad física para abrir la puerta, pero bramó con fiereza cuando con poco tacto le mencioné el levantamiento de junio de 1953. Precisamente entre los obreros de la Stalinallee, que debían constituir el ejemplo del buen socialista, como sin duda lo fue mi interlocutor, se produjo la primera envestida contra la dictadura. Aquí empezó el 16 de junio de aquel año una revuelta que se extendió al día siguiente por toda la RDA; como las posteriores en otros países de la constelación soviética, fue sofocada con los tanques. “Eso fue obra de provocadores y perturbadores de la paz”, aseguró el anciano, cerrándome el paso de mal humor. No hubo más que hablar.

 

 

Las soflamas de Ehrenburg

 

Fue el primer intento de buscar cobijo en una fría mañana durante la que maldecí varias veces el haberme lanzado a conocer concienzudamente la Karl-Marx-Allee con aquellas temperaturas. Las amplias aceras, con poca actividad comercial que propicie el trasiego de personas, rebotaban de tal manera el gélido viento que preferí pasar largo rato en el Café Ehrenburg (Karl-Marx-Allee 103). El local es uno de los nuevos establecimientos que prueban suerte en una avenida que está llamada a atraer jóvenes moradores. En los primeros años después del Cambio, la fascinación por el poso histórico de la antigua Stalinallee se vio refrenada por la dejadez en que se encontraban las viviendas, pero la profunda rehabilitación de los 2.300 metros de monumento protegido, el más largo del continente, abrió pronto nuevas perspectivas.

 

El Café Ehrenburg no tiene nada de particular. Sólo el nombre, que ya es bastante. De Ilja Ehrenburg, autor de las páginas más extremas de la propaganda de guerra soviética destinadas a alimentar el odio contra Alemania entre el Ejército Rojo, son estas palabras: “No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Sólo cuenta una cosa: los alemanes muertos por ti. Mata al alemán, exige la madre. Mata al alemán, te pide el niño. Mata al alemán, te escribe la madre patria. Si no matas un alemán al día, será para ti un día perdido”. Los excesos de este judío ruso, que pasó los años veinte del pasado siglo exiliado en Berlín, y que luego se sumó con entusiasmo tardío a la Revolución de Octubre, para acabar de amanuense estalinista y aún después de reconvertido revisionista, provocaron un agrio debate cuando se abrió el café. Para la Asociación de Víctimas del Estalinismo, se trataba de una grave ofensa invocar a quien fue “culpable del asesinato de mujeres, niños y ancianos alemanes”. Los promotores del local se justificaron indicando que no les quedaban muchos escritores rusos que elegir, pues los más conocidos ya daban nombre a restaurantes de la ciudad, y que al fin y al cabo Eherenburg pertenecía al contexto que dio origen a la Stalinallee.

 

Una estatua desaparecida

 

En medio de esta refriega, me senté a una mesa para programar mi recorrido. Comenzaría a partir de las torres de la Frankfurter Tor (3), que Hermann Henselmann remató con una copia de las cúpulas de las dos iglesias del Gendarmenmarkt. Luego pasaría junto al busto de Alfred Döblin, quien tuvo aquí su consulta de médico antes de mudarse tras la fama alcanzada con Berlin Alexanderplatz, y por la misma acera llegaría al Kino Kosmos (4). Esta sala de cine y de baile fue la más moderna de la RDA cuando se inauguró en 1962, un año después de que el vuelo espacial del cosmonauta Juri Gagarin provocara una ola de euforia en todo el bloque comunista. Hoy es un multicine, ampliado en salas subterráneas para respetar el catalogado edificio original. Se han conservado en el techo del vestíbulo los aros que simbolizaban las órbitas espaciales de los Soyuz, ovales como la propia sala principal, pero en ésta no se ha mantenido la antigua disposición de las filas de asientos: se ha repuesto la número doce, que en su momento se eliminó para que en la once pudieran estirar sus piernas Ulbricht, Honecker y los demás funcionarios del Partido.

 

Realicé esas visitas y luego, buscando de nuevo el refugio de un lugar bien caldeado, me entretuve mirando libros en la Karl-Marx-Buchhandlung (Karl-Marx-Allee 78). Inaugurada en 1952 como “la primera librería socialista”, fue la tienda de libros más grande y mejor abastecida, a su peculiar manera, de la RDA. Por razones históricas, no porque siga determinando la oferta bibliográfica, el nombre continúa en la fachada, aunque las dimensiones del establecimiento se han visto reducidas. Aquí es donde La vida de los otros (2006) sitúa su última escena, después de que el antiguo oficial de la Stasi haya recorrido la calle echando correo publicitario en los buzones de los portales. Junto a la caja, donde el actor Ulrich Mühe contesta con un “no, es para mí” a la pregunta del dependiente de si le envuelve para regalo la novela “Sonata para un hombre bueno”, estuve ojeando varios libros sobre la Stalinallee y finalmente di con lo que hasta entonces era el motivo inconfesado de mi paseo: un par de fotografías mostraban la desaparecida estatua de Stalin y a pie de página se indicaba su ubicación. ¡O sea que allí al lado, entre la Andreasstraße y la Koppenstraße, en la acera sur de la avenida, había estado el padrecito Stalin! Basta que en un determinado sitio no se coloque una placa recordatoria para que la curiosidad le lleve a uno a un desmedido interés por lo que parece querer ocultarse.

 

Salí de la librería sin preocuparme ahora del frío e inspeccioné el lugar. El antiguo honor que se había dado al emplazamiento es reconocible por tres pequeños estanques situados junto al paso de los viandantes. En la parte interior había habido una pequeña explanada con el monumento. El conjunto se completaba con la Deutsche Sporthalle que existía en la acera de enfrente y que también rompía la continuidad de las fachadas de la avenida. Este palacio de deportes, obra de Richard Paulick, tenía por objeto dotar a Berlín-Este de un amplio polideportivo, ya que la tradicional instalación de este tipo que había tenido la ciudad, el Sportpalast, había quedado en Berlín-Oeste. La Deutsche Sporthalle se levantó en poco más de cien días (y apenas duró veinte años) para llegar a tiempo a los III Juegos Mundiales de la Juventud y los Estudiantes de 1951, un acontecimiento que el régimen usó como altavoz en la primera ocasión que podía presentar internacionalmente a Berlín como la capital de la RDA.

 

Good Bye, Lenin!

 

 

La Stalinallee tenía su pórtico de entrada en la Strausberger Platz (5). La plaza, con amplia rotonda y fuente central, la custodian dos altos edificios de Henselmann. A él se deben, así, las torres que abrían y cerraban la avenida. Al abordar el paseo, el visitante lee en la fachada de la derecha (Haus des Kindes) unos versos del Fausto de Goethe: “Tal hormigueo quisiera ver / de gente libre en terreno libre”. En la de la izquierda (Haus Berlin), la inscripción proviene una vez más de Brecht: “Pero cuando entonces decidimos / finalmente confiar en nuestras fuerzas / y construir una vida más bella / la lucha y el esfuerzo no nos desalentaron”. Era el espíritu con el que la RDA había levantado la Stalinallee. Según Ulbricht, “las construcciones que nuestros arquitectos están proyectando y llevando a cabo, son construcciones para cientos de años, para un tiempo en el que la única, democrática y pacífica Alemania sea establecida”.

 

En uno de los márgenes de la Strausberger Platz, el desmoronamiento del comunismo respetó un comedido busto de Marx; al fin y al cabo la avenida lleva su nombre. La memoria de Marx, por alemán y anterior al régimen soviético, presentaba menos dificultades para la Alemania reunificada –ya vimos su gran imagen, junto a la de Engels, en el Marx-Engels-Forum– que la de los grandes dirigentes de la URSS. Como tiempo atrás había sucedido con Stalin, también Lenin se vio derribado de pedestal y callejero con la caída del Muro. Al norte de la Strausberger Platz había estado la Leninplatz, de donde arrancaba la Leninallee: una es ahora la Platz der Vereinten Nationen (6) (Plaza de las Naciones Unidas) y la otra ha vuelto a su anterior denominación de Landsberger Allee. Ese adiós a Lenin, tanto el bien concreto de la retirada de su gran estatua, como el más simbólico de la ruptura con el pasado comunista, es el tema de la película Good Bye, Lenin! (2003), una amable comedia sobre el vertiginoso cambio de lo que fue Berlín-Este y la RDA. En el filme aparece el momento en que una grúa recoge la imagen del líder de la revolución rusa y se la lleva por las calles ante la mirada sorprendida de la gente. La estatua de Lenin corrió mejor suerte que la de Stalin; no ha sido fundida, sino que se guarda en un almacén de la ciudad, del que quizás un día salga por reclamo de alguna asociación de ciudadanos.

 

El filme Good Bye, Lenin! Lo vi en el Kino Internacional, en el tramo occidental de la Karl-Marx-Allee. El Internacional tomó el testigo de la modernidad germaoriental de manos del Cosmos, del mismo modo como la Stalinallee de los cincuenta había cedido su título de escaparate del régimen al área de la Alexanderplatz de los setenta y ochenta. Fue una sesión de mediodía, al final de la mañana que había dedicado a seguir las huellas de Stalin. La sala guardaba todavía, como encapsulado, el aire de la RDA, por lo que el Internacional era la mejor pantalla donde ver la película. Faltó después sentarse en los sillones del Café Moskau, al otro lado de la calle, pero el local, uno de los más afamados cafés de Berlín-Este, llevaba unos años cerrado, con sus espejos y terciopelos cautivos tras los ventanales, en busca de propietario.

 

Tiergarten del este

 

Lenin nos había llevado a la Platz der Vereinten Nationen, y ahí dejamos ahora la Karl-Marx-Allee para pasar al resto del barrio de Friedrichshain. Éste toma el nombre del Volkspark Friedrichshain (7), creado en 1840 para celebrar el centenario del ascenso al trono de Federico el Grande. Este parque venía a ser el Tiergarten del este, pensado como área de esparcimiento para las clases populares que residían más allá de la Alexanderplatz. El Volkspark Friedrichshain contribuía a rodear el viejo casco urbano de Mitte con superficies verdes, como para rebajar la presión del creciente movimiento obrero. Así, al Tiergarten (oeste) y Hasenheide (sur), se unieron los “paques populares” de Friedichshain (este) y Humboldthain (norte).

 

El Volkspark Friedrichshain se abrió al público en 1848. Ese año se produjeron más de doscientos muertos en las barricadas de la Märzrevolution, la ofensiva de inspiración liberal que sólo consiguió arrancar vagas e incumplidas promesas de la monarquía. Todos ellos fueron enterrados en la parte sur del parque, en el Friedhof der Märzgefallenen, donde esos caídos compartirían después camposanto con las víctimas de la Novemberrevolution de 1918, spartakistas de muerte igualmente infructuosa. No mayor éxito consiguieron los tres mil alemanes que cayeron en la Guerra Civil Española luchando en las Brigadas Internacionales. A ellos la RDA les dedicó un monumento en uno de los accesos al parque desde la Friedenstraße. Es el único que existe en Alemania para los Spanienkämpfer. La escultura muestra a un brigadista con la espada desenvainada, creación de Fritz Cremer.

 

El parque tiene dos colinas que, como otras en Berlín, son artificiales. Bajo ellas se hallan dos búnkers de superficie que se levantaron allí en 1940 para la desfensa antiaérea. Eran tan sólidos que los soviéticos no pudieron destruirlos, así que los hicieron cubrir con escombros de los alrededores. Por ello, la mayor elevación es conocida en el argot berlinés como “Mont Klamott”(monte de los trastos). Aún hoy al llegar a su cima se adivina algún resto de hormigón que la vegetación no ha logrado esconder del todo. Lo más vistoso del Volkspark Friedrichshain, en cualquier caso, es la Märchenbrunnen (Fuente de Cuento), que hace de entrada principal al parque, en su esquina noroeste. Entre 1902 y 1913 el arquitecto Ludwig Hoffmann ideó esa fuente, con creativos surtidores, saltos de agua y personajes de piedra extraidos de fábulas, pensando en los niños del “gris este”, carentes de la ilusión de los cuentos de hadas.

 

Jack el Destripador a la alemana

 

Durante el Kaiserzeit (Tiempo Imperial), período que va desde el último cuarto del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, Friedrichshain fue el reino de la pobreza y la criminalidad. La hoy Ostbahnhof (8) era la estación término de miles de inmigrantes que llegaban de las provincias prusianas del este en busca de las oportunidades de la capital del proclamado Segundo Reich. La llamada entonces Schlesischer Bahnhof constituía el delta en el que se depositaba el alubión del infortunio que traía la crecida corriente de jornaleros del campo empobrecidos, artesanos sin empleo y jóvenes muchachas que desembocaban desde Silesia y otras partes de Ost Preußen. La desventura de las chicas venidas de provincias la cuenta Rudolf Braune en Das Mädchen an der Orga Privat [La muchacha a la Orga Privat] (1930). La joven Erna, que se malganará la vida a las teclas de la máquina de escribir cuya marca menciona el título de la novela, llega a los 19 años a la gran capital en busca de una habitación y de un empleo. No le resultará fácil. En la primera casa en la que entra, cerca de la estación, se encuentra con que la mujer ha puesto el anuncio de alquiler sin el permiso del marido, quien por orgullo se niega a compartir el escaso espacio con un inquilino de pago. “La mujer llora. Los niños juegan bajo la mesa. Erna tiene un mal sabor en la boca, fría es la cocina, triste el piso, amarga la vida en Berlín”, describe la novela.

 

En el número 88 de la Lange Straße vivió Karl Großmann, al que los diarios apodaron “la bestia de la estación de Silesia”. A comienzos de la década de 1920, Großmann se dedicó a procurar la atención de varias prostitutas que merodeaban por la Andreasplatz, a las que asesinó y troceó, aunque sin ganar con ello la fama mundial de su homólogo británico, probablemente porque, a diferencia de Jack el Destripador, su identidad fue conocida y pudo ser apresado. También en la Lange Straße fue detenido en 1906 Friedrich Wilhelm Voigt, el falso capitán cuya historia será contada más adelante; en el número 22 había escondido el botín robado en el famoso golpe que acababa de perpetrar en el Ayuntamiento de Köpenick. Eran tiempos en que la Policía se negaba a patrullar por las calles Lange, Koppen y Singer, todas ellas en el mismo área, si no se hacía en parejas. Era el domicilio social de las Sociedades del Anillo ya presentadas en otro capítulo.

 

Las siniestras calles cambiaron su aspecto con la Segunda Guerra Mundial, pues los bombardeos destruyeron el sesenta por ciento de las casas de Friedrichshain. A adecentar la zona contribuyó el que la capital comunista transformara la Ostbahnhof en la estación central de Berlín-Este. El tramo oriental de la Singerstraße, por ejemplo, se convirtió casi en objeto de culto, ya que en ella se rodó La leyenda de Pablo y Paula (1973), el mayor éxito de público en la RDA de los años setenta, a pesar de la fría acogida que la nomenclatura hizo del entonces atrevido filme de Heiner Carow. La película sitúa a cada lado de la Singerstraße las viviendas de Paul, un hombre infeliz en su matrimonio, y Paula, una madre soltera; sus fortuitos encuentros en la calle derivan en una aventura amorosa.

 

El beso fraterno comunista

 

Desde la estación hasta el Oberbaumbrücke, el artístico puente que cruza a Kreuzberg, la vista del río queda tapada por una sección de 1,3 kilómetros de Muro. Es la East Side Gallery (9), promocionada como la mayor galería de arte al ire libre del mundo. Un total de ciento dieciocho artistas de veintiún países pintaron sus murales a comienzos de 1990, antes de que el Muro fuera retirado de las calles. También el propósito de las autoridades era eliminar este tramo de la Mühlenstraße, pero la East Side Gallery ya había alcanzado renombre internacional y finalmente fue declarada monumento. Su fama atrae turistas de todo el mundo, pero a pesar de ser el segmento más largo del Muro que se ha conservado en su emplazamiento, no es de los más significativos. En primer lugar, porque no era propiamente la frontera, pues Berlín-Oeste no comenzaba sino al otro lado del río; segundo, porque los graffitis constituyen una artificiosidad que desdibujan la gris historia: el Muro original sólo tuvo pintadas en su cara occidental, nunca en la oriental.

 

Admito que estas palabras traslucen una cierta animadversión hacia la East Side Gallery, que es directamente proporcional al entusiasmo que muestran algunos turistas de fin de semana pensando que con una foto de este lugar ya han captado la perversidad histórica del Muro. Como cicerone, prefería primero llevar a amigos y conocidos a la Bernauer Straße y a la Niederkirchnerstraße. De todos modos, una de las visitas a la East Side Gallery tuvo su compensación al coincidir con el momento en que los artistas del proyecto original regresaron a Berlín para restaurar sus obras diez años después. Ignasi Blanch, el único español que participó en la iniciativa, estaba en esa ocasión repasando las grandes letras del título en catalán de su mural, Parlo d’amor. No muy lejos, el ruso Valeri Vrubel repintaba la imagen más conocida de todas, el Bruderkuss (beso fraterno), copiado de una fotografía histórica en la que Breznev y Honecker juntaban sus labios a la manera eslava, un embarazoso protocolo del Bloque del Este. También reproducido en muchas postales aparece el mural que muestra un Trabi atravesando el Muro, de Birgit Kindler.

 

El puente más pintoresco

 

 

El Oberbaumbrücke (10) es el puente más pintoresco de Berlín. El ladrillo visto, su líneas góticas y su estructura de dos torreones centrales a modo de portal son propios de las antiguas construcciones de la Marca de Brandemburgo, sin embargo no data en realidad de la Edad Media sino de 1896. Su finalización permitiría la entrada en servicio en 1902 de la línea uno del metro, la primera de la ciudad, que termina su recorrido elevado una parada más allá, en la Warschauer Straße. Fue erigido en el punto del río en el que antaño los aduaneros tendían una barrera de troncos de árbol (Baum) para impedir por la noche el paso de embarcaciones. Era la aduana superior (ober), cuando el curso del Spree llegaba a las cercanías de la ciudad amurallada de Berlín-Kölln. Río abajo se encontraba el Unterbaum, en la zona del Spreebogen donde está el puente de Santiago Calatrava. Hubo, así, un tiempo remoto en el que el Oberbaum servía para controlar las entradas en Berlín; siglos después volvería a actuar de frontera, pero esta vez entre Berlín-Este y Berlín-Oeste. Cuando la ciudad quedó dividida, el Oberbaumbrücke fue cortado al tráfico y la línea uno del metro tuvo su término en la penúltima estación, la de Schlesisches Tor. El puente, todo él en territorio de la RDA, permitía sólo el paso a pie de los berlineses occidentales autorizados en el control fronterizo.

