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De Emili J. Blasco (el 09/11/2009 a las 23:40:00, en XV. EPÍLOGO)
 

 

Berlín es puro devenir, una capital en construcción que probablemente hasta medidados de siglo no alcanzará de modo pleno lo que vaya a ser. Cien años habrán hecho falta para que vuelva al lugar desde el que se desplomó en el precipicio. Fue tan catastrófico el derrumbe que la ciudad habrá necesitado todo ese tiempo para superar la hecatombe a la que le arrojó el nazismo. Éste la quiso centro del mundo y la acabó convirtiendo en foso de la historia. El Berlín mítico de principios del siglo XX ambicionó ser una Weltstadt y ése es el rango al que se ha ido encaramando todos estos últimos años. Una capital mundial y no simplemente una Großstadt, una gran ciudad. Quiere recuperar su posición de capital de Europa, con la idea de haber superado ya a París y la creencia de tal vez estar disputándole la plaza a Londres. En plena efervescencia, sueña con competir con Nueva York, a la que pasó el testigo vanguardista cuando el nazismo acalló aquel trajín de Berlín Alexanderplatz relatado por Aldred Döblin.

 



 

Ahí están las cartas –Berlín, sin duda, las tiene–, y según cómo las juegue podrá culminar su ascensión. Como muy pocas otras ciudades, cuenta con el futuro en sus propias manos. Depende de la clarividencia de los mismos berlineses, de la apuesta que hagan el resto de alemanes y de la atracción que ejerza sobre el conjunto de los europeos. Para ser la capital de la Europa del siglo XXI carece de momento de suficiente fuerza económica y sus 3,5 millones de habitantes son escaso potencial humano. No obstante, su excelente ubicación geográfica en la Unión Europea ampliada le erige en referencia central, de la que sin duda se beneficiará. Si tras la Segunda Guerra Mundial hubo un “milagro alemán”, el milagro de la reunificación debe tener en Berlín, donde se juntan este y oeste, el símbolo de su triunfo.

 

Berlín ha perdido cien años, y cuando recupera el paso, la situación es bien distinta de la que conoció. “París es de ayer, Nueva York de hoy, Berlín del mañana”, escribió Lion Feuchtwanger en 1931. A la capital alemana se le escatimó ese mañana, y el hoy es más que nunca de Nueva York, con un Shangai que despunta. Incluso en su propio país, la red de fuertes plazas, ideada como reparto federal que vacunara frente a nuevas tentaciones nacionalistas, se resiste a ceder protagonismo. Fráncfort es el poder financiero, Hamburgo y Múnich concentran buena parte de la riqueza, Colonia y Düsseldorf ostentan la elegancia. Ni siquiera Berlín está ya en el centro geográfico de Alemania. Como reinstaurada capital, ha recobrado el poder político y cada día crece como sede mediática, pero los cuarteles generales de bancos y consorcios industriales se muestran más reacios a una relocalización. El tiempo, en cualquier caso, juega a favor de Berlín.

 

Si el mundo es bien distinto al de la preguerra, a Berlín le queda recobrar el perfil único que Joseph Roth describía en 1927: “Esta ciudad está fuera de Alemania, fuera de Europa. Es la capital de sí misma”. Es esa singularidad la que la hace especialmente atractiva para gentes de todo el mundo. Será su cosmopolitismo, si se entrega a él con convicción, el que la volverá a consagrar como Weltstadt. En su desventaja juega que el alemán ya no es la lingua franca de Mitteleuropa, aunque el aprendizaje de este idioma se está abriendo paso entre las nuevas generaciones de los países vecinos, una vez que el inglés es de obligatoriedad universal. “Me atrevo a profetizar”, apuntaba en cualquier caso Mario Vargas Llosa tras una larga estancia en la reunificada ciudad, “que Berlín sucederá a París probablemente en los años venideros como la capital espiritual de Europa. No hay razón alguna para levantar las cejas: ese Berlín será, sin duda, más europeo que prusiano, cosmopolita, multicultural, y –pese a lo que digan los apocalípticos agoreros– democrático”. Berlín fue la Babel de principios del siglo XX y en Babel va camino de convertirse de nuevo cien años después.

 



© Emili J. Blasco

 
De Emili J. Blasco (el 08/11/2009 a las 23:00:00, en XIV. HACIA EL ESTE)
 

 

 

Berlín tiene más puentes que Venecia y sin embargo, por su formidable extensión, no da la sensación de ser una ciudad entretejida por canales. Está atravesada por un río de buen caudal, pero su presencia no es tan notoria en la vida ciudadana como la del Támesis y el Sena en el caso de Londres y París. Quizás esto último se deba a que el cauce del Spree, aún siendo navegable, es comedido y sus orillas están poco separadas entre sí durante su recorrido por el centro de Berlín. Sólo se distancian de verdad a partir del Elsenbrücke, en el paso de Friedrichshain a Treptow. Ahí se yerguen las Treptowers (1), presididas por el rascacielos de Allianz. A su alrededor se ha creado un nuevo distrito de oficinas y sedes corporativas cuya estampa, bañada esta vez por un ancho río, sí que evoca, por ejemplo, la fuerza del Támesis a su paso por la City. En la orilla de las Treptowers, como señalizando esta salida hacia el sureste de la ciudad, emergen del agua las tres grandes figuras humanas agujereadas del Molecule Man, una escultura de Jonathan Borfskys.

 

Desde la última planta de la torre de Allianz se puede apreciar la progresiva modernización de toda una zona que antaño tuvo carácter portuario y fabril, donde estuvo el distrito industrial de Berlín-Este. Es la ventaja de ser periodista: uno puede acceder a lugares restringidos con motivo de conferencias de prensa o alguna entrevista. Pero no se es un ser privilegiado en todo. El día que me acerqué a las Treptowers para cubrir una noticia económica fui tan vulnerable como otro cualquiera a la manía denunciatoria que tienen ciertas generaciones de alemanes. Obedientes a la ley y sus reglamentos, no admiten fácilmente que otros conculquen las más mínimas disposiciones. Diríase que les mueve la envidia; les reconforta que los demás se somentan también a la norma y que se castigue al infractor. Cuando ya me marchaba y retiraba el coche mal aparcado, un traseúnte corrió hasta un guardia que se hallaba cerca multando otros automóviles para que no me fuera sin la correspondiente sanción. En otras latitudes, el conciudadano me hubiera animado a alejarme rápidamente al descubrir la proximidad de un policía. No era la primera vez que me ocurría algo semejante. En un ocasión perdí la llave del candado de la bicicleta y cuando quise proceder a romperlo alguien que pasaba por la calle me denunció y no se separó de mí hasta que llegó el personal uniformado. Éste me dejó marchar sin excesivos problemas. Otros colegas tuvieron la desdicha de contar con algún vecino delator, que dio parte del inocente alboroto que los niños hacían en casa.

 

Donde el Spree se convierte en recreo

 



 

El Spree atraviesa demasiado hacendoso por en medio de la capital. En sus extremos, cuando confluye con el Dahme (este) y el Havel (oeste), los bañistas y las embarcaciones, las playas y los merenderos componen el principal paisaje vacacional de Berlín. Pero por el centro de la ciudad el río fluye como no dejando tiempo para un excesivo deleite, y eso que no muestra prisas, pues resulta difícil determinar qué dirección lleva la corriente. Aunque algunas orillas del Berlín central han ido ganando en terrazas y paseos, sólo a la altura de Treptow es cuando el Spree se convierte en recreo. Es en Treptow donde sus aguas se abren, entre pequeñas islas, para el remanso del fin de semana. La Isla del Amor, la Isla de la Juventud... Son elocuentes nombres de la devoción que desde el siglo XIX los berlineses profesan a estas riberas. “Hombre, si quieres ver hombres, / hombre, entonces deberías ir a Treptow; / hombre, allí puedes ver a hombres, / a hombres sobre hombres”, decía una tonadilla decimonónica sobre la multitud que se amontonaba a estas veras del Spree. La traducción suena mal, pero se trata de un juego de palabras entre el vocativo Mensch, muy usado coloquialmente (como en castellano puede ser “tío”), y el plural Menschen, que incluye a hombres y mujeres.

 

De esta tradición participó el Spreepark (2), un parque de atracciones creado en 1969 junto al río y que fue lugar de entretenimiento favorito de las familias de Berlín-Este. Bajo su noria se rodó una serie de televisión muy popular en la RDA y esa añoranza ha hecho que, después de que el parque cerrara por problemas económicos y de gestión, de vez en cuando se organicen visitas a sus oxidadas atracciones mecánicas. Ahí seguirán mientras se concreta con nuevos inversores una posible renovación y reapertura. Pero estos rincones no parece agobiarse con prisas para el cambio, visitados sobre todo por generaciones criadas en Alemania Oriental, a las que gusta recalar en la cercana Haus Zenner (3) (Alt-Treptow 14-17), un amplio restaurante con terrazas que llegan hasta el borde del agua. El merendero conserva el formato de distracción que ofrecían los domingos de buen tiempo para los berlineses del este: paseos matutinos por la ribera del Spree, combinados con salidas en bote de remos; almuerzo de los Butterbrot (el sándwich alemán) preparados en casa, acompañados de cervezas y café de filtro a las mesas del Zenner, y baile popular al aire libre hasta la hora de reemprender el regreso a casa.

 



 

Casi enfrente de la Haus Zenner se encuentra la Insel der Jugend (4) (Isla de la Juventud), a la que se pasa por el Abteibrücke, un decorativo puente contruido en 1916 por prisioneros de guerra franceses. Antiguamente la isla se llamaba Abteiinsel porque en ella había una abadía. El silencio de antaño se ha cambiado por el cine al aire libre y por conciertos de música pop. Al otro lado del río se ve la punta de la península de Stralau (5), que a principios del siglo XX estuvo unida a este otro lado mediante un túnel para el tranvía. En esa orilla sobresale la figura de la iglesia medieval de lo que fue un asentamiento de pescadores. De acuerdo con ese origen, cada 24 de agosto, día de San Bartolomé, estas veras del Spree se llenan de barcas que llegan en procesión desde otras partes de Berlín para celebrar la fiesta mayor de Stralau. A mediados del XIX la fiesta se prohibió durante más de veinte años debido a los desórdenes que provocaban los ebrios pescadores, que incluso llevaban la juerga al interior del cementerio.

 

Faraónico túmulo soviético

 

Si dejamos el río y nos volvemos hacia el Treptower Park, a corta distancia encontramos el Archenhold-Sternwarte (6). Este observatorio astronómico contiene un telescopio reflector de veintiún metros, un pequeño planetario, un cine en el que se proyectan viejas películas de ciencia-ficción y un museo de instrumentos y documentos relacionados con el descubrimiento del universo. Algunos de ellos versan sobre la teoría de la relatividad, acerca de la cual el propio Albert Einstein impartió aquí una conferencia en 1915. Friedrich Simon Archenhold fue un autodidacta que, como judío, fue expulsado de su centro de investigación del cosmos cuando el astro hitleriano comenzó a elevarse en su órbita. El observatorio nació como parte de una especie de “Disneyland guillermino” que en 1896 ocupó todo el Treptower Park. Guillermo II encargó una exposición internacional con los principales avances industriales y científicos de Alemania, enmarcados en paisajes extraídos del imperialismo colonial. Era una kitsch visión de la Alejandría que el Segundo Reich imaginaba ser.

 

Allí donde se transplantaron verdaderas palmeras, se reprodujo la pirámide de Keobs, adornada con momias originales, y se creó un lago con góndolas venecianas, fueron enterrados al final de la Segunda Guerra Mundial cinco mil soldados del Ejército Rojo muertos en la toma de Berlín. Al lugar, en cualquier caso, no le faltaba tradición comunista, pues en 1919 Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg congregaron en el parque a 150.000 trabajadores en huelga. El Sowjetisches Ehrenmal (7) (Memorial Soviético), en honor de los soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial, sobre de todo de los ochenta mil fallecidos en la toma de Berlín, es un faraónico mausoleo realizado entre 1946 y 1948 por trabajadores forzosos alemanes, sobre todo mujeres. Al impresionante recinto se entra tanto desde la Puschkinallee como desde Am Treptower Park. En ambos casos se penetra hacia el interior del parque a través de sendos arcos conmemorativos y se llega a la gran escultura de una matrona. Esta madre patria, acongojada por la suerte de sus hijos, preside un paseo de álamos que termina en un portal formado en cada flanco por una inmensa bandera inclinada y un soldado genuflexo. Ambas banderas rojas están elaboradas con el mármol granate extraído de la Cancillería de Hitler. Cuando se llega allí pensando que termina el colosal memorial se descubre aún una mayor monumentalidad. Una escalinata desciende a una pradera decorada a los lados con mármoles labrados con textos de Stalin; al fondo, un inmenso túmulo sirve de peana a un soldado de once metros. El guerrero sostiene con una mano a un niño y con la otra remacha con la espada una esvástica destrozada. Unos empinados escalones suben hasta la base de la escultura, constituida por una capilla redonda cuya pared interior está decorada con un mosaico funerario alegórico. En el Treptower Park tuvo lugar la ceremonia de despedida de las unidades rusas una vez Alemania consumó su reunificación. Boris Yeltsin y Helmut Kohl pasaron revista a los tropas, poniendo fin a casi medio siglo de presencia militar.

 

Una avenida y una operación doradas

 

Los soviéticos primero, y los guardas fronterizos de la RDA después, habían vigilado especialmente este sector de Treptow, ya que como meta popular de planes de fin de semana la concentración de excursionistas podía disimular algún intento de fuga, pues el Muro discurría por las inmediaciones. Algo más al sur, la línea fronteriza partía la Sonnenallee; triste y gris destino, como la prensa occidental objetó en su momento, para una avenida de resplandeciente resonancia: Avenida de los Soles. En este paso entre los dos Berlines transcurre el filme Sonnenallee (1999), basado en la novela del mismo nombre de Thomas Brussig. Libro y película fueron un gran éxito en los Länder de la ex RDA, cuya Ostalgie comenzaba entonces a desinhibirse. Sonnenallee es una simpática historia de una pandilla de adolescentes, locos por la estética y los ritmos yeyés de los sesenta y setenta, cuya occidentalización escandaliza el paternalismo familiar y policial.

 

La frontera entre Neukölln y Treptow llegó a ser oradada por norteamericanos y británicos con un túnel para espionaje. La llamada Operation Gold fue una de los hitos de la Guerra Fría. El túnel, excavado a cuatro metros de profundidad, iba del barrio de Rudow (Berlín-Oeste), al de Altglienicke (Berlín-Este). Partía de una estación de radar del Ejército estadounidense y pasaba por debajo de la línea fronteriza (el Muro aún no había sido construido) en las proximidades de un cementerio. Desde ahí avanzaba cuatrocientos cincuenta metros en Berlín-Oriental, atravesando la Schönefelder Chaussee, hasta una central telefónica. Ésta era utilizada por los soviéticos para comunicaciones internas, conexiones con los mandos en la URSS e intercambio informativo con la RDA. El túnel, lleno de cables y clavijas para la interceptación de las conversaciones telefónicas, entró en funcionamiento en 1955. Durante once meses y once días, los aliados grabaron cincuenta mil cintas con casi medio millón de conversaciones. La instalación fue descubierta en 1956 por el enemigo. “Mensch!, ¡esto es fantástico!”, exclamó el ingeniero germanoriental que inspeccionó la boca del túnel. Durante años se especuló sobre la valiosa información conseguida, pero mucho después se conoció que los soviéticos supieron desde el primer momento los detalles de la Operation Gold, pues un doble agente británico dio el aviso. Para poner a salvo a su fuente, optaron por no desinformar con mensajes falsos y se limitaron a dejar de trasmitir contenidos especialmente sensibles. Sólo cuando fue seguro proceder al “decubrimiento”, Nikita Kruschev utilizó el hallazgo en una lógica campaña propagandística contra las potencias occidentales. El túnel, una sección del cual se halla reproducida en el Museo de los Aliados, fue destapado en 1997, pero no quedó reparado ni abierto al público.

 

Torre vigía frente al bazar y la Arena

 

El único elemento del Muro visitable en esta parte de Berlín se encuentra al norte del parque de Treptow, en el punto en el que se juntan la Puschkinallee y Am Treptower Park. La desembocadura del Landwehrkanal en el Spree marcaba el trazo fronterizo con el barrio occidental de Kreuzberg. Del complejo de seguridad se ha dejado una Grenzwachturm (8) (torre vigía de la frontera); sin saber muy bien qué destino darle, se ha venido empleando como Museo del Arte Prohibido (Museum der Verbotenen Kunst), título pretencioso para una habitación con unas pocas obras de artistas que fueron censurados en la RDA, aunque también ha dado lugar a otras muestras artísticas. Ese aire alternativo propio del limítrofe Kreuzberg también existe en los bares que dan al canal en un tramo de la orilla de este pequeño parte, Schlesischer Busch.

 

Como muchos otros cul de sac del Muro, este enclave está en reconversión. Enfrente, en unas viejas naves del Osthafen, no tardó en abrir los fines de semana un interesante mercadillo cubierto cuyos puestos están en muchos casos regentados por turcos. Al atravesar la puerta del Hallentrödelmarkt de la Eichenstraße se entra de golpe en otro mundo; es como hallarse de pronto en un bazar oriental. Lo que se ofrece es difícil encontrarlo en otro lugar: televisores viejos, electrodomésticos de segunda mano (por emplear un ordinal), tuberías y grifería de deshecho, ropa usada, accesorios extraídos de automóviles, cortinaje barato y un sinfín de objetos inimaginables. Es posible que no dure mucho más tiempo ahí, pero comprobarlo no supone ningún desvío, pues la siguiente mención en este recorrido es la Arena (9), el mayor pabellón para conciertos musicales de Berlín. Ubicada en la misma antigua zona portuaria, la Arena se aloja bajo una gran cubierta restaurada, forjada en 1927 para un depósito de omnibuses que fue el mayor pabellón sin columnas de la época. La instalación queda junto a las Treptowers, con lo que volvemos al punto del que partíamos al comienzo del capítulo. La siguiente etapa, la antigua población de Köpenick y sus alrededores, queda bastante río arriba, tanto que a veces es difícil incluirla en los mapas.

 

El robo del capitán y el encierro de Fritz

 

El 16 de octubre de 1906 tuvo lugar en Köpenick un espectacular robo que hizo reír al mundo. Fue tan sonado, que al comienzo de cada verano se conmemora con una fiesta popular, la Köpenickiade. En el Ayuntamiento de esta ciudad, incorporada a Berlín en 1920, se presentó ese día el zapatero Wilhelm Voigt disfrazado con el uniforme de capitán del Ejército prusiano y acompañado de doce supuestos soldados del Garderegiment. Voigt detuvo al alcalde, simuló enviarle con escolta militar a la Neue Wache de Unter den Linden y se apoderó de la caja de caudales. La mascarada, narrada en 1909 por el propio protagonista en un exitoso relato, fue argumento en 1930 de una novela de Wilhelm Schäfer y en 1931 de una celebrada obra de teatro de Carl Zuckmayer, que aún sigue representándose. El capitán de Köpenick llegaría al cine en 1956, dirigida por Helmut Käutner. El escenario del robo, la habitación donde se guardaban las arcas municipales, continúa prácticamente inalterada y puede visitarse en el Rathaus de Köpenick, un inmenso ayuntamiento neogótico de ladrillo visto inaugurado el año antes del robo. A su puerta se ha colocado un bronce del capitán de Köpenick, con sus mostachos de la época.

 

El centro histórico de Köpenick (10) ocupa una isla donde confluyen el Spree y el Dahme. Anterior al propio Berlín, la población tiene su origen en el siglo IX y su primera municipalidad data de 1209. Al sur de la isla hay un palacio del siglo XVII, convertido en museo de artesanía, en el que tuvo lugar el más conocido episodio de la tempestuosa relación entre Federico Guillermo I y su hijo, el futuro Federico II. El Rey Soldado amargaba tanto con su disciplina castrense al joven Fritz, que en 1730 éste decidió escapar a Inglaterra en compañía de su amigo el teniente Hans Hermann Katte. El acto de deserción fue juzgado por un tribunal de guerra en la sala de armas del palacio de Köpenick. Katte fue condenado a cadena perpetua, pero como el heredero no pareció enmendar, el Soldatenkönig hizo ejecutar a Katte en presencia de Fritz y a éste le mandó encerrar.

 



 

De esa época son algunas casas del Kietz, un enclave de pescadores. Igualmente pintorescos son el Alter Markt, la Laurentiuskirche y la Schüsslerplatz, con mercado un par de días a la semana. Pero Köpenick no sólo es historia. También cuenta con un área para la gran industria, la más importante de Berlín-Este en tiempos de la RDA, y con un vasto espacio natural que ocupa las tres cuartas partes del distrito. “En kilómetros a la redonda sólo agua y bosque (...) Aquí es como siempre fue”, sentenciaba Fontane en el siglo XIX. Lo mismo podría escribirse ahora.

 

El mayor lago de Berlín

 

Las orillas del Großer Müggelsee (11) no han variado demasiado en mucho tiempo. La rudimentaria industria turística de la RDA apenas inmutó su entorno, menos explotado que el del Wannsee, en el otro extremo de la ciudad. Al norte del lago está Friedrichshagen (12), la colonia vacacional más antigua de la zona. Desde ella zarpan embarcaciones que cruzan el Großer Müggelsee, unas para continuar la ruta por el Spree y dar la vuelta por la sucesión de lagos que permiten llegar de nuevo al núcleo histórico de Köpenick; otras para alcanzar Rübezahl y Müggelseeperle, dos lugares con cafés y restaurantes en el margen sur del gran lago. Desde la colonia también parte un túnel que pasa a unos ocho metros por debajo del lecho del lago y empalma con la orilla occidental. El túnel entró en servicio en 1927, tiene ciento veinte metros de largo y cinco de ancho, y es para uso de peatones y ciclistas.

 



 

En Friedrichshagen está la playa del Großer Müggelsee. Fue habilitada en 1912 y sus instalaciones datan de comienzos de la década de 1930, cuando a estas orillas se las conocía como “la Riviera” del este de Berlín. Un amigo mío disponía allí de unos botes, de forma que un par de domingos soleados los pasamos nadando y remando en el lago. ¡Qué distinta la experiencia comparada con un plan semejante en el Wannsee! De entrada, el viaje en S-Bahn había sido menos concurrido, y desde el tren no se había divisado ningún chalet de notoriedad. Luego, en los amarres sólo encontramos embarcaciones de poco lustre. Hasta los escasos chiringuitos de la playa parecían desinteresados en levantar necesidades de consumo entre los bañistas. Supongo que algo de eso añora la Ostalgie. Los botes pertenecían en realidad a una Burschenschaft. Las Burschenschaft son asociaciones universitarias que tienen su origen en las corporaciones estudiantiles medievales, revitalizadas a partir de la Ilustración. Aunque conservan sus ritos de iniciación y grados de antigüedad, estas hermandades han perdido mucho de su carácter de cuerpo. La pervivencia de uniformes y desfiles ha permitido que algunas organizaciones marginales cultiven ideologías neonazis, pero la mayoría han devenido en meras sociedades de festejos. Éste último era el caso de la Burschenschaft de mi amigo, que durante sus años de estudiante de posgrado en Berlín se benefició de la estupenda residencia que tenía la entidad: una amplia casa, con generoso jardín para barbacoas y un espacio reservado para los barriles de cerveza que se abrían con la excusa de determinadas fechas, de una viciosa frecuencia.

 

Los bosques que rodean el Großer Müggelsee permiten entretenidas excursiones a pie o en bicicleta. De los muchos senderos que pueden tomarse, uno lleva a la Müggelturm (13), una torre de treinta metros que se remonta a 1889, aunque fue reconstruida en 1961. Siguiendo hacia el sur se alcanza el Langer See (14). Este lago, cerca de Grünau, fue la patria de los deportes acuáticos en Berlín. A finales del siglo XIX se disputaban aquí las Kaiserregatten, que congregaban a más de cincuenta mil personas en las orillas. Esa tradición hizo que las competiciones de remo de los Juegos Olímpicos de 1936 se celebraran en esta aguas. Aún hoy hay una zona reservada para regatas.

 



 

Otra ciudad desde el agua

 

El regreso al centro de Berlín puede hacerse en barco. Es posible que el visitante lo haya tomado ya por su cuenta en cualquiera de los momentos en que se ha movido por Berlín. Si no, haría mal en despedirse de la capital alemana sin haberla contemplado desde el agua. Es otra forma de flanear por la ciudad, la única que permite hacerse una verdadera idea del entorno acuoso en el que se asienta. No es sólo que un paseo por sus ríos, canales y lagos resulte siempre placentero, especialmente en tiempo soleado, sino que además las rutas que surcan el Spree por el interior de Berlín ofrecen una imagen distinta y complementaria de los sitios que se han conocido a pie. Se aprecian entonces los detalles de sus puentes, se valora el carácter estratégico de sus esclusas, se mide mejor la monumentalidad de ciertos edificios. Desde el mismo origen de la ciudad, que estuvo en el agua, van pasando a los lados todas las caras que a lo largo de la historia ha mostrado Berlín. No ya como ropajes apisonados en capas superpuestas, como en las catas que sobre el terreno hemos realizado, sino desplegados en una panorámica que dispone las distintas épocas de la fascinante biografía de Berlín en un collage multiforme y desordenado en su simultaneidad.

 

A medida que la embarcación se desliza río abajo por el Spree, ante los ojos desfila el Berlín medieval de pescadores (Fischerinsel) y de comerciantes (Nicoaliviertel); el Berlín de la ilusión comunista (Marx-Engels-Forum, con la Fersehturm al fondo); el Berlín prusiano de la gloria imperial (Berliner Schloss), con su canto al espíritu (Berliner Dom) y a las artes (Museumsinsel); el Berlín efervescente de principios del siglo XX, en el trajín de sus calles (Friedrichstraße) y de sus escenarios (Berliner Ensemble); el Berlín del sueño democrático de la República de Weimar y de la pesadilla nacionalsocialista (Reichstag); el Berlín de la tragedia del Muro (Parlamento de los Árboles); el nuevo Berlín de la nación reunificada (Budeskanzleramt y Lehrter Hauptbahnhof); el Berlín de parques (Tiergarten) y de palacios (Schloss Charlottenburg); el Berlín, en fin, de la tradición obrera e industrial (Siemensstadt).

 

“Ningún amanecer en los montes, ningún atardecer en el mar puede hacer olvidar al que vivió de niño en Berlín el alba y la aurora sobre las hojas primaverales y otoñales de los árboles del canal”, escribió Franz Hessel sobre sus recuerdos junto al Landwehrkanal. Este canal, aunque su ruta en barco avista menos monumentos, es también un buen mercurio para tomar la temperatura de los distintos Berlines, que en el fondo son sólo uno, el que acapara la vista cuando el avión se eleva sobre la ciudad para abandonarla. No hay que dejar de observarla desde arriba hasta que los ángeles de la ciudad de El cielo sobre Berlín la cubran con nubes, como guardándola para nuestra próxima visita. Bajo ese manto, Berlín seguirá transformándose con rapidez, ávida en recuperar el tiempo perdido.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Treptowers (Georg Slickers) / Haus Zenner, en la actualidad (Hobbyuo.de) y hacia 1900 (Stefan Richter) / Insel der Jugend (Hobbyuo.de) / Memorial Soviético (Andreas Steinhoff) / Túnel de la Operation Gold: oficial sovético tras su descubrimiento, 1956 (PH Junge, Bundesarchiv) y reproducción en el Museo de los Aliados / El capitán de Köpenick (Lienhard Schulz) / Köpenick (Hobbyuo.de) / Mapa Google / Müggelturm, hacia 1900 / Müggelsee (Lienhard Schulz) / Langer See, visto desde la Müggelturm (Andreas Steinhoff)]

 
 

 

 

El “este profundo” es el mejor retrato de lo que fue la vida cotidiana de la RDA. Junto a zonas de casas unifamiliares, más pobres que las que se observan en el oeste de la capital, se levantan colmenas de pisos propias de las ciudades dormitorio que el comunismo construyó en los arrabales de las grandes poblaciones. El crecimiento de Berlín-Este se llevó a cabo a partir de la década de 1970 con la nutrida inmigración que llegaba del campo. El distrito de Lichtenberg se extendía entonces hasta los confines orientales de la ciudad, con amplios espacios por urbanizar. Cientos de miles de personas se fueron instalando en viviendas construidas a toda velocidad y los nuevos suburbios, primero Marzhan y luego Hellersdorf, se fueron segregando de Lichtenberg. También al norte de este barrio se desgajó el de Hohenschönhausen. Un viaje por algunas de estas áreas es necesario para auscultar mejor la compleja realidad de Berlín. En la medida en que este extrarradio con altos índices de paro mejore sus condiciones de vida y sus habitantes se incorporen plenamente al desarrollo vital de la ciudad, Berlín ganará la partida a los lastres que pueden condicionar su triunfo como gran capital de Europa.

 

Una acertada manera de comenzar la incursión por el extremo oriental de Berlín es seguir los mojones dejados por la Stasi (Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), como se llamó a la Policía secreta y a los servicios de espionaje de la República Democrática. Si de lo que se trata es de conocer las profundidades del anterior Berlín-Este, nada mejor que hacerlo a través de lo que fue el principal instrumento de que dispuso el régimen comunista para preservarse a sí mismo y dominar todos los resortes sociales. La Stasi fue la esencia misma del Estado, un Estado dentro del Estado que tuvo su capital en la Normannenstraße (1), donde de encuentra el Stasimuseum (entrada por Ruschestraße 103). El Ministerium für Staatssicherheit se alojó en un complejo de edificios que acaparan toda una manzana de esa calle, cuyo nombre mismo era recibido con temor y sigilo cuando aparecía en las conversaciones. En esas ocho hectáreas trabajaban veinte mil personas para hacer realidad el lema “Estamos en todas partes”.

 

La Stasi fue “una increíble mezcla de arrogancia y neurosis”. Así nos lo resumió a varios corresponsales extranjeros quien desde la desaparición de la RDA dirigía el esfuerzo por recomponer los archivos secretos germanorientales. La misión de Joachim Gauck, ex pastor evangélico, consistía en rescatar y custodiar la máxima información posible sobre los datos que la Stasi había acumulado a lo largo de los años, con el fin de que los ciudadanos pudieran acceder a las fichas que escrutaban los recovecos de sus vidas y también cupiera determinar quiénes habían trabajado escondidamente para elaborarlas. Cerca de seis millones de personas, dentro y fuera de la RDA, llegaron a ser espiadas, en un meticuloso trabajo llevado a cabo por 91.000 empleados oficiales (uno por cada 180 habitantes del país) y 170.000 “colaboradores extraoficiales”. Estos últimos, conocidos como mi (Inoffiziell Mitarbeiter), constituían una vastísima red de informantes y delatores en empresas, escuelas, clubs deportivos, iglesias e instituciones de todo tipo. Los archivos de la Stasi -diecisiete millones de fichas que puestos en fila ocuparían 186 kilómetros- recogían información sobre los más insospechados detalles de la vida personal de un tercio de la población de la RDA, facilitada en ocasiones por estrechos vecinos, amigos íntimos e incluso el propio cónyuge, como relata en toda su complejidad psicológica La vida de los otros, el filme de Florian Henckel galardonado con un óscar en 2007. Un absoluto control social gracias al cual la RDA se vanaglorió de ser una dictadura comunista casi perfecta.

 

Entre laberintos de archivos

 

Gauk nos recibió en las dependencias de la Normannenstraße. La visita se desarrolló por laberínticos corredores y claustrofóbicas salas repletas de ficheros. Se nos permitía echar un vistazo general, pero no leer los expedientes, pues toda consulta debe cumplir una serie de requisitos oficiales. Los ciudadanos que lo deseen pueden leer las actas relativas a ellos, y los historiadores y periodistas que acrediten su interés pueden acceder a los contenidos sobre determinadas figuras públicas o acontecimientos. No obstante, los archivos no están completos. “Tras la caída del Muro, la Stasi se puso nerviosa y comenzó a triturar los materiales, pero la trituradora de papel se estropeó y hubo que rasgar los papeles a mano”, explicó Gauk. Parte del trabajo de su equipo era recomponer los diez mil sacos de trozos de papel hallados tras el colapso de la RDA. La documentación también se vio dañada por la irrupción de la multitud en la sede de la Stasi el 15 de enero de 1990. La turba abrió archivos y pateó expedientes, en una acción que en realidad pudo estar instigada por la propia Stasi para aprovechar el desconcierto y así poner a salvo o destruir determinado material. En cualquier caso, valiosos microfilmes fueron vendidos por un oficial de la Stasi o del KGB y fueron a parar a la CIA, que sólo ha entregado lenta y parcialmente la información a las autoridades alemanas.

 

La tupida red de “colaboradores extraoficiales” fue especialmente dañina para la salud moral de la sociedad germanoriental. Sospechar de cualquiera como posible delator engendró relaciones humanas basadas en la mentira. Pero quizá peor fue descubrir después que hasta las personas más próximas que se consideraban de plena confianza habían sido también mi. La neurosis en que se vivía en la RDA la retrata Christa Wolf en su novela Lo que queda (1990), en la que, con tono autobiográfico, describe la obsesión de sentirse espiada en su domicilio berlinés: “Me gustaría saber por qué anoche después de las doce aún estaban y esta mañana habían desaparecido. (...) Tuve que ir otra vez a la ventana, de prisa, otra vez sin resultado. Era un alivio, desde luego, me dije, ¿o acaso los esperaba? Quizá la noche antes hubiera hecho el ridículo; un día me avergonzaría recordar cómo a cada media hora cruzaba a tientas la habitación a oscuras para ir a la ventana y espiar por la rendija de las cortinas; vergonzoso, concedido. Pero qué hacían tres hombres jóvenes horas y horas sin moverse, en un Wartburg blanco frente a nuestra ventana?”. Lo chocante es que pocos años después de publicar ese libro, se supo que la propia Wolf, una de las firmas de más prestigio de la RDA, había sido durante un tiempo mi y había pasado información a la Stasi sobre otros colegas escritores.

 

El espía que vino del frío

 

En la Normannenstraße tuvo su despacho Markus Wolf, quien en 1963 inspiró a John Le Carré su novela El espía que surgió del frío. Wolf fue conocido como “el hombre sin rostro” porque los servicios de inteligencia occidentales no dispusieron de ninguna fotografía suya durante gran parte de los treinta años que dirigió el espionaje exterior de la RDA. Después de un tiempo en Moscú, donde ya había estado durante la guerra, en 1956 pasó a dirigir en Berlín la Hauptverwaltung Aufklärung (HVA), el departamento de espionaje en el extranjero de la Stasi. Estuvo en el puesto hasta 1986, cuando la perestroika soviética comenzaba a resquebrajar las alianzas internacionales del comunismo. “Gorbachov nos traicionó y vendió”, nos aseveró Wolf a un grupo de corresponsales durante una cena en la que hizo gala de sus dotes de seducción; no en vano se le considera el padrino de los “Romeos”, los agentes que intentaban obtener información actuando en las alcobas. Días antes de la caída del Muro, Wolf aún intentó recolocarse en el movimiento contestatario participando como uno de los oradores en la gran manifestación del 4 de noviembre de 1989 en la Alexanderplatz. Pero era demasiado tarde para reconocer que “el socialismo real nada tiene que ver con la democracia socialista”, como nos repitió esa noche. Estaba en libertad condicional después de que un tribunal de la Alemania reunificada le hubiera condenado por “alta traición”.

 

El hecho de que Wolf se hubiera ocupado del espionaje en el exterior de un Estado internacionalmente reconocido le salvó de cargos acerca de crímenes cometidos por la Stasi en la RDA. Si de algún modo rentabilizó su papel de héroe, el de villano le correspondió no sin razón a su jefe, Erich Mielke, máximo guardián del régimen comunista germanoriental durante tres decenios como ministro para la Seguridad del Estado. Fue la figura más siniestra de la República Democrática, de forma que provocó las carcajadas en la Volkskammer cuando, ya despojado de poder en los meses previos a la reunificación, accedió a la tribuna de la Cámara y afirmó en un senil discurso: “De verdad que yo amo a todo, todo el mundo”. La frase se hizo célebre.

 

Mielke, conocido por su mal carácter y por el despotismo con el que trataba a sus subordinados, fue el organizador de la Stasi y su timonel entre 1957 y 1989. Creó una poderosa organización que contaba con un hospital para su personal, una caja de ahorros y un equipo de fútbol de primera división, el FC Dynamo. El equipo estaba presidido por Mielke, un apasionado por este deporte, que no dudaba en amañar partidos y sobornar árbitros. Incluso se le implica en el asesinato, camuflado como accidente de tráfico, de un jugador del Dynamo que se pasó a un equipo occidental aprovechando un desplazamiento deportivo a la RFA. La residencia oficial de Mielke en el complejo de la Normannenstraße está abierta al público como Stasimuseum. Sobre el funcionamiento de la Stasi y el control del Estado que operaba existe una exposición en el centro de información y documentación del comisionado federal para los archivos del servicio de seguridad del Estado de la antigua RDA, en el centro de Berlín (Mauerstraße 38).

 

El temido “submarino”

 



 

El Dynamo tenía su campo en el Sportforum del barrio de Hohenschönhausen, entre las calles Weißenseer Weg y Konrad Wolf, ahora disponible para diversas entidades deportivas de la zona. Hohenschönhausen no sólo acogía el preferido momento de diversión de Mielke, sino también su “cámara de tortura”. El nombre del barrio ha quedado como sinónimo del tormento que la Stasi aplicó a los opositores del régimen en lo que fue la prisión preventiva central de los servicios de seguridad de la RDA. El Gedenkstätte Hohenschönhausen (2) es una conveniente meta para conocer la cara más oscura de la dictadura comunista. Cuando una mañana de sábado me desplacé hasta la Genslerstraße sabía que no iba a pasar unas horas placenteras, pero la visita guiada por el interior de la antigua prisión resultó más espeluznante de lo que imaginaba. Tras atravesar la alta tapia exterior, completada con torretas de vigilancia, el recorrido siguió por siniestros pasillos e incluyó un descenso a los sótanos, donde se encontraba el temido “submarino”, un ala de celdas sin ventanas para el castigo de los detenidos: habitáculos oscuros y húmedos, donde en ocasiones se embalsaba agua fría hasta la altura del tobillo y se derramaban persistentemente gotas sobre cuerpos que tiritaban sin descanso. Los largos interrogatorios se llevaban a cabo en dos habitaciones herméticas, recubiertas de superficies de caucho para ahogar cualquier grito. Todo estaba pensado para la desmoralización de los detenidos, que aislados y sin ver la luz del día perdían todo el sentido de la orientación y del tiempo. El “sistema Hohenschönhausen” fue una perversa cima de la evolución de la tortura en Europa.

