Hace algunos años… allá por 1999… a las víctimas inocentes les despojaron incluso de su condición: comenzaron a referirse a ellas como ‘daños colaterales’.
Eran los días de los bombardeos de la OTAN sobre Serbia. Y los portavoces militares comparecían cargados de justificaciones ante los periodistas.
Ya ven, cuanto más complicado es un eufemismo… más obsceno resulta.
Daños colaterales, decían… y con ello ya no se referían a un persona, ni a un ser, ni siquiera a un sujeto.
Se trata de una elemental estrategia. Los poderosos diseñan un lenguaje profiláctico, técnico; un lenguaje que no hiere, que no conmueve, que no indigna.
El eufemismo es como un anestésico para la opinión pública… pero pierde su efecto tranquilizador al cabo de un tiempo.
Ya nadie utiliza esa fórmula del daño colateral. Pero, hoy, la actualidad la ha traído a mi memoria.
Durante esta edición de Protagonistas les hemos informado de que la ofensiva que la OTAN está llevando a cabo en el sur de Afganistán se ha cobrado ya la vida de 20 víctimas inocentes.
No analizo ahora las razones de la OTAN, ni la conveniencia de luchar en los feudos de los talibanes.
Éste no es, por tanto, un alegato pacifista e iluso, no se confundan.
No me engaño y sé que no existe una guerra precisa. Sé que hablar de una guerra quirúrgica es cometer el cinismo de comparar destrucción con medicina. Pero también sé que cada vida es irrepetible y que hoy hemos informado de la extinción de 20 vidas inocentes. Me resisto a despacharlo como si formaran parte del plan, como si fueran… eso… ‘daños colaterales’
