A propósito de mi última columna sobre el programa nuclear iraní y las negociaciones en Viena un amable lector me invita a reflexionar sobre el caso israelí. ¿Por qué nos preocupa un programa y no el otro? ¿Por qué nos alarma que fanáticos chiíes dispongan de esta tecnología y no el creciente peso de los ultraortodoxos en Jerusalén? Creo que la reflexión es necesaria y a ello me dispongo con ánimo de iniciar un debate que, como todo lo referente a Oriente Medio, será apasionado.
Cuando hablamos de tecnología nuclear, en especial si es para usos militares, nos encontramos con dos planos de análisis, el jurídico y el político. Ambos son importantes, ambos trascendentes, pero de muy distinta naturaleza.
Comenzando por el primero. Cualquier estado en pleno ejercicio de su soberanía tiene derecho a dotarse de centrales nucleares para uso civil o de programas para uso militar de esta u otra fuente de energía. Es el caso de Francia, de India o de Israel, por citar tres ejemplos geográficamente distintos. Desde hace décadas y en el marco de Naciones Unidas se viene haciendo un esfuerzo para controlar los programas civiles y limitar los militares, en la idea de que su proliferación haría más inseguro el mundo. De ahí que estados como España o como Irán suscribieran voluntariamente tratados y acuerdos por los que renunciaban al uso militar y aceptaban protocolos e inspecciones a la hora de desarrollar programas civiles. Irán, como España, tiene todo el derecho a construir centrales nucleares y enriquecer su propio uranio. Pero lo que tiene que hacer es exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta la fecha: debe comunicarlo formalmente a la Agencia Internacional para la Energía Atómica y seguir los procedimientos que se le vayan indicando. Si nos concentramos en la dimensión militar, cabe recordar que los estados pueden denunciar sus obligaciones, de la misma manera que libremente las suscribieron. Si Irán quisiera disponer de un programa nuclear para uso militar, algo que su gobierno niega, debería seguir un procedimiento establecido para abandonar sus actuales compromisos.
Irán plantea un problema internacional desde la perspectiva del derecho porque ha violado los compromisos que asumió, porque ha ocultado a la Agencia las instalaciones nucleares y las actividades que se desarrollaban en su seno y porque sigue obstaculizando las labores de inspección de la Agencia e incumpliendo sus obligaciones. Cuando un estado oculta un programa nuclear cabe sospechar, con bastante fundamento, que sus intenciones no son las mejores. De ahí la alarma y la movilización de las grandes potencias para tratar de desactivar esta amenaza a la seguridad internacional.
Si nos concentramos en el plano político, lo relevante es saber el porqué y el para qué de dichas actividades y, sobre todo, la razón de su sistemática ocultación. Lo que diferencia a Irán de Francia o de Israel es que sus gobernantes no cesan de amenazar a otra potencia con hacerla "desaparecer del mapa". Yo, como español, soy vecino de Francia y no me siento amenazado o preocupado por su programa nuclear. Más aún, me siento protegido, me alegro de que mis vecinos inviertan en capacidades nucleares de todo tipo y confío en que representen uno de los pilares de la dimensión de seguridad y defensa que inevitablemente, para bien o para mal, tendrá una Europa más autónoma en el plano internacional. Sin embargo, los turcos, los saudíes o los egipcios, sólo por poner algunos ejemplos, no se sienten más seguros con el programa nuclear iraní, sino todo lo contrario. Hay alarma en la región, lo que ha llevado a un mayor compromiso norteamericano con su seguridad.
¿Representa el programa nuclear israelí una amenaza para sus vecinos? Yo creo que no y a los hechos me remito. Los países de la zona no han manifestado alarma hasta hoy y ha sido a propósito del programa iraní. Los islamistas aprovechan la circunstancia para legitimar sus aspiraciones, pero la estrategia nuclear no funciona así. El que Francia tenga armas nucleares no lleva a España a solicitarlas. El que el Reino Unido las posea no empuja a los alemanes a seguir el mismo camino. Si los estados afectados perciben un programa como defensivo no causa preocupación y ese es el caso de Israel. Cualquiera puede conocer los duros avatares que ha tenido que sufrir este país para sobrevivir desde su independencia, allá por 1948. Cualquiera que se moleste en abrir un mapa podrá comprobar la difícil situación en la que se encuentra, sin apenas espacio y rodeado por cientos de millones de musulmanes. El programa nuclear israelí, como el francés, es una fuerza de disuasión.
Si Irán nos alarma es porque tememos que utilice el "paraguas" nuclear -la disuasión que genera el disponer de misiles con cabeza nuclear- para seguir apoyando actividades terroristas e insurgentes, tanto en el seno del Islam como contra estados no musulmanes; porque nos preocupa la posibilidad de que proporcione tecnología o material contaminante a grupos terroristas o a otros gobiernos problemáticos; porque no confiamos en que un gobierno lleno de fanáticos sea capaz de gestionar racionalmente una situación de tensión internacional; y porque puede empujar a países vecinos a seguir por la senda de la proliferación nuclear.
¿Supone un serio problema el auge de los ultraortodoxos en Israel? Sí para los que viven en aquel país, en especial para los vecinos de Jerusalén. Estos sectores religiosos radicales están muy movilizados y tienen más hijos que la media de las familias israelíes. Sus partidos cuentan en los siempre complicadísimos equilibrios en el Parlamento... pero todavía no tienen la influencia necesaria para convertirse en una amenaza para la seguridad de Israel o del Oriente Medio. Sus objetivos se dirigen en mayor medida a amargar la vida de los israelíes que a alterar los equilibrios en el conjunto de la región.