 

La instalación comenzó como fábrica en 1910. El Tercer Reich la compró en 1938 para emplazar una cocina central desde la que abastecer comida a diversas instituciones. En 1945 los soviéticos la transformaron en centro de internamiento para criminales de guerra, y luego en prisión preventiva en la que encerraron a los enemigos políticos, no sólo antiguos nazis, sino también a militantes democráticos e incluso a comunistas y oficiales del Ejército Rojo “desviados”. Más de veinte mil personas pasaron por las manos de los carceleros soviéticos y se estima que el número de muertos pudo llegar hasta los tres mil. Se desconoce el total de disidentes que después fueron llevados a Hohenschönhausen desde que la cárcel pasó a depender de la RDA en 1950. El secretismo con que actuó la Stasi y el aislamiento de la prisión, rodeada de un perímetro de exclusión al que sólo tenía acceso personal autorizado –el centro era como el corazón de una cebolla de capas de controles y barreras–, dificultó cualquier cómputo.

 

La perversidad de Hohenschönhausen (Bonitas Casas de Arriba) está también en su bello significado. Incluso históricamente se había bromeado con un juego de palabras sobre la clase adinerada que había comenzado a asentarse en sus villas a comienzos del siglo XX (donde "die Hohen schön hausen", “los altos bien viven”). Parte de ese macabro contraste son los despachos a los que se entra después de haber descendido a las celdas: papeles pintados con flores decoran las paredes de las oficinas de los funcionarios, con su decente mobiliario funcional de formica clara. La burocracia fue en la segunda dictadura alemana tan aséptica en sus funciones criminales como lo había sido en la primera. Todo ofrece la apariencia de estar como fue dejado en 1989, incluso en algún lugar cuelga un calendario de ese año, como un reloj que marca el tiempo parado. No obstante, antes de abandonar Hohenschönhausen a comienzos de 1990, la Stasi aún tuvo tiempo de “humanizar” rápidamente su “camara de los horrores” y llegó a llenar de trastos las celdas de caucho de las torturas para hacerlas pasar por almacenes de muebles. No quedó rastro, por ejemplo, de un posible cañón de rayos X que sí fue hallado en otra prisión de la Stasi, camuflado tras la silla en la que los detenidos debían sentarse para ser fotografiados. Varios antiguos prisioneros murieron después de cáncer, entre ellos el escritor y psicólogo Jürgen Fuchs, que pasó una larga temporada en Hohenschönhausen.

 

Cementerio de comunistas

 

Escasas pruebas quedaron para poder culpar a Mielke, al que sólo se le pudo enviar a la cárcel por el asesinato de dos policías en Berlín ocurrido demasiado tiempo atrás, en 1931. Debido a su avanzada edad y su delicada salud, únicamente pasó dos años en prisión. Murió en 2000 y fue enterrado en el Gedenkstätte der Sozialisten, donde también fue conducido Markus Wolf en 2006 y donde reposan los restos de la plana mayor de los comunistas germanorientales. Se trata de un rincón del Zentralfriedhof Friedrichsfelde (3), donde anualmente acuden cientos de manifestantes con sus banderas rojas. El domingo más próximo al 15 de enero, en recuerdo de la fecha del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, ocurrido en 1919, tiene lugar el desfile “Zu Karl und Rosa”. En los tiempos de la RDA la convocatoria era obligatoria para los cuadros del partido y cuantos quisieran hacer carrera en el Estado comunista. La gerontocracia comenzaba la marcha a las nueve de la mañana en la estación de la Frankfurter Allee y cubría los casi dos kilómetros con canciones bien extemporáneas, viniendo además de personas que habían superado la edad de la jubilación. “Me parecía divertido que los setentones, juntos y desde el más profundo convencimiento, cantaran: Somos la joven guar-di-a del pro-le-ta-ri-a-do”, ironiza Klaus Taubert, ex directivo de la agencia de noticias de la RDA en sus memorias, Generation Fußnote (“generación pie de página” alude a una expresión luego muy repetida del escritor germanoriental Stefan Heym, quien en 1990 predijo que “de la RDA no quedará nada más que una nota a pie de página en la historia universal”). A la marcha acuden hoy sólo los nostálgicos y una representación de Die Linke, que presta cuidadosamente más tributo a los comunistas previos a la dictadura que a los difuntos líderes del SED.

 



 

El cementerio municipal se creó en 1881 para obreros y demás población sin recursos. Los cuerpos de Liebknecht y Luxemburg, cofundadores del KPD, fueron trasladados allí y como homenaje Mies van der Rohe erigió en 1924 su conocido Gedenkstätte der Sozialisten, un monumento de ladrillo oscuro compuesto en diferentes planos y decorado con la hoz y el martillo sobre una estrella de cinco puntas. El monumento resultó destruido en 1935 por los nazis y en 1951 la RDA levantó otro más sencillo en la entrada del cementerio. En esta parte del Zentralfriedhof Friedrichsfelde también se guarda la memoria de Ernst Thälmann y otros líderes de izquierda muertos en campos de concentración, y se agrupan las sepulturas de prominentes dirigentes del SED, como Wilhelm Pieck y Walter Ulbricht. Fuera de esta zona, una de las tumbas más artísticas, que presenta unas manos maternales abrazando a un niño, es la creada en 1936 por Käthe Kollwitz para su hermano; la propia artista también fue enterrada aquí en 1945.

 

Orgullo de los Ossies

 

El barrio de Friedrichsfelde pasaba por ser a finales del siglo XIX el “Charlottenburg del este”, a decir de Fontane, por el sosegado entorno de palacio y villas de uno de sus rincones. El Schloss Friedrichsfelde fue construido en 1695, y sus extensos jardines quedaron convertidos en 1954 en el Tierpark (4), el zoo que la RDA erigió en su capital porque el Zoologischer Garten había quedado en Berlín-Oeste. Con ciento sesenta hectáreas, el Tierpark es uno de los zoológicos más grandes del mundo, lo que para los Ossies supone uno de los poco motivos de orgullo al que aún pueden seguir entregándose sin ninguna mala conciencia, propia o impuesta. Debido a la trabajosa interacción entre las dos partes de la ciudad, el parque queda para disfrute casi exclusivo del antiguo Berlín-Este. Eso lo convierte en las jornadas de domingo en un idóneo observatorio de la progresión de la sociedad germanoriental, en aspectos como la evolución de su vestido, de sus gustos a la mesa, de sus relaciones interpersonales y de su poder adquisitivo.

 

Nada más acceder al Tierpark, los visitantes se topan con un grupo escultórico de diversos animales. Ya quedó dicho que parte del bronce procede de la estatua dedicada a Stalin que en su día desapareció de la Karl-Marx-Allee. No es la única reencarnación. Ante la Alfred-Brehm-Haus, en uno de los extremos del parque, dos leones dan nueva forma a lo que fue la imagen ecuestre del Káiser Guillermo I que había sido erigida frente al portal principal del Berliner Schloss.

 

Caballos al trote junto a la reserva soviética

 



 

A la tranquilidad de Friedrichsfelde le sucede al sur el viejo elitismo de Karlshorst. En tiempos fue el más exquisito emplazamiento del este de Berlín, donde la alta sociedad se encontraba para asistir a las carreras de caballos. La tradición ecuestre llevó a la creación en 1894 de un circuito de carreras con obstáculos. La afición generó en sus inmediaciones el Prinzenviertel, un conjunto de calles en las que las clases pudientes edificaron mansiones de campo con cuadras de caballos. Las fachadas más nobles se alinean en la Üderseestraße. Las carreras al trote del Trabrennbahn Karlshorst (5) se popularizaron especialmente en la década de 1930. De esa época es la tribuna que aún se mantiene en uso en el estadio. La extendida afición hizo que ya en julio de 1945 se reanudaran las carreras, por más que la ciudad aún se hallaba paralizada por el colapso de la guerra. La actividad se prolongó durante toda la era comunista y hoy los caballos siguen saliendo a la pista cada sábado a las dos de la tarde.

 

Los soviéticos, como toda fuerza de ocupación, supieron escoger para sí la mejor zona residencial y reservaron un área de Karlshorst para los cuarteles generales de su administración militar y para las viviendas de sus mandos. El 3 de mayo de 1945 los habitantes de la zona norte del barrio debieron dejar sus casas para que fueran ocupadas por los nuevos amos. Punto central de la colonia soviética fue el ahora Deutsch-Russisches-Museum (6), en la esquina entre la Rheinsteinstraße y la Zwieseler Straße, donde el 8 de mayo de 1945 se firmó la rendición incondicional de Alemania. La sala se ha dejado inalterada y el momento histórico de aquella firma puede seguirse en su escenario real mediante un documental cinematográfico. Desde la reunificación, el museo pretende destacar con diversas exposiciones el sufrimiento común de alemanes y soviéticos durante la guerra, aunque el esfuerzo de fraternidad no soslaya que unos fueron los vencidos y otros los vencedores. El centro tiene una fachada del estilo propio de la época nacionalsocialista, pues fue inaugurado en 1937 como escuela de formación para las Juventudes Hitlerianas. En la inmediata Zwieseler Straße, en un edificio gris que había sido el paraninfo de una escuela militar, estuvo la central de la KGB más grande fuera de la URSS. Por ella pasó Vladimir Putin cuando estuvo destinado en Alemania. El luego presidente ruso guardó de aquella época su dominio del alemán, entre otras habilidades.

 

Plattenbauten de once pisos, “paraíso” vietnamita

 

La reserva soviética de Karlshorst fue de acceso restringido; nunca los mandatarios de los países comunistas hermanos fueron conducidos allí. En sus visitas de Estado, los coches oficiales enfilaban otra ruta, no muy distante: rodaban por la Allee der Kosmonauten para un corto paseo de muestra por Marzahn. Este barrio y el de Hellersdorf, en el límite este de Berlín, eran la plasmación del socialismo real que tanto enorgullecía a Honecker. El crecimiento de la ciudad en la década de 1970 llevó a la rápida construcción de Plattenbauten, torres de pisos de planchas prefabricadas que normalmente alcanzaban las once plantas. En las zonas rurales de Marzahn vivían en 1945 apenas unas mil personas. A finales de 1977 se construyó el primer bloque de pisos, y medio año después Honecker entregaría ya la vivienda número mil a una “feliz familia de trabajadores”. En 1981 el cómputo del programa de planificación llegó a la cifra de veinte mil habitáculos. La dictadura comunista puso aquí todo su esfuerzo constructor en detrimento de las necesidades de alojamiento en otras ciudades, de forma que en el resto de la RDA el nombre de Marzahn fue maldito. La ciudad dormitorio fue extendiendo su mancha hacia el este y, si en 1979 se desgajó el distrito de Marzahn, de éste lo hizo en 1986 el de Hellersdorf. Ambos llegaron a sumar unos 250.000 habitantes.

 

Entre la crecida población de estas colmenas, aunque en reducida proporción pues la inmigración en el este de la ciudad ha sido mínima hasta hace poco, están quienes llegaron de Vietnam como mano de obra gracias a las especiales conexiones dentro del bloque comunista. Así, Berlín-Oeste tenía sus turcos, y Berlín-Este sus vietnamitas. Ninguno de los dos grupos tuvo una acogida placentera, pero al menos los turcos, por su mayor número y por la necesidad del discurso multiracial en la RFA, pudieron hacer oír su voz como comunidad; en cambio, los procedentes de Vietnam fueron en muchos sentidos unos parias a los que el fin del comunismo dejó sin salvaguardas oficiales.

 

Para mejorar las condiciones de vivienda de estos distritos, el Senado berlinés procedió a reducir la altura de los Plattenbauten desmontando las estructuras prefabricadas de los pisos superiores. Y eso que para el eminente arquitecto Daniel Libeskind, uno de sus lugares preferidos de Berlín era precisamente Hellersdorf. “Me gusta la luz y la vida que laten allí. Si se viaja allí sin prejuicios se descubre algo del alma contemporánea”, declaró en una entrevista. Un canon estético tan singular como alejado de quienes en su día ponderaron Berlín como la “Venecia de Prusia”.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Complejo de la Normannenstraße / Archivos de la Stasi y cámara-botón para espías / Sacos con archivos / Wolf en el mitin de Alexanderplatz (Hubert Link, Bundesarchiv) / Mielke / Muro y torreta de la cárcel de Hohenschöenhausen, celdas (zenzi.org) / Mapa Google / Cementerio de Friedrichsfelde: acto comunista ante el monumento de Mies van der Rohe, 1926 (Bundesarchiv); tumba de Thälmann y otros dirigentes (Jörg Simon) / Trabrennbahn Karlshorst / Sala de la capitulación; 8 de mayo de 1945, con Keitel y Zukov (Bundesarchiv) / Marzahn, 1987 (Hubert Link, Bundesarchiv)

 
 

 

 

Circular por la Karl-Marx-Allee (1) es entrar en la era estanilista. Por el clasicismo soviético de sus catorce bloques de viviendas, y por la estrecha relación que el dictador georgiano guarda con la avenida, denominada Stalinallee hasta 1961. La “primera calle socialista de Alemania”, como fue presentada al mundo, fue trazada bajo la estricta supervisión de Moscú. El Ejército Rojo destrozó los edificios de la hasta entonces Frankfurter Allee durante su dificultoso avance hacia el centro de Berlín –era la vía directa desde la ciudad de Fráncfort del Oder, desde donde se lanzó el grueso de la última ofensiva–, y los mismos soviéticos se encargaron después de propiciar su reconstrucción. Como primer plan urbanístico del Berlín de posguerra, la ampliada avenida, con noventa metros de separación entre ambas hileras de fachadas, se convirtió en ocasión de propaganda sobre el bienestar que el comunismo iba a procurar a sus ciudadanos. Entre 1952 y 1953, la RDA creó aquí más de tres mil pisos, pomposamente publicitados como “viviendas-palacio para obreros”. Un recuerdo de la primera piedra puesta por el Ministerpräsident Otto Grotewohl el 3 de febrero de 1952 queda en la entrada a los números 114-116.

 

Pensada como un regalo a Stalin y bautizada ya en 1949 con su nombre, la avenida debía recibir sus primeros inquilinos el 21 de diciembre de 1952, fecha del cumpleaños del morador del Kremlin. Para entonces ya estaba en su pedestal la estatua de bronce del líder del PCUS que adornaba una de las aceras. La figura fue el centro de las multitudinarias ceremonias de duelo que se produjeron un año después con la muerte del gran camarada, y aunque el canon político cambió muy pronto en la URSS, la RDA se permitió prolongar aún durante un tiempo sus reliquias estalinistas. Un día de noviembre de 1961, pocos meses después de haberse levantado el Muro, el bronce desapareció y los letreros de la avenida fueron sustituidos: la denominación de Karl-Marx-Allee, que se había puesto al tramo entre la Alexanderplatz y el comienzo de la Stalinallee en la Strausberger Platz, se extendió hasta la Frankfurter Tor, y a partir de ahí se recuperó el antiguo nombre de Frankfurter Allee.

 

No pude contener la carcajada cuando leí el destino que se había dado a la otrora venerada imagen de Stalin. La estatua se fundió y de ella salió el conjunto escultórico que saluda a los visitantes que llegan al Tierpark, el zoológico de Berlín-Este. Hacía poco que había estado allí y apenas había reparado en el grupo de animales de bronce de la entrada. ¡Cómo podía haber imaginado que aquello era la encarnación del todopoderoso Stalin! ¡Y cómo iban a imaginarse los berlineses que en eso acabaría el “Stalin, amigo, camarada” al que habían loado con una canción del partido durante sus desfiles por la Stalinallee!

 



 

Arquitectura proletaria

 

El culto a la personalidad del líder soviético se convirtió en oficial tan pronto se fundó la RDA en octubre de 1949. Apenas dos meses después, con motivo del septuagésimo cumpleaños de Stalin, éste era saludado por la dirección del SED como “genial maestro y guía” y “estandarte en la lucha por la paz del mundo”. El temor reverencial hacia su persona y gustos hizo que el estilo arquitectónico previsto inicialmente para la Stalinallee cambiara de modo radical, y que el funcionalismo heredero de la Bauhaus con el que ya se habían construido los dos primeros edificios dejara paso al monumentalismo moscovita que caracteriza el paseo.

 

La arquitectura alemana de inmediata posguerra pretendía entroncar con el espíritu innovador que veinte años antes había supuesto el movimiento de la Bauhaus y que el nazismo había segado de cuajo cuando estaba en su momento de floración. Encargados de un proyecto colectivo, Hans Scharoun y Ludmilla Herzenstein habían ideado una moderna ciudad jardín y llevaron a cabo sus dos primeros edificios, situados junto a la Frankfurter Tor (números 102-104 y 126-128 de la Karl-Marx-Allee). Rápidamente condenado ese estilo, los capataces soviéticos los hicieron tapar con una pantalla de álamos (aún hoy siguen tras unos árboles) y forzaron un revisionismo que sería aplaudido por Bertolt Brecht: “la última palabra de la arquitectura burguesa no puede ser la última palabra de la proletaria”. De nada sirvió la consideración de que la mayoría de los maestros de la Bauhaus habían sido de izquierda cuando no directamente vinculados al KPD.

 

Primer rascacielos de posguerra

 

Hermann Henselmann se encargaría de reorientar el proyecto, con la colaboración de Richard Paulick, y sería el autor de los edificios más singulares. Henselmann dio la razón a Brecht y asumió, en una autocrítica propia de las purgas estalinistas, que la actividad de “construir para millones de hombres debe partir de las representaciones estéticas, emocionales y de gusto de esos millones de hombres sencillos, y no de que yo acaso les infiera cultura”. Y como que la construcción para la “nueva dirigente clase trabajadora” debía comenzar “no con tres millones de casas unifamiliares, sino con la construcción de viviendas-palacio”, Henselmann levantó el rascacielos de la Weberwiese (2) (Marchlewskistraße 25), el primero de Berlín tras la guerra. Hoy su altura de 35 metros pasa desapercibida en un entorno poco atractivo. Lo único que realmente remite a aquellos años en los que la disposición de los ladrillos se convertía en ideología misma es la placa que se colocó a su entrada, con una estrofa del poema Canción de la Paz de Brecht, elegida por el propio dramaturgo: “¡Paz en nuestro país! / ¡Paz en nuestra ciudad! / que bien albergue / a los que la han construido!”.

 

El edificio fue dotado de lujos propagandísticos: calefacción central, ascensor, bañeras y una amplia terraza-jardín comunitaria. “¿Podríamos saber cómo son los pisos?”, pregunta la protagonista de la novela Lena in Berlin (1963), de Helmut Meyer. “La sobrina se ríe, abre la puerta de las habitaciones contiguas, enseña el horno eléctrico en la cocina, el baño con azulejos, la habitación de los niños”. Lena y su acompañante se interesan después por el jardín: “La sobrina sube con las mujeres a la terraza superior. Altas paredes acristaladas ofrecen una vista libre sobre todas partes. Anchas bandejas con geranios colgantes, cubos con verdes plantas, cómodos sillones llenan el espacio. ‘Esto nunca lo habría imaginado’, dice Lena realmente maravillada”.

 

En ese nivel de comodidad iban a vivir los trabajadores del socialismo, prometía el Partido: las viviendas-cuartel pertenecían al pasado capitalista. Para reforzar la campaña, que presentaba a toda la clase trabajadora volcada en la reconstrucción nacional, el régimen garantizó una vivienda en la Stalinallee a cuantos voluntariamente invirtieran su tiempo en las tareas de albañilería. Ése fue el caso del vecino que abordé en un portal con ánimo de que me invitara a ver por dentro una de las casas. Mil horas de duro empeño le valieron el título de “activista del trabajo socialista” y el derecho a un piso de 87,5 metros cuadrados con balcón, según me explicó con orgullo. El octogenario, convencido comunista a pesar de los avatares de la historia, mostraba dificultades por su debilidad física para abrir la puerta, pero bramó con fiereza cuando con poco tacto le mencioné el levantamiento de junio de 1953. Precisamente entre los obreros de la Stalinallee, que debían constituir el ejemplo del buen socialista, como sin duda lo fue mi interlocutor, se produjo la primera envestida contra la dictadura. Aquí empezó el 16 de junio de aquel año una revuelta que se extendió al día siguiente por toda la RDA; como las posteriores en otros países de la constelación soviética, fue sofocada con los tanques. “Eso fue obra de provocadores y perturbadores de la paz”, aseguró el anciano, cerrándome el paso de mal humor. No hubo más que hablar.

 



 

Las soflamas de Ehrenburg

 

Fue el primer intento de buscar cobijo en una fría mañana durante la que maldecí varias veces el haberme lanzado a conocer concienzudamente la Karl-Marx-Allee con aquellas temperaturas. Las amplias aceras, con poca actividad comercial que propicie el trasiego de personas, rebotaban de tal manera el gélido viento que preferí pasar largo rato en el Café Ehrenburg (Karl-Marx-Allee 103). El local es uno de los nuevos establecimientos que prueban suerte en una avenida que está llamada a atraer jóvenes moradores. En los primeros años después del Cambio, la fascinación por el poso histórico de la antigua Stalinallee se vio refrenada por la dejadez en que se encontraban las viviendas, pero la profunda rehabilitación de los 2.300 metros de monumento protegido, el más largo del continente, abrió pronto nuevas perspectivas.

 

El Café Ehrenburg no tiene nada de particular. Sólo el nombre, que ya es bastante. De Ilja Ehrenburg, autor de las páginas más extremas de la propaganda de guerra soviética destinadas a alimentar el odio contra Alemania entre el Ejército Rojo, son estas palabras: “No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Sólo cuenta una cosa: los alemanes muertos por ti. Mata al alemán, exige la madre. Mata al alemán, te pide el niño. Mata al alemán, te escribe la madre patria. Si no matas un alemán al día, será para ti un día perdido”. Los excesos de este judío ruso, que pasó los años veinte del pasado siglo exiliado en Berlín, y que luego se sumó con entusiasmo tardío a la Revolución de Octubre, para acabar de amanuense estalinista y aún después de reconvertido revisionista, provocaron un agrio debate cuando se abrió el café. Para la Asociación de Víctimas del Estalinismo, se trataba de una grave ofensa invocar a quien fue “culpable del asesinato de mujeres, niños y ancianos alemanes”. Los promotores del local se justificaron indicando que no les quedaban muchos escritores rusos que elegir, pues los más conocidos ya daban nombre a restaurantes de la ciudad, y que al fin y al cabo Eherenburg pertenecía al contexto que dio origen a la Stalinallee.

 

Una estatua desaparecida

 

En medio de esta refriega, me senté a una mesa para programar mi recorrido. Comenzaría a partir de las torres de la Frankfurter Tor (3), que Hermann Henselmann remató con una copia de las cúpulas de las dos iglesias del Gendarmenmarkt. Luego pasaría junto al busto de Alfred Döblin, quien tuvo aquí su consulta de médico antes de mudarse tras la fama alcanzada con Berlin Alexanderplatz, y por la misma acera llegaría al Kino Kosmos (4). Esta sala de cine y de baile fue la más moderna de la RDA cuando se inauguró en 1962, un año después de que el vuelo espacial del cosmonauta Juri Gagarin provocara una ola de euforia en todo el bloque comunista. Hoy es un multicine, ampliado en salas subterráneas para respetar el catalogado edificio original. Se han conservado en el techo del vestíbulo los aros que simbolizaban las órbitas espaciales de los Soyuz, ovales como la propia sala principal, pero en ésta no se ha mantenido la antigua disposición de las filas de asientos: se ha repuesto la número doce, que en su momento se eliminó para que en la once pudieran estirar sus piernas Ulbricht, Honecker y los demás funcionarios del Partido.

 

Realicé esas visitas y luego, buscando de nuevo el refugio de un lugar bien caldeado, me entretuve mirando libros en la Karl-Marx-Buchhandlung (Karl-Marx-Allee 78). Inaugurada en 1952 como “la primera librería socialista”, fue la tienda de libros más grande y mejor abastecida, a su peculiar manera, de la RDA. Por razones históricas, no porque siga determinando la oferta bibliográfica, el nombre continúa en la fachada, aunque las dimensiones del establecimiento se han visto reducidas. Aquí es donde La vida de los otros (2006) sitúa su última escena, después de que el antiguo oficial de la Stasi haya recorrido la calle echando correo publicitario en los buzones de los portales. Junto a la caja, donde el actor Ulrich Mühe contesta con un “no, es para mí” a la pregunta del dependiente de si le envuelve para regalo la novela “Sonata para un hombre bueno”, estuve ojeando varios libros sobre la Stalinallee y finalmente di con lo que hasta entonces era el motivo inconfesado de mi paseo: un par de fotografías mostraban la desaparecida estatua de Stalin y a pie de página se indicaba su ubicación. ¡O sea que allí al lado, entre la Andreasstraße y la Koppenstraße, en la acera sur de la avenida, había estado el padrecito Stalin! Basta que en un determinado sitio no se coloque una placa recordatoria para que la curiosidad le lleve a uno a un desmedido interés por lo que parece querer ocultarse.

 

Salí de la librería sin preocuparme ahora del frío e inspeccioné el lugar. El antiguo honor que se había dado al emplazamiento es reconocible por tres pequeños estanques situados junto al paso de los viandantes. En la parte interior había habido una pequeña explanada con el monumento. El conjunto se completaba con la Deutsche Sporthalle que existía en la acera de enfrente y que también rompía la continuidad de las fachadas de la avenida. Este palacio de deportes, obra de Richard Paulick, tenía por objeto dotar a Berlín-Este de un amplio polideportivo, ya que la tradicional instalación de este tipo que había tenido la ciudad, el Sportpalast, había quedado en Berlín-Oeste. La Deutsche Sporthalle se levantó en poco más de cien días (y apenas duró veinte años) para llegar a tiempo a los III Juegos Mundiales de la Juventud y los Estudiantes de 1951, un acontecimiento que el régimen usó como altavoz en la primera ocasión que podía presentar internacionalmente a Berlín como la capital de la RDA.

 

Good Bye, Lenin!

 



 

La Stalinallee tenía su pórtico de entrada en la Strausberger Platz (5). La plaza, con amplia rotonda y fuente central, la custodian dos altos edificios de Henselmann. A él se deben, así, las torres que abrían y cerraban la avenida. Al abordar el paseo, el visitante lee en la fachada de la derecha (Haus des Kindes) unos versos del Fausto de Goethe: “Tal hormigueo quisiera ver / de gente libre en terreno libre”. En la de la izquierda (Haus Berlin), la inscripción proviene una vez más de Brecht: “Pero cuando entonces decidimos / finalmente confiar en nuestras fuerzas / y construir una vida más bella / la lucha y el esfuerzo no nos desalentaron”. Era el espíritu con el que la RDA había levantado la Stalinallee. Según Ulbricht, “las construcciones que nuestros arquitectos están proyectando y llevando a cabo, son construcciones para cientos de años, para un tiempo en el que la única, democrática y pacífica Alemania sea establecida”.

 

En uno de los márgenes de la Strausberger Platz, el desmoronamiento del comunismo respetó un comedido busto de Marx; al fin y al cabo la avenida lleva su nombre. La memoria de Marx, por alemán y anterior al régimen soviético, presentaba menos dificultades para la Alemania reunificada –ya vimos su gran imagen, junto a la de Engels, en el Marx-Engels-Forum– que la de los grandes dirigentes de la URSS. Como tiempo atrás había sucedido con Stalin, también Lenin se vio derribado de pedestal y callejero con la caída del Muro. Al norte de la Strausberger Platz había estado la Leninplatz, de donde arrancaba la Leninallee: una es ahora la Platz der Vereinten Nationen (6) (Plaza de las Naciones Unidas) y la otra ha vuelto a su anterior denominación de Landsberger Allee. Ese adiós a Lenin, tanto el bien concreto de la retirada de su gran estatua, como el más simbólico de la ruptura con el pasado comunista, es el tema de la película Good Bye, Lenin! (2003), una amable comedia sobre el vertiginoso cambio de lo que fue Berlín-Este y la RDA. En el filme aparece el momento en que una grúa recoge la imagen del líder de la revolución rusa y se la lleva por las calles ante la mirada sorprendida de la gente. La estatua de Lenin corrió mejor suerte que la de Stalin; no ha sido fundida, sino que se guarda en un almacén de la ciudad, del que quizás un día salga por reclamo de alguna asociación de ciudadanos.

 

El filme Good Bye, Lenin! Lo vi en el Kino Internacional, en el tramo occidental de la Karl-Marx-Allee. El Internacional tomó el testigo de la modernidad germaoriental de manos del Cosmos, del mismo modo como la Stalinallee de los cincuenta había cedido su título de escaparate del régimen al área de la Alexanderplatz de los setenta y ochenta. Fue una sesión de mediodía, al final de la mañana que había dedicado a seguir las huellas de Stalin. La sala guardaba todavía, como encapsulado, el aire de la RDA, por lo que el Internacional era la mejor pantalla donde ver la película. Faltó después sentarse en los sillones del Café Moskau, al otro lado de la calle, pero el local, uno de los más afamados cafés de Berlín-Este, llevaba unos años cerrado, con sus espejos y terciopelos cautivos tras los ventanales, en busca de propietario.

 

Tiergarten del este

 

Lenin nos había llevado a la Platz der Vereinten Nationen, y ahí dejamos ahora la Karl-Marx-Allee para pasar al resto del barrio de Friedrichshain. Éste toma el nombre del Volkspark Friedrichshain (7), creado en 1840 para celebrar el centenario del ascenso al trono de Federico el Grande. Este parque venía a ser el Tiergarten del este, pensado como área de esparcimiento para las clases populares que residían más allá de la Alexanderplatz. El Volkspark Friedrichshain contribuía a rodear el viejo casco urbano de Mitte con superficies verdes, como para rebajar la presión del creciente movimiento obrero. Así, al Tiergarten (oeste) y Hasenheide (sur), se unieron los “paques populares” de Friedichshain (este) y Humboldthain (norte).

 

El Volkspark Friedrichshain se abrió al público en 1848. Ese año se produjeron más de doscientos muertos en las barricadas de la Märzrevolution, la ofensiva de inspiración liberal que sólo consiguió arrancar vagas e incumplidas promesas de la monarquía. Todos ellos fueron enterrados en la parte sur del parque, en el Friedhof der Märzgefallenen, donde esos caídos compartirían después camposanto con las víctimas de la Novemberrevolution de 1918, spartakistas de muerte igualmente infructuosa. No mayor éxito consiguieron los tres mil alemanes que cayeron en la Guerra Civil Española luchando en las Brigadas Internacionales. A ellos la RDA les dedicó un monumento en uno de los accesos al parque desde la Friedenstraße. Es el único que existe en Alemania para los Spanienkämpfer. La escultura muestra a un brigadista con la espada desenvainada, creación de Fritz Cremer.

 

El parque tiene dos colinas que, como otras en Berlín, son artificiales. Bajo ellas se hallan dos búnkers de superficie que se levantaron allí en 1940 para la desfensa antiaérea. Eran tan sólidos que los soviéticos no pudieron destruirlos, así que los hicieron cubrir con escombros de los alrededores. Por ello, la mayor elevación es conocida en el argot berlinés como “Mont Klamott”(monte de los trastos). Aún hoy al llegar a su cima se adivina algún resto de hormigón que la vegetación no ha logrado esconder del todo. Lo más vistoso del Volkspark Friedrichshain, en cualquier caso, es la Märchenbrunnen (Fuente de Cuento), que hace de entrada principal al parque, en su esquina noroeste. Entre 1902 y 1913 el arquitecto Ludwig Hoffmann ideó esa fuente, con creativos surtidores, saltos de agua y personajes de piedra extraidos de fábulas, pensando en los niños del “gris este”, carentes de la ilusión de los cuentos de hadas.

 

Jack el Destripador a la alemana

 

Durante el Kaiserzeit (Tiempo Imperial), período que va desde el último cuarto del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, Friedrichshain fue el reino de la pobreza y la criminalidad. La hoy Ostbahnhof (8) era la estación término de miles de inmigrantes que llegaban de las provincias prusianas del este en busca de las oportunidades de la capital del proclamado Segundo Reich. La llamada entonces Schlesischer Bahnhof constituía el delta en el que se depositaba el alubión del infortunio que traía la crecida corriente de jornaleros del campo empobrecidos, artesanos sin empleo y jóvenes muchachas que desembocaban desde Silesia y otras partes de Ost Preußen. La desventura de las chicas venidas de provincias la cuenta Rudolf Braune en Das Mädchen an der Orga Privat [La muchacha a la Orga Privat] (1930). La joven Erna, que se malganará la vida a las teclas de la máquina de escribir cuya marca menciona el título de la novela, llega a los 19 años a la gran capital en busca de una habitación y de un empleo. No le resultará fácil. En la primera casa en la que entra, cerca de la estación, se encuentra con que la mujer ha puesto el anuncio de alquiler sin el permiso del marido, quien por orgullo se niega a compartir el escaso espacio con un inquilino de pago. “La mujer llora. Los niños juegan bajo la mesa. Erna tiene un mal sabor en la boca, fría es la cocina, triste el piso, amarga la vida en Berlín”, describe la novela.

 

En el número 88 de la Lange Straße vivió Karl Großmann, al que los diarios apodaron “la bestia de la estación de Silesia”. A comienzos de la década de 1920, Großmann se dedicó a procurar la atención de varias prostitutas que merodeaban por la Andreasplatz, a las que asesinó y troceó, aunque sin ganar con ello la fama mundial de su homólogo británico, probablemente porque, a diferencia de Jack el Destripador, su identidad fue conocida y pudo ser apresado. También en la Lange Straße fue detenido en 1906 Friedrich Wilhelm Voigt, el falso capitán cuya historia será contada más adelante; en el número 22 había escondido el botín robado en el famoso golpe que acababa de perpetrar en el Ayuntamiento de Köpenick. Eran tiempos en que la Policía se negaba a patrullar por las calles Lange, Koppen y Singer, todas ellas en el mismo área, si no se hacía en parejas. Era el domicilio social de las Sociedades del Anillo ya presentadas en otro capítulo.

 

Las siniestras calles cambiaron su aspecto con la Segunda Guerra Mundial, pues los bombardeos destruyeron el sesenta por ciento de las casas de Friedrichshain. A adecentar la zona contribuyó el que la capital comunista transformara la Ostbahnhof en la estación central de Berlín-Este. El tramo oriental de la Singerstraße, por ejemplo, se convirtió casi en objeto de culto, ya que en ella se rodó La leyenda de Pablo y Paula (1973), el mayor éxito de público en la RDA de los años setenta, a pesar de la fría acogida que la nomenclatura hizo del entonces atrevido filme de Heiner Carow. La película sitúa a cada lado de la Singerstraße las viviendas de Paul, un hombre infeliz en su matrimonio, y Paula, una madre soltera; sus fortuitos encuentros en la calle derivan en una aventura amorosa.

 

El beso fraterno comunista

 

Desde la estación hasta el Oberbaumbrücke, el artístico puente que cruza a Kreuzberg, la vista del río queda tapada por una sección de 1,3 kilómetros de Muro. Es la East Side Gallery (9), promocionada como la mayor galería de arte al ire libre del mundo. Un total de ciento dieciocho artistas de veintiún países pintaron sus murales a comienzos de 1990, antes de que el Muro fuera retirado de las calles. También el propósito de las autoridades era eliminar este tramo de la Mühlenstraße, pero la East Side Gallery ya había alcanzado renombre internacional y finalmente fue declarada monumento. Su fama atrae turistas de todo el mundo, pero a pesar de ser el segmento más largo del Muro que se ha conservado en su emplazamiento, no es de los más significativos. En primer lugar, porque no era propiamente la frontera, pues Berlín-Oeste no comenzaba sino al otro lado del río; segundo, porque los graffitis constituyen una artificiosidad que desdibujan la gris historia: el Muro original sólo tuvo pintadas en su cara occidental, nunca en la oriental.

 

Admito que estas palabras traslucen una cierta animadversión hacia la East Side Gallery, que es directamente proporcional al entusiasmo que muestran algunos turistas de fin de semana pensando que con una foto de este lugar ya han captado la perversidad histórica del Muro. Como cicerone, prefería primero llevar a amigos y conocidos a la Bernauer Straße y a la Niederkirchnerstraße. De todos modos, una de las visitas a la East Side Gallery tuvo su compensación al coincidir con el momento en que los artistas del proyecto original regresaron a Berlín para restaurar sus obras diez años después. Ignasi Blanch, el único español que participó en la iniciativa, estaba en esa ocasión repasando las grandes letras del título en catalán de su mural, Parlo d’amor. No muy lejos, el ruso Valeri Vrubel repintaba la imagen más conocida de todas, el Bruderkuss (beso fraterno), copiado de una fotografía histórica en la que Breznev y Honecker juntaban sus labios a la manera eslava, un embarazoso protocolo del Bloque del Este. También reproducido en muchas postales aparece el mural que muestra un Trabi atravesando el Muro, de Birgit Kindler.

 

El puente más pintoresco

 



 

El Oberbaumbrücke (10) es el puente más pintoresco de Berlín. El ladrillo visto, su líneas góticas y su estructura de dos torreones centrales a modo de portal son propios de las antiguas construcciones de la Marca de Brandemburgo, sin embargo no data en realidad de la Edad Media sino de 1896. Su finalización permitiría la entrada en servicio en 1902 de la línea uno del metro, la primera de la ciudad, que termina su recorrido elevado una parada más allá, en la Warschauer Straße. Fue erigido en el punto del río en el que antaño los aduaneros tendían una barrera de troncos de árbol (Baum) para impedir por la noche el paso de embarcaciones. Era la aduana superior (ober), cuando el curso del Spree llegaba a las cercanías de la ciudad amurallada de Berlín-Kölln. Río abajo se encontraba el Unterbaum, en la zona del Spreebogen donde está el puente de Santiago Calatrava. Hubo, así, un tiempo remoto en el que el Oberbaum servía para controlar las entradas en Berlín; siglos después volvería a actuar de frontera, pero esta vez entre Berlín-Este y Berlín-Oeste. Cuando la ciudad quedó dividida, el Oberbaumbrücke fue cortado al tráfico y la línea uno del metro tuvo su término en la penúltima estación, la de Schlesisches Tor. El puente, todo él en territorio de la RDA, permitía sólo el paso a pie de los berlineses occidentales autorizados en el control fronterizo.