 

Reconectada la ciudad, se diría que el Oberbaumbrücke sirvió para que parte del ambiente alternativo de Kreuzberg emigrara a Friedrichshain, especialmente en el espacio entre las estaciones de la Warschauer Straße (S-Bahn) y de la Samariterstraße (U-Bahn). Primero fue el movimiento okupa, aprovechando las vacías casas de este rincón de Berlín-Este, luego prosperaría el tono más tranquilo de los cafés y restaurantes de la Simon-Dach-Straße y del mercado de la Boxhagener Platz, o Boxi, como la llaman sus vecinos. De esta forma, el barrio de Friedrichshain se ha sumado al Berlín de moda. Más allá sólo queda el “tiefer Ost”, el “este profundo”.

 

 © Emili J.  Blasco

 

[Imágenes: Frankfurter Tor (Sesalo) / Concentración por la muerte de Stalin ante su estatua, 1953 (Günter Weiss y Klein, Bundesarchiv) / Rascacielos de la Weberwiese / Perspectiva de la Karl-Marx-Allee (Achim Raschka / Mapa Google / Librería Karl Marx (Cryffindor) / Sello con la desaparecida Deutsche Sporthalle / Strausberger Platz (Gryffindor) / Antiguo monumento a Lenin, en 1970 y 1988 (Jürgen Ludwig y Robert Roeske, Bundesarchiv) / Märchenbrunnen del Volkspark Friedrichhain / Murales de la East Side Gallery / Oberbaumbrücke (Sarah Jane)]

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Prenzlauer Berg se desarrolló fuera de las murallas de Berlín a partir el negocio cervecero. En este terreno elevado (de ahí lo de Berg; la primera parte del nombre viene de que marcaba el camino hacia la localidad de Prenzlau) hubo primero molinos de viento, pero lo rural dejó pronto paso a una actividad más rentable. De las seis fábricas de cerveza que había en 1890, que buscaron aquí amplios espacios para sus sótanos de fermentación y sus naves de producción, Pfefferberg y Schultheiss siguen despachando la bebida, aunque ya no la elaboren. Y el Prater continúa funcionando como popular Biergarten. Restaurantes y Kneipen, como los de la Kollwitzplatz o los próximos a la Wasserturm, han contribuido a mantener el carácter espumoso y alegre de un barrio que tras la reunificación se ha convertido en residencia de bohemios, artistas, intelectuales, estudiantes y periodistas. Ese carácter tradicionalmente abierto se recuperó algo en los últimos tiempos de la RDA, cuando fue lugar de reuniones de la disidencia; a partir de 1989 buena parte de la creatividad alternativa se traspasó aquí desde Kreuzberg.

 

Si ése es el ambiente del corazón de Prenzalauer Berg, cuya aorta es la Schönhauser Allee –“el bulevar del norte”–, su seña de identidad visual son los edificios del Gründerzeit, el tiempo de fundación del Segundo Reich, momento de la unificación alemana (1871). El elemento básico de esa arquitectura es la denominada Mietskaserne, que literalmente significa “cuartel de alquiler”. Se trata de una masa de viviendas que, a partir de la fachada que da a la calle, penetran hacia el interior a través de varios patios conectados, formando alas con pisos adocenados y mal iluminados. En estos alojamientos había una clara jerarquía. En la parte delantera residían trabajadores autónomos que tenían talleres en los patios, oficiales y empleados; en los bloques laterales y traseros habitaban obreros. La degradación también era ornamental: la fachada exterior estaba sólidamente decorada con las estrías de los bloques de piedra y los elaborados dinteles de las ventanas; tras el portal se sucedían verticales rasas sin ningún tipo de ornato.

 

“Temo que no os necesite describir la Mietskaserne. La conocéis todos. Y la mayoría la conocéis también por dentro”, decía Walter Benjamin a los jóvenes berlineses en una de sus composiciones radiofónicas de 1930. Y añadía: “Al decir por dentro, me refiero no sólo simplemente a los pisos y las habitaciones, sino también a los patios, a los tres, cuatro, cinco, incluso seis patios posteriores que tienen las Mietskasernen berlinesas”. Berlín, concluía, “es la mayor ciudad-Mietskaserne de la tierra”. Para Benjamin, existía una clara contradicción entre el espíritu inconformista berlinés y esos cubículos malsanos: “Se dice siempre que los berlineses son tan críticos. Eso es cierto. Saben replicar con rapidez, no se dejan fácilmente engañar, son espabilados. Pero por lo que se refiere a las casas y los pisos en los que viven, se debe decir que a lo largo de un siglo se han dejado embaucar”.

 

El Gründerzeit del Segundo Reich

 

La vivienda-cuartel sirvió de catalizador del movimiento obrero. Si la última muralla de la ciudad la hizo levantar el Rey Soldado a mediados del siglo XVIII para dominar mejor posibles revueltas, cuando ésta se derribó en 1868 el peligro se puso inconscientemente a las puertas del poder con la creación del Anillo Guillermino, la sucesión de Mietskasernen que unía los barrios de Wedding, Prenzlauer Berg, Friedrichshain y Kreuzberg, rodeando el núcleo histórico de Mitte. Y eso a pesar de que la Policía pensó que encerrando a las clases populares en cortiles las podría controlar más fácilmente. En 1861 se incorporaron oficialmente a la ciudad Wedding, Moabit y Gesundbrunnen, así como el norte de Schöneberg y de Tempelhof. “Quien ha visto Berlín hace diez años, no la reconocería hoy”, observó entonces Karl Marx acerca de la ciudad en la que había estudiado. En apenas diez años, la población de Berlín llegaría a los 850.000 habitantes registrados en 1871, en un crecimiento exponencial que a partir de esta fecha se desbocaría hasta comienzos del siglo XX.

 

 

La creación del Segundo Reich el 18 de enero de 1871, con la capitalidad absoluta de Berlín, provocó una oleada de inmigración. En ese Gründerzeit, Berlín se veía como tierra de oportunidades. Y realmente lo era. Emil Rathenau habló de “Chicago del Spree”, por las masas que llegaban a Berlín, aunque también por la delincuencia que se generó. Las sinergias de la unificación de los distintos Estados alemanes obrada por Bismarck catapultó a metrópoli mundial lo que era la capital más o menos provinciana de Prusia. Fueron los años de la expansión de la gran industria alemana (Siemens, AEG), de la aparición de los grandes almacenes (Wertheim, KaDeWe) y hoteles de lujo (Adlon, Excelsior), de la puesta en marcha del S-Bahn... Berlín explotaba y el plan urbanístico diseñado por James Hobrecht en 1862, que se inspiraba en la ampliación de París, quedó desvirtuado por la especulación y la necesidad de dar rápido acomodo a las masas que llegaban. El Gründerzeit tuvo en 1873 su Gründerkrach, un hundimiento de la Bolsa que provocó la ruina de muchas familias y dejó aún más en la intemperie a los estamentos obreros. Las dificultades en el pago del alquiler llevaron a la creación en las viviendas-cuartel de la Berliner Zimmer, una habitación creada para aprovechar esquinas, con una sola ventana y como único espacio para una familia. También se extendió la práctica de alquilar algún rincón de la casa para que por la noche durmiera gente sin domicilio y de que las camas fueran compartidas por el día por obreros con turno nocturno.

 

Fotografiar una única calle

 

“Quiere alguien saber cómo parece la nueva ciudad”, advirtió Alfred Döblin en 1928 en un volumen de vistas de la capital, “no necesita más que recorrer una única calle del oeste, norte o sur, no se requiere más que fotografiar una única calle, Berlín se lo ha puesto cómodo a los fotógrafos: el 95 por ciento de todas las demás calles parecen lo mismo. Una casa es como la otra, todo la enorme hilera de la calle es una Mietskaserne sin rostro junto a otra también sin rostro”. En 1900, Alfred Kerr había considerado que las casas del nuevo oeste de la ciudad, alrededor de la Ku’damm, “representan la cumbre de la perfección en el continente. París, la medida en Europa para todo lo que es bueno y caro, en esto se queda por detrás de Berlín. Ascensor, calefacción central, luz eléctrica y baño”. “Lo que le falta al norte –añadía, refiriéndose a los barrios obreros– no son buenas viviendas, sino viviendas mismas”.

 

Todo eso está en la piel de Prenzlauer Berg, que fue uno de los barrios menos destruidos en la Segunda Guerra Mundial y por tanto cuyas calles muestran bastante el aspecto que tuvieron desde su creación. Una de ellas es la Husemannstraße (1), que la RDA restauró en 1987 con motivo del 750 aniversario de la ciudad. La convirtió en una especie de parque temático del Berlín de finales del XIX, con mobiliario urbano y tiendas de época y con un museo en el número 12 decorado como la casa de una familia obrera (Museum Berliner Arbeiterleben). La RDA cuidó de la Husemannstraße, pero se desentendió del resto, de manera que hasta que se produjo el Cambio muchas de las viviendas siguieron con la escasas comodidades con las que fueron construidas: calentadas con carbón, sin baño y con un lavabo comunitario compartido por los vecinos. Aunque muchas Mietskasernen ya se han renovado, no hay nada como husmear personalmente por cuantos portales se encuentren abiertos allí donde la mugre indique la presencia de algún fósil del Gründerzeit. Y hay que obrar con descaro, que es el modo berlinés, sin temor a que nadie nos dé el alto.

 

Cervecerías con tradición

 

Pero como al principio era la cerveza, según queda dicho, habrá que iniciar el recorrido por Prenzlauer Berg tomando un par de ellas. Al poco de ascender por la Schönhauser Allee está Pfefferberg (2). Fue la primera fábrica de cerveza (Brauerei) en el barrio, fundada en 1841 por Karl Pfeffer. Desde hace tiempo abre como Biergarten, un tanto alternativo, en un anterior jardín elevado de la finca. El jardín tiene un balcón sobre la calle, al que uno puede encaramarse para ver pasar a los grupos que suben a Prenzlauer Berg para cenar o tomar unas copas. Casi enfrente queda la antigua Königstadt-Brauerei (entre las calles Saarbrücker y Straßburger), cuyas paredes acogen ahora un aséptico centro de actividades juveniles.

 

La gran rehabilitación de una vieja factoría de cerveza, sin embargo, es la obrada en lo que fueron las instalaciones de Schultheiss, unas de las mayores de su género. La industria, en la esquina Schönhauser Allee/Sredzkistraße, fue creada por Jobst Schultheiss, quien con compras y fusiones (adquirió, por ejemplo, Pfefferberg) se entronizó como el magnate cervecero de Berlín. La marca sigue vendiéndose, con sus tradicionales letras góticas y el dibujo del Berliner Schultheiss, título que recibía el encargado del orden de la ciudad en la época medieval, al que la compañía recurrió aprovechando el apellido de su dueño. La Schultheiss-Brauerei funcionó hasta 1967. En 2000 se recuperó todo el entorno como KulturBrauerei (3), un multicentro cultural dotado de cines, pequeños teatros, salas de exposiciones, restaurantes y, naturalmente, tascas de cerveza. La visita es muy útil si se quiere apreciar la arquitectura industrial de finales del siglo XIX: calles adoquinadas entre pabellones de ladrillo visto, arcos que unen diferentes estancias, portales para el acceso de carros tirados por caballos, una alta chimenea... “¡Qué laberinto de muros!”, hace exclamar Günter Grass al protagonista de su novela Es cuento largo (1995) al recorrer esta ciudadela. Letreros en cada edificio dan cuenta de aquellos viejos usos: cantina para los obreros, zona de embotellamiento de la cerveza, lugar de carga de las carretas para la distribución del producto, establos para los animales (curiosamente, en pisos superiores) y oficinas administrativas. En verano las callejuelas de este pequeño poblado se llenan de mesas y bancos corridos para tomar cerveza, acompañada de salchichas, y seguir algunas actuaciones al aire libre.

 

 

Cuando Schultheiss se hizo con Pfefferberg adquirió también en la compra el Prater (4) (Kastanienallee 7-9), que desde 1852 funcionaba como uno de los más frecuentados Biengarten de la ciudad, especialmente apetecido por las clases populares. Fue meta predilecta de excursiones extramuros, en largas jornadas de domingo en las que el Prater ofrecía divertimentos como combates de boxeo, canto de coros, teatro de verano y operetas. El movimiento obrero lo tuvo como remanso de descanso y alimento ideológico; las arengas de Rosa Luxemburg y otros líderes reactivaban los ánimos para una nueva semana en las fábricas. El Prater se dice el Biergarten más antiguo de Berlín y revive continuamente su historia, en una Kastanienallee de gran vitalidad. Por ejemplo, los domingos por la noche se siguen organizando en temporada veraniega los Praterbälle, las sesiones de baile que tanto éxito tuvieron antaño.

 

Un restaurante para Clinton

 

El ambiente ahora está sobre todo en la Kollwitzplatz (5) y alrededores. En este corazón de Prenzlauer Berg se pueden encontrar desde locales Schickimicki –término que usan los alemanes para designar lo pijo, aunque lo que se dice pijo, en Berlín no es lo más abundante– hasta antros de lo más radical. También hay sus opciones intermedias. A una de ellas, un restaurante de especialidades alsacianas en la esquina sur de la plaza, acudió el presidente estadounidense Bill Clinton, acompañado por el canciller Schröder, lo que durante semanas provocó un alud de nuevos clientes. Es probable que el canciller le explicara a su huésped –tampoco tendrían mucho más de qué hablar– que en aquel extremo de la Kollwitzplatz había vivido durante más de cincuenta años Käthe Kollwitz, quien tras su muerte en 1945 dio nombre a la plaza. Casada con un médico que atendió al proletariado del barrio, Kollwitz fue con sus dibujos y esculturas la gran artista del obrerismo y de la miseria de la guerra. Un bronce en el centro del jardín de la Kollwitzplatz está dedicado a ella. Por más que su memoria fue especialmente cultivada por la RDA, una notable cantidad de sus obras se recogieron en un museo de Berlín-Oeste (Fasanenstraße 24).

 

He de confesar que otros colegas y yo también fuimos en pos de la estela de Clinton, y que en el restaurante en que estuvo inquirimos por la mesa que había ocupado y por el menú que se le había servido. Nuestro lugar preferido, sin embargo, no era esta esquina, sino la que da a la Wasserturm (6) (Torre del Agua), a un centenar de metros e igualmente bien surtida de restaurantes (Knackstraße/Rykestraße). La gruesa construcción circular se plantó en 1855 en el punto más alto de la colina para remontar hasta allí cauce del Spree y luego canalizarlo a las partes bajas de la ciudad. En su sótano se abrió la popular bodega Dicker Hermann, que luego las SA utilizaron como escondrijo para torturas. La presencia de camisas pardas no impidió que a dos pasos de allí siguieran celebrándose hasta 1940, en una rara excepción, las ceremonias litúrgicas de la sinagoga de la Rykestraße (7). Agazapado tras un patio y rodeado de viviendas, el templo se libró de la quema de la Kristallnacht, aunque los profanadores destruyeron el rollo de la Torá. Fue el único templo mosaico en funcionamiento en Berlín-Este y ahora es el mayor de toda Alemania.

 

Luz especial en el cementerio judío

 

De la herencia judía habla sobre todo el Jüdischer Friedhof (8) de la Schönhauser Allee, un lugar mágico. “A este cementerio no se debe ir en tiempo nuboso. No debe ser crepúsculo ni haber ninguna lluvia. El sol debe radiar. Lo mejor es ir en temprano verano, cuando se saborea en el propio cuerpo qué cálido y luminoso puede ser tras un invierno y una primavera lluviosos”, advertía el escritor germanoriental Heinz Knobloch en 1970. “En ese cementerio no luce el sol. Lo esconden las copas de los árboles y los miles de jóvenes troncos y retoños que crecen de las descompuestas sepulturas, salvajes entre las derribadas y destrozadas lápidas, usuradas por la hiedra”. Quizá se trate de una observación exagerada, porque el camposanto no es tan lúgubre como se deduce de esas líneas, pero sí es cierto que cuando el sol del verano se filtra entre las hojas de los árboles se crea una atmósfera única que tinta de sepia el aire que envuelve las envejecidas tumbas. “En tales días –concluía Knobloch– se debe ir al cementerio judío de la Schönhauser Allee”.

 

 

Nada más traspasar la verja, mientras el visitante se pone sobre su cabeza, como signo de respeto, la Kipá judía que se le presta a la entrada –sólo los hombres necesitan ese atuendo, no las mujeres–, se encuentra la siguiente inscripción: “Aquí estás de pie en silencio, pero cuando te vuelvas no te calles”. Es una apelación a no permanecer de brazos cruzados ante el odio racial o la discriminación, con el fin de que no vuelvan a producirse más holocaustos. En el KZ Theresienstadt, por ejemplo, murieron la mayor parte de los ocupantes del edificio adyacente, que hasta 1942 fue una residencia de ancianos judíos, y tras la guerra se convirtió en una comisaría de Policía. Si bien la comunidad judía ha reclamado la restitución del inmueble, tampoco le ha venido mal esa tan estrecha custodia policial para evitar actos vandálicos.

 

El cementerio fue inaugurado en 1827, fuera de los límites de Berlín, cuando quedó pequeño el de la Große Hamburger Straße. Saturado en 1880, aún hubo después enterramientos para miembros de familias allí sepultadas. Fue el caso del compositor musical Giacomo Meyerbeer, del editor Leopold Ullstein y del pintor Max Liebermann. El entierro de éste se produjo en 1935, cuando los nazis ya habían profonado el lugar. En el cortejo apenas hubo asistentes; ni siquiera acudieron representantes de la ciudad, de la que Liebermann era ciudadano de honor. Su féretro fue introducido por un acceso trasero, el Judengang, que da a la Kollwitzstraße. Esa entrada para los judíos, de todos modos, no fue algo impuesto por los nacionalsocialistas, sino por Federico Guillermo III, que consideraba indecoroso que las carrozas reales se toparan en la Schönhauser Allee con algún carruaje mortuorio cuando se dirigían al Palacio de Niederschönhausen.

