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38. RÍO ARRIBA. Treptow y Köpenick
De Emili J. Blasco (el 08/11/2009 a las 23:00:00, en XIV. HACIA EL ESTE)

 

 

 

Berlín tiene más puentes que Venecia y sin embargo, por su formidable extensión, no da la sensación de ser una ciudad entretejida por canales. Está atravesada por un río de buen caudal, pero su presencia no es tan notoria en la vida ciudadana como la del Támesis y el Sena en el caso de Londres y París. Quizás esto último se deba a que el cauce del Spree, aún siendo navegable, es comedido y sus orillas están poco separadas entre sí durante su recorrido por el centro de Berlín. Sólo se distancian de verdad a partir del Elsenbrücke, en el paso de Friedrichshain a Treptow. Ahí se yerguen las Treptowers (1), presididas por el rascacielos de Allianz. A su alrededor se ha creado un nuevo distrito de oficinas y sedes corporativas cuya estampa, bañada esta vez por un ancho río, sí que evoca, por ejemplo, la fuerza del Támesis a su paso por la City. En la orilla de las Treptowers, como señalizando esta salida hacia el sureste de la ciudad, emergen del agua las tres grandes figuras humanas agujereadas del Molecule Man, una escultura de Jonathan Borfskys.

 

Desde la última planta de la torre de Allianz se puede apreciar la progresiva modernización de toda una zona que antaño tuvo carácter portuario y fabril, donde estuvo el distrito industrial de Berlín-Este. Es la ventaja de ser periodista: uno puede acceder a lugares restringidos con motivo de conferencias de prensa o alguna entrevista. Pero no se es un ser privilegiado en todo. El día que me acerqué a las Treptowers para cubrir una noticia económica fui tan vulnerable como otro cualquiera a la manía denunciatoria que tienen ciertas generaciones de alemanes. Obedientes a la ley y sus reglamentos, no admiten fácilmente que otros conculquen las más mínimas disposiciones. Diríase que les mueve la envidia; les reconforta que los demás se somentan también a la norma y que se castigue al infractor. Cuando ya me marchaba y retiraba el coche mal aparcado, un traseúnte corrió hasta un guardia que se hallaba cerca multando otros automóviles para que no me fuera sin la correspondiente sanción. En otras latitudes, el conciudadano me hubiera animado a alejarme rápidamente al descubrir la proximidad de un policía. No era la primera vez que me ocurría algo semejante. En un ocasión perdí la llave del candado de la bicicleta y cuando quise proceder a romperlo alguien que pasaba por la calle me denunció y no se separó de mí hasta que llegó el personal uniformado. Éste me dejó marchar sin excesivos problemas. Otros colegas tuvieron la desdicha de contar con algún vecino delator, que dio parte del inocente alboroto que los niños hacían en casa.

 

Donde el Spree se convierte en recreo

 

 

El Spree atraviesa demasiado hacendoso por en medio de la capital. En sus extremos, cuando confluye con el Dahme (este) y el Havel (oeste), los bañistas y las embarcaciones, las playas y los merenderos componen el principal paisaje vacacional de Berlín. Pero por el centro de la ciudad el río fluye como no dejando tiempo para un excesivo deleite, y eso que no muestra prisas, pues resulta difícil determinar qué dirección lleva la corriente. Aunque algunas orillas del Berlín central han ido ganando en terrazas y paseos, sólo a la altura de Treptow es cuando el Spree se convierte en recreo. Es en Treptow donde sus aguas se abren, entre pequeñas islas, para el remanso del fin de semana. La Isla del Amor, la Isla de la Juventud... Son elocuentes nombres de la devoción que desde el siglo XIX los berlineses profesan a estas riberas. “Hombre, si quieres ver hombres, / hombre, entonces deberías ir a Treptow; / hombre, allí puedes ver a hombres, / a hombres sobre hombres”, decía una tonadilla decimonónica sobre la multitud que se amontonaba a estas veras del Spree. La traducción suena mal, pero se trata de un juego de palabras entre el vocativo Mensch, muy usado coloquialmente (como en castellano puede ser “tío”), y el plural Menschen, que incluye a hombres y mujeres.

