
En un fin de semana de verano, es como un enclave costero. El Wannseebrücke, el puente que une el sureste del Grunewald con la gran isla del Wannsee, es un trasiego de coches, no pocos descapotables, y de gente con chanclas que llega a la estación del S-Bahn. Tampoco faltan los grupos en bicicleta. La aglomeración pronto se dispersa por los caminos y orillas de este lugar de recreo –unos en busca de sus embarcaciones o de un rincón para bañarse, otros de paso hacia Potsdam– para volver a coincidir al final de la tarde en este mismo punto, de regreso hacia el interior de la capital. El Wannsee sigue siendo un destino preferido por los berlineses, a pesar de que ahora todos tienen accesibles las playas del Mar Báltico, antes vetadas para Berlín-Oeste.
Los chalets, muchos de ellos con amarres propios; los clubs náuticos, que alquilan embarcaciones y ofrecen la posibilidad de esquí acuático; algunos restaurantes, las tiendas y los servicios, todo ello se concentra en el extremo occidental de la isla, a orillas del Großer Wannsee, el mayor lago que forma el ensanchamiento del Havel. Hay también un Kleiner Wannsee, que unido a otros lagos menores forma un canal que bordea la isla por el sur. El resto es bosque, en su parte central; parque, en la conjunción occidental con Potsdam, y naturalismo, en el apéndice norte que supone la Pfaueninsel. Para recomendar un destino de excursión, es difícil elegir entre las muchas salidas de fin de semana de las que uno guarda un buen recuerdo. Lo mejor será seguir un orden geográfico y tal vez puede pararse antes de cruzar el Wannseebrücke.
En un desvío hacia la izquierda, casi al borde del Kleiner Wannsee (Bismarckstraße 3), se encuentra la tumba de Heinrich von Kleist (1), polifacético escritor romántico que en 1811 puso aquí fin a la vida de su amada, Henriette Vogel, y a la suya propia, de acuerdo con el pacto que habían establecido. Desde entonces el lugar fue meta de peregrinación de enamorados y aún hoy se puede encontrar alguna rosa –eso si se consigue dar con el emplazamiento, algo separado del camino– sobre el monolito que indica el sitio donde Heinrich y Henriette se dieron el último abrazo, con la muerte como testigo. Ese suicidio a dúo le ha reservado a Heinrich von Kleist un lugar de honor en la memoria sentimental berlinesa, curiosamente por un acto que parece contradecir su consideración como “el más prusiano de todos los poetas”.
Berlín tiene playa
Para bañarse se puede aprovechar cualquier acceso directo al agua, pero hacerlo en la Strandbad Wannsee (2) tiene un encanto especial. Esta larga playa de arena, en la orilla occidental del lago, data de 1912 y sus instalaciones, con terrazas, vestuarios y tiendas, son de 1930, obra de Martin Wagner y Richard
Ermisch. De manera que cuando se accede al recinto, después de pagar una reducida entrada, parece penetrarse en aquellos baños de principios del siglo XX y no sorprendería nada encontrarse con bañistas en bombachos y trajes a rayas. La playa está salpicada de canastas para sentarse a tomar el sol, muy propias de los mares del norte: tan pintorescas como reveladoras de que el viento puede ser más fuerte que los rayos solares. Mide 1.275 metros de largo y ochenta de ancho y tiene capacidad para cincuenta mil bañistas. Es la playa más grande en el interior de Europa.
Enfrente, al otro lado del lago, se divisa la enorme estatua de un león, alrededor de la cual hay varios merenderos y restaurantes. Es el Flensburger Löwe (3), un león con gesto altanero, creado por los daneses tras una victoria sobre Schleswig-Holstein, pero robado luego por los prusianos al ganar una revancha en 1864. Por esos años, el banquero Wilhelm Conrad promovió en esta parte del Wannsee, entonces sin ninguna instalación de recreo, una urbanización que fue la primera colonia de villas de Berlín. Llevado de un sentimiento patriótico-nacionalista, Conrad la denominó Villencolonie Alsen, dándole el nombre de una isla danesa tomada en aquella guerra, y puso al león como puerta de entrada desde el lago, en realidad una copia, pues el original, instalado en su día en otra parte de Berlín, viajó a Copenhague al término de la Segunda Guerra Mundial. Patricios berlineses, adinerados artistas y grandes industriales construyeron aquí sus residencias de verano. Una de ellas es la casa-museo del pintor Max Liebermann (Am Großen Wannsee 42). El chalet de Liebermann y el de otros propietarios judíos fueron confiscados por las autoridades nazis, cuyos jerarcas se distribuyeron el botín.
