La diplomacia, como toda vieja disciplina, se organiza mediante prácticas contrastadas por el paso del tiempo. Esas “maneras”, en la aceptación característicamente anglosajona del término, no sólo permiten la resolución o gestión de problemas delicados, que pueden degenerar en tensiones mayores, sino que también sirven, cual scanner social, para distinguir a un patán de un caballero. Tantas ganas tenía el gobierno de Rodríguez Zapatero de normalizar las relaciones de España con Estados Unidos, tras el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca, que filtró a la prensa gubernamental informaciones sobre actos que no estaban todavía “cerrados” o, peor aún, cometieron serias incorrecciones en la organización de encuentros. Puesto que el Departamento de Estado era el mismo con Bush que con Obama, aquellas meteduras de pata no hacían más que reforzar los prejuicios acumulados en los años anteriores, llovía sobre mojado. Para los nuevos altos cargos, en absoluto ignorantes de la historia reciente, era un aviso de la tropa con la que tendrían que lidiar. El malestar se tramitó por la vía correspondiente, pero no pareció tener demasiado efecto sobre quien sólo buscaba fotos y más fotos.
El ansiado encuentro galáctico entre los presidentes europeo y norteamericano en Madrid fue utilizado por los medios afines como ejemplo de la relevancia internacional de nuestro presidente y como tapadera de la desastrosa situación de nuestra economía. El encuentro, como todo sabemos, nunca se hizo realidad. Lo sorprendente es que nuestros dirigentes jugaron con la idea a pesar de que el Departamento de Estado les advirtiera con tiempo de lo que iba ocurrir. Me consta, por dos fuentes distintas, que un alto cargo del Departamento viajó a Madrid para advertir de la nueva posición de la Casa Blanca, pero no le creyeron. Debieron suponer que “iba de farol”, piensa el ladrón que todos son de su condición, así que optaron por filtrar que su presencia en la capital se debía al cierre de la agenda del encuentro.

Hoy leemos en El País que el vicepresidente Biden visitará Madrid a comienzos de mayo, junto con una referencia a los supuestos elogios que la sra. Clinton ha hecho por carta a nuestro ministro de Exteriores. Reza el dicho popular que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, eso es porque no conocían a Moratinos, que puede hacerlo muchas más veces. A fuer de ser sincero no creo que sea un problema de torpeza o, si se prefiere, sólo de torpeza. Lo realmente grave es que nuestros dirigentes tienen tanta ansiedad, trabajan tan en el corto plazo, que les importa muy poco el efecto que en el medio y largo plazo puedan tener estos comportamientos, absolutamente contrarios a los usos y costumbres característicos de la diplomacia profesional. El Departamento de Estado no ha confirmado ese viaje y la información no ha gustado ¡Qué decir de una carta entre dos ministros de Exteriores, de la que se saca de contexto un comentario! No es casual que por ley la documentación diplomática esté sujeta al secreto durante un tiempo prolongado y que los funcionarios estén obligados a la reserva. Hasta los historiadores de la relaciones internacionales entendemos este ejercicio de discreción, a pesar de ser los mayores perjudicados.
Por mucho que la prensa gubernamental lo repita, ni las relaciones con Estados Unidos, ni el conjunto de nuestra política exterior pasan por un buen momento. Bien al contrario, desde que disfrutamos de un régimen de monarquía democrática nunca nuestra diplomacia había pasado por un bache tan profundo.
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