
El “este profundo” es el mejor retrato de lo que fue la vida cotidiana de la RDA. Junto a zonas de casas unifamiliares, más pobres que las que se observan en el oeste de la capital, se levantan colmenas de pisos propias de las ciudades dormitorio que el comunismo construyó en los arrabales de las grandes poblaciones. El crecimiento de Berlín-Este se llevó a cabo a partir de la década de 1970 con la nutrida inmigración que llegaba del campo. El distrito de Lichtenberg se extendía entonces hasta los confines orientales de la ciudad, con amplios espacios por urbanizar. Cientos de miles de personas se fueron instalando en viviendas construidas a toda velocidad y los nuevos suburbios, primero Marzhan y luego Hellersdorf, se fueron segregando de Lichtenberg. También al norte de este barrio se desgajó el de Hohenschönhausen. Un viaje por algunas de estas áreas es necesario para auscultar mejor la compleja realidad de Berlín. En la medida en que este extrarradio con altos índices de paro mejore sus condiciones de vida y sus habitantes se incorporen plenamente al desarrollo vital de la ciudad, Berlín ganará la partida a los lastres que pueden condicionar su triunfo como gran capital de Europa.
Una acertada manera de comenzar la incursión por el extremo oriental de Berlín es seguir los mojones dejados por la Stasi (Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), como se llamó a la Policía secreta y a los servicios de espionaje de la República Democrática. Si de lo que se trata es de conocer las profundidades del anterior Berlín-Este, nada mejor que hacerlo a través de lo que fue el principal instrumento de que dispuso el régimen comunista para preservarse a sí mismo y dominar todos los resortes sociales. La Stasi fue la esencia misma del Estado, un Estado dentro del Estado que tuvo su capital en la Normannenstraße (1), donde de encuentra el Stasimuseum (entrada por Ruschestraße 103). El Ministerium für Staatssicherheit se alojó en un complejo de edificios que acaparan toda una manzana de esa calle, cuyo nombre mismo era recibido con temor y sigilo cuando aparecía en las conversaciones. En esas ocho hectáreas trabajaban veinte mil personas para hacer realidad el lema “Estamos en todas partes”.
La Stasi fue “una increíble mezcla de arrogancia y neurosis”. Así nos lo resumió a varios corresponsales extranjeros quien desde la desaparición de la RDA dirigía el esfuerzo por recomponer los archivos secretos germanorientales. La misión de Joachim Gauck, ex pastor evangélico, consistía en rescatar y custodiar la máxima información posible sobre los datos que la Stasi había acumulado a lo largo de los años, con el fin
de que los ciudadanos pudieran acceder a las fichas que escrutaban los recovecos de sus vidas y también cupiera determinar quiénes habían trabajado escondidamente para elaborarlas. Cerca de seis millones de personas, dentro y fuera de la RDA, llegaron a ser espiadas, en un meticuloso trabajo llevado a cabo por 91.000 empleados oficiales (uno por cada 180 habitantes del país) y 170.000 “colaboradores extraoficiales”. Estos últimos, conocidos como mi (Inoffiziell Mitarbeiter), constituían una vastísima red de informantes y delatores en empresas, escuelas, clubs deportivos, iglesias e instituciones de todo tipo. Los archivos de la Stasi -diecisiete millones de fichas que puestos en fila ocuparían 186 kilómetros- recogían información sobre los más insospechados detalles de la vida personal de un tercio de la población de la RDA, facilitada en ocasiones por estrechos vecinos, amigos íntimos e incluso el propio cónyuge, como relata en toda su complejidad psicológica La vida de los otros, el filme de Florian Henckel galardonado con un óscar en 2007. Un absoluto control social gracias al cual la RDA se vanaglorió de ser una dictadura comunista casi perfecta.
