Digital Media Weblog, por José Luis Orihuela

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Artículos de esta sección en orden cronológico.
 
 
De Florentino Portero (el 21/04/2010 a las 21:16:47, en España)

 

La diplomacia, como toda vieja disciplina, se organiza mediante prácticas contrastadas por el paso del tiempo. Esas “maneras”, en la aceptación característicamente anglosajona del término, no sólo permiten la resolución o gestión de problemas delicados, que pueden degenerar en tensiones mayores, sino que también sirven, cual scanner social, para distinguir a un patán de un caballero. Tantas ganas tenía el gobierno de Rodríguez Zapatero de normalizar las relaciones de España con Estados Unidos, tras el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca, que filtró a la prensa gubernamental informaciones sobre actos que no estaban todavía “cerrados” o, peor aún, cometieron serias incorrecciones en la organización de encuentros. Puesto que el Departamento de Estado era el mismo con Bush que con Obama, aquellas meteduras de pata no hacían más que reforzar los prejuicios acumulados en los años anteriores, llovía sobre mojado. Para los nuevos altos cargos, en absoluto ignorantes de la historia reciente, era un aviso de la tropa con la que tendrían que lidiar. El malestar se tramitó por la vía correspondiente, pero no pareció tener demasiado efecto sobre quien sólo buscaba fotos y más fotos.

El ansiado encuentro galáctico entre los presidentes europeo y norteamericano en Madrid fue utilizado por los medios afines como ejemplo de la relevancia internacional de nuestro presidente y como tapadera de la desastrosa situación de nuestra economía. El encuentro, como todo sabemos, nunca se hizo realidad. Lo sorprendente es que nuestros dirigentes jugaron con la idea a pesar de que el Departamento de Estado les advirtiera con tiempo de lo que iba ocurrir. Me consta, por dos fuentes distintas, que un alto cargo del Departamento viajó a Madrid para advertir de la nueva posición de la Casa Blanca, pero no le creyeron. Debieron suponer que “iba de farol”, piensa el ladrón que todos son de su condición, así que optaron por filtrar que su presencia en la capital se debía al cierre de la agenda del encuentro.

Hoy leemos en El País que el vicepresidente Biden visitará Madrid a comienzos de mayo, junto con una referencia a los supuestos elogios que la sra. Clinton ha hecho por carta a nuestro ministro de Exteriores. Reza el dicho popular que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, eso es porque no conocían a Moratinos, que puede hacerlo muchas más veces. A fuer de ser sincero no creo que sea un problema de torpeza o, si se prefiere, sólo de torpeza. Lo realmente grave es que nuestros dirigentes tienen tanta ansiedad, trabajan tan en el corto plazo, que les importa muy poco el efecto que en el medio y largo plazo puedan tener estos comportamientos, absolutamente contrarios a los usos y costumbres característicos de la diplomacia profesional. El Departamento de Estado no ha confirmado ese viaje y la información no ha gustado ¡Qué decir de una carta entre dos ministros de Exteriores, de la que se saca de contexto un comentario! No es casual que por ley la documentación diplomática esté sujeta al secreto durante un tiempo prolongado y que los funcionarios estén obligados a la reserva. Hasta los historiadores de la relaciones internacionales entendemos este ejercicio de discreción, a pesar de ser los mayores perjudicados.

Por mucho que la prensa gubernamental lo repita, ni las relaciones con Estados Unidos, ni el conjunto de nuestra política exterior pasan por un buen momento. Bien al contrario, desde que disfrutamos de un régimen de monarquía democrática nunca nuestra diplomacia había pasado por un bache tan profundo.

 

 

Ahora que se ha abierto la veda contra el presidente Rodríguez Zapatero, cuando, como el emperador del cuento, todos descubren que está desnudo, que sus explicaciones y gestos son ridículos, que sus actos son un ejercicio de irresponsabilidad que nos ha llevado a una situación crítica... me veo en la obligación de salir en su defensa. Muchos de los que, de una u otra manera, han venido dando a entender que estaba vestido, tratan ahora de librarse de su culpa cargando contra Zapatero. España no es una dictadura. En dos ocasiones 11 millones de españoles le han confiado la gestión de sus pensiones, de su sistema de salud, de la enseñanza de sus hijos. Empresarios y medios de comunicación le han reído las gracias. Si hemos llegado a este callejón sin salida no es sólo por culpa de Zapatero.

