José Antonio Labordeta ha pasado a la historia de la música española como un cantante de himnos –“
Canto a la libertad”,
Banderas rotas”, “
Aragón”, "
Somos" "
Albada”; aquí dejo los enalces como homenaje a su memoria-
- solemnes y retóricos de una utopía política, la banda sonora del imaginario de la Transición, pero era mucho más que eso: era un poeta. Hondo, agitado, melancólico, de un sentimentalismo pesimista y existencial, desnudo y agostado como el paisaje que le arrancó sus mejores versos. Quizá más ligero que su hermano Miguel, al que Celaya le dedicó
un poema de amistad póstuma, pero también más demótico, más largo de alcance. Hay un Labordeta poco conocido de canciones de amor y desamor que revelan una veta íntima conmovedora, profunda, sobria, siempre asociada –la gravedad de su voz y de su estilo imponía carácter a su creación—a un inevitable y reseco sentimiento de derrota. Fue en cierto modo un
chansonier a la francesa con la garganta enronquecida por el polvo –“polvo, niebla, viento y sol”—de su tierra. La canción “
Me estoy quedando sin ti" --lo siento, no he encontrado versiones de acceso libre-- puede estar entre las mejores y más emotivas piezas líricas del amplio repertorio de nuestros cantautores.
Los jóvenes le recordarán por su aire cascarrabias, por ese bronco y espontáneo desenfado con que se movía como un “outsider” por la política. Lo era, sin duda, como también el español andarín que leyó España con los pies y una mochila a cuestas, cosiéndo el país –él, que era un aragonesista recalcitrante—con el hilo invisible de un patriotismo sentimental, sincero y democrático. Su aventura parlamentaria le dio notoriedad pero desdibujó un poco su verdadero perfil de hombre de letras y música, un enseñante ejemplar y vocacional reconvertido en activista pero al que le venía estrecho el mundo prosaico y conspirativo de la política. Era un tipo demasiado libre y demasiado buena gente para sujetarse a ese código de intereses del que tantos han hecho un modo de vida. El suyo era un compromiso puramente civil, un compromiso con la utopía de una izquierda idealista destruida por la ambición y el pragmatismo. Con su guitarra, su voz y su pluma hizo más por la conciencia regional de Aragón que todo el confuso corpus doctrinario de un territorialismo de ocasión en el que ha vivido instalado –y bien instalado—su propio partido, la Chunta.
Hacía tiempo que a Labordeta lo definía mejor el desencanto rasgado de “Banderas rotas” que el utopismo combatiente del “Canto a la libertad”. La libertad no resultó ser como él creía que merecíamos. En aquel campo de espigas ha crecido la mala yerba del encono.
Después de cuatro años de desgaste, el Constitucional ha tirado por la calle de en medio: una
sentencia interpretativa basada en un principio más político que jurídico: el de la insatisfacción media general ponderada. Cincuenta artículos purgados, quince de ellos mediante la anulación y el resto con interpretaciones de criterio. Suficiente para que el
PP justifique su recurso, el
PSOE presuma de haber salvado la mayoría del Estatuto y los nacionalistas se entreguen a su pasión favorita:
el victimismo sobreactuado, que les impulsará a la victoria en las elecciones autonómicas del otoño. Objetivamente, la sentencia, quizá la única posible en el clima de desautorizaciones y descrédito en que se había sumido la polémica, depara una
purga severa de algunos aspectos soberanistas del texto: tumba el poder judicial catalán, revoca las competencias financieras autónomas y envía al limbo la autodeclaración nacional de Cataluña en el preámbulo al restarle validez jurídica. Un veredicto de medias tintas, más fruto de la negociación transaccional que de la juridicidad pura, que ahora sufrirá un debate artificial, inflado por los ruidosos intereses de la política.
VOY a proponerles un juego de participación para compensar la larga ausencia de este blog –mis disculpas pero, lo siento, a uno no le sobra el tiempo…ni las ideas—y, de paso, hacer un poco de periodismo constructivo, además de interactivo. Verán: en estos tiempos en que el Gobierno
más socialdemócrata que vieron los siglos se ha reconvertido abruptamente al
reformismo impuesto por los perversos mercados –esos mercados ¿se acuerdan?, que
iban a reformar los socialistas y que han acabado reformándolos a ellos--, habría que aprovechar el impulso de los conversos para abordar de una vez por todas el ajuste de una Administración hipertrofiada. Hipertrofia de la que no sólo tiene la culpa el zapaterismo; es el fruto de décadas de acumulación de caprichos políticos, de autonomías sobredimensionadas, de ayuntamientos convertidos en ciudades-estado, de una clase dirigente autonconstituida en bien oficial. Pues venga, vamos a dar ideas. Apunten aquí abajo lo que creen que sobra en esta derrochona orgía de dinero público que nos ha llevado al borde de la bancarrota. Ministerios, consejerías, diputaciones...Asesores, parque móvil, dietas, sociedades públicas, inversiones superfluas, salarios desmedidos, funcionarios duplicados… vale todo lo que se les ocurra, siempre que sea realmente prescindible. Y si pueden o saben, para que la aportación tenga más valor, cuantifiquen el ahorro, por favor. En vista de que el Gobierno no sabe o no se atreve, quizá los ciudadanos podamos darles ideas. ¿No llamaban a eso democracia participativa? Sírvanse….
La primera ejecutiva de Aznar, veinte años después.
La ejecutiva, en 1990.