 

Volvos azules

 

El trayecto que cubría el monarca entre el Berliner Schloss y el Schloss Niederschönhausen, en el barrio de Pankow, era el mismo que seguirían los volvos azules oficiales de la RDA entre el Palast der Republik y la residencia de invitados del Estado: origen y final eran los mismos. Cuando la comitiva comunista enfilaba la Schönhauser Allee y llegaba a la doble estación que lleva ese nombre, donde se cruzan las líneas del S-Bahn y del U-Bahn, era el momento de mostrar con orgullo a los visitantes la vitalidad de la zona. El cruce fue protagonista de la película Berlin Ecke Schönhauser [Berlín esquina Schönhauser] (1957), de gran éxito en la República Democrática. Uno de los últimos huéspedes en realizar el recorrido fue Mijail Gorbachov. Por suerte para los anfitriones, la Gethsemane-Kirche, una manzana más allá, no quedaba a la vista. El templo fue en los meses previos a la caída del Muro uno de los focos de protesta de la oposición democratizadora. El 7 y 8 de octubre de 1989, días de la presencia del último mandatario soviético en Berlín, la Policía cargó con brutalidad contra los congregados, como rememora una escultura en el jardín de la iglesia.

 

El Schloss Niederschönhausen, al norte del plano, es un edificio de modestas ambiciones con una espléndida escalera interior. Tiene su origen en el siglo XVI: Federico II se lo regaló en 1740 a su esposa, quien durante cincuenta años viviría en él y no en Potsdam con su marido. Entre 1949 y 1960 fue la sede del primer y único presidente de la RDA, Wilhelm Pieck. Después se transformó en residencia para las visitas de Estado. Todos los caudillos del este de Europa descansaron en sus habitaciones; también Fidel Castro, que gustaba perderse por las tascas de este barrio de Pankow, según se asegura. En los últimos meses de la RDA acogió las convocatorias de la Mesa Redonda que reunía a las distintos foros y fuerzas políticas que preparaban las primeras elecciones democráticas. Igualmente fue marco de las negociaciones Dos más Cuatro, en las que los ministros de Exteriores de los Estados alemanes y de las potencias que ganaron la Segunda Guerra Mundial resolvieron el encaje internacional de una Alemania reunificada.

 

La “pequeña ciudad” prohibida

 

Desplazarse hasta aquí sólo merece la pena para los interesados en el turismo político, por más que el Schlosspark, atravesado por el riachuelo del Panke, ofrezca la posibilidad de un sosegado paseo. Y no tanto por seguir las pisadas de Gorbachov o Castro, como por ver con ojos propios el entorno en el que vivieron los capitostes de la RDA en los tiempos de la fundación del “Estado de trabajadores y campesinos”. El Majakowskiring fue domicilio de muchos altos dirigentes comunistas y estuvo cercado por una valla que englobaba también el Palacio de Niederschönhausen y parte de su parque. El recinto, de acceso prohibido para los demás ciudadanos, fue conocido por el pueblo como “Städtchen” (pequeña ciudad).

 

Al Majakowskiring fui varias veces para asistir a conferencias de escritores organizadas por el Taller Literario (literaturWERKstatt berlin) que tras el Cambio había sucedido a la Asociación de Escritores de la RDA. La sede ocupaba la que había sido residencia de Otto Grotewohl, el líder socialdemócrata que aceptó la fusión con los comunistas y obtuvo el premio de ser elevado a Ministerpräsident (Majakowskiring 46/48). La institución se mudó luego a la KulturBrauerei, un lugar menos apartado y a salvo de las reclamaciones del chalet que hacían los herederos del dueño judío que en su día fue expropiado por los nazis.

 

 

Direcciones de Ulbricht y Honecker

 

Sin embargo, la ocasión de patear la “Städtchen” se presentó con la mudanza de uno de mis vecinos, periodista de la Deutsche Welle. Había decidido dejar el piso de alquiler de nuestra Reinhardtstraße y comprarse una casa en el Majakowskiring. Él me proporcionó las otras direcciones que andaba buscando: Wilhelm Pieck vivió en el número 29 de esa calle en forma de anillo, Walter Ulbricht en el 28-30, Erick Honecker en el 58 y Johannes R. Becher, largo tiempo ministro de Cultura, en el 34. Tanto la residencia de Ulbricht como la de Honecker fueron sustituidas por otras edificaciones poco después de que cada uno dejara su puesto al frente de la RDA.

 

Cuando mi vecino se mudó, la zona había perdido ya su carácter de recinto estigmatizado, aunque Egon Krenz, sustituto de Honecker en las postrimerías de la RDA, seguía teniendo ahí su domicilio. En ese tiempo había ingresado en prisión por una tardía sentencia sobre la muerte de fugitivos que intentaron atravesar el Muro. También residía la anciana viuda de Ulbricht. La clausura de la zona se había levantado en la década de 1970, después de que el primer rango de mandatarios germanorientales, con Honecker a la cabeza, se trasladara a vivir a Wandlitz, fuera de Berlín. Mi vecino no hacía ascos de lacras históricas y seguía a muchos otros nuevos berlineses que, llegados con la reinstauración de la capitalidad y cansados ya de una primera experiencia en Mitte o en Prenzlauer Berg, buscaban lugares más idílicos en lo que tradicionalmente habían sido barrios residenciales. Ya muchas de las embajadas ante la RDA habían situado aquí las residencias de sus diplomáticos, no por estar cerca de la élite comunista, sino porque ésta había sabido elegir bien.

 

Puño izquierdo en guardia

 

Con el cambio del Majakowskiring por el pueblo de Wandlitz, los coches oficiales del Gobierno y del Partido dejaron de circular por la Schönhauser Allee para hacerlo por la Greifswalder Straße. Como Honecker la recorría todos los días, decidió embellecerla a su modo, de forma que a uno de sus lados mandó situar el Thälmann-Park (9). Éste se inauguró en 1986 con motivo del centenario del nacimiento de Ernst Thälmann, líder del KPD desde 1925 hasta su ejecución en el KZ Buchenwald en 1944. Thälmann había sido detenido en la redada anticomunista que realizaron los nazis nada más incendiarse el Reichstag y pasó de prisión en prisión hasta su muerte. Como los demás comunistas, sufrió el desamparo que supuso el pacto entre Hitler y Stalin para la invasión de Polonia, y como jefe del partido quizá también padeció una premeditada falta de auxilio, pues siempre ha existido la controversia sobre la posibilidad que tuvo Stalin de lograr su rescate. Tal vez esa mala conciencia llevó a una especial glorificación posterior de Thälmann, a quien la DEFA le dedicó su mayor proyecto cinematográfico con el rodaje de dos películas, Sohn seiner Klasse (1954) y Führer seiner Klasse (1955) [Hijo y guía de su clase], ambas dirigidas por Kurt Maetzig. Según la propaganda comunista, el guión fue escrito por el entonces líder de la RDA, Walter Ulbricht. El catálogo del Museo de Cine de Berlín las define como “una mezcla del cine monumental de Hollywood y de la estética fílmica del Tercer Reich”. La verdad es que las cuatro horas y dieciocho minutos que en total duran las dos entregas sólo es apto para los aficionados al masoquismo histórico. La explanada de la plaza adoquinada está presidida por un gigantesto busto de Thälmann, con el puño izquierdo en guardia, sobre el fondo de una bandera al viento, obra del soviético Lew Kerbel.

 

Honecker no sólo adornó la Greifswalder Straße con el Thälmann-Park. A la altura del cruce con las vías del S-Bahn hizo construir una mole de viviendas para diez mil personas, justo enfrente de varios ejemplos de casas levantadas en la década de 1920 con las ideas reformistas de la Bauhaus. Para el comunismo oficial, estas edificaciones, que con su propósito de “aire, luz y sol” contienen jardines interiores, suponían degradar al proletariado a la condición de “pequeño jardinero”. La clase trabajadora requería de la monumentalidad de las torres de pisos de los Plattenbauten, acorde con su épica misión en el Estado socialista.

 

 

El mayor cementerio judío de Europa

 

“Acuérdate, Eterno, de lo que nos sucede”. Como inscripción a la entrada de un cementerio podría ser una llamada de ultratumba acerca de la futilidad de la existencia terrena. Pero a la puerta del Jüdischer Friedhof (10) de Weißensee esas palabras no tienen un significado genérico sino histórico. Son la invitación a no olvidar el Holocausto. Con sus cuarenta hectáreas, este cementerio judío es el mayor de Berlín y se asegura que también es el más grande de Europa. A él se entra por la Herbert-Baum-Straße. Herbert Baum, su esposa Marianne y otros veintiséis camaradas, la mayoría de entre 19 y 23 años, fueron ejecutados tras la osadía de prender fuego en 1942 a una parte de la exposición “El paraíso soviético”, que los nazis organizaron en el Lustgarten para argumentar ideológicamente la guerra contra la URSS. La acción de este comando comunista de judíos clandestinos se saldó, según reportó Adolf Eichmann a sus superiores, con el fusilamiento de doscientos cincuenta judíos y la deportación de otros tantos a campos de concentración.

 

El archipiélago de los Konzentrationslager y su poder de exterminio se recuerda en la glorieta de acceso al cementerio. Para visitar el recinto lo mejor es solicitar en la caseta de entrada un plano con la ubicación de los principales mausoleos. En él están indicadas, por ejemplo, las tumbas de renombrados judíos como el editor Samuel Fischer, el magnate de la prensa Rudolf Mosse o la familia del escritor Kurt Tucholsky, quien en su poema In Weißensee (1925) evoca un camposanto en el que él no hallaría reposo porque murió en el exilio. El cementerio se sigue utilizando y es probable que con el nuevo incremento de la población judía de Berlín un día quede repleto, como ocurrió con el de la Schönhauser Allee. Cuando éste resultó pequeño, la comunidad judía buscó una nueva ubicación, otra vez fuera de la ciudad, que entretanto había crecido. Los primeros enterramientos en Weißensee se realizaron en 1880. Desde entonces, más de cien mil muertos han recibido aquí sepultura, algunos en homenajes conjuntos. Es el caso de las ochocientas nueve urnas que contienen cenizas de judíos muertos en campos de concentración. También fueron enterrados en Weißensee más de mil doscientas personas que en los años finales del nazismo se suicidaron antes de dejarse atrapar por la Gestapo.

 

En el interior del camposanto, una sección especial habilitada en 1927 tributa honores a los miles de judíos que cayeron en la Primera Guerra Mundial, a la que acudieron como voluntarios para enarbolar la bandera de la que era su Vaterland. Ese patriotismo recibió en su día medallas de reconocimiento, pero serviría de poco con el ascenso del nazismo. Fue la tragedia –una de las tantas que compusieron el sino de los judíos alemanes– de aquellos que, desde hacía generaciones, habían renunciado a parte de sus tradiciones hebreas para aceptar la asimilación cultural. Finalmente se dieron cuenta de que, en un momento de exaltación de la raza, los conceptos de cultura y ciudadanía nada valían ante la primacía de la sangre.

 

Lago Blanco

 

Pero el nombre del barrio de Weißensee evoca en el imaginario histórico berlinés colores más claros. Las orillas del Weißer See (11) (Lago Blanco) fueron pronto lugar de diversión popular, aún antes de que, al otro extremo de la ciudad, se abriera el parque de atracciones del Lunapark junto al Halensee. A finales del siglo XIX había en el Weißer See restauranes, bailes, toboganes, una gran noria y hasta un hipódromo. Hoy no se encuentra mucha más distracción que descansar en la terraza del merendero que hay al borde del agua y contemplar la fuente de surtidores que funciona en medio del lago desde la década de 1970. Nunca, como ahí sentado en una tarde de domingo, tuve tan próxima la sensación de lo que debió de ser el lento paso del tiempo en los años centrales de la RDA, cuando todo se dirigía desde Moscú y la estatua de Stalin presidía la entonces Stalinallee.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Prater / Mietskaserne de la Kastanienallee (Stern) / Estación Schönhauser Alle-Eberswalder Str. / Husemannstraße / Logo de Schultheiss / KulturBrauerei (NetzGo) y como Schultheiss-Brauerei en el pasado / Kollwitzplatz / Wasserturm (Norbert Aepli) / Sinagoga de la Rykestraße / Cementerio judío de la Schönhauser Allee (T. Voekler y Superbass) / Carátula de Berlin Ecke Schönhauser, 1957 / Schloss Niederschönhausen (James Steakley) / Majakowskiring (Marcus Künzel) / Thälmann-Park (Spree Tom) / Carátula de Führer seiner Klasse, 1955 / Mapa Google / Cementerio judío de Weißensee (Mazbln)]

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En un cuerpo llagado es difícil determinar cuál es la mayor herida. El Muro partió calles, separó familias, se cobró vidas a lo largo de sus 155 kilómetros de longitud. Pero si hubiera que destacar un lugar especialmente significativo de lo que fue la sinrazón de sus planchas de hormigón, sus fosos, alambradas y torres de vigilancia ése es la Bernauer Straße, la mater dolorosa de todas las calles del Muro. Perdida en el límite norte del centro de la ciudad, se vió envuelta de súbito en algunas de las escenas más dramáticas de la capital dividida, en un sufrimiento que ha dejado para siempre sus marcas. En la Bernauer Straße hubo al principio gente que se arrojó por las ventanas al vacío de la libertad. Cuando esas aberturas fueron barradas con espinos aún cupo que los vecinos se comunicaran con sus familiares que acudían a las aceras, por lo que pronto fueron tapiadas. Incluso entonces hubo una vía de escape a través de un túnel trabajosamente arañado en el subsuelo. Decididos a no dejar ni un resquicio por el que se pudiera respirar, los comunistas demolieron las mismas viviendas y todo lo que se encontraba en la “franja de la muerte”. Esa franja es hoy perceptible en el amplio espacio vacío de zona verde que recorre el lado sur de la Bernauer Straße.

 

Las imágenes de la Bernauer Straße dieron la vuelta al mundo. Probablemente, la más conocida, reproducida en postales y carteles, es la que muestra a un soldado del Ejército Popular saltando la alambrada fronteriza. Era el 15 de agosto de 1961, sólo dos días después de que los espinos fueran tendidos para cerrar el paso de los berlineses orientales a los sectores occidentales. Fue la primera deserción de un soldado en el Berlín del Muro, cuando éste aún no se había solidificado en piedra. El Volkarmist Conrad Schumann, de 19 años, se encontraba en la esquina con la Ruppiner Straße, cuando al otro lado de la línea de demarcación apareció una camioneta de tropas aliadas. Éstas abrieron la puerta trasera del vehículo al apreciar la actitud dubitativa del soldado. Después de mirar en todas las direcciones y comprobar que no estaba a tiro de ningún compañero, el desertor comenzó a correr y saltó la alambrada. Aún en el aire, echó mano a la correa de su fusil para desprenderse del arma y arrojarla al suelo. Cuando sus pies alcanzaron el otro lado, el soldado se introdujo rápidamente en la furgoneta que le esperaba y el vehículo abandonó de inmediato el cruce. Schumann vivió el resto de su vida en Baviera y, perseguido por la memoria, aseguró que sólo desde el 9 de noviembre de 1989, fecha de la caída del Muro, se había sentido realmente libre. Nueve años después se suicidaría en un momento de depresión.

 

Secuencias trágicas

 

A diferencia de otros lugares en los que la demarcación fronteriza venía señalada por las fachadas de los bloques de viviendas situadas en sectores aliados (como en las calles Niederkirchner y Zimmer, donde estaba el Checkpoint Charlie), en la Bernauer Straße la línea de separación de distritos eran los edificios de la zona de ocupación soviética, en la parte sur de la calle. Sacar el brazo por la ventana era ya traspasar la frontera, pasar todo el cuerpo era encontrarse en el otro Berlín. En los días siguientes al 13 de agosto de 1961, cuando los guardias fronterizos comenzaron a penetrar en las casas para sellar las ventanas, algunos vecinos huyeron tirándose a la calle. En la acera, grupos de bomberos de Berlín-Oeste esperaban con lonas para salvarlos. El caso más dramático se produjo ante el número 29. Fue el de una anciana de 77 años, que cuando se encontraba ya suspendida por la parte exterior, agarrada al marco de la ventana del segundo piso y dispuesta a soltarse sobre la lona, fue agarrada desde su casa por unos funcionarios comunistas, que intentaron volverla a subir. En el forjeceo, grabado por los objetivos de las cámaras, los captores lanzaron una bomba de humo sobre los bomberos, con el fin de impedir el salvamento. Desde la calle, algunas personas se encaramaron a la ventana del primer piso y sujetaron a la mujer por los pies. Fue un cuarto de hora de lucha que terminó con la anciana sobre la lona, después de que quienes impedían su fuga cedieran finalmente intimidados por el griterío de la multitud.

 

 

Otras secuencias de aquellas jornadas muestran a un niño de seis años en su caída desde un cuarto piso. El chico fue recogido perfectamente por los bomberos, pero su padre se lesionó la columna vertebral y la madre sufrió graves lesiones internas. Los documentales de la época también reflejan el desgarro de la separaciones familiares: unos recién casados –ella, con su vestido de novia– acudieron a esta acera de la Bernauer Straße para saludar a los padres, que sólo pudieron sumarse a la celebración asomándose a las ventanas. Éstas quedaron pronto enrejadas con alambres de espino para impedir las fugas. Luego los albañiles tapiaron todas las aberturas y los residentes fueron obligados a desocupar sus viviendas. Las instalaciones fronterizas se reforzaron y se dio orden de disparar a matar a todo el que intentara saltar el “Muro de protección antiimperialista”.

 

Túnel 29

 

Si pasar por encima del Muro fue pronto algo suicida, ¿por qué no atravesarlo por debajo? “Los! Los! Beeilung!” (¡Vamos, vamos! ¡deprisa!). Un par de hombres recibieron en con esas órdenes a los fugitivos que llegaban al sótano del número 7 de la Schönholzer Straße (Berlín-Este). Allí se encuentraba la boca de un agujero de cinco metros de diámetro que bajaba hasta el principio de un túnel. Era el 14 de septiembre de 1962. Las primeras personas fueron convocadas en un bar de la misma calle y allí obtuvieron la indicación de vía libre para la escapada. Rápidamente marcharon al portal del edificio convenido. En total serían veintinueve personas, todas con lo puesto, sin maletas que delataran sus intenciones, las que lograron huir de la RDA por el luego llamado Túnel 29. La galería se había comenzado a excavar el 6 de mayo bajo el suelo de una antigua factoría, en la parte trasera del número 73 de la Bernauer Straße, al norte de la calle (Berlín-Oeste). Cuatro hombres jóvenes y una mujer comenzaron la operación, en la que finalmente colaboraron una treintena de personas, con el ánimo de rescatar de Berlín-Este a sus familiares. Tras 131 días de trabajo, quedó listo un túnel de 136 metros de longitud, que por debajo del Muro llegaba en línea recta hasta la convenida dirección de la Schönholzer Straße. La galería tenía un metro de alta y unos noventa centímetros de ancha, la dimensión mínima suficiente para trabajar en el interior y poder evacuar doscientas cincuenta toneladas de tierra, que se amontonaron en varias dependencias de la fábrica interior de la Bernauer Straße. El pasillo subterráneo fue reforzado con veinte toneladas de maderas, dado el carácter arenoso del subsuelo berlinés. Contaba también con una instalación eléctrica y un sistema de aireación, con el propósito de que fuera utilizado para más fugas. No obstante, las filtraciones de agua hicieron pronto inservible el túnel y no hubo más operaciones de rescate, aunque es posible que alguien más lo utilizara en las semanas que los guardas fronterizos tardaron en descubrirlo.