 El tema de la presencia de España en Afganistán vuelve a la actualidad por la nueva estrategia norteamericana, la Cumbre de Londres, el último ataque sufrido por nuestras tropas y el envío de una unidad legionaria. Sólo una nación de limitada tradición democrática puede tener allí un contingente de forma más absurda. Los españoles no sabemos para qué estamos e intuimos que la misión no responde a las necesidades de aquel teatro. Si esto nos está ocurriendo es porque nuestros parlamentarios no han forzado los debates necesarios para aclarar el sentido de la misión, porque nuestros jefes militares han mantenido un silencio cómplice y porque nuestros medios de comunicación han estado muy por debajo de lo que cabía esperar de ellos. En Afganistán hay una guerra y nosotros hablamos de "atentados terroristas" contra nuestras tropas. Cuando se ataca a un convoy militar con un explosivo oculto en la carretera se ha producido un acto de guerra. Sólo una sociedad cobarde esconde la cabeza y denuncia la agresión terrorista. Los talibán no son un grupo terrorista. Aunque practiquen el terrorismo cuando les interesa, son una guerrilla que ha declarado la guerra a una coalición internacional y además está ganando. El seguir con el soniquete de que estamos en una operación de paz dirigida a colaborar en la reconstrucción de Afganistán... es ridículo. No habrá reconstrucción sin victoria y no habrá victoria sin perseguir y derrotar al enemigo.

 Tenemos tres opciones y media.

1.- Podemos reconocer que hay una guerra, que nuestros intereses nacionales requieren que nuestros hombres colaboren en la derrota de los talibán y, consiguientemente, que el gobierno modifique el objetivo de la misión aumentando el contingente y entrando en combate.

2.- Podemos concluir que aunque nuestra participación en la guerra está justificada la estrategia fijada por Estados Unidos aboca a la derrota y optar por retirarnos.

3.- Podemos asumir que, aunque nuestra seguridad depende de lo que ocurra en Afganistán, no estamos dispuestos a entrar en una guerra con todo lo que ello implica, lo que llevaría a otra humillante repatriación de nuestras tropas.

4.- Podemos, por último, seguir engañándonos, manteniendo la ficción de que participamos en una operación de paz y que nuestros valerosos soldados sufren episódicos atentados terroristas. Una política absurda, que trata de salvar la cara de España ante sus aliados pero que nos lleva a poner en peligro la vida de nuestros soldados para nada.

Si no somos capaces de plantear un debate maduro sobre nuestro papel en Afganistán no será por culpa de Rodríguez Zapatero. Él ha hecho lo que estaba en su mano, como en tantos otros temas, para que España se comporte de forma irresponsable y ridícula. Pero sólo con la complicidad de la oposición, de los medios, de los altos mandos militares y de la sociedad en su conjunto la ficción se ha podido mantener en pie durante tanto tiempo.

 
De Florentino Portero (el 14/01/2010 a las 22:50:55, en España)

 

Esta mañana he tenido la oportunidad de conocer personalmente a Mr. Solomont, el nuevo embajador de Estados Unidos en Madrid. Junto con representantes de distintos medios de comunicación he podido disfrutar de una hora de distendida charla en la que se han tocado buena parte de los temas más característicos de las relaciones hispano-norteamericanas. Mi primera impresión sobre el nuevo embajador es positiva. Hombre inteligente, con mucha experiencia política y buena formación intelectual. Hereda un puesto que ha gozado en los últimos años de gran capacidad de comunicación y credibilidad. Su predecesor supo hacerse un hueco y ganarse el respeto del mundillo político y mediático madrileño. No dudo de que Mr. Solomont sabrá mantener o mejorar el prestigio de esa embajada.

 

 

Alan D. Solomont es un representante de los liberals bostonianos. Como tal se inclina a pensar que el antinorteamericanismo europeo, y particularmente el español, es la consecuencia del unilateralismo y de la tendencia al uso de la fuerza de los gobiernos norteamericanos. No es cierto y tendrá oportunidad de comprobarlo. Los franceses, por poner un ejemplo, son tan unilateralistas como los norteamericanos y no tienen mayores reparos que estos en hacer uso de la fuerza cuando toca. Las raíces del antinorteamericanismo son más profundas y no conviene confundir los argumentos justificatorios con las razones reales.