 

Reconectada la ciudad, se diría que el Oberbaumbrücke sirvió para que parte del ambiente alternativo de Kreuzberg emigrara a Friedrichshain, especialmente en el espacio entre las estaciones de la Warschauer Straße (S-Bahn) y de la Samariterstraße (U-Bahn). Primero fue el movimiento okupa, aprovechando las vacías casas de este rincón de Berlín-Este, luego prosperaría el tono más tranquilo de los cafés y restaurantes de la Simon-Dach-Straße y del mercado de la Boxhagener Platz, o Boxi, como la llaman sus vecinos. De esta forma, el barrio de Friedrichshain se ha sumado al Berlín de moda. Más allá sólo queda el “tiefer Ost”, el “este profundo”.

 

 © Emili J.  Blasco

 

[Imágenes: Frankfurter Tor (Sesalo) / Concentración por la muerte de Stalin ante su estatua, 1953 (Günter Weiss y Klein, Bundesarchiv) / Rascacielos de la Weberwiese / Perspectiva de la Karl-Marx-Allee (Achim Raschka / Mapa Google / Librería Karl Marx (Cryffindor) / Sello con la desaparecida Deutsche Sporthalle / Strausberger Platz (Gryffindor) / Antiguo monumento a Lenin, en 1970 y 1988 (Jürgen Ludwig y Robert Roeske, Bundesarchiv) / Märchenbrunnen del Volkspark Friedrichhain / Murales de la East Side Gallery / Oberbaumbrücke (Sarah Jane)]

 
 

 

 

Prenzlauer Berg se desarrolló fuera de las murallas de Berlín a partir el negocio cervecero. En este terreno elevado (de ahí lo de Berg; la primera parte del nombre viene de que marcaba el camino hacia la localidad de Prenzlau) hubo primero molinos de viento, pero lo rural dejó pronto paso a una actividad más rentable. De las seis fábricas de cerveza que había en 1890, que buscaron aquí amplios espacios para sus sótanos de fermentación y sus naves de producción, Pfefferberg y Schultheiss siguen despachando la bebida, aunque ya no la elaboren. Y el Prater continúa funcionando como popular Biergarten. Restaurantes y Kneipen, como los de la Kollwitzplatz o los próximos a la Wasserturm, han contribuido a mantener el carácter espumoso y alegre de un barrio que tras la reunificación se ha convertido en residencia de bohemios, artistas, intelectuales, estudiantes y periodistas. Ese carácter tradicionalmente abierto se recuperó algo en los últimos tiempos de la RDA, cuando fue lugar de reuniones de la disidencia; a partir de 1989 buena parte de la creatividad alternativa se traspasó aquí desde Kreuzberg.

 

Si ése es el ambiente del corazón de Prenzalauer Berg, cuya aorta es la Schönhauser Allee –“el bulevar del norte”–, su seña de identidad visual son los edificios del Gründerzeit, el tiempo de fundación del Segundo Reich, momento de la unificación alemana (1871). El elemento básico de esa arquitectura es la denominada Mietskaserne, que literalmente significa “cuartel de alquiler”. Se trata de una masa de viviendas que, a partir de la fachada que da a la calle, penetran hacia el interior a través de varios patios conectados, formando alas con pisos adocenados y mal iluminados. En estos alojamientos había una clara jerarquía. En la parte delantera residían trabajadores autónomos que tenían talleres en los patios, oficiales y empleados; en los bloques laterales y traseros habitaban obreros. La degradación también era ornamental: la fachada exterior estaba sólidamente decorada con las estrías de los bloques de piedra y los elaborados dinteles de las ventanas; tras el portal se sucedían verticales rasas sin ningún tipo de ornato.

 

“Temo que no os necesite describir la Mietskaserne. La conocéis todos. Y la mayoría la conocéis también por dentro”, decía Walter Benjamin a los jóvenes berlineses en una de sus composiciones radiofónicas de 1930. Y añadía: “Al decir por dentro, me refiero no sólo simplemente a los pisos y las habitaciones, sino también a los patios, a los tres, cuatro, cinco, incluso seis patios posteriores que tienen las Mietskasernen berlinesas”. Berlín, concluía, “es la mayor ciudad-Mietskaserne de la tierra”. Para Benjamin, existía una clara contradicción entre el espíritu inconformista berlinés y esos cubículos malsanos: “Se dice siempre que los berlineses son tan críticos. Eso es cierto. Saben replicar con rapidez, no se dejan fácilmente engañar, son espabilados. Pero por lo que se refiere a las casas y los pisos en los que viven, se debe decir que a lo largo de un siglo se han dejado embaucar”.

 

El Gründerzeit del Segundo Reich

 

La vivienda-cuartel sirvió de catalizador del movimiento obrero. Si la última muralla de la ciudad la hizo levantar el Rey Soldado a mediados del siglo XVIII para dominar mejor posibles revueltas, cuando ésta se derribó en 1868 el peligro se puso inconscientemente a las puertas del poder con la creación del Anillo Guillermino, la sucesión de Mietskasernen que unía los barrios de Wedding, Prenzlauer Berg, Friedrichshain y Kreuzberg, rodeando el núcleo histórico de Mitte. Y eso a pesar de que la Policía pensó que encerrando a las clases populares en cortiles las podría controlar más fácilmente. En 1861 se incorporaron oficialmente a la ciudad Wedding, Moabit y Gesundbrunnen, así como el norte de Schöneberg y de Tempelhof. “Quien ha visto Berlín hace diez años, no la reconocería hoy”, observó entonces Karl Marx acerca de la ciudad en la que había estudiado. En apenas diez años, la población de Berlín llegaría a los 850.000 habitantes registrados en 1871, en un crecimiento exponencial que a partir de esta fecha se desbocaría hasta comienzos del siglo XX.

 



 

La creación del Segundo Reich el 18 de enero de 1871, con la capitalidad absoluta de Berlín, provocó una oleada de inmigración. En ese Gründerzeit, Berlín se veía como tierra de oportunidades. Y realmente lo era. Emil Rathenau habló de “Chicago del Spree”, por las masas que llegaban a Berlín, aunque también por la delincuencia que se generó. Las sinergias de la unificación de los distintos Estados alemanes obrada por Bismarck catapultó a metrópoli mundial lo que era la capital más o menos provinciana de Prusia. Fueron los años de la expansión de la gran industria alemana (Siemens, AEG), de la aparición de los grandes almacenes (Wertheim, KaDeWe) y hoteles de lujo (Adlon, Excelsior), de la puesta en marcha del S-Bahn... Berlín explotaba y el plan urbanístico diseñado por James Hobrecht en 1862, que se inspiraba en la ampliación de París, quedó desvirtuado por la especulación y la necesidad de dar rápido acomodo a las masas que llegaban. El Gründerzeit tuvo en 1873 su Gründerkrach, un hundimiento de la Bolsa que provocó la ruina de muchas familias y dejó aún más en la intemperie a los estamentos obreros. Las dificultades en el pago del alquiler llevaron a la creación en las viviendas-cuartel de la Berliner Zimmer, una habitación creada para aprovechar esquinas, con una sola ventana y como único espacio para una familia. También se extendió la práctica de alquilar algún rincón de la casa para que por la noche durmiera gente sin domicilio y de que las camas fueran compartidas por el día por obreros con turno nocturno.

 

Fotografiar una única calle

 

“Quiere alguien saber cómo parece la nueva ciudad”, advirtió Alfred Döblin en 1928 en un volumen de vistas de la capital, “no necesita más que recorrer una única calle del oeste, norte o sur, no se requiere más que fotografiar una única calle, Berlín se lo ha puesto cómodo a los fotógrafos: el 95 por ciento de todas las demás calles parecen lo mismo. Una casa es como la otra, todo la enorme hilera de la calle es una Mietskaserne sin rostro junto a otra también sin rostro”. En 1900, Alfred Kerr había considerado que las casas del nuevo oeste de la ciudad, alrededor de la Ku’damm, “representan la cumbre de la perfección en el continente. París, la medida en Europa para todo lo que es bueno y caro, en esto se queda por detrás de Berlín. Ascensor, calefacción central, luz eléctrica y baño”. “Lo que le falta al norte –añadía, refiriéndose a los barrios obreros– no son buenas viviendas, sino viviendas mismas”.

 

Todo eso está en la piel de Prenzlauer Berg, que fue uno de los barrios menos destruidos en la Segunda Guerra Mundial y por tanto cuyas calles muestran bastante el aspecto que tuvieron desde su creación. Una de ellas es la Husemannstraße (1), que la RDA restauró en 1987 con motivo del 750 aniversario de la ciudad. La convirtió en una especie de parque temático del Berlín de finales del XIX, con mobiliario urbano y tiendas de época y con un museo en el número 12 decorado como la casa de una familia obrera (Museum Berliner Arbeiterleben). La RDA cuidó de la Husemannstraße, pero se desentendió del resto, de manera que hasta que se produjo el Cambio muchas de las viviendas siguieron con la escasas comodidades con las que fueron construidas: calentadas con carbón, sin baño y con un lavabo comunitario compartido por los vecinos. Aunque muchas Mietskasernen ya se han renovado, no hay nada como husmear personalmente por cuantos portales se encuentren abiertos allí donde la mugre indique la presencia de algún fósil del Gründerzeit. Y hay que obrar con descaro, que es el modo berlinés, sin temor a que nadie nos dé el alto.

 

Cervecerías con tradición

 

Pero como al principio era la cerveza, según queda dicho, habrá que iniciar el recorrido por Prenzlauer Berg tomando un par de ellas. Al poco de ascender por la Schönhauser Allee está Pfefferberg (2). Fue la primera fábrica de cerveza (Brauerei) en el barrio, fundada en 1841 por Karl Pfeffer. Desde hace tiempo abre como Biergarten, un tanto alternativo, en un anterior jardín elevado de la finca. El jardín tiene un balcón sobre la calle, al que uno puede encaramarse para ver pasar a los grupos que suben a Prenzlauer Berg para cenar o tomar unas copas. Casi enfrente queda la antigua Königstadt-Brauerei (entre las calles Saarbrücker y Straßburger), cuyas paredes acogen ahora un aséptico centro de actividades juveniles.

 

La gran rehabilitación de una vieja factoría de cerveza, sin embargo, es la obrada en lo que fueron las instalaciones de Schultheiss, unas de las mayores de su género. La industria, en la esquina Schönhauser Allee/Sredzkistraße, fue creada por Jobst Schultheiss, quien con compras y fusiones (adquirió, por ejemplo, Pfefferberg) se entronizó como el magnate cervecero de Berlín. La marca sigue vendiéndose, con sus tradicionales letras góticas y el dibujo del Berliner Schultheiss, título que recibía el encargado del orden de la ciudad en la época medieval, al que la compañía recurrió aprovechando el apellido de su dueño. La Schultheiss-Brauerei funcionó hasta 1967. En 2000 se recuperó todo el entorno como KulturBrauerei (3), un multicentro cultural dotado de cines, pequeños teatros, salas de exposiciones, restaurantes y, naturalmente, tascas de cerveza. La visita es muy útil si se quiere apreciar la arquitectura industrial de finales del siglo XIX: calles adoquinadas entre pabellones de ladrillo visto, arcos que unen diferentes estancias, portales para el acceso de carros tirados por caballos, una alta chimenea... “¡Qué laberinto de muros!”, hace exclamar Günter Grass al protagonista de su novela Es cuento largo (1995) al recorrer esta ciudadela. Letreros en cada edificio dan cuenta de aquellos viejos usos: cantina para los obreros, zona de embotellamiento de la cerveza, lugar de carga de las carretas para la distribución del producto, establos para los animales (curiosamente, en pisos superiores) y oficinas administrativas. En verano las callejuelas de este pequeño poblado se llenan de mesas y bancos corridos para tomar cerveza, acompañada de salchichas, y seguir algunas actuaciones al aire libre.

 



 

Cuando Schultheiss se hizo con Pfefferberg adquirió también en la compra el Prater (4) (Kastanienallee 7-9), que desde 1852 funcionaba como uno de los más frecuentados Biengarten de la ciudad, especialmente apetecido por las clases populares. Fue meta predilecta de excursiones extramuros, en largas jornadas de domingo en las que el Prater ofrecía divertimentos como combates de boxeo, canto de coros, teatro de verano y operetas. El movimiento obrero lo tuvo como remanso de descanso y alimento ideológico; las arengas de Rosa Luxemburg y otros líderes reactivaban los ánimos para una nueva semana en las fábricas. El Prater se dice el Biergarten más antiguo de Berlín y revive continuamente su historia, en una Kastanienallee de gran vitalidad. Por ejemplo, los domingos por la noche se siguen organizando en temporada veraniega los Praterbälle, las sesiones de baile que tanto éxito tuvieron antaño.

 

Un restaurante para Clinton

 

El ambiente ahora está sobre todo en la Kollwitzplatz (5) y alrededores. En este corazón de Prenzlauer Berg se pueden encontrar desde locales Schickimicki –término que usan los alemanes para designar lo pijo, aunque lo que se dice pijo, en Berlín no es lo más abundante– hasta antros de lo más radical. También hay sus opciones intermedias. A una de ellas, un restaurante de especialidades alsacianas en la esquina sur de la plaza, acudió el presidente estadounidense Bill Clinton, acompañado por el canciller Schröder, lo que durante semanas provocó un alud de nuevos clientes. Es probable que el canciller le explicara a su huésped –tampoco tendrían mucho más de qué hablar– que en aquel extremo de la Kollwitzplatz había vivido durante más de cincuenta años Käthe Kollwitz, quien tras su muerte en 1945 dio nombre a la plaza. Casada con un médico que atendió al proletariado del barrio, Kollwitz fue con sus dibujos y esculturas la gran artista del obrerismo y de la miseria de la guerra. Un bronce en el centro del jardín de la Kollwitzplatz está dedicado a ella. Por más que su memoria fue especialmente cultivada por la RDA, una notable cantidad de sus obras se recogieron en un museo de Berlín-Oeste (Fasanenstraße 24).

 

He de confesar que otros colegas y yo también fuimos en pos de la estela de Clinton, y que en el restaurante en que estuvo inquirimos por la mesa que había ocupado y por el menú que se le había servido. Nuestro lugar preferido, sin embargo, no era esta esquina, sino la que da a la Wasserturm (6) (Torre del Agua), a un centenar de metros e igualmente bien surtida de restaurantes (Knackstraße/Rykestraße). La gruesa construcción circular se plantó en 1855 en el punto más alto de la colina para remontar hasta allí cauce del Spree y luego canalizarlo a las partes bajas de la ciudad. En su sótano se abrió la popular bodega Dicker Hermann, que luego las SA utilizaron como escondrijo para torturas. La presencia de camisas pardas no impidió que a dos pasos de allí siguieran celebrándose hasta 1940, en una rara excepción, las ceremonias litúrgicas de la sinagoga de la Rykestraße (7). Agazapado tras un patio y rodeado de viviendas, el templo se libró de la quema de la Kristallnacht, aunque los profanadores destruyeron el rollo de la Torá. Fue el único templo mosaico en funcionamiento en Berlín-Este y ahora es el mayor de toda Alemania.

 

Luz especial en el cementerio judío

 

De la herencia judía habla sobre todo el Jüdischer Friedhof (8) de la Schönhauser Allee, un lugar mágico. “A este cementerio no se debe ir en tiempo nuboso. No debe ser crepúsculo ni haber ninguna lluvia. El sol debe radiar. Lo mejor es ir en temprano verano, cuando se saborea en el propio cuerpo qué cálido y luminoso puede ser tras un invierno y una primavera lluviosos”, advertía el escritor germanoriental Heinz Knobloch en 1970. “En ese cementerio no luce el sol. Lo esconden las copas de los árboles y los miles de jóvenes troncos y retoños que crecen de las descompuestas sepulturas, salvajes entre las derribadas y destrozadas lápidas, usuradas por la hiedra”. Quizá se trate de una observación exagerada, porque el camposanto no es tan lúgubre como se deduce de esas líneas, pero sí es cierto que cuando el sol del verano se filtra entre las hojas de los árboles se crea una atmósfera única que tinta de sepia el aire que envuelve las envejecidas tumbas. “En tales días –concluía Knobloch– se debe ir al cementerio judío de la Schönhauser Allee”.

 



 

Nada más traspasar la verja, mientras el visitante se pone sobre su cabeza, como signo de respeto, la Kipá judía que se le presta a la entrada –sólo los hombres necesitan ese atuendo, no las mujeres–, se encuentra la siguiente inscripción: “Aquí estás de pie en silencio, pero cuando te vuelvas no te calles”. Es una apelación a no permanecer de brazos cruzados ante el odio racial o la discriminación, con el fin de que no vuelvan a producirse más holocaustos. En el KZ Theresienstadt, por ejemplo, murieron la mayor parte de los ocupantes del edificio adyacente, que hasta 1942 fue una residencia de ancianos judíos, y tras la guerra se convirtió en una comisaría de Policía. Si bien la comunidad judía ha reclamado la restitución del inmueble, tampoco le ha venido mal esa tan estrecha custodia policial para evitar actos vandálicos.

 

El cementerio fue inaugurado en 1827, fuera de los límites de Berlín, cuando quedó pequeño el de la Große Hamburger Straße. Saturado en 1880, aún hubo después enterramientos para miembros de familias allí sepultadas. Fue el caso del compositor musical Giacomo Meyerbeer, del editor Leopold Ullstein y del pintor Max Liebermann. El entierro de éste se produjo en 1935, cuando los nazis ya habían profonado el lugar. En el cortejo apenas hubo asistentes; ni siquiera acudieron representantes de la ciudad, de la que Liebermann era ciudadano de honor. Su féretro fue introducido por un acceso trasero, el Judengang, que da a la Kollwitzstraße. Esa entrada para los judíos, de todos modos, no fue algo impuesto por los nacionalsocialistas, sino por Federico Guillermo III, que consideraba indecoroso que las carrozas reales se toparan en la Schönhauser Allee con algún carruaje mortuorio cuando se dirigían al Palacio de Niederschönhausen.

 

Volvos azules

 

El trayecto que cubría el monarca entre el Berliner Schloss y el Schloss Niederschönhausen, en el barrio de Pankow, era el mismo que seguirían los volvos azules oficiales de la RDA entre el Palast der Republik y la residencia de invitados del Estado: origen y final eran los mismos. Cuando la comitiva comunista enfilaba la Schönhauser Allee y llegaba a la doble estación que lleva ese nombre, donde se cruzan las líneas del S-Bahn y del U-Bahn, era el momento de mostrar con orgullo a los visitantes la vitalidad de la zona. El cruce fue protagonista de la película Berlin Ecke Schönhauser [Berlín esquina Schönhauser] (1957), de gran éxito en la República Democrática. Uno de los últimos huéspedes en realizar el recorrido fue Mijail Gorbachov. Por suerte para los anfitriones, la Gethsemane-Kirche, una manzana más allá, no quedaba a la vista. El templo fue en los meses previos a la caída del Muro uno de los focos de protesta de la oposición democratizadora. El 7 y 8 de octubre de 1989, días de la presencia del último mandatario soviético en Berlín, la Policía cargó con brutalidad contra los congregados, como rememora una escultura en el jardín de la iglesia.

 

El Schloss Niederschönhausen, al norte del plano, es un edificio de modestas ambiciones con una espléndida escalera interior. Tiene su origen en el siglo XVI: Federico II se lo regaló en 1740 a su esposa, quien durante cincuenta años viviría en él y no en Potsdam con su marido. Entre 1949 y 1960 fue la sede del primer y único presidente de la RDA, Wilhelm Pieck. Después se transformó en residencia para las visitas de Estado. Todos los caudillos del este de Europa descansaron en sus habitaciones; también Fidel Castro, que gustaba perderse por las tascas de este barrio de Pankow, según se asegura. En los últimos meses de la RDA acogió las convocatorias de la Mesa Redonda que reunía a las distintos foros y fuerzas políticas que preparaban las primeras elecciones democráticas. Igualmente fue marco de las negociaciones Dos más Cuatro, en las que los ministros de Exteriores de los Estados alemanes y de las potencias que ganaron la Segunda Guerra Mundial resolvieron el encaje internacional de una Alemania reunificada.

 

La “pequeña ciudad” prohibida

 

Desplazarse hasta aquí sólo merece la pena para los interesados en el turismo político, por más que el Schlosspark, atravesado por el riachuelo del Panke, ofrezca la posibilidad de un sosegado paseo. Y no tanto por seguir las pisadas de Gorbachov o Castro, como por ver con ojos propios el entorno en el que vivieron los capitostes de la RDA en los tiempos de la fundación del “Estado de trabajadores y campesinos”. El Majakowskiring fue domicilio de muchos altos dirigentes comunistas y estuvo cercado por una valla que englobaba también el Palacio de Niederschönhausen y parte de su parque. El recinto, de acceso prohibido para los demás ciudadanos, fue conocido por el pueblo como “Städtchen” (pequeña ciudad).

 

Al Majakowskiring fui varias veces para asistir a conferencias de escritores organizadas por el Taller Literario (literaturWERKstatt berlin) que tras el Cambio había sucedido a la Asociación de Escritores de la RDA. La sede ocupaba la que había sido residencia de Otto Grotewohl, el líder socialdemócrata que aceptó la fusión con los comunistas y obtuvo el premio de ser elevado a Ministerpräsident (Majakowskiring 46/48). La institución se mudó luego a la KulturBrauerei, un lugar menos apartado y a salvo de las reclamaciones del chalet que hacían los herederos del dueño judío que en su día fue expropiado por los nazis.

 



 

Direcciones de Ulbricht y Honecker

 

Sin embargo, la ocasión de patear la “Städtchen” se presentó con la mudanza de uno de mis vecinos, periodista de la Deutsche Welle. Había decidido dejar el piso de alquiler de nuestra Reinhardtstraße y comprarse una casa en el Majakowskiring. Él me proporcionó las otras direcciones que andaba buscando: Wilhelm Pieck vivió en el número 29 de esa calle en forma de anillo, Walter Ulbricht en el 28-30, Erick Honecker en el 58 y Johannes R. Becher, largo tiempo ministro de Cultura, en el 34. Tanto la residencia de Ulbricht como la de Honecker fueron sustituidas por otras edificaciones poco después de que cada uno dejara su puesto al frente de la RDA.

 

Cuando mi vecino se mudó, la zona había perdido ya su carácter de recinto estigmatizado, aunque Egon Krenz, sustituto de Honecker en las postrimerías de la RDA, seguía teniendo ahí su domicilio. En ese tiempo había ingresado en prisión por una tardía sentencia sobre la muerte de fugitivos que intentaron atravesar el Muro. También residía la anciana viuda de Ulbricht. La clausura de la zona se había levantado en la década de 1970, después de que el primer rango de mandatarios germanorientales, con Honecker a la cabeza, se trasladara a vivir a Wandlitz, fuera de Berlín. Mi vecino no hacía ascos de lacras históricas y seguía a muchos otros nuevos berlineses que, llegados con la reinstauración de la capitalidad y cansados ya de una primera experiencia en Mitte o en Prenzlauer Berg, buscaban lugares más idílicos en lo que tradicionalmente habían sido barrios residenciales. Ya muchas de las embajadas ante la RDA habían situado aquí las residencias de sus diplomáticos, no por estar cerca de la élite comunista, sino porque ésta había sabido elegir bien.

 

Puño izquierdo en guardia

 

Con el cambio del Majakowskiring por el pueblo de Wandlitz, los coches oficiales del Gobierno y del Partido dejaron de circular por la Schönhauser Allee para hacerlo por la Greifswalder Straße. Como Honecker la recorría todos los días, decidió embellecerla a su modo, de forma que a uno de sus lados mandó situar el Thälmann-Park (9). Éste se inauguró en 1986 con motivo del centenario del nacimiento de Ernst Thälmann, líder del KPD desde 1925 hasta su ejecución en el KZ Buchenwald en 1944. Thälmann había sido detenido en la redada anticomunista que realizaron los nazis nada más incendiarse el Reichstag y pasó de prisión en prisión hasta su muerte. Como los demás comunistas, sufrió el desamparo que supuso el pacto entre Hitler y Stalin para la invasión de Polonia, y como jefe del partido quizá también padeció una premeditada falta de auxilio, pues siempre ha existido la controversia sobre la posibilidad que tuvo Stalin de lograr su rescate. Tal vez esa mala conciencia llevó a una especial glorificación posterior de Thälmann, a quien la DEFA le dedicó su mayor proyecto cinematográfico con el rodaje de dos películas, Sohn seiner Klasse (1954) y Führer seiner Klasse (1955) [Hijo y guía de su clase], ambas dirigidas por Kurt Maetzig. Según la propaganda comunista, el guión fue escrito por el entonces líder de la RDA, Walter Ulbricht. El catálogo del Museo de Cine de Berlín las define como “una mezcla del cine monumental de Hollywood y de la estética fílmica del Tercer Reich”. La verdad es que las cuatro horas y dieciocho minutos que en total duran las dos entregas sólo es apto para los aficionados al masoquismo histórico. La explanada de la plaza adoquinada está presidida por un gigantesto busto de Thälmann, con el puño izquierdo en guardia, sobre el fondo de una bandera al viento, obra del soviético Lew Kerbel.

 

Honecker no sólo adornó la Greifswalder Straße con el Thälmann-Park. A la altura del cruce con las vías del S-Bahn hizo construir una mole de viviendas para diez mil personas, justo enfrente de varios ejemplos de casas levantadas en la década de 1920 con las ideas reformistas de la Bauhaus. Para el comunismo oficial, estas edificaciones, que con su propósito de “aire, luz y sol” contienen jardines interiores, suponían degradar al proletariado a la condición de “pequeño jardinero”. La clase trabajadora requería de la monumentalidad de las torres de pisos de los Plattenbauten, acorde con su épica misión en el Estado socialista.

 



 

El mayor cementerio judío de Europa

 

“Acuérdate, Eterno, de lo que nos sucede”. Como inscripción a la entrada de un cementerio podría ser una llamada de ultratumba acerca de la futilidad de la existencia terrena. Pero a la puerta del Jüdischer Friedhof (10) de Weißensee esas palabras no tienen un significado genérico sino histórico. Son la invitación a no olvidar el Holocausto. Con sus cuarenta hectáreas, este cementerio judío es el mayor de Berlín y se asegura que también es el más grande de Europa. A él se entra por la Herbert-Baum-Straße. Herbert Baum, su esposa Marianne y otros veintiséis camaradas, la mayoría de entre 19 y 23 años, fueron ejecutados tras la osadía de prender fuego en 1942 a una parte de la exposición “El paraíso soviético”, que los nazis organizaron en el Lustgarten para argumentar ideológicamente la guerra contra la URSS. La acción de este comando comunista de judíos clandestinos se saldó, según reportó Adolf Eichmann a sus superiores, con el fusilamiento de doscientos cincuenta judíos y la deportación de otros tantos a campos de concentración.

 

El archipiélago de los Konzentrationslager y su poder de exterminio se recuerda en la glorieta de acceso al cementerio. Para visitar el recinto lo mejor es solicitar en la caseta de entrada un plano con la ubicación de los principales mausoleos. En él están indicadas, por ejemplo, las tumbas de renombrados judíos como el editor Samuel Fischer, el magnate de la prensa Rudolf Mosse o la familia del escritor Kurt Tucholsky, quien en su poema In Weißensee (1925) evoca un camposanto en el que él no hallaría reposo porque murió en el exilio. El cementerio se sigue utilizando y es probable que con el nuevo incremento de la población judía de Berlín un día quede repleto, como ocurrió con el de la Schönhauser Allee. Cuando éste resultó pequeño, la comunidad judía buscó una nueva ubicación, otra vez fuera de la ciudad, que entretanto había crecido. Los primeros enterramientos en Weißensee se realizaron en 1880. Desde entonces, más de cien mil muertos han recibido aquí sepultura, algunos en homenajes conjuntos. Es el caso de las ochocientas nueve urnas que contienen cenizas de judíos muertos en campos de concentración. También fueron enterrados en Weißensee más de mil doscientas personas que en los años finales del nazismo se suicidaron antes de dejarse atrapar por la Gestapo.

 

En el interior del camposanto, una sección especial habilitada en 1927 tributa honores a los miles de judíos que cayeron en la Primera Guerra Mundial, a la que acudieron como voluntarios para enarbolar la bandera de la que era su Vaterland. Ese patriotismo recibió en su día medallas de reconocimiento, pero serviría de poco con el ascenso del nazismo. Fue la tragedia –una de las tantas que compusieron el sino de los judíos alemanes– de aquellos que, desde hacía generaciones, habían renunciado a parte de sus tradiciones hebreas para aceptar la asimilación cultural. Finalmente se dieron cuenta de que, en un momento de exaltación de la raza, los conceptos de cultura y ciudadanía nada valían ante la primacía de la sangre.

 

Lago Blanco

 

Pero el nombre del barrio de Weißensee evoca en el imaginario histórico berlinés colores más claros. Las orillas del Weißer See (11) (Lago Blanco) fueron pronto lugar de diversión popular, aún antes de que, al otro extremo de la ciudad, se abriera el parque de atracciones del Lunapark junto al Halensee. A finales del siglo XIX había en el Weißer See restauranes, bailes, toboganes, una gran noria y hasta un hipódromo. Hoy no se encuentra mucha más distracción que descansar en la terraza del merendero que hay al borde del agua y contemplar la fuente de surtidores que funciona en medio del lago desde la década de 1970. Nunca, como ahí sentado en una tarde de domingo, tuve tan próxima la sensación de lo que debió de ser el lento paso del tiempo en los años centrales de la RDA, cuando todo se dirigía desde Moscú y la estatua de Stalin presidía la entonces Stalinallee.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Prater / Mietskaserne de la Kastanienallee (Stern) / Estación Schönhauser Alle-Eberswalder Str. / Husemannstraße / Logo de Schultheiss / KulturBrauerei (NetzGo) y como Schultheiss-Brauerei en el pasado / Kollwitzplatz / Wasserturm (Norbert Aepli) / Sinagoga de la Rykestraße / Cementerio judío de la Schönhauser Allee (T. Voekler y Superbass) / Carátula de Berlin Ecke Schönhauser, 1957 / Schloss Niederschönhausen (James Steakley) / Majakowskiring (Marcus Künzel) / Thälmann-Park (Spree Tom) / Carátula de Führer seiner Klasse, 1955 / Mapa Google / Cementerio judío de Weißensee (Mazbln)]

 
 

 

 

En un cuerpo llagado es difícil determinar cuál es la mayor herida. El Muro partió calles, separó familias, se cobró vidas a lo largo de sus 155 kilómetros de longitud. Pero si hubiera que destacar un lugar especialmente significativo de lo que fue la sinrazón de sus planchas de hormigón, sus fosos, alambradas y torres de vigilancia ése es la Bernauer Straße, la mater dolorosa de todas las calles del Muro. Perdida en el límite norte del centro de la ciudad, se vió envuelta de súbito en algunas de las escenas más dramáticas de la capital dividida, en un sufrimiento que ha dejado para siempre sus marcas. En la Bernauer Straße hubo al principio gente que se arrojó por las ventanas al vacío de la libertad. Cuando esas aberturas fueron barradas con espinos aún cupo que los vecinos se comunicaran con sus familiares que acudían a las aceras, por lo que pronto fueron tapiadas. Incluso entonces hubo una vía de escape a través de un túnel trabajosamente arañado en el subsuelo. Decididos a no dejar ni un resquicio por el que se pudiera respirar, los comunistas demolieron las mismas viviendas y todo lo que se encontraba en la “franja de la muerte”. Esa franja es hoy perceptible en el amplio espacio vacío de zona verde que recorre el lado sur de la Bernauer Straße.

 

Las imágenes de la Bernauer Straße dieron la vuelta al mundo. Probablemente, la más conocida, reproducida en postales y carteles, es la que muestra a un soldado del Ejército Popular saltando la alambrada fronteriza. Era el 15 de agosto de 1961, sólo dos días después de que los espinos fueran tendidos para cerrar el paso de los berlineses orientales a los sectores occidentales. Fue la primera deserción de un soldado en el Berlín del Muro, cuando éste aún no se había solidificado en piedra. El Volkarmist Conrad Schumann, de 19 años, se encontraba en la esquina con la Ruppiner Straße, cuando al otro lado de la línea de demarcación apareció una camioneta de tropas aliadas. Éstas abrieron la puerta trasera del vehículo al apreciar la actitud dubitativa del soldado. Después de mirar en todas las direcciones y comprobar que no estaba a tiro de ningún compañero, el desertor comenzó a correr y saltó la alambrada. Aún en el aire, echó mano a la correa de su fusil para desprenderse del arma y arrojarla al suelo. Cuando sus pies alcanzaron el otro lado, el soldado se introdujo rápidamente en la furgoneta que le esperaba y el vehículo abandonó de inmediato el cruce. Schumann vivió el resto de su vida en Baviera y, perseguido por la memoria, aseguró que sólo desde el 9 de noviembre de 1989, fecha de la caída del Muro, se había sentido realmente libre. Nueve años después se suicidaría en un momento de depresión.

 

Secuencias trágicas

 

A diferencia de otros lugares en los que la demarcación fronteriza venía señalada por las fachadas de los bloques de viviendas situadas en sectores aliados (como en las calles Niederkirchner y Zimmer, donde estaba el Checkpoint Charlie), en la Bernauer Straße la línea de separación de distritos eran los edificios de la zona de ocupación soviética, en la parte sur de la calle. Sacar el brazo por la ventana era ya traspasar la frontera, pasar todo el cuerpo era encontrarse en el otro Berlín. En los días siguientes al 13 de agosto de 1961, cuando los guardias fronterizos comenzaron a penetrar en las casas para sellar las ventanas, algunos vecinos huyeron tirándose a la calle. En la acera, grupos de bomberos de Berlín-Oeste esperaban con lonas para salvarlos. El caso más dramático se produjo ante el número 29. Fue el de una anciana de 77 años, que cuando se encontraba ya suspendida por la parte exterior, agarrada al marco de la ventana del segundo piso y dispuesta a soltarse sobre la lona, fue agarrada desde su casa por unos funcionarios comunistas, que intentaron volverla a subir. En el forjeceo, grabado por los objetivos de las cámaras, los captores lanzaron una bomba de humo sobre los bomberos, con el fin de impedir el salvamento. Desde la calle, algunas personas se encaramaron a la ventana del primer piso y sujetaron a la mujer por los pies. Fue un cuarto de hora de lucha que terminó con la anciana sobre la lona, después de que quienes impedían su fuga cedieran finalmente intimidados por el griterío de la multitud.

 



 

Otras secuencias de aquellas jornadas muestran a un niño de seis años en su caída desde un cuarto piso. El chico fue recogido perfectamente por los bomberos, pero su padre se lesionó la columna vertebral y la madre sufrió graves lesiones internas. Los documentales de la época también reflejan el desgarro de la separaciones familiares: unos recién casados –ella, con su vestido de novia– acudieron a esta acera de la Bernauer Straße para saludar a los padres, que sólo pudieron sumarse a la celebración asomándose a las ventanas. Éstas quedaron pronto enrejadas con alambres de espino para impedir las fugas. Luego los albañiles tapiaron todas las aberturas y los residentes fueron obligados a desocupar sus viviendas. Las instalaciones fronterizas se reforzaron y se dio orden de disparar a matar a todo el que intentara saltar el “Muro de protección antiimperialista”.

 

Túnel 29

 

Si pasar por encima del Muro fue pronto algo suicida, ¿por qué no atravesarlo por debajo? “Los! Los! Beeilung!” (¡Vamos, vamos! ¡deprisa!). Un par de hombres recibieron en con esas órdenes a los fugitivos que llegaban al sótano del número 7 de la Schönholzer Straße (Berlín-Este). Allí se encuentraba la boca de un agujero de cinco metros de diámetro que bajaba hasta el principio de un túnel. Era el 14 de septiembre de 1962. Las primeras personas fueron convocadas en un bar de la misma calle y allí obtuvieron la indicación de vía libre para la escapada. Rápidamente marcharon al portal del edificio convenido. En total serían veintinueve personas, todas con lo puesto, sin maletas que delataran sus intenciones, las que lograron huir de la RDA por el luego llamado Túnel 29. La galería se había comenzado a excavar el 6 de mayo bajo el suelo de una antigua factoría, en la parte trasera del número 73 de la Bernauer Straße, al norte de la calle (Berlín-Oeste). Cuatro hombres jóvenes y una mujer comenzaron la operación, en la que finalmente colaboraron una treintena de personas, con el ánimo de rescatar de Berlín-Este a sus familiares. Tras 131 días de trabajo, quedó listo un túnel de 136 metros de longitud, que por debajo del Muro llegaba en línea recta hasta la convenida dirección de la Schönholzer Straße. La galería tenía un metro de alta y unos noventa centímetros de ancha, la dimensión mínima suficiente para trabajar en el interior y poder evacuar doscientas cincuenta toneladas de tierra, que se amontonaron en varias dependencias de la fábrica interior de la Bernauer Straße. El pasillo subterráneo fue reforzado con veinte toneladas de maderas, dado el carácter arenoso del subsuelo berlinés. Contaba también con una instalación eléctrica y un sistema de aireación, con el propósito de que fuera utilizado para más fugas. No obstante, las filtraciones de agua hicieron pronto inservible el túnel y no hubo más operaciones de rescate, aunque es posible que alguien más lo utilizara en las semanas que los guardas fronterizos tardaron en descubrirlo.

 

La aventura fue llevada a la pantalla con el título de El túnel (2000). La película recreó con fidelidad las circunstancias en que se produjo la escapada, aunque inventó un tiroteo entre fugitivos y guardas germanorientales con el fin de dar mayor tensión a la fuga. Con ocasión del rodaje, algunos metros del túnel bajo la Bernauer Straße fueron redescubiertos, pero luego se volvieron a tapar porque la galería estaba destruida.

 

Reconcialiación sin olvido

 

Los bloques de casas de la Bernauer Straße se demolieron a finales de la década de 1970. En el interior del área de seguridad del Muro sólo quedó la Versöhnungskirche. La nave neogótica de esta iglesia evangélica y su puntiaguda torre fueron dinamitadas en 1985 tras un largo pleito administrativo. Fue el último edificio en desaparecer de la llamada “zona de la muerte” que recorría todo el trazado fronterizo. La parroquia pertenecía al distrito de Wedding, pero el Muro la dejaba en Berlín-Este, sin posibilidad de que a ella acudieran los feligreses occidentales. Éstos obtuvieron unas nuevas dependencias en el número 111 de la misma calle, convertidas con la reunificación en el Centro de Documentación sobre el Muro (1). La Versöhnungskirche tuvo que ser regalada a la jerarquía eclesiástica germanoriental, que finalmente se vio obligada a ceder el terreno a las autoridades comunistas. Si el proceso hubiera tardado cuatro años más, la Iglesia de la Reconciliación –irónico nombre para un templo con esta historia– habría permanecido en pie. Para la reconciliación, en cualquier caso, se consagró en 2000 en el mismo emplazamiento una capilla oval, la Versöhnungskapelle (2), que ha podido aprovechar una campana de la anterior iglesia.