 

La aventura fue llevada a la pantalla con el título de El túnel (2000). La película recreó con fidelidad las circunstancias en que se produjo la escapada, aunque inventó un tiroteo entre fugitivos y guardas germanorientales con el fin de dar mayor tensión a la fuga. Con ocasión del rodaje, algunos metros del túnel bajo la Bernauer Straße fueron redescubiertos, pero luego se volvieron a tapar porque la galería estaba destruida.

 

Reconcialiación sin olvido

 

Los bloques de casas de la Bernauer Straße se demolieron a finales de la década de 1970. En el interior del área de seguridad del Muro sólo quedó la Versöhnungskirche. La nave neogótica de esta iglesia evangélica y su puntiaguda torre fueron dinamitadas en 1985 tras un largo pleito administrativo. Fue el último edificio en desaparecer de la llamada “zona de la muerte” que recorría todo el trazado fronterizo. La parroquia pertenecía al distrito de Wedding, pero el Muro la dejaba en Berlín-Este, sin posibilidad de que a ella acudieran los feligreses occidentales. Éstos obtuvieron unas nuevas dependencias en el número 111 de la misma calle, convertidas con la reunificación en el Centro de Documentación sobre el Muro (1). La Versöhnungskirche tuvo que ser regalada a la jerarquía eclesiástica germanoriental, que finalmente se vio obligada a ceder el terreno a las autoridades comunistas. Si el proceso hubiera tardado cuatro años más, la Iglesia de la Reconciliación –irónico nombre para un templo con esta historia– habría permanecido en pie. Para la reconciliación, en cualquier caso, se consagró en 2000 en el mismo emplazamiento una capilla oval, la Versöhnungskapelle (2), que ha podido aprovechar una campana de la anterior iglesia.

 

 

La capilla se erige junto al Mauer-Gedenkstätte (3) (Lugar Conmemorativo del Muro), donde cada 13 de agosto tienen lugar ofrendas florales en memoria de cuantos sufrieron en carne y espíritu el “encarcelamiento” de los bloques cemento y hormigón. Fue inaugurado en 1998 después de intensas discusiones sobre la conveniencia de mantener en pie una parte del Muro, sin restituir además los edificios que habían sido derruidos. Es probable que hoy la capital mire hacia atrás con cierto arrepentimiento por no haber dejado más evidencias de aquella etapa histórica –al fin y al cabo una más en una comunidad centenaria–, pero es comprensible que con la reunificación el Senado de Berlín se esforzara por borrar un trazado que destruía la original planta urbanística de la ciudad. La necesidad de una urgente unidad interna y el deseo de eliminar algo que había sido odiado por la mayoría de los berlineses llevaron a retirar cuanto antes la más famosa construcción de la RDA.

 

Ciento sesenta muertos

 

La separación física entre los dos Berlines se fraguó en la madrugada del 13 de agosto de 1961. La constante marcha de ciudadanos hacia los sectores aliados de la ciudad, y de allí también al resto de la RFA, era una hemorragia que la República Democrática no estaba dispuesta a permitir. Desde que se creó la RDA en 1949 hasta agosto de 1961, 2,7 millones de personas abandonaron el país, en una creciente cifra que sólo durante el último año había alcanzado los 360.000 fugitivos. La emigración de muchas personas cualificadas hipotecaba el mismo futuro y la viabilidad del Estado comunista. Presionado por Moscú, el régimen de Walter Ulbricht se decidió a actuar antes de que los soviéticos tomaran directamente el control de la situación. La operación logística correspondió a Erick Honecker, cuyo celo se vería recompensado posteriormente con la asunción de la jefatura del Estado. En la noche del 12 al 13 de agosto miles de soldados se desplegaron por todo el perímetro de Berlín Occidental y comenzaron a tender alambradas. Quedaron cortadas 97 calles. Quienes vivían en una parte de la ciudad no pudieron acudir a sus lugares de trabajo en el otro lado; multitud de familiares quedaron separados e incluso matrimonios e hijos que pasaban esa noche en lugares distintos ya no pudieron reunirse en Berlín-Oeste. En cuestión de días, las alambradas comenzaron a ser sustituidas por tabiques de ladrillos; con los años se sucedieron varias generaciones de Muro, en creciente altura y espesor. Al final, la frontera interberlinesa tendría un sofisticado refinamiento policial que la haría difícilmente franqueable.

 

La mayor parte de las fugas se produjeron en los primeros años, cuando la barrera aún era precaria en algunos lugares y no se había oficializado la orden de tirar a matar. En total, más de cinco mil personas lograron atravesar la frontera. Unas 3.200 fueron detenidas en el intento y por regla general padecieron varios años de prisión. Al menos ciento sesenta fugitivos hallaron la muerte en el Muro; la cifra no está cerrada, pues debido al secretismo con que la RDA llevó este asunto algunas investigaciones aún siguen en curso. Otros doscientos sesenta resultaron heridos por los disparos de los guardas.

 

 

 

Por la línea del Muro

 

Un tramo prototipo de la frontera interberlinesa, como el de la Bernauer Straße, se componía de una primera tapia de planchas de hormigón de cuatro metros de altura, cuya parte superior terminaba en forma circular para dificultar cualquier escalada. Esta pared, que marcaba la frontera, era propiamente el Muro. Los berlineses occidentales lo acabaron llenando de graffitis por el lado que daba a sus calles. En el otro, los berlineses orientales debían quedarse a unos cincuenta metros de distancia, detrás de una hilera de vallas metálicas o placas de hormigón, esta vez de menor altura. Entre ambas líneas se extendía la “zona de la muerte”, por la que patrullaban soldados motorizados y con perros. El área estaba iluminada toda la noche y además era supervisada desde trescientas dos torres de vigilancia. Contenía también detectores de movimientos, más de ciento cinco kilómetros de foso anti vehículos y veinte búnkers. En total, el Muro tenía una longitud de 155 kilómetros, 43 de los cuales por medio de la ciudad; el resto separaba Berlín-Oeste del territorio de la RDA que lo circundaba: no hay que olvidar que el Muro no encerraba Berlín-Este, sino la parte occidental de la ciudad, convertida en una isla-prisión. A ella sólo se podía llegar en avión (únicamente a través de determinados corredores dentro del espacio aéreo de la RDA), en trenes de una única línea férrea que llegaban desde la RFA sin hacer paradas, y por medio de una autopista que no permitía salidas a mitad de trayecto.

 

No debe visitarse Berlín sin haberse hecho antes con un plano en el que esté señalizada la antigua línea divisoria de la capital. Muchos mapas suelen incluirla; en ocasiones no se marca explícitamente, pero basta saber que coincide con la delimitación administrativa de determinados barrios, aunque las últimas agrupaciones de distritos pueden haberla desdibujado. Sirve para comprender mejor la idiosincrasia de las zonas por las que se camina, según estén a un lado u otro de la desaparecida frontera. También constituye un objeto mismo de exploración: compensa dedicar algún tiempo a recorrer el viejo trazado del telón de hormigón, señalizado por el Senado berlinés con 29 paradas con sus explicaciones, para ir encontrando algunos de sus restos. Unos ya han sido mencionados páginas atrás y otros lo serán más adelante. En cualquier caso, a título de inventario, he aquí los pedazos del Muro diseminados por la parte central de la ciudad, siguiendo las agujas del reloj: torre de vigilancia de la Puschkinallee, East-Side-Gallery, Chekpoint Charlie, tramos de la Niederkirchnerstraße y de la Stresemannstraße (Potsdamer Platz/Liepziger Platz), Parlamento de los Árboles, Invalidenfriedhof, Bernauer Straße y Mauerpark.

 

Remover la paz de las sepulturas

 

A la derecha de la Bernauer Straße el perímetro del Muro hacía una pequeña incursión hacia el norte. No sólo cortó dos calles principales, la Invalidenstraße y la Chausseestraße, sino que también perturbó la paz de los muertos de los camposantos que encontró a su paso. El Invalidenfriedhof (4), un cementerio creado en el siglo XIX para personalidades militares, tuvo que ceder terreno para hacer sitio a la tapia trasera de la frontera, en un lugar en el que ésta venía marcada por la orilla occidental del Schiffährtskanal. Las piezas de hormigón siguen en su sitio, entre las tumbas de algunos legendarios oficiales, como la del héroe prusiano Scharnhorst, enterrado en 1834 en un alto sarcófago que custodia un león durmiente, creación de Schinkel y Rauch. El movimiento de tierra permitió hacer desaparecer cualquier pista de la sepultura en la que en 1942 se enterró a Reinhard Heydrich, el número dos del aparato de represión nazi, quien presidió la Conferencia de Wannsee en la que se concretaron los planes del Holocausto. Heydrich, gobernador además para las tierras checas, murió en Praga en un atentado y tuvo un gran sepelio de Estado. Desde el final de la guerra en el Invalidenfriedhof ya no se entierra a ningún militar. A unos metros al norte del cementerio se observa una de las torres de vigilancia de la antigua frontera, en parte engarzada en un edificio de seis plantas.

 

El Muro también arrambló casi la mitad de las lápidas del Friedhof St. Hedwig (5), al que aprisionó en una esquina (Liesentraße/Gartenstraße) y cuyos accesos constriñó, no sólo físicamente: para visitar la tumba de familiares hacía falta un permiso especial, cuyo otorgamiento estaba ligado a la buena conducta para con el régimen. Entre las tumbas de este camposanto, el más antiguo en uso de la comunidad católica, se leen los nombres de las familias que crearon el hotel Adlon, la marca de confección Peek und Cloppenburg y el desaparecido café Bauer.

 

Un cadalso y Lili Marleen

 

Hasta juntarse con la Bernauer Straße, el Muro discurría por la Gartenstraße aprovechando la pared de ladrillo de la Nordbahnhof, antigua estación de Stettin. A media altura se halla la Gartenplatz (6), que antaño se había utilizado como lugar para ejecuciones públicas. Hasta que en 1840 Federico Guillermo IV dispuso que las penas de horca se aplicaran en la Ciudadela de Spandau, los berlineses acudían a esta plaza, entonces fuera de las murallas, para presenciar el espectáculo del rictus de la muerte, mientras los vecinos obtenían lucrativos beneficios alquilando las ventanas bien situadas. Completado el trabajo, los ajusticiados eran enterrados alrededor del cadalso, en fosas luego olvidadas, con lo que este improvisado cementerio completaba la especialización en necrópolis de esta parte superior del viejo casco urbano. Cuando la aplicación de la pena capital abandonó la plaza, en ella se construyó la neogótica Sebastiankirche.

 

Este entrante rectangular que hacía el Muro al norte de la Chausseestraße se ha convertido curiosamente en la sede central de los servicios secretos alemanes, el Bundesnachrichtendienst (7) (Servicio de Inteligencia Federal). La centralización del BND en Berlín, tras una primera decisión de que siguiera en la localidad bávara de Pullach, donde lo había instalado la República de Bonn, es una demostración más de la paulatina imposición de la capital alemana en un reparto cada vez menos federal de las oficinas estatales. El BND es el último destino de un emplazamiento con una historia reseñable. Sede en siglos pasados de los cuarteles de la Guardia de Fusileros, cuerpo conocido vulgarmente como “abejorro” debido a los colores de su uniforme, aquí nació Lili Marleen. En ese cuartel, a la espera de ser enviado al frente ruso durante la Gran Guerra, el soldado Hans Leips compuso en 1915 un poema de amor y de despedida, de melancolía y esperanza que se popularizaría en la siguiente contienda mundial. A las tres estrofas iniciales Leips añadió otras dos cuando el texto, con el título Canción de un viejo soldado de guardia, finalmente fue publicado en 1937 en una colección de poemas. Al año siguiente, el compositor Norbert Schulze le puso melodía. Y aunque muchas voces entonaron la canción, es sobre todo la de Marlene Dietrich la que a todos nos viene al oído si la tarareamos. “Delante del cuartel / frente al gran portal / había una farola / y aún sigue allí / así que ahí quisiéramos vernos / junto a la farola nos gustaría estar / como una vez, Lili Marleen”, dice la primera estrofa. Hoy ya no hay cuartel, ni tampoco está la farola en la que encontrarse con Lili Marleen. Las instalaciones, con entrada por la Chausseestraße (frente a la parada de metro Schwartzkopffstraße), se transformaron terminada la guerra en campo de entrenamiento para la Policía. En 1950 dieron paso al Walter-Ulbricht-Stadion, cuyas gradas se construyeron utilizando como material de relleno restos del Palacio Real que se estaba dinamitando en ese momento. Los berlineses orientales motejaron al estadio como “pradera del cabrito”, en referencia a Ulbricht y su perilla. Durante la revuelta del 17 de junio de 1953, unos cinco mil manifestantes ocuparon el estadio; al final del día las fuerzas del orden arramblaron con los doscientos obreros que se habían atrincherado en las instalaciones. Con capacidad hasta 70.000 espectadores y bautizado después como Stadion der Weltjugend, acogió cada año la final de la copa de fútbol de la RDA. Fue derruido a mediados de la década de 1990 con la intención de levantar otro para la candidatura de los Juegos Olímpicos de 2000. Fracasada ésta, la explanada quedó a la espera de un nuevo uso.

 

Parques sobre la historia

 

El área por la que caminamos está coronada al norte por el Volkspark Humboldthain (8). Fue uno de los “parques populares” con los que en la segunda mitad del siglo XIX la paternalista autoridad municipal quiso dulcificar la dura vida de los barrios obreros. El primero de ellos fue el de Friedrichshain, y a este Hain (floresta, bosquecillo) siguió el de Humboldt, bautizado en honor del naturalista y explorador Alexander von Humboldt. Como en el caso de su predecesor, el Volkspark Humboldthain fue dotado durante la Segunda Guerra Mundial de un gran búnker de superficie que terminaría sepultado bajo una colina artificial debido a la dificultad de su completa demolición. Las tropas de ocupación francesas se esforzaron por dinamitarlo, pero el Hochbunker había sido construido a conciencia, de forma que fue rellenado de escombros y cubierto con todo tipo de cascotes de la inmediata posguerra. La vegetación y los árboles que luego crecieron ocultan la procedencia de la montaña. Hay que llegar hasta la cumbre de sus 85 metros para toparse con parte del hormigón de la estructura superior del búnker.

 

Cada etapa histórica de Berlín parece generar un tipo propio de parque. También la desaparición del Muro creó en las inmediaciones el Mauerpark (9). La franja verde que dejó la “zona de la muerte” en la Bernauer Straße vira hacia el norte en un amplio espacio habilitado para el esparcimiento general y el entrenimiento de los jóvenes. El paseo llega casi hasta el puente de la Bornholmer Straße, uno de los pasos fronterizos entre los dos Berlines en los que se vivió con intensidad la noche del 9 de noviembre de 1989. El Mauerpark se ve acompañado al principio por las planchas de la línea interior del Muro. Tras ellas, están las instalaciones de la Sportplatz Friedrich-Ludwig-Jahn (10), que lleva el nombre del padre la gimnasia. Fue la zona deportiva más visitada por los berlineses orientales, a un paso del corazón del distrito de Prenzlauer Berg, el más popular de la capital de la RDA, en el que estamos a punto de entrar.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Bernauer Straße, principios de los 80 y en la actualidad / La huída de Schumann, 1961 / Escenas en la Bernauer Straße, 1961 / Túnel 29, 1962 / Demolición de la Versöhnungskirche, 1985 / Mapa Google / Invalidenfriedhof (Beek100) / Letra y música de Lili Marleen / Búnker del Volkspark Humboldthain (Richard Fabi) / Mauerpark y estadio Friedrich-Ludwig-Jahn, con señalización del trazado del Muro (berlin.de)]

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Llegar a Berlín en tren permite poner la escalerilla de descenso en el mismo corazón de la ciudad. Ya el trayecto final por Mitte despliega ante nuestros ojos un vistoso andén de bienvenida, con el Reichstag y la Cancillería en el término de nuestro viaje. En un país en el que el transporte por ferrocarril podría decirse que forma parte de la idiosincrasia nacional, la creación de una nueva estación central tiene especial simbolismo. Levantada junto a la frontera que separaba los dos Berlines, la Lehrter Hauptbahnhof (1)(Estación Central de Lehrte) unifica las funciones que antes estuvieron divividas entre la estación del Zoologischer Garten (Berlín-Oeste) y la hoy Ostbahnhof (Berlín-Este). Así, esta infraestructura actúa de importante punto de sutura entre las dos partes de la ciudad. Hereda también la apertura al mundo que en su día significó, justo en medio de Berlín, la estación de la Friedrichstraße, que al caer el Muro se había quedado pequeña para un planeta globalizado.

 

La Lehrter Hauptbahnhof es una impresionante obra de ingeniería, con una grandiosa cubierta de cristal y acero que se ajusta a la curva del Spreebogen (Arco del Spree) y un profundo espacio subterráneo para la conexión con las vías que circulan en sentido perpendicular. Es la mayor estación de Europa para un cruce ferroviario. El gran tamaño de esta infraestructura, proyectada por el despacho de Mainhard von Gerkan, relativiza las discutidas dimensiones de la Cancillería del otro lado del río, hacia la que se puede caminar directamente a través de una pasarela sobre el río. El nombre de la Estación Central procede de una estación precedente, abierta en 1871 con trenes destinados a Lehrte, ciudad en las proximidades de Hannover. Fue punto de tránsito, como la vecina Hamburger Bahnhof, de miles de obreros que llegaban a esta zona por encima del Spree para dispersarse entre talleres e industrias.

