Cuando los medios tradicionales iniciaron su desembarco en la Web, allá por 1994, uno de los muchos
paradigmas de la comunicación que comenzaron a agrietarse fue el de la periodicidad. La frecuencia regular de publicación como pauta de trabajo y de encuentro con las audiencias, fue sustituida por el tiempo real, el directo permanente.
Del mismo modo que los medios se han enfrentado a la red sin una auténtica cultura de la interactividad, también el directo permanente supone asumir y desarrollar una nueva cultura y unas nuevas destrezas para gestionar cada vez mayor cantidad de información en cada vez menos tiempo.
Las etiquetas que acompañan tanto a la crisis en Irán (
#iranelection), como a la muerte de Michael Jakson (
#michaeljackson), al golpe de estado en Honduras (
#Honduras), o a las elecciones legislativas en Argentina
(#urna2009), revelan cómo el tiempo real se ha convertido en un flujo informativo global que exige nuevas destrezas de filtrado y ponderación de fuentes, y nuevos ritmos de trabajo.
La velocidad frenética de las actualizaciones informativas pone en jaque permanente a las organizaciones noticiosas que enfrentan el dilema de comprobar los datos saliendo más tarde, o de saltarse los procesos de verificación de fuentes para llegar más rápido. El penoso caso reciente de
un canal de televisión que cayó en la trampa de un bulo que circulaba por la red, muestra la gravedad del desafío presente.
Ante este estado de cosas, formar a las plantillas y apostar por nuevos
perfiles profesionales, no son asuntos que puedan postergarse por mucho más tiempo.