Las cabezas pensantes y juzgadoras del Comité de Selección están que arden. Después del visionado y criba de cientos de cortometrajes, han comenzado a orquestar el fin de fiesta de este festival, con todos los quebraderos de cabeza que ello supone. Para que todos queden contentos y la juerga sea padre, nada puede fallar en el guateque –cómo me gustan los guateques-: unos botellines de acción por aquí, unas copas de drama por allá, algunos documentales en su salsa para picar, y que no falten esas tapas de comedia… El puzzle debe encajar para que los invitados vuelvan ebrios de diversión a casa, y cualquier detalle imprevisto puede echarlo todo a perder. Así que pongamos nuevas piezas sobre la mesa, seguro que alguna de ellas tiene las aristas perfectas para ayudar a los maestros de ceremonias a cuadrar el rompecabezas.
"Runner" reúne sus mejores virtudes en la realización, y especialmente en la producción. Un tipo que sale a hacer footing se ve envuelto en una pesadilla, cuando de repente en mitad del campo comienza a acosarle un grupo de paramilitares que quiere darle caza. ¿Es creíble que aparezca una milicia pertrechada como los Blackwater y hablando yanqui en el descampado de al lado de tu urbanización? No. Pero en este caso lo que se pone en juego es un desarrollo del género acción, y si nos ceñimos a la valoración del manejo de sus elementos, "Runner" es una buena película. Además, todo encuentra explicación -aunque bastante inverosímil- en el desenlace – y también en el arranque, si uno está atento-. Resumiendo, a un servidor esta obra no le ha causado un gran divertimento, ni le parece fácil de encajar en el puzzle, pero como prueba de fuego –nunca mejor dicho- para la viabilidad de futuros proyectos, es todo un éxito para su autor.
"La clase" (de Beatriz M. Sanchís) es una película documental -nominada a los Goya- sobre la preparación de una obra de teatro infantil, que demuestra que convertir la sencillez en virtud suele ser obra de directores con duende. Con un guión perfecto, encantador y paladeable, este corto es capaz incluso de moldear los sentimientos del espectador, que siente cómo va convirtiéndose en padre adoptivo de los pequeños protas de la película, emocionándose a medida que se acerca el final como lo harían sus verdaderos progenitores en el salón de actos del colegio. Un trabajo de director(a) con mayúsculas, que puede ser el plato –o pelotazo- estrella en cualquier fiesta.
Desde Argentina nos llegó "Túneles en el río" (dirigido por Igor Galuk), un bello cuento sobre el misterio del Río de la Plata, en cuyas aguas desaparece más de un centenar de personas cada verano. Visualmente es tan atractivo que consigue desviar la atención de aspectos menos cuidados –pocos… un ritmo pelín ralentizado, por decir algo-, y el trabajo actoral es magnífico. Especialmente el de los niños, que transmiten una gran conexión con las consignas de su director. El desenlace, arriesgado pero no chocante, da buena cuenta de la solidez con que Galuk ha esculpido su idea.
El documental "Lizania", de Marta Palacín y Elisabet Sort, es un acercamiento a la vida y obra del portentoso poeta y estratosférico orador Jesús Lizano a través de entrevistas con artistas y compañeros del escritor. Académico, pero con semejante historia detrás, no hay un segundo de desperdicio. Las entretelas de la utopía -¿o no?- lizana se muestras absorbentes y fascinantes a través de las palabras de sus testigos con una sinceridad que enorgullecería al propio poeta, y que en cierto modo insufla vida a la mortecina conciencia domesticada. No me extrañaría verlo por nuestro guateque…
"Ana desea no ser", de Ignacio Roldos, recibirá el sello de calidad allí por donde pase, pues apuestas como ésta no pasan desapercibidas para nadie. Esquizoide en unos momentos, terriblemente cuerdo en otros, el cortometraje de Roldos parece tener el propósito de turbar los sentidos del espectador hasta provocarle el vómito –mental-, para así ponerle sobre aviso: la bulimia es más que un trastorno alimenticio. Una pieza espléndida, de visionado obligatorio en esta web.
Hay muchas, muchísimas películas que sitúan su escenario en el mismo no-lugar en el que lo hace "Nave #527", de Iván Castell. Sus directores suelen cometer el error de caer en la manidísima idea de plantear un desarrollo en clave de suspense, de forma que sea sólo al final cuando el espectador se diga a sí mismo: "Aaah, el protagonista estaba en…". Y bueno, Castell lo hace, pero aleluya, sin que parezca un clon de planteamientos ya vistos cientos de veces. El corto se lanza con velocidad, directo a la cara, desasosegante y creíble, y aunque algunas interpretaciones no sean redondas –si lo hubieran sido estaríamos hablando de uno de los descubrimientos del año en el cine breve sci-fi-, nada merma la calidad de este trabajo facturado con la vista puesta, con todo el derecho del mundo, en los premios de convites como el nuestro.