 

La industrialización de Berlín arrancó en el norte. Con la ciudad aún apretada por el cinturón de su última muralla, August Borsig creó en 1837 una fundición de hierro para la fabricación de locomotoras en un terreno a las puertas de la capital (Chausseestraße/Oranienburger Tor). El emplazamiento atrajo a otros industriales, que a medida que su actividad fue creciendo fueron traslando su producción al vecino barrio de Moabit, que se extiende sobre el Tiergarten, por encima del Spree. Moabit sería un dominio de fábricas y obreros, de chimeneas industriales y de pobres viviendas para los trabajadores. El importante Westhafen (2), el mayor puerto de Berlín, y la estación ferroviaria de mercancías con la que está conectado daban salida a la producción de la imparable revolución industrial alemana. Ésta fue diseminando sus factorías y su proletariado aún más al norte, de forma que el gran barrio de Wedding pronto tuvo ese mismo carácter obrero. La necesidad de albergar la avalancha de mano de obra que llegó a Berlín a finales del siglo XIX llevó a la construcción de las Mietskasernen, viviendas cuartelarias para la masa proletaria, por todo el anillo obrero de la capital. La industria generalizó un nuevo tipo humano, que salía pronto de casa con el paquete de la comida y no regresaba hasta la noche. “El símbolo de Berlín es el hombre con la cartera”, sentenció en 1927 el escritor Kurt Tucholsky.

 

Elogio de la fábrica, elegía del parado

 

El nacimiento de Moabit está vinculado a los hugonotes. En 1716 les fue permitido a esos refugiados franceses colonizar el otro lado del Spree. A esas tierras le dieron el nombre que había usado Jeremías: “Terre de Moab”. Moabit no se desarrolló hasta la llegada de la industrialización. Algunos intelectuales del primer tercio del siglo XX llegarían a alabar la belleza de la máquina y de la automatización de la gran fábrica. Franz Hessel, con ecos futuristas, proclamó que “no hay un edificio más bello que la monumental nave de cristal y hormigón férrico que construyó Peter Behrens para la fábrica de turbinas de la Huttenstraße” (ahí sigue, en la esquina con la Berlichingenstraße, para quien quiera tener un juicio propio de la Turbinenhalle de la AEG). Y Walter Benjamin dedicó un entusiasta relato a su paseo por las naves de Borsig en pleno funcionamiento. Pero a pesar de sus palabras de admiración, Moabit y Wedding fueron sobre todo el infierno de la pobreza de los años de la Depresión.

 

En 1930, Erich Kästner ponía en boca del protagonista de su novela Fabián una frase realmente elocuente: “En el este reside el crimen, en el centro la estafa, en el norte la miseria, en el oeste la impudicia, y en todos los puntos cardinales habita la decadencia”. Eran también los tiempos de la Lied der Arbeitslosen [Canción de los parados], de Hans Hyan, en la que los del norte maldecían a los del oeste: “Queremos saber por qué vosotros estáis hartos y nosotros debemos pasar hambre”, repetía el estribillo. Y aún más combativos eran unos versos de Edwin Hoernle: “Cuando Wedding marcha sobre la Kurfürstendamm, / tiemblan las ventanas, / todos los burgueses ven fantasmas rojos (…) / ¡Fuera con el nido de ratas! / ¡A la pala de lodo! / ¡Wedding marcha sobre la Kurfürstendamm!”.

 

La inclusión de Moabit y Wedding dentro del ahora ampliado distrito de Mitte, en la división administrativa de la ciudad realizada tras la reunificación, dice acerca de la centralidad geográfica que han adquirido ambos barrios en el gran Berlín, pero también de su creciente centralidad social. De fuerte inmigración, Moabit y Wedding siguen acogiendo clases populares, pero la pobreza más visible queda para los bloques periféricos del antiguo Berlín-Este. La construcción de la Estación Central en una de las esquinas de Moabit, con todos los servicios complementarios que genera, ha dinamizado claramente la zona.

 

Otra estación y dinosuarios

 

 

La original Lehrter Bahnhof era una pequeña estación, comparada con la cercana Hamburger Bahnhof (3), inaugurada en 1847 para el mayor tráfico con la capital hanseática. La de Hamburgo es la única de las viejas estación-término de Berlín que continúa en pie, aunque ya no está en uso como tal. En realidad sólo se utilizó durante cuarenta años; luego fue museo del transporte y quedó abandonada gran parte del tiempo en que la ciudad estuvo dividida, ya que a pesar de encontrarse en el lado occidental del Muro las instalaciones pertenecían a la RDA. En 1996 fue reabierta como Museo de Arte Contemporáneo (Museum für Gegenwart) a partir de fondo artístico del coleccionista privado Erich Marx. Aparte de interesantes exposiciones temporales, entre sus obras permanentes destacan piezas de Joseph Beuys, Anselm Kiefer, Robert Rauschenberg y Andy Warhol.

 

De arte contemporáneo a la paleontología. Además del museo de la Hamburger Bahnhoff, en la misma calle está el Museo de Ciencias Naturales (4) (Museum für Naturkunde, Invalidenstraße 43), inaugurado en 1889 para recoger los importantes hallazgos de los naturalistas alemanes. Lo más impresionante es el esqueleto de dinosuario, el mayor del mundo, montado en el patio de luces del edificio. Se trata de un ejemplar original de brachyosaurus de veintitrés metros de largo y doce de alto. El edificio ocupa lo que fue una plantación de moreras encargada por Federico II para que los inválidos de sus guerras pudieran practicar la cría de gusanos de seda. La dedicación debió de congregar a numerosos aficionados, a juzgar por la denominación que tomaría la calle.

 

 

La orilla de los chapuzones de Lenin

 

El trayecto en tren o S-Bahn por Mitte ofrece desde la altura de sus arcadas una atractiva panorámica del centro de la ciudad. Entre los edificios divisados en esta parte de Moabit hay uno de ladrillo visto en forma de serpiente que llama la atención. Se trata de un conjunto de setecientas viviendas destinado a una parte de los funcionarios que se trasladaron desde Bonn con el cambio de capital: vecinos de confianza para el contiguo parque de la Cancillería. Esta Wohnungsschlange (vivienda-serpiente), con pisos pequeños y sin balcones, resultó algo incómoda para unos inquilinos que habían conocido mejores condiciones junto al Rin, de manera que pronto los alquileres fueron abiertos a los demás berlineses.

 

Estas orillas del Spree, no obstante, poco tienen que envidar a los cuidados paseos junto al Rin. En la Friedrichstraße arranca una entretenida ruta que sigue el borde norte del río, atraviesa entre los edificios del Parlamento, pasa junto a la Cancillería y viene a concluir a la altura del Gerickesteg (5), un coqueto puente peatonal que permite cruzar hacia la estación de Bellevue. En las orillas próximas al Gerickesteg se bañaba Lenin diariamente –es de suponer que no en invierno–, según escribió a su madre durante su estancia en Berlín a finales del siglo XIX.

 

La entrada natural a Moabit desde el centro de la ciudad es a través del vistoso puente de Moltke, junto a la Cancillería. A partir de aquí se enfila la calle de Alt Moabit, la principal arteria del barrio. Esta vía sigue la huella del antiguo camino que iba de París a Moscú, de ahí el nombre escogido para el restaurante que ocupa una rústica casa al pie de la calle. En el Paris-Moskau se come bastante bien y es frecuentado por los políticos del barrio gubernamental, que pagan a expensas del erario público. Más barato, donde lo impagable son las vistas, es el Biergarten abierto detrás del restaurante, en la ribera del río.

 

Destino de Bormann

 

Para las personas de cierta edad, especialmente si no residen en Moabit, el nombre de este barrio recuerda sobre todo a la prisión que se encuentra avanzando por Alt Moabit. La manzana está formada por la cárcel y el neobarroco edificio del Kriminalgericht (6) (Juzgado de lo Criminal). Como en otros juzgados construidos alrededor de 1900, es siempre interesante echar un vistazo a su amplio vestíbulo y a sus escaleras centrales. Las instalaciones fueron candidatas a acoger lo que después fue el Juicio de Núremberg, pues se deseaba que los jerarcas nazis estuvieran internados en celdas contiguas a los juzgados. Finalmente para ese histórico proceso se escogió la ciudad bávara, porque su Palacio de Justicia se encontraba en mejores condiciones y porque así los norteamericanos, que habían ocupado Baviera, evitaban un mayor protagonismo soviético, en un Berlín recien salido de la guerra en el que aún el Ejército Rojo controlaba todo el territorio.

 

La cárcel de Moabit está unida a un episodio de los últimos días de la contienda, cuando más de quinientos prisioneros políticos fueron sacados a dar paseos de los que no regresaron: fueron asesinados y en su mayoría luego enterrados en una fosa común en el cementerio de la vecina Johanniskirche. Una de las víctimas era Albrecht Haushofer, que con otros compañeros fue conducido hasta lo que tiempo atrás había sido el Centro de Exposiciones de la ciudad, junto a la estación de Lehrte; allí las SS les dieron muerte. El cadáver de Haushofer, pieza clave en el enigmático vuelo de Rudolf Hess a Gran Bretaña por su relación con personalidades inglesas, aferraba en su mano unas hojas dobladas y ensangrentadas en las que había escrito ochenta poemas. Esos versos se conocen como Sonetos de Moabit y se consideran la mejor poesía relacionada con la oposición al nazismo; algunos están reproducidos en una columna al borde del Spree, en la parte de atrás del Ministerio del Interior (Alt Moabit 101). Curiosamente, en la misma zona de las cercanías de la estación cayó Martin Bormann, poco después de escapar del búnker de Hitler cuando éste ya se había suicidado. Bormann, que había sucedido a Hess como secretario del partido y del propio Führer, no murió tomándose personalmente la vida, como otros máximos dirigentes nazis, sino alcanzado por las balas del enemigo bolchevique. Así lo dan por seguro algunos historiadores, aunque al no hallarse su cadáver aparecieron después informaciones recurrentes sobre la presunta huida de Bormann a Hispanoamérica.

 

Sala de ejecuciones

 

 

 

El parque que sigue a la Johanniskirche, proyectada por Schinkel y luego ampliada por Stüler, se llama Pequeño Tiergarten (tiene más de lo primero que de lo segundo). La Alt Moabit termina en el pintoresco Glotzkowskybrücke. Cerca de allí, en el número 7 de la Levetzowstraße (7), en lo que había sido una de las mayores sinagogas de la capital, se encuentra un monumento dedicado a la deportación de los judíos berlineses. En la fiesta del Jom Kippur de 1941, la Gestapo convirtió el templo en el primer centro de concentración de judíos para su “emigración”, “evacuación” o “reasentamiento en el este”, que eran las denominaciones tapadera de los campos de exterminio a los que iban destinados. Desde aquí eran conducidos, en ocasiones caminando por las calles, a la no lejana estación de mercancías de Moabit. Allí, en el puente que cruza las vías del ferrocarril, el Putlitzbrücke (8), otra escultura evoca aquellos transportes humanos hacia el Holocausto. La estación de la Putlitzstraße era una de las tres, junto con la de Grunewald y la Anhalter, desde la que partían los comboyes de judíos hacia la aniquilación. Algunos de esos trenes, con los datos sobre el cargamento humano que transportaban y el campo al que se dirigían, están listados junto a la reproducción de un vagón en el espacio que dejó la sinogoga de la Levetzowstraße.

 

En el límite entre Moabit, Wedding y Charlottenburg está la prisión de Plötzensee (9), igualmente relacionada con la historia del Tercer Reich. Aunque coge algo a desmano, a no ser que se aproveche el viaje de ida o vuelta al aeropuerto de Tegel, una visita a las dependencias donde se realizaban las ejecuciones es tremendamente ilustrativa de la macabra dictadura nazi. La cárcel de Plötzensee, parcialmente aún utilizada como centro de internamiento, fue el principal lugar de aplicación de las sentencias capitales del nazismo hasta el mismo final de la guerra. Entre 1933 y 1945 fueron ejecutadas unas tres mil personas, la mitad de ellas por razones políticas y muchas relacionadas con el golpe del 20 de julio de 1944. Los que habían estado más implicados en esa intentona fueron colgados de los ganchos de matadero que aún pueden verse en una viga de la sala de ejecuciones; su lenta agonía fue filmada para disfrute de Hitler. Esos ganchos, en medio de la penumbra de la vacía habitación resultan sobrecogedores. Un centro de documentación adjunto permite hacerse una idea de lo siniestro del lugar, gracias a la obsesión nazi por dejar constancia burocrática de todos sus actos.

 

Plötzensee es una de las llagas de Berlín que el obligado ejercicio de memoria impide cicatrizar. La historia ha dejado en el organismo de la ciudad muchas heridas, unas más visibles que otras. Y la del Muro, por más reciente, es probablemente la que se mantiene más a flor de piel.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Lehrter Hauptbahnhof, exterior/  Lehrter Hauptbahnhof, interior (Daniel Schwen) / Westhafen (ThoKay) / Turbinenhalle AEG (Rucativava) / Hamburger Bahnhof (Staatliche Museen zu Berlin, Achim Kleuker) / Mapa Google / Gerickesteg (Harald Rossa) / Restaurante Paris-Moskau / Destruida sinagoga de la Levetzowstraße y monumento (Iblatt) / Sala de ejecuciones de Plötzensee]

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De Emili J. Blasco (el 02/11/2009 a las 10:20:00, en XII. MÁS ALLÁ DE LA KU'DAMM)

 

 

En un fin de semana de verano, es como un enclave costero. El Wannseebrücke, el puente que une el sureste del Grunewald con la gran isla del Wannsee, es un trasiego de coches, no pocos descapotables, y de gente con chanclas que llega a la estación del S-Bahn. Tampoco faltan los grupos en bicicleta. La aglomeración pronto se dispersa por los caminos y orillas de este lugar de recreo –unos en busca de sus embarcaciones o de un rincón para bañarse, otros de paso hacia Potsdam– para volver a coincidir al final de la tarde en este mismo punto, de regreso hacia el interior de la capital. El Wannsee sigue siendo un destino preferido por los berlineses, a pesar de que ahora todos tienen accesibles las playas del Mar Báltico, antes vetadas para Berlín-Oeste.

 

Los chalets, muchos de ellos con amarres propios; los clubs náuticos, que alquilan embarcaciones y ofrecen la posibilidad de esquí acuático; algunos restaurantes, las tiendas y los servicios, todo ello se concentra en el extremo occidental de la isla, a orillas del Großer Wannsee, el mayor lago que forma el ensanchamiento del Havel. Hay también un Kleiner Wannsee, que unido a otros lagos menores forma un canal que bordea la isla por el sur. El resto es bosque, en su parte central; parque, en la conjunción occidental con Potsdam, y naturalismo, en el apéndice norte que supone la Pfaueninsel. Para recomendar un destino de excursión, es difícil elegir entre las muchas salidas de fin de semana de las que uno guarda un buen recuerdo. Lo mejor será seguir un orden geográfico y tal vez puede pararse antes de cruzar el Wannseebrücke.

 

En un desvío hacia la izquierda, casi al borde del Kleiner Wannsee (Bismarckstraße 3), se encuentra la tumba de Heinrich von Kleist (1), polifacético escritor romántico que en 1811 puso aquí fin a la vida de su amada, Henriette Vogel, y a la suya propia, de acuerdo con el pacto que habían establecido. Desde entonces el lugar fue meta de peregrinación de enamorados y aún hoy se puede encontrar alguna rosa –eso si se consigue dar con el emplazamiento, algo separado del camino– sobre el monolito que indica el sitio donde Heinrich y Henriette se dieron el último abrazo, con la muerte como testigo. Ese suicidio a dúo le ha reservado a Heinrich von Kleist un lugar de honor en la memoria sentimental berlinesa, curiosamente por un acto que parece contradecir su consideración como “el más prusiano de todos los poetas”.

 

Berlín tiene playa

 

Para bañarse se puede aprovechar cualquier acceso directo al agua, pero hacerlo en la Strandbad Wannsee (2) tiene un encanto especial. Esta larga playa de arena, en la orilla occidental del lago, data de 1912 y sus instalaciones, con terrazas, vestuarios y tiendas, son de 1930, obra de Martin Wagner y Richard Ermisch. De manera que cuando se accede al recinto, después de pagar una reducida entrada, parece penetrarse en aquellos baños de principios del siglo XX y no sorprendería nada encontrarse con bañistas en bombachos y trajes a rayas. La playa está salpicada de canastas para sentarse a tomar el sol, muy propias de los mares del norte: tan pintorescas como reveladoras de que el viento puede ser más fuerte que los rayos solares. Mide 1.275 metros de largo y ochenta de ancho y tiene capacidad para cincuenta mil bañistas. Es la playa más grande en el interior de Europa.

 

Enfrente, al otro lado del lago, se divisa la enorme estatua de un león, alrededor de la cual hay varios merenderos y restaurantes. Es el Flensburger Löwe (3), un león con gesto altanero, creado por los daneses tras una victoria sobre Schleswig-Holstein, pero robado luego por los prusianos al ganar una revancha en 1864. Por esos años, el banquero Wilhelm Conrad promovió en esta parte del Wannsee, entonces sin ninguna instalación de recreo, una urbanización que fue la primera colonia de villas de Berlín. Llevado de un sentimiento patriótico-nacionalista, Conrad la denominó Villencolonie Alsen, dándole el nombre de una isla danesa tomada en aquella guerra, y puso al león como puerta de entrada desde el lago, en realidad una copia, pues el original, instalado en su día en otra parte de Berlín, viajó a Copenhague al término de la Segunda Guerra Mundial. Patricios berlineses, adinerados artistas y grandes industriales construyeron aquí sus residencias de verano. Una de ellas es la casa-museo del pintor Max Liebermann (Am Großen Wannsee 42). El chalet de Liebermann y el de otros propietarios judíos fueron confiscados por las autoridades nazis, cuyos jerarcas se distribuyeron el botín.

 

La casa de la “solución final”

 

 

En la zona, las SS habían comprado con antelación una mansión, construida en 1914 con aspecto de palacete neobarroco, que con el tiempo adquiriría el nombre de Haus der Wannsee-Konferenz (4) (Am Großen Wannsee 56-58). En esta magnífica casa, rodeada de un generoso jardín con estupendas vistas sobre el lago, tuvo lugar el 20 de enero de 1942 la reunión en la que se determinó la organización de lo que en el protocolo de la conferencia constó como Endlösung der Judenfrage (solución final de la cuestión judía). Toda la planta baja del edificio es una exposición sobre el Holocausto. En la sala en la que tuvo lugar la conferencia se explica su desarrollo y se muestran las fotografías de todos los participantes. La presidió Reinhard Heydrich, mano derecha de Himmler como jefe de Seguridad del Reich, y en ella intervinieron otros catorce altos cargos de ese organismo y de las SS. Entre los asistentes figuraba Adolf Eichmann, que se encargó de redactar el protocolo del encuentro, descubierto sólo en 1947 entre las actas del Ministerio de Exteriores.

