“La Gran Vía no es una calle, es un concepto” ha dicho Manuel Martín Ferrand… y el que les habla lo suscribe.
La Gran Vía no es un artificio urbanístico. En sus recodos hemos derrochado nuestra vida en interminables amaneceres. Allí hemos crecido, nos hemos sentido habitantes de una metrópolis y hemos aprendido que, en Madrid, cualquiera es susceptible de ser madrileño, haya nacido donde haya nacido.
La Gran Vía es la gran novela española. Nuestro contertulio José Manuel Pazos ha hablado de la fauna humana que habita y transita por sus aceras. La Gran Vía transporta en su cauce un caudal asombroso de personajes. Recuerdo por ejemplo a un negro de Kansas City que pasó años tocando el saxo en una de sus esquinas sin llegar, nunca, a aprender español. Puede que siga por ahí o haya decidido mudarse.
Quizás todavía quede alguien que recuerde a un escritor de barba blanca, ilustre inquilino de la calle. En la Gran Vía de otros tiempos ‘vivió’ la Guerra Civil Ernest Hemingway adormecido por los vapores alcohólicos de Chicote.
La Gran Vía es la idea que Madrid tiene de sí misma. Es lo que le gustaría ser. Es la traducción de sus pretensiones de metrópolis. Cosmopolita, caótica, inagotable, divertida, con una coqueta frivolidad y un punto de locura. Así es Gran Vía y así quisiera ser Madrid.
Desengañémonos, Madrid es una novia rebelde. A Madrid hay que quererla aunque no se deje. Aunque sea a ratos áspera y esquiva. Hay que quererla, aunque sólo sea porque un día nos permitió a nosotros, chicos de provincias, soñar con conquistarla.
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