Entre laberintos de archivos
Gauk nos recibió en las dependencias de la Normannenstraße. La visita se desarrolló por laberínticos corredores y claustrofóbicas salas repletas de ficheros. Se nos permitía echar un vistazo general, pero no leer los expedientes, pues toda consulta debe cumplir una serie de requisitos oficiales. Los ciudadanos
que lo deseen pueden leer las actas relativas a ellos, y los historiadores y periodistas que acrediten su interés pueden acceder a los contenidos sobre determinadas figuras públicas o acontecimientos. No obstante, los archivos no están completos. “Tras la caída del Muro, la Stasi se puso nerviosa y comenzó a triturar los materiales, pero la trituradora de papel se estropeó y hubo que rasgar los papeles a mano”, explicó Gauk. Parte del trabajo de su equipo era recomponer los diez mil sacos de trozos de papel hallados tras el colapso de la RDA. La documentación también se vio dañada por la irrupción de la multitud en la sede de la Stasi el 15 de enero de 1990. La turba abrió archivos y pateó expedientes, en una acción que en realidad pudo estar instigada por la propia Stasi para aprovechar el desconcierto y así poner a salvo o destruir determinado material. En cualquier caso, valiosos microfilmes fueron vendidos por un oficial de la Stasi o del KGB y fueron a parar a la CIA, que sólo ha entregado lenta y parcialmente la información a las autoridades alemanas.
La tupida red de “colaboradores extraoficiales” fue especialmente dañina para la salud moral de la sociedad germanoriental. Sospechar de cualquiera como posible delator engendró relaciones humanas basadas en la mentira. Pero quizá peor fue descubrir después que hasta las personas más próximas que se consideraban de plena confianza habían sido también mi. La neurosis en que se vivía en la RDA la retrata Christa Wolf en su novela Lo que queda (1990), en la que, con tono autobiográfico, describe la obsesión de sentirse espiada en su domicilio berlinés: “Me gustaría saber por qué anoche después de las doce aún estaban y esta mañana habían desaparecido. (...) Tuve que ir otra vez a la ventana, de prisa, otra vez sin resultado. Era un alivio, desde luego, me dije, ¿o acaso los esperaba? Quizá la noche antes hubiera hecho el ridículo; un día me avergonzaría recordar cómo a cada media hora cruzaba a tientas la habitación a oscuras para ir a la ventana y espiar por la rendija de las cortinas; vergonzoso, concedido. Pero qué hacían tres hombres jóvenes horas y horas sin moverse, en un Wartburg blanco frente a nuestra ventana?”. Lo chocante es que pocos años después de publicar ese libro, se supo que la propia Wolf, una de las firmas de más prestigio de la RDA, había sido durante un tiempo mi y había pasado información a la Stasi sobre otros colegas escritores.
El espía que vino del frío
En la Normannenstraße tuvo su despacho Markus Wolf, quien en 1963 inspiró a John Le Carré su novela El espía que surgió del frío. Wolf fue conocido como “el hombre sin rostro” porque los servicios de inteligencia occidentales no dispusieron de ninguna fotografía suya durante gran parte de los treinta años que dirigió el espionaje exterior de la RDA. Después de un tiempo en Moscú, donde ya había estado durante la guerra, en 1956 pasó a dirigir en Berlín la Hauptverwaltung Aufklärung (HVA), el departamento de espionaje en el extranjero de la Stasi. Estuvo en el puesto hasta 1986, cuando la perestroika soviética comenzaba a resquebrajar las alianzas internacionales del comunismo. “Gorbachov nos traicionó y vendió”, nos aseveró Wolf a un grupo de corresponsales durante una cena en la que hizo gala de sus dotes de seducción; no en vano se le considera el padrino de los “Romeos”, los agentes que intentaban obtener información actuando en las alcobas. Días antes de la caída del Muro, Wolf aún intentó recolocarse en el movimiento contestatario participando como uno de los oradores en la gran manifestación del 4 de noviembre de 1989 en la Alexanderplatz. Pero era demasiado tarde para reconocer que “el socialismo real nada tiene que ver
con la democracia socialista”, como nos repitió esa noche. Estaba en libertad condicional después de que un tribunal de la Alemania reunificada le hubiera condenado por “alta traición”.