 

Lo más conocido de ese documento es la lista mecanografiada del número de judíos existentes en los países europeos. Cuando se lee, la suma final se acoge con un escalofrío. Once millones de seres humanos habían sido sentenciados a muerte en este idílico paraje del Wannsee y la meticulosidad burocrática del nazismo se disponía a ejecutar la sentencia de inmediato con la utilización masiva de cámaras de gas en campos de exterminio. La evolución de la guerra hizo que los nazis no pudieran asesinar a esos once millones de judíos, pero se quedaron nada menos que en seis (otros tantos fueron las víctimas no judías de los KZ; precisión que no relativiza el Holocausto, sino que hace justicia a muchos otros grupos humanos y da una idea completa de la capacidad destructiva del sistema de campos de concentración nazis).

 

Una isla fuera del tiempo

 

El tramo desde la estación del S-Bahn hasta la Casa de la Conferencia del Wannsee constituye un agradable paseo, pero puede tomarse un autobús que cubre el recorrido si se desea ahorrar tiempo. También de la estación parten autobuses hacia el punto en el que un transbordador cubre el paso a la Pfaueninsel (5) (Isla de los Pavos Reales). Esta pequeña isla, que no llega al kilómetro cuadrado de extensión, presenta un entorno a reloj parado. Están prohibidos los coches y en ella no se puede fumar. Las ruinas artificiales de un castillo y de una vaquería, un pequeño templo clásico (allí donde solía sentarse la idolatrada reina Luisa), algunas fontanas y un rústico palacio inglés, obras de Schinkel, pretenden detener el tiempo en una edad pretérita de conciliación con la naturaleza, como si la isla se mantuviera al margen de la máquina y la modernidad, en el limbo propio del alquimista Hunckel, residente del perdido enclave en el siglo XVII. Las construcciones son de principios del siglo XIX, cuando la Pfaueninsel adquirió ese carácter de reserva natural, con una colección de animales exóticos, que luego serían los primeros ejemplares del zoo berlinés, y una galería humana –un negro, un indígena de los Mares del Sur, un gigante y un enano– empleada en el cuidado de la isla. Hoy el único exotismo son algunos ejemplares sueltos de pavos reales, mantenidos para hacer honor al título de Pfaueninsel, y una gran jaula con loros.

 

No me encuentro entre los entusiastas de la Isla de los Pavos Reales, que recorrí varias veces en el paseo previo a comidas campestres, pero admito que quienes la enaltecen aducen buenas razones. “Es uno de los parajes más hermosos de Berlín: un paseo en otoño, las hojas a medio caer, todavía con los más diversos rojos y marrones en las copas de los árboles, es la impresión estética en que debe culminar toda estancia berlinesa”, recomienda Ignacio Sotelo en su libro Berlín.

 

 

Dacha, palacetes y Puente de los Espías

 

Como en el paraíso que pretende ser la Pfaueninsel no hay bar al que sentarse a comer, las necesidades culinarias pueden solventarse en el cercano Nikolskoe (6). El restaurante es una dacha rusa de madera que reproduce la que en 1819 el rey Federico Guillermo III hizo construir como sorpresa para su hija y su yerno, el futuro zar Nicolás. El lugar se encuentra en un posición elevada y desde la terraza se obtiene una buena panorámica sobre el Havel. El rey volvió a sorprender a la pareja en 1838 con la Iglesia de San Pedro y San Pablo, diseñada en las inmediaciones por Stüler con elementos ortodoxos. Su cúpula con forma de cebolla se distingue fácilmente cuando se surca el Havel en barco. El templo es especialmente solicitado para bodas, dada su pintoresa situación. Algunos de esos casamientos se celebran a la mesa del hostal que hay en el Moorlake, una coqueta bahía que el litoral forma un poco más al oeste.

 

La punta occidental de la gran isla del Wannsee la constituye el Schloss Glienicke (7) y el parque que lo rodea. El palacete tiene la firma de Schinkel, quien siguió los deseos del príncipe Carlos, hijo del rey Federico Guillermo III, cuando éste volvió entusiasmado por la arquitectura que había visto durante un viaje a Italia en 1822. “El palacio de Glienicke es el intento, plenamente logrado, de trasladar Italia a Berlín. El parque, con ondulaciones artificiales, recuerda a una Toscana presentida por un inglés. Un templete guarda las reliquias clásicas, traídas de Italia. De cara al lago, un mirador, con dos columnas de mármol, atestigua el placer refinado de contemplar el rielar del agua desde este encuadramiento. Sospecho que en ninguna otra parte del mundo se han fundido de manera tan natural el clasicismo italiano y el romanticismo inglés”. El elevado tono apologético vuelve a ser de Sotelo, especialmente encariñado con esta parte de Berlín.

 

El jardín deriva hacia el sur, por debajo de la carretera que corta la isla del Wannsee, en el parque Klein-Glienicke; luego empalma, en la otra orilla, con el de Babelsberg, ya en el término municipal de Potsdam. Se trata de un conjunto de tranquilos senderos que serpentean entre pequeños castillos neogóticos, en un entorno natural ordenado por Joseph Lenné (al igual que el de la Pfanueninsel). Para entrar en Potsdam, no obstante, la principal ruta atraviesa el Havel por el Glienicker Brücke (8). Por aquí circulaba la senda real que venía del Stadtschloss berlinés para dirigirse a los palacios de Potsdam. Por la mitad de este puente de hierro pasaba la frontera entre la RDA y Berlín Occidental, en una línea que seguía por en medio del Havel marcada con boyas y redes para impedir el paso de fugitivos buceadores. A pesar de que Alemania Oriental lo llamó Puente de la Unidad, el Glienicker Brücke fue sinónimo de división y famoso escenario de canje de espías entre los dos bloques.

 

Potsdam

 

El Schloss Charlottenburg, como ya vimos, fue el primer palacio de verano de los Hohenzollern y en sus proximidades se asentaron las segundas residencias de los grandes cortesanos. Federico II prefirió un lugar más alejado para su entretenimiento y mandó erigir sus palacios estivales en la ciudad de Potsdam, que se convertiría en la sede casi permanente de su reinado. Con él, la corte también trasladó sus mansiones a esta población, creando una tradición de vistosas villas. Todas ellas perdieron lustre durante las privaciones del comunismo, pero muchas lo han recuperado tras la reunificación.

 

 

La salida a Potsdam es imprescindible en toda visita que se realice a Berlín, pero es una excursión que queda fuera de esta guía. Baste recomendar encarecidamente una previa parada en el Cecilienhof, cuyas estancias se mantienen como las utilizaron Truman, Churchill y Stalin en la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, y luego un sosegado paseo por el parque de Sanssouci. El rococó Schloss Sanssouci, nombre que proviene de la expresión francesa “sin preocupación”, obedece al diseño del propio Federico y es probablemente uno de los más exquisitos de Europa, sobre todo si se observa desde el pie de su original jardín escalonado. Las obras del palacete fueron dirigidas en 1747 por el arquitecto del rey, Georg Wenzeslaus von Knobelsdorff, quien quince años después levantaría también el Neues Palais al final del parque. Diversos pabellones, invernaderos, galerías, falsas ruinas románicas, pérgolas, fuentes y jardines componen el universo imaginado por Federico el Grande. El monarca filósofo, que tuvo como invitado en Sanssouci a Voltaire (como Leibniz lo había sido en Charlottenburg), vio finalmente cumplido en 1991, con dos siglos de retraso, su deseo de estar enterrado en el jardín del palacio, junto a su caballo y sus galgos italianos. La excursión a Potsdam puede completarse con un recorrido por el centro barroco de la ciudad y la visita a los estudios cinematográficos de Babelsberg.

 

Potsdam es la capital del estado federado de Brandemburgo. En 1996 se celebró un referéndum sobre la fusión entre Brandemburgo y Berlín, cuyo territorio se encuentra inserto en ese Estado. El 63 por ciento de los brandemburgueses rechazaron la creación de un único Bundesland. La constatación de no gozar del apoyo de su Hinterland fue algo decepcionante para los berlineses, que habían sufrido especialmente la división del país y hasta entonces se habían sentido en cierta medida los niños mimados de la nación reunificada.

 

Las históricas villas de Potsdam y las urbanizaciones de chalets del Wannsee y del Grunewald fueron expresión del bienestar de la nobleza y sobre todo de la burguesía. Ahí, en el extremo oeste del mapa, gozaron con deleite de su acomodada posición, mientras que las masas asalariadas pugnaban por sobrevivir en los barrios obreros, como los del norte de Berlín.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Strandbad Wannsee (Axel Mauruszat) / Strandbad Wannsee, 1930 (Bundesarchiv) / Haus der Wannsee-Konferenz (Clemens Franz) / Documento de la Conferencia de Wannsee / Pfaueninsel / Mapa Google / Palacio y Puente de Glienicke, Xaver Sandmann, 1845 / Puente de Glienicke en la actualidad (Lienhard Schulz) / Sanssouci (Wolfgang Staudt) / Federico II, por Anton Graff, 1781]

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A un congreso de espías uno no acude todos los días; menos en la que fue capital de la Guerra Fría y además en la cumbre del Teufelsberg, la montaña más alta de Berlín, donde unas cúpulas blancas reticulares delatan la presencia de una antigua estación de escucha norteamericana. Así que con otros colegas cogimos un coche y nos fuimos con expectación a Grunewald (Selva Verde), el extenso bosque al oeste de la ciudad. No fue fácil dar con la carretera de acceso a la cima de la montaña. El Grunewald está atravesado por multitud de caminos, algunos para coches y la mayoría para paseantes, y sin buena orientación uno puede perderse, sobre todo si de pronto unos jabalíes se cruzan por delante en algún desvío y la atención se vuelve hacia el rastro de los animales. El congreso no reveló nada espectacular, y aunque en él participaron agentes que habían servido para soviéticos y norteamericanos, fue más ocasión de encuentro de viejos camaradas que habían jugado al gato y al ratón pasando de uno al otro lado del Muro que de reescritura de la historia. Al fin y al cabo, la historia se había terminado, según había proclamado la ciencia política, y las mismas instalaciones de Teufelsberg, símbolo de la Guerra Fría, buscaban mejor postor para reconvertirse en hotel o en atracción turística. Desde luego que la vista sobre Berlín merecería la inversión.

 

Sobre el Teufelsberg (1) (Montaña del Diablo) se tiene una sensación rara, no por el nombre, sino porque no se deja de pensar sobre lo que se tiene debajo. El promontorio es artificial, pues se formó con las ruinas que se retiraron de la capital al término de la Segunda Guerra Mundial. Esta montaña de quinientos metros de ancho, ciento diez de alto y un kilómetro de largo fue fruto del trabajo de miles de Trümmerfrauen, término acuñado en la postguerra para referirse al protagonismo ejercido por las mujeres en el desescombro de las ciudades. La formaron dieciocho millones de metros cúbicos de ladrillos, marcos de puertas y ventanas, restos de tuberías, muebles destrozados y demás escombros provocados por los bombardeos. En total, casi cien millones de toneladas de ruinas fueron repartidas en distintos promontorios de la ciudad. La vegetación y los árboles han tapado cualquier vestigio del material de relleno, vertido aquí sobre lo que iba a ser una facultad técnica militar del nazismo. Diseñada por Speer, la academia no pudo completarse debido a nuevas prioridades una vez comenzada la guerra. Una iniciativa ciudadana pretende excavar para dar con el edificio, que apenas habría sido destruido cuando quedó sepultado. La altura del Teufelsberg ha sido aprovechada por los berlineses para hacer volar cometas y para deslizarse en esquís cuando hay suficiente nieve. Aunque parezca mentira, en 1986 acogió una prueba del mundial de esquí.

 

Excursiones por el bosque

 

El Grunewald está surcado diagonalmente por la línea recta del AVUS, la primera autopista alemana, que divide el bosque en dos: la parte norte, más extensa, que llega hasta orillas del Havel, y la parte sur, horadada por lagos y bordeada por villas y urbanizaciones. Ambas son lugar de recreo de los berlineses. Una de las excursiones típicas, por ejemplo, es adentrarse por los caminos de este Berliner Forst y llegar hasta la Grunewaldturm (2). La torre, en ladrillo gótico noralemán, se inauguró cerca del Havel en 1899 con motivo del centenario del nacimiento del emperador Guillermo I, cuya estatua preside el atrio. En su base hay un restaurante, muy frecuentado los domingos de buen tiempo, y en su parte alta un mirador permite elevar la vista sobre la alfombra de las copas de los árboles. Enfrente, al otro lado del río, se ven las casas de Gatow (3), que pertenecen al distrito de Spandau. El Tercer Reich creó en Gatow un base aérea, donde tuvo su sede la Legión Cóndor, tristemente afamada por el bombardeo de Guernika durante la Guerra Civil Española. En el reparto de los aliados, Gatow correspondió a los británicos, que utilizaron el aeropuerto durante el puente aéreo del Bloqueo de Berlín. Las pistas están ahora en desuso.

 

El paseo puede proseguirse en barco, tomando en el embarcadero de la Grunewaldturm alguna de las rutas que surcan el Havel, o bien caminando hacia el norte hasta el Schildhorn (4), una lengua de terreno en forma de cuerno (Horn) que se mete en el río. Aquí un monumento de 1845 celebra una leyenda del siglo VI, según la cual el príncipe eslavo Jacza se convirtió al cristianismo después de prometer bautizarse si conseguía atravesar vivo el Havel desde la otra orilla, donde su ejército había perdido la batalla. Al llegar a esta punta del Grunewald, Jacza colgó su escudo (Schild). Uno de los caminos de regreso de la excursión pasa por el pequeño Teufelssee (5) (Lago del Diablo), el lago más profundo de Berlín. Como sus aguas permanecen especialmente frías también en verano no es muy apetecido por los berlineses, por lo que se ha reservado para la FKK (nudismo) dada la garantía de ausencia de fisgones, aunque al bañista alemán le suele traer bastante sin cuidado cómo se remoja su prójimo.

 

Baño en la noche y un trago de Jägermeister

 

Los lagos de Grunewald más frecuentados para darse un chapuzón y pasar a sus orillas una jornada de descanso son el Schlachtensee y el Krumme Lanke, ambos con cercanas estaciones de S-Bahn o de U-Bahn. El Krumme Lanke (6) ofrece la peculiaridad de que, al estar totalmente rodeado de bosque, adquiere al anochecer un aspeco un tanto fantasmagórico. Darse un baño a esas horas, en medio de las sombras de la masa de árboles, es una sensación única; sólo se oye el ruido del agua removida por las propias brazadas y, de vez en cuando, las voces perdidas de grupos que han decidido pasar parte de la noche junto al lago.

 

 

Un hilo de agua une el Krumme Lanke con el Grunewaldsee. Este otro lago fue adquirido a su dueño por el príncipe elector Joaquín II, quien en 1542 se hizo construir el Jagdschloss (7) (Palacio de Caza), desde el que emprender sus cacerías por los alrededores. Esta residencia es uno de los pocos edificios renacentistas que se conservan en Berlín y hoy contiene una colección de pintura de la época. Sobre el portal de entrada hay un bajorelieve con ciervos y la inscripción “Zum grünen Walde”, que luego daría lugar al término Grunewald. Gastronomía de caza puede degustarse en Forsthaus Paulsborn, hostal decorado con trofeos de cornamentas, a un paso del Jagdschloss. El tradicional Berlín cultiva la cinegética, y los principales restauranes incluyen caza mayor en sus cartas de temporada. Una jornada especialmente señalada para que los aficionados salgan con sus escopetas al hombro es el 3 de noviembre, fiesta de San Huberto. Este santo del siglo VIII es patrón de los cazadores porque, según cuenta la leyenda, cuando de joven llevaba una vida disoluta marchó un Viernes Santo a cazar mientras la gente acudía a los oficios divinos. Estando en ese menester, se le apareció un ciervo con una cruz entre sus intrincadas astas y escuchó una voz que le recriminaba su descarriada vida. Huberto llegaría después a obispo. La cruz en la cornamenta es el símbolo de la marca Jägermeister (Maestro Cazador), uno de los Schnaps más conocidos de Alemania. No es que sea originario de Berlín, pero no hay que desdeñar cosas buenas de otras partes del país.

 

Colonias y mansiones

 

La panza de este inmenso bosque está bordeada por mansiones y urbanizaciones. Una de ellas es la Onkel-Toms-Siedlung (8) (Colonia del Tío Tom), a la salida de la estación del U-Bahn Onkel-Toms-Hütte. La colonia fue construida entre 1926 y 1932 bajo la dirección de Bruno Taut, con los criterios funcionales de la arquitectura y el urbanismo de vanguardia de la República de Weimar. El curioso nombre viene de una pequeña cabaña que había en la entrada a Grunewald, que se popularizó como Cabaña del Tío Tom tras el éxito de la traducción de la novela de Beecher-Stowe. En esa época se promovieron otras urbanizaciones en la zona, como la Kameradschaftssiedlung der SS, situada casi enfrente, al otro lado de la Argentinische Allee. Destinada en 1938 a la Camadería de las SS, se trata una de las pocas colonias del nazismo en Berlín.

 

Las villas más exclusivas de toda la ciudad, sin embargo, se encuentran en el barrio conocido propiamente como Grunewald, cerca de la estación del S-Bahn que lleva ese nombre, entre una serie de pequeños lagos (Halen, König, Diana, Hertha, Hubertus). Si digo que aquí frecuenté fiestas y banquetes puede parecer que me codeé con lo más alto de la sociedad berlinesa. Lo cierto es que no hubo mucho mérito por mi parte: en este exquisito rincón de Berlín estuvo durante unos años la residencia del embajador español, hasta que se terminó la nueva Embajada del Tiergarten. Los largos desplazamientos hasta este lugar, atravesando toda la capital, tenían su premio. El jamón servido en las recepciones era excelente –en Berlín no era fácil entonces conseguir productos españoles de esa calidad– y además las visitas las precedía muchas veces con un interesante merodeo por los alrededores.

 

“¿Le gusta mi casa, señor X?”