 



 

La capilla se erige junto al Mauer-Gedenkstätte (3) (Lugar Conmemorativo del Muro), donde cada 13 de agosto tienen lugar ofrendas florales en memoria de cuantos sufrieron en carne y espíritu el “encarcelamiento” de los bloques cemento y hormigón. Fue inaugurado en 1998 después de intensas discusiones sobre la conveniencia de mantener en pie una parte del Muro, sin restituir además los edificios que habían sido derruidos. Es probable que hoy la capital mire hacia atrás con cierto arrepentimiento por no haber dejado más evidencias de aquella etapa histórica –al fin y al cabo una más en una comunidad centenaria–, pero es comprensible que con la reunificación el Senado de Berlín se esforzara por borrar un trazado que destruía la original planta urbanística de la ciudad. La necesidad de una urgente unidad interna y el deseo de eliminar algo que había sido odiado por la mayoría de los berlineses llevaron a retirar cuanto antes la más famosa construcción de la RDA.

 

Ciento sesenta muertos

 

La separación física entre los dos Berlines se fraguó en la madrugada del 13 de agosto de 1961. La constante marcha de ciudadanos hacia los sectores aliados de la ciudad, y de allí también al resto de la RFA, era una hemorragia que la República Democrática no estaba dispuesta a permitir. Desde que se creó la RDA en 1949 hasta agosto de 1961, 2,7 millones de personas abandonaron el país, en una creciente cifra que sólo durante el último año había alcanzado los 360.000 fugitivos. La emigración de muchas personas cualificadas hipotecaba el mismo futuro y la viabilidad del Estado comunista. Presionado por Moscú, el régimen de Walter Ulbricht se decidió a actuar antes de que los soviéticos tomaran directamente el control de la situación. La operación logística correspondió a Erick Honecker, cuyo celo se vería recompensado posteriormente con la asunción de la jefatura del Estado. En la noche del 12 al 13 de agosto miles de soldados se desplegaron por todo el perímetro de Berlín Occidental y comenzaron a tender alambradas. Quedaron cortadas 97 calles. Quienes vivían en una parte de la ciudad no pudieron acudir a sus lugares de trabajo en el otro lado; multitud de familiares quedaron separados e incluso matrimonios e hijos que pasaban esa noche en lugares distintos ya no pudieron reunirse en Berlín-Oeste. En cuestión de días, las alambradas comenzaron a ser sustituidas por tabiques de ladrillos; con los años se sucedieron varias generaciones de Muro, en creciente altura y espesor. Al final, la frontera interberlinesa tendría un sofisticado refinamiento policial que la haría difícilmente franqueable.

 

La mayor parte de las fugas se produjeron en los primeros años, cuando la barrera aún era precaria en algunos lugares y no se había oficializado la orden de tirar a matar. En total, más de cinco mil personas lograron atravesar la frontera. Unas 3.200 fueron detenidas en el intento y por regla general padecieron varios años de prisión. Al menos ciento sesenta fugitivos hallaron la muerte en el Muro; la cifra no está cerrada, pues debido al secretismo con que la RDA llevó este asunto algunas investigaciones aún siguen en curso. Otros doscientos sesenta resultaron heridos por los disparos de los guardas.

 

 

 

Por la línea del Muro

 

Un tramo prototipo de la frontera interberlinesa, como el de la Bernauer Straße, se componía de una primera tapia de planchas de hormigón de cuatro metros de altura, cuya parte superior terminaba en forma circular para dificultar cualquier escalada. Esta pared, que marcaba la frontera, era propiamente el Muro. Los berlineses occidentales lo acabaron llenando de graffitis por el lado que daba a sus calles. En el otro, los berlineses orientales debían quedarse a unos cincuenta metros de distancia, detrás de una hilera de vallas metálicas o placas de hormigón, esta vez de menor altura. Entre ambas líneas se extendía la “zona de la muerte”, por la que patrullaban soldados motorizados y con perros. El área estaba iluminada toda la noche y además era supervisada desde trescientas dos torres de vigilancia. Contenía también detectores de movimientos, más de ciento cinco kilómetros de foso anti vehículos y veinte búnkers. En total, el Muro tenía una longitud de 155 kilómetros, 43 de los cuales por medio de la ciudad; el resto separaba Berlín-Oeste del territorio de la RDA que lo circundaba: no hay que olvidar que el Muro no encerraba Berlín-Este, sino la parte occidental de la ciudad, convertida en una isla-prisión. A ella sólo se podía llegar en avión (únicamente a través de determinados corredores dentro del espacio aéreo de la RDA), en trenes de una única línea férrea que llegaban desde la RFA sin hacer paradas, y por medio de una autopista que no permitía salidas a mitad de trayecto.

 

No debe visitarse Berlín sin haberse hecho antes con un plano en el que esté señalizada la antigua línea divisoria de la capital. Muchos mapas suelen incluirla; en ocasiones no se marca explícitamente, pero basta saber que coincide con la delimitación administrativa de determinados barrios, aunque las últimas agrupaciones de distritos pueden haberla desdibujado. Sirve para comprender mejor la idiosincrasia de las zonas por las que se camina, según estén a un lado u otro de la desaparecida frontera. También constituye un objeto mismo de exploración: compensa dedicar algún tiempo a recorrer el viejo trazado del telón de hormigón, señalizado por el Senado berlinés con 29 paradas con sus explicaciones, para ir encontrando algunos de sus restos. Unos ya han sido mencionados páginas atrás y otros lo serán más adelante. En cualquier caso, a título de inventario, he aquí los pedazos del Muro diseminados por la parte central de la ciudad, siguiendo las agujas del reloj: torre de vigilancia de la Puschkinallee, East-Side-Gallery, Chekpoint Charlie, tramos de la Niederkirchnerstraße y de la Stresemannstraße (Potsdamer Platz/Liepziger Platz), Parlamento de los Árboles, Invalidenfriedhof, Bernauer Straße y Mauerpark.

 

Remover la paz de las sepulturas

 

A la derecha de la Bernauer Straße el perímetro del Muro hacía una pequeña incursión hacia el norte. No sólo cortó dos calles principales, la Invalidenstraße y la Chausseestraße, sino que también perturbó la paz de los muertos de los camposantos que encontró a su paso. El Invalidenfriedhof (4), un cementerio creado en el siglo XIX para personalidades militares, tuvo que ceder terreno para hacer sitio a la tapia trasera de la frontera, en un lugar en el que ésta venía marcada por la orilla occidental del Schiffährtskanal. Las piezas de hormigón siguen en su sitio, entre las tumbas de algunos legendarios oficiales, como la del héroe prusiano Scharnhorst, enterrado en 1834 en un alto sarcófago que custodia un león durmiente, creación de Schinkel y Rauch. El movimiento de tierra permitió hacer desaparecer cualquier pista de la sepultura en la que en 1942 se enterró a Reinhard Heydrich, el número dos del aparato de represión nazi, quien presidió la Conferencia de Wannsee en la que se concretaron los planes del Holocausto. Heydrich, gobernador además para las tierras checas, murió en Praga en un atentado y tuvo un gran sepelio de Estado. Desde el final de la guerra en el Invalidenfriedhof ya no se entierra a ningún militar. A unos metros al norte del cementerio se observa una de las torres de vigilancia de la antigua frontera, en parte engarzada en un edificio de seis plantas.

 

El Muro también arrambló casi la mitad de las lápidas del Friedhof St. Hedwig (5), al que aprisionó en una esquina (Liesentraße/Gartenstraße) y cuyos accesos constriñó, no sólo físicamente: para visitar la tumba de familiares hacía falta un permiso especial, cuyo otorgamiento estaba ligado a la buena conducta para con el régimen. Entre las tumbas de este camposanto, el más antiguo en uso de la comunidad católica, se leen los nombres de las familias que crearon el hotel Adlon, la marca de confección Peek und Cloppenburg y el desaparecido café Bauer.

 

Un cadalso y Lili Marleen

 

Hasta juntarse con la Bernauer Straße, el Muro discurría por la Gartenstraße aprovechando la pared de ladrillo de la Nordbahnhof, antigua estación de Stettin. A media altura se halla la Gartenplatz (6), que antaño se había utilizado como lugar para ejecuciones públicas. Hasta que en 1840 Federico Guillermo IV dispuso que las penas de horca se aplicaran en la Ciudadela de Spandau, los berlineses acudían a esta plaza, entonces fuera de las murallas, para presenciar el espectáculo del rictus de la muerte, mientras los vecinos obtenían lucrativos beneficios alquilando las ventanas bien situadas. Completado el trabajo, los ajusticiados eran enterrados alrededor del cadalso, en fosas luego olvidadas, con lo que este improvisado cementerio completaba la especialización en necrópolis de esta parte superior del viejo casco urbano. Cuando la aplicación de la pena capital abandonó la plaza, en ella se construyó la neogótica Sebastiankirche.

 

Este entrante rectangular que hacía el Muro al norte de la Chausseestraße se ha convertido curiosamente en la sede central de los servicios secretos alemanes, el Bundesnachrichtendienst (7) (Servicio de Inteligencia Federal). La centralización del BND en Berlín, tras una primera decisión de que siguiera en la localidad bávara de Pullach, donde lo había instalado la República de Bonn, es una demostración más de la paulatina imposición de la capital alemana en un reparto cada vez menos federal de las oficinas estatales. El BND es el último destino de un emplazamiento con una historia reseñable. Sede en siglos pasados de los cuarteles de la Guardia de Fusileros, cuerpo conocido vulgarmente como “abejorro” debido a los colores de su uniforme, aquí nació Lili Marleen. En ese cuartel, a la espera de ser enviado al frente ruso durante la Gran Guerra, el soldado Hans Leips compuso en 1915 un poema de amor y de despedida, de melancolía y esperanza que se popularizaría en la siguiente contienda mundial. A las tres estrofas iniciales Leips añadió otras dos cuando el texto, con el título Canción de un viejo soldado de guardia, finalmente fue publicado en 1937 en una colección de poemas. Al año siguiente, el compositor Norbert Schulze le puso melodía. Y aunque muchas voces entonaron la canción, es sobre todo la de Marlene Dietrich la que a todos nos viene al oído si la tarareamos. “Delante del cuartel / frente al gran portal / había una farola / y aún sigue allí / así que ahí quisiéramos vernos / junto a la farola nos gustaría estar / como una vez, Lili Marleen”, dice la primera estrofa. Hoy ya no hay cuartel, ni tampoco está la farola en la que encontrarse con Lili Marleen. Las instalaciones, con entrada por la Chausseestraße (frente a la parada de metro Schwartzkopffstraße), se transformaron terminada la guerra en campo de entrenamiento para la Policía. En 1950 dieron paso al Walter-Ulbricht-Stadion, cuyas gradas se construyeron utilizando como material de relleno restos del Palacio Real que se estaba dinamitando en ese momento. Los berlineses orientales motejaron al estadio como “pradera del cabrito”, en referencia a Ulbricht y su perilla. Durante la revuelta del 17 de junio de 1953, unos cinco mil manifestantes ocuparon el estadio; al final del día las fuerzas del orden arramblaron con los doscientos obreros que se habían atrincherado en las instalaciones. Con capacidad hasta 70.000 espectadores y bautizado después como Stadion der Weltjugend, acogió cada año la final de la copa de fútbol de la RDA. Fue derruido a mediados de la década de 1990 con la intención de levantar otro para la candidatura de los Juegos Olímpicos de 2000. Fracasada ésta, la explanada quedó a la espera de un nuevo uso.

 

Parques sobre la historia

 

El área por la que caminamos está coronada al norte por el Volkspark Humboldthain (8). Fue uno de los “parques populares” con los que en la segunda mitad del siglo XIX la paternalista autoridad municipal quiso dulcificar la dura vida de los barrios obreros. El primero de ellos fue el de Friedrichshain, y a este Hain (floresta, bosquecillo) siguió el de Humboldt, bautizado en honor del naturalista y explorador Alexander von Humboldt. Como en el caso de su predecesor, el Volkspark Humboldthain fue dotado durante la Segunda Guerra Mundial de un gran búnker de superficie que terminaría sepultado bajo una colina artificial debido a la dificultad de su completa demolición. Las tropas de ocupación francesas se esforzaron por dinamitarlo, pero el Hochbunker había sido construido a conciencia, de forma que fue rellenado de escombros y cubierto con todo tipo de cascotes de la inmediata posguerra. La vegetación y los árboles que luego crecieron ocultan la procedencia de la montaña. Hay que llegar hasta la cumbre de sus 85 metros para toparse con parte del hormigón de la estructura superior del búnker.

 

Cada etapa histórica de Berlín parece generar un tipo propio de parque. También la desaparición del Muro creó en las inmediaciones el Mauerpark (9). La franja verde que dejó la “zona de la muerte” en la Bernauer Straße vira hacia el norte en un amplio espacio habilitado para el esparcimiento general y el entrenimiento de los jóvenes. El paseo llega casi hasta el puente de la Bornholmer Straße, uno de los pasos fronterizos entre los dos Berlines en los que se vivió con intensidad la noche del 9 de noviembre de 1989. El Mauerpark se ve acompañado al principio por las planchas de la línea interior del Muro. Tras ellas, están las instalaciones de la Sportplatz Friedrich-Ludwig-Jahn (10), que lleva el nombre del padre la gimnasia. Fue la zona deportiva más visitada por los berlineses orientales, a un paso del corazón del distrito de Prenzlauer Berg, el más popular de la capital de la RDA, en el que estamos a punto de entrar.

 



© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Bernauer Straße, principios de los 80 y en la actualidad / La huída de Schumann, 1961 / Escenas en la Bernauer Straße, 1961 / Túnel 29, 1962 / Demolición de la Versöhnungskirche, 1985 / Mapa Google / Invalidenfriedhof (Beek100) / Letra y música de Lili Marleen / Búnker del Volkspark Humboldthain (Richard Fabi) / Mauerpark y estadio Friedrich-Ludwig-Jahn, con señalización del trazado del Muro (berlin.de)]

 
 

 

 

Llegar a Berlín en tren permite poner la escalerilla de descenso en el mismo corazón de la ciudad. Ya el trayecto final por Mitte despliega ante nuestros ojos un vistoso andén de bienvenida, con el Reichstag y la Cancillería en el término de nuestro viaje. En un país en el que el transporte por ferrocarril podría decirse que forma parte de la idiosincrasia nacional, la creación de una nueva estación central tiene especial simbolismo. Levantada junto a la frontera que separaba los dos Berlines, la Lehrter Hauptbahnhof (1)(Estación Central de Lehrte) unifica las funciones que antes estuvieron divividas entre la estación del Zoologischer Garten (Berlín-Oeste) y la hoy Ostbahnhof (Berlín-Este). Así, esta infraestructura actúa de importante punto de sutura entre las dos partes de la ciudad. Hereda también la apertura al mundo que en su día significó, justo en medio de Berlín, la estación de la Friedrichstraße, que al caer el Muro se había quedado pequeña para un planeta globalizado.

 

La Lehrter Hauptbahnhof es una impresionante obra de ingeniería, con una grandiosa cubierta de cristal y acero que se ajusta a la curva del Spreebogen (Arco del Spree) y un profundo espacio subterráneo para la conexión con las vías que circulan en sentido perpendicular. Es la mayor estación de Europa para un cruce ferroviario. El gran tamaño de esta infraestructura, proyectada por el despacho de Mainhard von Gerkan, relativiza las discutidas dimensiones de la Cancillería del otro lado del río, hacia la que se puede caminar directamente a través de una pasarela sobre el río. El nombre de la Estación Central procede de una estación precedente, abierta en 1871 con trenes destinados a Lehrte, ciudad en las proximidades de Hannover. Fue punto de tránsito, como la vecina Hamburger Bahnhof, de miles de obreros que llegaban a esta zona por encima del Spree para dispersarse entre talleres e industrias.

 

La industrialización de Berlín arrancó en el norte. Con la ciudad aún apretada por el cinturón de su última muralla, August Borsig creó en 1837 una fundición de hierro para la fabricación de locomotoras en un terreno a las puertas de la capital (Chausseestraße/Oranienburger Tor). El emplazamiento atrajo a otros industriales, que a medida que su actividad fue creciendo fueron traslando su producción al vecino barrio de Moabit, que se extiende sobre el Tiergarten, por encima del Spree. Moabit sería un dominio de fábricas y obreros, de chimeneas industriales y de pobres viviendas para los trabajadores. El importante Westhafen (2), el mayor puerto de Berlín, y la estación ferroviaria de mercancías con la que está conectado daban salida a la producción de la imparable revolución industrial alemana. Ésta fue diseminando sus factorías y su proletariado aún más al norte, de forma que el gran barrio de Wedding pronto tuvo ese mismo carácter obrero. La necesidad de albergar la avalancha de mano de obra que llegó a Berlín a finales del siglo XIX llevó a la construcción de las Mietskasernen, viviendas cuartelarias para la masa proletaria, por todo el anillo obrero de la capital. La industria generalizó un nuevo tipo humano, que salía pronto de casa con el paquete de la comida y no regresaba hasta la noche. “El símbolo de Berlín es el hombre con la cartera”, sentenció en 1927 el escritor Kurt Tucholsky.

 

Elogio de la fábrica, elegía del parado

 

El nacimiento de Moabit está vinculado a los hugonotes. En 1716 les fue permitido a esos refugiados franceses colonizar el otro lado del Spree. A esas tierras le dieron el nombre que había usado Jeremías: “Terre de Moab”. Moabit no se desarrolló hasta la llegada de la industrialización. Algunos intelectuales del primer tercio del siglo XX llegarían a alabar la belleza de la máquina y de la automatización de la gran fábrica. Franz Hessel, con ecos futuristas, proclamó que “no hay un edificio más bello que la monumental nave de cristal y hormigón férrico que construyó Peter Behrens para la fábrica de turbinas de la Huttenstraße” (ahí sigue, en la esquina con la Berlichingenstraße, para quien quiera tener un juicio propio de la Turbinenhalle de la AEG). Y Walter Benjamin dedicó un entusiasta relato a su paseo por las naves de Borsig en pleno funcionamiento. Pero a pesar de sus palabras de admiración, Moabit y Wedding fueron sobre todo el infierno de la pobreza de los años de la Depresión.

 

En 1930, Erich Kästner ponía en boca del protagonista de su novela Fabián una frase realmente elocuente: “En el este reside el crimen, en el centro la estafa, en el norte la miseria, en el oeste la impudicia, y en todos los puntos cardinales habita la decadencia”. Eran también los tiempos de la Lied der Arbeitslosen [Canción de los parados], de Hans Hyan, en la que los del norte maldecían a los del oeste: “Queremos saber por qué vosotros estáis hartos y nosotros debemos pasar hambre”, repetía el estribillo. Y aún más combativos eran unos versos de Edwin Hoernle: “Cuando Wedding marcha sobre la Kurfürstendamm, / tiemblan las ventanas, / todos los burgueses ven fantasmas rojos (…) / ¡Fuera con el nido de ratas! / ¡A la pala de lodo! / ¡Wedding marcha sobre la Kurfürstendamm!”.

 

La inclusión de Moabit y Wedding dentro del ahora ampliado distrito de Mitte, en la división administrativa de la ciudad realizada tras la reunificación, dice acerca de la centralidad geográfica que han adquirido ambos barrios en el gran Berlín, pero también de su creciente centralidad social. De fuerte inmigración, Moabit y Wedding siguen acogiendo clases populares, pero la pobreza más visible queda para los bloques periféricos del antiguo Berlín-Este. La construcción de la Estación Central en una de las esquinas de Moabit, con todos los servicios complementarios que genera, ha dinamizado claramente la zona.

 

Otra estación y dinosuarios

 



 

La original Lehrter Bahnhof era una pequeña estación, comparada con la cercana Hamburger Bahnhof (3), inaugurada en 1847 para el mayor tráfico con la capital hanseática. La de Hamburgo es la única de las viejas estación-término de Berlín que continúa en pie, aunque ya no está en uso como tal. En realidad sólo se utilizó durante cuarenta años; luego fue museo del transporte y quedó abandonada gran parte del tiempo en que la ciudad estuvo dividida, ya que a pesar de encontrarse en el lado occidental del Muro las instalaciones pertenecían a la RDA. En 1996 fue reabierta como Museo de Arte Contemporáneo (Museum für Gegenwart) a partir de fondo artístico del coleccionista privado Erich Marx. Aparte de interesantes exposiciones temporales, entre sus obras permanentes destacan piezas de Joseph Beuys, Anselm Kiefer, Robert Rauschenberg y Andy Warhol.

 

De arte contemporáneo a la paleontología. Además del museo de la Hamburger Bahnhoff, en la misma calle está el Museo de Ciencias Naturales (4) (Museum für Naturkunde, Invalidenstraße 43), inaugurado en 1889 para recoger los importantes hallazgos de los naturalistas alemanes. Lo más impresionante es el esqueleto de dinosuario, el mayor del mundo, montado en el patio de luces del edificio. Se trata de un ejemplar original de brachyosaurus de veintitrés metros de largo y doce de alto. El edificio ocupa lo que fue una plantación de moreras encargada por Federico II para que los inválidos de sus guerras pudieran practicar la cría de gusanos de seda. La dedicación debió de congregar a numerosos aficionados, a juzgar por la denominación que tomaría la calle.

 



 

La orilla de los chapuzones de Lenin

 

El trayecto en tren o S-Bahn por Mitte ofrece desde la altura de sus arcadas una atractiva panorámica del centro de la ciudad. Entre los edificios divisados en esta parte de Moabit hay uno de ladrillo visto en forma de serpiente que llama la atención. Se trata de un conjunto de setecientas viviendas destinado a una parte de los funcionarios que se trasladaron desde Bonn con el cambio de capital: vecinos de confianza para el contiguo parque de la Cancillería. Esta Wohnungsschlange (vivienda-serpiente), con pisos pequeños y sin balcones, resultó algo incómoda para unos inquilinos que habían conocido mejores condiciones junto al Rin, de manera que pronto los alquileres fueron abiertos a los demás berlineses.

 

Estas orillas del Spree, no obstante, poco tienen que envidar a los cuidados paseos junto al Rin. En la Friedrichstraße arranca una entretenida ruta que sigue el borde norte del río, atraviesa entre los edificios del Parlamento, pasa junto a la Cancillería y viene a concluir a la altura del Gerickesteg (5), un coqueto puente peatonal que permite cruzar hacia la estación de Bellevue. En las orillas próximas al Gerickesteg se bañaba Lenin diariamente –es de suponer que no en invierno–, según escribió a su madre durante su estancia en Berlín a finales del siglo XIX.

 

La entrada natural a Moabit desde el centro de la ciudad es a través del vistoso puente de Moltke, junto a la Cancillería. A partir de aquí se enfila la calle de Alt Moabit, la principal arteria del barrio. Esta vía sigue la huella del antiguo camino que iba de París a Moscú, de ahí el nombre escogido para el restaurante que ocupa una rústica casa al pie de la calle. En el Paris-Moskau se come bastante bien y es frecuentado por los políticos del barrio gubernamental, que pagan a expensas del erario público. Más barato, donde lo impagable son las vistas, es el Biergarten abierto detrás del restaurante, en la ribera del río.

 

Destino de Bormann

 

Para las personas de cierta edad, especialmente si no residen en Moabit, el nombre de este barrio recuerda sobre todo a la prisión que se encuentra avanzando por Alt Moabit. La manzana está formada por la cárcel y el neobarroco edificio del Kriminalgericht (6) (Juzgado de lo Criminal). Como en otros juzgados construidos alrededor de 1900, es siempre interesante echar un vistazo a su amplio vestíbulo y a sus escaleras centrales. Las instalaciones fueron candidatas a acoger lo que después fue el Juicio de Núremberg, pues se deseaba que los jerarcas nazis estuvieran internados en celdas contiguas a los juzgados. Finalmente para ese histórico proceso se escogió la ciudad bávara, porque su Palacio de Justicia se encontraba en mejores condiciones y porque así los norteamericanos, que habían ocupado Baviera, evitaban un mayor protagonismo soviético, en un Berlín recien salido de la guerra en el que aún el Ejército Rojo controlaba todo el territorio.

 

La cárcel de Moabit está unida a un episodio de los últimos días de la contienda, cuando más de quinientos prisioneros políticos fueron sacados a dar paseos de los que no regresaron: fueron asesinados y en su mayoría luego enterrados en una fosa común en el cementerio de la vecina Johanniskirche. Una de las víctimas era Albrecht Haushofer, que con otros compañeros fue conducido hasta lo que tiempo atrás había sido el Centro de Exposiciones de la ciudad, junto a la estación de Lehrte; allí las SS les dieron muerte. El cadáver de Haushofer, pieza clave en el enigmático vuelo de Rudolf Hess a Gran Bretaña por su relación con personalidades inglesas, aferraba en su mano unas hojas dobladas y ensangrentadas en las que había escrito ochenta poemas. Esos versos se conocen como Sonetos de Moabit y se consideran la mejor poesía relacionada con la oposición al nazismo; algunos están reproducidos en una columna al borde del Spree, en la parte de atrás del Ministerio del Interior (Alt Moabit 101). Curiosamente, en la misma zona de las cercanías de la estación cayó Martin Bormann, poco después de escapar del búnker de Hitler cuando éste ya se había suicidado. Bormann, que había sucedido a Hess como secretario del partido y del propio Führer, no murió tomándose personalmente la vida, como otros máximos dirigentes nazis, sino alcanzado por las balas del enemigo bolchevique. Así lo dan por seguro algunos historiadores, aunque al no hallarse su cadáver aparecieron después informaciones recurrentes sobre la presunta huida de Bormann a Hispanoamérica.

 

Sala de ejecuciones

 

 

 

El parque que sigue a la Johanniskirche, proyectada por Schinkel y luego ampliada por Stüler, se llama Pequeño Tiergarten (tiene más de lo primero que de lo segundo). La Alt Moabit termina en el pintoresco Glotzkowskybrücke. Cerca de allí, en el número 7 de la Levetzowstraße (7), en lo que había sido una de las mayores sinagogas de la capital, se encuentra un monumento dedicado a la deportación de los judíos berlineses. En la fiesta del Jom Kippur de 1941, la Gestapo convirtió el templo en el primer centro de concentración de judíos para su “emigración”, “evacuación” o “reasentamiento en el este”, que eran las denominaciones tapadera de los campos de exterminio a los que iban destinados. Desde aquí eran conducidos, en ocasiones caminando por las calles, a la no lejana estación de mercancías de Moabit. Allí, en el puente que cruza las vías del ferrocarril, el Putlitzbrücke (8), otra escultura evoca aquellos transportes humanos hacia el Holocausto. La estación de la Putlitzstraße era una de las tres, junto con la de Grunewald y la Anhalter, desde la que partían los comboyes de judíos hacia la aniquilación. Algunos de esos trenes, con los datos sobre el cargamento humano que transportaban y el campo al que se dirigían, están listados junto a la reproducción de un vagón en el espacio que dejó la sinogoga de la Levetzowstraße.

 

En el límite entre Moabit, Wedding y Charlottenburg está la prisión de Plötzensee (9), igualmente relacionada con la historia del Tercer Reich. Aunque coge algo a desmano, a no ser que se aproveche el viaje de ida o vuelta al aeropuerto de Tegel, una visita a las dependencias donde se realizaban las ejecuciones es tremendamente ilustrativa de la macabra dictadura nazi. La cárcel de Plötzensee, parcialmente aún utilizada como centro de internamiento, fue el principal lugar de aplicación de las sentencias capitales del nazismo hasta el mismo final de la guerra. Entre 1933 y 1945 fueron ejecutadas unas tres mil personas, la mitad de ellas por razones políticas y muchas relacionadas con el golpe del 20 de julio de 1944. Los que habían estado más implicados en esa intentona fueron colgados de los ganchos de matadero que aún pueden verse en una viga de la sala de ejecuciones; su lenta agonía fue filmada para disfrute de Hitler. Esos ganchos, en medio de la penumbra de la vacía habitación resultan sobrecogedores. Un centro de documentación adjunto permite hacerse una idea de lo siniestro del lugar, gracias a la obsesión nazi por dejar constancia burocrática de todos sus actos.

 

Plötzensee es una de las llagas de Berlín que el obligado ejercicio de memoria impide cicatrizar. La historia ha dejado en el organismo de la ciudad muchas heridas, unas más visibles que otras. Y la del Muro, por más reciente, es probablemente la que se mantiene más a flor de piel.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Lehrter Hauptbahnhof, exterior/  Lehrter Hauptbahnhof, interior (Daniel Schwen) / Westhafen (ThoKay) / Turbinenhalle AEG (Rucativava) / Hamburger Bahnhof (Staatliche Museen zu Berlin, Achim Kleuker) / Mapa Google / Gerickesteg (Harald Rossa) / Restaurante Paris-Moskau / Destruida sinagoga de la Levetzowstraße y monumento (Iblatt) / Sala de ejecuciones de Plötzensee]

 
De Emili J. Blasco (el 02/11/2009 a las 10:20:00, en XII. MÁS ALLÁ DE LA KU'DAMM)
 



 

En un fin de semana de verano, es como un enclave costero. El Wannseebrücke, el puente que une el sureste del Grunewald con la gran isla del Wannsee, es un trasiego de coches, no pocos descapotables, y de gente con chanclas que llega a la estación del S-Bahn. Tampoco faltan los grupos en bicicleta. La aglomeración pronto se dispersa por los caminos y orillas de este lugar de recreo –unos en busca de sus embarcaciones o de un rincón para bañarse, otros de paso hacia Potsdam– para volver a coincidir al final de la tarde en este mismo punto, de regreso hacia el interior de la capital. El Wannsee sigue siendo un destino preferido por los berlineses, a pesar de que ahora todos tienen accesibles las playas del Mar Báltico, antes vetadas para Berlín-Oeste.

 

Los chalets, muchos de ellos con amarres propios; los clubs náuticos, que alquilan embarcaciones y ofrecen la posibilidad de esquí acuático; algunos restaurantes, las tiendas y los servicios, todo ello se concentra en el extremo occidental de la isla, a orillas del Großer Wannsee, el mayor lago que forma el ensanchamiento del Havel. Hay también un Kleiner Wannsee, que unido a otros lagos menores forma un canal que bordea la isla por el sur. El resto es bosque, en su parte central; parque, en la conjunción occidental con Potsdam, y naturalismo, en el apéndice norte que supone la Pfaueninsel. Para recomendar un destino de excursión, es difícil elegir entre las muchas salidas de fin de semana de las que uno guarda un buen recuerdo. Lo mejor será seguir un orden geográfico y tal vez puede pararse antes de cruzar el Wannseebrücke.

 

En un desvío hacia la izquierda, casi al borde del Kleiner Wannsee (Bismarckstraße 3), se encuentra la tumba de Heinrich von Kleist (1), polifacético escritor romántico que en 1811 puso aquí fin a la vida de su amada, Henriette Vogel, y a la suya propia, de acuerdo con el pacto que habían establecido. Desde entonces el lugar fue meta de peregrinación de enamorados y aún hoy se puede encontrar alguna rosa –eso si se consigue dar con el emplazamiento, algo separado del camino– sobre el monolito que indica el sitio donde Heinrich y Henriette se dieron el último abrazo, con la muerte como testigo. Ese suicidio a dúo le ha reservado a Heinrich von Kleist un lugar de honor en la memoria sentimental berlinesa, curiosamente por un acto que parece contradecir su consideración como “el más prusiano de todos los poetas”.

 

Berlín tiene playa

 

Para bañarse se puede aprovechar cualquier acceso directo al agua, pero hacerlo en la Strandbad Wannsee (2) tiene un encanto especial. Esta larga playa de arena, en la orilla occidental del lago, data de 1912 y sus instalaciones, con terrazas, vestuarios y tiendas, son de 1930, obra de Martin Wagner y Richard Ermisch. De manera que cuando se accede al recinto, después de pagar una reducida entrada, parece penetrarse en aquellos baños de principios del siglo XX y no sorprendería nada encontrarse con bañistas en bombachos y trajes a rayas. La playa está salpicada de canastas para sentarse a tomar el sol, muy propias de los mares del norte: tan pintorescas como reveladoras de que el viento puede ser más fuerte que los rayos solares. Mide 1.275 metros de largo y ochenta de ancho y tiene capacidad para cincuenta mil bañistas. Es la playa más grande en el interior de Europa.

 

Enfrente, al otro lado del lago, se divisa la enorme estatua de un león, alrededor de la cual hay varios merenderos y restaurantes. Es el Flensburger Löwe (3), un león con gesto altanero, creado por los daneses tras una victoria sobre Schleswig-Holstein, pero robado luego por los prusianos al ganar una revancha en 1864. Por esos años, el banquero Wilhelm Conrad promovió en esta parte del Wannsee, entonces sin ninguna instalación de recreo, una urbanización que fue la primera colonia de villas de Berlín. Llevado de un sentimiento patriótico-nacionalista, Conrad la denominó Villencolonie Alsen, dándole el nombre de una isla danesa tomada en aquella guerra, y puso al león como puerta de entrada desde el lago, en realidad una copia, pues el original, instalado en su día en otra parte de Berlín, viajó a Copenhague al término de la Segunda Guerra Mundial. Patricios berlineses, adinerados artistas y grandes industriales construyeron aquí sus residencias de verano. Una de ellas es la casa-museo del pintor Max Liebermann (Am Großen Wannsee 42). El chalet de Liebermann y el de otros propietarios judíos fueron confiscados por las autoridades nazis, cuyos jerarcas se distribuyeron el botín.

 

La casa de la “solución final”

 



 

En la zona, las SS habían comprado con antelación una mansión, construida en 1914 con aspecto de palacete neobarroco, que con el tiempo adquiriría el nombre de Haus der Wannsee-Konferenz (4) (Am Großen Wannsee 56-58). En esta magnífica casa, rodeada de un generoso jardín con estupendas vistas sobre el lago, tuvo lugar el 20 de enero de 1942 la reunión en la que se determinó la organización de lo que en el protocolo de la conferencia constó como Endlösung der Judenfrage (solución final de la cuestión judía). Toda la planta baja del edificio es una exposición sobre el Holocausto. En la sala en la que tuvo lugar la conferencia se explica su desarrollo y se muestran las fotografías de todos los participantes. La presidió Reinhard Heydrich, mano derecha de Himmler como jefe de Seguridad del Reich, y en ella intervinieron otros catorce altos cargos de ese organismo y de las SS. Entre los asistentes figuraba Adolf Eichmann, que se encargó de redactar el protocolo del encuentro, descubierto sólo en 1947 entre las actas del Ministerio de Exteriores.

 

Lo más conocido de ese documento es la lista mecanografiada del número de judíos existentes en los países europeos. Cuando se lee, la suma final se acoge con un escalofrío. Once millones de seres humanos habían sido sentenciados a muerte en este idílico paraje del Wannsee y la meticulosidad burocrática del nazismo se disponía a ejecutar la sentencia de inmediato con la utilización masiva de cámaras de gas en campos de exterminio. La evolución de la guerra hizo que los nazis no pudieran asesinar a esos once millones de judíos, pero se quedaron nada menos que en seis (otros tantos fueron las víctimas no judías de los KZ; precisión que no relativiza el Holocausto, sino que hace justicia a muchos otros grupos humanos y da una idea completa de la capacidad destructiva del sistema de campos de concentración nazis).

 

Una isla fuera del tiempo

 

El tramo desde la estación del S-Bahn hasta la Casa de la Conferencia del Wannsee constituye un agradable paseo, pero puede tomarse un autobús que cubre el recorrido si se desea ahorrar tiempo. También de la estación parten autobuses hacia el punto en el que un transbordador cubre el paso a la Pfaueninsel (5) (Isla de los Pavos Reales). Esta pequeña isla, que no llega al kilómetro cuadrado de extensión, presenta un entorno a reloj parado. Están prohibidos los coches y en ella no se puede fumar. Las ruinas artificiales de un castillo y de una vaquería, un pequeño templo clásico (allí donde solía sentarse la idolatrada reina Luisa), algunas fontanas y un rústico palacio inglés, obras de Schinkel, pretenden detener el tiempo en una edad pretérita de conciliación con la naturaleza, como si la isla se mantuviera al margen de la máquina y la modernidad, en el limbo propio del alquimista Hunckel, residente del perdido enclave en el siglo XVII. Las construcciones son de principios del siglo XIX, cuando la Pfaueninsel adquirió ese carácter de reserva natural, con una colección de animales exóticos, que luego serían los primeros ejemplares del zoo berlinés, y una galería humana –un negro, un indígena de los Mares del Sur, un gigante y un enano– empleada en el cuidado de la isla. Hoy el único exotismo son algunos ejemplares sueltos de pavos reales, mantenidos para hacer honor al título de Pfaueninsel, y una gran jaula con loros.

 

No me encuentro entre los entusiastas de la Isla de los Pavos Reales, que recorrí varias veces en el paseo previo a comidas campestres, pero admito que quienes la enaltecen aducen buenas razones. “Es uno de los parajes más hermosos de Berlín: un paseo en otoño, las hojas a medio caer, todavía con los más diversos rojos y marrones en las copas de los árboles, es la impresión estética en que debe culminar toda estancia berlinesa”, recomienda Ignacio Sotelo en su libro Berlín.

 



 

Dacha, palacetes y Puente de los Espías

 

Como en el paraíso que pretende ser la Pfaueninsel no hay bar al que sentarse a comer, las necesidades culinarias pueden solventarse en el cercano Nikolskoe (6). El restaurante es una dacha rusa de madera que reproduce la que en 1819 el rey Federico Guillermo III hizo construir como sorpresa para su hija y su yerno, el futuro zar Nicolás. El lugar se encuentra en un posición elevada y desde la terraza se obtiene una buena panorámica sobre el Havel. El rey volvió a sorprender a la pareja en 1838 con la Iglesia de San Pedro y San Pablo, diseñada en las inmediaciones por Stüler con elementos ortodoxos. Su cúpula con forma de cebolla se distingue fácilmente cuando se surca el Havel en barco. El templo es especialmente solicitado para bodas, dada su pintoresa situación. Algunos de esos casamientos se celebran a la mesa del hostal que hay en el Moorlake, una coqueta bahía que el litoral forma un poco más al oeste.