Poca gente confiaba hace veinte años en aquel joven dirigente entronizado a dedo por Manuel Fraga después de haberlo designado candidato a la Moncloa, en cuyo primer asalto había fracasado cinco meses antes. Se decía lo mismo que ahora de Rajoy: no tiene carisma, carece de liderazgo, no podrá con Felipe. Yo estuve en el congreso de Sevilla, cuando Fraga rompió en pedazos –“¡ni tutelas ni tutías”—la carta de dimisión preventiva entregada por un Aznar tímido de bigotito chaplinesco. Recuerdo las dudas de tanta gente sobre el nuevo responsable; los pesos pesados se empeñaban en convencer a la prensa de que tenía madera de ganador. Y ni siquiera había sido el primer candidato; Fraga quería a Isabel Tocino y fue una rebelión de jóvenes barones emergentes –Rato, Cascos, etcétera—la que lo convenció, en Perbes, de que cambiase de idea. En el Partido Popular ningún líder ha sido elegido en elección abierta, salvo Hernández Mancha, y fue un fiasco. Fraga fundó la organización y la encabezó de manera natural; él nombró a Aznar y Aznar a Rajoy.
Aquel Aznar primigenio perdió dos elecciones frente a González: 1989 (aún sin tomar las riendas del partido) y 1993. Ganó la tercera (1996) por los pelos, poco más de 300.000 votos en plena descomposición del felipismo. “Me ha faltado una semana de campaña”, decía el presidente vencido. Estuvo a punto de remontar in extremis aquella partida a cara de perro.
También como Rajoy ahora, Aznar tuvo que enfrentarse a una trama de corrupción relacionada con el tesorero del PP. El “caso Naseiro” retrató en grabaciones telefónicas la ambición de lucro de un joven Eduardo Zaplana. Y su andadura procesal se deshizo en un mar de prescripciones y… ¡escuchas anuladas! ¿Les suena? Dejó una víctima en la ejecutiva, Arturo Moreno… precisamente el tesorero del partido. Y también por aquellas fechas estalló un caso de venalidad en un gobierno autonómico… Sí, sí, en Baleares.
Eso sí: Aznar se cargó al presidente balear, Gabriel Cañellas, como se había cargado a Moreno. De forma fulminante. En la sobremesa de un almuerzo, le dijo fríamente que no iba a permitir que se interpusiera en su camino a la Moncloa. ¿Un período incompatible con la corrupción? Quizá en la voluntad y la determinación, pero… ¿en qué boda fueron hechas las fotos de los corruptos de Gürtel? ¿En qué época empezaron su andadura delictiva?
Willy Toledo, ese eminente politólogo: “La mayoría de los disidentes cubanos presos
son terroristas”. A la luz de los
últimos acontecimientos y procedimientos judiciales de la Audiencia Nacional, eso es casi un oxímoron. En Cuba, como en Venezuela, los terroristas están en libertad. Y subvencionados. Al menos, los de ETA.
En el PP había un “cabrón”, de nombre
Luis y apellido
desconocido aunque sospechado, y ahora Esperanza Aguirre ha señalado a un
“hijoputa” de identidad fácilmente adivinable. El cainismo de la derecha vive momentos residuales porque el derrumbe de Zapatero y las expectativas de victoria marianista han aumentado el fervor interno por Rajoy, al que algunos militantes y dirigentes con aspiraciones de gobernar empiezan a descubrir hasta virtudes carismáticas, que ya es agudeza visual. Por eso estas rencillas madrileñas y estas puñaladas de pícaro –similares a las del
concejal Cobo, un pequeño político agrandado por sus propiedades vicarias—están condenadas a la letra menuda de ese rencor interno que Andreotti acertó a describir con la célebre agudeza: “en política hay rivales, adversarios, enemigos… y compañeros de partido”.
Nihil novum sub sole.
Lo más triste es que la cansina rivalidad Aguirre-Gallardón –el derby madrileño, lo llaman en Génova 13—va a tener la penosa consecuencia de neutralizar el futuro de ambos líderes, que por sí solos constituyen los activos más importantes del centro-derecha español. Al arrastrarse mutuamente por el fango de un encono capaz de preferir a Izquierda Unida antes que a un partidario del rival interno, están liquidando sus posibilidades no ya de alcanzar la ansiada sucesión de Rajoy, hoy por hoy cada vez más lejana, sino de ocupar puestos significados y proporcionales a su calidad política en un hipotético Gobierno presidido por él. En este momento, ése sería el horizonte más razonable al que podrían aspirar en un futuro medio, pero se lo están autolimitando en una pelea goyesca de la que todo el partido, y muy en especial su líder, está
más que harto.
Madrid es una ciudad dinámica y ejemplar por tantas cosas, pero su cercanía al poder genera una burbuja de soberbia que atrapa a personas valiosas incapaces de comprender, sin embargo, que España es un país mucho más ancho y que la proyección capitalina no basta para alcanzar un liderazgo nacional. En su sobrevaloración de expectativas, Aguirre y Gallardón han olvidado el cansancio que eso produce en unos militantes y simpatizantes mucho más interesados en desalojar a Zapatero y situar al Partido Popular en el poder. Llegado el por ahora improbable caso de la necesidad de un recambio de líder, es más que verosímil que el partido decidiese buscar un perfil nuevo e integrador –el gallego Feijoo comienza a gozar de buenas perspectivas- que no esté chamuscado por el largo desgaste de un rifirrafe eterno. Como diría Rajoy, visiblemente satisfecho por el desliz de la presidenta madrileña, son las
pequeñas cosas de la vida.
En su último y póstumo libro recién publicado en España, “
Habanos en Camelot”, el brillante escritor norteamericano William Styron describe con vibrante pulso literario la atmósfera de humo –en el sentido más literal-- que rodeó la más recordada de las presidencias de su país, la de JFK, en cuya moderna corte de excelencia se respiraba a todas horas la fumata de los cigarros que el propio Kennedy importaba de contrabando tras haber decretado el embargo sobre Cuba. Styron utiliza la anécdota de las rutilantes fiestas de la Casa Blanca kennedyana, concluidas con largas degustaciones de habanos entre prolijas discusiones culturales y políticas, para contraponer su refinado ambiente intelectual al prohibicionismo vigente, que considera con criterio de clara incorrección social la metáfora de una tendencia puritana de desconfianza hacia el placer como expresión suprema del individualismo.
