Hay circunstancias que tienen la virtud de hacernos ver los límites de nuestra libertad. Cada uno de nosotros, cada Estado europeo, actúa desde unos valores comúnmente aceptados y desde unos principios que informan sus leyes. Individuos y estados hemos optado libremente por formar parte de un proceso de convergencia europea, de extraordinaria importancia política y dimensión histórica. Ese proceso ha supuesto una sucesión de renuncias, siempre dando por descontado que a la postre saldríamos ganando. Pero no siempre somos capaces de interiorizar hasta qué punto nuestra capacidad de acción ha quedado limitada.
La canciller Merkel, mujer de fuertes convicciones morales, reaccionó ante la “crisis griega” desde la sensatez: los alemanes no tenían porqué desviar el fruto de su trabajo para salvar a unos irresponsables -la fábula de la cigarra y la hormiga-, era injusto, era inmoral y suponía establecer un precedente funesto, por el que las muchas cigarras que habitan en el Viejo Continente considerarían que llegado el frío invernal encontrarían en el hormiguero alemán alimento suficiente para sobrevivir. Este comportamiento no es nuevo entre nosotros. Desde el momento fundacional de este proceso Alemania viene pagando un impuesto extraordinario por su pasado belicista, del que los franceses han sabido aprovecharse como nadie. Los nuevos alemanes están hartos, con toda razón, de esta sangría. Por una parte la renovación generacional hace que se sientan menos responsables de su pasado. Por otra, tras la digestión de los cinco lander orientales y las crisis mundial, no les sobra el dinero. La firmeza de Merkel reflejaba el sentir de una nación y de ahí sus problemas.
Merkel no calculó bien la trascendencia de sus movimientos. Lo sensato no es siempre lo posible. En Maastricht Alemania optó por renunciar a ser de nuevo el Imperio Central para convertirse en el pilar de una Europa Unida con dimensión política. Fruto de ese paso es el euro y las medidas adoptadas para garantizar su estabilidad. La Unión Financiera y Monetaria se hizo mal, se aceptaron como miembros estados que no reunían las condiciones y no se previeron mecanismos apropiados para momentos de crisis. Cuando llegaron los fríos invernales unos cuantos gobiernos irresponsables, con el español en el pelotón de cabeza, optaron por la estrategia de la cigarra, conscientes de que las hormigas teutonas estaban atrapadas en la red de intereses creada por el euro y no podrían decir que no. Al final la canciller tuvo que ceder y eso le ha costado dinero y poder. Creo que mi admirado Wolfgang Münchau, columnista del Financial Times, tiene toda la razón cuando afirma que el castigo recibido en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia no ha sido tanto por ceder ante la presión griega como por no haber comprendido desde el principio la magnitud del problema y no haber arbitrado una respuesta coherente en el medio y largo plazo. El euro ha tenido y tiene muchas ventajas para Alemania, pero también graves riesgos. Nada va a ser igual en el futuro, pero eso había que haberlo previsto y Merkel no lo hizo.
El gobierno británico, también desde un planteamiento sensato, ha manifestado su intención de no participar en el Plan de Rescate. Ellos no creyeron en el euro y no ven porqué desviar recursos propios para salvar a gobiernos irresponsables. Pero ¿han sido ellos un ejemplo de responsabilidad? ¿puede el país que acoge a la City dar la espalda a una situación de esta envergadura? Si la Reserva Federal norteamericana, el equivalente al banco central, se ha sumado al Plan y el propio presidente Obama se ha implicado hablando con dirigentes europeos irresponsables para forzar su cambio de actitud ¿cómo entender el desplante británico? De entrada se ha enviado el aviso a Londres de que si no ayudan no serán ayudados.
La Unión Europea es una realidad, para lo bueno y para lo malo. Lo que es inadmisible es que nuestros dirigentes no asuman las consecuencias de sus actos. No puede haber moneda común si no hay economía común. O volvemos a las monedas nacionales o avanzamos en el proceso de unificación. No hay espacio para la incoherencia.
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