 

La punta occidental de la gran isla del Wannsee la constituye el Schloss Glienicke (7) y el parque que lo rodea. El palacete tiene la firma de Schinkel, quien siguió los deseos del príncipe Carlos, hijo del rey Federico Guillermo III, cuando éste volvió entusiasmado por la arquitectura que había visto durante un viaje a Italia en 1822. “El palacio de Glienicke es el intento, plenamente logrado, de trasladar Italia a Berlín. El parque, con ondulaciones artificiales, recuerda a una Toscana presentida por un inglés. Un templete guarda las reliquias clásicas, traídas de Italia. De cara al lago, un mirador, con dos columnas de mármol, atestigua el placer refinado de contemplar el rielar del agua desde este encuadramiento. Sospecho que en ninguna otra parte del mundo se han fundido de manera tan natural el clasicismo italiano y el romanticismo inglés”. El elevado tono apologético vuelve a ser de Sotelo, especialmente encariñado con esta parte de Berlín.

 

El jardín deriva hacia el sur, por debajo de la carretera que corta la isla del Wannsee, en el parque Klein-Glienicke; luego empalma, en la otra orilla, con el de Babelsberg, ya en el término municipal de Potsdam. Se trata de un conjunto de tranquilos senderos que serpentean entre pequeños castillos neogóticos, en un entorno natural ordenado por Joseph Lenné (al igual que el de la Pfanueninsel). Para entrar en Potsdam, no obstante, la principal ruta atraviesa el Havel por el Glienicker Brücke (8). Por aquí circulaba la senda real que venía del Stadtschloss berlinés para dirigirse a los palacios de Potsdam. Por la mitad de este puente de hierro pasaba la frontera entre la RDA y Berlín Occidental, en una línea que seguía por en medio del Havel marcada con boyas y redes para impedir el paso de fugitivos buceadores. A pesar de que Alemania Oriental lo llamó Puente de la Unidad, el Glienicker Brücke fue sinónimo de división y famoso escenario de canje de espías entre los dos bloques.

 

Potsdam

 

El Schloss Charlottenburg, como ya vimos, fue el primer palacio de verano de los Hohenzollern y en sus proximidades se asentaron las segundas residencias de los grandes cortesanos. Federico II prefirió un lugar más alejado para su entretenimiento y mandó erigir sus palacios estivales en la ciudad de Potsdam, que se convertiría en la sede casi permanente de su reinado. Con él, la corte también trasladó sus mansiones a esta población, creando una tradición de vistosas villas. Todas ellas perdieron lustre durante las privaciones del comunismo, pero muchas lo han recuperado tras la reunificación.

 



 

La salida a Potsdam es imprescindible en toda visita que se realice a Berlín, pero es una excursión que queda fuera de esta guía. Baste recomendar encarecidamente una previa parada en el Cecilienhof, cuyas estancias se mantienen como las utilizaron Truman, Churchill y Stalin en la Conferencia de Potsdam de julio de 1945, y luego un sosegado paseo por el parque de Sanssouci. El rococó Schloss Sanssouci, nombre que proviene de la expresión francesa “sin preocupación”, obedece al diseño del propio Federico y es probablemente uno de los más exquisitos de Europa, sobre todo si se observa desde el pie de su original jardín escalonado. Las obras del palacete fueron dirigidas en 1747 por el arquitecto del rey, Georg Wenzeslaus von Knobelsdorff, quien quince años después levantaría también el Neues Palais al final del parque. Diversos pabellones, invernaderos, galerías, falsas ruinas románicas, pérgolas, fuentes y jardines componen el universo imaginado por Federico el Grande. El monarca filósofo, que tuvo como invitado en Sanssouci a Voltaire (como Leibniz lo había sido en Charlottenburg), vio finalmente cumplido en 1991, con dos siglos de retraso, su deseo de estar enterrado en el jardín del palacio, junto a su caballo y sus galgos italianos. La excursión a Potsdam puede completarse con un recorrido por el centro barroco de la ciudad y la visita a los estudios cinematográficos de Babelsberg.

 

Potsdam es la capital del estado federado de Brandemburgo. En 1996 se celebró un referéndum sobre la fusión entre Brandemburgo y Berlín, cuyo territorio se encuentra inserto en ese Estado. El 63 por ciento de los brandemburgueses rechazaron la creación de un único Bundesland. La constatación de no gozar del apoyo de su Hinterland fue algo decepcionante para los berlineses, que habían sufrido especialmente la división del país y hasta entonces se habían sentido en cierta medida los niños mimados de la nación reunificada.

 

Las históricas villas de Potsdam y las urbanizaciones de chalets del Wannsee y del Grunewald fueron expresión del bienestar de la nobleza y sobre todo de la burguesía. Ahí, en el extremo oeste del mapa, gozaron con deleite de su acomodada posición, mientras que las masas asalariadas pugnaban por sobrevivir en los barrios obreros, como los del norte de Berlín.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Strandbad Wannsee (Axel Mauruszat) / Strandbad Wannsee, 1930 (Bundesarchiv) / Haus der Wannsee-Konferenz (Clemens Franz) / Documento de la Conferencia de Wannsee / Pfaueninsel / Mapa Google / Palacio y Puente de Glienicke, Xaver Sandmann, 1845 / Puente de Glienicke en la actualidad (Lienhard Schulz) / Sanssouci (Wolfgang Staudt) / Federico II, por Anton Graff, 1781]

 
 

 

 

A un congreso de espías uno no acude todos los días; menos en la que fue capital de la Guerra Fría y además en la cumbre del Teufelsberg, la montaña más alta de Berlín, donde unas cúpulas blancas reticulares delatan la presencia de una antigua estación de escucha norteamericana. Así que con otros colegas cogimos un coche y nos fuimos con expectación a Grunewald (Selva Verde), el extenso bosque al oeste de la ciudad. No fue fácil dar con la carretera de acceso a la cima de la montaña. El Grunewald está atravesado por multitud de caminos, algunos para coches y la mayoría para paseantes, y sin buena orientación uno puede perderse, sobre todo si de pronto unos jabalíes se cruzan por delante en algún desvío y la atención se vuelve hacia el rastro de los animales. El congreso no reveló nada espectacular, y aunque en él participaron agentes que habían servido para soviéticos y norteamericanos, fue más ocasión de encuentro de viejos camaradas que habían jugado al gato y al ratón pasando de uno al otro lado del Muro que de reescritura de la historia. Al fin y al cabo, la historia se había terminado, según había proclamado la ciencia política, y las mismas instalaciones de Teufelsberg, símbolo de la Guerra Fría, buscaban mejor postor para reconvertirse en hotel o en atracción turística. Desde luego que la vista sobre Berlín merecería la inversión.

 

Sobre el Teufelsberg (1) (Montaña del Diablo) se tiene una sensación rara, no por el nombre, sino porque no se deja de pensar sobre lo que se tiene debajo. El promontorio es artificial, pues se formó con las ruinas que se retiraron de la capital al término de la Segunda Guerra Mundial. Esta montaña de quinientos metros de ancho, ciento diez de alto y un kilómetro de largo fue fruto del trabajo de miles de Trümmerfrauen, término acuñado en la postguerra para referirse al protagonismo ejercido por las mujeres en el desescombro de las ciudades. La formaron dieciocho millones de metros cúbicos de ladrillos, marcos de puertas y ventanas, restos de tuberías, muebles destrozados y demás escombros provocados por los bombardeos. En total, casi cien millones de toneladas de ruinas fueron repartidas en distintos promontorios de la ciudad. La vegetación y los árboles han tapado cualquier vestigio del material de relleno, vertido aquí sobre lo que iba a ser una facultad técnica militar del nazismo. Diseñada por Speer, la academia no pudo completarse debido a nuevas prioridades una vez comenzada la guerra. Una iniciativa ciudadana pretende excavar para dar con el edificio, que apenas habría sido destruido cuando quedó sepultado. La altura del Teufelsberg ha sido aprovechada por los berlineses para hacer volar cometas y para deslizarse en esquís cuando hay suficiente nieve. Aunque parezca mentira, en 1986 acogió una prueba del mundial de esquí.

 

Excursiones por el bosque

 

El Grunewald está surcado diagonalmente por la línea recta del AVUS, la primera autopista alemana, que divide el bosque en dos: la parte norte, más extensa, que llega hasta orillas del Havel, y la parte sur, horadada por lagos y bordeada por villas y urbanizaciones. Ambas son lugar de recreo de los berlineses. Una de las excursiones típicas, por ejemplo, es adentrarse por los caminos de este Berliner Forst y llegar hasta la Grunewaldturm (2). La torre, en ladrillo gótico noralemán, se inauguró cerca del Havel en 1899 con motivo del centenario del nacimiento del emperador Guillermo I, cuya estatua preside el atrio. En su base hay un restaurante, muy frecuentado los domingos de buen tiempo, y en su parte alta un mirador permite elevar la vista sobre la alfombra de las copas de los árboles. Enfrente, al otro lado del río, se ven las casas de Gatow (3), que pertenecen al distrito de Spandau. El Tercer Reich creó en Gatow un base aérea, donde tuvo su sede la Legión Cóndor, tristemente afamada por el bombardeo de Guernika durante la Guerra Civil Española. En el reparto de los aliados, Gatow correspondió a los británicos, que utilizaron el aeropuerto durante el puente aéreo del Bloqueo de Berlín. Las pistas están ahora en desuso.

 

El paseo puede proseguirse en barco, tomando en el embarcadero de la Grunewaldturm alguna de las rutas que surcan el Havel, o bien caminando hacia el norte hasta el Schildhorn (4), una lengua de terreno en forma de cuerno (Horn) que se mete en el río. Aquí un monumento de 1845 celebra una leyenda del siglo VI, según la cual el príncipe eslavo Jacza se convirtió al cristianismo después de prometer bautizarse si conseguía atravesar vivo el Havel desde la otra orilla, donde su ejército había perdido la batalla. Al llegar a esta punta del Grunewald, Jacza colgó su escudo (Schild). Uno de los caminos de regreso de la excursión pasa por el pequeño Teufelssee (5) (Lago del Diablo), el lago más profundo de Berlín. Como sus aguas permanecen especialmente frías también en verano no es muy apetecido por los berlineses, por lo que se ha reservado para la FKK (nudismo) dada la garantía de ausencia de fisgones, aunque al bañista alemán le suele traer bastante sin cuidado cómo se remoja su prójimo.

 

Baño en la noche y un trago de Jägermeister

 

Los lagos de Grunewald más frecuentados para darse un chapuzón y pasar a sus orillas una jornada de descanso son el Schlachtensee y el Krumme Lanke, ambos con cercanas estaciones de S-Bahn o de U-Bahn. El Krumme Lanke (6) ofrece la peculiaridad de que, al estar totalmente rodeado de bosque, adquiere al anochecer un aspeco un tanto fantasmagórico. Darse un baño a esas horas, en medio de las sombras de la masa de árboles, es una sensación única; sólo se oye el ruido del agua removida por las propias brazadas y, de vez en cuando, las voces perdidas de grupos que han decidido pasar parte de la noche junto al lago.

 



 

Un hilo de agua une el Krumme Lanke con el Grunewaldsee. Este otro lago fue adquirido a su dueño por el príncipe elector Joaquín II, quien en 1542 se hizo construir el Jagdschloss (7) (Palacio de Caza), desde el que emprender sus cacerías por los alrededores. Esta residencia es uno de los pocos edificios renacentistas que se conservan en Berlín y hoy contiene una colección de pintura de la época. Sobre el portal de entrada hay un bajorelieve con ciervos y la inscripción “Zum grünen Walde”, que luego daría lugar al término Grunewald. Gastronomía de caza puede degustarse en Forsthaus Paulsborn, hostal decorado con trofeos de cornamentas, a un paso del Jagdschloss. El tradicional Berlín cultiva la cinegética, y los principales restauranes incluyen caza mayor en sus cartas de temporada. Una jornada especialmente señalada para que los aficionados salgan con sus escopetas al hombro es el 3 de noviembre, fiesta de San Huberto. Este santo del siglo VIII es patrón de los cazadores porque, según cuenta la leyenda, cuando de joven llevaba una vida disoluta marchó un Viernes Santo a cazar mientras la gente acudía a los oficios divinos. Estando en ese menester, se le apareció un ciervo con una cruz entre sus intrincadas astas y escuchó una voz que le recriminaba su descarriada vida. Huberto llegaría después a obispo. La cruz en la cornamenta es el símbolo de la marca Jägermeister (Maestro Cazador), uno de los Schnaps más conocidos de Alemania. No es que sea originario de Berlín, pero no hay que desdeñar cosas buenas de otras partes del país.

 

Colonias y mansiones

 

La panza de este inmenso bosque está bordeada por mansiones y urbanizaciones. Una de ellas es la Onkel-Toms-Siedlung (8) (Colonia del Tío Tom), a la salida de la estación del U-Bahn Onkel-Toms-Hütte. La colonia fue construida entre 1926 y 1932 bajo la dirección de Bruno Taut, con los criterios funcionales de la arquitectura y el urbanismo de vanguardia de la República de Weimar. El curioso nombre viene de una pequeña cabaña que había en la entrada a Grunewald, que se popularizó como Cabaña del Tío Tom tras el éxito de la traducción de la novela de Beecher-Stowe. En esa época se promovieron otras urbanizaciones en la zona, como la Kameradschaftssiedlung der SS, situada casi enfrente, al otro lado de la Argentinische Allee. Destinada en 1938 a la Camadería de las SS, se trata una de las pocas colonias del nazismo en Berlín.

 

Las villas más exclusivas de toda la ciudad, sin embargo, se encuentran en el barrio conocido propiamente como Grunewald, cerca de la estación del S-Bahn que lleva ese nombre, entre una serie de pequeños lagos (Halen, König, Diana, Hertha, Hubertus). Si digo que aquí frecuenté fiestas y banquetes puede parecer que me codeé con lo más alto de la sociedad berlinesa. Lo cierto es que no hubo mucho mérito por mi parte: en este exquisito rincón de Berlín estuvo durante unos años la residencia del embajador español, hasta que se terminó la nueva Embajada del Tiergarten. Los largos desplazamientos hasta este lugar, atravesando toda la capital, tenían su premio. El jamón servido en las recepciones era excelente –en Berlín no era fácil entonces conseguir productos españoles de esa calidad– y además las visitas las precedía muchas veces con un interesante merodeo por los alrededores.

 

“¿Le gusta mi casa, señor X?”

 

Este reducto de la opulencia fue propiciado por Bismarck a partir de 1889 como barrio residencial de la gran burguesía, al final del prestigioso bulevar de la Kurfürstendamm. Aquí vivieron desde empresarios de prensa (familia Ullstein) y editores (Samuel Fischer) a políticos (Walther Rathenau), escritores (Walter Benjamin, Lion Feuchtwanger y Wicki Baum), científicos (Max Planck) y directores teatrales (Max Reinhardt). Muchos de ellos, judíos o intelectuales de izquierda, o las dos cosas simultáneamente, se vieron obligados a dejar sus elegantes viviendas con la llegada del nazismo. Así que tanto Göring como Goebbels encontraron donde instalarse con comodidad, al menos por un tiempo: el primero, en el número 68 de la Königstraße; el segundo, en el número 70. Tras decenios de decadencia, la reunificación ha hecho de Berlín algo nuevamente atractivo para las fortunas alemanas, y Grunewald ha vuelto a ser una dirección predilecta.

 

Christopher Isherwood describió Grunewald en 1939 de manera mordaz: Las “villas, en todos los conocidos tipos de arte de una costosa fealdad, desde estravagantes necedades rococó hasta cúbicas cajas de acero y cristal con tejado plano, están estrechamente apretadas en este húmedo y triste pinar. El barrio es un correcto Slum [barrios bajos] para millonarios”. Quién sabe si Isherwood escribió desde la envidia; en cualquier caso, los habitantes de Grunewald veían de modo muy distinto el lugar. Lion Feuchtwanger lo definió como “el sitio más bonito de Berlín”, mientras que Alfred Kerr aseguraba: “me he reconciliado con Berlín desde que vivo fuera”. De todos modos, a ambos la felicidad en este lujoso arraval no les duraría mucho tiempo. Kerr huyó del país en febrero de 1933 porque “no en Deutschland sino en Hitlerland / se me ha privado de la patria”. Por esas mismas fechas, las SA irrumpieron en la casa de Feuchtwanger (Regerstraße 8) mientras el escritor se encontraba en una gira de conferencias por EE.UU. El domicilio fue declarado “ario” y su biblioteca de diez mil libros resultó devastada. El autor de la exitosa novela El judío Suss (1925), en la que encomia los valores de la asimilación a partir de la vida de un rico judío alemán de principios del siglo XVIII (sobre ese mismo personaje el nazismo haría después una de las películas de mayor propaganda antijudía), ya no volvió a Alemania y desde el exilio escribió una sarcástica Carta abierta al habitante de mi casa. “¿Le gusta mi casa, señor X? ¿Vive cómodo en ella? ¿Padeció mucho la moqueta gris plateada de las habitaciones superiores durante el saqueo de la gente de las SA?”, preguntaba con sorna. Y añadía: “¿Qué ha hecho de las dos habitaciones que contenían mi biblioteca? Me han dicho que los libros no son muy estimados en el Reich en el que usted vive, señor X, y quien se ocupa de ellos se encuentra fácilmente con molestias”.

 

Asesinato de Rathenau

 

“Molestias”, por decirlo de alguna manera. Unos cuantos años antes, Walther Rathenau fue acribillado a la salida de su villa (Königsallee 65). El 24 de junio de 1922, el ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar subió al coche para ir al Ministerio, como cada mañana. A pesar de recientes advertencias de la Policía, Rathenau no cambió su costumbre: utilizó su coche descapotable, el itinerario fue el habitual y el chófer circuló con su normal lentitud. Donde la Königsallee da una curva, en su cruce con la Erdener Straße, apareció un vehículo ocupado por tres jóvenes. Uno de ellos disparó una ametralladora contra Rathenau y otro arrojó una granada al interior del coche. Alcanzado por cinco disparos y por la metralla de la bomba, el político fue trasladado a su domicilio, donde murió casi de inmediato. En el lugar del atentado hay un monolito con la siguiente frase: “La salud de un pueblo viene sólo de su vida interior, de la vida de su alma y de su espíritu”. Los nazis no hicieron ascos a la sentencia y organizaron allí un hipócrita homenaje a Rathenau cuando llegaron al poder; Heinrich Himmler (SS) depositó una corona de flores y Ernst Röhm (SA) fue el encargado del discurso.

 



 

Walther Rathenau era hijo de Emil Rathenau, quien fundó la Allgemeine Elektrizitäts Gesellschaft (AEG) a partir de la licencia que en 1870 consiguió para Europa del reciente invento de Thomas Edison. De joven trabajó en la compañía familiar y luego buscó su camino propio en los negocios. Persona brillante, conocedor de varios idiomas, se convirtió en un punto de referencia en la inestable sociedad alemana de entreguerras, como testimoniaría Stefan Zweig. Como ministro de Exteriores fue el artífice del Tratato de Rapallo, que significó un cierto alivio respecto a la humillación que habían supuesto para Alemania las condiciones impuestas por los vencedores de la Primera Guerra Mundial. Un millón de personas acudió a su sepelio. Ante su catafalco, expuesto en el Reichstag, el presidente Ebert afirmó: “El infame crimen no sólo ha tocado al hombre Rathenau, sino a Alemania en su totalidad”.

 

Los protocolos de los sabios de Sión

 

Eso era lo que pretendían su asesinos, desestabilizar y derrumbar el frágil parlamentarismo de Weimar. Pero no sólo eso. Rathenau era judío y el antisemitismo pesó a la hora de decidir el atentado. Uno de los criminales había asegurado que el político era uno de los trescientos sabios de Sión, en referencia a la teoría de la conspiración mundial alimentada por Los protocolos de los sabios de Sión, un libro antisemita publicado en Rusia en 1895 que tuvo una enorme influencia en toda Europa. Ello vendría a demostrar, según algunos, que el odio a los judíos ya existía entre el pueblo alemán y que Hitler no tuvo más que soplar sobre las ascuas para provocar la hoguera.

 

Hitler, en realidad, hizo más que soplar. El Holocausto exigía un grado de obsesión que no se puede imputar a la mayoría de los alemanes de entonces (mucho menos a los de después). Vecino de Grunewald en su juventud fue Dietrich Bonhoeffer, la voz de la Iglesia Evangélica más crítica con el nazismo y su práctica antisemita; fue duramente perseguido y murió ahorcado un mes antes de que terminara la guerra en el KZ Flossenburg, junto con el almirante Canaris, a cuyo círculo opositor perteneció. Recordatorio de esa maquinaria de muerte es la S-Bahnhof Grunewald (9), que tras su pintoresco estilo inglés guarda el registro de los 183 trenes que partieron de ella llevando a las masas de judíos berlineses enviados a los guetos del este y a los campos de concentración y exterminio. De su vía número diecisiete, en la antigua zona de mercancías, partió el 18 de octubre de 1941 el primero de esos convoyes, con 1.251 judíos. Las fechas y cifras de los “transportes” –así se les llamaba eufemísticamente– están grabados junto a la vía, por la que ya no circulan más trenes. En total, 55.000 judíos berlineses fueron conducidos a la muerte desde las estaciones de Grunewald, Putlitzstraße y Anhalt, adocenados en vagones de ganado, en convoyes que llegaban a superar las mil personas. La dirección del Reichsbahn cobraba a las comunidades judías un billete de tercera por cada persona transportada. Sólo sobrevivieron mil novecientos.

 

El Oxford alemán

 

Al barrio de Grunewald le sigue hacia el sur el de Dahlem; el primero en el distrito de Wilmersdorf, el segundo en el de Zehlendorf. Aunque también residencial, el espíritu de Dahlem no está impregnado por la iniciativa privada de la burguesía, sino por el de la filantropía del Estado, que alrededor de 1900 quiso convertir las vastas hectáreas que poseía en este dominio en el “barrio académico de la capital del Imperio”. Apartado entonces del centro de Berlín, Dahlem debía ser una suerte de Oxford alemán, con escuelas superiores, institutos científicos y archivos. También debía tener el carácter de un “barrio de los museos” que descongestionara la Museumsinsel de Berlín Mitte. Parte de estos planes quedaron truncados con el estallido de la Primera Guerra Mundial; otros se llevaron a cabo con el tiempo, incluso potenciados por la división de Berlín. Ésta hizo, por ejemplo, que lo que había sido pensado como un complemento museístico deviniera en la mayor concentración de museos de Berlín-Oeste. La construcción del Kulturforum junto a la Potsdamer Platz y luego la reunificación de la ciudad han acabado sustrayendo de Dahlem casi todos los museos.

 



 

La partición de la ciudad también propició la creación en 1948 de la Freie Universität (10), después de las restricciones que el sector soviético aplicó para la asistencia y docencia en la Humboldt-Universität de Unter den Linden. En esta guerra por la enseñanza universitaria, los norteamericanos se volcaron en ayudas a la Universidad Libre de Berlín, como los fondos donados para la construcción del Henry-Ford-Bau, donde está el rectorado, el auditorio y la biblioteca. Este edificio, tenido por los estudiantes radicales como emblema del “colonialismo yanqui”, fue escenario de las revueltas universitarias de finales de los sesenta y principios de los setenta del pasado siglo. La vida estudiantil, menos ocupada ahora en revoluciones, sigue dando color a esta parte de Dahlem.

 

En este entorno universitario y de investigación está el prestigioso Max-Planck-Institut, fundado en 1911 como Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft. En esta institución trabajaron Max Planck, Otto Hahn, Fritz Haber, Emil Fischer y Albert Einstein, entre otros destacados científicos. Los nazis provocaron una desbandada de investigadores judíos y mancillaron la KWG con sus experimentaciones, de manera que su mismo nombre quedó condenado. El instituto se rebautizó como Max Planck tras la muerte de éste. La ciencia botánica, por su parte, se desarrolló en el generoso espacio reservado al Botanischer Garten (12), cuyo acceso principal está en la avenida Unter den Eichen. El paseo entre jardines de muy distinta naturaleza constituye una atracción interesante tanto en día de sol como de lluvia, pues los grandes invernaderos suponen un entretenido cobijo

 

Die (Luft)Brücke

 

Privado Dahlem de sus grandes museos, quedan de todos modos dos que compensa visitar. Uno es el Alliierten-Museum (12), centrado en la actuación de los aliados en el Berlín ocupado. Se inauguró en 1998 y está regentado por una sociedad internacional de la que forman parte Alemania, Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Las vicisitudes de la Guerra Fría, sobre todo el Bloqueo de Berlín y el Luftbrücke, llenan las salas de lo que fue un antiguo cine para militares estadounidenses. El museo está en la Clayallee, cerca de la Trumanplaza, que fue el centro de la administración militar norteamericana, cuyos cuarteles generales estaban enfrente. La Clayallee fue bautizada ya en 1949 con el nombre del padre del Luftbrücke.

 

Pero si cabe hablar de un museo preferido, en una ciudad con tanta concentración de arte e historia, probablemente me quedaría con el Brücke-Museum (13), consagrado al movimiento expresionista Die Brücke (El Puente). Reconozco que se trata de una elección muy personal, que obedece a la pasión por el expresionismo pictórico alemán, por los gruesos trazos y febriles colores de su estilo y por el vitalismo de una generación que salvajemente cortaron las trincheras de la Primera Guerra Mundial. El grupo Die Brücke se formó en Dresde y tuvo su base en Berlín desde 1910 hasta que se deshizo en 1913. La colección se formó a partir de la nutrida herencia de Karl Schmidt-Rottluff y Erich Heckel, pero también contiene importantes muestras de otros miembros del grupo, como Emil Nolde, Max Pechstein y Ernst Ludwig Kirchner. El museo, erigido en 1967, se encuentra en una tranquila calle medio metida en el Grunewald (Bussardsteig 9), curiosamente al lado de donde continúa el edificio que en 1937 abrió como estudio el escultor Arno Brecker (Käuzchensteig 8-12). Becker fue el artista oficial del nazismo y a su taller acudieron los principales gerifaltes del régimen para admirar el trabajo en sus colosales figuras. Nunca hubieran imaginado que a dos pasos se instalaría un santuario dedicado al “arte degenerado” del expresionismo, al que tanto combatieron.

 

Sin las grandes dimensiones del Grunewald es posible que Berlín-Oeste hubiese sucumbido a la asfixia a la que le condenaba el Muro. Pero los berlineses occidentales contaban con los amplios espacios para el paseo del Grunewald, y también con las posibilidades de recreo que ofrecía el Wannsee, el enorme lago que forman las aguas del Havel: dos parques naturales inusuales dentro de los límites de una ciudad.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Grunewald, orilla del Havel (Lienhard Schulz) / Cumbre del Teufelsberg (Axel Mauruszat) / Grunewaldturm (Andreas Körner) / Jagdschloss, Johann Friedrich Nage, 1788 / Logo de Jägermeister/ Casa de la Colonia del Tío Tom / Lion Feuchtwanger y cartel de la película antisemita Jud Süß, 1940 / Walter Rathenau, 1921, y sepelio a las puertas del Reichstag, 1922 (Bundesarchiv) / Vías de la estación de Grunewald / Mapa Google / Grupo Die Brücke, de Kirchner, 1926]

 
 

 

 

A cámara lenta, el cuerpo desnudo y musculoso del discóbolo flexiona sus piernas, gira poco a poco sobre ellas y luego estira con fuerza su brazo derecho hacia un cielo cubierto de nubes, en un decorado pretendidamente mitológico. Es imposible pasear por los alrededores del Olympiastadion y no evocar esas estéticas secuencias de Leni Riefenstahl. La que simplistamente se ha conocido como la cineasta de Hitler legó unas imágenes de los Juegos Olímpicos de 1936 incontestablemente bellas, en las que los torsos de los atletas, sus esfuerzos y sus movimientos, la composición de las figuras y su relación con los elementos arquitectónicos, aportaron un nuevo lenguaje fílmico y elevaron el deporte a la categoría de arte cinematográfico. Un arte, eso sí, mezclado con la progaganda y el deseo de resaltar la fortaleza de la raza aria. En las dos partes de Olympia (Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza, estrenadas en 1938) prima el tipo humano germánico, con siluetas generalmente recortadas en el cielo; se margina a los atletas alemanes de origen judío, autorizados a participar sólo para evitar un boicot norteamericano, y sobresale entre el público y los deportistas la persona de Hitler, ensalzada mediante la selección de planos. “El arte es libre, sin embargo debe habituarse a determinadas normas”, había proclamado Goebbels en su primera reunión con una prometedora industria cinematográfica alemana que pronto encarrilaría el exilio hacia Hollywood.

 

Las dos cintas de Olympia se pueden adquirir en los grandes almacenes culturales de Berlín, en cambio no suelen estar a disposición del público Victoria de la fe (1933) ni Triunfo de la voluntad (1934), que Riefenstahl produjo sobre las multitudinarias concentraciones del partido nazi en Núremberg. No figuran en las estanterías por las mismas razones que tampoco está el Mein Kampf de Hitler, censurado por las leyes que combaten la apología del nazismo. Es de suponer que puedan encontrarse en alguna trastienda, aunque yo no me esforcé en conseguirlo, pues mi interés periodístico por Riefenstahl no tenía nada que ver ni con ese compromiso entre sensibilidad artística y nazismo, ni con el pionero tratamiento de la luz que la cineasta demostró ya en su primer gran éxito, La luz azul (1932). El objeto de mis pesquisas era otro de sus filmes, Tiefland [Tierra baja], que Riefenstahl rodó en los primeros años cuarenta y sólo pudo estrenar en 1954. La directora tomó la historia y la música de una ópera del mismo título de Eugen d’Albert, cuyo libreto a su vez se basaba en la pieza dramática Terra baixa (1897) del catalán Àngel Guimerà. Por ello la acción transcurre supuestamente en España y para recrear su ambiente rural Riefenstahl visitó varias provincias españolas. Por casualidad di con la persona que le había hecho de traductor en algunas entrevistas desarrolladas en Madrid. A final, la película reproduce indumentarias y decorados que mezclan lo charro y lo andaluz. Lo polémico es que con el fin de encontrar tipos humanos hispánicos, Riefenstahl utilizó gitanos de un campo de concentración, lo que lastraría para siempre la película. En los noventa, Riefenstahl pudo exponer en Berlín su posterior producción fotográfica, con sus series sobre la tribu africana de los Nuba y sobre paisajes submarinos, pero no se llegó a reconciliar con la ciudad, pues nunca renegó de su filmografía. Murió en 2003 a los 101 años.

 

Supremacía aria en el deporte

 

Berlín organizó los Juegos Olímpicos de 1936 después de haberse postulado cinco veces como sede. La Primera Guerra Mundial impidió que los albergara en 1916, y Alemania quedó excluida de la participación en las dos siguientes competiciones olímpicas. La organización de los Juegos de Verano de 1936 se vio incluso en peligro ante la actitud hostil tanto de comunistas, que denunciaban el burgués orgullo nacional que fomentaban los JJ.OO., como sobre todo de los nacionalsocialistas, que rechazaban la mezcla de razas y la cultura individualista de la búsqueda de medallas personales. Los nazis cambiaron de opinión después de hacerse con el poder, pues vieron en los Juegos un triple beneficio: el reto de expresar la supremacía alemana también en el deporte, la ocasión de dar publicidad a los logros del Estado totalitario y la oportunidad de engañar a la comunidad internacional denegando la persecución de la oposición interna y de los judíos. Para ocultar sus fauces, el Tercer Reich suavizó el régimen policial durante los Juegos Olímpicos. Fueron los primeros en ser parcialmente televisados.

 

El objetivo de impresionar a los espectadores extranjeros lo cumplían ya las propias instalaciones. El centro del área olímpica lo acupa el Olympiastadion (1), con forma de óvalo. Delante del estadio dos altas pilastras actúan de portal y soportan entre ambas los aros olímpicos. Una torre aún más alta, con funciones de campanario, queda en la parte de atrás, separada por la explanada del Maifeld. Al este del estadio están las pistas para competiciones de tenis y hockey, al norte se encuentra la piscina olímpica y al suroeste el campo de equitación. La zona había sido conocida previamente como Reichssportfeld, pues desde tiempo atrás se dedicaba a la práctica deportiva. Un primer proyecto pensado para los abortados Juegos de 1916 fue reemplazado entre 1934 y 1936 por el arquitecto Werner March. March ideó un estadio semienterrado, cuyo terreno central se sitúa a doce metros por debajo del nivel exterior. Aunque inspirado en algunas estructuras romanas, responde más bien a la estética del nazismo; no en vano, el elemento quizá más característico de todo el conjunto, la piedra caliza de pilares y revestimientos, fue propuesta de Albert Speer. A ese diseño original, presente en pasillos, baulastradas y apliques de luz, se unió el cubrimiento del campo en 2008, con motivo de la Eurocopa de fútbol. El Olympiastadion presenta un corte en su curva oriental; allí está la puerta del maratón y el pebetero para el fuego olímpico, cuya llama se trajo desde Grecia por primera vez en el olimpismo moderno. Es el decorado en el que transcurren las postreras escenas de Mefisto, el galardonado filme de István Szabó: en las primeras luces del alba, el estadio vacío ofrecía toda la potencialidad dramática que requería el final de la película.

 

88 hileras de escalones

 

La mejor perspectiva sobre el complejo olímpico se obtiene desde los 67 metros de altura de la Glockenturm (2) (Torre de la Campana). Este campanario corona la Langemarkhalle, una galería que honora los caídos en la Primera Guerra Mundial y en la que hay inscripciones de versos patrióticos, entre otros éstos de Höldelin: “Vive en las alturas, oh patria, / y no cuentes los muertos, / para ti, amada, / no ha caído ni uno de más”. Esta comunión entre patria, muerte y deporte, espiritualizada con el tañir de la campana de la torre, guarda relación con la adhesión de voluntades y cuerpos –en forma para la Vaterland, en forma para la guerra– que reclamaba el nazismo con su pretendido misticismo. En las últimas horas de la Segunda Guerra Mundial, dos mil jóvenes, reclutados en muchos casos entre adolescentes y niños para la División de las Juventudes Hitlerianas, murieron aquí bajo el fuego soviético. Hoy la campana ya no lleva la esvástica, pues tras la contienda hubo que fundir una nueva, como también fue necesario reconstruir la propia torre.

 

A los pies de la Glockenturm queda el Maifeld, una enorme explanada que los fotogramas de Riefenstahl muestran llena de cientos de gimnastas, todos realizando al unísono los mismos movimientos, corporeizando la uniformidad tan cara a los sistemas totalitarios. Al no existir en Berlín ningún gran espacio para las manifestaciones de partido, Hitler pidió a March que aportara un lugar donde cupieran medio millón de personas en formación, aunque luego el tiralíneas del arquitecto sería algo más comedido.

 

A poca distancia del campanario, en una hondonada, está la Waldbühne (3) (Escenario del Bosque), un anfiteatro de inspiración clásica que Werner March realizó a petición esta vez de Goebbels. El escenario, al final nada menos que de 88 filas de escalones, sirvió para amenizar los Juegos con música nacionalsocialista, alternada con las competiciones de gimnasia. No consta que esa cifra, que luego ha sido utilizada por los neonazis para evocar sibilinamente las iniciales del grito Heil Hitler (la letra h es la octava letra del alfabeto), fuera premeditada, pero ¿qué esperar de Goebbels, que a sus seis hijos les puso nombres que comenzaban por h, supuestamente para honrar al Führer? La Waldbühne fue recuperada como lugar de conciertos en 1966 con una actuación de los Rolling Stones y desde entonces su programación de verano ha sido muy apreciada por los berlineses. Singular momento es la cita anual de la Filarmónica de Berlín, que por un día abandona su auditorio del Kulturforum para pasar una jornada en el campo. Ése es el espíritu de la convocatoria, a la que todo el mundo acude con sus cestas de picnic repletas de cerveza y de Butterbrot, la variante alemana del sándwich, normalmente de pan moreno. Como última pieza del concierto es preceptivo que la Filarmónica toque la popular marcha del Berliner Luft, que es coreado y seguido con palmas por todo el público.

 

Hertha BSC

 

Aunque fui testigo de este recomendable espectáculo con Plácido Domingo a la batuta, que anduvo algo acartonado en lo de los compases finales del Berliner Luft, mi recuerdo más vivo de estas instalaciones es un partido de fútbol en el Olympiastadion entre el Hertha de Berlín y el Barça. Fue una noche de espesa niebla en la que como no se podía ver más que una mínima parte del terreno de juego me entretuve en inspeccionar el palco presidencial, que hoy se llama de honor pero que en su tiempo fue la Führerloge. Habiendo visto antes las fotos de época, no era difícil situarse en el mismo lugar desde el que Hitler doblaba su brazo como respuesta al saludo nazi de la multitud y desde el que el dictador siguió con ceño fruncido las incómodas victorias de Jesse Owen. El atleta norteamericano de raza negra ganó nada menos que cuatro medallas de oro: salto de longitud, relevos de cuatro por cien, los cien metros lisos y también los doscientos. Demasiado para el Führer, que abandonó su lugar antes de que finalizara esa última prueba. El palco fue ligeramente reformado en la remodelación realizada para acoger los mundiales de fútbol de 2006, en la que se procedió al cubrimiento de las gradas.

 

La noche del Hertha-Barça me sirvió, además, para comprobar que la reunificación de los dos Berlines, lenta en muchos aspectos, tiene una historia de relativo éxito en el Hertha BSC (Berliner-Sport-Club). Relativo porque, aunque este equipo ha conseguido colarse alguna vez en las competiciones europeas, su juego es irregular y en la Bundesliga le cuesta superar posiciones modestas. Pero el éxito al que me refiero no es deportivo sino social, pues el Hertha es un factor de integración que suma aficiones a ambos lados del antiguo Muro. Eso lo constaté nada más coger el S-Bahn en la Friedrichstraße: el tren venía del este ya cargado de aficionados con camisetas y bufandas del Hertha, y a ellos se fueron sumando luego otros seguidores en las estaciones del oeste.