Las opiniones del autor de “La decisión de Sophie” resultan manifiestamente disidentes en una sociedad contemporánea dominada por la casi completa conciencia de los efectos nocivos del tabaquismo y las consiguientes políticas restrictivas decretadas por las autoridades de salud pública, pero continúan siendo una interesante muestra de rebeldía contra una forma más de pensamiento único que tiende a cometer sensibles abusos de dominancia. El debate sobre el humo en los espacios públicos parece definitivamente resuelto en
casi todo el mundo occidental a favor de la prohibición más o menos completa, y nadie en su sano juicio puede atreverse a discutir el
beneficio sanitario que conllevan tales medidas. Sin embargo, el prohibicionismo absoluto no carece de un relativo exceso de intolerancia especialmente llamativo en Estados que, como el nuestro, perciben importantes ingresos de los impuestos sobre un tabaco cuyo precio incrementan cada vez que sufren problemas recaudatorios.
La pronta
reforma legal que va a impedir cualquier posibilidad de fumar fuera del domicilio privado o la calle parece contar con una
amplia mayoría de respaldo (mayor del 50 por ciento en algunos estudios de opinión), pero ello no quiere decir que exista una también muy amplia y significativa minoría cuyos intereses deberían ser escuchados y que no obstante aparece marginada casi por completo del debate oficial, cerrado a cualquier matiz que lo enriquezca en términos de convivencia. No se trata sólo de los fumadores, que en ningún caso poseen el derecho de molestar a los demás con sus humos indeseados, sino de sectores industriales como la
hostelería o los
autónomos que van a sufrir serios perjuicios; por no hablar del exceso de imposición que supone impedir la posible existencia de locales sólo para fumadores en los que puedan reunirse quienes deseen socializar su hábito en plena conciencia de su libertad para hacerse mal a sí mismos. Una libertad que no por ahora está restringida en tanto en cuanto el tabaco continúa siendo, pese a su demostrada nocividad, un producto de libre venta...incluso en los bares en los que se va a prohibir su consumo.
En este sentido, la corrección política está restringiendo algo tan importante como la expresión de esas minorías en el ámbito político. Sea cual sea el porcentaje de disconformes con la prohibición completa, es con toda claridad muy superior a su representación parlamentaria, reducida a cero por el miedo de los partidos a posicionarse a contracorriente del discurso dominante. La unanimidad activa o pasiva del arco político se aleja sin remordimiento del estado real de la opinión pública, en una democracia que carece, fuera del cauce partidario o institucional, de mecanismos eficaces de representación de la sociedad civil. La voz de los sectores disconformes simplemente no se escucha, y los legisladores aplican criterios unívocos que laminan cualquier posibilidad de regular el problema en términos de coexistencia de intereses. Y aunque exista un consenso mayoritario sobre las restricciones al tabaco, los matices a los límites de ese marco general distan mucho de ser unánimes. En su habitual burbuja de endogamia, nuestros dirigentes políticos se limitan a encogerse de hombros y fumar en privado –una privacidad relativa que a menudo incluye sus despachos oficiales: ¿hay que recordar los puros de Rajoy o el pacto estatutario que Zapatero y Mas suscribieron junto a un cartón de Marlboro en la propia Moncloa?—con el mismo cínico desparpajo con que el magnético Kennedy infringía su propio embargo.
La guasa sevillana interpretando la dialéctica Reyes Magos / Papa Noel en clave expeditiva. Balcón de la calle Arfe. Sevilla.
Este año el tradicional debate sobre el sentido religioso de la Navidad ha sido más suave y menos visible porque los laicistas han hecho sus deberes con mayor inteligencia y tacto que antes. Probablemente han avanzado más en su afán de convertir la conmemoración del nacimiento de Jesuscristo en una fiesta abstracta o vagamente panteísta, pero lo han hecho sin alharaca y sobre todo sin grandes estupideces, sin las patochadas antológicas de papanatismo que venían siendo comunes en los últimos tiempos. No ha habido actitudes beligerantes, ni intonsas proclamas multiculturalistas tipo “solsticio de invierno”, ni sustituciones revanchistas de símbolos navideños. De un modo menos alborotado, menos escandaloso, menos dramático, la transformación de la Navidad ha prosperado de manera perceptible.
Muchas instituciones han suprimido los belenes. El alumbrado urbano se ha desleído de su simbología tradicional (en su origen las luces son el recuerdo metafórico de las estrellas que vieron en el cielo los pastores de Belén) para aproximarse a la decoración luminosa de cualquier feria. Numerosos colegios van mutando las funciones infantiles en dramatizaciones genéricas desprovistas de significados concretos, justificadas para propiciar la integración en ellas del alumnado inmigrante. (Esto es un asunto a considerar: cada vez hay más escuelas que prescinden del cerdo en sus menús pero no ofrecen opción a observar la vigilia de los viernes pascuales). Los escaparates de los comercios se vuelven abstractos y los christmas tienden a felicitar las genéricas fiestas y el año nuevo. No es un fenómeno exclusivamente español, ni zapaterista; está ocurriendo y es visible en las grandes ciudades de todo el mundo. El laicismo está ganando la batalla de la Navidad.
No seré yo el que se rasgue las vestiduras con gesto jeremíaco de perdición moral; albergo demasiadas dudas de fe para imponer lo que no me aclaro a mí mismo, y desde luego prefiero la integración a la exclusión y me complace que cualquier ser humano pueda vivir un periodo de buenas intenciones espirituales más allá de su credo o de la ausencia de él. Pero me entristece el proceso de abstracción navideña porque me parece un empobrecimiento de su sentido cultural, histórico y sentimental, y porque no veo la necesidad de que, al margen de la creencia que cada cual profese o deje de profesar, haya que borrar las huellas de una religión cuyo impacto espiritual sobre el mundo es tan relevante y excede con tantísima amplitud la esfera de lo privado.
