Digital Media Weblog, por José Luis Orihuela

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De Florentino Portero (el 12/05/2010 a las 13:19:01, en Unión Europea)
 

Hay circunstancias que tienen la virtud de hacernos ver los límites de nuestra libertad. Cada uno de nosotros, cada Estado europeo, actúa desde unos valores comúnmente aceptados y desde unos principios que informan sus leyes. Individuos y estados hemos optado libremente por formar parte de un proceso de convergencia europea, de extraordinaria importancia política y dimensión histórica. Ese proceso ha supuesto una sucesión de renuncias, siempre dando por descontado que a la postre saldríamos ganando. Pero no siempre somos capaces de interiorizar hasta qué punto nuestra capacidad de acción ha quedado limitada.

La canciller Merkel, mujer de fuertes convicciones morales, reaccionó ante la “crisis griega” desde la sensatez: los alemanes no tenían porqué desviar el fruto de su trabajo para salvar a unos irresponsables -la fábula de la cigarra y la hormiga-, era injusto, era inmoral y suponía establecer un precedente funesto, por el que las muchas cigarras que habitan en el Viejo Continente considerarían que llegado el frío invernal encontrarían en el hormiguero alemán alimento suficiente para sobrevivir. Este comportamiento no es nuevo entre nosotros. Desde el momento fundacional de este proceso Alemania viene pagando un impuesto extraordinario por su pasado belicista, del que los franceses han sabido aprovecharse como nadie. Los nuevos alemanes están hartos, con toda razón, de esta sangría. Por una parte la renovación generacional hace que se sientan menos responsables de su pasado. Por otra, tras la digestión de los cinco lander orientales y las crisis mundial, no les sobra el dinero. La firmeza de Merkel reflejaba el sentir de una nación y de ahí sus problemas.

Merkel no calculó bien la trascendencia de sus movimientos. Lo sensato no es siempre lo posible. En Maastricht Alemania optó por renunciar a ser de nuevo el Imperio Central para convertirse en el pilar de una Europa Unida con dimensión política. Fruto de ese paso es el euro y las medidas adoptadas para garantizar su estabilidad. La Unión Financiera y Monetaria se hizo mal, se aceptaron como miembros estados que no reunían las condiciones y no se previeron mecanismos apropiados para momentos de crisis. Cuando llegaron los fríos invernales unos cuantos gobiernos irresponsables, con el español en el pelotón de cabeza, optaron por la estrategia de la cigarra, conscientes de que las hormigas teutonas estaban atrapadas en la red de intereses creada por el euro y no podrían decir que no. Al final la canciller tuvo que ceder y eso le ha costado dinero y poder. Creo que mi admirado Wolfgang Münchau, columnista del Financial Times, tiene toda la razón cuando afirma que el castigo recibido en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia no ha sido tanto por ceder ante la presión griega como por no haber comprendido desde el principio la magnitud del problema y no haber arbitrado una respuesta coherente en el medio y largo plazo. El euro ha tenido y tiene muchas ventajas para Alemania, pero también graves riesgos. Nada va a ser igual en el futuro, pero eso había que haberlo previsto y Merkel no lo hizo.

El gobierno británico, también desde un planteamiento sensato, ha manifestado su intención de no participar en el Plan de Rescate. Ellos no creyeron en el euro y no ven porqué desviar recursos propios para salvar a gobiernos irresponsables. Pero ¿han sido ellos un ejemplo de responsabilidad? ¿puede el país que acoge a la City dar la espalda a una situación de esta envergadura? Si la Reserva Federal norteamericana, el equivalente al banco central, se ha sumado al Plan y el propio presidente Obama se ha implicado hablando con dirigentes europeos irresponsables para forzar su cambio de actitud ¿cómo entender el desplante británico? De entrada se ha enviado el aviso a Londres de que si no ayudan no serán ayudados.

La Unión Europea es una realidad, para lo bueno y para lo malo. Lo que es inadmisible es que nuestros dirigentes no asuman las consecuencias de sus actos. No puede haber moneda común si no hay economía común. O volvemos a las monedas nacionales o avanzamos en el proceso de unificación. No hay espacio para la incoherencia.

 
De Florentino Portero (el 21/04/2010 a las 21:16:47, en España)
 

La diplomacia, como toda vieja disciplina, se organiza mediante prácticas contrastadas por el paso del tiempo. Esas “maneras”, en la aceptación característicamente anglosajona del término, no sólo permiten la resolución o gestión de problemas delicados, que pueden degenerar en tensiones mayores, sino que también sirven, cual scanner social, para distinguir a un patán de un caballero. Tantas ganas tenía el gobierno de Rodríguez Zapatero de normalizar las relaciones de España con Estados Unidos, tras el acceso de Barack Obama a la Casa Blanca, que filtró a la prensa gubernamental informaciones sobre actos que no estaban todavía “cerrados” o, peor aún, cometieron serias incorrecciones en la organización de encuentros. Puesto que el Departamento de Estado era el mismo con Bush que con Obama, aquellas meteduras de pata no hacían más que reforzar los prejuicios acumulados en los años anteriores, llovía sobre mojado. Para los nuevos altos cargos, en absoluto ignorantes de la historia reciente, era un aviso de la tropa con la que tendrían que lidiar. El malestar se tramitó por la vía correspondiente, pero no pareció tener demasiado efecto sobre quien sólo buscaba fotos y más fotos.

El ansiado encuentro galáctico entre los presidentes europeo y norteamericano en Madrid fue utilizado por los medios afines como ejemplo de la relevancia internacional de nuestro presidente y como tapadera de la desastrosa situación de nuestra economía. El encuentro, como todo sabemos, nunca se hizo realidad. Lo sorprendente es que nuestros dirigentes jugaron con la idea a pesar de que el Departamento de Estado les advirtiera con tiempo de lo que iba ocurrir. Me consta, por dos fuentes distintas, que un alto cargo del Departamento viajó a Madrid para advertir de la nueva posición de la Casa Blanca, pero no le creyeron. Debieron suponer que “iba de farol”, piensa el ladrón que todos son de su condición, así que optaron por filtrar que su presencia en la capital se debía al cierre de la agenda del encuentro.



Hoy leemos en El País que el vicepresidente Biden visitará Madrid a comienzos de mayo, junto con una referencia a los supuestos elogios que la sra. Clinton ha hecho por carta a nuestro ministro de Exteriores. Reza el dicho popular que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”, eso es porque no conocían a Moratinos, que puede hacerlo muchas más veces. A fuer de ser sincero no creo que sea un problema de torpeza o, si se prefiere, sólo de torpeza. Lo realmente grave es que nuestros dirigentes tienen tanta ansiedad, trabajan tan en el corto plazo, que les importa muy poco el efecto que en el medio y largo plazo puedan tener estos comportamientos, absolutamente contrarios a los usos y costumbres característicos de la diplomacia profesional. El Departamento de Estado no ha confirmado ese viaje y la información no ha gustado ¡Qué decir de una carta entre dos ministros de Exteriores, de la que se saca de contexto un comentario! No es casual que por ley la documentación diplomática esté sujeta al secreto durante un tiempo prolongado y que los funcionarios estén obligados a la reserva. Hasta los historiadores de la relaciones internacionales entendemos este ejercicio de discreción, a pesar de ser los mayores perjudicados.