 

El equipo se fundó en 1892 en un barco de vapor que tenía por nombre Hertha y cuya chimenea estaba pintada de franjas blancas y azules, colores que pasaron a su camiseta. En 1930 y 1931 ganó la liga alemana. Después vino la excepcionalidad del nazismo, la destrucción de la ciudad y su decadencia. Berlín Occidental no dejó de ser un gueto y su equipo de fútbol cayó a tercera división. Casi simultáneamente con el traslado del Parlamento y del Gobierno a Berlín, el Hertha regresó a la primera liga. Dejó su pequeño campo (ahora ocupado por el Tennis Borussia Berlin, en bajas categorías, y objeto de transformación por parte del hijo de Albert Speer, también arquitecto) y se mudó al Estadio Olímpico. El equipo ha ganado hinchas en el este de la ciudad a falta de un conjunto propio que rivalice en la misma división. En eso el Hertha se beneficia de que el BFC Dynamo, que ganó diez veces la liga de la República Democrática, esté encuadrado en categorías regionales y tenga poco empuje para atraer la Ostalgie. El Dynamo fue conocido en sus buenos tiempos como el equipo de la Stasi; muchos de sus jugadores eran agentes, que aprovechan sus desplazamientos extranjeros para su doble juego; su presidente fue Mielke, ministro de la Seguridad de la RDA.

 

Villa Olímpica

 

Antes de tomar el S-Bahn de regreso puede uno acercarse hasta Le-Corbusier-Haus (4) (Flatowallee 16). El arquitecto francés proyectó su Unité d’Habitation para la Exposición Interbau de 1957, si bien no participó en la ya referida reconstrucción del Hansaviertel del Tiergarten, sino que plantó aquí su contribución berlinesa. Ideado como un conjunto de módulos multifamiliares autosuficientes, el bloque de quinientos apartamentos de dos plantas tiene algunos servicios integrados, como tiendas, polideportivo y guardería. Le Corbusier se desentendió después de su “vivenda-máquina” porque la falta de presupuesto eliminó algunos servicios previstos y porque la altura de los pisos fue ligeramente elevada.

 

A quienes deseen revivir los escenarios de la Juegos Olímpicos de 1936 les compensará enormemente acudir al Olympisches Dorf (Villa Olímpica). El poblado se construyó en el término municipal de Elstal, fuera de la capital pero a no más de media hora en coche en dirección oeste. El estado de abandono en que se encuentran esas instalaciones las convierte en aún más interesantes, porque casi todo está como fue dejado después de que los equipos de atletas regresaron a sus países. Parte del terreno fue usado luego como cuartel, tanto por el nazismo, que ya ideó la villa olímpica pensando en esa reutilización, como por el comunismo, pero la mayoría de los edificios han permanecido invariados. Al menos así era cuando los visité, atendiendo al recorrido guiado que llevaba a cabo una asociación de entusiastas de las históricas instalaciones. Después han salido varios compradores interesados en hacerse con el complejo, que en cualquier caso debe respetarse al tratarse de un bien cultural protegido. Se ha rehabilitado el barracón adjudicado a Jesse Owen y sus compañeros de equipo.

 

El solitario Rudolf Hess

 

Más cerca del área del Olympiastadion, pero también al margen de nuestro mapa, queda el antiguo pueblo de Spandau, con su interesante ciudadela y sus vestigios medievales. Spandau nació en la confluencia entre los ríos Spree y Havel, de la misma manera que, en el otro extremo berlinés, Köpenick surgió en la conexión entre el Spree y el Dahme. Los asentamientos de Spandau y Köpenick datan de los siglos VIII y IX y precedieron a los de Berlín-Cölln, que aparecieron a mitad del curso del Spree entre ambas históricas poblaciones. Su antigüedad y tradición como entidades independientes no fue obstáculo para quedar anexionadas en 1920 a la capital alemana.

 

El viejo núcleo urbano de Spandau está rodeado de agua. En su interior, la retícula de calles medievales bordea la antigua plaza del mercado. Ahí se encuentra la St.-Nikolai-Kirche, cuna del protestantismo de la marca de Brandemburgo, pues en ese templo el príncipe elector Joaquín II abrazó la Reforma en 1539. Las casas más antiguas de Spandau se hallan en su punta norte, conocida como Kolk. Frente a ella se levanta la Zitadelle, presidida por el magnífico mirador que es la almenada Juliusturm. La ciudadela comenzó a construirse en 1560 y algunas partes fueron añadidas en el siglo XIX. Aunque en ella había una antigua cárcel, el preso más famoso de Spandau, Rudolf Hess, no estuvo encarcelado en la Zitadelle sino en una cercana prisión militar. Hess, lugarteniente de Hitler en el partido nazi, que protagonizaría el extraño episodio de su caída en paracaídas sobre Inglaterra en plena guerra, fue condenado a cadena perpetua en los juicios de Núremberg de 1946. Compartió prisión con otros capitostes nazis, como Speer, condenado a veinte años. Desde 1966, Hess fue el único interno de la prisión. Terminó suicidándose el 17 de agosto de 1987, después de veinte años de vida en solitario. Tras su muerte, la cárcel fue derruida y sustituida por un centro comercial (Wilhelstraße 23, Berlin-Spandau). Hess es una de las figuras más veneradas por los neonazis, que organizan marchas cada 17 de agosto.

 

La presencia de la Zitadelle propició el desarrollo en Spandau de una temprana industria militar, que a finales del siglo XIX dio pie a la instalación también de industria civil. Al norte del municipio nació a partir de 1906 la Siemensstadt (Ciudad de Siemens), un combinado de grandes factorías de ladrillo y de viviendas para los obreros. Siemens había nacido en 1847 en un patio trasero de la Schöneberger Ufer, en el distrito de Kreuzberg, fundada por Werner Siemens. Su rápido éxito obligó a buscar nuevos terrenos para la expansión. La Siemensstadt fue sede principal del consorcio hasta que en 1957 las dificultades de un Berlín y un país divididos aconsejaron el traslado de la central de la compañía a Múnich.

 

Berlín tiene su torre Eiffel

 



 

La torre industrial enladrillada de la Siemensstadt es lo primero que se ve de la capital al entrar en la ciudad desde el aeropuerto de Tegel. Pero cuando se toma hacia el sur el Stadtring, la autopista interna de circunvalación (en realidad de media circunvalación, pues sólo recorre Belín-Oeste), otra esbelta estructura llama la atención. La primera vez que se contempla a distancia se produce un instante de confusión. ¿Estoy acaso en París? Desde lejos, la silueta de la Funkturm (5) (Torre de la Radio) parece indicarnos que pronto nos toparemos con el Sena. De cerca, las reducidas dimensiones de la torre, de 138 metros de altura, pronto nos resitúan, aunque es cierto que el espigado mecano de hierro y las plataformas que lo jalonan evocan irremisiblemente al símbolo de la capital francesa. Más que de una copia, las guías alemanas prefieren hablar de las posibilidades técnicas de una época, en la que las primeras torres de comunicaciones se parecían tanto entre sí como ocurre ahora. A pesar de encontrarse en medio de un perímetro de ferias y exposiciones, la Funkturm no nació como objeto de exhibición, que es el caso de su precedente parisino, sino como una necesidad tecnológica. El desarrollo de la radio reclamaba una altura desde la que difundir señales. La Torre de la Radio, diseñada por Heinrich Straumer, fue inagurada en 1926 y tres años después comenzó la emisión de primitivas imágenes de televisión. El día de su apertura, el pionero Alfred Braun proclamó: “Los años berlineses vienen y van, habrá tormentas, ¡pero la torre permanecerá en pie! Cuida en todo momento tus costillas férreas de indignas roturas y dí siempre al mundo con labios de hierro tu sentencia: ‘¡Atención, atención, aquí está Berlín!’”. La grandilocuencia del tono no resta razón a la profecía: ahí sigue la Funkturm, y aunque hoy ya no opera como antena sino como mero indicador para el tráfico aéreo, a su alrededor se celebra la Internationale Funkausstellung (IFA), una de las ferias de radiotelevisión más importantes de Europa.

 

Desde el restaurante de discreto menú de la plataforma intermedia de la Funkturm, a 55 metros de altura, y sobre todo desde los 125 metros del mirador superior, se alcanza a ver gran parte del oeste de la ciudad. Desde aquí se observa el comienzo del AVUS (6) (Automovil-Verkehrs- und Übungstraße), la primera autopista de Alemania. Se trata de una línea recta de diez kilómetros, trazada en 1921, que atraviesa el bosque de Grunewald y llega hasta orillas del Wannsee. El AVUS ocupa un lugar mítico en la historia del automovilismo; fue en su tiempo la más moderna pista de competiciones y permitió que aquellos primeros coches de carreras alcanzaran los ciento treinta kilómetros por hora. Las tribunas que congregaron a esas generaciones entusiasmadas con la máquina y la velocidad –el vértigo del futurismo– siguen dando testimonio de aquella pasión.

 

Feria de Muestras

 

Justo debajo de la Funkturm quedan los distintos edificios de la Messe (Feria de Muestras). La primera zona de exposiciones de Berlín había estado junto a la hoy Lehrter Hauptbahnhof. Con la expansión hacia el oeste, antes de la Primera Guerra Mundial se transformó en nueva Messe un campo de ejercicios militares situado en los confines de Charlottenburg. El nazismo rehizo y amplió las instalaciones. La Ehrenhalle (7) (Pabellón de Honor), construido en 1936 por Richard Ermisch en la principal entrada al recinto, queda en la Hammarskjöldplatz como una de las típicas construcciones del nacionalsocialismo.

 



 

El deseo de utilizar sedes de un monumentalismo deslumbrador para albergar acontecimientos internacionales es algo común a todos los sistemas. Es el caso de la Ehrenhalle, pero también del Internationales Congress Centrum (8) (ICC), un descomunal edificio con aspecto de enorme factoría cuyos ochocientos mil metros cuadrados se han convertido en ocasiones en un problema de excesos para el Senado berlinés, con voces que incluso planteaban su demolición. El ICC, el mayor palacio de congresos de Alemania, comenzó a construirse en 1973 y rivalizaba en intento de modernidad con el Palacio de la República que esos mismos años levantaba la RDA. Irónicamente, en los dos proyectos trabajó Ralf Schüler, que tras escapar a Berlín-Oeste fue el arquitecto del ICC.

 

Lucha por las ondas

 

El interior del ICC carece de interés y al visitante le bastará una ojeada desde fuera, quizá desde el Ecbatane, la escultura alegórica de Jean Ipousteguy de la entrada. Donde sí conviene franquear la puerta en esta excursión es en la Haus des Rundfunks (9) (Casa de la Radio), en la Masurenallee, frente a la Ehrenhalle. El edificio data de 1929-1931 y es la única significativa muestra que queda en pie de las espectaculares decoraciones expresionistas y Art déco creadas por Hans Poelzig. Tras una fachada interminable de buscada monotonía se esconde un patio de luces radiante, con dorados de líneas geométricas que constituyen el conjunto Art déco más notorio de Berlín. Parte de esa decoración original es una escultura de Georg Kolbes, cuyo interesante taller-museo no se halla lejos (Sensburger Allee 25).

 

La primera emisión radiofónica de Alemania se realizó el 20 de octubre de 1923 desde la Vox-Haus, junto a la Potsdamer Platz. Allí acudieron para leer sus composiciones ante el micrófono escritores como Erich Kästner, Alfred Döblin y Walter Benjamin, quien se prodigó en deliciosos relatos para la “hora juvenil”. El rápido desarrollo del nuevo medio hizo que esos estudios quedaran pequeños y pronto hubiera que organizar un traslado. La Haus des Rundfunks fue en su día la mayor y más moderna instalación de ese tipo en Europa. Y el nacionalsocialismo sacó provecho de sus posibilidades. Además de la programación para los alemanes, desde la Masurenallee se emitió música de jazz, trufada de mensajes propagantísticos, para las Islas Británicas, cuando se trataba de una “música de negros” que estaba prohibida en Alemania. Tras la guerra, los soviéticos controlaron la Casa de la Radio hasta 1952, incluso a pesar de no estar en su sector. Por ello los norteamericanos pusieron en marcha cerca del Ayuntamiento de Schöneberg la estación RIAS (Rundfunk mi Amerikanischen Sektor), su principal arma en la batalla ideológica de las ondas. Después de que los soviéticos desmontaran las instalaciones y se las llevaran a Berlín-Este, en la Haus des Rundfunks arrancó para Berlín-Oeste una radiotelevisión propia, el SFB (Sender Freies Berlin), que tiene sus estudios principales en una sede adyacente. El SFB es la cadena regional pública de la capital alemana.

 

El AVUS es la manera más rápida de partir de la Feria de Muestras para entrar en el Grunewald, la gran masa forestal de Berlín-Oeste. Pero para perderse por sus tranquilas carreteras interiores es mejor tomar la Teufelsseechaussee, a medio camino entre la Messe y el área olímpica. Es la vía que enfilé una mañana para dirigirme a un congreso de espías.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Estadio Olímpico / Secuencia de Olympia y Leni Riefenstahl rodando la película (Museo del CIO) / Cartel de los JJ.OO. de Berlín / Estadio Olímpico y asistentes durante los Juegos de 1936 (Bundesarchiv) / Waldbühne / Escudo del Hertha / Le-Corbusier-Haus (David Pachali) / Ciudadela de Spandau (Robert Steffens) / Messegelände / Mapa Google / Patio de luces de la Haus des Rundfunks]

 
 

 

 

Imponente. El aeropuerto de Tempelhof (1) es imponente aunque esté sumido en un letargo del que diversas iniciativas para distinto uso público intentan rescatarlo. Quizás esa ausencia de ajetreo de viajeros, tras ser cerrado al tráfico aéreo en 2008, todavía realza más la enormidad de sus dimensiones y permite evocar con mayor facilidad, por contraste, tiempos pioneros en los que Tempelhof fue el templo, por jugar con su propio nombre, de la aviación. La pasión por la arquitectura y la admiración por los logros de la vieja aspiración de volar se unen en la contemplación de Tempelhof, “la madre de todos los aeropuertos”, según el arquitecto Norman Foster. En su proyecto de 1934, Ernst Sagebiel trató de aportar una forma para un uso entonces absolutamente nuevo. Como terminal, Sagebiel ideó un edificio semicircular de mil doscientos metros de largo, con torreones que le dan aspecto de fortificación. En su parte posterior, la que da al campo de aviación, lo que en su día fue la mayor cubierta suspendida del mundo, con cuatrocientos metros de largo y cincuenta de ancho, formaba un hangar hasta el que rodaban los aviones. En aquellos inicios de la aviación civil, con embarque y desembarque en la propia pista, sin las complicaciones de hoy, la terminal adaptaba la funcionalidad de las estaciones de autobuses y trenes. También llamativo es su amplio vestíbulo central, con una cubierta plana de veinte mil metros cuadrados. El complejo se completa con dos cuerpos de edificios frontales que encierran un patio de recibimiento, todo ello en la perfecta simetría propia del gusto de la época.

 

El aeropuerto se ideó para un espacio que a finales del XIX había conocido los primeros ensayos de artilugios de vuelo y que ya desde 1923 funcionaba como aedrónomo de la ciudad. Previamente había sido campo de entrenamiento y de desfile del Ejército prusiano, donde desde los tiempos de Federico el Grande se realizaban las últimas revistas antes de marchar al campo de batalla. Antes de que las nuevas instalaciones entraran en funcionamiento en 1939, el Hindenburg y otros zepelines ya habían dado renombre internacional a Tempelhof. “Sí, allí está nuestro gran aeropuerto. Allá puede verse aterrizar a los zumbantes pájaros de acero sobre una superficie verde y llegando a la pista alquitranada. Y de nuevo vuelven a subir en un vuelo circular para tomar todas las direcciones posibles en el cielo”, escribió entonces Hessel. Luego llegó la catástrofe bélica, de la que el aeropuerto ya nunca se recuperó del todo. Por un año, no obstante, el Luftbrücke (Puente Aéreo) volvió a poner a Tempelhof en el mapa.

 

La epopeya del Luftbrücke

 

El 20 de junio de 1948, norteamericanos, británicos y franceses acordaron hacer circular una única moneda, el Deutschemark, en las zonas que ocupaban de Alemania, país en el que hasta entonces se seguía utilizando el antiguo Reichsmark. Ello suponía una suerte de unificación y el embrión de un Estado separado del territorio ocupado por los soviéticos. El DM no podía implantarse en los sectores occidentales de Berlín porque, para una medida de ese tipo, la plaza se regía aún por acuerdos a cuatro. El 23 de junio, los soviéticos anunciaron una moneda propia para su zona, que sería también de uso en todo Berlín, lo que equivalía a un intento encubierto de anexionarse Berlín-Oeste. Los aliados respondieron en cuestión de horas con la implantación del DM en sus distritos berlineses. Diez aviones llegarían de inmediato cargados con billetes a los que se había estampado la letra B, que significaba Berlín pero que los chistes preferían interpretar como “Bärenmark” (marco de osos, el animal emblema de la ciudad). Como los soviéticos aún no habían tenido tiempo de imprimir su moneda, siguieron distribuyendo el Reichsmark con un adhesivo pegado con almidón de patata, que rápidamente recibió los apodos de “cupón-Mark” y “papel pintado-Mark”. Pero la situación no estaba para bromas. Como medida de presión, el 24 de junio la autoridad soviética cortó a los barrios occidentales los suministros eléctricos que se servían desde fuera de ellos y cerró las comunicaciones terrestres y fluviales. Comenzaba así el Berliner Blockade, que se prolongó durante once meses, hasta que el 12 de mayo de 1949 la URSS cedió en su pulso ante el éxito del Luftbrücke.

 

En los acuerdos de posguerra, Washington, Londres y París no vieron especial necesidad de asegurarse accesos a Berlín, de forma que sólo se reservaron una carretera, una línea férrea y un canal para unir la parte occidental de Alemania con Berlín-Oeste. Mejores condiciones establecieron para el espacio aéreo, con tres corredores de 32 kilómetros de ancho cada uno. Aunque estaban previstos para tráfico militar, nada impedía que fueran surcados con otros fines. Esa fue la puerta de atrás utilizada por Lucius D. Clay, gobernador militar norteamericano en Berlín, para organizar un puente aéreo que comenzó ante el escepticismo de todos. Atender por aire las necesidades de 2,4 millones de personas parecía algo imposible.

 

Tuvieron lugar 213.000 vuelos y se transportaron 1,8 millones de toneladas de alimentos, carbón y otros productos, así como una completa estación eléctrica. Cada noventa segundos aterrizaba un avión, que de regreso cargaba con manofacturas berlinesas (“made in blockaded Berlin” era un reclamo para la solidaridad). También se evacuaron a quince mil jóvenes y a mil quinientos pacientes tuberculosos. En la operación fallecieron 68 personas, casi todos pilotos. Es imposible saber cuántos miles de vidas se salvaron.

 

Golosinas y un final nada dulce

 

El aeropuerto de Tempelhof, controlado por los norteamericanos, fue la principal cabeza de puente. Los ingleses utilizaron el aeródromo de Gatow y las anchuras del Havel para hidroaviones. Pero como esos tres lugares de aterrizaje resultaban insuficientes, los estadounidenses habilitaron otra pista en Tegel, en zona francesa. Las fotografías más famosas del Luftbrücke muestran a grupos de personas, especialmente niños, subidos a un montículo o encaramados en una valla para contemplar la llegada y el despegue en Tempelhof de los “Rosinenbomber”, denominados popularmente así porque arrojaban caramelos y chocolate para los pequeños. Una de las niñas expectantes incluso hizo llegar a las autoridades norteamericanas la situación exacta de su jardín para que los pilotos le echaran allí golosinas cuando sobrevolaban su casa. No tuvo esa suerte, pero casi cincuenta años después fue invitada a participar en uno de los últimos vuelos del único Dakota que quedaba en el aeropuerto, en unas instalaciones a punto de cierre.

 

A pesar de toda su carga histórica y de la nostalgia de tantos berlineses, en el momento de la capital recobrada de Berlín Tempelhof no reunía ya las condiciones para las nuevas necesidades del tráfico aéreo. Un aeropuerto en medio de la ciudad provocaba incomodidades a los vecinos y dificultades a la navegación, obligada a maniobras de aterrizaje y despegue en una pista limitada. Durante los años de la partición de Berlín, por el estatus especial de Berlín-Oeste, en Tempelhof sólo pudieron operar Pan Am, British Airways y Air France. Después de la unificación, el aeropuerto quedó reservado para vuelos internos y compañías secundarias, en un decreciente número de pasajeros que no aportaba la suficiente financiación. Sus operaciones fueron clausuradas el 30 de octubre de 2008, a pesar de que medio millón de berlineses votaron en un referéndum por su supervivencia, en una consulta no vinculante. El Senado de Berlín decidió que el único aeropuerto de la ciudad fuera el de Schönefeld, en el límite sur de su perímetro, ya en el Land de Brandemburgo. La decisión ponía también fin a Tegel, el principal aeropuerto de Berlín-Oeste, que era el de mayor tráfico de los tres. Schönefeld, creado por los comunistas al no poder disponer de Tempelhof, presentaba hasta hace no mucho unas instalaciones que no lograban sacudirse de encima la sordidez característica de los edificios oficiales del Bloque del Este. El nuevo empuje de la urbe debe convertir Schönefeld en un moderno competidor de Fráncfort y Múnich, un reto en el que el triunfo depende del propio éxito que tenga Berlín como gran capital.

 

La casa de la capitulación del Reich

 



 

Impresionante es la vista de los edificios de Tempelhof desde la Platz der Luftbrücke (2), en cuyo centro está el monumento conocido popurlamente como “rastrillo del hambre”: tres costillas de hormigón que simbolizan los tres corredores aéreos utilizados durante el Puente Aéreo. Varias esquinas de la plaza están adornadas con águilas, algo propio de un paraje relacionado con la aviación. La única vinculada directamente a símbolos nazis fue desmontada de la fachada principal y su gigantesca cabeza se colocó en los accesos de entrada al aeropuerto, dando lugar a una extraoficial Eagel Square.

 

Si el aeropuerto ocupó un antiguo campo de ejercicios militares, los cuarteles de los soldados, situados al otro lado de la Tempelhofer Damm, fueron demolidos para dar paso a un barrio de calles circulares. Se lo conoció como Fliegersiedlung (Colonia de Aviadores) y algunas de sus calles recibieron nombres de pilotos de la Primera Guerra Mundial, como Manfred von Richthofen. En una de las casas (Schulenburgring 2), el general soviético Zukov tuvo su cuartel general desde el 26 de abril de 1945, cuando el Ejército Rojo controló Tempelhof, hasta que se produjo la capitulación del Reich. Ésta fue presentada en esa vivienda el 2 de mayo por el último comandante de la guarnición de Berlín, el general Weidling.

 



 

Metrópolis

 

La Tempelhofer Damm sigue hacia el sur, por debajo del mapa. Nunca tuve motivos para tomar esa ruta hasta que me encontré a punto de abandonar Berlín y debía deshacerme del coche. Mi Volkswagen Polo era demasiado viejo como para encontrar un rápido comprador, así que decidí llevarlo al desguace. Había uno junto al canal de Teltow y allí me dirigí. La avenida atraviesa el núcleo del antiguo pueblo de Tempelhof, cuyo nombre procede de la época de los caballeros templarios. La localidad quedó anexionada a Berlín en 1920. Para entonces había conocido un rápido desarrollo, impulsado en parte por la inauguración en 1906 del canal de Teltow, que une por el sur el Spree y el Havel, al que encuentra a la altura de Potsdam. El chatarrero no sólo no me ofreció dinero por el auto, sino que fui yo el que tuvo que pagar por darle trabajo. Me quedé con la placas de la matrícula, que guardo en alguna parte por si vuelvo a vivir en Alemania, donde uno puede conservar la misma combinación de números y letras aunque cambie de vehículo (también se puede pedir una nueva si se adquiere un coche de segunda mano). Así, pues, con las placas bajo el brazo y sin poder regresar a casa en coche tuve que buscar la boca de metro más próxima.

 

En realidad fue una suerte el poder caminar, porque pude tachar otros dos lugares de mi lista de visitas pendientes antes de decir adiós a la corresponsalía de Berlín. Justo antes de cruzar el canal está la comuna más antigua y grande de Alemania, la denominada Ufa-Fabrik (Viktoria 10-18), que en 1979 ocupó las instalaciones que habían pertenecido a la Universum Film Aktiengesellschaft (UFA) y las transformó en un complejo de actividades culturales. Mi interés no estaba tanto en pasear por el paraíso comunal como en conocer el emplazamiento de la mítica productora cinematográfica. Deseaba descubrir el edificio principal en el que se habían rodado películas como El Gabinete del Dr. Caligari (1920), de Felix Murnau, y Metrópolis (1927), de Fritz Lang.

 

Al otro lado del canal hay al borde de la orilla una vasta edificación, de ladrillo y alta torre con reloj, cuyo umbral, como periodista, quería traspasar. En la Ullstein-Haus (Mariendorfer Damm 1-3) estuvo la imprenta del imperio Ullstein, en su momento la mayor y más moderna de Europa. En 1927 trabajaban para Ullstein diez mil personas y uno de cada siete alemanes leía alguna de las publicaciones del grupo. Esta expansión obligó a que la imprenta abandonara el Zeitungsviertel, donde estaba la redacción de diarios y revistas, y buscara un lugar más amplio y de fácil comunicación (el canal aseguraba un rápido acceso y distribución de mercancías). La imprenta pasó a la propiedasd de Springer cuando éste se hizo en 1956 con el control de Ullstein, pero rápidamente la vendió. Durante años siguieron imprimiéndose libros, folletos y revistas, pero la continuidad de esta actividad no está asegurada.

 

Pradera de las liebres con parada previa

 

La historia del desguace del coche me ha llevado hacia el sur, pero en realidad querría acabar el capítulo al norte de Tempelhof, en el Hasenheide, el parque que colinda con el terreno del aeropuerto. De manera que desde la Platz der Luftbrücke puede tomarse la Columbiadamm. Antes de hablar de un bucólico tiempo de liebres y de brezales, que eso significa Hasenheide, el mismo camino obliga a volver la vista a los horrores del nazismo. Una escultura llama al recuerdo de la Columbia-Haus (3), una antigua cárcel militar que el Tercer Reich utilizó como temprano campo de concentración hasta que fue construido el KZ Sachsenhausen, en las cercanías de Berlín. Cerca de diez mil prisioneros llegaron a pasar por sus celdas entre 1933 y 1936, entre ellos Erich Honecker, futuro líder de la RDA, y Leo Baeck, luego presidente de los judíos alemanes. “Pida ver la Columbia Haus y otras prisiones con sus cámaras de tortura”, invitaba en inglés un pasquín clandestino destinado a los turistas británicos y estadounidenses que llegaban a Berlín para los Juegos Olímpicos de 1936. Tenían a un paso, nada más bajar del avión en Tempelhof, la siniestra realidad que durante los JJ.OO. el nazismo consiguió esconder a los ojos internacionales.

 

En Hasenheide (4) ya no quedan liebres. Las únicas que se ven es el día de Pascua y son de chocolate, pero eso ocurre en toda Alemania, donde es tradición esconder huevos, cocidos o de cholocate, que supuestamente ponen las liebres de Pascua (Ostenhasen), para que los niños los encuentren. La referencia más antigua a la presencia de los roedores en el parque es de 1586, cuando un decreto del príncipe elector ordenó a los vecinos que hicieran orificios en las vallas de sus jardines para que las liebres pudieran entrar.

 

La cuna de la gimnasia

 

En ese rincón de la ciudad, libre de la vista de los curiosos, comenzó en 1811 el movimiento gimnástico alemán. Justo antes de las guerras napoleónicas, el pedagogo Friedrich Ludwig Jahn puso en marcha una nueva actividad destinada a la gente joven. La gimnasia nacía bajo un prisma militarista. Había que preparar ágiles cuerpos que pudieran batirse por la nación, jóvenes guerreros para los cuales la libertad, la patria y el ejercicio físico fueran un conjunto de ideas hermanadas. Una disciplina de cuatro efes –frish, fromm, fröhlich, frei! (fresco, devoto, alegre, libre)– que luego las dictaduras parda y roja volverían a deletrear con el señuelo del heroísmo juvenil. Jahn sacaba a sus muchachos en columnas por la Hallescher Tor y los llevaba en formación hasta la Hasenheide, donde hacían sus tablas de gimnasia. Visto como un potencial líder de revuelta, Jahn fue detenido unos años y sólo más tarde le fue permitido continuar con su actividad, que rápidamente se extendería por otros lugares. En reconocimiento a su innovadora dedicación, fue erigido en 1872 el monumento que aún sigue en el parque, construido con piedras llegadas de agrupaciones gimnásticas de muchas partes del mundo. Sin embargo, el mayor tributo a los esfuerzos de Jahn por promocionar el ejercicio físico sería la organización de los Juegos Olímpicos de 1936.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Aeropuerto de Tempelhof (Berliner Lufthäfen Archiv) / Sala de espera de Lufthansa, 1930 (Bundesarchiv) / Primer billete para las zonas aliadas, 1948 / Mapa de los tres corredores aéreos aliados / Escenas del Luftbrücke (Bundesarchiv) / Monumento al Puente Aéreo y cabeza del águila que presidía el Tempelhof nazi / Mapa Google / Cartel de Metrópolis / Recuerdo de Columbia-Haus (Beek100) / Sello conmemorativo de Friedrich Ludwig Jahn, 1978]

 
De Emili J. Blasco (el 29/10/2009 a las 10:00:00, en XI. POR DEBAJO DE MITTE)
 

 

 

Cuando llegué a Berlín para hacerme cargo de la corresponsalía de mi periódico me instalé provisionalmente en Kreuzberg. Del barrio no conocía nada, aunque había oído hablar bastante. Era un lugar mítico por su cultura alternativa, la de la izquierda radical y la de los turcos; ambos grupos habitaban, no muy revueltos, en un dominio donde durante años también habían buscado cobijo artistas, estudiantes y demás menesterosos. El hecho de que la antigua RFA declarara exentos del servicio militar a quienes se empadronaran en Berlín Occidental, con el fin de combatir su desplobación, hizo que muchos jóvenes marcharan allí en busca de una aventura en parte subvencionada por el Estado. En las décadas del Muro, Kreuzberg era un cul de sac, alejado del centro de Berlín-Oeste y en parte encajonado dentro de la otra ciudad. Por ello, muchas viviendas quedaron vacías y las que no fueron tomadas por los okupas bajaron tanto sus alquileres que resultaron accesibles a los inmigrantes turcos. Los primeros se asentaron bien pegados al Muro, entre la Oranienplatz y la Mariannenplatz, y los segundos a lo largo de la Kottbusser Damm.

 

Al desaparecer la RDA, saltaron los tabiques que protegían la especial biosfera de Kreuzberg y el distrito comenzó a experimentar transformaciones. Muchos artistas e intelectuales emigraron hacia Prenzlauer Berg. Los okupas, ya en período de extinción, buscaron las abundantes casas abandonadas del antiguo Berlín comunista, donde con el tiempo también serían perseguidos por la especulación inmobiliaria. Ésta, en cambio, no ha barrido a la población turca, que, con más poder adquisitivo a medida que han pasado las generaciones, también se ha extendido por otras zonas de la ciudad. La apertura del barrio, además, puso de moda agradables terrazas de bares, como las que se extienden por la Paul-Lincke-Ufer.

 

Pero de todo esto me enteré con el tiempo. Cuando llegué, mientras buscaba un domicilio definitivo, me alojé en casa de unos amigos justo al pie del Viktoriapark, una zona que no tiene nada que ver con todo lo anterior. De hecho, no hay un único Kreuzberg, sino varios, como también puede decirse que algunos Kreuzberg no tienen propiamente su espíritu, como es el caso de la parte inferior de la Friedrichstraße, que pertenece también al distrito, pero está más vinculada a Mitte, de la que es una prolongación.

 



 

El astrólogo se equivocó

 

Como mis anfitriones eran deportistas, en cuanto pudieron me llevaron a correr por el Viktoriapark (1). Poco dado al ejercicio físico, accedí a acompañarles porque la zona verde en cuestión quedaba al lado de casa; vista en el mapa, además, no me pareció excesivamente grande. No contaba con que allí está el Kreuzberg, la colina que da nombre al barrio y cuya denominación viene a su vez del monumento con base de cruz levantado en su cima. Aunque el promontorio mide sólo 66 metros de altura, era uno de los más altos de Berlín hasta que con los escombros de la guerra se fabricaron el Teufelsberg y otras colinas artificiales de la ciudad. Ni qué decir tiene que llegué arriba exhausto, pero la historia que allí me fue contada compensó el esfuerzo.

 

El 15 de julio de 1525, el príncipe elector Joaquín II huyó a esta colina, acompañado de su familia y parte de la corte, ante la advertencia del astrólogo de palacio de que una tremenda tormenta desbordaría las aguas del Spree y anegaría calles y casas. La jornada había amanecido sin ninguna nube y a mediodía hacía un notable calor. Pero de pronto el cielo comenzó a taparse y, cuando cayeron las primeras gotas, el príncipe elector y los suyos engancharon los caballos a los carruajes y se apresuraron a tomar altura, subiendo por los bancales de viñedos que entonces jalonaban la montaña. Desde aquí arriba, hoy como entonces, se domina el núcleo histórico de la ciudad. A la vista de la atemorizada población, la corte estuvo esperando a que llegara la catástrofe. Pero no hubo diluvio ni tampoco inundación. Sólo cuando el peligro parecía haber pasado, la esposa del príncipe convenció a éste de que volviera a palacio y compartiera el destino de sus súbditos. Al regresar, se comprobó que el único daño producido había sido la muerte de cuatro caballos.

 



 

Desde este cerro, tiempo después, suecos, austríacos y rusos asediaron en diferentes momentos la ciudad y la bombardearon con bolas de fuego y azufre. Los franceses, en cambio, no llegaron a amenazarla durante las llamadas guerras de Liberación, si bien el triunfo en Leipzig sobre las tropas napoleónicas quedaría ligada para siempre a la colina. En 1818 se puso en su cima la primera piedra del monumento de Schinkel para conmemorar esa victoria prusiana sobre Napoleón. La torreta de hierro colado integra diversas esculturas alegóricas de episodios y personajes de las guerras napoleónicas.

 

Desde el metro elevado

 

Las siguientes salidas por las cercanías de mi domicilio provisional fueron menos atléticas. Una de ellas fue al Deutsches Technikmuseum (2), en la esquina entre Möckernstraße y el Landwehrkanal, fácilmente reconocible cuando se pasa con el metro elevado porque hay un avión de los del Bloqueo de Berlín colgado en su fachada. Este museo de la técnica tiene secciones muy interesantes, pero me quedo con la dedicada al ferrocarril, por su colección de locomotoras y, sobre todo, por dos piezas realmente evocadoras: el reconstruido tren con el que viajaba el emperador Guillermo II y uno de los vagones de ganado utilizados en los transportes humanos a Auschwitz y otros campos de concentración. Si bien parte de las tablillas de éste último han sido reemplazadas, impresiona entrar en él y pensar que allí mismo se hacinaron personas destinadas a las cámaras de gas, obligadas a viajar durante días sin espacio para sentarse, respirando un aire nauseabundo.

 



 

Si desde la calle sorprende la aparente inestable posición del Bomber, que pende de unos cables y diríase que queda a merced del viento, también llama la atención que pocos metros más allá el metro parezca avalanzarse contra unos edificios y se abra camino tras horodarlos. En ese punto las vías elevadas atraviesan entre los cortados de fachadas de bloques de vecinos. Era una de las vistas que más interesaron a Joseph Roth. En un artículo de 1922, el autor de origen austríaco recomendaba un viaje en U-Bahn o S-Bahn en sus tramos alzados, pues los convoyes circulan en ocasiones muy cerca de las viviendas y las indiscretas ventanas dejan al descubierto la vida que sin tapujos se desarrolla detrás de ellas. “A veces una vuelta en S-Bahn es más instructiva que un viaje a lejanos países (...) Cuando navego así un poco por la ciudad me siento tan orgulloso como si hubiera circunnavegado el globo”, escribió. Y añadía: “Es curioso que muchas gentes que viven bordeando el S-Bahn se parecen unas a otras. Es como si fuera una única extensa familia, viviendo a lo largo de las líneas del S-Bahn y teniendo a la vista los viaductos”.

 

Éstos se entrecruzan en el próximo Gleis-Dreieck (Triángulo de Vías), un nuevo ferroviario que maravillaba a Roth por su febril activismo en aquellos años: “Es un emblema y un foco, un organismo vivo y un fantástico producto de una fuerza futurista. Es un centro. Todas las vitales energías comienzan y terminan aquí, de la misma manera que el corazón es tanto el punto de partida como el destino de la sangre cuando ésta fluye a través de las venas y arterias del cuerpo. Es el corazón de un mundo cuya vida es correa de transmisión y mecanismo, ritmo de pistones y chillidos de sirena. Es el corazón del mundo que gira sobre su eje miles de veces más rápido de lo que la alternancia de día y noche nos haría creer, un mundo cuya continua e inacabable rotación parece locura”.

 

Estambul en el Carnaval de las Culturas

 

Bajar del metro en la estación de Kottbusser Tor (3), donde un día estuvo la puerta de la muralla del XVIII desde la que partía el camino hacia la ciudad de Cottbus, es casi como aparecer de golpe en Estambul. Tiendas con letreros en turco, abundantes puestos de frutas, mujeres arriba y abajo con la cabeza cubierta y túnica hasta los pies, corrillos de hombres en viva conversación… Esa vida callejera tiene su nervio en la Kottbusser Straße y en la Kottbusser Damm y se distribuye por los alrededores. Aquí se encuentran las academias más baratas para aprender alemán, las agencias de viaje con vuelos más económicos a Ancara y los bares en los que puede seguirse por televisión turca cualquier partido del Galatasaray. En el área también existe el único mercado en el que de verdad hay variedad de oferta en pescado fresco. El mercado de la Maybachufer (4), en la orilla sur del canal, tiene antigua tradición. Sobre él escribía Hessel en 1929: “Parece que, desde el sur, todo Neukölln ha venido aquí de compras. Hay de todo: pantuflas y lombarda, sebo de cabra y bramante, corbatas y arenques en vinagre”. Los productos han cambiado y la mayoría obedecen ahora a la cultura culinaria turca, pero se mantiene el poder de convocatoria de estos tenderetes, que ocupan la calle determinados días de la semana.

