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De Florentino Portero (el 18/12/2009 a las 19:38:20, en España)


En una carrera sin sentido los responsables de las diplomacias española y marroquí se han disputado el premio al más incompetente. El resultado, a falta de la photo finish, apunta a tablas. El español ni supo frenar a tiempo el problema ni gestionarlo cuando ya lo tenía en casa. El marroquí se ha empeñado en demostrar al mundo que Marruecos es una dictadura donde la arbitrariedad y el abuso son la norma. Uno y otro han puesto en peligro el trabajo urdido a lo largo de los años por la diplomacia francesa, hasta el punto de obligar al presidente galo a tomar las riendas de la situación para salvar lo salvable de los intereses nacionales en juego.

Para el Quai d’Orsay las relaciones con el Mundo Árabe y, en especial, con aquellos países que estuvieron bajo su administración es un tema preferencial. Marruecos fue protectorado francés, es vecino, son muchas e importantes las inversiones que allí han hecho sus empresas y es una de las claves del control del Estrecho, junto con España, el Reino Unido y Estados Unidos. Francia no ha tenido relaciones ni intereses con el pueblo saharaui y nunca ha hecho de la defensa de su causa nacional un punto en su agenda para Magreb. En el siempre delicado equilibrio entre Marruecos y Argelia el gobierno galo siempre apostó por la anexión del Sáhara, convencido de que no habría otra salida tras los Acuerdos de Madrid, por los que la España Franquista cedía la administración del proceso de descolonización del Sáhara al rey Hassan II. La diplomacia francesa ha sido en todo momento la valedora de los intereses marroquíes en Bruselas y quien más ha hecho para que la anexión acabe siendo aceptada por el Consejo de Seguridad.

La defensa de los derechos marroquíes ha sido uno de los objetivos principales de la embajada Francesa en Madrid durante años. Felipe González había hecho de la reivindicación saharaui una de sus banderas en los días en que se encontraba en la oposición, pero ya en el gobierno empezó a valorar otros aspectos del caso. Ni estaba claro que pudiera doblegar la voluntad de Hassán II, ni siquiera soportar el pulso que éste le pudiera plantear en la densa y compleja agenda bilateral. Además, el objetivo principal de la diplomacia española era en aquel momento encontrar su sitio en la Europa unida. Con esa intención González había buscado una estrecha relación con Francia y Alemania. Giscard había dejado el Palacio del Elíseo y Mitterand se mostraba sensible a la demanda española de colaboración contra el terrorismo etarra y a facilitar primero el ingreso en la Comunidad y luego un acomodo apropiado para un país del tamaño y la historia de España. París era clave y el Sáhara un estorbo. La diplomacia francesa trabajó con inteligencia y constancia para hacer ver esta realidad, hasta conseguirlo. Algún periodista perdió su puesto en la redacción por no querer ver dónde estaban los nuevos intereses de la izquierda española. Con cinismo más de una empresa de comunicación dio cobertura a la operación socialista de abandonar la causa saharaui sin reconocerlo, para tratar así de retener el voto de sectores de la izquierda poco dispuestos a este tipo de piruetas.

Todo este tinglado es lo que han puesto en peligro los jefes de las diplomacias marroquí y española con su incompetente forma de gestionar el caso Haidar. De ahí que Sarkozi se haya visto impelido a forzar un acuerdo y desplegar una operación de cobertura que salve los muebles de la quema. La diplomacia francesa trata de poner en positivo el discurso tradicional marroquí. La novedad es sólo un adjetivo. Hemos pasado de la oferta de una autonomía para los saharauis a una “gran” autonomía. Pero es lo mismo. Marruecos continúa siendo una dictadura, por lo que la autonomía, grande o chica, no será más que un escenario donde se represente la obra de siempre. La cuestión capital, el ejercicio del derecho de autodeterminación al que se refiere el acuerdo del Congreso de los Diputados, es algo bien distinto a lo que apunta el presidente francés. Que Rodríguez Zapatero sigue dispuesto a ceder lo que se le pida es algo de lo que no tengo duda, pero ahora lo tiene más difícil. Para salvar la cara se ha comprometido en sede parlamentaria a defender el derecho de los saharauis a decidir su propio futuro. Se juega una bolsa importante de votos de izquierda, esos que le han dado la victoria en dos ocasiones, en un momento de precariedad política.
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De Florentino Portero (el 10/12/2009 a las 18:24:40, en España)


Tres hechos recientes han puesto en evidencia las dificultades que sufrimos en nuestra frontera sur: la expulsión de la sra. Haidar de Marruecos hacia España, las tensiones con la administración gibraltareña por las labores de la Guardia Civil en la Bahía de Algeciras y, por último, el secuestro de tres cooperantes en Mauritania por un comando de al-Qaeda. Son casos distintos con características propias, pero todos tienen en común que el gobierno de Rodríguez Zapatero o el Partido Socialista ha realizado cambios significativos en la política tradicional, con resultados muy discutibles.

 Zapatero dio un giro a nuestras relaciones marroquíes cediendo en la cuestión saharaui. España pasó de exigir el cumplimiento del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui a apoyar la idea de resolver el viejo litigio mediante la concesión de un vago derecho autonómico. De este modo se trataba de ganar la comprensión de Rabat en la resolución de temas tan delicados como el narcotráfico, la inmigración ilegal, la lucha contra el terrorismo islamista; establecer un entendimiento que permitiera gestionar de común acuerdo el futuro de Ceuta y Melilla; y, por último, salvar el enfrentamiento con Francia –defensora de los intereses marroquíes- en el marco de la Unión Europea.

En el caso gibraltareño se dejaron atrás, de hecho, reivindicaciones seculares mientras que se aceptaban, a cambio de nada, las que venían manteniendo las autoridades gibraltareñas. Todo un regalo para la diplomacia británica, que veía atónita como desaparecía uno de sus más antiguos e incómodos pleitos. Es verdad, como se nos repite y yo he reconocido en este mismo blog, que la anterior estrategia había fracasado. Pero eso no justifica un salto en el vacío, donde el voluntarismo desplaza a la legítima defensa de los intereses nacionales.

Desde el “Comando Dixán” hasta la llegada de Pérez Rubalcaba al Ministerio del Interior los socialistas han minusvalorado la amenaza yihadista, considerándola un argumento conservador para justificar acciones innecesarias y perjudiciales. El atentado del 11-M fue presentado como una represalia por la política española en Iraq, responsabilizando así a José María Aznar por lo ocurrido. El actual ministro del Interior ha tenido la habilidad de cambiar el discurso de forma progresiva, haciendo olvidar anteriores posiciones hoy difícilmente defendibles. Una pirueta facilitada por una oposición, por decir algo, más preocupada por no tocar temas incómodos que por realizar el trabajo por el que el contribuyente le paga. La Alianza de las Civilizaciones, el programa más ambicioso de nuestra diplomacia, ha sido un ejercicio de claudicación frente a los radicales. No podía ser de otra manera si recordamos que es la continuidad del Diálogo de Civilizaciones promovido por los ayatolás iraníes y que el socio no es otro que el actual gobierno turco, cuyo mayor logro ha sido convertir Turquía en un estado crecientemente islamista. Esta falta de conciencia sobre lo que el yihadismo y el islamismo suponen para nuestra seguridad está detrás del comportamiento irresponsable de individuos y organizaciones que viajan por territorios de alto riesgo sin adoptar las mínimas medidas de que la situación requiere.

El gobierno de Rodríguez Zapatero cedió ante Marruecos, cedió ante los llanitos y cedió ante el islamismo y todo ello a cambio de nada. Lo que este gobierno no parece entender es que las estrategias de pacificación, las cesiones humillantes ante la presión del contrario, no satisfacen ambiciones ilegítimas sino que las alientan. La historia está llena de ejemplos de cómo la debilidad de un actor aviva las pasiones de los vecinos. Hoy Marruecos nos trata con desprecio enviándonos a sus expatriados y amenazándonos con abrir el grifo de la inmigración ilegal o del narcotráfico si presionamos a favor de la sra. Haidar; las autoridades gibraltareñas dificultan impunemente el trabajo de la Guardia Civil contra el narcotráfico y no sólo no ceden sino que avanzan en su objetivo de convertirse, de hecho, en un estado soberano; los dirigentes de al Qaeda no sólo ven a España como una nación occidental más, somos a sus ojos singulares por haber sido sede califal, por la “corrupción” de nuestras costumbres morales –imagínese lo que un yihadista haría con Zerolo & Cía.-, y por nuestra proclamada a los cuatro vientos disposición a ceder a cualquier presión que provenga de tierras del Islam.

Rodríguez Zapatero ha conseguido cambiar en profundidad la política exterior que había heredado de su predecesor en el cargo, pero en el camino se ha dejado tanto los intereses nacionales como la autoridad que con esfuerzo habíamos acumulado desde los años de la Transición hasta nuestros días. No ha conseguido más que romper con el legado Aznar, que para él puede no ser poco, pero ¡a qué precio!
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