 

De esta tradición participó el Spreepark (2), un parque de atracciones creado en 1969 junto al río y que fue lugar de entretenimiento favorito de las familias de Berlín-Este. Bajo su noria se rodó una serie de televisión muy popular en la RDA y esa añoranza ha hecho que, después de que el parque cerrara por problemas económicos y de gestión, de vez en cuando se organicen visitas a sus oxidadas atracciones mecánicas. Ahí seguirán mientras se concreta con nuevos inversores una posible renovación y reapertura. Pero estos rincones no parece agobiarse con prisas para el cambio, visitados sobre todo por generaciones criadas en Alemania Oriental, a las que gusta recalar en la cercana Haus Zenner (3) (Alt-Treptow 14-17), un amplio restaurante con terrazas que llegan hasta el borde del agua. El merendero conserva el formato de distracción que ofrecían los domingos de buen tiempo para los berlineses del este: paseos matutinos por la ribera del Spree, combinados con salidas en bote de remos; almuerzo de los Butterbrot (el sándwich alemán) preparados en casa, acompañados de cervezas y café de filtro a las mesas del Zenner, y baile popular al aire libre hasta la hora de reemprender el regreso a casa.

 

 

Casi enfrente de la Haus Zenner se encuentra la Insel der Jugend (4) (Isla de la Juventud), a la que se pasa por el Abteibrücke, un decorativo puente contruido en 1916 por prisioneros de guerra franceses. Antiguamente la isla se llamaba Abteiinsel porque en ella había una abadía. El silencio de antaño se ha cambiado por el cine al aire libre y por conciertos de música pop. Al otro lado del río se ve la punta de la península de Stralau (5), que a principios del siglo XX estuvo unida a este otro lado mediante un túnel para el tranvía. En esa orilla sobresale la figura de la iglesia medieval de lo que fue un asentamiento de pescadores. De acuerdo con ese origen, cada 24 de agosto, día de San Bartolomé, estas veras del Spree se llenan de barcas que llegan en procesión desde otras partes de Berlín para celebrar la fiesta mayor de Stralau. A mediados del XIX la fiesta se prohibió durante más de veinte años debido a los desórdenes que provocaban los ebrios pescadores, que incluso llevaban la juerga al interior del cementerio.

 

Faraónico túmulo soviético

 

Si dejamos el río y nos volvemos hacia el Treptower Park, a corta distancia encontramos el Archenhold-Sternwarte (6). Este observatorio astronómico contiene un telescopio reflector de veintiún metros, un pequeño planetario, un cine en el que se proyectan viejas películas de ciencia-ficción y un museo de instrumentos y documentos relacionados con el descubrimiento del universo. Algunos de ellos versan sobre la teoría de la relatividad, acerca de la cual el propio Albert Einstein impartió aquí una conferencia en 1915. Friedrich Simon Archenhold fue un autodidacta que, como judío, fue expulsado de su centro de investigación del cosmos cuando el astro hitleriano comenzó a elevarse en su órbita. El observatorio nació como parte de una especie de “Disneyland guillermino” que en 1896 ocupó todo el Treptower Park. Guillermo II encargó una exposición internacional con los principales avances industriales y científicos de Alemania, enmarcados en paisajes extraídos del imperialismo colonial. Era una kitsch visión de la Alejandría que el Segundo Reich imaginaba ser.

 

Allí donde se transplantaron verdaderas palmeras, se reprodujo la pirámide de Keobs, adornada con momias originales, y se creó un lago con góndolas venecianas, fueron enterrados al final de la Segunda Guerra Mundial cinco mil soldados del Ejército Rojo muertos en la toma de Berlín. Al lugar, en cualquier caso, no le faltaba tradición comunista, pues en 1919 Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg congregaron en el parque a 150.000 trabajadores en huelga. El Sowjetisches Ehrenmal (7) (Memorial Soviético), en honor de los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial, sobre de todo de los ochenta mil fallecidos en la toma de Berlín, es un faraónico mausoleo realizado entre 1946 y 1948 por trabajadores forzosos alemanes, sobre todo mujeres. Al impresionante recinto se entra tanto desde la Puschkinallee como desde Am Treptower Park. En ambos casos se penetra hacia el interior del parque a través de sendos arcos conmemorativos y se llega a la gran escultura de una matrona. Esta madre patria, acongojada por la suerte de sus hijos, preside un paseo de álamos que termina en un portal formado en cada flanco por una inmensa bandera inclinada y un soldado genuflexo. Ambas banderas rojas están elaboradas con el mármol granate extraído de la Cancillería de Hitler. Cuando se llega allí pensando que termina el colosal memorial se descubre aún una mayor monumentalidad. Una escalinata desciende a una pradera decorada a los lados con mármoles labrados con textos de Stalin; al fondo, un inmenso túmulo sirve de peana a un soldado de once metros. El guerrero sostiene con una mano a un niño y con la otra remacha con la espada una esvástica destrozada. Unos empinados escalones suben hasta la base de la escultura, constituida por una capilla redonda cuya pared interior está decorada con un mosaico funerario alegórico. En el Treptower Park tuvo lugar la ceremonia de despedida de las unidades rusas una vez Alemania consumó su reunificación. Boris Yeltsin y Helmut Kohl pasaron revista a los tropas, poniendo fin a casi medio siglo de presencia militar.

 

Una avenida y una operación doradas

 

Los soviéticos primero, y los guardas fronterizos de la RDA después, habían vigilado especialmente este sector de Treptow, ya que como meta popular de planes de fin de semana la concentración de excursionistas podía disimular algún intento de fuga, pues el Muro discurría por las inmediaciones. Algo más al sur, la línea fronteriza partía la Sonnenallee; triste y gris destino, como la prensa occidental objetó en su momento, para una avenida de resplandeciente resonancia: Avenida de los Soles. En este paso entre los dos Berlines transcurre el filme Sonnenallee (1999), basado en la novela del mismo nombre de Thomas Brussig. Libro y película fueron un gran éxito en los Länder de la ex RDA, cuya Ostalgie comenzaba entonces a desinhibirse. Sonnenallee es una simpática historia de una pandilla de adolescentes, locos por la estética y los ritmos yeyés de los sesenta y setenta, cuya occidentalización escandaliza el paternalismo familiar y policial.

 

La frontera entre Neukölln y Treptow llegó a ser oradada por norteamericanos y británicos con un túnel para espionaje. La llamada Operation Gold fue una de los hitos de la Guerra Fría. El túnel, excavado a cuatro metros de profundidad, iba del barrio de Rudow (Berlín-Oeste), al de Altglienicke (Berlín-Este). Partía de una estación de radar del Ejército estadounidense y pasaba por debajo de la línea fronteriza (el Muro aún no había sido construido) en las proximidades de un cementerio. Desde ahí avanzaba cuatrocientos cincuenta metros en Berlín-Oriental, atravesando la Schönefelder Chaussee, hasta una central telefónica. Ésta era utilizada por los soviéticos para comunicaciones internas, conexiones con los mandos en la URSS e intercambio informativo con la RDA. El túnel, lleno de cables y clavijas para la interceptación de las conversaciones telefónicas, entró en funcionamiento en 1955. Durante once meses y once días, los aliados grabaron cincuenta mil cintas con casi medio millón de conversaciones. La instalación fue descubierta en 1956 por el enemigo. “Mensch!, ¡esto es fantástico!”, exclamó el ingeniero germanoriental que inspeccionó la boca del túnel. Durante años se especuló sobre la valiosa información conseguida, pero mucho después se conoció que los soviéticos supieron desde el primer momento los detalles de la Operation Gold, pues un doble agente británico dio el aviso. Para poner a salvo a su fuente, optaron por no desinformar con mensajes falsos y se limitaron a dejar de trasmitir contenidos especialmente sensibles. Sólo cuando fue seguro proceder al “decubrimiento”, Nikita Kruschev utilizó el hallazgo en una lógica campaña propagandística contra las potencias occidentales. El túnel, una sección del cual se halla reproducida en el Museo de los Aliados, fue destapado en 1997, pero no quedó reparado ni abierto al público.