 

Al mercado acude la multicultural población de Kreuzberg, porque el barrio no sólo acoge inmigración turca, sino africana, asiática y sudamericana. De esa variedad racial nació ya en tiempos de la división de la ciudad el Karnaval der Kulturen, un popular pasacalles que se celebra a final de Pascua y que mueve a cientos de miles de personas con música, carrozas y una variada oferta gastronómica. En esa jornada pueden probarse productos típicos de distintas partes del mundo, pero lo propio del Kreuzberg turco son sus kebab. Aunque presentes en todo Berlín, algunos de los más sabrosos pueden encontrarse en los alrededores del Görlitzer Park, un parque creado sobre los terrenos que ocupó la antigua estación cuyos trenes iban en dirección a la ciudad de Görlitz.

 

Terrazas para el brunch

 

Muchas familias turcas viven como en un gueto, pero el barrio en realidad no lo es. Junto a tiendas en las que se atiende en su idioma a personas sin apenas conocimientos del alemán, que viven las 24 horas como si estuvieran en su país de procedencia, existe una serie de restaurantes de moda que atrae a un público proveniente de toda la ciudad. Se trata de los locales instalados en la Paul-Lincke-Ufer (5) y en el paseo que continúa, cruzando el Kottbusser Brücke, por la Planufer. Paul Lincke es el creador de Berliner Luft, una marcha dedicada al especial aire de Berlín –“Berliner Luft! Luft! Luft!”, repite el coro– que se popularizó a principios del siglo XX y pronto devino en himno oficioso de la ciudad. A ese aire resulta especialmente confortable sentarse en verano en estas terrazas, también abiertas al sol de los domingos para tomar a media mañana el brunch, término tomado del híbrido inglés de breakfast y lunch.

 



 

Paseando por esas orillas hacia el oeste se pasa por una de las muchas sinagogas berlinesas que fueron destruidas en el pogromo de 1938 (Fraenkelufer 10). Hoy se utiliza para el culto un templo auxiliar que existía junto a la nave mayor. La inmigración de judíos rusos ha revitalizado la actividad de la sinagoga. Desde el Admiralbrücke (6), especialmente en las puestas de sol, que en ocasiones congrega a jóvenes con ganas de hablar y de beber, se obtiene una buena vista del Urbanhafen (7). Este puerto fluvial, aunque no cuenta con el tráfico que tuvo en su momento, aún acoge embarcaciones, algunas de ellas habilitadas como restaurante. Frente al puerto, antiguamente se abría paso un canal que luego fue cegado y convertido en una larga lengua verde que atraviesa la Oranienplatz y termina en un gran estanque, cerca del complejo de edificios de Bethanien. Estamos en el corazón del movimiento alternativo de la década de 1970.

 

Revolucionario SO 36

 

Aún cada 1 de mayo los movimientos juveniles de la izquierda radical toman la Oranienplatz (8) y protagonizan carreras con la Policía por los alrededores. La convocatoria se ha convertido en una rutina, por más que muchos manifestantes, con media cara cubierta con un pañuelo negro, del mismo color que el resto de su atuendo, parecen feroces en su lucha contra el sistema. Igual conciencia del deber –estamos en Alemania– muestra la parafernalia antidisturbios de las fuerzas del orden. Pero las veces que me tocó merodear por la zona ese Primero de Mayo nunca tuve sensación de exponerme a una pedrada anarquista o un parrazo policial; mucha gente permanecía en el interior de los cafés de la Oranienplatz, ajena al conflicto, mientras que en el centro de la plaza se sucedían las cargas.

 

La zona adquirió carácter de mito con el nombre de SO 36, la antigua denominación del distrito postal de esta parte del sureste. El título tenía las connotaciones administrativas de una planificación, y los comandos radicales gustaban de verse como encuadrados en un épico enfrentamiento contra una sociedad a la que acusaban de no haberse desnazificado del todo. Desde luego que SO 36 resulta un término más revolucionario que Luisenstadt, como se conocía el barrio cuando se creó el ensanche comprendido entre Lindenstraße y el Spree, o que la revitalización del título de Oranien, que remite al siglo XVIII cuando los hugonotes llegados del Principado de Orange cultivaban aquí sus huertos.

 

En el complejo de edificios de Bethanien, junto a la Mariannenplatz (9), estuvo la Rauch-Haus, la primera casa okupa de Berlín. En diciembre de 1971, unos ciento cincuenta estudiantes, aprendices y jóvenes parados irrumpieron en uno de los edificios abandonados justo al lado del Muro. Se trataba de una ex residencia de monjas que tenía el seráfico apelativo de Martha-Maria-Haus y que sus nuevos inquilinos convirtieron en comuna, bautizándola con el nombre de George von Rauch, un simpatizante de la Rote-Armee-Fraktion (RAF) que había muerto por el disparo de la Policía criminal. Desde entonces la Rauch-Haus-Song, creada por el grupo rockero de agitación Ton, Steine, Scherben sirvió de himno de todos los okupas. Nótese que Rauch significa humo y que el título de la banda se traduce como “Barro, Piedras, Cascotes”: todo un canto a la acción.

 

También fue una llamada al levantamiento, pero esta vez con la razón de luchar contra una dictadura, la inscripción que en agosto de 1942 el jubilado Wilhelm Lehmann garabateó en el interior de unos urinarios de la Mariannenplatz: “Hitler, tú, asesino de masas, debes ser asesinado, entonces terminará la guerra”, como indica una placa del escultor Nikolaus Langhans en el borde norte de la plaza. El espontáneo opositor fue denunciado y pagó con la vida el atrevimiento de enfrentarse a un Tercer Reich que entonces estaba en su momento de mayor expansión territorial y parecía tan sólido como el monumental aeropuerto de Tempelhof.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Carnaval de las Culturas (karneval-berlin.de) / Mapa Google / Vista desde Kreuzberg, óleo de Johann Heinrich Hintze, 1829 / Museo de la Técnica (Georg Slickers) y mismo lugar hacia 1900 / Kottbusser Tor / Urbanhafen y Admiralbrücke / Manifestación del 1 de mayo (Georg HH)]

 
 

 

 

“Si a los berlineses se les pregunta dónde les gustaría vivir, todos responden que en Schöneberg”. Esta pretenciosa afirmación del anuncio de una academia de idiomas me convenció; así que, sin conocer previamente nada de Berlín, allí me apunté para estudiar alemán durante un verano, años antes de trabajar en la ciudad. Aunque luego Schöneberg no me pareció tan excelso como sugería esa publicidad, hay que convenir que su propio nombre es quizás su mejor descripción (schön significa bonito). Aquel verano descubrí que el barrio es un compendio bastante proporcionado de los diferentes Berlines. Es burgués, sin caer en la arrogancia de Charlottenburg; tiene ambientes alternativos, más elegantes que los de Kreuzberg, y comparte con Prenzlauer Berg ciertas aspiraciones artísticas. Dispone incluso de una “isla” proletaria, como tomada de Moabit o Wedding, y su pequeña herencia judía entronca con la de Mitte. No le falta tampoco poso literario ni vinculaciones con momentos históricos de la ciudad.

 

Un poco de esa mezcla se encuentra ya cuando se entra en Schöneberg por los alrededores de la Nollendorfplatz, la parte más viva del barrio. Cafés y restaurantes jalonan la marcha hasta la Winterfeldtplatz (2), donde algunos días a la semana hay un mercado en el que granjeros de los alrededores de Berlín venden sus propios productos. El mercado es frecuentado por público procedente incluso de puntos alejados de la ciudad y es ocasión de que el lector pruebe los variados tipos de embutidos, quizá la única riqueza de la gastronomía alemana. El rincón es también una reducida zona de libros de viejo y de anticuarios, que se extienden por la Motzstraße. Lo pequeñoburgués crece en intensidad cuando se camina por esta última calle hacia el jardín de la cercana Viktoria-Luise-Platz (3), en la que vivió el director de cine Billy Wilder hasta su emigración a América y que mantiene varias fachadas de ese anterior Schöneberg.

 

Bajo los raíles de hierro

 

La Nollendorfplatz (1) está cruzada por las vías del metro y su estación de estructura de hierro y pilastras de piedra se adueñan de la plaza. En relación a la vecina estación de Bülowstraße, de similares características, Alfred Kerr se había preguntado en 1900 si “técnica y estropicio no se pueden separar”. “Los franceses, que tienen un alto concepto de la belleza, son flojos en la técnica; los pueblos técnicos son débiles en la belleza”, constataba como algo irreconciliable, y añadía: “Qué desconcertante vista: el soporte de hierro de un tren elevado, lacado en rojo y pintado de gris, se eleva en burda atrocidad entre las casas, entre los árboles”. En cambio, Joseph Roth, menos preocupado por la estética, destacaba que “nadie se da cuenta de lo maravilloso que en el fondo es que por arriba los trenes corran a toda velocidad y debajo el mundo parezca como si no se hubieran inventado los trenes elevados”.

 



 

En el muro exterior de acceso a la estación de la Nollendorfplatz, un triángulo invertido de mármol rosa con la inscripción “Totgeschlagen-Totgeschwiegen” (asesinados, silenciados) recuerda a los homosexuales que fueron víctimas del nazismo. En el campo de concentración les correspondió el triángulo rosa como distintivo de su “anormalidad sexual”. Este monumento, el primero en evocar esa tragedia, se instaló en la plaza de Nollendorf porque la zona era en los años veinte y treinta del siglo pasado centro de atracción de homosexuales de medio mundo. El inglés Christopher Isherwood, por ejemplo, se hospedó en una pensión de la Nolledorfstraße, que le serviría de inspiración para su Adiós a Berlín. Hoy el área vuelve a estar impregnada por el movimiento gay, de un modo más notorio que entonces, con sus banderas arco iris en cafés y balcones y su anual fiesta callejera.

 

El gran Piscator, el pequeño Emil

 

En la Nollendorfplatz destaca la presencia de un edificio modernista que amolda una de las esquinas. Nacido como teatro en 1906, el llamado Theater am Nollendorfplatz (4) tuvo su momento de gloria, efímera por la evolución de la situación política, cuando en 1927 el director teatral Erwin Piscator se hizo cargo de él. Piscator había logrado fama en la Volksbühne del este por sus ideas de vanguardia y su implicación revolucionaria, y en su nueva sede intentó ejecutar plenamente sus planteamientos. “Para Piscator el teatro era un parlamento, el público una corporación legislativa”, según Brecht, que si bien compartió el mismo compromiso político, discrepó de las formas teatrales. Brecht consideraba que no hay que acercar espectadores y público, sino alejarlos. El “teatro documental” de Piscator, en cambio, pretendía envolver al público con escenarios cambiantes y la proyección en pantallas de imágenes y lemas. Su objetivo se conseguía si el colectivo teatral y el público acababan entonando juntos la Internacional.

 

Piscator cosechó un gran éxito en su estreno en la Nollendorfplatz con Hoppla, wir leben [Ostras, vivimos] (1927), del dramaturgo expresionista Ernst Toller. Pero posteriores obras provocaron rechazo entre la crítica, como el Rasputin de Tolstoi, en cuya puesta en escena George Gosz utilizó la imagen de un Cristo crucificado ataviado con botas militares y máscara de gas. Las dificultades económicas obligaron a compartir el espacio con una sala de cine, que fue objeto de un ataque nacionalsocialista en 1930, con bombas fétidas y ratones, durante el estreno de la película antibelicista Nada nuevo en el frente, basada en la novela de Erich Maria Remarque y que ese año obtendría el óscar al mejor filme y al mejor director. Piscator emigró a la URSS y a Estados Unidos. A pesar de los requerimientos de Brecht de que regresara a la naciente RDA, sólo volvió del exilio en la década de 1970 y lo hizo a Berlín Occidental, donde nuevamente dirigió teatro, aunque no en la Nollendorfplatz. El teatro de esta plaza, que a lo largo de su historia ha tenido diversos nombres (de Neues Schauspielhaus a Metropol), lleva tiempo funcionando como sala de fiestas.

 

Erich Kästner ambientó en la Nollendorfplatz las últimas escenas de su novela infantil Emilio y los detectives (1929). En el libro, la banda de muchachos reunidos para ayudar a Emil se lanza a la calle desde el interior del patio del Metropol con el fin de atrapar al “hombre con el sombrero tieso”, el desconocido que le ha robado en el tren cuando venía de provincias para visitar a su abuela. Se trata de la obra alemana de literatura juvenil más reeditada y sobre ella se han realizado varias versiones cinematográficas. Sus fans siguen el recorrido urbano detallado por Kästner, desde que Emil llega por error a la estación del Zoologischer Garten y se encuentra perdido en la gran ciudad. Es tal la familiaridad que los alemanes tienen con esta pequeña historia que muchos de mis interlocutores evocaban su título cuando me presentaba. “Ah, Emil y los detectives”, comentaban al oír mi nombre, que muchas veces germanizaba para evitar confusiones, pues el catalán Emili conduce al femenino Emilie, de forma que los recibos de Deutsche Telekom llegaban dirigidos a Frau Blasco y en más de un hotel encontré flores al entrar en la habitación. No tardé en adquirir un ejemplar de la obra, ilustrada con los originales dibujos de Walter Trier, y en rastrear con entusiasmo yo mismo la ruta seguida por mi pequeño tocayo en aquel efervescente Berlín.

 

Mítines en el Sportpalast

 

La esquina entre la Büllowstraße y la Potsdamer Straße es otra de las intesecciones viarias de la ciudad con un pasado de ajetreo. La Potsdamer Straße, que cambia de nombre en siguientes tramos, es la ruta hacia los barrios del sur y sigue el camino real que conducía a Potsdam. El movimiento que había en este punto a principios de siglo XX no se corresponde con la relativa tranquilidad del presente. El arco de las vías del metro elevado, el Bülowbogen, veía entonces pasar a las masas que se dirigían al Sportpalast. En este cruce, a la barra de un establecimiento Aschinger de comida rápida, sitúa Brecht una de sus historias, en la que un boxeador pierde luego la pelea en el Sportpalast porque antes ha perdido la batalla contra sí mismo y se ha tomado unas cuantas cervezas. También Aschinger, pionero en comidas baratas para las multitudes, perdió la guerra contra la competencia de las cadenas norteamericanas y debió cerrar el último de sus locales en el año 2000.

 

El desaparecido Sportpalast fue abierto en 1910 en lo que hoy es Potsdamer Straße 170-172, cerca de la esquina con la Pallasstraße. Fue lugar popular de competiciones deportivas, tales como boxeo, ciclismo y patinaje, y de mítines políticos para masas. Después de 1945 volvió a abrir su puertas como polideportivo y recinto para conciertos de música, pero treinta años después acabó siendo demolido. Hessel aconsejaba acudir al Palacio de Deportes a “aquel que quiera ver febril al pueblo de Berlín”, especialmente cuando se celebraban los “Seis días” de competición ciclista. También describió el enardecido y violento ambiente de las concentraciones políticas durante la República de Weimar: “Se anuncia un gran mitin de los nacionalsocialistas. Las salas se llenan. Ante las puertas patrulla la Policía, pues se cuenta con una contramanifestación de los rojos (...) De pronto, se escucha que los comunistas quieren irrumpir en el palacio. La Policía recibe refuerzos. Las porras de goma cimbrean. Es difícil constatar quién ha empezado”. A los mítines comunistas, como narraría Stephan Hermlin en la comprometida literatura germanoriental, acudían los trabajadores de las fábricas del norte de la ciudad. En sus memorias, Begegnungen [Encuentros] (1960), dedicó un capítulo a rememorar la apoteósica entrada en el repleto recinto del líder del KPD: “La sala coreó: ‘¡Frente Rojo!, ¡Frente Rojo!, ¡Frente Rojo!’ Thälmann había entrado con ímpetu, cuatro o cinco hombres le acompañaban (...). Ernst Thälmann quiere hablar. Se hace el silencio. Comienza: ‘Camaradas...’”.

 

Pero el mitin más famoso celebrado en el Sportpalast no lo protagonizó Thälmann, sino Goebbels. Fue aquí donde el ministro de Propaganda nazi pronunció su discurso sobre la “totaler Krieg” (guerra total) que debía librar el pueblo alemán hasta su último aliento si fuera preciso. En una trabajada pieza de oratoria, Goebbels fue preguntando a los cada vez más enfervorizados asistentes si seguirían al Führer, si estaban dispuestos a proseguir la guerra con una absoluta decisión, si trabajarían quince o dieciséis horas al día en la producción de armamento, si estaban de acuerdo en que las mujeres emplearan toda su fuerza en la guerra y en que todo ocioso, holgazán y estraperlista fuera pasado de inmediato por las armas. A cada pregunta siguió un atronador “sííí” y el orador fue sacado a hombros de la sala. Goebbels aseguró haber perdido siete libras de peso en ese discurso, debido al enorme esfuerzo físico que puso en su escenificación hipnotizadora. De esa guerra total es recordatorio constante el búnker que permanece en la Pallasstraße, sobre el que se apoya el desproporcionado bloque de viviendas sociales que cruza la calle. Como esos pisos ocupan parte del espacio del antiguo Sportpalast se les dio el nombre de Sozialpalast (5), pero poco tienen de palacio y menos de social: el gigantismo de la construcción, con un laberinto de pasillos, ha generado problemas de criminalidad en la zona.

 

Historias del Kammergericht

 

El Heinrich-von-Kleist-Park (6) se asoma a la Potsdamer Straße a través de las Königskolonnaden, columnatas proyectadas a finales del siglo XVIII por Carl von Gontard para la entrada a la ciudad que había en la parte sur de la Alexanderplatz. Las necesidades del tráfico obligaron a retirarlas de allí y desde 1910 están en el Kleist Park. Este parque fue al principio un huerto de hierbas y verduras del Gran Elector. En 1801 se convirtió en el Jardín Botánico de Berlín, para el que se nombró al poeta romántico Adelbert von Chamisso como cuidador oficial. Chamisso atrajo al jardín a toda una corte de poetas, como el francés Chateaubriand, quien dedicó algún poema al lugar. Entre ellos también estaba Heinrich von Kleist, cuyo suicidio en 1811 en compañía de su amada le reservó un lugar de honor en la memoria sentimental de la ciudad, de forma que se bautizó este parque con su nombre. Con el crecimiento de la capital, el Jardín Botánico se trasladaría luego a su sede actual de Steglitz.

 



 

En el Kleist Park está el Kammergericht, un enorme palacio de justicia de principios del siglo XX que a lo largo de esa centuria pasaría por diversas vicisitudes. Comenzó como audiencia prusiana; luego el nazismo lo transformó en Volksgericht, en el que se dictaron sentencias de muerte contra opositores al régimen; a partir de 1945 fue sede del Consejo de Control de los Aliados, y con la reunificación volvió a las funciones judiciales garantes del Estado de Derecho. De éstas comenzó a apartarse el día en que los magistros judíos fueron expulsados del Kammergericht. Esa jornada está anotada en las memorias de Sebastian Haffner. En Historia de un alemán, Haffner recuerda que se encontraba en el silencio de la biblioteca del edificio consultando algunos libros la víspera de que el 1 de abril de 1933 entraran en vigor los primeros decretos antijudíos: “Fuera el ruido se hizo más fuerte. Alguien dijo en el contenido silencio de dentro: ‘SA’. Otro dijo con voz no especialmente elevada: ‘arrojan afuera a los judíos’, y dos o tres personas se rieron. Esa risa fue en ese momento más espantosa que el suceso mismo: permitía pensar rápidamente que también en esa estancia, cómo sorprenderse, se sentaban nazis”. Luego entró uno de los porteros “y gritó en la habitación, pero con voz circunspecta: ‘Las SA están en el edificio. Los señores judíos harán mejor que por hoy se marchen a casa’. Al mismo tiempo se oyó una voz desde fuera, como para ilustrar: ‘Judíos fuera’”.

 

Haffner cuenta después algo que forma parte del anecdotario de la historia prusiana. Un siglo y medio antes, el Kammergericht se negó a los deseos de Federico II de avalar el derribo de un molino de viento que al monarca le estorbaba junto a su palacio de Sanssouci. Cuando el rey advirtió al molinero que cumpliría su propósito, éste respondió: “Sí, Majestad, si no hubiera en Berlín el Kammergericht”. Y el tosco molino aún sigue en Potsdam junto al bombón rococó de Sanssouci. Lo que no consiguió Federico II, utilizar la Justicia a su antojo, lo logró Hitler con el Volksgericht (Tribunal del Pueblo). En la sala principal del edificio, situada en el primer piso y cuya puerta da al amplio vestíbulo, tuvieron lugar las vistas más importantes de ese manipulado tribunal, presidido por el sectario juez Roland Freisler, entre ellas las seguidas contra los conspiradores del 20 de julio de 1944. De la época posterior de sede del Consejo de Control de los Aliados se conserva en el vestíbulo un armario para el reparto de correspondencia.

 

La “Suiza judía”

 

La manzana del Keist Park la completa un mastodóndico bloque de factura nazi, realizado en 1938/39 como sede de la Economía Alemana de la Leche y la Grasa, un menester un tanto discreto para semejante dispendio de espacio, pero es que en el Tercer Reich el centralismo y la burocracia eran desmedidos. Ahora lo llenan las oficinas de BVG, el transporte municipal de Berlín, y media docena de otras empresas.

 

Por la Grunewaldstraße se va hacia el barrio bávaro, cuyo centro es la Bayerischer Platz (7). Se llama así porque sus calles reciben nombres de lugares de Baviera, Austria y bajo Tirol. De pronto comienzan a verse letreros en algunas farolas: “Los judíos sólo pueden usar en la Bayerischer Platz los bancos marcados de amarillo”, “los funcionarios judíos serán despedidos del servicio del Estado”, “los niños judíos ya no pueden acudir a la escuela pública”, “el bautismo de judíos y el ingreso en el Cristianismo no significan nada en la cuestión racial", "los médicos judíos ya no pueden ejercer”... Se trata de ochenta carteles colocados en 1993 para mantener viva la memoria de un barrio al que se conocía también como la “Suiza judía”. En 1930 vivían en él unos dieciséis mil vecinos de origen judío.

 

 

 

“Ich bin ein Berliner”

 

El más conocido entrecomillado relacionado con Berlín se debe a John F. Kennedy. “Ich bin ein Berliner” (yo soy un berlinés) es una frase del discurso que el presidente estadounidense pronunció el 26 de junio de 1963 ante el Schöneberger Rathaus (8), que entonces era el Ayuntamiento de Berlín-Oeste. Cuando dos años antes se había levantado el Muro, Kennedy envió al vicepresidente Johnson a Berlín Occidental para expresar el apoyo de EE.UU. A la ciudad. Ahora acudía el propio presidente, con unas palabras que resonaron en todo el mundo: “Hace dos mil años la frase que un hombre podía decir con más orgullo era: Soy ciudadano de Roma. Hoy la frase que cualquiera en el mundo libre puede decir con más orgullo es: soy berlinés”. Los miles de personas que llenaban la luego denominada Kennedy Platz prorrumpieron en un largo aplauso. El joven presidente se ganó la simpatía de los berlineses con su vibrante intervención: “Si hubiera personas que no entendieran, o no quisieran comprender, de qué van hoy las disputas entre el mundo libre y el comunismo, podríamos simplemente decirles que deberían venir a Berlín. Hay quien dice que el futuro es del comunismo. Deben venir a Berlín (...) Una vida en libertad no es fácil, y la democracia no es perfecta. Pero nosotros nunca hemos necesitado levantar un Muro para retener a nuestra gente e impedirles que se marchen a cualquier otro sitio”. Kennedy concluyó su histórico mensaje volviendo a su principal idea: “Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son ciudadanos de esta ciudad de Berlín Occidental, y por eso como hombre libre estoy orgulloso de poder decir: ¡Yo soy un berlinés!”.

 

Las famosas cuatro palabras las pronunció en alemán. Para decirlas en ese idioma, Kennedy las llevaba escritas tal como suenan, de acuerdo con la fonética inglesa, según consta en el original del discurso, que se expone en la Haus der Geschichte (Casa de la Historia) de Bonn. Una anécdota que se puede sumar a la que suele contarse respecto al doble significado de la frase, pues Berliner es también el pequeño bollo de repostería típico de la ciudad, en verdad un poco soso pues el original no va relleno de crema o mermelada.

 

De Willy Brandt a Helmut Kohl

 

En el Berlín dividido por la frontera de hormigón, la plaza ante el Ayuntamiento de Schöneberg era el lugar de las citas históricas de los ciudadanos de Berlín Occidental. Ya lo había sido en agosto de 1961, cuando el alcalde, Willy Brandt, convocó una concentración de protesta contra el levantamiento del Muro. “Nunca, jamás”, proclamó Brandt con fuerza en una tensa intervención propia de la gravedad de la hora, asegurando que los berlineses de esta parte de Berlín en ningún momento cederían a las presiones contra su libertad. Y lo volvió a ser el 10 de noviembre de 1989, la noche siguiente de la caída del Muro, que también contó con la presencia de Brandt. De ese momento es su conocida frase “jetzt wächst zusammen, was zusammengehört” (ahora crece junto, lo que es uno). Pero esa noche no fue Brandt el protagonista, sino Helmut Kohl.

 

Si veintiocho años antes, Brandt debió suspender una gira electoral por la República Federal de Alemania durante su candidatura a la Cancillería del país, para estar en su ciudad en el momento en que la alambrada comenzaba a tenderse en la frontera interberlinesa, ahora Kohl dejaba plantados a sus anfitriones de Varsovia, en una visita oficial a Polonia, para viajar a Berlín cuando se acababan de abrir los primeros boquetes en el Muro. Fue una manifestación multitudinaria, en la que por primera vez se unían en una misma marcha ciudadanos de los dos Berlines. Kohl tuvo difícil suspender la estancia en la capital polaca (luego la retomaría), porque ello suponía un agravio a sus susceptibles futuros vecinos, pero el canciller no dudó de su olfato histórico. El “canciller de la unidad” miraba hacia delante, pero también hacia atrás: no podía repetir el grave error de Konrad Adenauer, que en agosto de 1961 no corrió en apoyo de los berlineses. “¿Dónde está el canciller? ¿Juega a la petanca?”, se leyó entonces en una pancarta, en referencia a la afición del viejo renano. Aquello supuso una ruptura definitiva entre Adenauer y los habitantes de Berlín, que posteriormente rechazaron dar el nombre del padre de la CDU a una gran calle de la ciudad. Sólo años más tarde uno de los cruces de la Kufürstendamm fue bautizado como Adenauerplatz, un gesto injustamente menor para una personalidad de la indiscutible importancia del político democristiano.

 

Esas masas sacudidas por los quiebros de la historia parecen no haber estado nunca en esta JFK-Platz, que hoy presenta un aspecto tan amplio como solitario. El Ayuntamiento, construido entre 1911 y 1914 para lo que entonces era una ciudad independiente, tuvo un tamaño adecuado para albergar la autoridad municipal de Berlín Occidental de 1948 a 1990, pero ahora resulta excesivo para el barrio. Para aprovechar sus estancias, en la planta baja está la Willy-Brandt-Stiftung, que incluye una exposición sobre la vida de Willy Brandt con fotos históricas de quien fue alcalde de Berlín Occidental (1957-1966), canciller de la RFA (1969-1974) y Premio Nobel de la Paz (1971) por su Ostpolitik de apertura al Este. A este recorrido fotográfico puede seguir otro después en lo alto de la torre del Ayuntamiento, con una muestra sobre las imágenes de la visita de Kennedy de 1963. A quien suba le aguarda una interminable periplo por los pasillos y escaleras del edificio. No hay que hacerlo a las 12 del mediodía, cuando suena el ensordecedor tañido de la gran Campana de la Libertad, de más de diez toneladas de peso, pagada por dieciséis millones de estadounidenses como regalo en 1950 a los berlineses occidentales, liberados del nazismo y de las garras del comunismo.

 

El Schöneberg de Marlene Dietrich

 

Brandt murió en 1992, siendo presidente de la Internacional Socialista y, a título honorífico, del SPD. Su funeral fue un acto de Estado. Ese mismo año, lejos de su ciudad natal y en cierta soledad, falleció Malene Dietrich. Maria Magdalena von Losch, ése era su nombre original, nació en 1901 en la Rotte Insel (9) (Isla Roja) de Schöneberg, un conjunto de casas proletarias encerradas en un triángulo formado por las vías del S-Bahn. En el número 65 de la Leberstraße, una placa indica la casa en la que pasó su niñez la que luego triunfó como Lola en El ángel azul (1929). El paso a esa parte de Schöneberg con orígenes obreros viene marcado por la estructura metálica del gasómetro de una vieja área industrial. Fue uno de los mayores de Europa cuando fue instalado en 1910.

 

Dietrich marchó de Alemania con el ascenso del nazismo y sólo volvió a cantar en Berlín en 1960, cuando aún había quien no perdonaba que hubiera actuado para los americanos durante la guerra contra los alemanes. Fallecida en París, su cuerpo fue luego trasladado al cementerio de Fridenau(Stubenrauchstraße/Südwestkorso). Fridenau es un barrio dentro de Schöneberg, en su extremo suroeste, especialmente tranquilo y muy solicitado por artistas y literatos. Fue residencia del pintor expresionista Karl Schmidt-Rottluff, cuya casa luego fue ocupada por el escritor Uwe Johnson tras su abandono de la RDA. También el Premio Nobel Günter Grass habitó durante un tiempo en Fridenau, en la misma calle que lo hiciera Erich Kästner. Algo de ese ambiente de silencio creador se respira en el cementerio, mientras el visitante contempla la lápida de Marlene: “Aquí estoy yo en el límite de mis días”. El epitafio lo recuerdo bien, pues ante él estuve varias veces desde que lo descubrí nada más llegar a Berlín, cuando aún andaba tanteando la ciudad desde el vecino distrito de Kreuzberg.

 

© Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Viktoria-Luise-Platz (Manfred Brückels) / Nollendorfplatz, postal de 1903 y en la actualidad (Lienhard Schulz) / Teatro de la Nollendorfplatz (Manfred Brückels) / Portada de Emil und die Detective, dibujo de Trier / Sportpalast, carrera ciclista de los Seis Días, 1932, y mitin de Goebbels, 1943 (Bundesarchiv) / Königskolonnaden (Manfred Brückels) / Roland Friesler y sello conmemorativo del Consejo de Control de los Aliados / letreros del "barrio bávaro" (Manfred Brückels) / Kennedy en el Schöneberger Rathaus, 1963 / Berliner / Schöneberger Rathaus (Axel Mauruszat) / Khol, alcalde Momper y Brandt / tumba de Malene Dietrich (Axel Mauruszat)]

 
 

 

 

El símbolo de Mercedes sigue coronando lo que fue el centro de Berlín-Oeste. Su misión ya no es pregonar el capitalismo a los vientos que surcaban la RDA, ni tan siquiera evoca el milagro económico alemán de la RFA en la década de 1950, pero la estrella de tres puntas y su aro continúan mostrando el orgullo con que esta parte acomodada de la ciudad siempre ha mirado hacia lo que queda más al este del mismo Zoologischer Garten. Con la reunificación y las importantes inversiones realizadas en otros lugares de la capital, la Kurfürstendamm temió perder su colección de elegantes tiendas y caer en una insalvable decadencia. Pero no tardaron en aparecer proyectos para nuevos centros comerciales, el emblemático Europa Center renovó su fachada y a la cima de sus veintidós pisos volvió restaurado el logotipo de Mercedes. La Kurfürstendamm, con todo, dista de ser una avenida exclusiva. Hasta hace bien poco Berlín no ha tenido ricos, porque las grandes fortunas emigraron a tierra firme de la otra Alemania al finalizar la guerra y su regreso ha sido lento. Es algo que probablemente cambiará, para mayor gloria quizás de la Kurfürstendamm. En Múnich o Hamburgo la riqueza salta a la vista; en Berlín, por el contrario, la suntuosidad sólo aparece de momento en algunas villas de Grunewald.

 

Precisamente al Grunewald, la zona de lagos y bosques del oeste, conduce la Kurfürstendamm (Dique del Príncipe Elector). Su mismo nombre, que los berlineses simplifican como Ku’damm, es un registro de su historia. Era el camino para llegar al Jagdschloss, la residencia de caza de Joaquín II erigida en el siglo XVI. Se trataba de una vía pantanosa en la que, para evitar que carros y caballos se atascaran en el barro, se construyeron diques y terraplenes con tablas de madera. La avenida se urbanizó en 1870 y por exigencia de Bismarck tuvo una amplitud ligeramente mayor que la de los Campos Elíseos parisinos. En pocos años, la Ku’damm marcaría el tránsito de la burguesía desde lo que un día fue el “oeste” (Potsdamer Platz y Tiergartenviertel) hasta este “nuevo oeste”. En ese cambio de siglo, Alfred Kerr escribió que sus pudientes habitantes eran arquitectos, ingenieros, artistas y escritores, frente a los tradicionales “ciudadanos de la Bolsa” del Tiergarten. Según apuntó en su dietario, el Tiergartenviertel “es bastante estático y perezoso; aquí, en cambio, florece todo tipo de deporte. Aquí en cada familia hay tres bicicletas de dos ruedas; aquí se practica tenis sobre hierba no simplemente de un modo aficionado sino con serio entrenamiento. Aquí se es miembro del club de remo”. Similar juicio era el de Franz Hessel, atendiendo por su parte a la moda: “Aparece un nuevo tipo de mujer que triunfa sobre aquellas cuyos sastre y modista viven junto al Tiergarten. Es la joven vanguardista, la joven berlinesa de la posguerra” (Primera Guerra Mundial). “Caminan muy bellas con sus vestidos ligeros –añadía el escritor–, su piel es magnífica con un ligero brillo que le da el maquillaje (…), da gusto percibir su seguridad en si mismas cuando pasan por el tumulto vespertino de la Tauentzienstraße y la Kurfürstendamm”.

 

Ecos de fiesta

 

Había voluntad de vivir la nueva era. Esa efervescencia de la Ku’damm y sus alrededores fue la quintaesencia del Berlín de los “locos años veinte”, en los que las multitudes buscaban aquí sobre todo diversión. Desde el comienzo de la Tauentzienstraße (Wittenbergplatz) hasta el Halensee (final de la Ku’damm), donde estaban las atracciones del mítico Luna Park, se sucedían tiendas, cafés y restaurantes, cines y teatros, cabarets y salas de baile de diferente carácter y decoro. Era una diversión en masa sobre la que ironizó Joseph Roth en 1930: “En ocasiones, en un ataque de incurable melancolía, entro en uno de los típicos clubs nocturnos de Berlín, no para animarme a mí mismo, ya me entiendes, sino para obtener el malicioso placer de tan industrializadas risas”. Fue la zona industrial del divertimento y de los intelectuales, el lugar donde el cuplé berlinés marcaba su territorio con la tonadilla Bei uns um die Gedächtniskirche ‘rum... [Donde nosotros alrededor de la Gedächtniskirche...] (1927), del compositor Friedrich Hollaender. Un tiempo de orgía en el que “todos los valores cambiaron y Berlín se convirtió en la Babel del mundo”, como después recordaría Stefan Zweig en El mundo de ayer (1942), la autobiografía con la que puso final a su vida.

 

A la década de 1920 siguió otra no tan feliz, en la que la censura y las exigencias de la guerra fueron acallando progresivamente toda frívola distracción, y la Ku’damm perdió su reluciente atractivo. En los tiempos de la partición de la capital, el paseo recuperaría parte de su elegancia, pero no la extrema vitalidad de su pulso. Costaba dar valor axiomático a la aseveración de Roth, quien en 1929 aseguraba que el secreto de la Ku’damm era su “capacidad de permanecer ella misma a través de los repentinos cambios en su fisonomía, y ser aún más Kurfürstendamm. Es inmutable en su inmutablidad. Su impaciencia es heroica. Su inconsistencia es insistente”. Aunque aún hoy dista de su leyenda, el visitante puede captar sin mucho esfuerzo algunos destellos de aquellos “dorados veinte”.

 

“El cliente es un rey y el Rey es un cliente”

 

Recomiendo llegar a la zona en metro y bajar en la parada de la Wittenbergplatz, una de las estaciones más hermosas de Berlín. Se sale, en medio de la plaza, a un vestíbulo que tiene forma de templete con planta de cruz, inaugurado en 1913. La restauración de maderas y viejos mosaicos de anuncios comerciales reproducen la atmósfera del Berlín de entreguerras. Desde la salida oriental queda a la vista el KaDeWe (1) (Kaufhaus des Westens, Gran Almacén del Oeste), uno de los pocos edificios que aquí resistieron a los bombardeos.

 



 

Es el gran almacén más distinguido de Berlín. En su día el más grande del continente, fue emblema del progreso económico occidental cuando al otro lado de la ciudad el comunismo desabastecía las tiendas de artículos de lujo y aún de muchos de primera necesidad. Eso explica que nada más caer el Muro, muchos berlineses orientales acudieran al KaDeWe a gastar los cien marcos de regalo con que Berlín-Oeste les daba la bienvenida. El establecimiento fue abierto en 1907 por Adolf Jandorf y pronto tendría por lema “en nuestra tienda el cliente es un rey, y el Rey es un cliente”. El KaDeWe venía a competir con los grandes almacenes de la Leipziger Straße y con el recién abierto por Hermann Tietz en la Alexanderplatz. En esa dura competencia, Tietz acabaría adquiriendo este rival suyo del oeste en 1925. El KaDeWe es el único que queda en pie de aquella constelación histórica de centros comerciales.

 

En medio de la Tauentzienstraße está la escultura Berlín, de Brigitte y Martin Matschinsky-Denninghoff, colocada en 1987 con motivo del 750 aniversario de la ciudad. Desde entonces, la imagen de las cuatro estructuras tubulares con las ruinas de la Gedächtniskirche de fondo –modernidad y pasado, futuro y memoria– se encuentra reproducida en muchas postales de la capital. La calle, por lo demás, forma parte del llamado “desfile de los generales”: una sucesión de vías empalmadas, trazadas por Lenné en 1860 para unir Kreuzberg con Charlottenburg y bautizadas con nombres de generales de las guerras napoleónicas (Gneisenau, Yorck, Bülow y Tauentzien). Pero la Tauentzienstraße no tuvo nada de marcial, y en los “años veinte” aunó sus funciones comerciales con el entretenimiento desenfrenado. “¡Noche! ¡Tauentzien! ¡Cocaína! ¡Esto es Berlín!”, fue en 1924 la descriptiva frase del ruso Andrei Belyi.