El hecho de que Wolf se hubiera ocupado del espionaje en el exterior de un Estado internacionalmente reconocido le salvó de cargos acerca de crímenes cometidos por la Stasi en la RDA. Si de algún modo rentabilizó su papel de héroe, el de villano le correspondió no sin razón a su jefe, Erich Mielke, máximo guardián del régimen comunista germanoriental durante tres decenios como ministro para la Seguridad del Estado. Fue la figura más siniestra de la República Democrática, de forma que provocó las carcajadas en la Volkskammer cuando, ya despojado de poder en los meses previos a la reunificación, accedió a la tribuna de la Cámara y afirmó en un senil discurso: “De verdad que yo amo a todo, todo el mundo”. La frase se hizo célebre.
Mielke, conocido por su mal carácter y por el despotismo con el que trataba a sus subordinados, fue el organizador de la Stasi y su timonel entre 1957 y 1989. Creó una poderosa organización que contaba con un hospital para su personal, una caja de ahorros y un equipo de fútbol de primera división, el FC Dynamo. El equipo estaba presidido por Mielke, un apasionado por este deporte, que no dudaba en amañar partidos y sobornar árbitros. Incluso se le implica en el asesinato, camuflado como accidente de tráfico, de un jugador del Dynamo que se pasó a un equipo occidental aprovechando un desplazamiento deportivo a la RFA. La residencia oficial de Mielke en el complejo de la Normannenstraße está abierta al público como Stasimuseum. Sobre el funcionamiento de la Stasi y el control del Estado que operaba existe una exposición en el centro de información y documentación del comisionado federal para los archivos del servicio de seguridad del Estado de la antigua RDA, en el centro de Berlín (Mauerstraße 38).
El temido “submarino”

El Dynamo tenía su campo en el Sportforum del barrio de Hohenschönhausen, entre las calles Weißenseer Weg y Konrad Wolf, ahora disponible para diversas entidades deportivas de la zona. Hohenschönhausen no sólo acogía el preferido momento de diversión de Mielke, sino también su “cámara de tortura”. El nombre del barrio ha quedado como sinónimo del tormento que la Stasi aplicó a los opositores del régimen en lo que fue la prisión preventiva central de los servicios de seguridad de la RDA. El Gedenkstätte Hohenschönhausen (2) es una conveniente meta para conocer la cara más oscura de la dictadura comunista. Cuando una mañana de sábado me desplacé hasta la Genslerstraße sabía que no iba a pasar unas horas placenteras, pero la visita guiada por el interior de la antigua prisión resultó más espeluznante de lo que imaginaba. Tras atravesar la alta tapia exterior, completada con torretas de vigilancia, el recorrido siguió por siniestros pasillos e incluyó un descenso a los sótanos, donde se encontraba el temido “submarino”, un ala de celdas sin ventanas para el castigo de los detenidos: habitáculos oscuros y húmedos, donde en ocasiones se embalsaba agua fría hasta la altura del tobillo y se derramaban persistentemente gotas sobre cuerpos que tiritaban sin descanso. Los largos interrogatorios se llevaban a
cabo en dos habitaciones herméticas, recubiertas de superficies de caucho para ahogar cualquier grito. Todo estaba pensado para la desmoralización de los detenidos, que aislados y sin ver la luz del día perdían todo el sentido de la orientación y del tiempo. El “sistema Hohenschönhausen” fue una perversa cima de la evolución de la tortura en Europa.
La instalación comenzó como fábrica en 1910. El Tercer Reich la compró en 1938 para emplazar una cocina central desde la que abastecer comida a diversas instituciones. En 1945 los soviéticos la transformaron en centro de internamiento para criminales de guerra, y luego en prisión preventiva en la que encerraron a los enemigos políticos, no sólo antiguos nazis, sino también a militantes democráticos e incluso a comunistas y oficiales del Ejército Rojo “desviados”. Más de veinte mil personas pasaron por las manos de los carceleros soviéticos y se estima que el número de muertos pudo llegar hasta los tres mil. Se desconoce el total de disidentes que después fueron llevados a Hohenschönhausen desde que la cárcel pasó a depender de la RDA en 1950. El secretismo con que actuó la Stasi y el aislamiento de la prisión, rodeada de un perímetro de exclusión al que sólo tenía acceso personal autorizado –el centro era como el corazón de una cebolla de capas de controles y barreras–, dificultó cualquier cómputo.