El mundo está lleno de paradojas. Durante la segunda Administración Bush, al tiempo que las relaciones personales entre el presidente norteamericano y el español pasaban por el peor momento desde los días de la Transición, la embajada trataba de tender puentes con una ingenuidad admirable. Daba la impresión de que les costaba creer que el gobierno de Rodríguez Zapatero pudiera comportarse en la escena internacional con tanta frivolidad y radicalismo. La llegada de Obama a la Casa Blanca despertó en nuestros dirigentes socialistas infundadas esperanzas. Sin embargo, para entonces las ilusiones de la diplomacia norteamericana se habían desvanecido y la firmaza se fue imponiendo. Si Zapatero, Moratinos o Chacón querían hacerse fotografías con sus equivalentes norteamericanos tenían que demostrar que eran los representantes de un estado amigo.

Por razones difíciles de entender nuestros dirigentes creyeron que un progre norteamericano era lo mismo que uno español. Coincidencias las hay, pero dentro de un orden. Javier Solana o José María Maravall, por poner dos ejemplos de socialistas bien conocidos, son intercambiables con liberals bostonianos. Para cualquiera de los dos estar en Harvard es como llegar a casa. Pero Zapatero, Blanco, Pajín ... representan otro mundo separado por abismos de clase y cultura. Su desconocimiento de la realidad norteamericana es sólo comparable al tamaño de sus prejuicios y ése es un muro que va a continuar determinando las relaciones entre ambos países.

Solomont no debería hacerse muchas ilusiones sobre la mejoría de las relaciones bilaterales. Zapatero va a necesitar cada vez más el apoyo de los sectores más radicales del electorado español y eso es incompatible con las acciones que Washington espera de Madrid. Pero donde hay mucho trabajo por hacer es en las relaciones entre ambos pueblos. Solomont tiene condiciones para entenderse muy bien con las elites políticas y económicas españolas así como con los medios de comunicación. No sé en qué medida será capaz de dirigirse a sectores más populares, sobre todo si habla sólo en inglés. En mi opinión la diplomacia norteamericana debería actuar en España con perspectiva de medio y largo plazo y centrarse en valores, ideales y cultura. Sólo así encontrará terreno para desarrollar vínculos más estrechos y firmes.

Buena suerte embajador, porque la va a necesitar.

 
De Florentino Portero (el 18/12/2009 a las 19:38:20, en España)


En una carrera sin sentido los responsables de las diplomacias española y marroquí se han disputado el premio al más incompetente. El resultado, a falta de la photo finish, apunta a tablas. El español ni supo frenar a tiempo el problema ni gestionarlo cuando ya lo tenía en casa. El marroquí se ha empeñado en demostrar al mundo que Marruecos es una dictadura donde la arbitrariedad y el abuso son la norma. Uno y otro han puesto en peligro el trabajo urdido a lo largo de los años por la diplomacia francesa, hasta el punto de obligar al presidente galo a tomar las riendas de la situación para salvar lo salvable de los intereses nacionales en juego.

Para el Quai d’Orsay las relaciones con el Mundo Árabe y, en especial, con aquellos países que estuvieron bajo su administración es un tema preferencial. Marruecos fue protectorado francés, es vecino, son muchas e importantes las inversiones que allí han hecho sus empresas y es una de las claves del control del Estrecho, junto con España, el Reino Unido y Estados Unidos. Francia no ha tenido relaciones ni intereses con el pueblo saharaui y nunca ha hecho de la defensa de su causa nacional un punto en su agenda para Magreb. En el siempre delicado equilibrio entre Marruecos y Argelia el gobierno galo siempre apostó por la anexión del Sáhara, convencido de que no habría otra salida tras los Acuerdos de Madrid, por los que la España Franquista cedía la administración del proceso de descolonización del Sáhara al rey Hassan II. La diplomacia francesa ha sido en todo momento la valedora de los intereses marroquíes en Bruselas y quien más ha hecho para que la anexión acabe siendo aceptada por el Consejo de Seguridad.

