No es ningún secreto que la tensión entre Hillary Clinton y Barack Omaba durante la inacabable campaña presidencial llegó a cotas difícilmente superables. No era sólo una lucha de egos ¡y que egos! sino también de dos concepciones distintas de lo que debe ser el Partido Demócrata.
La senadora por Nueva York y antigua simpatizante del candidato republicano Barry Goldwater, predecesor de Reagan en la renovación de los fundamentos de su formación política, representaba la continuidad, en clave algo más conservadora, de la línea "centrista" seguida por su marido durante sus dos mandatos. El moderantismo de Bill Clinton era la reacción a la patética experiencia del mandato único, y difícil de olvidar, de Jimmy Carter. Las insensateces del cultivador de cacahuetes hundieron a los demócratas en un profundo descrédito, que facilitó la llegada de Reagan y el inicio de la gran revolución conservadora que se ha prolongado hasta la segunda administración de George W. Bush. Obama supone el triunfo de los que apoyaron a Carter y, antes que a él, al fracasado candidato presidencial George McGovern.
No sólo hay entre ellos la tensión propia entre rivales, también la que caracteriza la lucha en el terreno de las ideas. Contra Bush resultaba fácil mantener la unidad del Partido Demócrata. En el gobierno, con cómodas mayorías en las dos cámaras legislativas, resulta bastante evidente que en su seno conviven dos fuerzas políticas distintas. La reforma del sistema de sanidad, por poner un ejemplo, ha mostrado hasta qué punto el ala moderada demócrata estaba mucho más cerca de los republicanos que de sus compañeros de filas progresistas (liberals)
Si nos centramos en el ámbito de la política exterior todos recordamos cómo Obama caricaturizó a Clinton como un miembro del establishment próxima a las posiciones de Bush. Había exageración, pero también había verdad. Las diferencias entre la entonces senadora Clinton y la entonces secretaria Rice eran pocas y más de matiz que de contenido. El estilo Bush de la primera legislatura estaba lejos de la forma de actuar de los Clinton, pero la rectificación llevada a cabo en la segunda situaba las distintas posiciones en clara proximidad.

Ya en el gobierno Obama limitó de entrada el margen de acción de su Secretaria de Estado nombrando embajadores especiales para las áreas más delicadas: Oriente Medio, Irán, Corea del Norte y Afganistán-Pakistán. Clinton optó, con buen criterio, por no darse por aludida y no manifestar ni su enfado por la merma de poder ni su disgusto por una política exterior que no sentía suya y que, sobre todo, consideraba insensata. Poco a poco el abismo entre las dos grandes figuras del Partido Demócrata se ha ido haciendo evidente y ya encontramos referencias en la prensa norteamericana como si de algo obvio se tratara. En los últimos días he leído en The Wall Street Journal sobre el rechazo de Clinton a cómo se ha llevado la crisis de Honduras, haciendo absurdamente el juego a Chávez en la desestabilización de una precaria democracia, y en The New York Times sobre la incomprensión de la Secretaria de Estado por el hecho de que se exijan a Israel condiciones previas a la negociación que no tienen equivalencia en el campo palestino. Clinton no es muy original. Es probable que represente a dos tercios de los legisladores, esos dos tercios que están perplejos por el parón que Obama ha impuesto a la definición de una estrategia nacional.
En todos los grandes temas de política exterior Obama se ha empantanado al tiempo que mantiene posiciones voluntaristas que afectarán negativamente a los intereses de Estados Unidos en el mundo. La relación entre las dos grandes figuras tiende a empeorar. Para el observador interesado será un buen exponente de las tensiones dentro del Partido Demócrata, de cuya cohesión cabe dudar.
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