La casa de la “solución final”

En la zona, las SS habían comprado con antelación una mansión, construida en 1914 con aspecto de palacete neobarroco, que con el tiempo adquiriría el nombre de Haus der Wannsee-Konferenz (4) (Am Großen Wannsee 56-58). En esta magnífica casa, rodeada de un generoso jardín con estupendas vistas sobre el lago, tuvo lugar el 20 de enero de 1942 la reunión en la que se determinó la organización de lo que en el protocolo de la conferencia constó como Endlösung der Judenfrage (solución final de la cuestión judía). Toda la planta baja del edificio es una exposición sobre el Holocausto. En la sala en la que tuvo lugar la conferencia se explica su desarrollo y se muestran las fotografías de todos los participantes. La presidió Reinhard Heydrich, mano derecha de Himmler como jefe de Seguridad del Reich, y en ella intervinieron
otros catorce altos cargos de ese organismo y de las SS. Entre los asistentes figuraba Adolf Eichmann, que se encargó de redactar el protocolo del encuentro, descubierto sólo en 1947 entre las actas del Ministerio de Exteriores.
Lo más conocido de ese documento es la lista mecanografiada del número de judíos existentes en los países europeos. Cuando se lee, la suma final se acoge con un escalofrío. Once millones de seres humanos habían sido sentenciados a muerte en este idílico paraje del Wannsee y la meticulosidad burocrática del nazismo se disponía a ejecutar la sentencia de inmediato con la utilización masiva de cámaras de gas en campos de exterminio. La evolución de la guerra hizo que los nazis no pudieran asesinar a esos once millones de judíos, pero se quedaron nada menos que en seis (otros tantos fueron las víctimas no judías de los KZ; precisión que no relativiza el Holocausto, sino que hace justicia a muchos otros grupos humanos y da una idea completa de la capacidad destructiva del sistema de campos de concentración nazis).
Una isla fuera del tiempo
El tramo desde la estación del S-Bahn hasta la Casa de la Conferencia del Wannsee constituye un agradable paseo, pero puede tomarse un autobús que cubre el recorrido si se desea ahorrar tiempo. También de la estación parten autobuses hacia el punto en el que un transbordador cubre el paso a la
Pfaueninsel (5) (Isla de los Pavos Reales). Esta pequeña isla, que no llega al kilómetro cuadrado de extensión, presenta un entorno a reloj parado. Están prohibidos los coches y en ella no se puede fumar. Las ruinas artificiales de un castillo y de una vaquería, un pequeño templo clásico (allí donde solía sentarse la idolatrada reina Luisa), algunas fontanas y un rústico palacio inglés, obras de Schinkel, pretenden detener el tiempo en una edad pretérita de conciliación con la naturaleza, como si la isla se mantuviera al margen de la máquina y la modernidad, en el limbo propio del alquimista Hunckel, residente del perdido enclave en el siglo XVII. Las construcciones son de principios del siglo XIX, cuando la Pfaueninsel adquirió ese carácter de reserva natural, con una colección de animales exóticos, que luego serían los primeros ejemplares del zoo berlinés, y una galería humana –un negro, un indígena de los Mares del Sur, un gigante y un enano– empleada en el cuidado de la isla. Hoy el único exotismo son algunos ejemplares sueltos de pavos reales, mantenidos para hacer honor al título de Pfaueninsel, y una gran jaula con loros.
No me encuentro entre los entusiastas de la Isla de los Pavos Reales, que recorrí varias veces en el paseo previo a comidas campestres, pero admito que quienes la enaltecen aducen buenas razones. “Es uno de los parajes más hermosos de Berlín: un paseo en otoño, las hojas a medio caer, todavía con los más diversos rojos y marrones en las copas de los árboles, es la impresión estética en que debe culminar toda estancia berlinesa”, recomienda Ignacio Sotelo en su libro Berlín.

Dacha, palacetes y Puente de los Espías
Como en el paraíso que pretende ser la Pfaueninsel no hay bar al que sentarse a comer, las necesidades culinarias pueden solventarse en el cercano Nikolskoe (6). El restaurante es una dacha rusa de madera que reproduce la que en 1819 el rey Federico Guillermo III hizo construir como sorpresa para su hija y su yerno, el futuro zar Nicolás. El lugar se encuentra en un posición elevada y desde la terraza se obtiene una buena panorámica sobre el Havel. El rey volvió a sorprender a la pareja en 1838 con la Iglesia de San Pedro y San Pablo, diseñada en las inmediaciones por Stüler con elementos ortodoxos. Su cúpula con forma de cebolla se distingue fácilmente cuando se surca el Havel en barco. El templo es especialmente solicitado para bodas, dada su pintoresa situación. Algunos de esos casamientos se celebran a la mesa del hostal que hay en el Moorlake, una coqueta bahía que el litoral forma un poco más al oeste.