Por mucho que la prensa gubernamental lo repita, ni las relaciones con Estados Unidos, ni el conjunto de nuestra política exterior pasan por un buen momento. Bien al contrario, desde que disfrutamos de un régimen de monarquía democrática nunca nuestra diplomacia había pasado por un bache tan profundo.

 
De Florentino Portero (el 14/04/2010 a las 13:48:06, en Terrorismo)
 

La diplomacia norteamericana se encuentra en plena campaña nuclear. Comenzaron publicando un nuevo documento de estrategia, continuaron con la firma de la renovación del Tratado START con Rusia, siguieron con la Cumbre de Washington sobre seguridad y estamos a la espera de la Conferencia de Renovación del Tratado de No proliferación Nuclear, prevista para el próximo mes. A ello me referí en mi columna del pasado lunes y quisiera volver al tema a la vista de lo ocurrido en Washington y de los muchos análisis publicados en la prensa internacional.

Se va consolidando un consenso sobre la nueva “Postura nuclear”, en torno a la idea de que es el resultado de un equilibrio interno entre “realistas” y “progresistas” sobre el papel del arma nuclear en la estrategia norteamericana. Los medios norteamericanos insisten en resaltar la cantidad de horas de trabajo y, sobre todo, de discusión que ha costado. Un tiempo que no se refleja en la calidad del texto, que es baja, pero que refleja bien la pluralidad de posiciones en el campo demócrata. Al final los más próximos a Obama tuvieron que ceder. La nueva estrategia no es tan nueva, es peor, pero no representa un cambio radical.

Sobre el nuevo Tratado START coincido, como en tantas otras ocasiones, con Richard Perle. El pasado día 13 publicaba un artículo en The Wall Street Journal señalando algo que, no por obvio, deja de ser fundamental. Durante la Guerra Fría los tratados de control de armamento entre Estados Unidos y la Unión Soviética eran claves para la seguridad mundial, porque ambos países reunían los mayores arsenales atómicos. Sin embargo eso ya no es así. Gracias a los acuerdos firmados tiempo atrás el número de cabezas nucleares se ha reducido drásticamente, al tiempo que otros actores ganaban peso específico en el club nuclear. El nuevo Tratado START implica que Estados Unidos condiciona el tamaño de su arsenal a una negociación de carácter bilateral con Rusia, heredera de la Unión Soviética, un rival que no una amenaza, en vez de hacerlo a un acuerdo multilateral con el resto de los miembros del club nuclear o, sencillamente , a partir de una evaluación interna sobre cuáles son sus necesidades. Este anacronismo responde a un intento de mejorar las relaciones con Rusia, de limitar sus tendencias nacionalistas y de tratar de acordar una acción concertada y eficaz para detener el programa nuclear iraní, pero no por ello deja de ser anacrónico y, por lo tanto, absurdo. Veremos qué ocurre en la tramitación del tratado en el Senado.



En democracia la política es un ejercicio permanente de comunicación y Obama de éso sabe. La Cumbre sobre seguridad nuclear ha sido importante por el solo hecho de hacer llegar a millones y millones de personas algo obvio, perfectamente conocido por los especialistas, pero ajeno al imaginario popular: que es muy probable que en un tiempo breve suframos un ataque con material nuclear por parte de un grupo yihadista. Nuestra seguridad no sólo depende del comportamiento de los estados. En un mundo globalizado las entidades no gubernamentales tienen un extraordinario poder en sus manos, tanto en el ámbito de la comunicación como del uso de la fuerza. Hay material nuclear disperso por universidades, centros de investigación y hospitales, que pueden caer con relativa facilidad en manos de terroristas. Si pueden disponer de un ingenio nuclear lo utilizarán. Si sólo consiguen material radiactivo lo adosarán a un explosivo convencional y lo harán estallar allí donde crean que pueden provocar un mayor impacto social, que es de lo que se trata.

Sin embargo, sería negativo que de esta conferencia saliera la idea de que terrorismo y proliferación son compartimentos estancos. Un estado puede ceder material radiactivo o una bomba nuclear a un grupo terrorista para que lo utilice en un lugar determinado y en pos de unos objetivos políticos precisos y compartidos. Si queremos evitar el terrorismo nuclear no sólo debemos proteger nuestros hospitales..., pero ese es el tema de Conferencia de Mayo en Naciones Unidas y tendremos tiempo de tratarlo.

 
De Florentino Portero (el 01/04/2010 a las 19:48:08, en Afganistán)
 

Era un clamor, uno de los pilares sobre los que descansaba la propaganda demócrata contra el presidente Bush: el centro de reclusión establecido en la base de Guantánamo era ilegal y suponía una ofensa para los valores norteamericanos. La anterior Administración se defendió como pudo, pero con la mayoría de las empresas de comunicación a la contra perdió la batalla. Hace año y medio que Obama es presidente y Guantánamo sigue siendo un centro de retención de terroristas a pesar de las promesas del hoy ocupante de la Casa Blanca, de sus críticas como laureado jurista por Harvard y de su compromiso con las demandas del ala más progresista de su propio partido.

Desde que la campaña antiBush quedó atrás y dejó de ser conveniente hablar todos los días de Guantánamo se ha producido otro interesante fenómeno: la gente ha cambiado de posición. Sin presión mediática y enfrentados a la realidad los norteamericanos son ahora contrarios al cierre de esta base. Según la cadena CNN, icono progre, el 60% de los norteamericanos quiere que Guantánamo se mantenga abierto, mientras que sólo el 39% desea su inmediato cierre. Resulta que los argumentos que barajó Bush tenían fundamento y que la experiencia vivida desde entonces no ha hecho más que darle la razón.

Cuando se estableció en la base de Guantánamo el centro de reclusión de terroristas se justificó por dos motivos. En primer lugar, no debía aplicárseles el código militar porque no eran militares y porque sería un insulto para los militares la equiparación. En segundo lugar, porque las pruebas de que se disponía tenían su origen en los servicios de inteligencia, por lo que si se hacían públicas podían poner en peligro tanto vidas como redes de información. Por todo ello el Gobierno aprobó un nuevo marco legal que establecía tribunales especiales que desde el ámbito militar irían juzgando a los detenidos.

Obama se comprometió a desmontar el tinglado y normalizar la situación de esta gente, pero no lo ha hecho porque Bush tenía razón. Más aún, está horrorizado con la idea de asumir la responsabilidad de liberar terroristas que a continuación puedan reincorporarse a la vida criminal. No nos olvidemos de que en mayo del año pasado el Pentágono reconoció que de los 534 prisioneros que habían sido liberados hasta entonces tenían constancia de que uno de cada siete había vuelto a asumir responsabilidades en el ámbito islamista. Para valorar correctamente este dato hay que tener en cuenta que el Pentágono hacía referencia a los casos de los que tenía información objetiva. Nadie dudaba de que la proporción era mayor. Estos datos han sido puestos al día por John Brennan, asesor del presidente Obama en materia de contraterrorismo. En documento escrito enviado al Congreso a principios de febrero Brennan reconocía que el 20% de los liberados de Guantánamo había vuelto al activismo islamista.

