
Berlín, como París, tiene su îlle de la Cité, aunque los berlineses nunca la han llamado así. Tal vez no se le dio un único nombre porque la isla que forman los dos brazos del Spree fue ocupada progresivamente. A la punta norte se la conoce como Museumsinsel, y como Fischerinsel al extremo sur. Su parte central fue la tradicional sede del poder de los dueños de la ciudad. En ella tuvieron su palacio los Hohenzollern, en los sucesivos títulos de margraves, príncipes electores, reyes y emperadores. También la RDA acabó asentando en este emplazamiento central su Palast der Republik. De Palacio Real a Palacio de la República y vuelta: la reunificación abrió un larguísimo debate sobre el futuro del enclave y al cabo de veinte años se aprobó reconstruir el antiguo Stadtschloss (Palacio de la Ciudad) en su apariencia externa: devolver a la ciudad la histórica fachada y el perfil de su tradicional volumen, y dedicar los nuevos interiores de este Humboldt-Forum (1) a arte, exposiciones, entretenimiento, tiendas y plazas hoteleras.
Hasta tres veces llegué a estampar mi firma en las hojas que los entusiastas en pro de la reconstrucción del Stadtschloss hacían circular para forzar la decisión del Senado de la ciudad. Personalmente, contra el Palacio de la República, entonces aún en pie, no tenía nada conceptual, aunque sí estético, sobre todo de perspectiva. Al recorrer Unter den Linden en dirección este cualquiera se daba cuenta de que allí, al final, existía un gran vacío. El Palacio de la República sólo ocupaba la parte más oriental de la planta de la antigua morada de los Hohenzollern. El solar sobrante fue durante décadas tan artificial como improductivo. Aunque esto era una verdad reconocida por todos, no era nada fácil alcanzar un consenso. El asbesto vino a socorrer a los revisionistas, que no necesitaron más que argüir razones de salud pública para lograr una rápida clausura de la que fue Cámara de la RDA. Era precisamente el mismo argumento que habían utilizado los comunistas para derribar el Stadtschloss, cuyas inestables ruinas suponían una amenaza para los viandantes en la inmediata posguerra. En ambos casos, el deseo de borrar cuanto antes una historia incómoda dio lugar curiosamente a una larga indecisión: el Palacio de la República no se construyó hasta 1973; su sustitución se ha demorado más de veinte años.
Puente de los muñecos
A la zona del Palacio se llega desde Unter den Linden a través del Schlossbrücke (2) (Puente del Palacio), que históricamente conectó el centro del poder con la ampliación burguesa de la ciudad. El puente mismo ha cambiado varias veces de nombre. Primero fue llamado Hundebrücke (Puente de los Perros), pues aquí se reunían los cortesanos con sus caballos y canes antes de partir de caza al Tiergarten. Luego pasó a ser Schlossbrücke, y a esa denominación volvió al caer el Muro tras el efímero título de Marx-Engels-Brücke dado por la RDA. De todos modos, el común acervo del antiguo Berlín lo denominó chistosamente “Puppenbrücke” (puente de los muñecos), por sus ocho grupos escultóricos, que generaron todo tipo de bromas por la estratégica manera en que a los guerreros les son tapadas sus vergüenzas.

El puente es obra de Schinkel, que lo concluyó en 1824 en una ampliación requerida para los defiles militares. Es el más hermoso de la ciudad. Cuenta con ocho esculturas de mármol blanco de Carrara que glorifican las Guerras de Liberación contra las tropas napoleónicas. Las figuras también son diseño de Schinkel, aunque fueron realizadas a su muerte por discípulos de Rauch. Su recia baranda de hierro engarza formas de caballitos de mar, tritones y delfines. Los grupos escultóricos fueron desmontados durante la Segunda Guerra Mundial y enterrados en arena para preservarlos de los bombardeos. No volvieron a su puesto hasta 1982, cuando, tras una ardua negociación diplomática, la RFA se las entregó a Berlín-Este con motivo de las preparaciones para la celebración del 750 aniversario de la fundación de la ciudad.
“Realmente no conozco una vista más imponente que la de situarse de pie ante el Hundebrücke y mirar hacia los Tilos”, había sentenciado Heinrich Heine con acierto. Después de cruzar el puente es recomendable echar la vista atrás y contemplar en su conjunto todos los magníficos edificios que se agolpan a ambos lados del comienzo de Unter den Linden, con sus distintas alturas y estilos, sus estatuas y tejados.
Residencia de los Hohenzollern
La colonización de la isla comenzó en su mitad sur, cuando allí se asentó el poblado de Cölln. Éste era gemelo del de Berlín, situado justo al otro lado del río. Con el tiempo ambos formarían un único municipio. Durante más de doscientos años se autogobernaron, ante la inestable autoridad de las dinastías que se disputaron la marca de Brandemburgo. En 1319 se extinguió la casa de los Askanier con la muerte de Woldemar el Joven. Los Luxemburg y los Wittelsbach se enfrentaron entonces por el dominio de esas tierras. En 1356, el margrave (Markgraf o conde de la marca) adquirió el estatus de príncipe elector (Kurfürst): su príncipe (Fürst) compartía el derecho de elegir (kuren) al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Los Hohenzollern, procedentes de Franconia, en el sur de Alemania, ascendieron en 1415 a señores de Brandemburgo y poco después decidieron instalar su corte en Cölln-Berlín.
El primitivo Stadtschloss comenzó a construirse en 1443. Para ello se aprovechó un torreón que había quedado libre en el límite norte de Cölln cuando se derribó una primera línea defensiva. En 1538 Joaquín II ordenó una significativa ampliación. A finales de ese siglo se añadió la renacentista Apothekenflügel, el ala que albergaba la farmacia de la corte; fue la parte más antigua que subsistió hasta la desaparición del palacio. A mediados del siglo XVII, cuando el Gran Elector regresó de Königsberg, donde los Hohenzollern se habían trasladado huyendo de la miseria provocada por la Guerra de los Treinta Años, se agregaron nuevas salas alrededor de un segundo patio interior. Su hijo, Federico I, primer rey prusiano, contribuyó a comienzos del XVIII a dar la definitiva estructura barroca al edificio, con realizaciones de Andreas Schlüter y Johann Friedrich Eosander. Desde entonces, pocos monarcas utilizaron las setecientas habitaciones y salas del palacio, unos porque prefirieron el entorno de Potsdam y otros porque vivieron en palacetes de Unter den Linden. En el edificio, de todos modos, continuaron las obras, como las reformas interiores llevadas a cabo por Schinkel, y la cúpula octogonal de setenta metros de altura que Stüler concluyó en 1853 sobre su portal mayor. La pompa imperial reavivaría las glorias de la residencia con la llegada al trono en 1888 de Guillermo II. A él se debió una última coronación del entorno del Stadtschloss. Enfrente de la entrada principal, en el lado que da al río, hizo levantar una columnata ligeramente circular y colocar en su centro una estatua ecuestre de su abuelo Guillermo I, encargada a Reinhold Begas.
“El Partido siempre tiene razón”
Acabada la monarquía, al término de la Primera Guerra Mundial, el palacio sirvió parcialmente como museo. Aunque en febrero de 1945 le alcanzó un fuerte bombardeo, el hecho de que la mayor parte de la estructura quedara en pie posibilitaba su reconstrucción. Pero a la RDA le molestaban los símbolos de los Hohenzollern y pronto halló una excusa para acelerar su desaparición. En 1949 dio permiso para que los cinematógrafos soviéticos filmaran en las ruinas su epopéyica película El final de Berlín. Para mayor realismo, contra los muros del Stadtschloss se dispararon granadas y fuego de artillería. Quedó en tal
estado que la decisión del derribo, no exenta de controversia, se vio finalmente allanada. Las toneladas de explosivos utilizadas en los últimos meses de 1950 sirvieron para cortar formalmente con el pasado prusiano, aún a precio de eliminar una herencia arquitectónica de más de trescientos años que llevaba la firma de notables artistas alemanes. Únicamente se conservó el Portal IV, que miraba al Lustgarten. Desde él Karl Liebknecht había proclamado en 1918 la República Socialista Libre. Se sepultaba una iconografía y se alumbraba otra. Ese portal se integró después en la fachada del Consejo de Estado, a cien metros de distancia. La evacuación de los escombros del palacio permitió formar, junto con el Lustgarten, una explanada mayor que la de la Plaza Roja de Moscú; en ella el nuevo régimen comenzó a organizar sus grandes manifestaciones.
La primera de esas concentraciones tuvo lugar el 1 de Mayo de 1951. “Día radiante. Desde la tribuna veo la manifestación”, describiría con entusiasmo Bertolt Brecht en su Journal. “Delante, la Juventud Alemana Libre con camisas azules y banderas y la Policía Popular en compañías. Después, un desfile de horas”. La marcha incluía gentes con largas pancartas y camiones de distintas delegaciones; una de ellas eran los actores del Berliner Ensemble, con el carromato utilizado en las presentaciones de Madre Coraje. No faltaron las palomas de la paz soltadas durante el discurso de los participantes chinos, ni tampoco las tonadillas del régimen. La Canción del Partido era especialmente elocuente por su descarado adoctrinamiento, y su aceptación acrítica resulta hoy difícil de comprender. “El Partido, el Partido, el Partido / siempre tiene razón”, proclamaba machaconamente el estribillo, que seguía a otros artículos dogmáticos como “el Partido nunca nos ha dejado”, “el Partido nunca nos ha adulado” o “el Partido nos lo ha dado todo / qué seríamos sin el Partido”.
La tienda de lámparas de Honecker

Después de años de estudiar diversos proyectos para la entonces plaza de Marx y Engels, entre ellos una colosal torre estalinista como la construida en otras capitales de obediencia soviética, entre 1973 y 1976 se desarrollaron las obras del moderno Palast der Republik, dirigidas por Heinz Graffunder. El edificio ocupaba únicamente el lado este del perímetro del antiguo Stadtschloss y en contraposición a éste pretendía ser una Casa del Pueblo. Además de una gran sala con cuatro mil asientos utilizada como Cámara de la RDA, acogía también restaurantes, bares y cafés e incluso el sótano contaba con una bolera. Pronto se convirtió en un estimado lugar de esparcimiento para muchos berlineses orientales, que allí festejaron bodas y otras celebraciones. Esto explica que, tras la caída del Muro, su preservación contara con un buen respaldo de ciudadanos, ofendidos por el poco respeto que mostraban los alemanes occidentales con los elementos de recuerdo de sus ahora connacionales. Al fin y al cabo, allí la RDA aprobó en agosto de 1990 pedir su ingreso en la RFA.
Durante este tiempo de limbo, el Palast der Republik fue un inmueble fantasma. El acceso de público fue posible cuando el asbesto fue eliminado, después de reducir el edificio a su esqueleto. En la fachada de cristal tintado de color cobre podía adivinarse el gran escudo de la RDA que la había decorado: las dos espigas que abrazaban la hoz y el martillo. Dentro sólo quedaban las estructuras de hormigón, que adquirían forma de anfiteatro en lo que había sido la sala plenaria. Muchos berlineses orientales prefirieron no entrar para no contemplar ese triste espectáculo. Nada quedaba de su famosa iluminación, que le había dado el apelativo popular de “tienda de lámparas de Honecker”. La Ostalgie tenía otra manera de resarcirse: en un bar de Prenzlauer Berg se había trasplantado parte del mobiliario de uno de los restaurantes, y en una tienda de la Kurfürstendamm se vendía vajilla, también procedente del Palast der Republik, con las letras PR en tazas y platos. Debía de haber un gran número de nostálgicos, porque cuando me presenté para adquirir algunas de esas porcelanas ya se habían agotado.
Jinete de medianoche
Frente a fachada sur del Stadtschloss, antiguamente el espacio se esponjaba dando lugar a la Schlossplatz. En el centro de la plaza se encontraba la fontana de Neptuno, obra de Reinhold Begas, que hoy aparece frente al Ayuntamiento. La perspectiva de la Schlossplatz estaba además embellecida con el otrora magnífico Kufürstenbrücke, ahora algo más discreto Rathausbrücke (3) (Puente del Ayuntamiento). En 1703 el puente se remodeló con el fin de ensanchar su arco central para que pudiera sustentar la estatua ecuestre del Gran Elector, creada por Andreas Schlüter. Cuando, casi al término de la Segunda Guerra Mundial, los soldados soviéticos se encontraban ya en Berlín y ceñían su cerco sobre su centro histórico, la gran escultura fue descargada sobre una barcaza, que luego fue anclada río abajo, al oeste de la ciudad. Debido al peso, caballo, jinete y pedestal acabaron en 1947 en el fondo del Spree, sin que por dos años nadie intentara rescatarlos. Finalmente fueron sacados del agua y expuestos hasta el día de hoy en el patio de entrada del Schloss Charlottenburg, cerca de donde habían naufragado. Berlín-Este, no obstante, no se quedó sin Gran Elector, ya que una copia de la obra de Schlüter se expuso sobre la escalinata interior del Bodemuseum. El Kufürstenbrücke tenía su propia leyenda. Según ésta, a las doce de la noche el Gran Elector dejaba su pedestal para cabalgar por la ciudad e inspeccionar sus cambios; cuando daban la una volvía a su zócalo a custodiar un tesoro que había escondido en él y que sólo abriría en un momento de extrema necesidad del pueblo.