La defensa de los derechos marroquíes ha sido uno de los objetivos principales de la embajada Francesa en Madrid durante años. Felipe González había hecho de la reivindicación saharaui una de sus banderas en los días en que se encontraba en la oposición, pero ya en el gobierno empezó a valorar otros aspectos del caso. Ni estaba claro que pudiera doblegar la voluntad de Hassán II, ni siquiera soportar el pulso que éste le pudiera plantear en la densa y compleja agenda bilateral. Además, el objetivo principal de la diplomacia española era en aquel momento encontrar su sitio en la Europa unida. Con esa intención González había buscado una estrecha relación con Francia y Alemania. Giscard había dejado el Palacio del Elíseo y Mitterand se mostraba sensible a la demanda española de colaboración contra el terrorismo etarra y a facilitar primero el ingreso en la Comunidad y luego un acomodo apropiado para un país del tamaño y la historia de España. París era clave y el Sáhara un estorbo. La diplomacia francesa trabajó con inteligencia y constancia para hacer ver esta realidad, hasta conseguirlo. Algún periodista perdió su puesto en la redacción por no querer ver dónde estaban los nuevos intereses de la izquierda española. Con cinismo más de una empresa de comunicación dio cobertura a la operación socialista de abandonar la causa saharaui sin reconocerlo, para tratar así de retener el voto de sectores de la izquierda poco dispuestos a este tipo de piruetas.

Todo este tinglado es lo que han puesto en peligro los jefes de las diplomacias marroquí y española con su incompetente forma de gestionar el caso Haidar. De ahí que Sarkozi se haya visto impelido a forzar un acuerdo y desplegar una operación de cobertura que salve los muebles de la quema. La diplomacia francesa trata de poner en positivo el discurso tradicional marroquí. La novedad es sólo un adjetivo. Hemos pasado de la oferta de una autonomía para los saharauis a una “gran” autonomía. Pero es lo mismo. Marruecos continúa siendo una dictadura, por lo que la autonomía, grande o chica, no será más que un escenario donde se represente la obra de siempre. La cuestión capital, el ejercicio del derecho de autodeterminación al que se refiere el acuerdo del Congreso de los Diputados, es algo bien distinto a lo que apunta el presidente francés. Que Rodríguez Zapatero sigue dispuesto a ceder lo que se le pida es algo de lo que no tengo duda, pero ahora lo tiene más difícil. Para salvar la cara se ha comprometido en sede parlamentaria a defender el derecho de los saharauis a decidir su propio futuro. Se juega una bolsa importante de votos de izquierda, esos que le han dado la victoria en dos ocasiones, en un momento de precariedad política.
 
De Florentino Portero (el 10/12/2009 a las 18:24:40, en España)


Tres hechos recientes han puesto en evidencia las dificultades que sufrimos en nuestra frontera sur: la expulsión de la sra. Haidar de Marruecos hacia España, las tensiones con la administración gibraltareña por las labores de la Guardia Civil en la Bahía de Algeciras y, por último, el secuestro de tres cooperantes en Mauritania por un comando de al-Qaeda. Son casos distintos con características propias, pero todos tienen en común que el gobierno de Rodríguez Zapatero o el Partido Socialista ha realizado cambios significativos en la política tradicional, con resultados muy discutibles.

 Zapatero dio un giro a nuestras relaciones marroquíes cediendo en la cuestión saharaui. España pasó de exigir el cumplimiento del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui a apoyar la idea de resolver el viejo litigio mediante la concesión de un vago derecho autonómico. De este modo se trataba de ganar la comprensión de Rabat en la resolución de temas tan delicados como el narcotráfico, la inmigración ilegal, la lucha contra el terrorismo islamista; establecer un entendimiento que permitiera gestionar de común acuerdo el futuro de Ceuta y Melilla; y, por último, salvar el enfrentamiento con Francia –defensora de los intereses marroquíes- en el marco de la Unión Europea.

En el caso gibraltareño se dejaron atrás, de hecho, reivindicaciones seculares mientras que se aceptaban, a cambio de nada, las que venían manteniendo las autoridades gibraltareñas. Todo un regalo para la diplomacia británica, que veía atónita como desaparecía uno de sus más antiguos e incómodos pleitos. Es verdad, como se nos repite y yo he reconocido en este mismo blog, que la anterior estrategia había fracasado. Pero eso no justifica un salto en el vacío, donde el voluntarismo desplaza a la legítima defensa de los intereses nacionales.