Más recientemente hemos encontrado en los medios de comunicación referencias al relevo en la cúpula dirigente de al Qaeda en Yemen, que habría sido ocupada por un antiguo recluso de Guántamo. En estos últimos días nos hemos enterado de que por casualidad las fuerzas de seguridad paquistaníes habían detenido en febrero al número dos de las milicias talibán, el hombre de máxima confianza del ya legendario mullah Omar, me refiero al mullah Abdul Ghani Baradar, que se encontraba en Karachi negociando secretamente con delegados del presidente Karzai. Omar ha movido ficha y ha nombrado en su lugar a dos personas con responsabilidades complementarias: Abdul Qayuum Zakir y el Mullah Akhtar Mohammad Mansoor. El primero será el nuevo jefe militar. El segundo, de algo más de cuarenta años y larga experiencia, actuará en el ámbito político. Lo que me interesa resaltar de esta noticia no es la falta de coordinación entre los servicios de inteligencia afganos y paquistaníes sino el hecho de que el nuevo jefe militar de las milicias talibán sea un antiguo preso de Guantánamo, donde estuvo hasta el año 2007, fecha en que fue trasladado a Afganistán como antesala de su liberación. Los servicios de inteligencia sabían de su peligrosidad, pero no había pruebas suficientes contra él. Perfecto, ejemplar… ya tenemos un nuevo, joven y saludable jefe militar de unas milicias que están derrotando a la Alianza Atlántica.

Abdul Qayuum Zakir no es el único caso de antiguo recluso en Guantánamo promocionado recientemente a altas responsabilidades en la estructura de poder talibán. También en fechas recientes hemos oído hablar de Abdul Hafiz, supuesto asesino del cooperante de Cruz Roja Ricardo Munguía, que tras ser liberado se reincorporó a las milicias y ha pasado, en esta última remodelación, a ocupar un puesto de dirección.

Lo curioso es que el haber permanecido recluidos en Guantánamo ha facilitado las carreras de ambos dirigentes. Un hecho que vemos repetido a lo ancho de la geografía política del islamismo. De Guantánamo no sólo se vuelve limpio, sano y en buena forma física, sino que además supone un destacado mérito en la carrera de un terrorista.

Estos datos ayudan a entender porqué los congresistas demócratas han dejado de clamar el cierre de Guantánamo y la liberación o envío a tribunales civiles de los allí acogidos. Estos datos deberían también ayudar a nuestros congresistas a volver a considerar la conveniencia de recibir en nuestro país a otros reclusos de las mismas características, que de aquí se fugarán sin la menor dificultad para reincorporarse a unas actividades de las que, queramos o no, seremos corresponsables.

 
 

Tanto repetimos que la Alianza Atlántica había dejado de ser una alianza, que sus miembros discrepaban sobre quién o qué les amenazaba, que ni había estrategia ni cosa que lo pareciese... que al final el Secretario General se vió en la obligación de iniciar un proceso de revisión estratégica. Los norteamericanos se manifestaron muy escépticos: sólo servirá para poner en evidencia el grado real de discrepancia, la falta de cohesión y sentido. Pero no había más remedio que afrontar la realidad.

Rasmussen pidió a Madeleine Albraight que presidiera un comité de sabios con el fin de proponer ideas frescas y originales para animar el debate y encauzar la discusión, rompiendo las inercias burocráticas que abocan a la inacción. La exsecretaria de Estado aceptó ilusionada... y engañada. Tras dar el confiado sí se encontró con que los sabios no serían elegidos por ella sino por los gobiernos, escogidos entre fieles burócratas. El enfado fue monumental, no dimitió, pero creó un subcomité de sabios reales que informaría, aunque no le escucharan, a los sabios fingidos pero leales a sus respectivos gobiernos.

Como era de imaginar el proceso de elaboración de la nueva estrategia está siendo un desastre o, si se prefiere, la constatación de que la Alianza Atlántica dejó hace tiempo de ser una alianza. No se desea prescindir de una organización que ha demostrado una extraordinaria utilidad, pero tampoco se quieren asumir los cambios necesarios para adaptarla a un entorno estratégico muy distinto al de la Guerra Fría. En realidad hemos vuelto a los debates de fines de los 90, cuando la misma señora Albright trataba de convencer a los europeos de que había que pasar de una entidad regional a otra global.



 

En este contexto cabe interpretar la conferencia que el secretario de Defensa norteamericano, Robert Gates, acaba de dar ante los sabios reales, los fingidos, consejeros, analistas, periodistas especializados, altos funcionarios... convocados en Washington. Como resumen podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que se le ha entendido todo. En una reflexión donde los problemas generales se entremezclan con la penosa experiencia afgana quisiera sólo subrayar algunas ideas sencillas pero fundamentales:

1.- La OTAN está en crisis, de la que sólo saldrá si se afrontan reformas estructurales.

2.- La opinión pública europea está en contra del uso de la fuerza, lo que hace inviable el funcionamiento normal de una alianza militar.

3.- La seguridad de la OTAN se juega fuera de sus fronteras, por lo que hay que concentrarse en fuerzas expedicionarias.

4.- Hace décadas que los aliados no gastan lo necesario, de ahí que carezcan de las capacidades precisas para las nuevas misiones.

Si los aliados no tienen claro quién les amenaza ni cómo combatirles, si no están dispuestos a gastar para disponer de las capacidades necesarias con las que actuar conjuntamente, si la opinión pública europea no respalda estas acciones... ¿de qué estamos hablando? Desde luego de una alianza no.

 
 

Ahora que se ha abierto la veda contra el presidente Rodríguez Zapatero, cuando, como el emperador del cuento, todos descubren que está desnudo, que sus explicaciones y gestos son ridículos, que sus actos son un ejercicio de irresponsabilidad que nos ha llevado a una situación crítica... me veo en la obligación de salir en su defensa. Muchos de los que, de una u otra manera, han venido dando a entender que estaba vestido, tratan ahora de librarse de su culpa cargando contra Zapatero. España no es una dictadura. En dos ocasiones 11 millones de españoles le han confiado la gestión de sus pensiones, de su sistema de salud, de la enseñanza de sus hijos. Empresarios y medios de comunicación le han reído las gracias. Si hemos llegado a este callejón sin salida no es sólo por culpa de Zapatero.

 El tema de la presencia de España en Afganistán vuelve a la actualidad por la nueva estrategia norteamericana, la Cumbre de Londres, el último ataque sufrido por nuestras tropas y el envío de una unidad legionaria. Sólo una nación de limitada tradición democrática puede tener allí un contingente de forma más absurda. Los españoles no sabemos para qué estamos e intuimos que la misión no responde a las necesidades de aquel teatro. Si esto nos está ocurriendo es porque nuestros parlamentarios no han forzado los debates necesarios para aclarar el sentido de la misión, porque nuestros jefes militares han mantenido un silencio cómplice y porque nuestros medios de comunicación han estado muy por debajo de lo que cabía esperar de ellos. En Afganistán hay una guerra y nosotros hablamos de "atentados terroristas" contra nuestras tropas. Cuando se ataca a un convoy militar con un explosivo oculto en la carretera se ha producido un acto de guerra. Sólo una sociedad cobarde esconde la cabeza y denuncia la agresión terrorista. Los talibán no son un grupo terrorista. Aunque practiquen el terrorismo cuando les interesa, son una guerrilla que ha declarado la guerra a una coalición internacional y además está ganando. El seguir con el soniquete de que estamos en una operación de paz dirigida a colaborar en la reconstrucción de Afganistán... es ridículo. No habrá reconstrucción sin victoria y no habrá victoria sin perseguir y derrotar al enemigo.

 Tenemos tres opciones y media.

1.- Podemos reconocer que hay una guerra, que nuestros intereses nacionales requieren que nuestros hombres colaboren en la derrota de los talibán y, consiguientemente, que el gobierno modifique el objetivo de la misión aumentando el contingente y entrando en combate.

2.- Podemos concluir que aunque nuestra participación en la guerra está justificada la estrategia fijada por Estados Unidos aboca a la derrota y optar por retirarnos.

3.- Podemos asumir que, aunque nuestra seguridad depende de lo que ocurra en Afganistán, no estamos dispuestos a entrar en una guerra con todo lo que ello implica, lo que llevaría a otra humillante repatriación de nuestras tropas.

4.- Podemos, por último, seguir engañándonos, manteniendo la ficción de que participamos en una operación de paz y que nuestros valerosos soldados sufren episódicos atentados terroristas. Una política absurda, que trata de salvar la cara de España ante sus aliados pero que nos lleva a poner en peligro la vida de nuestros soldados para nada.

Si no somos capaces de plantear un debate maduro sobre nuestro papel en Afganistán no será por culpa de Rodríguez Zapatero. Él ha hecho lo que estaba en su mano, como en tantos otros temas, para que España se comporte de forma irresponsable y ridícula. Pero sólo con la complicidad de la oposición, de los medios, de los altos mandos militares y de la sociedad en su conjunto la ficción se ha podido mantener en pie durante tanto tiempo.

 
De Florentino Portero (el 26/01/2010 a las 12:24:08, en Af-Pak)
 

Formidable, sencillamente formidable el reportaje de Der Spiegel sobre la Cumbre de Londres y el futuro de la Guerra de Afganistán. Si a usted, querido lector, le interesa la política internacional no deje de leerlo. Sólo quiero llamar la atención sobre un par de ideas que vienen a completar mi columna en la edición normal del periódico.

Obama no ha sido capaz de explicar cuál es la estrategia de Estados Unidos en Afganistán, por la sencilla razón de que es tan inconsistente como impopular entre sus propios votantes. Cuando pronunció su discurso en la Academia de West Point los aliados de la OTAN comentaron que quedaban a la espera de conocer más en detalle sus ideas para estudiar cambios en la operación conjunta. El embajador especial de Obama en la región, Richard Holbrooke, acaba de declarar en Abu Dhabi que no se va a Londres a discutir una estrategia sino a acordar su aplicación ¡Eso es finura diplomática! Si esto hubiera ocurrido en los días de Bush los medios de comunicación estarían bramando contra la arrogancia norteamericana, pero como quien habita la Casa Blanca es el amigo Obama, icono progre por antonomasia, toca silenciar el tema. Pero se hable o no de ello estamos ante un nuevo ejemplo del estado en el que se encuentran las relaciones trasatlánticas, precisamente cuando se está discutiendo la nueva estrategia de la Alianza Atlántica. Obama no discute con sus aliados temas estratégicos. Cuando los convoca es para estudiar su aplicación. Menos mal que las relaciones entre Estados Unidos y Europa han mejorado con Obama. No quiero ni pensar cómo estarían si hubieran empeorado.

La segunda parte del reportaje gira en torno a las generalizadas críticas sobre la "cobardía" de las tropas alemanas por parte de británicos y norteamericanos ¿Se imagina usted lo que dicen de las españolas? Los autores reconocen que las órdenes son evitar el combate y lo explican por el peso de la historia de dos guerras mundiales, por la falta de confianza en la solución de la crisis y por las bajas civiles provocadas. Comprenden que los norteamericanos se estén desplegando en la zona que se había asignado a Alemania ante su incompetencia para contener a las fuerzas talibán pero, en un formidable ejemplo de la decadencia europea, reconocen que la sociedad alemana no está dispuesta a asumir sus responsabilidades internacionales.

Si alguien tiene alguna duda de hasta qué punto la Alianza Atlántica es un cadáver y de que la Guerra de Afganistán está perdida por la falta de disposición de los aliados a hacer los sacrificios necesarios no dude en leer este formidable y revelador reportaje.

 
De Florentino Portero (el 24/01/2010 a las 23:04:23, en Estados Unidos)
 

En el último post referido a la sorprendente elección senatorial en el estado de Massachusetts apuntaba que la política exterior había contado en el resultado final, aún jugando un papel menor que la reforma sanitaria y la política económica. Desde entonces he tenido la oportunidad de leer muchos comentarios en la prensa norteamericana que insistían en la importancia de los problemas internos, lo que me hacía pensar que quizás me había excedido en mi análisis.

 



 

Sin embargo, la más antigua de las revistas conservadoras de aquel país, National Review, ha publicado una reveladora entrevista con el jefe de campaña del senador electo Brown. Eric Fehrnstrom, que así se llama el estratega en cuestión, afirma que según sus sondeos el elemento clave fue el terrorismo y el debate sobre el trato a los detenidos. Si no estoy equivocado se trata del mismo Eric Fehrnstrom que actuó como jefe de prensa de Mitt Romney durante su mandato de gobernador y también en las primarias republicanas que estuvo a punto de ganar.

 



 

Reconozco que me cuesta creer que los temas de seguridad nacional hayan tenido tan marcado protagonismo en uno de los estados más "progresistas" de la Unión, pero si Fehrnstrom lo afirma será por algo. Intentando ponerme en la piel del electorado creo que no me equivoco al afirmar lo siguiente.

El fallido intento de hacer explotar un avión con destino a Detroit el día de Navidad puso en evidencia serios fallos en el control de seguridad de los aeropuertos, a pesar de las incomodidades a las que son sometidos los pasajeros, y en la gestión de la información por parte de la Comunidad de Inteligencia, porque el terrorista en cuestión había sido denunciado hasta por su propio padre. La amenaza yihadista es una realidad, que no siempre ha sido valorada correctamente por los portavoces de la izquierda demócrata.

El presidente Obama no ha sido capaz de resolver la cuestión de Guantánamo. Con posterioridad a la elección en Massachusetts la comisión encargada de resolver el futuro de los prisioneros ha concluido que 50 de los detenidos ni puede ser liberado ni llevado ante un tribunal civil. No tienen dudas de su responsabilidad en acciones terroristas, pero no pueden ser presentados ante un juez porque la información sobre ellos es confidencial. Un año después del triunfo demócrata resulta que Bush tenía razón. Obama actuó demagógicamente y a la postre algunos de los liberados están hoy en Yemen detrás del joven nigeriano que trató de hacer estallar el citado vuelo y de otras muchas acciones terroristas. Durante este último año la seguridad no ha mejorado mientras que el discurso público se ha hecho más ambiguo y políticamente correcto.

La apertura hacia los islamistas, en su famoso discurso en El Cairo, no ha servido para desatascar el supuesto proceso de paz en Oriente Medio, ni ha detenido el programa nuclear iraní, ni ha supuesto cambio positivo alguno en el mundo radical.

Tras un año en la Casa Blanca el presidente Obama ha sido incapaz de aprobar una nueva estrategia en Afganistán y explicarla a la población.

Todos estos elementos juntos han creado un cierto estado de opinión que apunta a que Obama no es el Comandante en Jefe que cabía esperar y que Estados Unidos no ha mejorado su seguridad sino todo lo contrario. Si Fehrnstrom tiene razón los republicanos se están encontrando con un programa electoral hecho. Algo que, posiblemente, no se merecen.

 
De Florentino Portero (el 20/01/2010 a las 20:47:03, en Estados Unidos)
La reciente elección para cubrir la plaza dejada por Edward Kennedy en el Senado de Estados Unidos no sólo ha supuesto una sorpresa para todo el mundo, sobre todo ha representado un serio aviso para la Casa Blanca. Es cierto que la candidata demócrata trabajó menos y demostró una limitada capacidad política, pero sería un error pensar que el resultado final de esta campaña se ha debido a factores personales o locales y ello por varias razones.

Los sondeos de opinión vienen mostrando cómo a lo largo de 2009 el presidente Obama ha perdido la confianza de la mayoría de los votantes. Estos le suspenden en todas las políticas clave, aunque siguen considerándole como un hombre capaz que puede rectificar y liderar la nación con criterio y solvencia. Los norteamericanos no creen que la política económica seguida haya sido la acertada, ven con preocupación que el desempleo no reimita al tiempo que se alarman ante el crecimiento de la deuda. La reforma del sistema de salud, todavía en trámite, no acaba de convencer a quienes estaban conformes con los servicios recibidos y ven con preocupación el coste que para empresas y particulares pueda tener. A fecha de hoy seguimos sin conocer cuál es la nueva estrategia en Afganistán, en el caso de que exista. Lo que sí es evidente y molesta a muchos es oír las demandas pacifistas y derrotistas de líderes próximos a Obama. De las promesas realizadas en política exterior -Oriente Medio, Irán, Corea del Norte, relaciones con China y Rusia- sólo queda la prueba de un estruendoso fracaso.

Lo ocurrido en Massachusetts, reino de la progresía más obamita, vino precedido por las elecciones en Virginia y New Jersey para cubrir el puesto de gobernador. En ambos casos un republicano se hizo con el cargo. El primer estado es tradicionalmente conservador, mientras que el segundo tiende a votar demócrata. Lo trascendental es que los republicanos ganaron en condados o áreas progresistas, en cotos obamitas. Una prueba de que algo importante estaba ocurriendo, confirmando lo que los sondeos venían adelantando.

Mr. Brown, nuevo senador por Massachusetts, planteó un discurso centrado en los grandes temas de la política de la Casa Blanca. Literalmente levantó bandera republicana contra la política auspiciada por el presidente y ha ganado allí donde los progresistas son más fuertes. Como están comentando los analistas norteamericanos en estos momentos, si los republicanos pueden ganar en Massachusetts en una campaña en la que Obama se ha empleado a fondo es que pueden ganar en cualquier parte.

Las elecciones del mes de noviembre -renovación total de la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado- ganan interés por momentos. Obama tiene tiempo para rectificar, pero si no lo hace o no logra convencer a sus electores podemos encontrarnos ante un escenario que parecía imposible hace sólo unas semanas. El Partido Republicano esta descabezado. Tardará tiempo en dotarse de un nuevo programa y de un liderazgo creíble, pero los errores monumentales de Obama le han colocado en una posición cómoda. Allí donde los republicanos presentan candidatos atractivos que plantean abiertamente un programa crítico con el Presidente tienen opciones de victoria. La conquista del Capitolio es posible.

 
De Florentino Portero (el 14/01/2010 a las 22:50:55, en España)
 

Esta mañana he tenido la oportunidad de conocer personalmente a Mr. Solomont, el nuevo embajador de Estados Unidos en Madrid. Junto con representantes de distintos medios de comunicación he podido disfrutar de una hora de distendida charla en la que se han tocado buena parte de los temas más característicos de las relaciones hispano-norteamericanas. Mi primera impresión sobre el nuevo embajador es positiva. Hombre inteligente, con mucha experiencia política y buena formación intelectual. Hereda un puesto que ha gozado en los últimos años de gran capacidad de comunicación y credibilidad. Su predecesor supo hacerse un hueco y ganarse el respeto del mundillo político y mediático madrileño. No dudo de que Mr. Solomont sabrá mantener o mejorar el prestigio de esa embajada.

 



 

Alan D. Solomont es un representante de los liberals bostonianos. Como tal se inclina a pensar que el antinorteamericanismo europeo, y particularmente el español, es la consecuencia del unilateralismo y de la tendencia al uso de la fuerza de los gobiernos norteamericanos. No es cierto y tendrá oportunidad de comprobarlo. Los franceses, por poner un ejemplo, son tan unilateralistas como los norteamericanos y no tienen mayores reparos que estos en hacer uso de la fuerza cuando toca. Las raíces del antinorteamericanismo son más profundas y no conviene confundir los argumentos justificatorios con las razones reales.

El mundo está lleno de paradojas. Durante la segunda Administración Bush, al tiempo que las relaciones personales entre el presidente norteamericano y el español pasaban por el peor momento desde los días de la Transición, la embajada trataba de tender puentes con una ingenuidad admirable. Daba la impresión de que les costaba creer que el gobierno de Rodríguez Zapatero pudiera comportarse en la escena internacional con tanta frivolidad y radicalismo. La llegada de Obama a la Casa Blanca despertó en nuestros dirigentes socialistas infundadas esperanzas. Sin embargo, para entonces las ilusiones de la diplomacia norteamericana se habían desvanecido y la firmaza se fue imponiendo. Si Zapatero, Moratinos o Chacón querían hacerse fotografías con sus equivalentes norteamericanos tenían que demostrar que eran los representantes de un estado amigo.

Por razones difíciles de entender nuestros dirigentes creyeron que un progre norteamericano era lo mismo que uno español. Coincidencias las hay, pero dentro de un orden. Javier Solana o José María Maravall, por poner dos ejemplos de socialistas bien conocidos, son intercambiables con liberals bostonianos. Para cualquiera de los dos estar en Harvard es como llegar a casa. Pero Zapatero, Blanco, Pajín ... representan otro mundo separado por abismos de clase y cultura. Su desconocimiento de la realidad norteamericana es sólo comparable al tamaño de sus prejuicios y ése es un muro que va a continuar determinando las relaciones entre ambos países.

Solomont no debería hacerse muchas ilusiones sobre la mejoría de las relaciones bilaterales. Zapatero va a necesitar cada vez más el apoyo de los sectores más radicales del electorado español y eso es incompatible con las acciones que Washington espera de Madrid. Pero donde hay mucho trabajo por hacer es en las relaciones entre ambos pueblos. Solomont tiene condiciones para entenderse muy bien con las elites políticas y económicas españolas así como con los medios de comunicación. No sé en qué medida será capaz de dirigirse a sectores más populares, sobre todo si habla sólo en inglés. En mi opinión la diplomacia norteamericana debería actuar en España con perspectiva de medio y largo plazo y centrarse en valores, ideales y cultura. Sólo así encontrará terreno para desarrollar vínculos más estrechos y firmes.

Buena suerte embajador, porque la va a necesitar.

 
De Florentino Portero (el 02/01/2010 a las 19:19:50, en Af-Pak)
 

Dos atentados han marcado la llegada del nuevo año en las estribaciones del Indokush. Un soldado afgano se ha inmolado matando a ocho norteamericanos, siete de ellos agentes de la CIA. Un desconocido ha seguido el mismo camino en Pakistán, en la zona fronteriza con Afganistán. Aprovechó la concentración humana en torno a un partido de voleivol para llevarse por delante la vida de 93 personas, por ahora. Dos hechos terribles que responden a un mismo plan.

Quien tenía que exponer su vida para defender el proceso político y arruinar cualquier esperanza talibán de devolver Afganistán a la condición de Emirato islamista, de laboratorio donde experimentar el futuro Califato radical, era en realidad un infiltrado que esperó el momento oportuno para hacer más daño. Si el objetivo primero es echar a los extranjeros para después, cual pieza de dominó, derribar al frágil gobierno de Karzai, la muerte de ocho norteamericanos es otro empujón para que Obama no dude en abandonar lo antes posible aquellas magníficas e inhóspitas montañas.

Los pastunes ya conocen la fecha de salida de las fuerzas occidentales. El presidente norteamericano la ha publicado para satisfacción de muchos de sus electores y, sobre todo, de las huestes islamistas. Ya saben que han ganado. Ahora se preparan para el segundo envite: la desestabilización de Pakistán. El gobierno de Islamabad lanzó una importante ofensiva contra los radicales en el valle de Swat y en Waziristán del Sur, convencido de que ya no era posible la convivencia, que su islamismo suponía no sólo un problema para Afganistán sino también para su propia seguridad. El atentado terrorista en el pueblo de Shah Hassan Khel, en el distrito de Laki Marwat, es otro ejemplo de que están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. Según publica The New York Times la elección de este enclave se debió a la actitud progubernamental de sus autoridades. Los talibán no han dudado, y no dudarán en el futuro, en eliminar cualquier resistencia interna a su hegemonía. Vencieron a los británicos y a los rusos. Saborean la derrota norteamericana y están convencidos de que podrán imponerse al gobierno "corrupto" de Islamabad.

El frente es ya común a ambos estados y tanto en uno como en otro la presencia de islamistas en las Fuerzas Armadas es una realidad. No es un problema nuevo. En países musulmanes próximos a nosotros como Argelia, Túnez o Marruecos ha habido serios problemas de infiltración radical que han sido resueltos de forma expeditiva. La débil democracia paquistaní va a vivir una década muy difícil y todos nos jugamos mucho -Estados Unidos, Europa, India y China- en este conflicto civil y cultural.

En Iraq al-Qaeda estuvo a punto de lograr la victoria gracias a congresistas como el actual presidente norteamericano. Pero Bush se mantuvo firme y venció en el Capitolio y en Mesopotamia. Ahora los radicales tienen su gran oportunidad con una mayoría en el Congreso dispuesta a abandonar.

 
De Florentino Portero (el 18/12/2009 a las 19:38:20, en España)


En una carrera sin sentido los responsables de las diplomacias española y marroquí se han disputado el premio al más incompetente. El resultado, a falta de la photo finish, apunta a tablas. El español ni supo frenar a tiempo el problema ni gestionarlo cuando ya lo tenía en casa. El marroquí se ha empeñado en demostrar al mundo que Marruecos es una dictadura donde la arbitrariedad y el abuso son la norma. Uno y otro han puesto en peligro el trabajo urdido a lo largo de los años por la diplomacia francesa, hasta el punto de obligar al presidente galo a tomar las riendas de la situación para salvar lo salvable de los intereses nacionales en juego.

Para el Quai d’Orsay las relaciones con el Mundo Árabe y, en especial, con aquellos países que estuvieron bajo su administración es un tema preferencial. Marruecos fue protectorado francés, es vecino, son muchas e importantes las inversiones que allí han hecho sus empresas y es una de las claves del control del Estrecho, junto con España, el Reino Unido y Estados Unidos. Francia no ha tenido relaciones ni intereses con el pueblo saharaui y nunca ha hecho de la defensa de su causa nacional un punto en su agenda para Magreb. En el siempre delicado equilibrio entre Marruecos y Argelia el gobierno galo siempre apostó por la anexión del Sáhara, convencido de que no habría otra salida tras los Acuerdos de Madrid, por los que la España Franquista cedía la administración del proceso de descolonización del Sáhara al rey Hassan II. La diplomacia francesa ha sido en todo momento la valedora de los intereses marroquíes en Bruselas y quien más ha hecho para que la anexión acabe siendo aceptada por el Consejo de Seguridad.

La defensa de los derechos marroquíes ha sido uno de los objetivos principales de la embajada Francesa en Madrid durante años. Felipe González había hecho de la reivindicación saharaui una de sus banderas en los días en que se encontraba en la oposición, pero ya en el gobierno empezó a valorar otros aspectos del caso. Ni estaba claro que pudiera doblegar la voluntad de Hassán II, ni siquiera soportar el pulso que éste le pudiera plantear en la densa y compleja agenda bilateral. Además, el objetivo principal de la diplomacia española era en aquel momento encontrar su sitio en la Europa unida. Con esa intención González había buscado una estrecha relación con Francia y Alemania. Giscard había dejado el Palacio del Elíseo y Mitterand se mostraba sensible a la demanda española de colaboración contra el terrorismo etarra y a facilitar primero el ingreso en la Comunidad y luego un acomodo apropiado para un país del tamaño y la historia de España. París era clave y el Sáhara un estorbo. La diplomacia francesa trabajó con inteligencia y constancia para hacer ver esta realidad, hasta conseguirlo. Algún periodista perdió su puesto en la redacción por no querer ver dónde estaban los nuevos intereses de la izquierda española. Con cinismo más de una empresa de comunicación dio cobertura a la operación socialista de abandonar la causa saharaui sin reconocerlo, para tratar así de retener el voto de sectores de la izquierda poco dispuestos a este tipo de piruetas.

Todo este tinglado es lo que han puesto en peligro los jefes de las diplomacias marroquí y española con su incompetente forma de gestionar el caso Haidar. De ahí que Sarkozi se haya visto impelido a forzar un acuerdo y desplegar una operación de cobertura que salve los muebles de la quema. La diplomacia francesa trata de poner en positivo el discurso tradicional marroquí. La novedad es sólo un adjetivo. Hemos pasado de la oferta de una autonomía para los saharauis a una “gran” autonomía. Pero es lo mismo. Marruecos continúa siendo una dictadura, por lo que la autonomía, grande o chica, no será más que un escenario donde se represente la obra de siempre. La cuestión capital, el ejercicio del derecho de autodeterminación al que se refiere el acuerdo del Congreso de los Diputados, es algo bien distinto a lo que apunta el presidente francés. Que Rodríguez Zapatero sigue dispuesto a ceder lo que se le pida es algo de lo que no tengo duda, pero ahora lo tiene más difícil. Para salvar la cara se ha comprometido en sede parlamentaria a defender el derecho de los saharauis a decidir su propio futuro. Se juega una bolsa importante de votos de izquierda, esos que le han dado la victoria en dos ocasiones, en un momento de precariedad política.
 
De Florentino Portero (el 10/12/2009 a las 18:24:40, en España)


Tres hechos recientes han puesto en evidencia las dificultades que sufrimos en nuestra frontera sur: la expulsión de la sra. Haidar de Marruecos hacia España, las tensiones con la administración gibraltareña por las labores de la Guardia Civil en la Bahía de Algeciras y, por último, el secuestro de tres cooperantes en Mauritania por un comando de al-Qaeda. Son casos distintos con características propias, pero todos tienen en común que el gobierno de Rodríguez Zapatero o el Partido Socialista ha realizado cambios significativos en la política tradicional, con resultados muy discutibles.

 Zapatero dio un giro a nuestras relaciones marroquíes cediendo en la cuestión saharaui. España pasó de exigir el cumplimiento del derecho de autodeterminación del pueblo saharaui a apoyar la idea de resolver el viejo litigio mediante la concesión de un vago derecho autonómico. De este modo se trataba de ganar la comprensión de Rabat en la resolución de temas tan delicados como el narcotráfico, la inmigración ilegal, la lucha contra el terrorismo islamista; establecer un entendimiento que permitiera gestionar de común acuerdo el futuro de Ceuta y Melilla; y, por último, salvar el enfrentamiento con Francia –defensora de los intereses marroquíes- en el marco de la Unión Europea.

En el caso gibraltareño se dejaron atrás, de hecho, reivindicaciones seculares mientras que se aceptaban, a cambio de nada, las que venían manteniendo las autoridades gibraltareñas. Todo un regalo para la diplomacia británica, que veía atónita como desaparecía uno de sus más antiguos e incómodos pleitos. Es verdad, como se nos repite y yo he reconocido en este mismo blog, que la anterior estrategia había fracasado. Pero eso no justifica un salto en el vacío, donde el voluntarismo desplaza a la legítima defensa de los intereses nacionales.

Desde el “Comando Dixán” hasta la llegada de Pérez Rubalcaba al Ministerio del Interior los socialistas han minusvalorado la amenaza yihadista, considerándola un argumento conservador para justificar acciones innecesarias y perjudiciales. El atentado del 11-M fue presentado como una represalia por la política española en Iraq, responsabilizando así a José María Aznar por lo ocurrido. El actual ministro del Interior ha tenido la habilidad de cambiar el discurso de forma progresiva, haciendo olvidar anteriores posiciones hoy difícilmente defendibles. Una pirueta facilitada por una oposición, por decir algo, más preocupada por no tocar temas incómodos que por realizar el trabajo por el que el contribuyente le paga. La Alianza de las Civilizaciones, el programa más ambicioso de nuestra diplomacia, ha sido un ejercicio de claudicación frente a los radicales. No podía ser de otra manera si recordamos que es la continuidad del Diálogo de Civilizaciones promovido por los ayatolás iraníes y que el socio no es otro que el actual gobierno turco, cuyo mayor logro ha sido convertir Turquía en un estado crecientemente islamista. Esta falta de conciencia sobre lo que el yihadismo y el islamismo suponen para nuestra seguridad está detrás del comportamiento irresponsable de individuos y organizaciones que viajan por territorios de alto riesgo sin adoptar las mínimas medidas de que la situación requiere.

El gobierno de Rodríguez Zapatero cedió ante Marruecos, cedió ante los llanitos y cedió ante el islamismo y todo ello a cambio de nada. Lo que este gobierno no parece entender es que las estrategias de pacificación, las cesiones humillantes ante la presión del contrario, no satisfacen ambiciones ilegítimas sino que las alientan. La historia está llena de ejemplos de cómo la debilidad de un actor aviva las pasiones de los vecinos. Hoy Marruecos nos trata con desprecio enviándonos a sus expatriados y amenazándonos con abrir el grifo de la inmigración ilegal o del narcotráfico si presionamos a favor de la sra. Haidar; las autoridades gibraltareñas dificultan impunemente el trabajo de la Guardia Civil contra el narcotráfico y no sólo no ceden sino que avanzan en su objetivo de convertirse, de hecho, en un estado soberano; los dirigentes de al Qaeda no sólo ven a España como una nación occidental más, somos a sus ojos singulares por haber sido sede califal, por la “corrupción” de nuestras costumbres morales –imagínese lo que un yihadista haría con Zerolo & Cía.-, y por nuestra proclamada a los cuatro vientos disposición a ceder a cualquier presión que provenga de tierras del Islam.

Rodríguez Zapatero ha conseguido cambiar en profundidad la política exterior que había heredado de su predecesor en el cargo, pero en el camino se ha dejado tanto los intereses nacionales como la autoridad que con esfuerzo habíamos acumulado desde los años de la Transición hasta nuestros días. No ha conseguido más que romper con el legado Aznar, que para él puede no ser poco, pero ¡a qué precio!
 
De Florentino Portero (el 21/11/2009 a las 18:22:02, en Unión Europea)
 

Lo han logrado. Nuestros dirigentes europeos han conseguido un rápido acuerdo, a pesar de los augurios pesimistas que presagiaban largas y tensas reuniones para elegir al Presidente y a la Alta Representante de la Unión. También han alcanzado un objetivo nada fácil: que los medios de comunicación europeos y del más allá coincidan en que los elegidos tienen en común su insignificancia política ¿Es ésta la mejor forma de comenzar a aplicar el tan ansiado Tratado de Lisboa? ¿Responden los nombramientos a las esperanzas alimentadas durante años por nuestros gobernantes?



“Hay que ser razonables. Son posibles y deseables algunas acciones comunes. Se cometió el error de dejar pensar que la diplomacia común podría suplantar a las distintas diplomacias nacionales. No se pueden cambiar mil años de historia firmando éste o aquel papel. Es completamente absurdo pensar en una diplomacia común de los 27 Estados miembros de la UE. Jamás se ha conseguido definir el núcleo duro de la diplomacia común. La Unión es una confederación de Estados nacionales”.

¿Sabe quién es el autor de esas palabras? ¿Margaret Thatcher? ¿Algún euroescéptico de formación anglosajona? ¿Un fanático neoconservador?... Pues no. Si el amable lector echa una vista a la Hemeroteca de ABC encontrará en el número de 16 de septiembre de 2007 una entrevista de Juan Pedro Quiñonero, corresponsal en París, a Hubert Védrine, quien fuera consejero del presidente Mitterrand y posteriormente ministro de Asuntos Exteriores. Parece obvio que era y es socialista. Además, en mi opinión, goza del prestigio de ser uno de los tratadistas sobre relaciones internacionales más capaces e inteligentes de Europa. Hoy continúa asesorando al presidente francés, que no es socialista sino conservador, lo que no le ha obligado a cambiar de referentes ideológicos. En la vecina Francia las “políticas de estado” no son un instrumento para callar a la oposición sino una realidad cotidiana.

¿Tienen sentido esas palabras en el marco del Tratado de Lisboa? De lo que no hay duda es de que nos ayudan, y mucho, a entender el “sorprendente” nombramiento de los nuevos presidente y alta representante de la Unión. Quisiera apuntar tres ideas para la discusión.

Pocos son los dirigentes europeos dispuestos a asumir un cargo tan frustrante -sólo Blair se postulaba entre los dignatarios de cierta talla- pues lo que caracteriza a la Unión es la diversidad, los acuerdos se toman siguiendo la ley del mínimo común denominador y raro es el tema importante capaz de aunar posiciones. El presidente está llamado a negociar consensos mientras la alta representante tiene que renunciar de entrada a una política exterior común en beneficio de la acción particular de los grandes.

Ni Francia ni el Reino Unido quieren ver figuras de peso en Bruselas que dificulten la aplicación de sus estrategias internacionales. Alemania no quiere aparentar exceso de ambición y se reserva para lo que realmente le interesa: el Banco Central Europeo. El precio del dinero afecta mucho más a los intereses alemanes que unos puestos de relumbrón sin demasiado contenido. El poder real está en el Consejo de Seguridad, en las capacidades militares y en la disuasión nuclear. La Unión carece de los tres mientras Francia y Reino Unido los cuidan con el cariño de quien sabe el valor de lo que se posee.

La convergencia europea es un proceso histórico de enorme importancia que, con sus muchos inconvenientes, ha hecho mucho más bien que mal a nuestras sociedades. Sin embargo, como apunta Védrine, no se puede desmontar el resultado de siglos de historia particular de un día para otro. No sé si los estados –nación sobrevivirán o no en Europa, de lo que no tengo duda es de que una Europa postnacional requerirá mucho tiempo o será la consecuencia de tener que enfrentarse a problemas de enorme envergadura que hoy están lejos de nuestro conocimiento.

El europeísmo es un discurso, pero no siempre una realidad. El Tratado de Lisboa era una necesidad, la última de las consecuencias del derribo del Muro de Berlín y del intento de disolver una gran Alemania dentro de una Europa más unida y, por lo tanto, con una dimensión política. Ése fue el acuerdo entre Mitterrand y Köhl, del que Védrine sabe mucho, pero el hecho de que Francia se viera obligada a hacer grandes concesiones en aquel momento no debería entenderse como que está dispuesta a dejar de ser ella misma. No todas las naciones europeas se encuentran incómodas con su identidad e historia. No todas ven en el suicidio una liberación.

 
De Florentino Portero (el 14/11/2009 a las 21:52:40, en Estados Unidos)
Tras algo más de una semana dando tumbos por la geografía nacional participando en cursos y seminarios me reincorporo a la rutina cotidiana y vuelvo a atender mi blog como debo y quiero. “Leo”, un amable lector, me hace unas preguntas concretas que coinciden en lo esencial con las que recibo allí donde me toca hablar de política norteamericana.

¿No ha sido fundamental para la imagen de los Estados Unidos, muy deteriorada con la Administración Bush, este nuevo aire? ¿Se desvanecerá el efecto igual que vino? ¿Cuál es el grado de confianza de las distintas naciones en el Presidente Obama, y cuál el grado de cinismo siguiéndole su «soft power»?

No hay duda de que la imagen de Estados Unidos se deterioró seriamente durante la Administración de George W. Bush y de ello queda constancia en los sondeos que periódicamente se vienen haciendo, como el ya clásico promovido por el German Marshall Fund. Otra cosa es establecer quién es el responsable. Bush lo es de sus actos, no de la línea editorial del New York Times, de Le Monde o de El País, o de las declaraciones de políticos de aquí y de allá. Todos son responsables de la imagen de la potencia americana. Tras el 11-S Estados Unidos revisó su estrategia oficial, lo que desencadenó una lluvia de críticas desde la izquierda y desde sectores de la derecha bienpensante. No hay duda de que contra Bush vivían mejor, pero ahora ya no está y no resulta tan fácil enfrentarse a la realidad tal cual es y encontrar la respuesta adecuada a los problemas que tenemos ante nosotros.



Con Obama la imagen de EE.UU ha mejorado considerablemente, al tiempo que el prestigio del Presidente ha caído en picado entre las elites gobernantes. Obama no sólo no ha cumplido sus promesas en los grandes temas de política internacional, para escarnio de quienes cometieron el error de confiar en él, sobre todo ha sido incapaz de ofrecer una alternativa. Lo que caracteriza a EE.UU. hoy en política internacional es que carece de una estrategia nacional, lo que explica su indecisión sobre qué hacer en Afganistán, su ridículo ante Rusia o su contradictoria posición en Oriente Medio. Como europeo estoy contento de que ésta marcada falta de liderazgo haya llevado a algunos de nuestros dirigentes, con Sarkozy a la cabeza, a criticar en privado al presidente norteamericano y a movilizarse en pos de una Europa más autónoma dispuesta a resolver sus propios problemas. Soy en extremo escéptico sobre sus posibilidades de éxito, pero no por ello dejo de reconocer el gesto y la visión.

Los europeos quieren vivir felices y están dispuestos a ignorar la realidad todo el tiempo que sea posible. Esa, y no otra, es la razón de su simpatía por Obama. El actual presidente ha renegado de la tradición diplomática norteamericana desde Truman a Bush jr., con la sola excepción de los primeros años tontos de Carter. Para quien quiere dar la espalda a los asuntos de este mundo un Estados Unidos aislacionista es la mejor de todas las posibilidades… hasta que sea necesario recurrir a Washington-Mamá para que nos saque del atolladero ¿Recuerdan el humillante ruego a Clinton para que pusiera orden en los Balcanes? Obama será popular mientras mantenga el mismo tono aislacionista y pacifista y no sintamos necesidad de protección. Entonces haremos de él, como antes de Carter, un personaje de comedia. El agradecimiento no es algo que caracterice a los europeos en su relación con Estados Unidos.

Las elites gobernantes de las potencias no occidentales perciben un liderazgo débil y se disponen a aprovecharlo en la medida de sus posibilidades e intereses. Lo más llamativo, por escandaloso, ha sido el desdén con el que Rusia le ha tratado, no concediendo ninguna compensación a la retirada unilateral del escudo antimisiles en Europa, proyecto reemplazado por otro de menor envergadura. Mientras escribo estas líneas la Red está hirviendo de comentarios sobre su visita a China, su discurso conciliador hasta rozar la humillación y la dependencia económica por las ingentes reservas en dólares de la gran potencia asiática. Lo que Obama y buena parte de la opinión norteamericana, crecida en el cristianismo evangélico, no entienden es que estos ejercicios de humildad y mea culpa despiertan desprecio entre los que sólo creen en el poder, como es el caso de los dirigentes chinos o rusos.

 
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