 

Epicentro de Berlín-Oeste

 

La hoy marcamente comercial Tauentzienstraße se junta con la algo más señorial Kurfürstendamm en la Breitscheidplatz, la plaza que fue el epicentro del antiguo Berlín-Oeste. En ella se preservan los restos de la Gedächtniskirche (2) (Iglesia del Recuerdo). El nombre es muy apropiado para un monumento que recuerda permanentemente las miserias de la guerra, aunque en realidad su nombre completo es Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche y se consagró en 1895 a la memoria del fallecido emperador Guillermo I. En 1963 el castigado templo neorománico, cuyo estilo pretendía una suerte de continuidad del viejo Sacro Imperio Romano Germánico, fue flanqueado por el arquitecto Egon Eiermann con una nueva nave y un campanario de plantas octogonales. El proyecto fue controvertido por el enorme contraste que representaba, si bien los octógonos copian la sección de la torre y de los pináculos de la Gedächtniskriche. Los vidrios que componen las paredes de la moderna iglesia arrojan en su interior una luz azulada que crea una conseguida atmósfera mística para la meditación.

 

La Breitscheidplatz, que adoptó el nombre de un diputado socialdemócrata muerto en el campo de concentración de Buchenwald, suele tener un gran ambiente de paseantes, músicos callejeros y terrazas de bares, y su creativa fuente da juego a los niños. El lado oriental de la plaza lo cierra el Europa Center (3), un conjunto de edificios en cuyas plantas más bajas hay tiendas, restaurantes, casino, cabaret y cines, así como una amplia oficina de información turística. El Europa Center supuso en 1965 una novedosa apuesta arquitectónica y comercial, exponente de la superioridad del modo de vida occidental en los tiempos de la Guerra Fría.

 

Memoria de los cafés de Charlottengrado

 



 

El Europa Center ocupa el lugar en el que estuvo el Romanisches Café, el templo de la intelectualidad en las primeras décadas del siglo XX. Clientes habituales fueron Alfred Döblin, Walter Benjamin, Oskar Kokoschka, Max Reinhardt y Bertolt Brecht, entre otros. El local, de la misma época que la Gedächtniskirche e igualmente de líneas neorománicas –de ahí su nombre–, también acogió a George Goscz, Hans Arp, Tristan Tzara y los demás miembros del movimiento Dadá. Muchos de ellos primero habían acudido al próximo Café des Westens y se dejaban ver por la media docena de cafés literarios de la zona, frecuentados por escritores, artistas, ensayistas, gente del teatro y cineastas. A sus mesas, el entonces joven director Billy Wilder preparó sus primeros proyectos cinematográficos, Otto Dix dibujó un sinfín de caricaturas en servilletas de papel, y Joseph Roth escribió sus novelas Hotel Savoy (1924) y La marcha de Radetzky (1932). Roth, precisamente, dedicó un artículo periodístico a la figura del camarero encargado de servir la prensa nacional y extranjera, todo un oficio en esos grandes cafés, con tertulianos de orígenes nacionales muy diversos y habituales columnistas de publicaciones. “Ha visto generaciones de escritores ir y venir. Les ha visto encerrados en prisión o en sillones ministeriales. Devenidos en revolucionarios o secretarios privados. Y todos han dejado debiéndole dinero”, contó de Richard der Rotte, el pelirrojo camarero jorobado del Café des Westens, a quien el dibujante Walter Trier también retrató.

 

Esa variedad de periódicos en diversas lenguas era una consecuencia de la “Babel del Spree” en que se había convertido Berlín. Una parte notable de esa internacionalidad la aportaba la inmigración rusa, que tras la revolución bolchevique llegó a estar compuesta de unas cincuenta mil personas, de manera que en ese tiempo el idioma ruso, según Ilya Ehrenberg, se podía oír por todas partes. “Berlín fue la primera y más importante estación de la diáspora rusa; París tomó sólo pocos años después el papel de segunda estación, pero nunca alcanzó el esplendor del Berlín ruso”, recordaría más tarde Nicolas Nabokov. Entre 1918 y 1924 ese Berlín ruso publicó unos 2.200, más que los producidos en Moscú o Petrogrado. La inteligencia de los rusos blancos se extendió por Charlottenburg. “La punta de esta iglesia”, anotó Ehrenberg en uno de sus poemas refiriéndose a la Gedächtniskirche, “es el punto desde el que, radio a radio, los rusos en Berlín se reparten por Charlottengrado”. Berlín fue caladero de rusos de diverso signo, desde la familia Nabokov, centro de la disidencia, al oficialista Sergei Eisenstein, que visitó la ciudad para conocer los avances cinematográficos de la UFA. Kandinsky, Chagall, Gorky, Mayakovsky y Pasternak fueron otros destacados nombres de una colonia que tenía sus principales restaurantes y cafés entre la Breitscheidplatz y la Nollendorfplatz.

 

De faisanería a zoológico

 

Parte del esparcimiento que ofrece el área de la Ku’damm es el Zoologischer Garten (4). Entre las muchas duplicidades del Berlín unificado está la existencia de dos parques zoológicos. Si se quiere sacar a las arcas municipales de su deplorable estado, lo lógico es que se acabe eliminando uno de ellos, pero es una decisión dificíl porque la desaparición probablemente le debiera corresponder al más antiguo, pues el Tierpark, creado por la RDA en Berlín-Este, dispone de más terreno y ofrece mejores posibilidades de modernización. El Zoologischer Garten ha quedado encorsetado por el desarrollo del extremo oriental de la Ku’damm y supondría una magnífica ampliación del Tiergarten, del que es su continuación natural. De hecho, antiguamente este terreno formaba una unidad con el parque. En este rincón de su reserva de caza, Federico el Grande hizo instalar en 1742 una faisanería. Cien años después, el naturalista Lichtenstein la transformó en el primer zoológico de Alemania, con el apoyo de Alexander von Humboldt y el diseño de Peter Joseph Lenné. Los primeros ejemplares fueron donación real, procedentes del fondo de animales de la Pfaueninsel. La entrada más ornamental corresponde a la Puerta de los Elefantes, junto a la que se encuentra la hermosa casa del Acuario, ambas en la Budapester Straße.

 

El paseo entre los animales, además de acercar al medio natural, aporta también una escondida referencia histórica. Integrados en uno de los hábitats recreados, por el que hasta ahora ha venido deambulando un curioso tipo de jabalíes, hay restos de hormigón de lo que fue la Falkturm I, la primera de las tres torres de defensa antiaérea que Hitler mandó construir en 1940 en parques de la ciudad. Las otras, también derribadas con dificultad al concluir la guerra e igualmente semiocultas por los árboles y cubiertas de hierba, están en Humboldthain y en Friedrichshain. Este Zoobunker tenía 42 metros de alto y sus paredes medían dos metros y medio de grosor. En su parte superior se disponían las baterías antiaéreas y en sus pisos inferiores había espacio para resguardecer a varios miles de personas y apreciados tesoros de los museos berlineses, entre ellos el busto de la Nefertiti. Goebbels se hizo reservar aquí dos estancias por si su búnker del área de la Wilhelmstraße quedaba inservible. Las baterías antiaéreas atrajeron los ataques enemigos y a finales de 1943 la vida del Zoo se extinguió. “Una mina cayó en el acuario, matanto a todos los peces y reptiles. Por la mañana mataron a tiros a los animales salvajes, pues sus jaulas se habían deteriorado y se temía que pudieran escapar. Los cocodrilos intentaron saltar al río Spree, pero los pudieron sacar y matar a tiempo. ¡Vaya espectáculo que debió ser!”, anotó Missie Wassiltchikoff en Los diarios de Berlín.

 

Nacimiento de la UFA

 

La referencia geográfica del Zoo se incorpora al nombre de algunas de las instalaciones de los alrededores. Es el caso del cine Zoo-Palast (5), durante mucho tiempo una de las principales salas cinematográficas de Berlín. Fue creado como UFA-Palast para acoger estrenos de la Universum Film Aktiengesellschaft. En plena Primera Guerra Mundial, con el fin de explotar la potencialidad propagandística del naciente cine, el generalato había impulsado en 1917 la constitución de la UFA a partir de varios pequeños estudios. Superada la contienda, la sociedad pasó a manos privadas y conoció un importante desarrollo. Sus primeros grandes éxitos fueron Das Kabinet des Dr. Caligari (1920), de Robert Wiene; Nosferatu (1922), de Friedrich Murnau, y los títulos de Fritz Lang Doktor Mabuse (1922) y Die Nibelungen (1924). Las producciones serían cada vez mayores, primero en las instalaciones de Tempelhof y luego en los amplios estudios de Babelsberg, en su día los más grandes de Europa. El nazismo estatalizó de facto la UFA, que en la RDA se transformó en DEFA y en la RFA acabó en manos del grupo Bertelsmann. El Zoo-Palast se construyó sobre las ruinas de la sala precedente para albergar la Berlinale. Fue la sede del festival de cine hasta que con la reunificación éste se trasladó a la recién terminada Potsdamer Platz.

 

La Zoologischer Garten Bahnhof (6) fue la Hauptbahnhof (estación central) de Berlín-Oeste, en el mismo centro comercial de la capital, algo que suele ser común en casi todas las grandes poblaciones alemanas, por lo que el transporte ferroviario es un modo muy apropiado para llegar al corazón mismo de la ciudad que se visita, sin problemas de acceso rodado ni de aparcamiento. La estación se construyó en 1882 al trazarse la línea elevada del S-Bahn; la estructura de su cubierta data de 1934. Al dividirse la ciudad, la del zoo era la estación final de los trenes que llegaban por el corredor ferroviario que atravesaba el territorio de la República Democrática. La estación central de Berlín-Este era la Ost-Bahnhof. La nueva Hauptbahnhof del Berlín unificado está en medio de ambas.

 

Fiesta de cumpleaños con los Comedian Harmonists

 

Algo de la vitalidad que en su día tuvo la Ku’damm aparece en el ambiente vespertino que ofrecen los restaurantes de los alrededores. Su aire de cabarets intenta ser recuperado por la Komödie am Kurfürstendamm (7), entre las calles Uhland y Knesebeck, donde Brecht y Weil estrenaron su ópera Mahagonny (1931). A este teatro fui invitado para la presentación de una réplica de los Comedian Harmonists, un sexteto de voces masculinas fundado en 1927 y que pronto se haría famoso por sus cómicas canciones, con títulos como Veronika, der Lenz ist da [Verónica, Lenz está ahí] o Mein lieber Schatz, bist Du aus Spanien? [Mi querido tesoro, ¿eres de España?]. El grupo tuvo que disolverse bajo el nazismo, porque tres de sus integrantes eran judíos, pero su recuerdo ha sido tan perdurable que sus imitadores fueron acogidos con expectación. Es posible que aún sigan en cartel en la Komödie, en cuyo caso no hay que perder tiempo para comprar entradas: se garantiza una velada propia del mítico Berlín de entreguerras.

 

Poco después recibiría como regalo de cumpleados un CD con los grandes éxitos de los Comedian Harmonists. Fue bastante útil, porque sirvió para aguantar las últimas horas de una celebración excesivamente prolongada. Las fiestas de cumpleaños son en Alemania bastante de rigor, sobre todo cuando se llega a edades redondas y significativas. A los alemanes les gusta hablar y en ocasiones da la sensación de que se sienten en la obligación de mantener largas y serias conversaciones en momentos tan poco indicados como una fiesta. Uno recibía en casa visitantes que parecían no tener intención de marcharse nunca, secretamente esperando la reanudación por la mañana del servicio del S-Bahn o del U-Bahn. El Senado berlinés ha venido luego a rescatar a los sufridos anfitriones prolongando los horarios del metro durante el fin de semana.

 

Teléfonos de mesa y refugio nuclear

 

El hecho de que los berlineses pueden permanecer toda una noche hablando con alguien en un rincón, sin romper el hielo con otras personas presentes en una fiesta, lo atribuía Hessel a una falta de seguridad en sí mismos. Quizás sea una aventurada conclusión, pero el paseante de la República de Weimar lo explicaba con un ejemplo que encaja perfectamente en esta rememoración del ambiente nocturno que en su día tuvo la Ku’damm. En aquella época se pusieron de moda las salas de baile en las que había teléfonos distribuidos por todas las mesas que rodeaban la pista central. Quien se interesaba por alguien que estaba en otra mesa, tomaba el auricular y marcaba el número correspondía a aquel rincón. Según Hesse, “el descubrimiento de los teléfonos de mesa es psicológicamente muy sutil: el berlinés medio no está tan seguro de sí mismo, como a él le gusta aparentar. Sin embargo, al teféfono cobra ánimos. Y también le anima el verso de la dirección que encuentra en el siguiente programa: no te cohíbas y llama, ya sabrás si le gusta”.

 

La escena de esos teléfonos de mesa es una de las situaciones reproducidas en The Story of Berlin (8), un completo museo sobre la historia de la ciudad que se encuentra en la misma manzana que la Komödie am Kurfürstendamm. Se trata de un museo privado que aunque es algo caro resulta más atractivo, por la manera de ilustrar sus salas, que el museo municipal de historia de Berlín, el Märkisches Museum. Entre sus reclamos está la posibilidad de bajar a un sótano construido en la década de 1970 como refugio atómico, con gruesas paredes a prueba de radiaciones nucleares y espacio para más de tres mil personas.

 

Cerveza con jarabe

 

En cuanto a cafés, el único que presenta empaque de institución es el Kranzler (9), en la esquina de la Ku’damm con la Joachimsthalerstraße. Pero su momento de gloria ya ha pasado y las últimas reformas lo recluyeron a la parte superior del edificio que desde finales de los cincuenta ocupaba enteramente. A pesar de cubrir el solar en el que estuvo el Café des Westens, el Kranzler no tomó el nombre de éste, sino que heredó el del famoso local del cruce Unter den Linden-Friedrichstraße, que había sido sepultado por la guerra en el sector comunista de la ciudad. El nuevo Kranzler, con su peculiar estructura superior redondeada y sus históricos toldos a rayas, fue otro de los símbolos de Berlín-Oeste. Hubo un tiempo en que la terraza del Kranzler era signo de distinción y sentarse en ella algo preceptivo de todo paseo por la Ku’damm.

 

Debido a ese carácter de emblema de otra época es el lugar más propicio para beber Berliner Weiße “mit Schuss”, una variedad de Weißbier (cerveza blanca) propia de Berlín; hecha a partir de trigo joven, su proceso de fermentación continúa en la botella. Por su sabor poco agradable se suele combinar con un chorro (Schuss) de jarabe de frambuesa o de hierbas, que le dan a la bebida un color rojo o verde. Se sirve en amplias copas de cristal y se toma fresca y con pajita. Las guías acostumbran a catalogarla como la cerveza más típica de Berlín, aunque en realidad los berlineses no suelen beberla, salvo algunas personas mayores; quien lo hace más bien se delata como un turista. Puede probarse, pero sabiendo que no deja de ser una excentricidad. Lo dicho sólo afecta a la Berliner Weiße; las demás variantes de cerveza de trigo (Weizenbier) son muy comunes y sabrosas. De hecho, la primera elección que debe hacer quien se sienta en un Kneipe es escoger entre una Pilsner, de cebada, o una Weizenbier; dentro de estos dos genéricos tipos luego deberá especificarse la marca y variante que se desea, pues no basta con solicitar “una cerveza”.

 

Por la Fasanenstraße

 

El componente literario que antaño tuvo el área que visitamos puede encontrarse en la Literaturhaus (10), en el tramo sur de la Fasanenstraße. En ella se organizan actos literarios y exposiciones y la casa ofrece un apacible entorno para tomar café o comer, entre estanterías de libros y mansiones del siglo XIX. Puede completarse la sobremesa con una visita al contiguo Käthe-Kollwitz-Museum (11), dedicado a la obra gráfica y las esculturas de una artista comprometida con las clases trabajadoras del convulso Berlín de principios del siglo XX, cuya miseria y sufrimiento retrató. En el museo se encuentran distintas versiones de su Madre con hijo muerto, escultura reproducida en la Neue Wache de Unter den Linden.

 



 

La Fasanenstraße atraviesa la Ku’damm. En esa esquina está el hotel Kempinski, todo un clásico de lujo del otrora Berlín-Oeste. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el Kempinski fue un restaurante, que los nazis confiscaron porque su propietario era judío. El establecimiento, en cualquier caso, corrió mejor suerte que la sinagoga que había prácticamente enfrente. Ahí está ahora la Jüdisches Gemeindehaus (12) (Casa de la Comunidad Judía), cuya fachada incorpora un arco del portal del antiguo templo mosaico, el primero levantado a este lado de Berlín, y destruido en la Reichskristallnacht. La sinagoga liberal de la Fasanenstraße era la más renombrada de Berlín, después de la de la Oranienburger Straße. “Oí muchos hombres que expresaban su espanto, pero también vi otros, con el cuello del abrigo levantado, que pasaban junto a la sinagoga en llamas sin decir ni una palabra”, escribiría Heinz Galinski, muchos años presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, a propósito del pogromo de la noche del 9 de noviembre de 1938.

  

Club de jazz

 

Ascendiendo por la Fasanenstraße se llega a la Kantstraße. En ese cruce se encuentra el Quasimodo (13), el primer club que conocí en Berlín. En una ciudad con tantos locales alternativos y aún ilegales, principalmente en el este, se diría que este sótano consagrado al jazz, con actuaciones en vivo, es casi demasiado burgués. Pero es que la “escena” del distrito de Charlottenburg nada tiene que ver con la de Mitte, Kreuzberg o Prenzlauer Berg. En el Quasimodo me tocó cubrir un excepcional concierto de Daniel Barenboim en uno de sus incursiones fuera de la música sinfónica y de la ópera. Era la presentación en directo del disco Tribute to Ellington, que Barenboim había grabado con una banda de jazz en homenaje a Duke Ellington. El caso sirve para ilustrar el buen cartel que suele tener el lugar.

 

Junto al complejo del cine Delphi, en cuyo subterráneo se esconde el Quasimodo, está el Theater des Westens (14), con una pomposa fachada neorrenacentista, coronada por una representación en forma de diosa de la otrora ciudad independiente de Charlottenburg. Este teatro comenzó a finales del siglo XIX con operetas y vodebiles y hoy ofrece espectáculos musicales de moderna factura. En su sótano estuvo en los “dorados años veinte” la Wilde Bühne, un cabaret para el que escribieron textos Erich Kästner y Kurt Tucholski. Su curiosa parte posterior de labrillo tiene aspecto de fortaleza medieval, cuyas alturas quedan perfectamente a la vista cuando se utiliza el S-Bahn.

 

Fotos de altura 

 

Siguiendo por ese lateral, casi enfrente de la estación del Zoo, abre el Museum für Fotografie (15)(Jebensstraße 2): un viejo edificio guillermino, antiguo casino del Ejército, para una de la más modernas y transgresoras expresiones artísticas. Una parte importante de sus fondos son el legado del fotógrafo Helmut Newton. Nacido en Berlín de padre judío, Newton abandonó la ciudad en 1938 y ya nunca volvería a trabajar de modo estable en Alemania. Con la ciudad se reencontraría al final de sus días, donde fue enterrado en 2003. Antes de su muerte, Berlín organizó en la Neue Nationalgalerie una gran exposición retrospectiva con sus conocidas obras de desnudos femeninos, con la que el canciller Schröder y el presidente de Gobierno español José María Aznar, acompañados de sus respectivas esposas, se toparon cuando entraban para visitar otra muestra. Los fotógrafos de prensa captaron la cara de circunstancias de ambos matrimonios.

 



 

Perspectiva para buenas fotos es la que ofrece desde 2010 la Great Berlin Wheel (16), la mayor noria de Europa, con 175 metros de altura. Es uno de los últimos grandes proyectos para revitalizar el viejo Berlín-Oeste. Cuenta con 36 cápsulas con capacidad para cuarenta personas cada una y tarda media hora en completar una vuelta entera. Activistas ecologistas y ciudadanos se movilizaron contra la idea de que una máquina gigante en continuo movimiento pudiera alterar el ritmo biológico de los animales del zoológico, pero el Zoo desestimó las objeciones contra una instalación que ocupa los terrenos liberados en la Hertzallee por la administración del propio Zoologischer Garten.

 

Lize Minnelli en Cabaret

 

Los mandarines de la cultura gustan de sentarse en el Paris-Bar, en la Kantstraße de camino a la Savignyplatz (17). El café-restaurante, cuyo nombre alude a la relación que tenían sus promotores con las tropas de ocupación francesa al término de la Segunda Guerra Mundial, retoma la tradición de los antiguos cafés de artistas e intelectuales de esta parte de la ciudad. De hecho, en los pisos superiores tuvo su última dirección la influyente revista de izquierdas Weltbühne, editada por Carl von Ossietzky, premio Nobel de la Paz de 1935. Ossietzky no pudo recoger el galardón porque se encontraba internado en un campo de concentración, donde moriría tres años después. Hoy críticos literarios, coleccionistas de arte y periodistas se dejan ver también por el Paris-Bar, aunque no se sabe por cuanto tiempo, pues varias veces se ha visto amenazado de cierre.

 

La gastronomía francesa es una opción más en medio de una amplia oferta. La Savignyplatz y las calles próximas, como la Schlüterstraße, están salpicadas de restaurantes de diverso tipo, cuyas terrazas crean en verano un atractivo ambiente nocturno. El tono de la diversión está bastante alejado del que se aprecia en la película Cabaret (1972), de Bob Fosse, en la que aparecen las arcadas del S-Bahn que cierran la Savignyplatz por el sur, allí donde Lize Minnelli gritaba al paso de los trenes.

 

Cabaret se basa en uno de los capítulos de la novela Adiós a Berlín (1939), la obra más famosa del inglés Christopher Isherwood, que también daría lugar a la película Soy una cámara (1951). Isherwood pasó cuatro años en la capital del Tercer Reich y con ecos autobiográficos dejaría tanto un melancólico retrato del libertinaje desenfrenado de los lugares frecuentados por su personaje Sally Bowles, como del clima de barbarie política en que todo aquello acontecía. El área de la Ku’damm aunaba ambos: ya se ha hecho referencia a sus antiguos clubs y cabarets, y resta por mencionar la no muy distante, aunque fuera de nuestro mapa, Fehrbelliner Platz. Rodeada por un conjunto de edificios concebidos por la megalomanía hitleriana. La plaza estuvo destinada a varias instituciones nacionalsocialistas, entre ellas el cuartel central del DAF (Deutsche Arbeitsfront, Frente Alemán del Trabajo), el sindicato vertical nazi. Para romper en algo esa herencia, en el centro de la amplio cruce se colocaría con el tiempo una llamativa entrada al metro y la escultura Los siete suavos.

 

Isherwood se había hospedado en realidad en una pensión del barrio de Schöneberg, y nada como recalar ahora en él para compendiar el Berlín, o los Berlines, que hemos ido viendo cuando nos disponemos a ir separándonos del doble centro de la ciudad para conocer también por dentro sus extremos.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Breitscheidplatz / Cubierta de un disco de Hollaender / Wittenbergplatz (Aazarus) / KaDeWe (Jochen Jansen) / Gedächtniskirche (Ralf Roletschek) / Europa Center y destruido Romanisches Cafe, hacia 1900 / Acuardio y Puerta de los Elefantes (Dieter Brügmann) / Baterías antiaéreas sobre el desaparecido búnker del Zoo, 1942 (Bundesarchiv) / Logo de la Ufa / Comedian Harmonists / Kranzler y Berliner Weiße / Mapa Google / Gran Noria, recreación / Fehrbelliner Platz]

 
De Emili J. Blasco (el 26/10/2009 a las 09:45:00, en X. BERLIN-OESTE)
 



 

Las vivencias personales relacionadas con determinados lugares de una ciudad acaban generando un imaginario que nuestra mente reproduce inmediatamente cuando nos referimos a esos sitios. Para muchos, Charlottenburg, nombre de elegantes resonancias, es sobre todo el Palacio que lleva ese nombre; para otros, son las fachadas blancas de sus cuidadas calles o el elevado estatus de sus vecinos. Para mí, Charlottenburg son los partidos de fútbol jugados los domingos al fondo del parque del Palacio. No es que me sumara muchas veces a la convocatoria, pero el frío pasado en invierno, con la nieve no derretida del todo entre la hierba, congela bastante el recuerdo en alguien que no es demasiado aficionado al deporte. Los compañeros de desgracia, que ciertamente se lo pasaban mejor que yo, eran los condiscípulos de un amigo mío, estudiantes todos de la Technische Universität Berlin (TUB). El grupo era especialmente bromista y entre las recurrentes risas estaba el recuerdo de la jugada gastada a una atractiva joven polaca que había llegado para hacer estudios de posgrado. A la muchacha le convencieron de que el mejor lugar para pasear por la noche en Berlín era el último tramo de la 17 de Junio. La primera vez que salió a dar una vuelta por allí se sorprendió de ver a otras chicas del este de Europa que también bordeaban la avenida y acabó por comprender la encerrona tan pronto como un coche paró a su lado.

 

Pero esas escenas sólo ocurren por la noche y la entrada histórica a Charlottenburg no deja de tener su excelencia. Cuando se deja atrás el Tiergarten, antes de cruzar el canal se encuentra la Charlottenburger Tor (1). En realidad es una puerta ficticia, pues aquí nunca hubo muralla, y además sólo data de 1908. La puerta muestra las figuras de Federico I y su esposa Sofía Carlota sosteniendo una maqueta del Schloss Charlottenburg, el palacio que ambos patrocinaron. Sofía Carlota había elegido el asentamiento de Lützow, a cinco kilómetros del Palacio Real de Berlín y a mitad de camino entre esta ciudad y la de Spandau, para hacerse construir unas dependencias palaciegas destinadas al asueto estival. Aunque de alguna manera extemporánea, la puerta se ubica en una posición correcta, porque ahí se entra en el antiguo término municipal de lo que hasta 1920 fue una población independiente, y marca el punto por el que ya doscientos años antes pasaban los carruajes de los monarcas y de sus cortesanos que desde Berlín se dirigían a sus residencias de verano.

 

El camino que a través del Tiergarten conduce al Palacio de Charlottenburg sufre un giro en lo que desde 1953 se llama Ernst-Reuter-Platz (2). Ese acodamiento siempre se había conocido como “la rodilla” de Berlín, pero ya a finales del XIX había perdido su configuración originaria. “Su redondez es hoy en día carente de atractivos”, lamentó Fontane, y un cuarto de siglo después Hessel abundaría en lo mismo: “su forma desaparece en el gran batiburrillo de automóviles y tranvías que cruzan por la intersección de varias calles”. Después de 1945 se procedería a una nueva urbanización de la plaza, envuelta por el campus de la TUB, una de las tres universidades berlinesas, junto con la Humboldt y la Freie. Aunque la Universidad Técnica fue fundada en 1879, la mayoría de sus instalaciones son altos y funcionales edificios. Los amplios espacios abiertos y los grandes volúmenes de los alrededores de la Ernst-Reuter-Platz fueron toda una declaración ideológica sobre la modernidad que pretendía Berlín-Oeste. Si hasta entonces la mayor parte del tráfico derivaba hacia el Palacio de Charlottenburg, por la también rebautizada Otto-Suhr-Allee, pronto la Bismarckstraße se convirtió en la continuación natural de la 17 de Junio.

 

Pugna operística

 

En la Bismarckstraße está la Deutsche Oper (3). La división de Berlín consagró la existencia de una gran coso lírico a cada lado del Muro: esta Ópera Alemana y la Ópera Estatal de Unter den Linden. La rivalidad entre los dos Berlines llevó a que cada cual potenciara su teatro operístico, pero el nacimiento de la Deutsche Oper no es una respuesta de la República Federal a la entonces República Democrática, sino fruto de la expansión de la metrópoli a comienzos del siglo XX. El desarrollo del oeste de Berlín permitió la construcción en 1912 de la Ópera Alemana. Del teatro original se conserva el edificio de servicios; el resto es una construcción funcional de 1961, del arquitecto Fritz Bornemann. Concebida desde sus orígenes como una ópera moderna, que debía contrarrestar el excesivo peso de la tradición en las representaciones de la Staatsoper, la Deutsche Oper ha mantenido siempre un interés por la innovación y la vanguardia, aún en los repertorios más clásicos.

 

La pugna entre los esos dos cosos, curiosamente, ha sido en realidad más enconada desde que desapareció el Muro, pues un único presupuesto debe repartirse entre las distintas instituciones culturales, muchas de ellas duplicadas. Los planes del Senado berlinés para la fusión de ambas óperas encontraron en el momento de ser anunciados a dos directores musicales dispuestos a batirse por la independencia de sus teatros. La fuerte pesonalidad de Christian Thielemann (Deutsche Oper) y Daniel Barenboim (Staatsoper) hizo que alrededor de ellos se galvanizaran los defensores de cada una de las dos sedes. Thielemann, a quien se le denomina el joven Karajan, atraía las simpatías de quienes por fin veían a un talentoso director alemán después del claro predomino de directores extranjeros, de manera que la confrontación adquirió en algunos un tinte ligeramente xenófobo: el teutón Thielemann frente al judío Barenboim. Thielemann finalmente arrojó la toalla.

 

Junto a la entrada de la estación de metro de la Deutsche Oper un bajorrelieve indica el lugar en que el estudiante Benno Ohnesorg cayó herido de muerte por los disparos de un policía durante la manifestación de 1967 contra la visita del Sha de Persia. El hecho radicalizó las protestas de los movimientos alternativos, que entraron en una espiral de lucha directa contra las fuerzas del orden y representantes del establishment de Berlín-Oeste, especialmente contra el grupo de prensa Springer.

 

La cultura del FKK y del Rathauskeller

 

Por detrás de la Deutsche Oper, en la Krummestraße, se halla una piscina municipal digna de ser disfrutada si el visitante pasa suficiente tiempo en la ciudad. En Berlín existe una larga tradición de baños públicos y esta piscina, construida en 1899 en estilo neorománico, es una de las más bellas tanto por su exterior como por sus interiores. Para bañarse no hace falta acreditar nada y basta con pagar una barata entrada. Conviene cerciorarse, en todo caso, de que en el horario elegido no figuran las siglas FKK, que corresponden a Freikörperkultur, la cultura del nudismo. La FKK tiene vieja raigambre entre los alemanes, que sin mucho reparo se desnudan en parques y lagos para tomar el sol o bañarse, sin que ningún letrero suela prevenir acerca de esta práctica.

 

Por la Krummerstraße se llega a la Otto-Suhr-Allee y se da con el Charlottenburger Rathaus (4). La grandiosidad de este Ayuntamiento, de los primeros años del siglo XX, tiene que ver con las ínfulas de un municipio que en esa época era uno de los más ricos de Alemania. Ello gracias a la nobleza que antiguamente se había instalado en las cercanías del Palacio de Charlottenburg y sobre todo a la burguesía que luego llegó de las residencias del Tiergarten. La torre de 89 metros se divisa desde cualquier otra altura de la ciudad y expresa un orgullo local que pronto se demostraría vano, pues en 1920 Charlottenburg pasó a formar parte de Berlín, por más que el aspecto medieval del Ayuntamiento y sus figuras alegóricas intentaran reivindicar su tradición independiente. El alcalde de entonces había propuesto que en lugar de sumarse el municipio al Gran Berlín fuera Berlín quien se integrara en el Gran Charlottenburg. Como en muchos otros ayuntamientos de Alemania, en los bajos de éste existe un Rathauskeller, una cantina abierta al público que viene a remarcar el carácter comunitario de la institución. Es recomendable parar allí para comer si se desea un entorno y un almuerzo teutónicos.

 

Pabellones gemelos

 

Llegados al Palacio, antes de atravesar su verja echemos siquiera un vistazo a los dos pabellones casi gemelos que hay enfrente, en el comienzo de la Schloßstraße, una avenida en tiempos bordeada de mansiones. Construidos a mediados del siglo XIX por Friedrich August Stüler como cuarteles de los oficiales de la guardia real, ambos palacetes han venido siendo utilizados como museos. El oriental, en el que estuvo el busto de Nefertiti durante su “exilio” en el Berlin dividido, acoge la colección Sharf-Gestenberg, con obras del romanticismo francés al surrealismo; a éstas siguen los clásicos de la modernidad de la impresionante colección Berggruen (5), en el edificio occidental. Heinz Berggruen donó los cuadros a su ciudad natal cuando regresó al Berlín reunificado después de toda una vida en Estados Unidos y París. Marchó con lo puesto de la capital alemana con el ascenso del nazismo y su actividad de marchante le llevó a reunir una importante colección de clásicos de la modernidad, con un buen grupo de obras de Picasso, Klee, Cézanne y Giacometti. Personalmente, como catalán, la figura del anciano Berggruen me resultó muy entrañable cuando un domingo por la tarde me lo encontré al frente de la máquina registradora de la tienda del museo, cuidando del negocio.

 

Esa tarde resultó realmente provechosa, pues además de poder hablar durante un rato con el coleccionista –lástima que no se prestara a grabar una entrevista–, descubrí el Bröhan-Museum, ubicado en el edificio de al lado. Este pequeño museo, dedicado a las artes decorativas, suele estar poco destacado en las guías, pero sus piezas en Jugendstil, término germánico para designar al modernismo, y Art déco son de gran interés para los seducidos por esas corrientes.

 

El Versalles berlinés

 



 

El Schloss Charlottenburg (6) es la única residencia real que pervive en Berlín. Para encontrar otros palacios de los Hohenzollern hay que ir a Potsdam. Berlín-Este no quiso salvar el Berliner Schloss ni se planteó recuperar el derruido palacete barroco de Monbijou. En cambio, Berlín-Oeste se embarcó en la restauración del Palacio de Charlottenburg, lo que le permitía entroncar con el antiguo legado de una ciudad cuyo casco histórico había quedado al otro lado del Muro. Sus ornamentadas salas fueron utilizadas para exposiciones desde el fin de la monarquía y forman parte del conjunto museístico de este enclave de Berlín. Ideado siguiendo el modelo de Versalles, el Palacio cuenta en su parte posterior con el único jardín francés de la ciudad. Los setos de arbustos y flores terminan sus perfectos dibujos en una escalinata que se introduce en el lago del parque. Más allá se extienden varias hectáreas de jardín inglés.

 

En el patio de entrada al Palacio se yergue la estatua ecuestre del Gran Elector. Como ya se ha explicado, originalmente la escultura estuvo sobre un puente adyacente al Berliner Schloss. Fue removida de allí en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial y trasladada en barcaza a esta parte del Spree, en cuyos fondos descansó durante dos años tras hundirse accidentalmente. Federico Guillermo fue príncipe elector de Brandemburgo desde 1640. En 1660, concluida la guerra de los Treinta Años, se separó de la corona polaca, a la que temporalmente había pertenecido la demarcación, y sentó las bases para la expansión territorial que conformaría Prusia. Manifestación del creciente poder de este Estado fue la construcción del Schloss Lietzenburg, que el hijo del Gran Elector dedicó a su esposa Sofía Carlota poco antes de autocoronarse como rey en 1701. Cuando prematuramente murió la reina, el Palacio tomó su nombre. La obra de Arnold Nering –el cuerpo central, con su elegante cúpula barroca–, fue ampliada luego por los principales arquitectos de sucesivos monarcas. De Langhans es el extremo oeste, antiguo teatro de la corte, así como el alejado pabellón del Belvedere; a Von Knobelsdorff se debe el ala este. El entorno también tiene la mano de Schinkel, que compuso el delicado Neuer Pavillon, y la de Rauch, con sus típicos angelotes-Victoria.

 



 

Musas para Leibniz y Chateaubriand

 

El parque acogió los paseos de Sofía Carlota, una reina instruida, y Gottfried Wilhelm Leibniz, quien en 1700 llegó a Berlín para fundar y ser el primer presidente de la Academia de las Ciencias. Sus cultos diálogos sentaron las bases para la Teodicea (1710), tratado fundamental de Leibniz. “No crea que prefiero todo el esplendor y esta corona, por la que se hace tanto ruido, al placer que me dispensan nuestras conversaciones filosóficas en Lietzenburg”, escribió la reina al pensador. Después de ella, pocos Hohenzollern residieron en el Palacio de manera habitual. El lugar gustó a Federico Guillermo III y a su esposa, la reina Luisa; también a su hijo Federico Guillermo IV, el último en reinar parcialmente desde Charlottenburg.

 

Si bien Sofía Carlota da nombre al Palacio, es la figura de Luisa la que se adueña del lugar. Luisa tiene su isla en el Tiergarten, que ya hemos visto, y ahora encontramos su mausoleo en medio del parque de Charlottenburg. Es la única reina por la que viejas generaciones de berlineses han lanzado algún suspiro, la única sobre cuya tumba algún trasnochado admirador deposita flores frescas muy de tarde en tarde. El Mausoleum fue levantado en 1810 para acoger los restos de la amada esposa de Federico Guillermo III. Su belleza y su temprana muerte la elevaron a musa que inspiraría a artistas y poetas: Rauch modelaría un sarcófago que es considerado como una de las obras maestras de la escultura alemana del siglo XIX, y el romántico francés François-René de Chateaubriand escribiría su sentido poema Charlottenbourg ou le tombeau de la reine de Prusse (1821). Tras la muerte del rey en 1840, el templete resultó agrandado por Schinkel para dar cabida también al sepulcro del monarca, igualmente esculpido por Rauch. Como tributo a esas historias de amor que tanto gustan a los pueblos, las estatuas de ambos se miran en la Luiseninsel del Tiergarten y casi se dan la mano eternamente en el mausoleo de este Schlosspark. Una final ampliación se llevó a cabo en 1890 para incluir las tumbas del Káiser Guillermo I y de su esposa Augusta. Los restos de los cuatro guardan un más que tranquilo reposo en este norte del barrio de Charlottenburg, que poco tiene que ver con la vitalidad su parte meridional, surcada por la Kurfürstendamm.

 

 © Emili J. Blasco

 

[Imágenes: Schloss Charlotenburg / Charlottenburg Tor (Axel Mauruszat) / Deutsche Oper / Charlottenburger Rathaus (Andreas Praefcke) / Parte posterior del Schloss Charlottenburg / Mapa Google / Retrato de la reina Luisa, de Joseph M. Grassi, 1802 / Mausoleum (Manfred Brückels)]

 

Guía apasionada de la capital alemana, a los veinte años de la caída del Muro. De la ciudad que vemos ante nuestros ojos y de lo que su fascinante historia guarda en cada rincón.

Capítulos del libro "Berlín a conciencia", que se ofrecerá para su descarga en versión pdf al final de su serialización aquí en forma de blog.

Ciudad de los prodigios de este comienzo de siglo, Berlín requiere ser visitada con todos los sentidos bien abiertos. La única manera de captar en plenitud el Berlín que está ante nuestros ojos –sus vertiginosos cambios, la proyección de una ciudad que es puro devenir– es aplicar a la mirada una pupila histórica y revivir su biografía a través de la la memoria de los hechos que la marcaron y de las páginas literarias que mejor plasmaron su fascinante alma

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