Desde el “Comando Dixán” hasta la llegada de Pérez Rubalcaba al Ministerio del Interior los socialistas han minusvalorado la amenaza yihadista, considerándola un argumento conservador para justificar acciones innecesarias y perjudiciales. El atentado del 11-M fue presentado como una represalia por la política española en Iraq, responsabilizando así a José María Aznar por lo ocurrido. El actual ministro del Interior ha tenido la habilidad de cambiar el discurso de forma progresiva, haciendo olvidar anteriores posiciones hoy difícilmente defendibles. Una pirueta facilitada por una oposición, por decir algo, más preocupada por no tocar temas incómodos que por realizar el trabajo por el que el contribuyente le paga. La Alianza de las Civilizaciones, el programa más ambicioso de nuestra diplomacia, ha sido un ejercicio de claudicación frente a los radicales. No podía ser de otra manera si recordamos que es la continuidad del Diálogo de Civilizaciones promovido por los ayatolás iraníes y que el socio no es otro que el actual gobierno turco, cuyo mayor logro ha sido convertir Turquía en un estado crecientemente islamista. Esta falta de conciencia sobre lo que el yihadismo y el islamismo suponen para nuestra seguridad está detrás del comportamiento irresponsable de individuos y organizaciones que viajan por territorios de alto riesgo sin adoptar las mínimas medidas de que la situación requiere.

El gobierno de Rodríguez Zapatero cedió ante Marruecos, cedió ante los llanitos y cedió ante el islamismo y todo ello a cambio de nada. Lo que este gobierno no parece entender es que las estrategias de pacificación, las cesiones humillantes ante la presión del contrario, no satisfacen ambiciones ilegítimas sino que las alientan. La historia está llena de ejemplos de cómo la debilidad de un actor aviva las pasiones de los vecinos. Hoy Marruecos nos trata con desprecio enviándonos a sus expatriados y amenazándonos con abrir el grifo de la inmigración ilegal o del narcotráfico si presionamos a favor de la sra. Haidar; las autoridades gibraltareñas dificultan impunemente el trabajo de la Guardia Civil contra el narcotráfico y no sólo no ceden sino que avanzan en su objetivo de convertirse, de hecho, en un estado soberano; los dirigentes de al Qaeda no sólo ven a España como una nación occidental más, somos a sus ojos singulares por haber sido sede califal, por la “corrupción” de nuestras costumbres morales –imagínese lo que un yihadista haría con Zerolo & Cía.-, y por nuestra proclamada a los cuatro vientos disposición a ceder a cualquier presión que provenga de tierras del Islam.

Rodríguez Zapatero ha conseguido cambiar en profundidad la política exterior que había heredado de su predecesor en el cargo, pero en el camino se ha dejado tanto los intereses nacionales como la autoridad que con esfuerzo habíamos acumulado desde los años de la Transición hasta nuestros días. No ha conseguido más que romper con el legado Aznar, que para él puede no ser poco, pero ¡a qué precio!
 
De Florentino Portero (el 17/09/2009 a las 22:16:52, en España)

En política exterior no hay mucho espacio para exquisiteces morales. Cada estado tiene que mantener relaciones con el resto, le gusten o no, y tratar de defender sus intereses de la mejor manera posible. La tentación de excluir a éste o aquél debe ser contenida. Hay lujos que no podemos consentirnos y, además, hay que evitar caer en la hipocresía. Si mantenemos intensas relaciones con China y Rusia, estados donde se persigue a demócratas y minorías y se protege a otros que, como Irán, Corea del Norte o Venezuela, suponen una seria amenaza para la seguridad internacional ¿con qué cara vamos a rechazar una relación fluida con una república pequeña y poco ejemplar?

La diplomacia, como la política, tiene mucho de arte. Entre el aislamiento y la íntima alianza hay una gama de situaciones que hay que saber administrar y dosificar. Por Madrid han pasado el bolivariano Chávez y el indigenista Morales y amenaza con llegar el golpista Zelaya. Lo mejor de cada casa. Es comprensible que nos visiten, pero ni es normal ni sensato el recibimiento que se les está haciendo. Son personalidades que se caracterizan por las críticas a España, por amenazar los intereses de nuestras empresas, por acabar con los restos de democracia en sus países y por desestabilizar las de sus vecinos. La recepción debe ser proporcionada a estas realidades, dejando claro nuestro rechazo a sus políticas y nuestro compromiso con la libertad.