La punta occidental de la gran isla del Wannsee la constituye el Schloss Glienicke (7) y el parque que lo rodea. El palacete tiene la firma de Schinkel, quien siguió los deseos del príncipe Carlos, hijo del rey Federico Guillermo III, cuando éste volvió entusiasmado por la arquitectura que había visto durante un viaje a Italia en 1822. “El palacio de Glienicke es el intento, plenamente logrado, de trasladar Italia a Berlín. El parque, con ondulaciones artificiales, recuerda a una Toscana presentida por un inglés. Un templete guarda las reliquias clásicas, traídas de Italia. De cara al lago, un mirador, con dos columnas de mármol, atestigua el placer refinado de contemplar el rielar del agua desde este encuadramiento. Sospecho que en ninguna
otra parte del mundo se han fundido de manera tan natural el clasicismo italiano y el romanticismo inglés”. El elevado tono apologético vuelve a ser de Sotelo, especialmente encariñado con esta parte de Berlín.
El jardín deriva hacia el sur, por debajo de la carretera que corta la isla del Wannsee, en el parque Klein-Glienicke; luego empalma, en la otra orilla, con el de Babelsberg, ya en el término municipal de Potsdam. Se trata de un conjunto de tranquilos senderos que serpentean entre pequeños castillos neogóticos, en un entorno natural ordenado por Joseph Lenné (al igual que el de la Pfanueninsel). Para entrar en Potsdam, no obstante, la principal ruta atraviesa el Havel por el Glienicker Brücke (8). Por aquí circulaba la senda real que venía del Stadtschloss berlinés para dirigirse a los palacios de Potsdam. Por la mitad de este puente de hierro pasaba la frontera entre la RDA y Berlín Occidental, en una línea que seguía por en medio del Havel marcada con boyas y redes para impedir el paso de fugitivos buceadores. A pesar de que Alemania Oriental lo llamó Puente de la Unidad, el Glienicker Brücke fue sinónimo de división y famoso escenario de canje de espías entre los dos bloques.
Potsdam
El Schloss Charlottenburg, como ya vimos, fue el primer palacio de verano de los Hohenzollern y en sus proximidades se asentaron las segundas residencias de los grandes cortesanos. Federico II prefirió un lugar más alejado para su entretenimiento y mandó erigir sus palacios estivales en la ciudad de Potsdam, que se convertiría en la sede casi permanente de su reinado. Con él, la corte también trasladó sus mansiones a esta población, creando una tradición de vistosas villas. Todas ellas perdieron lustre durante las privaciones del comunismo, pero muchas lo han recuperado tras la reunificación.

La salida a Potsdam es imprescindible en toda visita que se realice a Berlín, pero es una excursión que queda fuera de esta guía. Baste recomendar encarecidamente una previa parada en el Cecilienhof, cuyas estancias se mantienen como las utilizaron Truman, Churchill y Stalin en la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, y luego un sosegado paseo por el parque de Sanssouci. El rococó Schloss Sanssouci, nombre que proviene de la expresión francesa “sin preocupación”, obedece al diseño del propio Federico y es probablemente uno de los más exquisitos de Europa, sobre todo si se observa desde el pie de su original jardín escalonado. Las obras del palacete fueron dirigidas en 1747 por el arquitecto del rey, Georg
Wenzeslaus von Knobelsdorff, quien quince años después levantaría también el Neues Palais al final del parque. Diversos pabellones, invernaderos, galerías, falsas ruinas románicas, pérgolas, fuentes y jardines componen el universo imaginado por Federico el Grande. El monarca filósofo, que tuvo como invitado en Sanssouci a Voltaire (como Leibniz lo había sido en Charlottenburg), vio finalmente cumplido en 1991, con dos siglos de retraso, su deseo de estar enterrado en el jardín del palacio, junto a su caballo y sus galgos italianos. La excursión a Potsdam puede completarse con un recorrido por el centro barroco de la ciudad y la visita a los estudios cinematográficos de Babelsberg.
Potsdam es la capital del estado federado de Brandemburgo. En 1996 se celebró un referéndum sobre la fusión entre Brandemburgo y Berlín, cuyo territorio se encuentra inserto en ese Estado. El 63 por ciento de los brandemburgueses rechazaron la creación de un único Bundesland. La constatación de no gozar del apoyo de su Hinterland fue algo decepcionante para los berlineses, que habían sufrido especialmente la división del país y hasta entonces se habían sentido en cierta medida los niños mimados de la nación reunificada.
Las históricas villas de Potsdam y las urbanizaciones de chalets del Wannsee y del Grunewald fueron expresión del bienestar de la nobleza y sobre todo de la burguesía. Ahí, en el extremo oeste del mapa, gozaron con deleite de su acomodada posición, mientras que las masas asalariadas pugnaban por sobrevivir en los barrios obreros, como los del norte de Berlín.
© Emili J. Blasco
[Imágenes: Strandbad Wannsee (Axel Mauruszat) / Strandbad Wannsee, 1930 (Bundesarchiv) / Haus der Wannsee-Konferenz (Clemens Franz) / Documento de la Conferencia de Wannsee / Pfaueninsel / Mapa Google / Palacio y Puente de Glienicke, Xaver Sandmann, 1845 / Puente de Glienicke en la actualidad (Lienhard Schulz) / Sanssouci (Wolfgang Staudt) / Federico II, por Anton Graff, 1781]
Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.
Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.
Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma