Digital Media Weblog, por José Luis Orihuela

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Ahora que se ha abierto la veda contra el presidente Rodríguez Zapatero, cuando, como el emperador del cuento, todos descubren que está desnudo, que sus explicaciones y gestos son ridículos, que sus actos son un ejercicio de irresponsabilidad que nos ha llevado a una situación crítica... me veo en la obligación de salir en su defensa. Muchos de los que, de una u otra manera, han venido dando a entender que estaba vestido, tratan ahora de librarse de su culpa cargando contra Zapatero. España no es una dictadura. En dos ocasiones 11 millones de españoles le han confiado la gestión de sus pensiones, de su sistema de salud, de la enseñanza de sus hijos. Empresarios y medios de comunicación le han reído las gracias. Si hemos llegado a este callejón sin salida no es sólo por culpa de Zapatero.

 El tema de la presencia de España en Afganistán vuelve a la actualidad por la nueva estrategia norteamericana, la Cumbre de Londres, el último ataque sufrido por nuestras tropas y el envío de una unidad legionaria. Sólo una nación de limitada tradición democrática puede tener allí un contingente de forma más absurda. Los españoles no sabemos para qué estamos e intuimos que la misión no responde a las necesidades de aquel teatro. Si esto nos está ocurriendo es porque nuestros parlamentarios no han forzado los debates necesarios para aclarar el sentido de la misión, porque nuestros jefes militares han mantenido un silencio cómplice y porque nuestros medios de comunicación han estado muy por debajo de lo que cabía esperar de ellos. En Afganistán hay una guerra y nosotros hablamos de "atentados terroristas" contra nuestras tropas. Cuando se ataca a un convoy militar con un explosivo oculto en la carretera se ha producido un acto de guerra. Sólo una sociedad cobarde esconde la cabeza y denuncia la agresión terrorista. Los talibán no son un grupo terrorista. Aunque practiquen el terrorismo cuando les interesa, son una guerrilla que ha declarado la guerra a una coalición internacional y además está ganando. El seguir con el soniquete de que estamos en una operación de paz dirigida a colaborar en la reconstrucción de Afganistán... es ridículo. No habrá reconstrucción sin victoria y no habrá victoria sin perseguir y derrotar al enemigo.

 Tenemos tres opciones y media.

1.- Podemos reconocer que hay una guerra, que nuestros intereses nacionales requieren que nuestros hombres colaboren en la derrota de los talibán y, consiguientemente, que el gobierno modifique el objetivo de la misión aumentando el contingente y entrando en combate.

2.- Podemos concluir que aunque nuestra participación en la guerra está justificada la estrategia fijada por Estados Unidos aboca a la derrota y optar por retirarnos.

3.- Podemos asumir que, aunque nuestra seguridad depende de lo que ocurra en Afganistán, no estamos dispuestos a entrar en una guerra con todo lo que ello implica, lo que llevaría a otra humillante repatriación de nuestras tropas.

4.- Podemos, por último, seguir engañándonos, manteniendo la ficción de que participamos en una operación de paz y que nuestros valerosos soldados sufren episódicos atentados terroristas. Una política absurda, que trata de salvar la cara de España ante sus aliados pero que nos lleva a poner en peligro la vida de nuestros soldados para nada.

Si no somos capaces de plantear un debate maduro sobre nuestro papel en Afganistán no será por culpa de Rodríguez Zapatero. Él ha hecho lo que estaba en su mano, como en tantos otros temas, para que España se comporte de forma irresponsable y ridícula. Pero sólo con la complicidad de la oposición, de los medios, de los altos mandos militares y de la sociedad en su conjunto la ficción se ha podido mantener en pie durante tanto tiempo.

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Tanto repetimos que la Alianza Atlántica había dejado de ser una alianza, que sus miembros discrepaban sobre quién o qué les amenazaba, que ni había estrategia ni cosa que lo pareciese... que al final el Secretario General se vió en la obligación de iniciar un proceso de revisión estratégica. Los norteamericanos se manifestaron muy escépticos: sólo servirá para poner en evidencia el grado real de discrepancia, la falta de cohesión y sentido. Pero no había más remedio que afrontar la realidad.

Rasmussen pidió a Madeleine Albraight que presidiera un comité de sabios con el fin de proponer ideas frescas y originales para animar el debate y encauzar la discusión, rompiendo las inercias burocráticas que abocan a la inacción. La exsecretaria de Estado aceptó ilusionada... y engañada. Tras dar el confiado sí se encontró con que los sabios no serían elegidos por ella sino por los gobiernos, escogidos entre fieles burócratas. El enfado fue monumental, no dimitió, pero creó un subcomité de sabios reales que informaría, aunque no le escucharan, a los sabios fingidos pero leales a sus respectivos gobiernos.

Como era de imaginar el proceso de elaboración de la nueva estrategia está siendo un desastre o, si se prefiere, la constatación de que la Alianza Atlántica dejó hace tiempo de ser una alianza. No se desea prescindir de una organización que ha demostrado una extraordinaria utilidad, pero tampoco se quieren asumir los cambios necesarios para adaptarla a un entorno estratégico muy distinto al de la Guerra Fría. En realidad hemos vuelto a los debates de fines de los 90, cuando la misma señora Albright trataba de convencer a los europeos de que había que pasar de una entidad regional a otra global.

 

En este contexto cabe interpretar la conferencia que el secretario de Defensa norteamericano, Robert Gates, acaba de dar ante los sabios reales, los fingidos, consejeros, analistas, periodistas especializados, altos funcionarios... convocados en Washington. Como resumen podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que se le ha entendido todo. En una reflexión donde los problemas generales se entremezclan con la penosa experiencia afgana quisiera sólo subrayar algunas ideas sencillas pero fundamentales:

1.- La OTAN está en crisis, de la que sólo saldrá si se afrontan reformas estructurales.

2.- La opinión pública europea está en contra del uso de la fuerza, lo que hace inviable el funcionamiento normal de una alianza militar.

3.- La seguridad de la OTAN se juega fuera de sus fronteras, por lo que hay que concentrarse en fuerzas expedicionarias.

4.- Hace décadas que los aliados no gastan lo necesario, de ahí que carezcan de las capacidades precisas para las nuevas misiones.

Si los aliados no tienen claro quién les amenaza ni cómo combatirles, si no están dispuestos a gastar para disponer de las capacidades necesarias con las que actuar conjuntamente, si la opinión pública europea no respalda estas acciones... ¿de qué estamos hablando? Desde luego de una alianza no.

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