El gobierno socialista no está dispuesto a defender la democracia. Se estrenó con la Alianza de las Civilizaciones, que es una iniciativa destinada a legitimar las dictaduras y el fanatismo. Si no se está dispuesto a defender aquello en lo que supuestamente se cree, si la democracia es sólo una forma más de toma de decisiones característica de una "civilización" que, desde luego, no es mejor que otras, es comprensible que nuestra diplomacia piense que su espacio natural de acción es la mediación. Recuerdan aquello de que "Siria no es parte del problema sino parte de la solución", al fin y al cabo sólo había invadido Líbano, asesinado al dirigente suní Hariri, apoyado a Hizboláh, y facilitado el tránsito a cuantos terroristas quisieran inmolarse o actuar en Iraq. Pues lo mismo vale para Venezuela. Para Moratinos es normal ofrecerse como mediador entre Colombia y Venezuela. Para el ministro de Defensa colombiano y para quien humildemente escribe estas líneas lo que corresponde a España es defender la democracia en Venezuela y Colombia y combatir el terrorismo y el narcotráfico.

Es una obsesión, una paranoia que viene de muy atrás, pero un hecho constatable. Para muchos de nuestros diplomáticos, entre los que se encuentra Moratinos, España será importante en la medida en que medie en otros conflictos. Esta obsesión es enormemente representativa de una mentalidad que viene desde las postrimerías del Franquismo: no se cree en nada, no se está dispuesto a luchar por nada y nadie tiene más razón que otro. El relativismo, la falta de valores aboca a la condición de correveidile, una curiosa vocación ilustrativa de la decadencia en que vivimos.

La falta de valores lleva a la pérdida del sentido común, a la falta de criterio ¿Con qué cara retiran la acreditación a los diplomáticos hondureños o impiden la llegada a Madrid de autoridades de este país cuando nos visitan entre agasajos dirigentes cubanos, venezolanos o bolivianos? Una democracia europea castiga a quien defiende la democracia y halaga a quien la persigue, asesinando, torturando y asaltando haciendas.

 
De Florentino Portero (el 02/09/2009 a las 18:03:29, en España)

No puedo evitarlo. Aunque alguno de mis más ilustres colegas -mis admirados Ramón Pérez-Maura e Ignacio Camacho- han tratado el tema no renuncio a escribir unas líneas sobre uno de los momentos más tristes de la diplomacia española desde la recuperación de la democracia. Han coincidido en el tiempo dos hechos singulares: la retirada del placet al embajador de Honduras y el envío de una delegación de alto nivel a los festejos en honor a Gadafi.

Somos una democracia y en teoría nuestra política exterior responde a los valores y principios jurídicos recogidos en nuestra Constitución. A pesar de esto nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores ha retirado su acreditación al embajador de Honduras porque ese país, desde la legalidad, ha puesto en la calle a un Presidente que trataba de dar un golpe de estado desde las propias instituciones. Lo ocurrido en el país centroamericano es una excelente noticia, una prueba de que las instituciones democráticas han funcionado cuando una amenaza real puso en peligro el régimen de libertades. ¿Qué hace nuestro Gobierno? Defender los supuestos derechos del golpista y tratar de aislar a la democracia hondureña, movilizando en su contra a la Unión Europea.

El injusto maltrato al pueblo hondureño ha coincidido con los fastos en homenaje al aniversario del acceso de Gadafi al poder. Gadafi dio un golpe de estado que derrocó a la Monarquía reinante. Impuso un nuevo régimen, tan peculiar como él, que ha supuesto la dictadura y la pobreza para su pueblo y el ejercicio reconocido del terrorismo durante décadas. Eso es lo que nuestra delegación oficial va a festejar: golpe de estado más dictadura más terrorismo.

No puedo acusar a Moratinos de inconsecuente. De la misma forma que protege a un golpista en Centroamérica lo hace en el Norte de África. Ésta es la Alianza de las Civilizaciones en marcha, la alianza de los que odian la libertad y practican el terrorismo en cualquier latitud. Puesto que no parece que estos hechos escandalicen a la población ni a la oposición habrá que reconocer que es lo que los españoles desean.