Si se prescinde de la raíz religiosa de la navidad, lo que pierde sentido es la Navidad misma, que es la celebración, la efeméride, el recordatorio –en fecha arbitraria y con fuerte contenido simbólico—del nacimiento de Jesús, cuya gigantesca huella espiritual en la Historia es incontestable. La enorme influencia del catolicismo la extendió como fiesta casi universal y la incorporó como costumbre cultural y social en las civilizaciones occidentales. Se puede no celebrar, darle la espalda, claro, pero carece de coherencia celebrar algo en lo que no se cree o desnaturalizarlo a conveniencia para no renunciar a sus beneficios prácticos (vacaciones, festejos, etcétera).
La Navidad ha generado muchas de las mejores páginas de la música, el arte, la literatura, la iconografía, que ahora resultan preteridas para no reparar en su profunda simbología religiosa, lo que supone una amputación cultural de primer orden, un desperdicio lamentable. Aborrecer la tradición equivale a renunciar a un milenario patrimonio inmaterial de enorme fertilidad y diluirlo en naderías irrelevantes por un exceso de mala conciencia que desemboca en burda autocensura. Aparte de que poco o nada ofenden los símbolos navideños a otros creyentes que en todo caso conocen perfectamente las costumbres de las sociedades de acogida, resulta paradójico que la sensibilidad posmoderna destine enormes recursos a la preservación de particularidades culturales –lenguas, hábitos, usos sociales, fiestas—y sea cicatera con una costumbre secular que cohesiona valores y proporciona una identidad moral imposible de restringir sólo al ámbito estricto de la fe religiosa.
Por supuesto que la Navidad se ha contaminado con adherencias ingratas: el despilfarro, el consumismo exagerado, la cursilería y el empalago sentimentaloide. Aun así, es una fiesta generosa, íntima, hogareña y solidaria, que saca lo mejor de nosotros mismos y nos empuja a parecernos a lo que nos gustaría ser. Por eso es positivo compartirla de un modo abierto e incluyente, pero no a base de insustancializarla cercenando sus raíces con una susceptibilidad sin sentido.
Post scriptum/ En la abolición de símbolos y tradiciones navideñas, los laicistas han tropezado con un hueso duro de roer: los Reyes Magos. La promoción de Papa Noel, el olentzero y demás mitos de Nochebuena no basta para frenar la ansiedad mágica de los niños en la noche del 6 de enero sin incurrir en delito de lesa infancia. Y a ver cómo se separa el mito de los Reyes de la historia de Belén y el Niño al que fueron a llevar regalos de pleitesía.
La consideración general ante el muy recurrente debate sobre la vigencia de la Constitución del 78 es la de que ningún proyecto de reforma puede mejorarla si no cuenta con un respaldo igual o superior a la vigente. Eso significa en la práctica la necesidad de un consenso que en la actualidad parece muy distante, habida cuenta del clima de fuerte divisionismo y crispación política y sociológica de la vida española. Una constitución no debe cambiarse –ni siquiera en aquellos puntos en que es legalmente posible—por mayoría simple, que equivale a decir por simple mayoría, si no se quiere que se resienta la estructura política del Estado y se consagre la imposición de un modelo ideológico sobre otro, como sucedió en 1931 y por fortuna se evitó en 1978, lo que sin duda fue el mayor logro político de la Transición. Sentado este principio, existen varios puntos sobre los que viene planteándose con cierto acuerdo genérico la eventual posibilidad de una reforma, sin que ninguno de ellos arroje la clara necesidad de plantearla a corto plazo.
1. El orden de sucesión de la Corona. Siendo el punto de mayor consenso reformista –la necesidad de anular la prevalencia del varón sobre la mujer, art. 57.1—contiene un potencial de peligrosidad que no escapa ni a los propios Príncipes de Asturias: requiere mayoría agravada y un referéndum que en las actuales circunstancias podría convertirse en un inoportuno plebiscito sobre la monarquía, con el consiguiente desgaste y desestabilización que se encargarían de provocar los republicanos, independentistas y demás fuerzas radicales. Tarde o temprano habrá que hacer la modificación, pero no hay prisa; incluso aunque los Príncipes tuviesen un hijo varón, se podría esperar hasta la mayoría de edad de la Infanta Leonor, aunque hacerlo daría lugar a una posible polémica sobre derechos adquiridos. La salida de incluir esta modificación en un paquete global de reformas no se sabe si es una solución o un agravamiento del problema, porque obligaría a introducir enmiendas compensatorias al gusto de los mencionados radicales.
2. La reforma del Senado. Tiene consenso previo sobre su conveniencia y existe una idea genérica de convertirlo en “cámara territorial”, pero nadie ha puesto sobre la mesa una propuesta concreta ni se sabe hasta qué punto existiría ese acuerdo. Está clara la obsolescencia de la Cámara, que ni siquiera tiene derecho efectivo de veto, y habría que delimitar sus competencias para que no fuese una instancia de revisión del Congreso. Sin embargo, los aspectos de esa reforma están verdes, nadie los ha planteado seriamente y podría haber puntos muy polémicos. Entretanto, el Senado podría desarrollar potencialidades actuales que los partidos no desean aplicar, como la de ejercer funciones de cámara de fiscalización e investigación, al estilo de Estados Unidos.
3. El sistema electoral. Reforma prescindible, que además podría abordarse mediante la modificación de la ley de régimen electoral sin tocar la Constitución. Los partidos pequeños sueñan con ampliar el número de diputados, pero incluso eso podría hacerse sin reforma del marco de la Carta Magna. No está tan claro en el caso de la posible creación de un “colegio nacional” de restos para completar los cupos de circunscripciones provinciales restando peso de conjunto a las minorías territoriales sin mermar su representación.
4. El Estado autonómico. Aunque no ha aparecido de manera taxativa en los debates recurrentes sobre la reforma, es el verdadero motivo de la mayor parte de los planteamientos al respecto. De hecho, si el TC revoca aspectos esenciales del Estatuto de Cataluña –planteado por sus promotores Zapatero como una enmienda constitucional de hecho--, los partidos catalanes harán inevitable la apertura de un debate sobre la necesidad de modificar la Constitución para dar cabida a sus planteamientos soberanistas. Sería una grave equivocación que convertiría un problema político en un error sistémico, y equivaldría a tratar de convertir al nacionalismo en determinante de la estructura jurídica del Estado. Otra cosa es que, si el TC convalida el Estatuto catalán, lo que estará introduciendo es una reforma de facto del marco constitucional por la vía de la ley orgánica con referéndum y sanción jurídica.
Ésa era probablemente la idea de Zapatero cuando le dio curso al proceso estatutario, y la que subyace cuando afirma que
espera “una gran sentencia” o que la Constitución “
es mejorable pero funciona en lo sustancial”. Palabras tranquilizadoras que lo serían mucho más si no viniesen de un político acostumbrado a hablar en el viento de su conveniencia.
En todo caso, una eventual reforma de la Carta Magna carecería de legitimidad real si se plantease de un modo improvisado en mitad de una legislatura, y tendría que abordarse mediante un contrato político con los ciudadanos, es decir, mediante la convocatoria de unas elecciones expresamente declaradas como constituyentes por los dos principales partidos-eje de la vida pública española. El factor de desestabilización que ello supondría en la vida nacional queda al alcance de la evaluación con que cada cual quiera considerarlo.
Ps/ ¿Qué mejor cosa tenían que hacer los
presidentes autonómicos del PP que no acudieron al homenaje a la Constitución del 6 de diciembre? No sólo le sirvieron al PSOE un impecable argumento de hipótesis inversa –el de qué se hubiese dicho en ausencia de López o Montilla—sino que se desentendieron de una obligación política y moral de primer orden, poniendo en una contradicción innecesaria el discurso constitucionalista de su partido y despreciando su propio compromiso con los ciudadanos a los que representan.
Algo va mal en una sociedad cuando la noticia política no
está en la prensa sino que
es la prensa propiamente dicha; cuando el pluralismo de las ideas deja su sitio a la unanimidad de las consignas y cuando la libre circulación de opiniones se pliega con sospechosa coincidencia a los dicterios de un poder desvelado por el recelo y el victimismo. Algo de todo ello ha sucedido en la opinión pública de esa Cataluña cuya clase dirigente parece más preocupada por la estabilidad institucional que por la integridad constitucional, y menos atenta a la expresión de la soberanía nacional que a la del soberanismo nacionalista. Dice el adagio profesional que perro no come carne de perro, pero se da por supuesto que el periodismo libre tampoco se alimenta del pienso de los pesebres.
(Texto leído por el autor de este blog en el espacio "El dado" de la Brújula de Onda Cero el día 26-11-09)
* ¿Por qué la dirección nacional del PP no explica en público las
razones por las que
veta a Ignacio González como presidente de la Caja?
* ¿Por qué Esperanza Aguirre no explica en público las razones de sus
reticencias a aceptar a Rato?
* ¿Por qué si Rajoy, Aguirre, Gallardón y hasta
Zapatero están de acuerdo en la idoneidad de Rato no lo nombran ya? ¿O es que no están tan de acuerdo como públicamente afirman?
* ¿Hay alguien jugando la carta de achicharrar a Rato para que él mismo se descuelgue ante la falta de consenso?
* ¿Habría alguna empresa de selección de personal capaz de encontrar un candidato mejor para presidir una Caja de Ahorros que un hombre que ha sido ocho años ministro de Economía y dos años director del Fondo Monetario Internacional?
* ¿Cuál es la razón real de Esperanza Aguirre para tratar de deshacerse suavemente de su vicepresidente político?
* ¿
Se fía Rato de Aguirre y de Rajoy?
* ¿Por qué quiso Gallardón meterle presión a Rajoy con las incendiarias declaraciones de Cobo? ¿Cómo lo ha tomado Rajoy?
*¿Por qué nadie acepta la posibilidad de que el actual presidente,
Miguel Blesa, continúe durante un par de años como él desea?
* ¿Le pidió Aznar a Rajoy que apoyase la continuidad de Blesa? ¿Y a Aguirre?
* ¿Qué opina el Banco de España sobre todo esto? ¿No tiene nada decir, o sí lo tiene y lo ha dicho donde tiene que decirlo?
* ¿Podrá el PP después de toda esta
guerra de poder seguir sosteniendo su razonable línea argumental de alejar las cajas del control de los políticos?
Mientras Alberto Ruiz Gallardón alanceaba en Copenhague molinos de viento movidos por la energía de la cooptación olímpica –ahora resulta que todo el mundo sabía desde hace tiempo que el
Papa Rogge y su curia habían decidido de antemano premiar a Río--, un tribunal de Madrid le otorgaba una pequeña satisfacción en su pulso doméstico con Esperanza Aguirre por el control del más poderoso instrumento financiero al alcance del Partido Popular. La
paralización cautelar del proceso electoral en Cajamadrid por el litigio del reparto unilateral de miembros de la Asamblea que corresponden a la Corona según un antiguo privilegio ha proporcionado al alcalde un ligero respiro en la batalla que mantiene con la presidenta regional por el control de la poderosa entidad de ahorros; pero sobre todo, ha dado oxígeno a Miguel Blesa, el correoso presidente ejecutivo de la Caja que no está dispuesto a entregar su cabeza sin una pelea que al menos, si no continuidad, le otorgue la capacidad de intervenir en su
sucesión. La lucha por la poderosa plataforma de poder que es la caja madrileña se ha vuelto más intensa que nunca a medida que se acerca el desenlace de un proceso en el que ha quedado al descubierto, con manifiesta crudeza, la intesa politización de las entidades de ahorro.