La perversidad de Hohenschönhausen (Bonitas Casas de Arriba) está también en su bello significado. Incluso históricamente se había bromeado con un juego de palabras sobre la clase adinerada que había comenzado a asentarse en sus villas a comienzos del siglo XX (donde "die Hohen schön hausen", “los altos bien viven”). Parte de ese macabro contraste son los despachos a los que se entra después de haber descendido a las celdas: papeles pintados con flores decoran las paredes de las oficinas de los funcionarios, con su decente mobiliario funcional de formica clara. La burocracia fue en la segunda dictadura alemana tan aséptica en sus funciones criminales como lo había sido en la primera. Todo ofrece la apariencia de estar como fue dejado en 1989, incluso en algún lugar cuelga un calendario de ese año, como un reloj que marca el tiempo parado. No obstante, antes de abandonar Hohenschönhausen a comienzos de 1990, la Stasi aún tuvo tiempo de “humanizar” rápidamente su “camara de los horrores” y llegó a llenar de trastos las celdas de caucho de las torturas para hacerlas pasar por almacenes de muebles. No quedó rastro, por ejemplo, de un posible cañón de rayos X que sí fue hallado en otra prisión de la Stasi, camuflado tras la silla en la que los detenidos debían sentarse para ser fotografiados. Varios antiguos prisioneros murieron después de cáncer, entre ellos el escritor y psicólogo Jürgen Fuchs, que pasó una larga temporada en Hohenschönhausen.
Cementerio de comunistas
Escasas pruebas quedaron para poder culpar a Mielke, al que sólo se le pudo enviar a la cárcel por el asesinato de dos policías en Berlín ocurrido demasiado tiempo atrás, en 1931. Debido a su avanzada edad y su delicada salud, únicamente pasó dos años en prisión. Murió en 2000 y fue enterrado en el Gedenkstätte der Sozialisten, donde también fue conducido Markus Wolf en 2006 y donde reposan los restos de la plana mayor de los comunistas germanorientales. Se trata de un rincón del Zentralfriedhof Friedrichsfelde (3), donde anualmente acuden cientos de manifestantes con sus banderas rojas. El domingo más próximo al 15 de enero, en recuerdo de la fecha del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, ocurrido en 1919, tiene lugar el desfile “Zu Karl und Rosa”. En los tiempos de la RDA la convocatoria era obligatoria para los cuadros del partido y cuantos quisieran hacer carrera en el Estado comunista. La gerontocracia comenzaba la marcha a las nueve de la mañana en la estación de la Frankfurter Allee y cubría los casi dos kilómetros con canciones bien extemporáneas, viniendo además de personas que habían superado la edad de la jubilación. “Me parecía divertido que los setentones, juntos y desde el más profundo convencimiento, cantaran: Somos la joven guar-di-a del pro-le-ta-ri-a-do”, ironiza Klaus Taubert, ex directivo de la agencia de noticias de la RDA en sus memorias, Generation Fußnote (“generación pie de página” alude a una expresión luego muy repetida del escritor germanoriental Stefan Heym, quien en 1990 predijo que “de la RDA no quedará nada más que una nota a pie de página en la historia universal”). A la marcha acuden hoy sólo los nostálgicos y una representación de Die Linke, que presta cuidadosamente más tributo a los comunistas previos a la dictadura que a los difuntos líderes del SED.

El cementerio municipal se creó en 1881 para obreros y demás población sin recursos. Los cuerpos de Liebknecht y Luxemburg, cofundadores del KPD, fueron trasladados allí y como homenaje Mies van der Rohe erigió en 1924 su conocido Gedenkstätte der Sozialisten, un monumento de ladrillo oscuro compuesto en diferentes planos y decorado con la hoz y el martillo sobre una estrella de cinco puntas. El monumento resultó destruido en 1935 por los nazis y en 1951 la RDA levantó otro más sencillo en la entrada del cementerio. En esta parte del Zentralfriedhof Friedrichsfelde también se guarda la memoria de Ernst Thälmann y otros líderes de izquierda muertos en campos de concentración, y se agrupan las sepulturas de prominentes dirigentes del SED, como Wilhelm Pieck y Walter Ulbricht. Fuera de esta zona, una de las tumbas más artísticas, que presenta unas manos maternales abrazando a un niño, es la creada en 1936 por Käthe Kollwitz para su hermano; la propia artista también fue enterrada aquí en 1945.