 
De Florentino Portero (el 10/08/2009 a las 14:44:43, en España)

 

Ya los clásicos griegos nos enseñaron que aunque la realidad "es la que es", nuestro limitado entendimiento sólo es capaz de hacerse una imagen distorsionada de ella. Estamos abocados, queramos o no, a una carga de subjetividad que nos impide comprender plenamente la cosas tal como son. Unas culturas progresan o se estancan en función de la actitud mayoritaria que se imponga ante este hecho capital. Si a través del rigor, del método científico y de la buena fe avanzan en el conocimiento prosperarán. Si, por el contrario, caen en el fanatismo y/o el voluntarismo entrarán en decadencia.

El postsocialismo representado por Rodríguez Zapatero es un interesante reflejo de la segunda opción. Nuestro presidente se ha rodeado conscientemente de gentes que tienen en común unas carreras profesionales mediocres, cuando las han tenido. Rechaza la sabiduría acumulada en la tradición, por considerarla puro conservadurismo y, por lo tanto, algo malo per se. Militante del relativismo radical trata de enterrar la herencia socialista mediante un continuo ejercicio de voluntarismo y marketing político. Para él es evidente que las cosas "no son lo que son", sino "lo que parecen". De ahí que entienda la política como un permanente ejercicio de comunicación y de voluntarismo. En este sentido, la mentira es algo consustancial a su forma de asumir sus responsabilidades.

Negó que estaba negociando con ETA cuando lo estaba haciendo. Negó que España estuviera entrando en una grave crisis económica cuando tenía los informes que lo avalaban sobre su mesa. Negó que en Afganistán hubiera una guerra, cuando las cifras de bajas, militares y civiles, demostraban lo contrario. Trató de justificar nuestra presencia en aquellas tierras con la artimaña de que las tropas españolas formaban parte de una operación de Naciones Unidas, cuando ISAF es responsabilidad de la OTAN. En la cuestión afgana Rodríguez Zapatero miente como en cualquier otro tema importante, porque cree que la realidad se hace, no sobre el terreno, sino en las mentes de la gente.

Dice el refranero "que antes se coge a un mentiroso que a un cojo" y es que el problema de construir desde la mentira es mantener la coherencia. Zapatero apostó por identificarse con Obama una vez que éste se convirtió en icono de modernidad. La maniobra ha entrado ya en la fase de lo ridículo, plagiando cursilerías como los dichosos "brotes verdes". Pero, por mucho que se empeñe, Obama está muy lejos de nuestro Presidente, de ahí las enormes dificultades que está encontrando nuestra diplomacia para poder presentar una relación entre ambos mandatarios marcada por la normalidad y la mutua confianza. A las demandas españolas se contesta, una y otra vez, con el dicho popular de que "obras son amores y no buenas razones". La idea de que el problema en las relaciones con Estados Unidos se circunscribía a la personalidad de Bush era y es una tontería. La prueba es que los restantes países europeos no lo han sufrido. El problema era y es Zapatero, para quien el antinorteamericanismo, en su variante paleta, es algo consustancialmente "progresista". La diplomacia norteamericana es consciente de ello y exige compromisos antes de regalar fotografías.

Zapatero ha sido tan sincero como irresponsable cuando ha reconocido que el incremento del contingente español en Afganistán se debe a su deseo de ayudar a Obama. Más españoles participarán en la no-misión OTAN y en la no-guerra de Afganistán. Hasta la fecha los estados enviaban destacamentos fuera de sus fronteras para defender los intereses nacionales. Todos sabemos que algunos, sino muchos, de los que partieron hacia Afganistán no volverán con vida. Allí hay una guerra donde combatimos contra quienes nos atacaron, los mismos que tratan de provocar un proceso contrarrevolucionario en el conjunto del Islam que nos lleve a un enfrentamiento entre culturas. Pero para quien ha promovido la Alianza de las Civilizaciones ese discurso es inasumible. El "buenismo" pasta en otras praderas del discurso político. Él lo que busca es una foto con Obama, el reconocimiento público de que está bien considerado por la izquierda guapa norteamericana. Para lograrlo ahora sí se pliega a las presiones de Washington. Da igual cuál sea la situación en Afganistán, cuál la realidad cotidiana que viven nuestros hombres, lo importante es la fotografía, el icono del que los medios harán uso y abuso en beneficio del Presidente español. Para eso están nuestros ejércitos, para salvar la cara de un Presidente que actuó de forma irresponsable y electoralista y que ahora no tiene reparo en exponer vidas humanas en beneficio político propio.

 
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