El asunto es complicado porque se enreda en una larga cascada de litigios, impugnaciones y conflictos que afectan a todos los órganos de la Caja. El episodio más reciente afecta al nombramiento de 64 consejeros de la Asamblea asignados a la Casa Real, que tradicionalmente renuncia a ellos para que sean repartidos conforme a la ley vigente. Al producirse esa renuncia en noviembre, el Ayuntamiento entiende que el reparto debe hacerse conforme a la norma vigente en ese momento, lo que significaría un prorrateo proporcional entre los municipios, del que corresponderían nueve puestos al Consistorio de la capital. La comunidad, sin embargo, ha aplicado la nueva ley regional, que deja fuera a los ayuntamientos, mermando el peso de los gallardonistas en el pulso por el control de la entidad. La impugnación, aceptada por el juzgado, paraliza el proceso de elección previsto de inmediato, y aplaza el horizonte de relevo de Blesa, que de otro modo podía verse obligado a rendir su mandato en noviembre.
Al fondo hay una doble resistencia al designio de Esperanza Aguirre de hacerse con el control político de la Caja, habida cuenta de la falta de sintonía con Blesa que se agudizó a raíz de un
fuerte desencuentro sobre la presencia de la entidad en Endesa durante la OPA lanzada en 2005 por Gas Natural y la Caixa. Blesa, nombrado durante el Gobierno de Aznar y con Gallardón en el poder regional, cuenta con el respaldo del actual alcalde a la hora de oponerse a la voluntad de Aguirre. El tira y afloja, no exento de golpes bajos según la lógica clásica de los litigios de poder, lleva meses y tanto por la importancia objetiva de Cajamadrid en el tejido financiero español como por su influencia en el entramado de poder constituye un conflicto de primer orden en el establishment económico y político. La tensión ha destruido incluso parte de las buenas relaciones entre la presidenta y Aznar, al que considera parcial en el conflicto debido a su vieja amistad con Blesa …y a la presencia de Ana Botella en el equipo municipal de su gran rival interno.
La actitud del presidente Blesa es de intransigencia férrea, obstinada, a plegarse al control de Aguirre y de resistencia moderada, pragmática, a dejar el cargo, que le gustaría prolongar otro trienio hasta alcanzar la edad de jubilación reglamentaria. Más que contra la presidenta, el máximo ejecutivo de Cajamadrid mantiene un largo y tenso duelo con su vicepresidente
Ignacio González, al que la “lideresa” autonómica pretende situar en la torre inclinada de la Plaza de Castilla, para lo que podría haber llegado a un pacto con el PSOE --no autorizado por ahora por Moncloa ni por Ferraz-- a cambio de conceder a los socialistas una vicepresidencia en el consejo. La jugada de Aguirre pasa por una crisis de Gobierno en la que aparte a su poderoso número dos, demasiado desgastado en todos los frentes, dejándolo caer con suavidad en un puesto donde se sienta satisfecho. A día de hoy, sólo Cajamadrid ofrece un sillón con garantías de complacer a González sin que se sienta bruscamente apartado del poder que controla desde hace años con todos los resortes en su mano…y con numerosos enemigos, dentro y fuera del PP, en su lista de agravios.
Pero Ignacio González es probablemente la única solución que Blesa y Gallardón no acepten sin batalla. Otros nombres planteados por Aguirre –Rato, Pizarro, Guindos—podrían abrirse paso con más facilidad en el proceso de sucesión, pero no él. Tampoco Rajoy, que como líder del PP se supone dueño de la última palabra en un proceso fuertemente politizado,
tiene la más mínima simpatía con el vicepresidente madrileño, quizá el único político de su partido al que ha dirigido reproches en público, en un comité nacional celebrado tras las elecciones de 2008. En el PP se considera un desafío al presidente nacional la presunta maniobra para “colarle” al número dos del gabinete aguirrista. Y la idea de Blesa de “no quedarse con calzador” podría convertirse en lucha numantina, con largo seguimiento judicial, si la presidenta insistiese por ese camino, que objetivamente desdice de su acertado discurso contra la politización de las cajas.
Lo que sí parece haber descartado el actual rector de Cajamadrid es quedarse por la vía de absorber otra entidad, lo que paralizaría el proceso de renovación directiva y le otorgaría los tres años de margen que le gustaría apurar. En los últimos meses de incertidumbre financiera ha tenido varias a tiro, incluidas algunas fáciles de absorber y digerir como estrategia dilatoria. “No me voy a quedar con la Caja de Ontinyent para resistir como Braulio Medel”, se le ha oído decir a Blesa. Pero otra cosa sería –descartada la complicadísima CCM—un mirlo blanco como Caixa Galicia o alguna de Castilla y León. Blesa intenta, en todo caso, que una operación de ese tipo –difícil de cuajar a contrarreloj—se mantenga dentro de la lógica financiera sin traspasar la poco presentable contaminación de intereses políticos.
Queda por escucharse la palabra de Rajoy, que hace unos meses garantizó en público haber llegado a un acuerdo con Esperanza Aguirre para tomar la decisión final –lo que tampoco concuerda demasiado con el criterio de despolitización que esgrime públicamente el PP—. El gallego calla, hermético como suele, fiel a su fama. Su entorno asegura que tiene decidido un nombre, pero nadie suelta prenda. Los posibles candidatos saben que les conviene el silencio, y sobre todo no salir en los primeros tanteos, que casi con seguridad caerán vetados por alguno de los sectores en liza. Los conocedores sugieren dos nombres para la última recta, cuando se hayan producido los descartes de rigor: el diputado
Miguel Arias Cañete y
Fernando Bécker, directivo de Iberdrola. Tiempo al tiempo.
En todo caso, como puede verse, la lucha es cerrada, y de carácter casi puramente político. Políticos son los protagonistas, políticos los aspirantes, políticas las maniobras y política será la decisión final. Cajamadrid es un instrumento de poder ante el que el poder no para mientes. ¿Alguien ha oído hablar de despolitizar las cajas? Pues cuando lo oiga, que no sé por aludido…
Cuando un país camina hacia el
20 por 100 de tasa de paro sin que crujan gravemente sus cimientos sociales hay que plantearse la posibilidad de hallarse ante una fotografía estadística equivocada. Y no tanto porque pueda no haber en realidad tantos parados debido a la existencia de una
potente economía sumergida –cifrada por el propio Gobierno en un ¡¡ 30 % !!—sino por la posibilidad de que la estructura de subsidios esté dando lugar a un acomodamiento de la población desempleada en unos tiempos en que el trabajo se vuelve precario y mal pagado. Dicho de otra manera, algo más antipática: podemos estar ante un fenómeno de “desempleo profesional” que, al tiempo que proporciona una paz social evidente, lastra la economía y la conduce hacia una situación de déficit estructural inexorable.
En la última semana han sonado algunas voces de alarma. La escasa respuesta de los interesados a la oferta de 420 euros de prestación suplementaria –apenas 26.000 solicitudes-- ha despertado la
sospecha de los expertos. Por un lado, existe la evidencia de los “despidos pactados” que acaban en la economía sumergida del trabajo “negro”; por otro, la evidencia de que muchos desempleados prefieren permanecer acogidos al subsidio antes que aceptar empleos de baja calidad que suponen un esfuerzo mayor que la diferencia entre la prestación y el salario. En este sentido ya se han detectado varios ejemplos significativos: en
Huelva, por ejemplo, fueron llamados 10.000 inscritos como parados agrarios para cubrir la demanda en el sector de la fresa. Se presentaron 3.500 y sólo 1.500 aceptaron un empleo; más de 8.000 se negaron a trabajar. En
Cádiz, con un 28 por 100 de tasa oficial de paro, sólo 170 personas han solicitado la prestación de 420 euros. En
Almería, el Servicio Andaluz de Empleo citó a 468 personas registradas en el desempleo para cubrir plazas de jornaleros en los invernaderos de Níjar… y aceptaron sólo dos. El resto indicó directamente que prefería seguir cobrando el subsidio como desempleados, sin que nadie, por cierto, les haya formulado la más mínima reclamación al respecto. Y todo ello en una Andalucía que cuenta con un paro oficial cercano al 30 %. ¿Con cuánto fraude?
A menudo, cuando se publican las cifras, los medios y el propio Gobierno destacan el número de familias que tienen a
todos sus miembros en paro. A la luz de estos indicios, quizá cabría invertir la reflexión y preguntarse cuántas familias tienen a varios miembros cobrando la prestación por desempleo. Si ponemos una media de 500 ó 600 euros por persona, y con tres miembros de una unidad familiar recibiendo subsidio, tendremos unos ingresos familiares medios de 1.500 ó 1.800 euros al mes; suficiente para sostener un nivel de consumo aceptable…y rechazar trabajos que, con un salario sólo un poco más alto que la prestación, implican un sacrificio mucho mayor. Si a eso le añadimos la posibilidad de desempeñar chapuzas y trabajos esporádicos sumergidos, encontraremos una plausible explicación a la falta de conflictividad social en medio de una situación teóricamente explosiva. Ni siquiera hace falta que los sindicatos mantengan su dócil complicidad con el Gobierno; basta con que no cuestionen la evidencia de un fraude masivo.
Y a todo esto… ¿qué dice el ministro de Trabajo? Pues que no tiene datos de la economía sumergida… ¡¡“
precisamente porque es sumergida”!!. Tócate los c… , Mardones, y átame esa mosca por el rabo…
El presidente Zapatero "combatiendo" a los poderosos banqueros en la Moncloa
Tiene el presidente Zapatero una peculiar manera de enfrentarse a “los poderosos”, “los ricos” y otras gentes de mal vivir que constituyen, al parecer, el núcleo de los problemas de España. Un modo de combatirlos que no es exactamente el de un San Jorge socialdemócrata frente al dragón del capitalismo. Y no sólo porque al poderoso más poderoso, al rico más rico, que es Emilio Botín, le haya concedido en todo momento una interlocución privilegiada, ni porque a los banqueros y cajeros en apuros les haya arrimado necesarios avales milmillonarios para evitar una crisis de pánico financiero. Es que, como todos los presidentes anteriores –salvo Calvo Sotelo, que probablemente no tuvo tiempo—, ha desarrollado en su entorno una
beautiful people, un círculo de empresarios de influencia, una pequeña corte de privilegiados con acceso frecuente a la Moncloa y una línea de confianza sobre la que construir un núcleo de mutuos intereses de conveniencia.
A estas alturas se trata de nombres por todos conocidos. En primer lugar, el dúo mediático
Roures-Contreras, introducido por el influyente Miguel Barroso y beneficiario de numerosos favores que han concluido por ahora con la TDT de pago, desencadenante de la hostilidad del Grupo Prisa. En segundo lugar es conocida la afinidad del constructor
Luis del Rivero, al que en la primera legislatura Presidencia intentó utilizar –con un ojo clínico notable— como “caballo blanco” para asaltar el accionariado del BBVA, tras haberlo introducido en Repsol –con consecuencias también conocidas--. Precisamente el presidente de la petrolera, Antoni Brufau, es pieza clave en las excelentes relaciones de Zapatero con el empresariado catalán, a través de la Caixa, y ha desempeñado un papel clave
entre la Moncloa y Hugo Chávez, al que acompañó sin tapujos en su última visita a Madrid.