 

Torre vigía frente al bazar y la Arena

 

El único elemento del Muro visitable en esta parte de Berlín se encuentra al norte del parque de Treptow, en el punto en el que se juntan la Puschkinallee y Am Treptower Park. La desembocadura del Landwehrkanal en el Spree marcaba el trazo fronterizo con el barrio occidental de Kreuzberg. Del complejo de seguridad se ha dejado una Grenzwachturm (8) (torre vigía de la frontera); sin saber muy bien qué destino darle, se ha venido empleando como Museo del Arte Prohibido (Museum der Verbotenen Kunst), título pretencioso para una habitación con unas pocas obras de artistas que fueron censurados en la RDA, aunque también ha dado lugar a otras muestras artísticas. Ese aire alternativo propio del limítrofe Kreuzberg también existe en los bares que dan al canal en un tramo de la orilla de este pequeño parte, Schlesischer Busch.

 

Como muchos otros cul de sac del Muro, este enclave está en reconversión. Enfrente, en unas viejas naves del Osthafen, no tardó en abrir los fines de semana un interesante mercadillo cubierto cuyos puestos están en muchos casos regentados por turcos. Al atravesar la puerta del Hallentrödelmarkt de la Eichenstraße se entra de golpe en otro mundo; es como hallarse de pronto en un bazar oriental. Lo que se ofrece es difícil encontrarlo en otro lugar: televisores viejos, electrodomésticos de segunda mano (por emplear un ordinal), tuberías y grifería de deshecho, ropa usada, accesorios extraídos de automóviles, cortinaje barato y un sinfín de objetos inimaginables. Es posible que no dure mucho más tiempo ahí, pero comprobarlo no supone ningún desvío, pues la siguiente mención en este recorrido es la Arena (9), el mayor pabellón para conciertos musicales de Berlín. Ubicada en la misma antigua zona portuaria, la Arena se aloja bajo una gran cubierta restaurada, forjada en 1927 para un depósito de omnibuses que fue el mayor pabellón sin columnas de la época. La instalación queda junto a las Treptowers, con lo que volvemos al punto del que partíamos al comienzo del capítulo. La siguiente etapa, la antigua población de Köpenick y sus alrededores, queda bastante río arriba, tanto que a veces es difícil incluirla en los mapas.

 

El robo del capitán y el encierro de Fritz

 

El 16 de octubre de 1906 tuvo lugar en Köpenick un espectacular robo que hizo reír al mundo. Fue tan sonado, que al comienzo de cada verano se conmemora con una fiesta popular, la Köpenickiade. En el Ayuntamiento de esta ciudad, incorporada a Berlín en 1920, se presentó ese día el zapatero Wilhelm Voigt disfrazado con el uniforme de capitán del Ejército prusiano y acompañado de doce supuestos soldados del Garderegiment. Voigt detuvo al alcalde, simuló enviarle con escolta militar a la Neue Wache de Unter den Linden y se apoderó de la caja de caudales. La mascarada, narrada en 1909 por el propio protagonista en un exitoso relato, fue argumento en 1930 de una novela de Wilhelm Schäfer y en 1931 de una celebrada obra de teatro de Carl Zuckmayer, que aún sigue representándose. El capitán de Köpenick llegaría al cine en 1956, dirigida por Helmut Käutner. El escenario del robo, la habitación donde se guardaban las arcas municipales, continúa prácticamente inalterada y puede visitarse en el Rathaus de Köpenick, un inmenso ayuntamiento neogótico de ladrillo visto inaugurado el año antes del robo. A su puerta se ha colocado un bronce del capitán de Köpenick, con sus mostachos de la época.

 

El centro histórico de Köpenick (10) ocupa una isla donde confluyen el Spree y el Dahme. Anterior al propio Berlín, la población tiene su origen en el siglo IX y su primera municipalidad data de 1209. Al sur de la isla hay un palacio del siglo XVII, convertido en museo de artesanía, en el que tuvo lugar el más conocido episodio de la tempestuosa relación entre Federico Guillermo I y su hijo, el futuro Federico II. El Rey Soldado amargaba tanto con su disciplina castrense al joven Fritz, que en 1730 éste decidió escapar a Inglaterra en compañía de su amigo el teniente Hans Hermann Katte. El acto de deserción fue juzgado por un tribunal de guerra en la sala de armas del palacio de Köpenick. Katte fue condenado a cadena perpetua, pero como el heredero no pareció enmendar, el Soldatenkönig hizo ejecutar a Katte en presencia de Fritz y a éste le mandó encerrar.

 

 

De esa época son algunas casas del Kietz, un enclave de pescadores. Igualmente pintorescos son el Alter Markt, la Laurentiuskirche y la Schüsslerplatz, con mercado un par de días a la semana. Pero Köpenick no sólo es historia. También cuenta con un área para la gran industria, la más importante de Berlín-Este en tiempos de la RDA, y con un vasto espacio natural que ocupa las tres cuartas partes del distrito. “En kilómetros a la redonda sólo agua y bosque (...) Aquí es como siempre fue”, sentenciaba Fontane en el siglo XIX. Lo mismo podría escribirse ahora.

 

El mayor lago de Berlín

 

Las orillas del Großer Müggelsee (11) no han variado demasiado en mucho tiempo. La rudimentaria industria turística de la RDA apenas inmutó su entorno, menos explotado que el del Wannsee, en el otro extremo de la ciudad. Al norte del lago está Friedrichshagen (12), la colonia vacacional más antigua de la zona. Desde ella zarpan embarcaciones que cruzan el Großer Müggelsee, unas para continuar la ruta por el Spree y dar la vuelta por la sucesión de lagos que permiten llegar de nuevo al núcleo histórico de Köpenick; otras para alcanzar Rübezahl y Müggelseeperle, dos lugares con cafés y restaurantes en el margen sur del gran lago. Desde la colonia también parte un túnel que pasa a unos ocho metros por debajo del lecho del lago y empalma con la orilla occidental. El túnel entró en servicio en 1927, tiene ciento veinte metros de largo y cinco de ancho, y es para uso de peatones y ciclistas.

 

 

En Friedrichshagen está la playa del Großer Müggelsee. Fue habilitada en 1912 y sus instalaciones datan de comienzos de la década de 1930, cuando a estas orillas se las conocía como “la Riviera” del este de Berlín. Un amigo mío disponía allí de unos botes, de forma que un par de domingos soleados los pasamos nadando y remando en el lago. ¡Qué distinta la experiencia comparada con un plan semejante en el Wannsee! De entrada, el viaje en S-Bahn había sido menos concurrido, y desde el tren no se había divisado ningún chalet de notoriedad. Luego, en los amarres sólo encontramos embarcaciones de poco lustre. Hasta los escasos chiringuitos de la playa parecían desinteresados en levantar necesidades de consumo entre los bañistas. Supongo que algo de eso añora la Ostalgie. Los botes pertenecían en realidad a una Burschenschaft. Las Burschenschaft son asociaciones universitarias que tienen su origen en las corporaciones estudiantiles medievales, revitalizadas a partir de la Ilustración. Aunque conservan sus ritos de iniciación y grados de antigüedad, estas hermandades han perdido mucho de su carácter de cuerpo. La pervivencia de uniformes y desfiles ha permitido que algunas organizaciones marginales cultiven ideologías neonazis, pero la mayoría han devenido en meras sociedades de festejos. Éste último era el caso de la Burschenschaft de mi amigo, que durante sus años de estudiante de posgrado en Berlín se benefició de la estupenda residencia que tenía la entidad: una amplia casa, con generoso jardín para barbacoas y un espacio reservado para los barriles de cerveza que se abrían con la excusa de determinadas fechas, de una viciosa frecuencia.

 

Los bosques que rodean el Großer Müggelsee permiten entretenidas excursiones a pie o en bicicleta. De los muchos senderos que pueden tomarse, uno lleva a la Müggelturm (13), una torre de treinta metros que se remonta a 1889, aunque fue reconstruida en 1961. Siguiendo hacia el sur se alcanza el Langer See (14). Este lago, cerca de Grünau, fue la patria de los deportes acuáticos en Berlín. A finales del siglo XIX se disputaban aquí las Kaiserregatten, que congregaban a más de cincuenta mil personas en las orillas. Esa tradición hizo que las competiciones de remo de los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraran en esta aguas. Aún hoy hay una zona reservada para regatas.