 

Este reducto de la opulencia fue propiciado por Bismarck a partir de 1889 como barrio residencial de la gran burguesía, al final del prestigioso bulevar de la Kurfürstendamm. Aquí vivieron desde empresarios de prensa (familia Ullstein) y editores (Samuel Fischer) a políticos (Walther Rathenau), escritores (Walter Benjamin, Lion Feuchtwanger y Wicki Baum), científicos (Max Planck) y directores teatrales (Max Reinhardt). Muchos de ellos, judíos o intelectuales de izquierda, o las dos cosas simultáneamente, se vieron obligados a dejar sus elegantes viviendas con la llegada del nazismo. Así que tanto Göring como Goebbels encontraron donde instalarse con comodidad, al menos por un tiempo: el primero, en el número 68 de la Königstraße; el segundo, en el número 70. Tras decenios de decadencia, la reunificación ha hecho de Berlín algo nuevamente atractivo para las fortunas alemanas, y Grunewald ha vuelto a ser una dirección predilecta.

 

Christopher Isherwood describió Grunewald en 1939 de manera mordaz: Las “villas, en todos los conocidos tipos de arte de una costosa fealdad, desde estravagantes necedades rococó hasta cúbicas cajas de acero y cristal con tejado plano, están estrechamente apretadas en este húmedo y triste pinar. El barrio es un correcto Slum [barrios bajos] para millonarios”. Quién sabe si Isherwood escribió desde la envidia; en cualquier caso, los habitantes de Grunewald veían de modo muy distinto el lugar. Lion Feuchtwanger lo definió como “el sitio más bonito de Berlín”, mientras que Alfred Kerr aseguraba: “me he reconciliado con Berlín desde que vivo fuera”. De todos modos, a ambos la felicidad en este lujoso arraval no les duraría mucho tiempo. Kerr huyó del país en febrero de 1933 porque “no en Deutschland sino en Hitlerland / se me ha privado de la patria”. Por esas mismas fechas, las SA irrumpieron en la casa de Feuchtwanger (Regerstraße 8) mientras el escritor se encontraba en una gira de conferencias por EE.UU. El domicilio fue declarado “ario” y su biblioteca de diez mil libros resultó devastada. El autor de la exitosa novela El judío Suss (1925), en la que encomia los valores de la asimilación a partir de la vida de un rico judío alemán de principios del siglo XVIII (sobre ese mismo personaje el nazismo haría después una de las películas de mayor propaganda antijudía), ya no volvió a Alemania y desde el exilio escribió una sarcástica Carta abierta al habitante de mi casa. “¿Le gusta mi casa, señor X? ¿Vive cómodo en ella? ¿Padeció mucho la moqueta gris plateada de las habitaciones superiores durante el saqueo de la gente de las SA?”, preguntaba con sorna. Y añadía: “¿Qué ha hecho de las dos habitaciones que contenían mi biblioteca? Me han dicho que los libros no son muy estimados en el Reich en el que usted vive, señor X, y quien se ocupa de ellos se encuentra fácilmente con molestias”.

 

Asesinato de Rathenau

 

“Molestias”, por decirlo de alguna manera. Unos cuantos años antes, Walther Rathenau fue acribillado a la salida de su villa (Königsallee 65). El 24 de junio de 1922, el ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar subió al coche para ir al Ministerio, como cada mañana. A pesar de recientes advertencias de la Policía, Rathenau no cambió su costumbre: utilizó su coche descapotable, el itinerario fue el habitual y el chófer circuló con su normal lentitud. Donde la Königsallee da una curva, en su cruce con la Erdener Straße, apareció un vehículo ocupado por tres jóvenes. Uno de ellos disparó una ametralladora contra Rathenau y otro arrojó una granada al interior del coche. Alcanzado por cinco disparos y por la metralla de la bomba, el político fue trasladado a su domicilio, donde murió casi de inmediato. En el lugar del atentado hay un monolito con la siguiente frase: “La salud de un pueblo viene sólo de su vida interior, de la vida de su alma y de su espíritu”. Los nazis no hicieron ascos a la sentencia y organizaron allí un hipócrita homenaje a Rathenau cuando llegaron al poder; Heinrich Himmler (SS) depositó una corona de flores y Ernst Röhm (SA) fue el encargado del discurso.

 

 

Walther Rathenau era hijo de Emil Rathenau, quien fundó la Allgemeine Elektrizitäts Gesellschaft (AEG) a partir de la licencia que en 1870 consiguió para Europa del reciente invento de Thomas Edison. De joven trabajó en la compañía familiar y luego buscó su camino propio en los negocios. Persona brillante, conocedor de varios idiomas, se convirtió en un punto de referencia en la inestable sociedad alemana de entreguerras, como testimoniaría Stefan Zweig. Como ministro de Exteriores fue el artífice del Tratato de Rapallo, que significó un cierto alivio respecto a la humillación que habían supuesto para Alemania las condiciones impuestas por los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Un millón de personas acudió a su sepelio. Ante su catafalco, expuesto en el Reichstag, el presidente Ebert afirmó: “El infame crimen no sólo ha tocado al hombre Rathenau, sino a Alemania en su totalidad”.

 

Los protocolos de los sabios de Sión

 

Eso era lo que pretendían su asesinos, desestabilizar y derrumbar el frágil parlamentarismo de Weimar. Pero no sólo eso. Rathenau era judío y el antisemitismo pesó a la hora de decidir el atentado. Uno de los criminales había asegurado que el político era uno de los trescientos sabios de Sión, en referencia a la teoría de la conspiración mundial alimentada por Los protocolos de los sabios de Sión, un libro antisemita publicado en Rusia en 1895 que tuvo una enorme influencia en toda Europa. Ello vendría a demostrar, según algunos, que el odio a los judíos ya existía entre el pueblo alemán y que Hitler no tuvo más que soplar sobre las ascuas para provocar la hoguera.

 

Hitler, en realidad, hizo más que soplar. El Holocausto exigía un grado de obsesión que no se puede imputar a la mayoría de los alemanes de entonces (mucho menos a los de después). Vecino de Grunewald en su juventud fue Dietrich Bonhoeffer, la voz de la Iglesia Evangélica más crítica con el nazismo y su práctica antisemita; fue duramente perseguido y murió ahorcado un mes antes de que terminara la guerra en el KZ Flossenburg, junto con el almirante Canaris, a cuyo círculo opositor perteneció. Recordatorio de esa maquinaria de muerte es la S-Bahnhof Grunewald (9), que tras su pintoresco estilo inglés guarda el registro de los 183 trenes que partieron de ella llevando a las masas de judíos berlineses enviados a los guetos del este y a los campos de concentración y exterminio. De su vía número diecisiete, en la antigua zona de mercancías, partió el 18 de octubre de 1941 el primero de esos convoyes, con 1.251 judíos. Las fechas y cifras de los “transportes” –así se les llamaba eufemísticamente– están grabados junto a la vía, por la que ya no circulan más trenes. En total, 55.000 judíos berlineses fueron conducidos a la muerte desde las estaciones de Grunewald, Putlitzstraße y Anhalt, adocenados en vagones de ganado, en convoyes que llegaban a superar las mil personas. La dirección del Reichsbahn cobraba a las comunidades judías un billete de tercera por cada persona transportada. Sólo sobrevivieron mil novecientos.

 

El Oxford alemán

 

Al barrio de Grunewald le sigue hacia el sur el de Dahlem; el primero en el distrito de Wilmersdorf, el segundo en el de Zehlendorf. Aunque también residencial, el espíritu de Dahlem no está impregnado por la iniciativa privada de la burguesía, sino por el de la filantropía del Estado, que alrededor de 1900 quiso convertir las vastas hectáreas que poseía en este dominio en el “barrio académico de la capital del Imperio”. Apartado entonces del centro de Berlín, Dahlem debía ser una suerte de Oxford alemán, con escuelas superiores, institutos científicos y archivos. También debía tener el carácter de un “barrio de los museos” que descongestionara la Museumsinsel de Berlín Mitte. Parte de estos planes quedaron truncados con el estallido de la Primera Guerra Mundial; otros se llevaron a cabo con el tiempo, incluso potenciados por la división de Berlín. Ésta hizo, por ejemplo, que lo que había sido pensado como un complemento museístico deviniera en la mayor concentración de museos de Berlín-Oeste. La construcción del Kulturforum junto a la Potsdamer Platz y luego la reunificación de la ciudad han acabado sustrayendo de Dahlem casi todos los museos.

 

 

La partición de la ciudad también propició la creación en 1948 de la Freie Universität (10), después de las restricciones que el sector soviético aplicó para la asistencia y docencia en la Humboldt-Universität de Unter den Linden. En esta guerra por la enseñanza universitaria, los norteamericanos se volcaron en ayudas a la Universidad Libre de Berlín, como los fondos donados para la construcción del Henry-Ford-Bau, donde está el rectorado, el auditorio y la biblioteca. Este edificio, tenido por los estudiantes radicales como emblema del “colonialismo yanqui”, fue escenario de las revueltas universitarias de finales de los sesenta y principios de los setenta del pasado siglo. La vida estudiantil, menos ocupada ahora en revoluciones, sigue dando color a esta parte de Dahlem.

 

En este entorno universitario y de investigación está el prestigioso Max-Planck-Institut, fundado en 1911 como Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft. En esta institución trabajaron Max Planck, Otto Hahn, Fritz Haber, Emil Fischer y Albert Einstein, entre otros destacados científicos. Los nazis provocaron una desbandada de investigadores judíos y mancillaron la KWG con sus experimentaciones, de manera que su mismo nombre quedó condenado. El instituto se rebautizó como Max Planck tras la muerte de éste. La ciencia botánica, por su parte, se desarrolló en el generoso espacio reservado al Botanischer Garten (12), cuyo acceso principal está en la avenida Unter den Eichen. El paseo entre jardines de muy distinta naturaleza constituye una atracción interesante tanto en día de sol como de lluvia, pues los grandes invernaderos suponen un entretenido cobijo

 

Die (Luft)Brücke

 

Privado Dahlem de sus grandes museos, quedan de todos modos dos que compensa visitar. Uno es el Alliierten-Museum (12), centrado en la actuación de los aliados en el Berlín ocupado. Se inauguró en 1998 y está regentado por una sociedad internacional de la que forman parte Alemania, Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Las vicisitudes de la Guerra Fría, sobre todo el Bloqueo de Berlín y el Luftbrücke, llenan las salas de lo que fue un antiguo cine para militares estadounidenses. El museo está en la Clayallee, cerca de la Trumanplaza, que fue el centro de la administración militar norteamericana, cuyos cuarteles generales estaban enfrente. La Clayallee fue bautizada ya en 1949 con el nombre del padre del Luftbrücke.

 

Pero si cabe hablar de un museo preferido, en una ciudad con tanta concentración de arte e historia, probablemente me quedaría con el Brücke-Museum (13), consagrado al movimiento expresionista Die Brücke (El Puente). Reconozco que se trata de una elección muy personal, que obedece a la pasión por el expresionismo pictórico alemán, por los gruesos trazos y febriles colores de su estilo y por el vitalismo de una generación que salvajemente cortaron las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El grupo Die Brücke se formó en Dresde y tuvo su base en Berlín desde 1910 hasta que se deshizo en 1913. La colección se formó a partir de la nutrida herencia de Karl Schmidt-Rottluff y Erich Heckel, pero también contiene importantes muestras de otros miembros del grupo, como Emil Nolde, Max Pechstein y Ernst Ludwig Kirchner. El museo, erigido en 1967, se encuentra en una tranquila calle medio metida en el Grunewald (Bussardsteig 9), curiosamente al lado de donde continúa el edificio que en 1937 abrió como estudio el escultor Arno Brecker (Käuzchensteig 8-12). Becker fue el artista oficial del nazismo y a su taller acudieron los principales gerifaltes del régimen para admirar el trabajo en sus colosales figuras. Nunca hubieran imaginado que a dos pasos se instalaría un santuario dedicado al “arte degenerado” del expresionismo, al que tanto combatieron.

 

Sin las grandes dimensiones del Grunewald es posible que Berlín-Oeste hubiese sucumbido a la asfixia a la que le condenaba el Muro. Pero los berlineses occidentales contaban con los amplios espacios para el paseo del Grunewald, y también con las posibilidades de recreo que ofrecía el Wannsee, el enorme lago que forman las aguas del Havel: dos parques naturales inusuales dentro de los límites de una ciudad.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Grunewald, orilla del Havel (Lienhard Schulz) / Cumbre del Teufelsberg (Axel Mauruszat) / Grunewaldturm (Andreas Körner) / Jagdschloss, Johann Friedrich Nage, 1788 / Logo de Jägermeister/ Casa de la Colonia del Tío Tom / Lion Feuchtwanger y cartel de la película antisemita Jud Süß, 1940 / Walter Rathenau, 1921, y sepelio a las puertas del Reichstag, 1922 (Bundesarchiv) / Vías de la estación de Grunewald / Mapa Google / Grupo Die Brücke, de Kirchner, 1926]

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A cámara lenta, el cuerpo desnudo y musculoso del discóbolo flexiona sus piernas, gira poco a poco sobre ellas y luego estira con fuerza su brazo derecho hacia un cielo cubierto de nubes, en un decorado pretendidamente mitológico. Es imposible pasear por los alrededores del Olympiastadion y no evocar esas estéticas secuencias de Leni Riefenstahl. La que simplistamente se ha conocido como la cineasta de Hitler legó unas imágenes de los Juegos Olímpicos de 1936 incontestablemente bellas, en las que los torsos de los atletas, sus esfuerzos y sus movimientos, la composición de las figuras y su relación con los elementos arquitectónicos, aportaron un nuevo lenguaje fílmico y elevaron el deporte a la categoría de arte cinematográfico. Un arte, eso sí, mezclado con la progaganda y el deseo de resaltar la fortaleza de la raza aria. En las dos partes de Olympia (Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza, estrenadas en 1938) prima el tipo humano germánico, con siluetas generalmente recortadas en el cielo; se margina a los atletas alemanes de origen judío, autorizados a participar sólo para evitar un boicot norteamericano, y sobresale entre el público y los deportistas la persona de Hitler, ensalzada mediante la selección de planos. “El arte es libre, sin embargo debe habituarse a determinadas normas”, había proclamado Goebbels en su primera reunión con una prometedora industria cinematográfica alemana que pronto encarrilaría el exilio hacia Hollywood.

 

Las dos cintas de Olympia se pueden adquirir en los grandes almacenes culturales de Berlín, en cambio no suelen estar a disposición del público Victoria de la fe (1933) ni Triunfo de la voluntad (1934), que Riefenstahl produjo sobre las multitudinarias concentraciones del partido nazi en Núremberg. No figuran en las estanterías por las mismas razones que tampoco está el Mein Kampf de Hitler, censurado por las leyes que combaten la apología del nazismo. Es de suponer que puedan encontrarse en alguna trastienda, aunque yo no me esforcé en conseguirlo, pues mi interés periodístico por Riefenstahl no tenía nada que ver ni con ese compromiso entre sensibilidad artística y nazismo, ni con el pionero tratamiento de la luz que la cineasta demostró ya en su primer gran éxito, La luz azul (1932). El objeto de mis pesquisas era otro de sus filmes, Tiefland [Tierra baja], que Riefenstahl rodó en los primeros años cuarenta y sólo pudo estrenar en 1954. La directora tomó la historia y la música de una ópera del mismo título de Eugen d’Albert, cuyo libreto a su vez se basaba en la pieza dramática Terra baixa (1897) del catalán Àngel Guimerà. Por ello la acción transcurre supuestamente en España y para recrear su ambiente rural Riefenstahl visitó varias provincias españolas. Por casualidad di con la persona que le había hecho de traductor en algunas entrevistas desarrolladas en Madrid. A final, la película reproduce indumentarias y decorados que mezclan lo charro y lo andaluz. Lo polémico es que con el fin de encontrar tipos humanos hispánicos, Riefenstahl utilizó gitanos de un campo de concentración, lo que lastraría para siempre la película. En los noventa, Riefenstahl pudo exponer en Berlín su posterior producción fotográfica, con sus series sobre la tribu africana de los Nuba y sobre paisajes submarinos, pero no se llegó a reconciliar con la ciudad, pues nunca renegó de su filmografía. Murió en 2003 a los 101 años.

 

Supremacía aria en el deporte

 

Berlín organizó los Juegos Olímpicos de 1936 después de haberse postulado cinco veces como sede. La Primera Guerra Mundial impidió que los albergara en 1916, y Alemania quedó excluida de la participación en las dos siguientes competiciones olímpicas. La organización de los Juegos de Verano de 1936 se vio incluso en peligro ante la actitud hostil tanto de comunistas, que denunciaban el burgués orgullo nacional que fomentaban los JJ.OO., como sobre todo de los nacionalsocialistas, que rechazaban la mezcla de razas y la cultura individualista de la búsqueda de medallas personales. Los nazis cambiaron de opinión después de hacerse con el poder, pues vieron en los Juegos un triple beneficio: el reto de expresar la supremacía alemana también en el deporte, la ocasión de dar publicidad a los logros del Estado totalitario y la oportunidad de engañar a la comunidad internacional denegando la persecución de la oposición interna y de los judíos. Para ocultar sus fauces, el Tercer Reich suavizó el régimen policial durante los Juegos Olímpicos. Fueron los primeros en ser parcialmente televisados.

 

El objetivo de impresionar a los espectadores extranjeros lo cumplían ya las propias instalaciones. El centro del área olímpica lo acupa el Olympiastadion (1), con forma de óvalo. Delante del estadio dos altas pilastras actúan de portal y soportan entre ambas los aros olímpicos. Una torre aún más alta, con funciones de campanario, queda en la parte de atrás, separada por la explanada del Maifeld. Al este del estadio están las pistas para competiciones de tenis y hockey, al norte se encuentra la piscina olímpica y al suroeste el campo de equitación. La zona había sido conocida previamente como Reichssportfeld, pues desde tiempo atrás se dedicaba a la práctica deportiva. Un primer proyecto pensado para los abortados Juegos de 1916 fue reemplazado entre 1934 y 1936 por el arquitecto Werner March. March ideó un estadio semienterrado, cuyo terreno central se sitúa a doce metros por debajo del nivel exterior. Aunque inspirado en algunas estructuras romanas, responde más bien a la estética del nazismo; no en vano, el elemento quizá más característico de todo el conjunto, la piedra caliza de pilares y revestimientos, fue propuesta de Albert Speer. A ese diseño original, presente en pasillos, baulastradas y apliques de luz, se unió el cubrimiento del campo en 2008, con motivo de la Eurocopa de fútbol. El Olympiastadion presenta un corte en su curva oriental; allí está la puerta del maratón y el pebetero para el fuego olímpico, cuya llama se trajo desde Grecia por primera vez en el olimpismo moderno. Es el decorado en el que transcurren las postreras escenas de Mefisto, el galardonado filme de István Szabó: en las primeras luces del alba, el estadio vacío ofrecía toda la potencialidad dramática que requería el final de la película.