Pero hay más, bastante más. Otro constructor,
Entrecanales, sirvió de puente para consumar el inicialmente fallido asalto a Endesa –en el que de nuevo Brufau hizo de estratega durante sus primeros compases--, y obtuvo sustanciosas plusvalías cuando la eléctrica pasó, en otro extraordinario “éxito” estratégico, a manos italianas.
Javier de Paz y Javier Gómez Navarro han sido exploradores claves en las incursiones estratégicas de Zapatero. El primero, compañero de baloncesto en Moncloa, ejerce de asesor áulico presidencial incrustado en el consejo de Telefónica, la primera multinacional del país. Gómez Navarro, ahora algo alejado por sus diferencias de criterio sobre política económica tras haber sonado incluso como vicepresidente, controla las Cámaras de Comercio y mantiene el hilo con el presidente de la patronal, Díaz Ferrán. El hostelero navarro Antonio Catalán, ahora también un poco distante, ha desempeñado incluso roles de
enlace durante la gestación del último pacto de Gobierno foral. Y existen en las diferentes autonomías, sobre todo en Andalucía, Cataluña y el País Vasco –por no hablar del extremeño
Gallardo, socio mediático de los intereses gubernamentales--, grupos de empresarios
de cámara a los que el poder utiliza a su conveniencia a cambio de favores más o menos explícitos.
Este tejido de influencias de alto nivel no parece exactamente el retrato de un combate ideológico contra la plutocracia. En realidad, nada sería más irresponsable que un presidente empeñado en fastidiar a los capitanes de empresa y a la trama productiva de la nación. Sólo que los hechos desmienten la barata demagogia anticapitalista a la que apela Zapatero para contrarrestar la evidencia de su progresiva soledad al frente de una economía sin rumbo. Porque es cierto que incluso algunos de los empresarios más proclives se han desenganchado de la deriva presidencial al atisbar señales erráticas de un populismo clientelar sordo a los consejos más razonables. Pero con los realmente poderosos, ZP ha estado mano a mano e incluso ha diseñado operaciones –más o menos torpes—de ingeniería económica financiera. Ir de comerricos ahora es un ejercicio de cínico peronismo. En realidad, cuando habla de enfrentarse a los “poderosos” sólo está pensando en una cosa. En un grupo de comunicación. Al que también, por cierto, le concedió –como González, como incluso Aznar—favores y prebendas que por lo visto no han resultado suficientes.
Si yo fuese nacionalista vasco estaría cabreado. (En realidad, esta frase es una tautología, porque los nacionalistas, en especial los vascos, siempre están cabreados de un modo u otro). Pero en esta ocasión tendría al menos un motivo objetivamente razonable en el manifiesto agravio comparativo que ha supuesto la
pantomima independentista de Arenys de Munt, celebrada sin mayor rasgamiento de vestiduras y con la alegre complacencia, por acción u omisión, de buena parte de la clase política catalana. Si el PNV hubiese decidido llevar adelante su famosa matraca del referéndum soberanista aunque fuese con urnas de cartón en los batzokis, el escándalo habría sido mayúsculo, la Audiencia Nacional hubiese intervenido y toda la vida pública española habría sufrido una sacudida de grado 7 en la escala de Richter. Probablemente se habrían oído voces pidiendo la intervención del Ejército. Con un criterio que no cabe sino reconocer como mínimamente cabal,
el nacionalismo vasco descartó organizar esa farsa echándose al monte, y se atuvo a la prohibición legal y al fracaso político, que a la postre le condujo fuera del poder. ¿A ver si va a resultar el marciano Ibarretxe más sensato y leal que esta pandilla de aventureristas posmodernos de Esquerra Republicana?
La respuesta podría ser que sí, que en esta competición de dislates el aspirante a caudillo de los indómitos vascones que anda
explicando el estado libre asociado a los ciudadanos del Estado Libre Asociado de Puerto Rico era, en efecto, algo más leal al orden constituido que los Carod, Puigcercós y Cía. Pero el asunto tiene bemoles porque sucede que los camisas pardas de ERC son socios de gobierno en Cataluña del Partido Socialista y forman parte del núcleo de aliados parlamentarios preferentes del presidente Zapatero. Y se dedican a aventar mascaradas secesionistas sin que nadie les tosa ni les afee siquiera esa conducta de gamberrismo político.¡Qué graciosos son, qué traviesos, qué juguetones! Total, si no era más que eso, un pasatiempo, una pantomima, un bululú rural. Pero mira qué casualidad, que siempre juegan a lo mismo. Con una mano, porque la otra la tienen puesta en el presupuesto que les reparte el Partido Socialista, sea en Cataluña o en el Parlamento de España.
Y como nadie les tose, pues siguen a lo suyo. Y pretenden organizar
otros sesenta festejos del mismo tenor,
referenda de la señorita Pepis por doquier para ir creando un festivo clima de secesión política y social en torno a la sentencia del Estatuto. Ji, ji, ja, ja, Cataluña independiente, qué divertido. Ocurre que por añadidura los nacionalistas vascos, en vez de andar cabreados están contentos y
dispuestos a resucitar su matraca a la menor oportunidad que se les presente. El admirado
Santi González ha recordado la jocosa promesa de Zapatero a sus socios de la pasada legislatura: “Voy a hacer un Estado tan federal que no os vais a querer ir”. Pues coño con el profeta, la que está liando. Eso sí, con mucha risa y muy buen talante.
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