 

 

Otra ciudad desde el agua

 

El regreso al centro de Berlín puede hacerse en barco. Es posible que el visitante lo haya tomado ya por su cuenta en cualquiera de los momentos en que se ha movido por Berlín. Si no, haría mal en despedirse de la capital alemana sin haberla contemplado desde el agua. Es otra forma de flanear por la ciudad, la única que permite hacerse una verdadera idea del entorno acuoso en el que se asienta. No es sólo que un paseo por sus ríos, canales y lagos resulte siempre placentero, especialmente en tiempo soleado, sino que además las rutas que surcan el Spree por el interior de Berlín ofrecen una imagen distinta y complementaria de los sitios que se han conocido a pie. Se aprecian entonces los detalles de sus puentes, se valora el carácter estratégico de sus esclusas, se mide mejor la monumentalidad de ciertos edificios. Desde el mismo origen de la ciudad, que estuvo en el agua, van pasando a los lados todas las caras que a lo largo de la historia ha mostrado Berlín. No ya como ropajes apisonados en capas superpuestas, como en las catas que sobre el terreno hemos realizado, sino desplegados en una panorámica que dispone las distintas épocas de la fascinante biografía de Berlín en un collage multiforme y desordenado en su simultaneidad.

 

A medida que la embarcación se desliza río abajo por el Spree, ante los ojos desfila el Berlín medieval de pescadores (Fischerinsel) y de comerciantes (Nicoaliviertel); el Berlín de la ilusión comunista (Marx-Engels-Forum, con la Fersehturm al fondo); el Berlín prusiano de la gloria imperial (Berliner Schloss), con su canto al espíritu (Berliner Dom) y a las artes (Museumsinsel); el Berlín efervescente de principios del siglo XX, en el trajín de sus calles (Friedrichstraße) y de sus escenarios (Berliner Ensemble); el Berlín del sueño democrático de la República de Weimar y de la pesadilla nacionalsocialista (Reichstag); el Berlín de la tragedia del Muro (Parlamento de los Árboles); el nuevo Berlín de la nación reunificada (Budeskanzleramt y Lehrter Hauptbahnhof); el Berlín de parques (Tiergarten) y de palacios (Schloss Charlottenburg); el Berlín, en fin, de la tradición obrera e industrial (Siemensstadt).

 

“Ningún amanecer en los montes, ningún atardecer en el mar puede hacer olvidar al que vivió de niño en Berlín el alba y la aurora sobre las hojas primaverales y otoñales de los árboles del canal”, escribió Franz Hessel sobre sus recuerdos junto al Landwehrkanal. Este canal, aunque su ruta en barco avista menos monumentos, es también un buen mercurio para tomar la temperatura de los distintos Berlines, que en el fondo son sólo uno, el que acapara la vista cuando el avión se eleva sobre la ciudad para abandonarla. No hay que dejar de observarla desde arriba hasta que los ángeles de la ciudad de El cielo sobre Berlín la cubran con nubes, como guardándola para nuestra próxima visita. Bajo ese manto, Berlín seguirá transformándose con rapidez, ávida en recuperar el tiempo perdido.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Treptowers (Georg Slickers) / Haus Zenner, en la actualidad (Hobbyuo.de) y hacia 1900 (Stefan Richter) / Insel der Jugend (Hobbyuo.de) / Memorial Soviético (Andreas Steinhoff) / Túnel de la Operation Gold: oficial sovético tras su descubrimiento, 1956 (PH Junge, Bundesarchiv) y reproducción en el Museo de los Aliados / El capitán de Köpenick (Lienhard Schulz) / Köpenick (Hobbyuo.de) / Mapa Google / Müggelturm, hacia 1900 / Müggelsee (Lienhard Schulz) / Langer See, visto desde la Müggelturm (Andreas Steinhoff)]


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De  gQsvjxromhKZni  (Enviando 18/05/2011 @ 15:18:05)
Rio arriba treptow y k F6penick 2239.. Great! :)
De  rIabszHGWJpLrD  (Enviando 03/06/2011 @ 12:22:38)
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De  eqpxtGsnkxPyGjA  (Enviando 05/06/2011 @ 12:39:43)
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De  DWRHzFFgKTD  (Enviando 02/07/2011 @ 18:29:48)

Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.

Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.

Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma

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