La Schlossplatz vio alternar durante años las fanfarrias de los vítores con los gritos de protesta, la aclamación a los monarcas y los vituperios lanzados desde las barricadas. El humo de la pólvora de la revolución de 1848 se extendió por las calles adyacentes y en el balcón de la fachada del palacio Federico Guillermo IV hubo de descubrirse conminado por la multitud que le gritó “¡fuera el gorro!” cuando se asomó para ver pasar el cortejo con los muertos del levantamiento. Los cadáveres fueron llevados por el interior del recinto del palacio para salir a la catedral. La procesión se paró en el patio y otra vez tuvo que salir el rey a la galería, escuchar improperios y descubrirse la cabeza.
Caballerizas reales
La plaza fue nuevamente escenario del estallido revolucionario durante el vacío de poder que sobrevino con el derrumbamiento de la monarquía en 1918. Cientos de marineros armados se hicieron fuertes en el palacio, y cuando fueron asediados por las tropas gubernamentales pasaron por un túnel subterráneo al Neuer Marstall (4) (Nuevas Caballerizas), situado enfrente. Allí resistieron hasta recibir el apoyo de última hora de los espartaquistas. Los sublevados ganaron el episodio, pero no cambiaron el signo de la República. No obstante, la acción de estos precomunistas fue glorificada por la historiografía y las películas de la RDA. En su honor, en la esquina del Marstall que da al Spree hay un gran bajorrelieve en el que aparece la efigie de Marx y el lema: “Viva la revolución social. Viva la paz de los pueblos”.
Este robusto inmueble neobarroco es una ampliación de los antiguos establos reales, que se extendían por la Breitestraße. Sobre lo que había sido el teatro de la corte, el nuevo Marstall llegó a acoger doscientos setenta caballos, trescientos carruajes y trineos y la vivienda de los cocheros. Impresiona su formidable fachada lateral posterior, cortada sobre el cauce del río tal como su arquitecto, Ernst von Ihne, estaba construyendo también el Bodemuseum en esos mismos últimos años del siglo XIX. La vertiente que da a la Breitestraße, en cambio, conserva buena parte del frontal renancentista de la Ribbeckhaus, la casa más antigua de la zona, proyectada en 1624. Todo ello es en la actualidad la Berliner Stadtbibliothek (Biblioteca de la Ciudad). Su curiosa puerta de entrada está compuesta de ciento diecisiete variantes en metal de la letra A, confeccionada por Fritz Kühn durante la RDA.
Moqueta roja
La Schlossplatz se completa con el Staatsratsgebäude (5) (Edificio del Consejo de Estado) de la República Democrática. Su fachada incorpora el portal del antiguo Stadtschloss desde el que Liebknecht hizo su proclamación de la República el 9 de noviembre de 1918. Ese mismo día, el fin de la monarquía también lo proclamó Philipp Scheidemann, con mayor fuerza representativa pues era el jefe del fuerte grupo parlamentario socialista, desde uno de los balcones de Reichstag. Pero la memoria es selectiva. Y no sólo en la RDA: en el traslado desde Bonn, al canciller Gerhard Schröder no le importó instalarse provisionalmente en el Staatsratsgebäude, mientras se terminaba la nueva Cancillería, a pesar de que allí había estado el despacho de Honecker. El Gobierno arrancó en 1999 en la nueva capital sentado a la misma mesa que lo había hecho el de la RDA. Schröder cambió algunas cosas, pero allí siguió la moqueta roja y la artística vidriera, con alegorías del Estado comunista, que ilumina la escalera principal.
Todo esta área se verá sin duda revitalizada con el Humboldt-Forum, conjunto arquitectónico del italiano Francesco Stella. Además de incorporar algunas actividades terciarias, la presentación de colecciones de arte supone un adecuado complemento de la importante oferta cultural de la Museumsinsel, cuyos museos cubren el extremo norte de la isla de la ciudad.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Recreación del Stadtschloss (Förderverein Berliner Schloss/eldaco) / Schlossbrücke (Dieter Brügmann) / Postal de época del Stadtschloss / Derribo del Stadtschloss, 1950 / Palast der Republik, 1977 (Istvan) / Rathausbrücke (Max Missmann) / Mapa Google / Portal del Staatsratsgebäude (Gryffindor)]
Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.
Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.
Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma