El estar físicamente en San Sebastián, aunque virtual y espiritualmente sigo conectado al fibabc noche y día, me ha hecho retrasarme un poco con este post. Pero como algunos pedís que comente cortos interesantes, allá vamos con unos cuantos de los que he visto en estos días. A la cabeza me viene “Zumo de limón”, de Jorge Muriel y Miguel Romero, un corto de esos que parecen pequeños y luego son inmensos gracias a los tesoros que encierran. En este caso, destaca la actuación de sus actrices, en particular de Selica Torcal. ¿Quién diría después de ver este corto que fue ella quien puso voz a “Heidi” y a la Cerdita Peggy de “Barrio Sésamo”?

La actriz Selica Torcal en ''Zumo de Limón"
Otro trabajo digno de elogio es “El cortejo”, de Marina Seresesky. Sus características son parecidas al anterior, pues es una historia pequeña que conmueve por su sencillez y por la bondad del plantel de actores, encabezados por Mariano Llorente y Elena Irureta. Ambos son cortos que a la chita callando se pueden meter en la carrera de aspirantes a premio.
“El tango del Cóndor”, de Juan Raigada Fernández, una crónica sórdida sobre las cloacas dictatoriales, también está interpretado de manera soberbia por Nelson Landrieu y Tamara Levinson. Este corto, con factura de largo y ritmo desasosegante, no gustará a todos, pero hay que reconocer la brillantez del resultado final.
Excelente técnicamente es “Viejos perdedores”, de Rubén Ordieres. Interpretado por Chicho Castillo, Carlos Álvarez-Nóvoa, Silvia Casanova, Jero García y Alfonso Vallejo, “Viejos perdedores” es otro trago corto de zumo amargo. En este caso bañado de sangre, ya que narra un combate tardío de un veterano boxeador. El rodaje de la pelea está resuelto de una manera más que notable y la fotografía realza su factura. Es cierto que esta película podría tener algo más de chicha emotiva, aparte de los filetes que aparecen, pero es otro trabajo con vitola de largo que no hay que perderse. Eso sí, quien quiera degustar esta ración de cortos, que lo haga de un modo espaciado incluyendo obras más tragicómicas como “El ambidiestro” o “El momento justo”, de los que hablaremos en otro instante menos injustos para mis cansados ojos.