Orgullo de los Ossies
El barrio de Friedrichsfelde pasaba por ser a finales del siglo XIX el “Charlottenburg del este”, a decir de Fontane, por el sosegado entorno de palacio y villas de uno de sus rincones. El Schloss Friedrichsfelde fue construido en 1695, y sus extensos jardines quedaron convertidos en 1954 en el Tierpark (4), el zoo que la RDA erigió en su capital porque el Zoologischer Garten había quedado en Berlín-Oeste. Con ciento sesenta hectáreas, el Tierpark es uno de los zoológicos más grandes del mundo, lo que para los Ossies supone uno de los poco motivos de orgullo al que aún pueden seguir entregándose sin ninguna mala conciencia, propia o impuesta. Debido a la trabajosa interacción entre las dos partes de la ciudad, el parque queda para disfrute casi exclusivo del antiguo Berlín-Este. Eso lo convierte en las jornadas de domingo en un idóneo observatorio de la progresión de la sociedad germanoriental, en aspectos como la evolución de su vestido, de sus gustos a la mesa, de sus relaciones interpersonales y de su poder adquisitivo.
Nada más acceder al Tierpark, los visitantes se topan con un grupo escultórico de diversos animales. Ya quedó dicho que parte del bronce procede de la estatua dedicada a Stalin que en su día desapareció de la Karl-Marx-Allee. No es la única reencarnación. Ante la Alfred-Brehm-Haus, en uno de los extremos del parque, dos leones dan nueva forma a lo que fue la imagen ecuestre del Káiser Guillermo I que había sido erigida frente al portal principal del Berliner Schloss.
Caballos al trote junto a la reserva soviética

A la tranquilidad de Friedrichsfelde le sucede al sur el viejo elitismo de Karlshorst. En tiempos fue el más exquisito emplazamiento del este de Berlín, donde la alta sociedad se encontraba para asistir a las carreras de caballos. La tradición ecuestre llevó a la creación en 1894 de un circuito de carreras con obstáculos. La afición generó en sus inmediaciones el Prinzenviertel, un conjunto de calles en las que las clases pudientes edificaron mansiones de campo con cuadras de caballos. Las fachadas más nobles se alinean en la Üderseestraße. Las carreras al trote del Trabrennbahn Karlshorst (5) se popularizaron especialmente en la década de 1930. De esa época es la tribuna que aún se mantiene en uso en el estadio. La extendida afición hizo que ya en julio de 1945 se reanudaran las carreras, por más que la ciudad aún se hallaba paralizada por el colapso de la guerra. La actividad se prolongó durante toda la era comunista y hoy los caballos siguen saliendo a la pista cada sábado a las dos de la tarde.
Los soviéticos, como toda fuerza de ocupación, supieron escoger para sí la mejor zona residencial y reservaron un área de Karlshorst para los cuarteles generales de su administración militar y para las viviendas de sus mandos. El 3 de mayo de 1945 los habitantes de la zona norte del barrio debieron dejar
sus casas para que fueran ocupadas por los nuevos amos. Punto central de la colonia soviética fue el ahora Deutsch-Russisches-Museum (6), en la esquina entre la Rheinsteinstraße y la Zwieseler Straße, donde el 8 de mayo de 1945 se firmó la rendición incondicional de Alemania. La sala se ha dejado inalterada y el momento histórico de aquella firma puede seguirse en su escenario real mediante un documental cinematográfico. Desde la reunificación, el museo pretende destacar con diversas exposiciones el sufrimiento común de alemanes y soviéticos durante la guerra, aunque el esfuerzo de fraternidad no soslaya que unos fueron los vencidos y otros los vencedores. El centro tiene una fachada del estilo propio de la época nacionalsocialista, pues fue inaugurado en 1937 como escuela de formación para las Juventudes Hitlerianas. En la inmediata Zwieseler Straße, en un edificio gris que había sido el paraninfo de una escuela militar, estuvo la central de la KGB más grande fuera de la URSS. Por ella pasó Vladimir Putin cuando estuvo destinado en Alemania. El luego presidente ruso guardó de aquella época su dominio del alemán, entre otras habilidades.
Plattenbauten de once pisos, “paraíso” vietnamita
La reserva soviética de Karlshorst fue de acceso restringido; nunca los mandatarios de los países comunistas hermanos fueron conducidos allí. En sus visitas de Estado, los coches oficiales enfilaban otra ruta, no muy distante: rodaban por la Allee der Kosmonauten para un corto paseo de muestra por Marzahn. Este barrio y el de Hellersdorf, en el límite este de Berlín, eran la plasmación del socialismo real que tanto enorgullecía a Honecker. El crecimiento de la ciudad en la década de 1970 llevó a la rápida construcción de Plattenbauten, torres de pisos de planchas prefabricadas que normalmente alcanzaban las once plantas. En las zonas rurales de Marzahn vivían en 1945 apenas unas mil personas. A finales de 1977 se construyó el primer bloque de pisos, y medio año después Honecker entregaría ya la vivienda número mil a una “feliz familia de trabajadores”. En 1981 el cómputo del programa de planificación llegó a la cifra de veinte mil habitáculos. La dictadura comunista puso aquí todo su esfuerzo constructor en detrimento de las necesidades de alojamiento en otras ciudades, de forma que en el resto de la RDA el nombre de Marzahn
fue maldito. La ciudad dormitorio fue extendiendo su mancha hacia el este y, si en 1979 se desgajó el distrito de Marzahn, de éste lo hizo en 1986 el de Hellersdorf. Ambos llegaron a sumar unos 250.000 habitantes.
Entre la crecida población de estas colmenas, aunque en reducida proporción pues la inmigración en el este de la ciudad ha sido mínima hasta hace poco, están quienes llegaron de Vietnam como mano de obra gracias a las especiales conexiones dentro del bloque comunista. Así, Berlín-Oeste tenía sus turcos, y Berlín-Este sus vietnamitas. Ninguno de los dos grupos tuvo una acogida placentera, pero al menos los turcos, por su mayor número y por la necesidad del discurso multiracial en la RFA, pudieron hacer oír su voz como comunidad; en cambio, los procedentes de Vietnam fueron en muchos sentidos unos parias a los que el fin del comunismo dejó sin salvaguardas oficiales.
Para mejorar las condiciones de vivienda de estos distritos, el Senado berlinés procedió a reducir la altura de los Plattenbauten desmontando las estructuras prefabricadas de los pisos superiores. Y eso que para el eminente arquitecto Daniel Libeskind, uno de sus lugares preferidos de Berlín era precisamente Hellersdorf. “Me gusta la luz y la vida que laten allí. Si se viaja allí sin prejuicios se descubre algo del alma contemporánea”, declaró en una entrevista. Un canon estético tan singular como alejado de quienes en su día ponderaron Berlín como la “Venecia de Prusia”.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Complejo de la Normannenstraße / Archivos de la Stasi y cámara-botón para espías / Sacos con archivos / Wolf en el mitin de Alexanderplatz (Hubert Link, Bundesarchiv) / Mielke / Muro y torreta de la cárcel de Hohenschöenhausen, celdas (zenzi.org) / Mapa Google / Cementerio de Friedrichsfelde: acto comunista ante el monumento de Mies van der Rohe, 1926 (Bundesarchiv); tumba de Thälmann y otros dirigentes (Jörg Simon) / Trabrennbahn Karlshorst / Sala de la capitulación; 8 de mayo de 1945, con Keitel y Zukov (Bundesarchiv) / Marzahn, 1987 (Hubert Link, Bundesarchiv)
Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.
Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.
Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma