Dice nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, que no nos hemos movido ni un milímetro en la demanda sobre la soberanía del Peñón de Gibraltar. Y es verdad. Ese no es el problema. Lo que ha producido escándalo público y parlamentario es que esa demanda haya quedado arrumbada en el desván de los trastos viejos. Ésa ha sido también la causa de tanto asombro en la prensa británica.
No deberíamos sorprendernos porque hay claros precedentes en el comportamiento de este gobierno. Algo semejante es lo ocurrido con la también clásica cuestión saharaui. España no ha renunciado a su posición sobre el derecho de los saharauis a decidir sobre su propio futuro, sencillamente ha dejado de defenderlo al tiempo que da alas a la posición marroquí favorable a la concesión de una autonomía, en la confianza de que al final Naciones Unidas, desde su suprema legitimidad, resuelva el problema al gusto de Rabat. Para Moratinos cualquier disputa en la que estén en juego los intereses españoles comienza con una cesión y continúa con un diálogo hacia ninguna parte.
Moratinos tiene razón cuando parte del reconocimiento de que anteriores estrategias fracasaron. Es verdad. Fracasó primero Franco. Fracasaron luego los distintos gobiernos de la democracia. Por último, fracasó Aznar cuando por primera vez el Reino Unido se tomó en serio la negociación por iniciativa de Tony Blair. Si algo se puede criticar al Partido Popular es el haber mostrado sobre este tema, como sobre tantos otros de nuestra política exterior, un mayúsculo desinterés. No estaría de más, cuando se critica el escandaloso comportamiento de nuestro ministro, una reevaluación de la estrategia a seguir.
Moratinos ha dejado atrás una política longeva y la ha sustituido por la nada. De entrada ha hecho dos concesiones monumentales: renunciar a hablar sobre lo único importante, la soberanía, y plegarse a la agenda de Gibraltar, centrada en temas concretos cuya resolución haría más fácil la vida de los llanitos. ¡Ya puede estar contento Caruana! ¡Sólo el Tripartito catalán ha vivido una experiencia semejante de dejación de la defensa de los intereses españoles por parte del Gobierno de la Nación! El ministro lo ha justificado como un paso en una nueva política que tiene como objetivo inmediato crear un ambiente de confianza entre gibraltareños y españoles, sin el cual no sería posible ir más allá. Desde luego las relaciones van a mejorar mucho ¡y de qué manera!, pero de ahí a que se creen las condiciones para poder plantear la cuestión de la soberanía hay algo más que un trecho.
Los llanitos tienen una estrategia coherente y sensata. Lo quieren todo y saben que con Rodríguez Zapatero ellos también lo pueden conseguir. Buscan consolidar su autonomía para poder dirigir su propio futuro. No renuncian a vivir bajo la autoridad británica, tan rentable por tantos motivos y asentada en una larga e intensa historia común. Pretenden, por último, disponer de las máximas comodidades en su relación con España, rechazando de plano cualquier cesión de soberanía. El Reino Unido es garante de los dos primeros objetivos. España, de la mano de Moratinos, ha abierto el camino para lograr el tercero. Al ceder, España está enviando al Peñón un mensaje claro que cualquiera puede entender: teníais razón, había que resistir a las presiones de Madrid porque al final acabaría cediendo. Y cedió.
¿Es tan ingenuo Moratinos como para no darse cuenta de las consecuencias del paso que está dando? No. Es perfectamente consciente. España, con Rodríguez Zapatero, ha renunciado a tener una estrategia para recuperar el Peñón y se limita a gestionar una situación delicada rebajando la tensión ¿Cómo un Presidente del Gobierno que no cree que España sea una nación podría luchar en serio por recuperar Gibraltar? ¿Qué sentido tendría avanzar en la desmembración del Estado al tiempo que reclamar el Peñón?
De lo que no hay duda es que esta maniobra diplomática estará siendo seguida con mucho interés desde Rabat.
Los lectores de ABC pudieron acceder a la información publicada previamente por la revista Stern, según la cual la inteligencia alemana considera que Irán está a seis meses de acceder a la tecnología nuclear. Un primer y definitivo paso para, al cabo de un tiempo, disponer de cabezas nucleares que insertar en sus misiles.
A nadie puede extrañar esta información. Desde hace unos meses los servicios de inteligencia de referencia y la propia Agencia Internacional para la Energía Atómica vienen reconociendo que el régimen de los ayatolás está en el umbral de lograr su ansiado objetivo. Desaparecido George W. Bush de la Casa Blanca la inteligencia norteamericana ya no tiene necesidad de inventarse extraños y contradictorios altos en el proceso nuclear militar. Todos asumen lo evidente.
Bush amenazó con hacer uso de la fuerza y trató de formar un bloque en el Consejo de Seguridad para aprobar las sanciones que se consideraran apropiadas para disuadir a Irán de seguir adelante. Rusia y China lideraron la protección de los intereses iraníes y la contención a la auténtica amenaza para la paz mundial: el hegemonismo norteamericano. Para una gran mayoría de los europeos resultaba evidente que lo urgente era frenar al tejano y lo consiguieron. Al final en Washington se preguntaron por qué ellos tenían que estar tan preocupados cuando los estados limítrofes parecían relajados.
Obama heredó una política fallida y planteó una doble alternativa: intentar una estrategia de engagement con Irán al tiempo que se buscaba un nuevo acuerdo con Rusia que abriera el camino a un régimen de sanciones si el acercamiento a Teherán fracasaba. Las elecciones presidenciales iraníes han dejado bastante claro que el engagement no concluirá en noche de bodas. No se han quemado todas las naves, pero ya queda poco espacio para la esperanza. El viaje de Obama a Moscú ha sido un fracaso. Ni Obama ha aportado nuevas ideas ni Rusia se ha movido de sus posiciones zaristas.
Irán se encamina hacia el club nuclear. Para aquél que considere que hay vida más allá de la renovación de la plantilla del Real Madrid o de los trajes baratos pero de incierto pago del sr. Camps es recomendable leer el interesante estudio de Peter Berkowitz, analista de la Hoover Institution y viejo conocido, sobre las opciones de Israel ante la desidia internacional sobre la cuestión iraní. Para Israel, como Ahmadinejad ha dejado meridianamente claro, la combinación de ayatolás y armamento nuclear supone una amenaza estratégica. Sencillamente es inaceptable ¿Se quedarán de brazos cruzados?
Interesante también el trabajo de la profesora Emily Landau, paloma entre los halcones del Institute for National Security Studies de Tel Aviv, sobre las opciones de la diplomacia norteamericana. Tuve la oportunidad de discutir con ella estos temas hace aproximadamente un año y entonces como ahora me reconozco escéptico sobre sus conclusiones. La secretaria Clinton ha vuelto a recordar que todo tiene un límite, pero la credibilidad de la política norteamericana está bajo mínimos en este tema. Los mismos que criticaron a Bush por su firmeza están ahora, situados en posiciones de poder, abocados a reconocer su impotencia.
Por un tiempo breve los medios de comunicación nos obligan a fijar nuestra atención en la triste situación que vive la etnia uigur, asentada en el noroeste de China. Turcomanos de religión musulmana se han visto presionados desde 1948 para disolverse en la cultura china. Los dirigentes comunistas de Pekín, como sus semejantes de Moscú, apostaron por acabar con las diferencias mediante migraciones forzosas, emigraciones subvencionadas y represión. Si en la provincia de Xinjiang la población era casi homogéneamente uigur en 1948, ahora casi la mitad es Han, la etnia china por excelencia. Han son sus gobernantes y han son los referentes culturales. En caso de conflicto la dictadura china no tiene ninguna duda sobre la conveniencia y la legitimidad del uso de la fuerza contra sus propios ciudadanos. Para la clase gobernante su población musulmana representa una amenaza. Su rechazo a la integración, su deseo de independencia y la presencia de sectores radicales vinculados a al-Qaeda conforman un panorama inaceptable al que no dudan en hacer frente con decisión.
Con sus evidentes diferencias, la contundencia china encuentra paralelismo en la política rusa en la región del Cáucaso. Lo ocurrido en Ingusetia y Chechenia responde a una visión semejante sobre la relación entre el estado y sus comunidades musulmanas de cultura propia. También en Rusia nos encontramos una penetración del radicalismo, pero de dimensiones mucho mayores.
Aquí no acaban las coincidencias. Rusia y China aplastan violentamente a determinados núcleos de población islámica al mismo tiempo que refuerzan sus lazos diplomáticos y económicos con estados musulmanes, incluidos aquellos que alientan la violencia. Rusia encuentra así un área de influencia que satisface dos de sus objetivos: limitar la capacidad de acción de Estados Unidos y encontrar mercados para sus industrias de armamento y de alta tecnología. China está ávida de energía y busca su nicho de proveedores allí donde puede, incluidos aquellos mercados problemáticos por la naturaleza de sus gobiernos. Estos vínculos facilitan también provechosos intercambios comerciales y lazos diplomáticos de largo alcance. Rusia y China, como la gran mayoría de los estados musulmanes, tienen regímenes dictatoriales y por ello tienen especial interés en sacralizar el “principio de no intervención en asuntos internos de un estado soberano” en Naciones Unidas. La intervención por razones humanitarias, consagrada en la crisis de Kosovo, resulta para ellos un referente inaceptable. No tienen ningún problema en bloquear el funcionamiento del Consejo de Seguridad, valga el caso de Irán como ejemplo, con tal de dejar bien sentado que el Consejo de Seguridad no está para interferir en la vida de las dictaduras, por salvajes que éstas sean.
El resultado es tan contradictorio como cortoplacista. No es lo mismo “mi musulmán”, al que como gobierno chino o ruso puedo apalear, que “su musulmán”, al que Estados Unidos debe respetar aunque masacre a su propia población -caso de Sudán-, viole el Tratado de No Proliferación Nuclear o apoye el terrorismo fuera de sus fronteras- caso de Irán-. Ni Rusia ni China aspiran a solucionar nada, sólo tratan de satisfacer sus intereses inmediatos. El que su política favorezca la expansión del radicalismo o la proliferación de armamento de destrucción masiva que, más tarde o más temprano, se volverá contra ellos no parece preocuparles. Sencillamente no están dispuestos a colaborar con Estados Unidos en una reforma que pondría sobre la mesa la cuestión democrática, única vía de garantizar el respeto a la dignidad humana y combatir la corrupción que está detrás de la crisis general que vive el Islam.
No nos engañemos, la posibilidad de lograr una estrecha colaboración con Rusia o China para gestionar conjuntamente los grandes problemas de nuestro tiempo es limitada, muy limitada. Desde luego hay que explorar esas vías, pero sin hacernos demasiadas ilusiones. Sólo las democracias pueden llegar a compromisos políticos serios en el largo plazo.
Recuerdo que cuando estudiaba Historia en las aulas de la Universidad Complutense, allá por la década de los setenta, un conjunto de jóvenes profesores trataba de liberar esta disciplina del “marxismo cañí”, afortunada expresión de Javier Tusell, en el que había caído. Nos insistían en el trascendental papel que juega el individuo en el proceso histórico, alterando aquellas supuestas leyes del desarrollo social que los pseudocientíficos marxistas habían descubierto y trataban de gestionar.
La reciente publicación de un fondo documental sobre Sadam Hussein, en concreto la transcripción de sus conversaciones en prisión con el agente de la C.I.A. George L. Piro, me trae a la memoria aquellas clases ¡En cuantas ocasiones minusvaloramos la insensatez, cuando no la locura, en el comportamiento de los políticos! ¡Qué razón tenía Shakespeare al subrayar el componente neurótico de la acción política y que imprudencia la de los analistas, yo el primero, en tratar de explicarlo todo desde la razón! Puede parecer poco profesional calificar de loco, insensato o neurótico a un político, pero son muchas las ocasiones en que estos términos nos permiten hacer un análisis más preciso de la realidad que el recurrir a valoraciones sobre intereses de estado o percepciones estratégicas.
En los meses anteriores a la invasión de Iraq la mayoría coincidíamos con la Comisión de Naciones Unidas en que Sadam Hussein no se había desprendido de sus arsenales de armamento químico y biológico. El gobierno lo negaba, pero no daba explicaciones convincentes sobre el destino de la munición que la propia Comisión había podido detectar con anterioridad. Esa falta de colaboración, esa voluntad de ocultación, fue la causa de la reapertura de las hostilidades.
Tras la ocupación de Iraq y el derrumbamiento del régimen baasista las fuerzas militares buscaron sin cesar los arsenales que habían justificado aquella misión militar. Todo fue en vano. Los informes oficiales publicados con posterioridad coincidían en elementos aparentemente contradictorios:
¿Qué sentido tenía? Si quería librarse de la inspección de la Comisión de Naciones Unidas lo más sensato hubiera sido explicar cómo y dónde se habían destruido aquellos arsenales. De hecho, el ocultarlo confundió a los servicios de inteligencia y llevó a la decisión de invadir el país.
Las conversaciones entre Sadam Hussein y George L. Piro nos ayudan a desentrañar parte del enigma. Es evidente que Sadam nunca renunció a disponer de armamento de destrucción masiva, que consideraba imprescindible para garantizar la seguridad nacional. Sadam estaba tratando de engañar a la sociedad internacional, sólo que de otra manera. No ocultaba arsenales, de hecho los había destruido, sino los medios para rehacerlos en cuanto las sanciones fueran levantadas. Él creía que si la Comisión no hallaba lo que no existía el Consejo de Seguridad se vería obligado a poner fin a aquella humillante situación ¿Por qué corría riesgos ocultando aquella información? Por miedo a Irán. Suponía en su locura que si los ayatolás descubrían la verdad de sus polvorines vacíos de cabezas con armamento de destrucción masiva Iraq sería atacado, reabriéndose el conflicto entre ambos estados.
Para garantizar su supuesta capacidad disuasora sobre Irán, Iraq ocultó información fundamental sobre el destino de los arsenales de armamento químico y biológico, lo que llevó finalmente a Estados Unidos a optar por la invasión. Un ejemplo más sobre cómo un individuo confundido puede alterar el curso de la Historia.
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