 

88 hileras de escalones

 

La mejor perspectiva sobre el complejo olímpico se obtiene desde los 67 metros de altura de la Glockenturm (2) (Torre de la Campana). Este campanario corona la Langemarkhalle, una galería que honora los caídos en la Primera Guerra Mundial y en la que hay inscripciones de versos patrióticos, entre otros éstos de Höldelin: “Vive en las alturas, oh patria, / y no cuentes los muertos, / para ti, amada, / no ha caído ni uno de más”. Esta comunión entre patria, muerte y deporte, espiritualizada con el tañir de la campana de la torre, guarda relación con la adhesión de voluntades y cuerpos –en forma para la Vaterland, en forma para la guerra– que reclamaba el nazismo con su pretendido misticismo. En las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial, dos mil jóvenes, reclutados en muchos casos entre adolescentes y niños para la División de las Juventudes Hitlerianas, murieron aquí bajo el fuego soviético. Hoy la campana ya no lleva la esvástica, pues tras la contienda hubo que fundir una nueva, como también fue necesario reconstruir la propia torre.

 

A los pies de la Glockenturm queda el Maifeld, una enorme explanada que los fotogramas de Riefenstahl muestran llena de cientos de gimnastas, todos realizando al unísono los mismos movimientos, corporeizando la uniformidad tan cara a los sistemas totalitarios. Al no existir en Berlín ningún gran espacio para las manifestaciones de partido, Hitler pidió a March que aportara un lugar donde cupieran medio millón de personas en formación, aunque luego el tiralíneas del arquitecto sería algo más comedido.

 

A poca distancia del campanario, en una hondonada, está la Waldbühne (3) (Escenario del Bosque), un anfiteatro de inspiración clásica que Werner March realizó a petición esta vez de Goebbels. El escenario, al final nada menos que de 88 filas de escalones, sirvió para amenizar los Juegos con música nacionalsocialista, alternada con las competiciones de gimnasia. No consta que esa cifra, que luego ha sido utilizada por los neonazis para evocar sibilinamente las iniciales del grito Heil Hitler (la letra h es la octava letra del alfabeto), fuera premeditada, pero ¿qué esperar de Goebbels, que a sus seis hijos les puso nombres que comenzaban por h, supuestamente para honrar al Führer? La Waldbühne fue recuperada como lugar de conciertos en 1966 con una actuación de los Rolling Stones y desde entonces su programación de verano ha sido muy apreciada por los berlineses. Singular momento es la cita anual de la Filarmónica de Berlín, que por un día abandona su auditorio del Kulturforum para pasar una jornada en el campo. Ése es el espíritu de la convocatoria, a la que todo el mundo acude con sus cestas de picnic repletas de cerveza y de Butterbrot, la variante alemana del sándwich, normalmente de pan moreno. Como última pieza del concierto es preceptivo que la Filarmónica toque la popular marcha del Berliner Luft, que es coreado y seguido con palmas por todo el público.

 

Hertha BSC

 

Aunque fui testigo de este recomendable espectáculo con Plácido Domingo a la batuta, que anduvo algo acartonado en lo de los compases finales del Berliner Luft, mi recuerdo más vivo de estas instalaciones es un partido de fútbol en el Olympiastadion entre el Hertha de Berlín y el Barça. Fue una noche de espesa niebla en la que como no se podía ver más que una mínima parte del terreno de juego me entretuve en inspeccionar el palco presidencial, que hoy se llama de honor pero que en su tiempo fue la Führerloge. Habiendo visto antes las fotos de época, no era difícil situarse en el mismo lugar desde el que Hitler doblaba su brazo como respuesta al saludo nazi de la multitud y desde el que el dictador siguió con ceño fruncido las incómodas victorias de Jesse Owen. El atleta norteamericano de raza negra ganó nada menos que cuatro medallas de oro: salto de longitud, relevos de cuatro por cien, los cien metros lisos y también los doscientos. Demasiado para el Führer, que abandonó su lugar antes de que finalizara esa última prueba. El palco fue ligeramente reformado en la remodelación realizada para acoger los mundiales de fútbol de 2006, en la que se procedió al cubrimiento de las gradas.

 

La noche del Hertha-Barça me sirvió, además, para comprobar que la reunificación de los dos Berlines, lenta en muchos aspectos, tiene una historia de relativo éxito en el Hertha BSC (Berliner-Sport-Club). Relativo porque, aunque este equipo ha conseguido colarse alguna vez en las competiciones europeas, su juego es irregular y en la Bundesliga le cuesta superar posiciones modestas. Pero el éxito al que me refiero no es deportivo sino social, pues el Hertha es un factor de integración que suma aficiones a ambos lados del antiguo Muro. Eso lo constaté nada más coger el S-Bahn en la Friedrichstraße: el tren venía del este ya cargado de aficionados con camisetas y bufandas del Hertha, y a ellos se fueron sumando luego otros seguidores en las estaciones del oeste.

 

El equipo se fundó en 1892 en un barco de vapor que tenía por nombre Hertha y cuya chimenea estaba pintada de franjas blancas y azules, colores que pasaron a su camiseta. En 1930 y 1931 ganó la liga alemana. Después vino la excepcionalidad del nazismo, la destrucción de la ciudad y su decadencia. Berlín Occidental no dejó de ser un gueto y su equipo de fútbol cayó a tercera división. Casi simultáneamente con el traslado del Parlamento y del Gobierno a Berlín, el Hertha regresó a la primera liga. Dejó su pequeño campo (ahora ocupado por el Tennis Borussia Berlin, en bajas categorías, y objeto de transformación por parte del hijo de Albert Speer, también arquitecto) y se mudó al Estadio Olímpico. El equipo ha ganado hinchas en el este de la ciudad a falta de un conjunto propio que rivalice en la misma división. En eso el Hertha se beneficia de que el BFC Dynamo, que ganó diez veces la liga de la República Democrática, esté encuadrado en categorías regionales y tenga poco empuje para atraer la Ostalgie. El Dynamo fue conocido en sus buenos tiempos como el equipo de la Stasi; muchos de sus jugadores eran agentes, que aprovechan sus desplazamientos extranjeros para su doble juego; su presidente fue Mielke, ministro de la Seguridad de la RDA.

 

Villa Olímpica

 

Antes de tomar el S-Bahn de regreso puede uno acercarse hasta Le-Corbusier-Haus (4) (Flatowallee 16). El arquitecto francés proyectó su Unité d’Habitation para la Exposición Interbau de 1957, si bien no participó en la ya referida reconstrucción del Hansaviertel del Tiergarten, sino que plantó aquí su contribución berlinesa. Ideado como un conjunto de módulos multifamiliares autosuficientes, el bloque de quinientos apartamentos de dos plantas tiene algunos servicios integrados, como tiendas, polideportivo y guardería. Le Corbusier se desentendió después de su “vivenda-máquina” porque la falta de presupuesto eliminó algunos servicios previstos y porque la altura de los pisos fue ligeramente elevada.

 

A quienes deseen revivir los escenarios de la Juegos Olímpicos de 1936 les compensará enormemente acudir al Olympisches Dorf (Villa Olímpica). El poblado se construyó en el término municipal de Elstal, fuera de la capital pero a no más de media hora en coche en dirección oeste. El estado de abandono en que se encuentran esas instalaciones las convierte en aún más interesantes, porque casi todo está como fue dejado después de que los equipos de atletas regresaron a sus países. Parte del terreno fue usado luego como cuartel, tanto por el nazismo, que ya ideó la villa olímpica pensando en esa reutilización, como por el comunismo, pero la mayoría de los edificios han permanecido invariados. Al menos así era cuando los visité, atendiendo al recorrido guiado que llevaba a cabo una asociación de entusiastas de las históricas instalaciones. Después han salido varios compradores interesados en hacerse con el complejo, que en cualquier caso debe respetarse al tratarse de un bien cultural protegido. Se ha rehabilitado el barracón adjudicado a Jesse Owen y sus compañeros de equipo.

 

El solitario Rudolf Hess

 

Más cerca del área del Olympiastadion, pero también al margen de nuestro mapa, queda el antiguo pueblo de Spandau, con su interesante ciudadela y sus vestigios medievales. Spandau nació en la confluencia entre los ríos Spree y Havel, de la misma manera que, en el otro extremo berlinés, Köpenick surgió en la conexión entre el Spree y el Dahme. Los asentamientos de Spandau y Köpenick datan de los siglos VIII y IX y precedieron a los de Berlín-Cölln, que aparecieron a mitad del curso del Spree entre ambas históricas poblaciones. Su antigüedad y tradición como entidades independientes no fue obstáculo para quedar anexionadas en 1920 a la capital alemana.

 

El viejo núcleo urbano de Spandau está rodeado de agua. En su interior, la retícula de calles medievales bordea la antigua plaza del mercado. Ahí se encuentra la St.-Nikolai-Kirche, cuna del protestantismo de la marca de Brandemburgo, pues en ese templo el príncipe elector Joaquín II abrazó la Reforma en 1539. Las casas más antiguas de Spandau se hallan en su punta norte, conocida como Kolk. Frente a ella se levanta la Zitadelle, presidida por el magnífico mirador que es la almenada Juliusturm. La ciudadela comenzó a construirse en 1560 y algunas partes fueron añadidas en el siglo XIX. Aunque en ella había una antigua cárcel, el preso más famoso de Spandau, Rudolf Hess, no estuvo encarcelado en la Zitadelle sino en una cercana prisión militar. Hess, lugarteniente de Hitler en el partido nazi, que protagonizaría el extraño episodio de su caída en paracaídas sobre Inglaterra en plena guerra, fue condenado a cadena perpetua en los juicios de Núremberg de 1946. Compartió prisión con otros capitostes nazis, como Speer, condenado a veinte años. Desde 1966, Hess fue el único interno de la prisión. Terminó suicidándose el 17 de agosto de 1987, después de veinte años de vida en solitario. Tras su muerte, la cárcel fue derruida y sustituida por un centro comercial (Wilhelstraße 23, Berlin-Spandau). Hess es una de las figuras más veneradas por los neonazis, que organizan marchas cada 17 de agosto.

 

La presencia de la Zitadelle propició el desarrollo en Spandau de una temprana industria militar, que a finales del siglo XIX dio pie a la instalación también de industria civil. Al norte del municipio nació a partir de 1906 la Siemensstadt (Ciudad de Siemens), un combinado de grandes factorías de ladrillo y de viviendas para los obreros. Siemens había nacido en 1847 en un patio trasero de la Schöneberger Ufer, en el distrito de Kreuzberg, fundada por Werner Siemens. Su rápido éxito obligó a buscar nuevos terrenos para la expansión. La Siemensstadt fue sede principal del consorcio hasta que en 1957 las dificultades de un Berlín y un país divididos aconsejaron el traslado de la central de la compañía a Múnich.

 

Berlín tiene su torre Eiffel

 

 

La torre industrial enladrillada de la Siemensstadt es lo primero que se ve de la capital al entrar en la ciudad desde el aeropuerto de Tegel. Pero cuando se toma hacia el sur el Stadtring, la autopista interna de circunvalación (en realidad de media circunvalación, pues sólo recorre Belín-Oeste), otra esbelta estructura llama la atención. La primera vez que se contempla a distancia se produce un instante de confusión. ¿Estoy acaso en París? Desde lejos, la silueta de la Funkturm (5) (Torre de la Radio) parece indicarnos que pronto nos toparemos con el Sena. De cerca, las reducidas dimensiones de la torre, de 138 metros de altura, pronto nos resitúan, aunque es cierto que el espigado mecano de hierro y las plataformas que lo jalonan evocan irremisiblemente al símbolo de la capital francesa. Más que de una copia, las guías alemanas prefieren hablar de las posibilidades técnicas de una época, en la que las primeras torres de comunicaciones se parecían tanto entre sí como ocurre ahora. A pesar de encontrarse en medio de un perímetro de ferias y exposiciones, la Funkturm no nació como objeto de exhibición, que es el caso de su precedente parisino, sino como una necesidad tecnológica. El desarrollo de la radio reclamaba una altura desde la que difundir señales. La Torre de la Radio, diseñada por Heinrich Straumer, fue inagurada en 1926 y tres años después comenzó la emisión de primitivas imágenes de televisión. El día de su apertura, el pionero Alfred Braun proclamó: “Los años berlineses vienen y van, habrá tormentas, ¡pero la torre permanecerá en pie! Cuida en todo momento tus costillas férreas de indignas roturas y dí siempre al mundo con labios de hierro tu sentencia: ‘¡Atención, atención, aquí está Berlín!’”. La grandilocuencia del tono no resta razón a la profecía: ahí sigue la Funkturm, y aunque hoy ya no opera como antena sino como mero indicador para el tráfico aéreo, a su alrededor se celebra la Internationale Funkausstellung (IFA), una de las ferias de radiotelevisión más importantes de Europa.

 

Desde el restaurante de discreto menú de la plataforma intermedia de la Funkturm, a 55 metros de altura, y sobre todo desde los 125 metros del mirador superior, se alcanza a ver gran parte del oeste de la ciudad. Desde aquí se observa el comienzo del AVUS (6) (Automovil-Verkehrs- und Übungstraße), la primera autopista de Alemania. Se trata de una línea recta de diez kilómetros, trazada en 1921, que atraviesa el bosque de Grunewald y llega hasta orillas del Wannsee. El AVUS ocupa un lugar mítico en la historia del automovilismo; fue en su tiempo la más moderna pista de competiciones y permitió que aquellos primeros coches de carreras alcanzaran los ciento treinta kilómetros por hora. Las tribunas que congregaron a esas generaciones entusiasmadas con la máquina y la velocidad –el vértigo del futurismo– siguen dando testimonio de aquella pasión.

 

Feria de Muestras

 

Justo debajo de la Funkturm quedan los distintos edificios de la Messe (Feria de Muestras). La primera zona de exposiciones de Berlín había estado junto a la hoy Lehrter Hauptbahnhof. Con la expansión hacia el oeste, antes de la Primera Guerra Mundial se transformó en nueva Messe un campo de ejercicios militares situado en los confines de Charlottenburg. El nazismo rehizo y amplió las instalaciones. La Ehrenhalle (7) (Pabellón de Honor), construido en 1936 por Richard Ermisch en la principal entrada al recinto, queda en la Hammarskjöldplatz como una de las típicas construcciones del nacionalsocialismo.

 

 

El deseo de utilizar sedes de un monumentalismo deslumbrador para albergar acontecimientos internacionales es algo común a todos los sistemas. Es el caso de la Ehrenhalle, pero también del Internationales Congress Centrum (8) (ICC), un descomunal edificio con aspecto de enorme factoría cuyos ochocientos mil metros cuadrados se han convertido en ocasiones en un problema de excesos para el Senado berlinés, con voces que incluso planteaban su demolición. El ICC, el mayor palacio de congresos de Alemania, comenzó a construirse en 1973 y rivalizaba en intento de modernidad con el Palacio de la República que esos mismos años levantaba la RDA. Irónicamente, en los dos proyectos trabajó Ralf Schüler, que tras escapar a Berlín-Oeste fue el arquitecto del ICC.

 

Lucha por las ondas

 

El interior del ICC carece de interés y al visitante le bastará una ojeada desde fuera, quizá desde el Ecbatane, la escultura alegórica de Jean Ipousteguy de la entrada. Donde sí conviene franquear la puerta en esta excursión es en la Haus des Rundfunks (9) (Casa de la Radio), en la Masurenallee, frente a la Ehrenhalle. El edificio data de 1929-1931 y es la única significativa muestra que queda en pie de las espectaculares decoraciones expresionistas y Art déco creadas por Hans Poelzig. Tras una fachada interminable de buscada monotonía se esconde un patio de luces radiante, con dorados de líneas geométricas que constituyen el conjunto Art déco más notorio de Berlín. Parte de esa decoración original es una escultura de Georg Kolbes, cuyo interesante taller-museo no se halla lejos (Sensburger Allee 25).

 

La primera emisión radiofónica de Alemania se realizó el 20 de octubre de 1923 desde la Vox-Haus, junto a la Potsdamer Platz. Allí acudieron para leer sus composiciones ante el micrófono escritores como Erich Kästner, Alfred Döblin y Walter Benjamin, quien se prodigó en deliciosos relatos para la “hora juvenil”. El rápido desarrollo del nuevo medio hizo que esos estudios quedaran pequeños y pronto hubiera que organizar un traslado. La Haus des Rundfunks fue en su día la mayor y más moderna instalación de ese tipo en Europa. Y el nacionalsocialismo sacó provecho de sus posibilidades. Además de la programación para los alemanes, desde la Masurenallee se emitió música de jazz, trufada de mensajes propagantísticos, para las Islas Británicas, cuando se trataba de una “música de negros” que estaba prohibida en Alemania. Tras la guerra, los soviéticos controlaron la Casa de la Radio hasta 1952, incluso a pesar de no estar en su sector. Por ello los norteamericanos pusieron en marcha cerca del Ayuntamiento de Schöneberg la estación RIAS (Rundfunk mi Amerikanischen Sektor), su principal arma en la batalla ideológica de las ondas. Después de que los soviéticos desmontaran las instalaciones y se las llevaran a Berlín-Este, en la Haus des Rundfunks arrancó para Berlín-Oeste una radiotelevisión propia, el SFB (Sender Freies Berlin), que tiene sus estudios principales en una sede adyacente. El SFB es la cadena regional pública de la capital alemana.

 

El AVUS es la manera más rápida de partir de la Feria de Muestras para entrar en el Grunewald, la gran masa forestal de Berlín-Oeste. Pero para perderse por sus tranquilas carreteras interiores es mejor tomar la Teufelsseechaussee, a medio camino entre la Messe y el área olímpica. Es la vía que enfilé una mañana para dirigirme a un congreso de espías.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Estadio Olímpico / Secuencia de Olympia y Leni Riefenstahl rodando la película (Museo del CIO) / Cartel de los JJ.OO. de Berlín / Estadio Olímpico y asistentes durante los Juegos de 1936 (Bundesarchiv) / Waldbühne / Escudo del Hertha / Le-Corbusier-Haus (David Pachali) / Ciudadela de Spandau (Robert Steffens) / Messegelände / Mapa Google / Patio de luces de la Haus des Rundfunks]

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Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.

Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.

Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma

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